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Posts Tagged ‘reformas’

¿Qué clase de reformas quiero ver?

Tuesday, March 16th, 2010

Este fin de semana me decían por los comentarios que me paso la vida lloriqueando que gobierno y oposición no parecen estar por la labor de pasar reformas, pero nunca acabo de proponer nada concreto - aparte de la reforma laboral. La verdad, algo de razón tienen, así que me parece que vale la pena hacer un pequeño listado de cosas que creo son urgentes y otras que son necesarias, aunque no corran tanta prisa.

  • Reforma laboral: sí, me repito, pero creo sinceramente que es crucial. Y repito, no hace falta ir hacia el despido libre o neoliberalismo bastardo; es perfectamente posible mejorar el horripilante sistema actual sin recortar derechos.
  • Reducir regulaciones absurdas: España es un país donde abrir una empresa toma dos meses, conseguir permisos para cualquier tontería una eternidad y contratar o despedir a un trabajador requiere cantidades de papeleo ingente. La administración tiene que ser muchísimo más ágil. Y sí, los notarios tienen que desaparecer a medio plazo.
  • Reformar la justicia: el modelo actual era aceptable en tiempos de Napoleón - ahora necesitamos algo más ágil.
  • Simplificar el sistema fiscal: España ha abrazado esa absurda manía conservadora de hacer política social a golpe de desgravaciones fiscales. Si queremos que los españoles tengan más hijos, poned guarderías gratuitas, porras, no pongáis catorce claúsulas extrañas que no hacen más que dar trabajo a contables. Lo mismo se aplica al cada vez más surrealista derecho mercantil o laboral; todo es dar descuentos incomprensibles y horriblemente ineficientes. Eliminar deducciones, aumentas la recaudación, puedes bajar los impuestos - y das más flexibilidad a la economía.
  • Profesionalizar la administración: crucial para combatir la corrupción, junto con una reforma del increíblemente torpe sistema de financiación local.
  • Olvidarse de los sueños de política industrial: lo que comentaba Jorge va a misa.
  • Políticas agresivas de competencia y liberalización: España tiene un montón de sectores con muy poca competencia - las comunicaciones, por ejemplo, son un ejemplo claro. No sería mala idea sacar la motosierra y dividir Telefónica en dos o tres empresas, por ejemplo. Y no son los únicos.
  • Infraestructuras: más trenes. Muchos más trenes. Sobre todo trenes de mercancias, y pasar la red a ancho UIC.

Dicho en pocas palabras, el estado debe hacer dos cosas: mantener el estado del bienestar intacto, y salirse del medio. Más concretamente, asegurarse que  invertir sea fácil, y eliminar cuellos de botella absurdos en la economía. El estado debe asegurarse que el sistema educativo funciona, los transportes tienen la capacidad adecuada y que el dinero puede encontrar las buenas ideas y descartar las malas, minimizando los costes de transacción.La productividad y los sectores estratégicos vendrán sólos, cuando el mercado descubra él solito qué es lo que podemos hacer mejor (sospecho que trenes, por cierto. Pero eso es para otro día).

¿Más adelante? La lista sería larga. El estado de bienestar debe potenciarse, especialmente en temas de dependencia y en formación profesional. Necesitamos una reforma educativa (algo que, por cierto, parece que PP y PSOE si serán capaces de consensuar), y dinamitar el sistema universitario. El sistema de financiación autonómico necesitará retoques serios, asegurando que quien gaste el dinero sea el que lo recaude. El sistema para designar jueces es una chapuza; necesita reformas. Las leyes de urbanismo deben ser cambiadas. Reformar el sistema de cajas de ahorros, despolitizándolas tanto como sea posible, o incluso privatizándolas. Políticas de empleo más activas, con una reforma del subsidio de desempleo. La sanidad necesita retoques (siempre los necesita), el sistema de pensiones también, etcétera, etcétera, etcétera.

Lo importante, sin embargo, es arreglar el mercado laboral y hacer la economía más flexible, eliminando barreras a la entrada y papeleo y favoreciendo la competencia. La única reforma realmente complicada es el mercado laboral (y cargarse Telefónica), el resto son relativamente fáciles de aprobar. Creo que es un programa factible - y creo que más coherente que la búsqueda de consensos obsesiva del gobierno. Jordi Sevilla tiene razón: necesitamos un plan. El gobierno parece no tenerlo.

Laberintos laborales

Monday, March 15th, 2010

Excelente artículo hoy en El País sobre los costes reales de despedir un trabajador indefinido. Los empresarios prefieren pagar los 45 días de un despido improcedente a comerse la marabunta judicial que supone intentar justificar que realmente necesitas echar a alguien.

Tres comentarios. Primero, me parece que esto deja relativamente claro que el sistema de control judicial del despido es básicamente kafkiano. Cuando una empresa prefiere pagar más del doble para evitar perder varios meses en los tribunales es que algo no funciona. Segundo, los costes de despido en España son realmente altos; incluso cuando la empresa quiere ahorrarse dinero, eso le cuesta mucho dinero. Tercero, y más grave, un empresario puede escoger entre costes ridículos o impredecibles, y parecen estar escogiendo lo primero. Me parece casi imprescindible racionalizar el sistema y dejar de intentar arreglar las cosas a base de añadir nuevos tipos de contrato; sólo estamos creando trabajo para abogados.

