Hace mes y medio dejamos la reforma de la sanidad en Estados Unidos en estado de crisis, víctima del súbito ataque de pánico de los congresistas demócratas tras perder un misérrimo escaño en el Senado. En las últimas dos semanas, sin embargo, la ley parece haber vuelto a la vida, lenta pero segura, y esta semana vuelve a ser motivo de debate y discusión, con la Casa Blanca trabajando duro para que sea aprobada. ¿Qué ha sucedido para que esto sea así?
Empecemos por una crónica de las últimas semanas - esta es un buen punto de partida. Primero, los demócratas se calmaron un poco. Tras los alaridos desesperados de los primeros días, el partido entró un poco en razón. Jonathan Chait lo explica bien aquí; básicamente, es más lógico y racional que aprueben algo, lo que sea, que suicidarse políticamente víctimas de un miedo desatado.
Hace tres o cuatro semanas, la ley volvió a aparecer en el debate político. Los medios la habían dado por muerta, pero Obama empezó a volver a hablar de ella. Primero fue en el discurso sobre el estado de la Unión, dando una cordial bronca a sus compañeros de partido. Después entre bastidores, con Pelosi y Reid (los líderes demócratas en ambas cámaras) empezando a contar votos. Finalmente, de forma brillante por el mismo presidente en su épico debate / masacre dialética con los republicanos en Baltimore, en una intervención digna de cierta serie televisiva de ficción. Obama estaba en la calle, hablando de la necesidad imperiosa de aprobar la reforma, retando a los conservadores a salir al ruedo y ofrecer ideas. Para acabar de reforzar el mensaje, las aseguradoras, en un ejemplo de torpeza épica, anunciaban increíbles subidas de precio (¡39%!) esos mismos días.
Volvamos al procedimiento legislativo americano, recordandocómo se aprueban las leyes en Estados Unidos: las dos cámaras tienen que votar a favor del mismo texto, y el Presidente tiene que firmar. En la reforma de la sanidad, los demócratas tienen dos textos distintos realmente muy parecidos entre ellos, tienen un acuerdo más o menos decente entre ambas cámaras sobre cómo sería la ley final… y no tienen los sesenta votos necesarios en el Senado (recordad que los republicanos están abusando del filibusterismo como posesos) para aprobarla utilizando el procedimiento normal.
Eso no quiere decir que no haya una salida. Para aprobar una reforma, los demócratas necesitan hacer dos cosas. Primero, la Cámara de Representantes tiene que aprobar la propuesta de ley aprobada por el Senado. Segundo, el Senado tiene que aprobar una serie de enmiendas a su propia ley que recojan los cambios pactados con la cámara baja, utilizando un procedimiento llamado reconciliación (mayoría pura) que evita los bloqueos vía filibusterismo. El problema, por descontado, es que los representantes no se fían de lo que haga el Senado, y quieren garantías que si aprueban el texto de sus “amigos” de la cámara alta (nota: no se aguantan) estos cumplirán con su palabra y cambiarán las cláusulas que consideran inaceptables.
Llegamos a esta semana. La Casa Blanca tiene dos objetivos. Primero, convencer a sus compañeros de partido que dejen de correr despavoridos, paren de apuñalarse unos a otros y se decidan a aprobar una reforma que necesitan desesperadamente (leed aquí por qué; Jonathan Bernstein lo explica mejor que yo). Segundo, necesita dar una cobertura política a su compañeros de partido, vendiendo agresivamente la ley a un público no demasiado convencido. La gente dice estar en contra de la ley en general, pero está a favor de las medidas que esta incluye; mejor comunicación (y el efecto que tiene una victoria legislativa en indecisos; “lo que gana, es bueno” es un lógica muy extendida) es algo necesario.
Para vender la reforma, la Casa Blanca ha convocado una cumbre bipartidista este jueves. La idea es tener un debate público con el Presidente y gente de ambos partidos, discutiendo y presentando ideas para mejorar la reforma. El lunes Obama presentó su propuesta, una combinación de los textos del Senado y Cámara de Representantes que (”curiosamente”) está cerca del consenso entre ambas cámaras (nota al margen: es la primera vez en todo el proceso que la Casa Blanca presenta un texto concreto), y retaba a los republicanos a que hicieran lo mismo.
