Esta semana sí. Esta semana los demócratas va a intentar aprobar la reforma de la sanidad.
Esta vez va en serio. La cosa irá como sigue. Primero, la cámara de representantes votará el texto del Senado. Esto hará que la sanidad esté oficialmente aprobada; Obama podría ya firmar, con la cámara alta entrando en vigor de inmediato. La cosa no quedará ahí, sin embargo; el texto del Senado tiene unas cuantas cosas que no gustan a los representantes. Para solucionar esto, la cámara baja aprobaría inmediatamente una ley con enmiendas sobre la reforma recién aprobabada, dedicada básicamente a cambiar varios capitulos de gasto e impuestos. Con esta enmienda aprobada, el Senado votaría esas enmiendas utilizando el procedimiento de reconciliación, de modo que la ley refleje un punto medio entre ambas cámaras.
¿Por qué este procedimiento tan recontracomplicado? Básicamente, porque los republicanos no han dejado otra opción. El procedimiento normal sería que las dos cámaras enmendaran la ley en conferencia y votaran el texto consensuando por separado. El problema, claro está, es que los demócratas no tienen los sesenta votos necesarios en el Senado para cerrar el debate (sí, el dichoso filibusterismo) - y los republicanos se niegan a permitir que una ley pase por mayoría simple.
Aquí es donde entra el procedimiento de reconciliación: las leyes aprobadas con este método no pueden ser bloqueadas vía filibusterismo; el tiempo de debate está limitado (si mal no recuerdo) a 30 horas. Es una maniobra rebuscada que abre la puerta a aprobar la ley por mayoría absoluta en vez de una supermayoría absurda.
Esta es la idea básica; los demócratas tienen otras opciones, como declarar la ley como adoptada (sin votarla) y aprobar directamente enmiendas en la Cámara de Representantes. No sé si lo harán (se ha hecho con otras leyes, pero es un método un poco cafre), pero parece claro que esta semana están trabajando duro, durísimo para atar los últimos votos.
Todos los que piden el fin de la disciplina de partido harían bien de seguir el debate en Estados Unidos esta semana. Los demócratas necesitan 216 votos, y tienen 255 representantes - y atar los votos suficientes es un ejercicio desesperante. Los líderes del partido están intentando convencer a miembros recalcitrantes de forma desesperada. Obama está reuniéndose en persona con decenas de representantes, tratando de convencerlos que su presidencia depende de ellos. Los sindicatos y grupos de presión demócratas están diciendo a todo aquel que tenga dudas que si votan en contra le montarán unas primarias de inmediato, a ver si espabilan. Todo Dios está pidiendo a sus bases que llamen a sus representantes como locos, berreando a pleno pulmón que su vida depende de ello. Y por descontado, hay anuncios en televisión a todas horas, de todos los colores, gastándose millonadas pidiendo votos a favor o en contra. Es una especie de aquelarre histérico de relaciones públicas, intentando aprobar una reforma realmente muy moderada.
¿La verdad? Es un voto difícil, pero creo que la reforma saldrá adelante. Primero, porque los demócratas parecen haber entendido eso que “de perdidos, al río“: más vale llegar a las elecciones en noviembre fardando por haber aprobado esa reforma que nadie ha conseguido pasar hasta ahora que defendiendo el hecho que intentaron pasar algo, votaron a favor una vez, y la pifiaron en la siguiente.
Segundo, todo indica que según la reforma empieza a clarificarse y el debate es “demócratas contra republicanos” en vez de “demócratas siendo incapaces de ponerse de acuerdo” la opinión de los votantes sobre la ley ha ido mejorando. Todas las encuestas llevan diciendo hace tiempo que si describes la ley sin decir que es “la reforma de Obama” la gente apoya las medidas cuando las escucha; parece cada vez más claro que la ley será más popular una vez entre en vigor.
Tercero, Nancy Pelosi nunca ha perdido una votación importante. La Casa Blanca y los líderes demócratas no estarían hablando de pasar la ley con esta fuerza si no estuvieran relativamente seguros que tendrán los votos sobre la mesa. Rahm Emmanuel sería capaz de estrangular a su madre si eso le da dos votos en el Congreso; no creo que estén jugándose el cuello de este modo si no supieran que la pueden aprobar.
Cuarto, y esto si es más subjetivo, porque Obama está haciendo esto:
Es corto; vale la pena verlo - y tomar notas. El mensaje es muy sencillo: no sé si la reforma de la sanidad me dará votos o no. No sé qué dicen las encuestas. Lo que sí sé es que uno, salí elegido con la promesa que iba hacer lo que era mejor para el país, y dos, estoy convencido que esta reforma es imprescindible, urgente. Es hora de ser valientes, apretar los dientes y aprobar la reforma, porque es lo que conviene al país. No estoy aquí para politiqueo - estoy para aprobar cosas que funcionen.