Lo que realmente me parece incomprensible, sin embargo, es que el gobierno ande intentando arreglar este problema creando aún más reglas y mecanismos legales. El mercado laboral es tan rígido, complicado y confuso que los empresarios prefieren pagar indemnizaciones gigantes antes que volverse loco con tanta regla. A estas alturas, mejor crear un contrato simplificado y fácil de entender idéntico para todo el mundo y con costes automáticos (y sin “neoliberalismos“) que imponer aún más regulación.

Marchando una de oportunismo fiscal

Saturday, March 13th, 2010

Iba a escribir sobre las varias reformas que el gobierno ha puesto sobre la mesa, pero Jorge Galindo tiene dos artículos excelentes sobre el tema ya escritos. Los podéis leer aquí y aquí. También echa un vistazo a las propuestas del PP, que Rajoy intenta explicar estos días entre el ruido generado por la inefable Esperanza Aguirre.

He criticado el gobierno a menudo por hacer propuestas poco ambiciosas que no cambiarán gran cosa de nuestro absurdo modelo productivo. Aún así, las propuestas de Zapatero al menos tienen cierto contacto con la realidad y la arimética básica: sus previsiones sobre crecimiento pueden ser un poco demasiado optimistas y sus recortes de gasto quizás un poco demasiado ambiciosos, pero al menos quieren subir impuestos y gastar menos sobre el papel.

Mariano Rajoy no presta atención a esos nimios detalles contables. Estos días el PP anda proclamando que pueden bajar impuestos a muerte y a saco (sociedades y seguridad social) y dejar los actuales como están (IVA e IRPF), hacer cambios básicamente cosméticos al gasto (eficiencias, esa palabra mágica que todo el mundo dice favorecer) y no ya reducir el déficit, sino crear superávit en unos añitos. Todo ello, por descontado, sin una sóla reforma estructural remótamente ambiciosa, no sea que alguien se enfade.

Lo más delirante, sin embargo, es que el presunto partido conservador ha decidido hacer oposición en base a uno de sus impuestos preferidos, el IVA. Tradicionalmente los economistas liberales (y el PP con ellos) han defendido eso de gravar poco lo que queremos que haya más (trabajo, empresas) y gravar mucho lo que queremos que haya algo menos (consumo). La progresividad o regresividad del sistema fiscal nunca les ha importado demasiado, siendo los recortes impositivos de Aznar una muestra clara.

Estos días, sin embargo, Rajoy prefiere no ya hacer demagogia pretendiendo que el déficit fiscal desaparece mágicamente, sino anda directamente criticando lo que tradicionalmente siempre han defendido. El PSOE (con cierta razón) ha decidido que para cerrar el titánico déficit público es necesario hacer un poco de todo, combinando pequeñas subidas fiscales en varios impuestos y recortes de gasto realistas, sin pretender que el estado puede ahorrar buscando quiméricas eficiencias. De esto modo no perdemos demasiadas partidas importantes, y a la vez nos aseguramos que todos pagamos un poco más. La respuesta del PP es, como de costumbre, ignorar la mayor (las reformas estructurales que faltan) y centrarse en criticar un incremento fiscal relativamente menor a base de fantasías matemáticas.

La subida de impuestos es, en cierto sentido, un problema parecido al retraso de la edad de la jubilación. Tenemos dos opciones: podemos dejar las cosas como están, y vernos obligados a subir impuestos y recortar gasto en serio para cerrar el déficit, o podemos pasar reformas estructurales serias, intentar aumentar la tasa de actividad, empleo y productividad a medio plazo, y ahorrarnos estas subidas fiscales que nadie quiere.

Si el PP quisiera ser una oposición responsable y tuviera un plan de reformas con cara y ojos, Rajoy no andaría criticando el gobierno por subir impuestos: estaría protestando que el gobierno no está haciendo nada para hacer esta subida algo inevitable. Las reformas que tendría el PP en su programa no me gustarían demasiado (fiscalidad más regresiva, despido libre en vez de una solución creativa, menos gasto social, nada de fiscalidad verde, etcétera), pero tendrían al menos una vaga relación con el problema que tenemos entre manos o el hecho que dos y dos son cuatro.

Lo que tenemos, en cambio, es un gobierno que no quiere pasar reformas serias (¡reformas que no tienen por qué ser neoliberales!) y una oposición que no se toma gobernar en serio. Así nos va.

Cuándo no cantar victoria

Monday, February 22nd, 2010

Leed el artículo de Citoyen aquí al lado sobre la resistencia irracional (y diría que casi autista, por su negación de la realidad) de no pocos “expertos” y actores políticos españoles - es muy, muy bueno. Solo añadir un par de cosas sobre las posibles reformas que el gobierno de Zapatero pueda aprobar estos días.

Los socialistas negociarán con unos y otros, y sacaran unos cuantos votos de los partidos de oposición responsables (CiU y PNV, que tienen más interés en gobernar España que el PP) para sacar adelante un paquete de reformas. Algo aprobarán, estoy seguro; todos los partidos implicados tienen incentivos para sacar medidas adelante: CiU está en ataque de seny preelectoral, y creo que el PNV por ahí anda. Con el pacto firmado y la ley aprobada, el PSOE (y los analistas de tercera en los medios) se apresurarán, a buen seguro, a cantar victoria, clamando que es un gran paso adelante para  el gobierno Zapatero.