Por descontado, los republicanos realmente no tienen nada que poner sobre la mesa (sus dos “grandes ideas” son o irrelevantes o peligrosas) y no tienen mucho que discutir; su oposición a la reforma ha sido básicamente una serie de alaridos irracionalistas, no una cuestión de principios. La ley incluye una cantidad tremenda de ideas conservadoras; de hecho, es un calco del modelo de Mitt Romney en Massachusetts (que ha funcionado bien) hace unos años. Si tienen que debatir en público, se los van a comer con patatas, así que llevan toda la semana a la defensiva, diciendo que la cumbre es puro teatro.
¿La verdad? Están en lo cierto. El debate de mañana es totalmente ficticio y básicamente artificial, ya que los demócratas están peleándose para aprobar la ley por si sólos. La táctica, sin embargo, parece que va a conseguir dejar a los republicanos en ridículo - en cierto sentido los demócratas están pagando con su propia medicina el alocado teatro del absurdo conservador de los últimos meses. De momento parece que los medios (Fox News excluído, pero esos son imposibles) se han tragado el invento de la Casa Blanca, y están muertos de ganas de ver la carnaza el jueves, en una partida que Obama tiene básicamente ganada.
Queda la segunda parte, atizar a su propio partido. De momento, están avanzando sin prisa (de hecho, con muy poca prisa) pero sin pausa, trabajando para aprobar la ley. La Casa Blanca está repartiendo tortas y dando caramelos con entusiasmo, intentado evitar que el entusiasmo de la izquierda pierda votos de los moderados del partido (muy a mi pesar, la public option está muerta), y mediando con energía y decisión ante todo conflicto. Obama realmente está utilizando su capacidad de atraer y dirigir el debate con energía estos días, dejando claro que quiere una ley.
¿Quiere decir esto que veremos una reforma este año? No tan rápido. Hace un mes le daba un 30% de posibilidades; hoy quizás subiría a un 50%. Como dice Ezra Klein, estamos hablando del partido demócrata, con su capacidad casi infinita de estrellarse contra obstáculos imaginarios; la reforma sigue teniendo que superar obstaculos considerables. Veremos cómo van las cosas el jueves, y si cómo se porta el partido político más desorganizado del mundo cuando toca demostrar algo parecido a coraje.
Uno de los episodios más gloriosos en The West Wing gira alrededor de las discusiones dentro de la Casa Blanca tras un par de derrotas políticas serias. El equipo del presidente está desmoralizado; se ven inefectivos, incapaces de pasar reformas reales en el país. No les cuesta demasiado darse cuenta que gran parte del problema parte de su propia timidez: no han sido capaces de utilizar y mostrar las virtudes de su (imposiblemente perfecto) presidente. Es hora de “Dejar que Bartlet sea Bartlet” - actuar decididamente, con el presidente tirando del carro.
Me parece que en la Casa Blanca alguien ha estado viendo The West Wing estos días: el mensaje es claramente “dejar que Obama sea Obama”. Todo empezo con el ya legendario turno de preguntas del presidente con los republicanos en Baltimore, una de las mejores discusiones políticas en décadas en Estados Unidos. Obama estuvo extraordinario, ganando el debate con una facilidad apabullante.
Para resolver el debate de la sanidad (y empujar a su partido en el Congreso a aprobar una reforma de una puñetera vez), Obama va a intentar hacer algo parecido a finales de este mes. La idea es celebrar una “cumbre” sobre sanidad televisada con miembros de ambos partidos; un debate abierto con luz y taquígrafos pidiendo ideas y discutiendo cambios para aprobar la ley.
Por descontado, es un debate con las cartas marcadas: la reforma propuesta en el Senado tiene ya de hecho un montón de ideas republicanas; es un plan muy moderado, prácticamente conservador. Uno de los grandes problemas que ha sufrido la reforma es que los demócratas (y los medios) han sido incapaces de explicar sus contenidos; forzando a los republicanos a discutir el fondo (y no esconderse detrás de un púlpito o micrófono amigo en Fox y decir todas las burradas que quieran) es una táctica brillante. El presidente puede ejercer de presidente (Bartlet, de nuevo), arbitrando un debate al que los republicanos no pueden renunciar a participar.
