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Globalización y Hegemonía Americana
Kantor (08/04/2008)

Aunque ya me he referido en alguna ocasión a la cuestión de los fundamentos de la política internacional, siempre es buen momento (I y II, III, IV) para recordar a mis lectores que hay trade-offs irresolubles. Resolver problemas es importante, pero sobre todo es importante plantearlos correctamente. Por tanto describamos las dos posibilidades que hoy se enfrentan a la hora de regular las relaciones internacionales:

1. Hegemonía Americana: los Estados Unidos abandonan (de facto) el sistema de la legalidad internacional e imponen la política que les plazca al resto del mundo.

2. Multilateralismo: los Estados Unidos se atan las manos y permiten que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas vete sus operaciones militares en el exterior

Ninguna de las dos soluciones es democrática. Los Estados Unidos son una democracia, pero al operar fuera de su territorio toman decisiones sobre terceros sin su consentimiento. La ONU es un sistema representativo, pero en ella no se sientan los representantes de los pueblos del Mundo, sino los de sus gobernantes; legítimos o no.

Por tanto debe quedar claro que ni los Estados Unidos, ni la ONU tienen sombra alguna de legitimidad para tomar decisiones armadas en política internacional. El mundo tiene que elegir entre la dictadura de una democracia (Hegemonía Americana) o una democracia de las dictaduras (la ONU). Y dado que ambas opciones fallan radicalmente en su legitimidad, el único criterio que nos queda es el utilitarista. Para mí siempre es ese, pero en este caso además no hay alternativas.

Lo cierto es que el poder de los Estados Unidos es limitado. Tan limitado, por ejemplo como su voluntad política; y eso es muy limitado. Los que sueñan que América imponga al mundo los derechos humanos, olvidan que entre otras contradicciones, estos derechos seguramente no sobrevivirían a su imposición. La aventurilla iraquí lo demuestra con especial claridad. Además, soy tan escéptico hacia los Derechos Humanos como hacia la Legalidad Internacional: en el margen solo hay decisiones marginales, y por ejemplo, en el caso chino prefiero el orden que impone a sangre y fuego el Partido Comunista que una anarquía donde el Estado sea respetuoso con los Derechos Humanos porque no existe. Por ejemplo, el impecable estado Surafricano del post-apartheid cuesta unas 30.000 muertes anuales en forma de criminalidad común. A ti y a mi nos importa un huevo, porque ya no sale en la BBC, pero si viviésemos allí, blancos o negros, probablemente preferiríamos el orden a la justicia, porque el desorden es la primera fuente de injusticia.

No obstante, aunque América no debe, no puede, y no tiene por qué arreglar el mundo, al menos si debe evitar que las miserias domésticas de los Estados fallidos salpiquen a sus vecinos. Es fácil listar una serie de bienes públicos internacionales que América tiene que proveer al mundo, más que nada porque no hay nadie más.
1. Integridad de las fronteras: los americanos son capaces de derrotar a un coste muy bajo a cualquier fuerza armada convencional del mundo. Estados Unidos puede ganar una guerra a cualquier Ejército, aunque perderá cualquier guerra que haga contra cualquier Pueblo. Por tanto pueden defender a cualquiera que quiera ser defendido. Si Iraq invade Kuwait, en la medida en que los kuwaitíes quieran ser liberados, América puede hacerlo. En particular defender a los saudíes de sus vecinos es la tarea económica más importante a nivel económico que hacen los Estados Unidos. Es verdad que Estados Unidos son un cuarto de la demanda mundial de crudo, pero no es menos cierto que sus operaciones en Oriente Medio contribuyen a la seguridad del suministro para todos los consumidores.

2. Libre tránsito marítimo mundial: como la primera y única potencia naval del mundo, los Estados Unidos pueden garantizar la transitabilidad de los océanos. Eso implica la mayor parte del tráfico mundial de mercancías.

3. No proliferación nuclear: básicamente solo existe una clase de armas de destrucción masiva: las nucleares. Pero en este punto los Estados Unidos, a pesar de haber detenido la proliferación durante décadas, están fracasando. Pakistan fue ha sido el punto más negro en este campo, y sus armas nucleares son el peor problema global, por encima del calentamiento global, por ejemplo.

La lista es corta, pero el lector haría mal en considerar que es poco ambiciosa. Por una parte el tercer punto es infinitamente endiablado: quizá simplemente está por encima de cualquier poder humano el evitar la proliferación. Especialmente porque hay algunos Estados prometeicos que están en el negocio de ofrecer el fuego sagrado al primer delincuente que pague por él. La guerra contra el terror no existe: solo existe la guerra contra el terrorismo nuclear y no está claro que sea ganable. La aniquilación es posible.

El régimen de la Hegemonía americana es la infraestructura de la Globalización, y el lector ya sabe que eso significa convergencia. Y la convergencia está asociada a una creciente interdependencia y a una fuerte alineación de intereses. Que su vez es el camino más diestro hacia la pacificación global.

El científico social no debe creer que las estructuras políticas como la ONU (o la UE) son el objetivo más importante para un orden internacional pacífico: para que estas organizaciones funcionen tienen que darse condiciones políticas que las hagan compatibles con los incentivos; y si se dan esas condiciones, muchas veces son redundantes.

En resumen, la ingeniería social armada no funciona, el legitimismo internacional es de risa y América no debe entregarse al aventurerismo ni permitir que sus compromisos "legales" la entorpezcan en su programa global de bienes públicos en la esfera de la seguridad. Ese programa no debe buscar directamente los objetivos políticos de Democracia y Derechos Humanos, sino debe centrarse en evitar las externalidades negativas de los Estados fallidos y anticapitalistas, y en mantener abiertas las rutas y recursos necesarios para la Globalización.

En la medida en que el proyecto triunfe, la Hegemonía Americana se volverá más insostenible, puesto que los bienes públicos globales que ofrece América ofrecen a sus competidores la posibilidad de alzarse con un vasto poder económico y luego militar. Pero si la sucesión hegemónica ocurre dentro del régimen de mercado, el nuevo Hegemón defenderá los intereses americanos, esencialmente unidos a los suyos.

La Hegemonía Americana debe ser simplemente la infraestructura geopolítica de la Globalización.

 

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