Una pequeña advertencia: no cantemos victoria tan deprisa. Un paquete de reformas saliendo del Congreso es una victoria en el Congreso, pero no quiere decir automáticamente que hemos solucionado un problema. Conseguir los votos (y el apoyo de partido y sindicatos) para aprobar medidas puede que quede muy bien a corto plazo, pero no nos llevará a ningún sitio si no arreglamos nada.

Cierto, quedaremos muy bien ante la prensa. El gobierno, con suerte, se quitará de encima en parte su imagen de zombie político inoperante que le está persiguiendo. La imagen, sin embargo, no les servirá de gran cosa si la economía sigue moribunda de aquí dos años.

Los periodistas, relaciones públicas y políticos tienden a preocuparse mucho de percepciones, de imagen, de mensaje - el debate siempre es quién gana, quién pierde y que cara de tonto se nos queda cuando metemos la pata. Los votantes, sin embargo, están muy ocupados mirando Lost como para prestar atención. En el 2012, cuando toque votar, mirarán la evolución de la economía en los dos últimos años (hasta ahí llega la “memoria” del electorado, según la mayoría de estudios) y escogeran qué papeleta ponen en la urna en consecuencia. Nada más. Las campañas, debates y fastos tienen un efecto muy limitado en el resultado final de una elecciones (como mucho, un par de puntos); si la economía sigue siendo horrible de aquí dos años, el PSOE se pegará un morrazo increíble igual, incluso contra Rajoy.

Llamadme romántico o ingenuo, pero es algo que realmente me gusta muchísimo de la administración Obama estos días. Muchos todólogos americanos llevan una temporada diciendo que la Casa Blanca debería haber aprobado una reforma de la sanidad pequeña, modesta y muy concreta y proceder a cantar victoria, en vez de intentar aprobar una ley ambiciosa. Como comenta Ezra Klein hoy, una reforma pequeñita quizás hubiera dado una victoria política a Obama, hecho a los medios felices y la vida más fácil a su partido; sin embargo, no hubiera hecho nada para solucionar el problema. Una ley que no arregla nada no vale la pena aprobarla, y punto (*).

Los votantes españoles no se acordarán, el día que vayan a las urnas, de los gloriosos consensos alcanzados el 2010. Si el paro sigue por encima del 18%, el PSOE va a comerse el marrón igual, no importa lo bien que hable:  si el gobierno va a dedicarse a aprobar reformas, más vale que se centren en aprobar cosas que funcionen, no cosas que sean populares o no ofendan a nadie.

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Aceptando lo inevitable (II)

Wednesday, February 10th, 2010

El otro canto estos días es que España no es Grecia, y que todo esto es un contubernio capitalista para que traguemos con lo intragable. Bueno, es cierto que España no es Grecia - nuestra tasa de desempleo es el doble que la suya, incluso en su estado de catástrofe general. El problema es que si no nos ponemos serios, España será Grecia pronto. O de hecho, algo aún peor.

España realmente no tiene una crisis de deuda pública; tiene una crisis de crecimiento económico. Las instituciones actuales, el modelo productivo que hemos explotado desde 1959, ya no da más de sí. Durante cincuenta años España crecía básicamente a base de converger con nuestros vecinos. El país estaba a años luz de Alemania o Francia, así que creábamos riqueza copiando tecnologías ajenas y aumentando poco a poco el número de gente trabajando, vía crecimiento de población e incorporación de la mujer. Esto, sumado a la explotación entusiasta de nuestra ventaja comparativa en sol y playa nos financió el chiringuito durante décadas.

En los últimos años, sin embargo, esto se ha acabado. Ya no podemos crecer con tecnología prestada; estamos al mismo nivel que nuestros vecinos en ese aspecto. La población activa ya no crece. El turismo ha llegado a un límite. Y por descontado, no podemos vivir de construir casas vacias para que los europeos vengan a veranear.  Necesitamos aprender a hacer cosas nuevas.  ¿El problema? Nuestra economía es increíblemente rígida, y no podemos hacer el cambio rápidamente.

España, en situaciones normales, podría pagar su deuda fácilmente. El problema es que nuestra situación no es normal; la recesión nos ha pillado justo cuando nuestro modelo productivo se estrellaba. En otras ocasiones hemos podido aplazar las reformas utilizando trucos torticeros (devaluar la peseta), pero con el Patrón Oro euro se nos ha acabado el chollo. Si no hacemos cambios, la economía se quedará “enganchada” en una década perdida con tasas de crecimiento anémicas - y con el paro al 20%, será imposible reducir el déficit (y pagar deudas) sin un ajuste presupuestario bestial. Y ya sabéis qué pasa con esos ajustes: menos demanda, más paro, peor recesión, deflación, más deuda, más ajustes, etcétera. Una crisis eterna, con liquidacionismo salvaje.

Tenemos dos opciones. La primera es apretar los dientes, decir que todo lo que tenemos es estupendo y no hacen falta reformas serias. Todo es cuestión de dar retoques, apoyar a los perdedores y dejar que la economía reasigne recursos como pueda, batallando contra todo un entramado de leyes pensadas en los años cincuenta. Esto es apostar por una recesión larga pero eso sí, muy social. La segunda es dar un paso adelante, pasar reformas y flexibilizar la economía ahora mismo para que el dinero vaya donde puede generar crecimiento, sin debilitar la red de protección social (sanidad, desempleo, pensiones) a medio y largo plazo.