¿Funcionará? Eso espero. Es una táctica muy ambiciosa, casi peliculera. Los medios americanos adoran esta clase de bobadas, sin embargo; no me extrañaría que se lo tragaran pero bien. El presidente está tomando un riesgo serio - veremos si funciona. Por cierto, ¿alguien tomando notas en España?
Obama acaba de cerrar su discurso sobre el Estado de la Unión hace un ratito (discurso completo, resumen de propuestas concretas), y a decir verdad, no me ha dejado con demasiadas cosas a decir. Las expectativas eran bastante ridículas, como siempre que Obama habla en público, con cientos de analistas hablando de momentos decisivos, enigmas, liderazgo y redefiniciones de la agenda.
¿Qué hemos visto hoy? Algo bastante más normal y sencillito de lo que todos los estrategas de salón comentaban. El discurso ha sido clásico Obama: muy bien escrito, muy bien presentado y con una habilidad y talento retórico impecable. Se ha explicado bien, ha sonado confiado, fuerte y directo. En fin, lo que esperas de un gran orador.
Lo que el discurso no ha sido algo sorprendente, o demasiado fuera de los cánones de un discurso sobre el Estado de la Unión tradicional. Lo que hemos visto ha sido un repaso de dónde está el país, qué ha hecho la administración para solucionar los problemas y una lista de propuestas rematadamente larga, no una especie de punto de cambio místico en la trayectoria histórica de su presidencia.
¿La verdad? Casi mejor así. Un país de 300 millones de habitantes no se cambia en un discurso, y la historia de una presidencia tiene poco que ver con veleidades oratorias puntuales. Eso no quiere decir que el discurso haya sido aburrido o irrelevante; simplemente, no ha hecho nada fuera de lo normal, aparte de darlo muy, muy bien.
Eso no quiere decir que el contenido sea anodino, o que no hubieran varias cosas que merecen ser comentadas:
Déficit: por algún motivo que se me escapa, el déficit público es algo que preocupa mucho más a la mediocracia y políticos americanos que el paro o crecimiento económico. Es un sesgo realmente estúpido, pero me temo que no hay nada que hacer. Obama ha hablado mucho sobre el déficit - de su origen, cómo reducirlo y medidas concretas sobre cómo solucionarlo. Ha señalado en detalle (y correctamente) sobre cómo ha heredado los número rojos de la administración anterior, y ha dado algunas propuestas sobre cómo remediarlo. ¿Cuáles? La verdad, dejando de lado la reforma de la sanidad, más simbólicas que relevantes, pero sonaban bastante bien.
Sanidad: parece que la reforma se niega a morir. Obama no ha dado una receta concreta sobre cómo aprobar la ley (aunque los demócratas tienen varias ideas), pero si ha empujado con fuerza a su partido a aprobar algo. Sigo sin ver concreción suficiente desde la Casa Blanca, y podría haberle dedicado un poco más de tiempo, pero ha estado bien. El mejor toque: decir que no está intentando reformar la sanidad “porque es bueno para él políticamente, sino porque sabe que es necesario”. Es la clase de honestidad que un político debe utilizar en estos casos.
Cambio climático: ha dicho (gracias a Dios) que la ciencia sobre el tema es clara y está cerrada, y que algo hay que hacer sobre ello. El Senado, por desgracia, no está colaborando en absoluto. Ha tirado dos huesecillos a los republicanos a ver si pican (nucleares y offshore drilling, buscar petróleo en aguas territoriales), pero no me parece que vaya a conseguir nada este año.
Bancos: No ha habido novedades, aparte de ver al Partido Republicano al completo sentado sin aplaudir cuando Obama pedía clavarles un impuesto a los bancos. Las propuestas son las ya conocidas, pero es interesante ver al presuntamente populista partido conservador defender al sector financiero sin sonrojarse.