Las reformas que todo el mundo menos la izquierda española defiende (y en serio, ¿de verdad todos están equivocados) no son ataques a los derechos sociales, son básicamente cambios inevitables. O ajustamos la economía para que pueda crecer (por cierto, la reforma de las pensiones no entra en esto, aunque es necesaria), o todos estos derechos que decimos defender nos los vamos a comer con patatas de aquí dos o tres años.

La mayor ironía de todo este asunto, sin embargo, es que las reformas las veremos seguro, no importa lo que suceda. Si no las aprobamos nosotros solitos (sea Zapatero, sea Rajoy, sea un sucesor), los mercados tarde o temprano se cansarán de nosotros. Saben que sin reformas no hay recuperación y sin recuperación no podemos pagar la deuda, así que la bancarrota estará a las puertas. Como esto es la Unión Europea, sin embargo, los países no caen en suspensión de pagos o tienen que arrastrarse a las puertas del FMI; aquí el hombre del saco se llama Alemania, y el rescate consiste en pasar por el tubo y aprobar las reformas que Angela Merkel te diga que tienes que aprobar.

¿España no es Grecia? No, todavía no. Aún así, recuerdo leer el año pasado declaraciones de políticos griegos negando que Grecia fuera Argentina, y mira dónde están ahora. La actitud de meter la cabeza bajo el ala y pretender que lo nuestro es completamente distinto es de una irresponsabilidad muy peligrosa. Si no hacemos las cosas bien, tendremos un problema grave.

No estoy seguro que el gobierno sea consciente de la magnitud de los problemas que tienen delante. El lenguaje de la última semana (pensiones y viaje a Londres incluídos) no les ha dado demasiados votos, pero son una muestra de seriedad decente. La timidez en las reformas estructurales, sin embargo, es otro cantar - y es aplazar los problemas para más tarde, otra vez.

Lo que me parece que está claro es que tenemos que empezarnos a tomar esta crisis muy, muy en serio. Sonará a tópico, pero no estamos en uno de esos momentos en que la derecha son los malos y la izquierda son los buenos, o que tenemos plantarnos y decir que de aquí no pasamos. La situación de la economía española es muy, muy grave, y tiene el potencial de convertirse en algo realmente catastrófico si no hacemos las cosas bien. Nos tenemos que sacar de la cabeza la idea que hay cosas innegociables, o plantarnos con mensajes de “no pasarán” cuando toque hacer reformas. Hoy, más que nunca, es la hora de ser muy, muy pragmáticos, mal que nos pese.

Aceptando lo inevitable (I)

Wednesday, February 10th, 2010

De un tiempo a esta parte, el discurso de un buen sector de la izquierda en España se puede resumir en dos mensajes bastante burdos. El primero, que se tiene que cambiar el modelo productivo, pero sin cambiar nada de nuestro modelo social. El segundo, que España no es Grecia y que todo este griterio y pánico en los mercados es una conspiración internacional de los gnomos de Zurich.

Ambas posturas son erróneas, y es hora que empecemos a dejarnos de excusas. Es cierto que tenemos que cambiar nuestro modelo productivo; lo que no podemos pretender, sin embargo, es que este cambio es algo fácil, sencillo y que no exige cambios en profundidad. El mercado laboral es sólo una parte de estos cambios (probablemente la más importante), pero no se reducen a ello.

¿Estoy hablando de recortar derechos sociales? Si y no. Si entendemos por derechos sociales el status quo en España, sí, hablo de recortarlos - en algunos casos, brutalmente. Creo que el sistema de indemnización por despido actual es una barbaridad absurda, una máquina de crear ineficiencia increíble, por ejemplo. Es una máquina de crear empresarios aversos al riesgo y amantes del pelotazo, ya que crear algo a largo plazo con este sistema es algo imposible. El problema, sin embargo, es que es muy, muy discutible decir que lo que tenemos ahora es algo remotamente parecido a un derecho social, y más cuando todas esas “protecciones” nos han traído un 20% de paro.

Recordad, por una vez, de dónde salen estas instituciones sagradas que tanto defiende cierta izquierda. El mercado laboral español, sin ir más lejos, es un descendiente directo del Fuero del Trabajo de tiempos franquistas, y de su desarrollo legislativo posterior.

El establecimiento de una indemnización de despido por parte del empresario basada en la antigüedad del trabajador es, de hecho, una política increíblemente conservadora. Es una privatización de un derecho social; el estado está delegando a la empresa parte del seguro de desempleo. Es una medida tremendamente antiigualitaria; crea trabajadores de primera, aquellos que llevan más tiempo en la empresa (y han demostrado lealtad al patrón), y trabajadores de segunda, que reciben menos protección. Y por descontado, es una medida que segmenta a la clase obrera en dos grupos bien diferenciados: los insiders, trabajadores de clase media que tienen contrato y protección, y los outsiders, trabajadores temporales que tienen como máxima aspiración entrar en el cortijo privado de privilegios adquiridos que tienen los trabajadores de primera. ¿Derechos sociales? Estáis de broma.

Un derecho social en el mercado laboral es algo bastante distinto.  La no discriminación es un derecho;  que el mérito y esfuerzo sea lo único importante, sin importar edad, raza, género o años de antigüedad en la empresa. Las políticas activas de empleo son un derecho;  si un trabajador tiene la mala suerte de “caer” en un sector obsoleto, que el estado le ayude a reengancharse. Un seguro de desempleo sólido es un derecho; que un trabajador sepa que si pierde su empleo el estado le garantizará unos ingresos decentes mientras busca otra cosa. La seguridad en el trabajo es un derecho. Las pensiones de incapacidad, las bajas por enfermedad y maternidad, las ayudas para compatibilizar familia y trabajo, eso son derechos. ¿Tener un mercado en que unos trabajadores tienen mucha más protección que otros? Eso le gustaba a Franco, no a alguien que pretenda ser socialdemócrata.

No es una cuestión de empresarios incompetentes. La economía española es como es porque así es como la hemos legislado, no porque el país esté lleno de españoles. Si todos somos tan burros que nadie tiene la más remota idea sobre cómo montar una empresa, lo que tenemos es una infraraza de tercera - la solución a nuestros problemas no es pasar reformas, sino importar Übermensch alemanes para que nos dominen como nos merecemos. Si queremos que nuestras empresas sean parecidas a las suizas, alemanas, holandesas o danesas, lo que debemos hacer es adaptar sus instituciones, no pretender que nuestro fantoche tardofranquista sea una aproximación razonable a lo que hacen nuestros vecinos.

Por descontado, no podemos obviar que nuestra economía es distinta. Alemania puede permitirse el lujo de rebajar el número de horas de sus empresas punteras, por el mero hecho que la caída de sus exportaciones es coyuntural. Cuando la economía mundial “vuelve”, la industria germana sigue siendo la más competitiva del mundo. España no tiene el mismo tejido empresarial, así que tiene que pensar en cómo promover empresas flexibles, innovadoras y competitivas - algo más parecido al modelo holandés, danés o (cielos) británico.

Aunque parezca mentira por todo lo que me repito, el coste del despido no es el único tema a resolver. El mercado laboral español tiene una cantidad increíble de rigideces absurdas, que van desde el número de notarios al hecho que todo ajuste de plantilla tenga que pasar por el (gloriosamente ineficaz) sistema judicial. Simplificar el número de contratos, hacer los convenios colectivos mucho más flexibles (ahora mismo parecen el Gosplan), reducir la dualidad galopante del mercado de trabajo (las estadísticas ahora mismo tienen a veces poco sentido; el coste medio de despido, por ejemplo oculta el hecho que la mayoría de despidos vienen de contratos basura), permitir que las empresas tengan más capacidad de decidir sus políticas de personal, todo eso es también crucial.

¿Son cambios dolorosos? A estas alturas, creo que no - el paro ya es tan alto que no puede ir a peor. Los salarios reales llevan estancados más de una década en España; el sistema actual no ha protegido ni eso. La reacción de algunos es, mal que les pese, un pánico irracional a cambiar un status quo catastrófico, buscando excusas variadas para echarle la culpa a todo menos lo que tienen delante de sus narices.

Gobernando… a ratos

Friday, February 5th, 2010

El otro día comentaba que José Blanco ha demostrado ser un ministro activo y con ganas de resolver problemas. Parece que también es alguien que se acuerda que el gobierno puede aprobar leyes y regular cosas si se pone a ello. Si los controladores se ponen burros y no quieren llegar a un acuerdo, el estado puede básicamente aprobar un decreto e imponerles lo que quiera, que por algo ganaron las elecciones y son quienes les pagan el sueldo.

El resto del gobierno… bueno, parece ser un poco más tímido. O eso, o continúan pretendiendo que la presidencia del gobierno está en manos del triunvirato Díaz Ferran, Toxo y Méndez. El diálogo social me parece estupendo, pero esos tres llevan hablando desde tiempo inmemorial, sin que hayan producido absolutamente nada de provecho. Los empresarios están tan poco por la labor que de hecho siguen teniendo como presidente un fantoche incompetente como Díaz Ferrán; nada dice tomarse una negociación a pitorreo como tener a un fracasado empresarial hablando por tí.

Estamos otra vez en lo de siempre: creerse que el método es el mensaje. Es incomprensible que una reforma tan importante sea presentada primero a un grupito selecto de élites. Esta noche (¿alguien mira el telediario un viernes por la noche?) y el domingo la noticia no será Zapatero presentado una batería de medidas, sino cuatro tipos discutiendo y diciendo que tienen que negociar - otra vez. No es la imagen de decisión, valentía y competencia que un votante quiere ver en su gobierno cuando se enfrenta a una monumental crisis económica, especialmente en una democracia parlamentaria en que el partido en la Moncloa tiene muchísima libertad de maniobra.

¿La reforma en sí? Como de costumbre sabemos bien poco. Los cuatro frikis que seguimos esto leeremos el texto y lo discutiremos de bitácora en bitácora. La mayoría de de votantes lo único que verán serán otra negociación interminable con el gobierno dando marcha atrás en algo que hace dos días decían era imprescindible.

Por lo que sabemos (que es muy poco), me parece que la reforma no es excesivamente mala. Abaratar los contratos indefinidos tiene que ser el objetivo básico, y parece que es lo que tienen en mente; a cambio, se encarecerían los contratos temporales, para hacerlos menos deseables. Por lo que comentan, el ejecutivo ha renunciado a dar una propuesta concreta, así que sobran más comentarios. Veremos qué dicen exactamente esta tarde.