Sobre el gobierno en sí: para mí, la parte más interesante e importante del discurso, y que los comentaristas en televisión parecen estar ignorando completamente. Obama ha señalado repetidamente que los votantes han envíado a los políticos a Washington a tomar decisiones y aprobar leyes, no a liarse a tortas como locos y sólo pensar en salvar el culo. Ha hablado mucho de obstruccionismo (sin pedir la eliminación del filibusterismo. Gñe) y sobre cómo el electorado está asqueado que Washington sea un circo inoperante por encima de todo. Tengo la sensación que gran parte de los problemas que los demócratas y el Congreso tienen en las encuestas (y no el presidente, por cierto) se debe a que los votantes están hartos que nadie sea capaz de hacer nada de forma coherente o mínimamente honesta; hablar sobre la necesidad de cambiar esto, y la necesidad de pasar a la acción, sonará bien en el electorado.
Fuera de contenidos concretos, y concentrándome en la política, unos pocos comentarios breves:
Todos los que dicen que Obama es un rojeras radical peligroso quedan un poco en evidencia. El discurso ha sido muy moderado en muchos aspectos; en cosas como el déficit, la retórica podía haber venido de un republicano un poco centrista. No es que el presidente haya cambiado, por cierto; ya en las primarias decía que Obama estaba a la derecha de Hillary y Edwards en prácticamente todo, siendo el candidato más moderado de los tres. Sigue estando muy a la izquierda del partido republicano, por descontado, pero sus propuestas no son nada extrañas.
Obama ha hecho muy bien recordando a los votantes que no siguen demasiado la política que es un tipo bastante centrista, por cierto. El ruido mediático de la derecha es ensordecedor, así que vale la pena repetirte un poco.
El efecto en las encuestas será básicamente nulo, o casi nulo, a medio plazo, por cierto. Históricamente estos discursos mueven la opinión pública relativamente poco. La audiencia principal del discurso, en muchos casos, son los todólogos de la prensa y los compañeros de partido. Aún así las encuestas inmediatas han sido espectacularmente positivas; parece que ha gustado.
Debo recalcar que aunque el discurso ha sido “normal”, Obama como orador ha estado impecable. El tipo sigue siendo imbatible en estas cosas - lleva el cargo como nadie. Mi mujer (que no es tan politiquera como un servidor) decía que le ha recordado por qué voto (y donó dinero a la campaña de) Obama en las elecciones. Sencillamente, el tipo sabe lo que hace.
Lo más inusual: el debate no ha sido defensivo; ha sido una descripción de hechos y del camino a seguir de alguien que cree estar haciendo bien su trabajo. Lleno de confianza, muy rico en proyectos y lleno de explicaciones sobre qué han hecho bien. Ha sido optimista, decidido y prometiendo hacer cosas. Un discurso que mira hacia adelante. Como dice Jorge Galindo, a ver si algunos aprenden.
¿Qué debe suceder para que el discurso sea efectivo? Estamos de vuelta a lo de siempre: será efectivo si consiguen aprobar algo antes de las elecciones. No soy el único en decir esto, por cierto.
Resumiendo: un buen, sólido discurso, centrado en proyectos y trabajo, no en grandes castillos en el aire. Esta clase de eventos, sin embargo, son hasta cierto punto secundarios; lo que cuenta realmente (y más en un candidato que ha prometido cambios) es ser capaz de aprobar leyes y reformas.
El Discurso del Estado de la Unión es bonito, efectista y televisivo, pero en Washington, por encima de todo, la política se hace fabricando salchichas, contando votos, y llevando tu partido, ese que está lleno de incapaces, cobardes y melones, a actuar como hombres de una puñetera vez. Si las reformas de Obama son aprobadas (y sanidad y mercados financieros están a tiro, si no pierden la cabeza) hablaremos de grandes logros, no hoy que ha hablado bien de ello.
No tengo demasiado tiempo para elaborar en detalle, pero me parece que es necesario comentar un par de cosas ante los increíblemente confusos artículos del País sobre Obama de este fin de semana. Primero, es una tontería decir que Obama abandonasu agenda de cambio - más que nada, porque la administración sigue con los mismos proyectos sobre la mesa. El problema es el Congreso, y más concretamente, el absurdamente antimayoritario Senado y el hecho que se necesiten 60 votos para hacer casi cualquier cosa. Los demócratas, aún con sus ingentes reservas de cobardía, han estado moviendo legislación poco a poco; el problema es que el partido republicano no quiere hacer absolutamente nada.