Hablando al público equivocado

Thursday, February 4th, 2010

Una de las obsesiones más irritantes de no pocos políticos es que se creen sinceramente que la gente les presta atención. Estos dirigentes viven bajo la impresión que los votantes saben cómo se aprueban las leyes y siguen con interés y detalle cada paso del procedimiento, escuchando lo que dicen los parlamentarios, estudiando qué vota cada diputado en comisión y llevando cuenta de cada concesión y cada detalle en las negociaciones.

Tenemos presidentes haciendo grandes gestos y declaraciones, hablando de llevar propuestas a conferencias bipartidistas, y tratando de convencer al electorado que la falta de respeto institucional es un escándalo. Hablan de pactos de estado y responsabilidad institucional, intentando ganar puntos por buscar consensos y culpar al contrario cuando no hay acuerdos. Se quejan amargamente que la oposición utilice tácticas y procedimientos parlamentarios obtusos para retrasar o bloquear nombramientos, hablando de seriedad y espíritu de país. Y por descontado, una vez todo esto ha sucedido, se sorprenden que los votantes les llamen inoperantes e incapaces de hacer nada.

El resultado es un tanto ridículo. El gobierno de Zapatero ha perdido cantidades ingentes de tiempo y capital político intentando echar la culpa de la falta de reformas estructurales al fracaso del diálogo social. Ha llevado grandes proyectos nacionales a las reuniones de presidentes autonómicos, exclamándose que el PP era víctima de contradicciones lógicas que no interesaban a nadie demasiado. Ha intentado justificar y defender una reforma de las pensiones señalando que todo se hablará en algo llamado “Pacto de Toledo”, un contubernio político vagamente incomprensible. No me extraña que los votantes anden confundidos sobre qué está haciendo el gobierno contra la crisis; la estrategia hasta ahora parece ser formar una comisión y quejarse que el PP proteste.

El gobierno de Zapatero tiene, desde hace tiempo, una peculiar obsesión de hablar a la gente equivocada. En política hay básicamente dos audiencias. Por un lado tenemos a los obsesos de la política: gente con bitácora, periodistas, analistas, todólogos, contertulios radiofónicos y gente vive dentro o alrededor de la política. Somos la gente que sabemos cómo se aprueban las leyes, quién tiene competencias en materia de transporte en el área metropolitana de Barcelona y qué ha dicho cada partido sobre cada tema en los últimos cuatro o cinco años. Miramos encuestas, leemos periódicos y sabemos que póliticas públicas preferimos, a veces con un detalle enfermizo.

Al otro lado tenemos el resto de votantes, el 90% largo de la población. No siguen la política a menudo, no leen las noticias cada día y no tiene ni pajolera idea sobre el procedimiento legislativo necesario para aprobar una ley. Son de izquierdas o derechas, pero no tienen grandes ideas sobre qué es bueno o malo; siguen la política de lejos y deciden lo que les gusta a base de ideas y valores, no de interpretaciones sobre qué partido es obstruccionista o no.

Ezra Klein recomendaba hoy un libro sobre este tema. Señala, con razón, que los demócratas en Estados Unidos han perdido cantidades ingentes de tiempo este año entre grandes aspavientos negociando una reforma sobre la sanidad, pensando que arrojar luz sobre el proceso pondría el electorado a su favor. El problema, sin embargo, es que los votantes no siguen las negociaciones en detalle: cuando ven una discusión que dura meses la impresión que se llevan es que algo estarán subastando y que la ley tiene un lado oscuro, sin escuchar los detalles.

No es que los votantes sean idiotas o cejijuntos. La mayoría valoran lo que escuchan y deciden en consecuencia - las campañas que tratan al electorado como gente con cerebro han funcionado bien. Lo que sucede es que, al no ser maníacos obsesivos con los detalles, prefieren (y valoran mejor) ideas que pueden ser explicadas de forma directa, sin ocultarse en toneladas de excusas y motivaciones procedimentales.

Los republicanos en Estados Unidos entienden esto muy bien;  de hecho, lo explotan de forma despiadada. Saben que el electorado valora si una reforma es buena o mala en gran medida según si es aprobada o no (”si no llegaron a acuerdos, es que era peligrosa”), así que no tienen el más mínimo reparo en utilizar bloqueos parlamentarios de forma constante, a sabiendas que explicar procedimientos legislativos no te hace ganar votos. Total, mienten abiertamente, sin el mínimo reparo. El PP será muchas cosas, pero no son completamente idiotas; si creen que pueden meter a Zapatero en ridículos debates de búsqueda de consensos y pactos rotos, lo harán encantados.

El PSOE (y los demócratas) tienen que dejar de hablar al 10% de matados que seguimos la política de verdad. Lo que opine Escolar, Carnicero o un servidor es básicamente irrelevante; podemos entender  que el PP no está teniendo sentido de estado y está incumpliendo la cláusula C, párrafo tercero del pacto antitransfuguismo, podermos incluso tener la razón. Por mucho que lo digamos en público, esta gran aportación al debate será entendida por cuatro, y cambiará el voto de básicamente casi nadie.

Es triste decirlo así, pero la política pertenece a gente que no se interesa por ella. El voto, las reformas, las elecciones se ganan y pierden fuera del ruido y circo mediático constante que tanto nos divierte a todos. El debate real es mucho más sencillo, mucho más directo y mucho más básico, concentrándose en cosas como si se ha hecho algo, si me han dado una explicación convincente y si el nivel de paro e inflación han mejorado como prometistes hace un par de años.

El gobierno tiene que parar de justificarse, amparar todo sobre cómo no se qué comisión mejorará la ley y sobre como el Pacto de Calasparra va a cambiar las reglas del mus y me permitirá bajar el paro. Es hora de decir que tienen un plan, es estupendo, y que es hora de aprobarlo, que por algo mandan y saben lo que hacen. En política no tiene que ser brillante; tiene que parecerlo.

Claro, eso es siendo optimista. A veces me temo que realmente no tienen ganas de aprobar cosas hasta que el BCE o alguien peor les obligue a ello. En fin.

¡Las reformas existen!

Saturday, January 30th, 2010

Me paso la vida lloriqueando sobre la triste indecisión del gobierno a la hora de aprobar reformas estructurales. Bueno, hoy me toca decir que sí están haciendo algo necesario, y no necesariamente popular. Sí, retrasar la edad de jubilación suena muy mal, pero es algo que es lógico, justo y completamente imprescindible.

Como señala Juan Rubio-Ramirez, es un paso imprescindible - España no podía permitirse el sistema de pensiones actual sin cambios. La reforma sigue casi punto por punto este estudio de Javier Díaz Giménez y Julián Díaz-Saavedra; si queréis ver los números. La verdad, son bastante impepinables: como comenta Citoyen, vivimos más años, así que es lógico trabajar más.

Y no, no es un ataque a los derechos de los trabajadores. Las pensiones de jubilación nacen como una forma de aliviar la pobreza entre los trabajadores que no pueden trabajar - no son un sistema para crear veinte años de vaciones pagadas.  Si seguimos con el sistema actual, estamos garantizando que este bonito privilegio envíe el país a la bancarrota. Si retrasamos la edad de jubilación un par de añitos, hacemos que el estado no se vaya a hacer gárgaras, y en ver de veinte tendremos dieciocho años de descanso.

Si la gente de mi generación y la siguiente no tiene hijos suficientes, lo siento, machotes, pero nos tocará trabajar más años. No hay más remedio. Ya sé, crisis, paro, tener hijos es caro, conciliar vida laboral con trabajo, etcétera; ya sabéis qué voy a sugerir.

Los reaccionarios de izquierda de siempre pueden protestar todo lo que quieran, pero la verdad, nada es gratis. Si quieren un mercado laboral que protege a los insiders y hace la vida imposible a los trabajadores de menos de treinta años, lo que van a tener es una natalidad catastróficamente baja. Si quieren mantener el sistema de pensiones en este contexto, el dinero no crece en los árboles: o reduces las pensiones, o trabajamos todos más años. El dinero no crece en los árboles. Es simple cuestión de contabilidad.

Podemos importar la mano de obra a base de inmigración, si quieren. Yo no tengo problema en ello, pero buena suerte vendiendo la idea. Podemos dejarnos de historias y pasar reformas estructurales serias.

La verdad, es una reforma valiente. El gobierno está pasando una reforma a treinta años vista para combatir el déficit público. Es una señal bastante clara que se están tomando el déficit en serio (los mercados lo apreciarán), en algo que no tiene un beneficio inmediato para nadie. Es algo que cuando yo me jubile (con suerte) el año 2047 agradeceré profundamente, pero que los que están a 10-12 años de la jubilación (y que previsiblemente la palmaran antes que el sistema sin reformar quiebre) seguramente no ven con buenos ojos.

¿Es una medida improvisada? No sé. La verdad, no creo que importe demasiado. Todos los estudios serios señalaban que este era el camino a seguir. Me parece que es necesario aplaudir que el gobierno haya tenido los redaños de proponer algo así, una propuesta sólida y arriesgada. Con suerte, el gobierno se convencerá que pasar reformas ambiciosas es lo correcto, y que el coste político no tiene porque ser necesariamente desastroso.

Ahora sólo espero que el PP, patronal y sindicatos ( y la prensa) estén a la altura y no se porten como niños al negociar la propuesta. No soy demasiado optimista.

Nota al margen: me parece curioso que de todas la reformas estructurales necesarias, Zapatero haya decidido empezar por una que tiene un efecto a corto/medio plazo básicamente inexistente para los votantes, pero efectos positivos a muy largo plazo. Si querían dar una señal de firmeza a los mercados financieros, puede que sea una buena idea, pero de cara a ganar las elecciones el 2012 había sitios mejores por donde empezar (reforma judicial, universidades, mercado laboral, competencia, cambio climático). No sé en qué estarán pensando.

De políticos y acción

Wednesday, January 27th, 2010

When people are insecure, they’d rather have somebody who is strong and wrong than someone who’s weak and right” Bill Clinton.

¿Recordáis los chistes que hacían muchos sobre José Blanco? Eso de llamarle Pepiño, cachondearse de su nivel educativo y mofarse de su acento. Durante una buena temporada, Blanco fue el patán imaginario preferido de la derecha;  el tipo bajito de provincias que la prensa de Madrid disfruta tanto despreciando.

Estos días, sin embargo, Pepiño es visto de otra manera. Le preguntan si es el sucesor de Zapatero. Es uno de los ministros mejor valorados, tanto por los votantes como por los empresarios del sector. Algo debe haber sucedido estos últimos meses en el Ministerio de Fomento. ¿Qué será?