El artículo que se lleva un premio es este, por eso, preguntándose si aún queda presidencia. El tono es como si Obama fuera un presidente ampliamente odiado, con tasas de aprobación zapateriles en su casillero; la realidad, sin embargo, es mucho más tranquila, con Obama en un 49-45. No son números fantásticos, pero es donde estaba Reagan a estas alturas, con un nivel de desempleo parecido. Los demócratas están haciendo un ruido increíble en sus ataques de pánico, pero el presidente está, dentro de lo que cabe, en una situación bastante aceptable.
¿Qué tenemos que esperar esta semana? Dos cosas. Primero, parece que los demócratas están entrando en razón, y puede que hagan algo sobre reforma de la sanidad. Nada en concreto, pero están moviéndose en la dirección adecuada. Aún lo veo complicado, pero menos que ayer; ha pasado de un 20 a un 30%. Segundo, el miércoles el discurso sobre el estado de la Unión, evento televisado en directo por todas las cadenas. Obama tiene una oportunidad magnífica de poner las cosas claras y marcar la agenda. Veremos que dice.
Por cierto, una nota: el discurso del presidente parece que sea de cara a la opinión pública, pero no lo es. Como sucede en España, lo que marca si tu discurso es un éxito o un fracaso es la reacción de la prensa y opinadores profesionales, y como esta afecta a esa tropa de legisladores acomplejados que viven en el Congreso. Aún sin 60 senadores, hay maneras de aprobar legislación (como el método de reconciliación en el Senado, para leyes que afecten gasto y recaudación - con 51 basta), así que Obama aún tiene su margen de maniobra.
Es una semana importante. No empecemos a decir bobadas sobre funerales políticos porque alguien ha tenido una mala semana; si no, mirad cuántas veces he dado a Rajoy por muerto este último año y veréis por qué digo esto.
He estado pensando bastante sobre el plan de la administración Obama sobre Afganistán. Tras darle muchas vueltas, creo que no puedo decir, honestamente, si es buena idea o no.
Mi primer instinto es, realmente, cerrar la puerta y largarnos. Estados Unidos va a gastarse entre 80.000 y 100.000 millones de dólares en Afganistán el año que viene; básicamente el mismo precio que la reforma de la sanidad. El PIB Afgano es, si mal no recuerdo, 12.000 millones. Es un gasto enorme, en un lugar que realmente no estoy seguro que lo merezca.
Sinceramente, ¿qué es lo peor que puede suceder? Los Talibanes derriban al gobierno, el país se va a hacer gárgaras otra vez, y tenemos el estado semifeudal estilo somalí que existía en el 2001. Sí, los ataques del 11 de septiembre, etcétera; esos atentados que se diseñaron en Hamburgo y fueron preparados en Florida, con los secuestradores aprendiendo a pilotar aviones. O los del 11 de marzo, diseñados en la provincia afgana de Madrid. Quizás los del metro de Londres, preparados en Leeds, al ladito de Kandahar. Ya se sabe, esos atentados.
Afganistán sería un desastre, igual que lo es Somalia ahora, con la diferencia que no tienen salida al mar, así que no tendríamos piratas. Como base del terrorismo internacional, sin embargo, su efecto sería más bien limitado; realmente, no lo ha sido nunca. La vida de los afganos (y las mujeres afganas que vivan en zonas controladas por los talibán, especialmente) será un infierno violento y opresivo, pero ya lo era antes de la invasión - Estados Unidos no tiene el deber moral de salvar a países horribles de sí mismos.
El problema de salir por piernas es que eso, en sí mismo, también es un riesgo. Aunque lo que digo arriba parezca razonable, no tiene por qué ser lo correcto; los talibanes pueden controlar Afganistán, financiarse a base de tráfico de drogas, fanáticos religiosos y gobiernos bandidos y hacer la vida imposible al gobierno paquistaní. Pueden intentar provocar al gobierno Indio en Kashmir. Pueden realmente dedicarse al terrorismo en serio, sin tapujos, mientras cantan victoria. No es una región propensa a la estabilidad, y lo cierto es que Afganistán puede convertirse en un desastre serio.
Más allá de eso, los americanos tienen un cierto deber moral de estabilizar el país. La invasión fue un éxito, pero han permitido que poco a poco se convierta en un manicomio. Estabilizarlo es una necesidad, pero también es hacer lo correcto.