Parece mentira, pero José Blanco ha resultado ser (de momento) un ministro de primera. En los últimos meses Fomento ha resuelto una cantidad increíble de problemas y reclamaciones en todo el país, desde trazados de líneas a gestión de infraestructuras, ha traspasado cercanías a una autonomía, ha tocado temas tabú como las cuentas de Aena y ha hablado con todo el mundo y salido en todas las fotos. Puestos a hacer cosas, Blanco incluso ha preferido comerse retrasos en los aeropuertos a ceder a las reclamaciones de los presuntamente intocables controladores aéreos, explicando claramente qué está sucediendo y (de momento) ganándose la opinión pública.

Ya que estamos repasando la popularidad de ministros, ¿recordáis cuando Rubalcaba era el señor de las tinieblas del PSOE? Sí, hace unos años, antes de llegar a ministro de interior. Ahora es otro de los presuntos sucesores de Zapatero (y si tengo que escoger, creo también sería mi candidato) y uno de los políticos con mejor nota. Si mal no recuerdo, el ministro de interior es tradicionalmente uno de los más valorados en todos los gobiernos, en gran medida porque es el hombre de acción del gobierno: siempre ahí fuera, dando ruedas de prensa y plantando batalla a los malvados.

¿Por qué digo esto? Cuando un votante más o menos normalillo hecha un vistazo a lo que están haciendo los políticos, normalmente no decide lo que piensa en base a una ardúa lectura de bitácoras políticas de calidad. Puestos a no prestar atención, el susodicho votante problamente lee sus noticias políticas en el Marca, y sólo presta atención a las noticias en la tele durante parte meteorológico. Puede que escuche la radio en el coche y lea la prensa gratuíta en el metro, pero en general formará su opinión en base a una combinación de atajos ideológicos e impresiones generales.

Volvamos a la cita de Bill Clinton al principio. Uno de los mecanismos informativos más fáciles de seguir para un votante es básicamente ver si un político está intentando hacer algo o no. En el gobierno español hay dos ministerios que son básicamente activos por defecto, interior y fomento; los responsables de ese departamento pueden pasarse el día tomando decisiones y planificando si tienen ganas de salir por la tele. Cuando el político al mando es bueno (y -oh cielos- Pepiño ha resultado ser un excelente ministro de fomento) es natural que los votantes acaben viéndole en la tele de forma constante, explicando y pontificando sobre el por qué ha tomado una decisión u otra.

El gobierno socialista, cuando ve lo que dicen las encuestas, debería recordar esta simple máxima sobre la política: a los votantes les gusta que hagan cosas. De hecho, casi les gusta que hagas cosas por que sí, sean buenas o malas; para alguien que no está prestando demasiada atención, es mejor que te vean pegándote de leches con alguien de forma heróica a ser percibido como el tipo de aspecto tristón y aburrido que ven de reojo en las notiticias de vez en cuando.

Pasar a la acción, aprobar medidas, meterte en batallas es, en no pocos casos, mejor que sentarte en un rincón y no hacer nada. No hablo de medidas de vuelo gallináceo, cosas como discutir la cadena perpetua (¿en serio?) o cementerios nucleares (¡crucial! ¡grande!). Hablo de cosas que sean un petardazo de impresión, que hagan ruido, que exijan discutir, debatir, explicar y acabar pasando leyes contra viento y marea.

Es importante tener en mente dos cosas. Primero, los votantes en la mayoría de los casos no entienden demasiado bien lo que se está debatiendo. De hecho, muchos te darán la razón por el mero hecho que te votaron en las últimas elecciones, especialmente si alguien que les cae mal está en contra. Segundo, los votantes (y los periodistas, que no es que sean genios) tienden a asociar victorias parlamentarias y leyes aprobadas con buenas políticas públicas, si no a corto sí a medio plazo. Todos tenemos un sesgo inherente a creer que el status quo es la mejor opción posible (vía aversión al riesgo), así que aprobar una reforma mueve por sí sola la opinión pública hasta cierto punto.

Dicho en otras palabras: muchas políticas que son impopulares en las encuestas, de hecho no lo son tanto. La opinión pública es mucho menos sólida de lo que parece en los sondeos; leyes que parecen ser mortiferas de hecho son mucho menos peligrosas de lo que parecen. Lo que es increíblemente peligroso para un político, sin embargo, es ser percibido como alguien no quiere o no puede (*) aprobar una ley ni aunque el país entero le pida de rodillas, no importa lo mal que vaya el país.

Sé de sobras que hay algunas reformas estructurales que son horriblemente peligrosas. Sé que hay medidas que en España te meten inmediatamente en un campo de minas, con todos Dios dándote de sopapos por tu tremenda osadía y desalmada crueldad. El problema es que muchos de estas reformas son necesarias para (sí, lo sé) cambiar el modelo productivo del país y salir de la recesión. El gobierno puede escoger entre hundirse en las encuestas y perder las elecciones tras haber dado una señal alta y clara al electorado diciendo que no iba a hacer nada demasiado terrorífico, o bajar al ruedo, intentar morir matando, y con suerte convencer a los votantes que puede que no tiengas razón, pero los tienes muy buen puestos.

Me parece que la decisión está clara.

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