El plan en concreto me parece que es básicamente pragmático - y el discurso de ayer, muy realista. Se le ha criticado por ser frío, y lo cierto es que tienen cierta razón; Obama se centró en los hechos, no ideas. El presidente no se metió en esos berenjenales dialécticos de Bush de prometer paz, libertad y democracia, hacer que Afganistán sea un sitio feliz y que la gente beba Coca-Cola. Obama dijo que envía 30.000 soldados, el objetivo es estabilizar el país y cazar terroristas, y después que un gobierno afgano menos corrupto y más efectivo tome el control del país. ¿Derechos? ¿Democracia? De puntillas.
La idea, me parece, es darle a Karzai un poco de tiempo. Dejar que el gobierno se consolide, asegurar que la cosa no se derrumbe cuando se larguen, por feo que sea el dictador presidente local, y en el 2011 darse una ronda de aplausos, cantar victoria, y salir por piernas. Será muy difícil, especialmente con un gobierno Afgano tan odiado e incompetente, pero quién sabe.
No es la solución fácil. En contra de lo que dice Iñigo, enviar más tropas tiene un coste político considerable para Obama. La izquierda americana está muy, muy mosqueada; hoy Rachel Maddow básicamente le ha sacado los ojos a Susan Rice (embajadora americana ante la ONU) en televisión en una entrevista brutal. Al electorado no le gusta como está llevando la guerra; sólo un 47% de los votantes quería un aumento de tropas. Hay fecha de salida porque si no el electorado americano no aceptaría escalar el conflicto; es así de burdo. Algunos demócratas están pidiendo que si quiere más tropas, lo tienen que pagar con una subida de impuestos. La derecha tampoco es que estuviera contenta; o querían más tropas, o no están de acuerdo que la Casa Blanca diga que empezarán a reducir tropas el 2011, ya que hará que los talibanes se esperen a que se vayan.
Obama, básicamente, no tenía una salida buena, o fácil. Todo es políticamente arriesgado, militarmente complicado y con consecuencias imprevisibles. No estoy del todo contento con la decisión tomada, pero me temo que aún escéptico, no me atrevo a decir que se han equivocado.
No recuerdo dónde lo he leído hoy (Twitter es tal ensalada de cachondeo con lo del Nóbel hoy que a saber quién lo colgó), pero dándole el beneficio de la duda al jurado, hay un precedente en estas cosas: Desmond Tutu. El arzobispo surafricano ganó el Nóbel antes que acabara el apartheid en su país, es decir, cuando aún no había “conseguido nada”. Se dijo en su tiempo que el premio dio a Tutu una cierta inmunidad, ya que las autoridades no se atrevían a enchironarle.
Salvando las distancias, puede que jurado haya dado el premio a Obama pensando esto - la medallita de marras legitima sus repetidas declaraciones diciendo que viene en son de paz y que Estados Unidos ya no es un país dirigido por un imbécil, manejado por un vicepresidente paranoico con una política exterior cavernícola. Es decir, el tipo es de fiar. Lo dicen los suecos.
Ya he dicho, el beneficio de la duda. A pesar de sonar más lógico, me sigue dando la risa floja.
El discurso de Obama en el Cairo ha recibido muchos calificativos; histórico ha sido el más repetido. La mayoría de reacciones se centran en lo inusual que un presidente americano haga algo así; y están en lo cierto. La verdad, más allá de este punto, el discurso no es tan importante.
Esto es así por dos motivos. Primero, es un paso lógico de una campaña sostenida de la administración Obama desde que llegaron al poder. La primera entrevista que concedió como presidente fue, no lo olvidemos, a Al Arabiya; tras esto tuvimos el mensaje a los iraníes, el discurso en el parlamento turco y un esfuerzo diplomático y de relaciones públicas sostenido que ha culminado en este discurso. Obama sabe de sobras que la reputación de los Estados Unidos en el mundo árabe está por los suelos; todas estas maniobras son necesarios.
Segundo, el contenido del discurso no es que fuera demasiado novedoso. Para los que siguieron a Obama durante la campaña, de hecho, todo lo que escucharon no es que fuera demasiado novedoso. Fue un discurso bien escrito, muy meditado y muy parecido en tono a sus discursos más reflexivos como candidato; para ser más específicos, su discurso en Filadelfia. El punto de partida, de hecho, era relativamente parecido: hay cosas en las que no estamos de acuerdo, pero eso no quiere decir que no podamos hablar. Es hora de dejarnos de niñerías, sentarnos en la mesa y arreglar las cosas como adultos.
Algunos han hablado que esto es una especie de rendición, como si el hecho de decir que no somos perfectos representa una derrota abrumadora. Lo cierto es que el discurso tuvo mucho de una vuelta a lo que la política exterior americana solía ser antes que Bush y compañía se pusieran a hacer experimentos a cañonazos. Reconocer que Israel ha cometido errores es una obviedad; recordar a los palestinos que por mucha razón que tengan la violencia es una estupidez es algo que no se dice lo suficiente.
De todo lo que he leído sobre el discurso, sin embargo, lo que más me ha sorprendido es la absurda reacción de Arcadi Espada diciendo que fue un discurso “religioso“. No se me puede acusar de católico descontrolado, pero esa afirmación es básicamente una tontería. Primero, porque Obama siempre habla del mismo modo; de hecho, todos los políticos americanos usan esta clase de retórica; la tradición del país es la que es. Segundo, porque es un discurso en el Cairo dirigido a musulmanes - el lenguaje que utilizarás será respetuoso con la religión, y mostrar que puedes hablar y entender la fe es algo imprescindible. Estados Unidos debe dejar claro que lo suyo no es una guerra de religión, y la mejor manera de decirlo es dejar claro que la respetas.
¿Qué esperaba escuchar? Por mucho que mis instintos racionalistas me llevan a pedir un discurso utilizando modelos de teoría de juegos (”el conflicto palestino parte de un equilibrio sub optimo derivado de un dilema del prisionero con información asimétrica”, etcétera), hablar con el lenguaje de la ilustración y el laicismo liberal no hubiera llevado a ninguna parte. Estados Unidos no es Francia (no produce políticos que hablen ese lenguaje), y una explicación racionalista, seca, filosófica ilustrada sólo hubiera creado aún más desconfianza; otra imagen de la imposición laicista de occidente hacia otras culturas.
El discurso del Cairo es un pequeño paso - por sí sólo, no arreglará nada. Parece bastante claro, sin embargo, que la administración Obama se está tomando en serio el problema, y en contra de sus antecesores, lo que dicen es lo que realmente quieren que suceda. Veremos.
Lo sé, lo sé. Prometí escribir con un poco de detalle sobre qué tenemos que esperar mañana por la noche cuando empiecen a salir los resultados, y Obama -finalmente- gane las elecciones. Newsweek tiene un buen resumen sobre ello; básicamente, si allá las ocho de la noche (cuatro de la mañana en España) Obama ha ganado en Virginia, la cosa se ha acabado. De hecho, si McCain no gana Virginia, Carolina del Norte, Ohio, Florida y Pennsylvania (en términos estadísticos, es como tirar cinco doces seguidos jugando a los dados) está básicamente muerto. La noche puede que sea larga, si los márgenes son estrechos, pero McCain necesita un nivel de infalibilidad tal que hace su victoria casi imposible.
¿Estoy tan tranquilo como parece? No, ni de broma. Hoy en el trabajo era una manojo de nervios, y no era el único. En mi oficina todos son demócratas perdidos, y por mucho que las encuestas dicen que es caso cerrado, aquí nadie dormirá tranquilo hoy. Mañana más de la mitad de americanos (si las encuestas están en lo cierto) andarán mordiéndose las uñas, mirando al vacio, intentando descifrar el vuelo de las aves y mirando al ruido blanco de los televisores buscando una señal.
Hasta cierto punto, es comprensible. Obama es en muchos sentidos un candidato relativamente convencional; es moderado, realista, pragmático y sobrio. No es un progresista a la europea, y no lo será nunca; es una criatura del ala pragmática del partido demócrata que entiende su país y sabe qué puede pedir y que no. Este hecho, sin embargo, no debe hacer olvidar a nadie que a pesar de su moderación, la historia de Obama es de hecho extraordinaria.
Barack Obama es un hombre improbable. Para muchos americanos (estos que estarán mañana aterrados, pidiendo al cielo que su país no meta la pata otra vez) Obama es una confirmación en carne y hueso que Estados Unidos es un país distinto, la encarnación de ese ideal que aspira y que durante ocho años parecía haber olvidado. Esa retórica de nación incluyente, abierta, meritocrática, tolerante será más cierta que nunca mañana, cuando escojan (esperan) un presidente que no sólo es birracial, hijo de inmigrantes y que tiene un nombre extraño, sino que además lo hacen siete años después del 11-S.
¿Es esta promesa cumplida un espejismo? lo es, hasta cierto punto. La movilidad social en Estados Unidos sigue siendo muy, muy baja, y la verdad, un osito de peluche podía ganar este año, con el horrible trabajo que han hecho los republicanos. Aún así, no veremos a alguien con Obama en otro sitio; es algo únicamente americano.
Es difícil decir si Obama será un gran presidente. Es inteligente, no hay duda, y tiene una tranquilidad y un control de si mismo encomiable; también tiene un trabajo difícil. Sin embargo hay algo de su actitud, justo a las puertas de cruzar el umbral de la historia, que hace sospechar grandeza. A saber. Descubriremos la verdad pronto.
Lo cierto es que la historia de Obama, de su campaña, se ha cerrado hoy con una nota triste. Su abuela, la única familia que le quedaba, moría hoy en Hawaii. Obama fue a visitarla hace apenas una semana a sabiendas que le quedaban pocos días. Horas antes de dar el último paso y cruzar la puerta, Barack Obama se queda sólo.
¿Qué hace uno cuando tiene tanto dinero en el banco para pagarse su campaña electoral que no sabe qué hacer con él? Si eres Barack Obama, compras un bloque de media hora de publicidad en horario de máxima audiencia en siete cadenas de televisión a la vez (MSNBC, Fox, CBS, NBC, BET, MTV y TV One) gastándote más de tres millones de dólares de una tacada, y te explicas bien.
No comentaré demasiado más. Es un anuncio ligeramente aburrido (y si os habéis estado tragando todo lo que he escrito, no os descubrirá nada), impecablemente producido y muy, muy “Reagan”. Es optimista, mirando al futuro y con ese estupendo “¡podemos hacerlo!” que tanto gustan a los americanos.
A todo esto, ¿recordáis a Joe el fontanero? Sí, ese tipo que obsesionó a McCain en el debate de forma ridícula, se convirtió en una extraña obsesión de los republicanos después, y que ha dado más ruedas de prensa que Palin. Bueno, siendo esto Estados Unidos, el fontanero en cuestión ha contratado un publicista, firmado un contrato discográfico (country…) y está intentando que le publiquen un libro. Es como si la niña de Rajoy fuera un tipo calvo de ultraderecha sediento de gloria.
Los todólogos televisivos y radiofónicos americanos siempre dicen que en cuestión de política exterior, nada excita más a los votantes americanos que sacar el martillo y clamar que todos los problemas del mundo son de hecho clavos. Por alguna extraña equivalencia, muchos sesudos analistas confunden saber mucho de política exterior con la voluntad de arreglarlo todo a martillazos, y hablan como si cualquier político que no defienda estas cosas será visto como débil, pequeñito, insulso y patético. Un alfeñique, vamos.
Claro, eso es lo que dicen los “expertos”. El problema es cuando vas y preguntas al electorado americano, y resulta que son mucho menos agresivos de lo que parece. Matthew Yglesias tiene los datos; cuando se pregunta a los votantes si hablar con países “enemigos” es una buena idea, un 79% de demócratas, 70% de independientes (gente no “afiliada” con ningún partido) y 48% de republicanos dice que sí. En agregado, la cifra anda por el 65%. Cuando Obama dice que Estados Unidos no debe temer hablar con Irán no está lejos del votante mediano americano; de hecho, está justo en la posición mayoritaria.
Parece casi redundante decirlo, pero hablar es gratis. Sentarse en una mesa con otro estado no convierte al otro estado mágicamente en el Increíble Hulk; Irán seguirá siendo un país pequeñito, con un presupuesto militar insignificante comparado con EEUU, que no puede ni toserle a Israel y sus 200-400 cabezas nucleares. España solita podría darle una buena paliza a Irán si nos pusieramos serios, vamos; Irán es una “amenaza” muy relativa.