¿Alguien sabe de algún presidente europeo que podría utilizar esa clase de retórica? Pues eso.
Que quede claro, no está todo hecho, ni mucho menos. Estamos hablando del partido demócrata, esa organización que ha sido incapaz de aprobar esta misma reforma en los últimos doce meses. De todos modos, si tuviera que apostar, diría que hay un 65% de probabilidades que tengamos una reforma de la sanidad la semana que viene. Veremos.
No voy a cantar victoria aún, ya que el partido Demócrata es perfectamente capaz de autodestruirse de forma espectacular sin motivo aparente, pero parece que la reforma de la sanidad va a sobrevivir al Senado. De hecho, parece que será votada antes de Navidad, negociada con la Cámara de Representantes en Enero, y firmada por el Presidente antes del discurso sobre el estado de la Unión.
Sí, Joe Lieberman se ha pasado la semana torturando a los liberales y progresistas de la cámara jugando a los bolos con el proyecto de ley. Sí, el “acuerdo” de extender Medicare para mayores de 55 años ha sido masacrado, y sí, la public option desaparece del plan por completo.
¿La verdad? No es demasiado importante. Me remito a lo dicho hace un mes, sobre la estructura básica de la reforma. La public option era un aspecto secundario relativamente poco importante dentro del diseño general de la ley; un añadido decente, pero en absoluto imprescindible. Si bien es triste que se haya caído de la ley (igual que el acuerdo de la semana pasada, que era aún mejor), la ley es realmente un texto bastante decente. De hecho, incluso diría que es un buen texto, a sabiendas de lo increíblemente difícil que es aprobar leyes en Estados Unidos, y todos los presidentes que se han estrellado con ello (*).
Por descontado, no toda la progresía está contenta. La public option se convirtió en la batalla simbólica obsesiva de muchos liberales; Howard Dean, el Daily Kos o Atrios (dos bitácoras muy influyentes en medios progresistas) han llegado a decir que si la ley no incluye el plan público no merece ser aprobada. La verdad: pamplinas. Kevin Drum lo resume muy bien: esta ley salva vidas - es tan simple como eso. El gobierno americano pasará a tomar un papel activo en aumentar la cobertura médica de sus ciudadanos, utilizando un sistema mixto francamente ingenioso teniendo el cuenta el punto de partida inicial. Es una mejora bestial sobre el status quo; la mayor expansión del estado del bienestar americano desde los años sesenta.
Es un milagro que el partido demócrata, organización famosa por su delirante falta de disciplina interna, haya llegado a un acuerdo. Hay muchos héroes anónimos, muchos senadores que saldrán mucho menos en la tele que Lieberman, Ben Nelson, Mary Landrieu, Olimpia Snowe o otros famosos tocapelotas obstruccionistas, que se han partido los cuernos y llevado un montón de tortas para llegar donde estamos. No, no está todo cerrado, y no, aún no podemos decir que esto se ha acabado; los demócratas son perfectamente capaces de pifiarla de forma creativa. Pero podemos decir -ahora sí- que la reforma es casi segura.
Barack Obama, balance del primer año de gobierno: plan de estímulo fiscal, reforma de la sanidad, reforma del sistema financiero (aprobada en la Cámara de Representantes, avanzando en el Senado), ley contra el cambio climático (ídem, con Lieberman, por cierto, siendo la voz progresista en este campo), estabilización del sistema bancario, inicio de la retirada de Irak. Si le sale todo - y parece que lo más complicado será cambio climático; el resto está casi en el saco -, es un balance extraordinario.
La maquinaria de fabricación de salchichas legislativas en el Senado está funcionando a todo trapo, trabajando los siete días de la semana en la reforma de la sanidad. Parece que la public option está oficialmente muerta, aunque por una vez y sin que sirva de precedente es posible que la alternativa sea mejor que la solución original.
La “opción pública”, el plan de seguros federal que debía competir con las aseguradoras privadas, había sido recortada repetidamente en los últimos meses. La versión en la propuesta de Harry Reid en el Senado apenas podía negociar precios, hasta el punto que iba a ser probablemente más cara que los seguros privados. Aunque los progresistas americanos estaban obesionados en incluirla en la reforma (y los conservadores en eliminarla), su efecto real sería bastante limitado.
Harry Reid, el líder de la mayoría demócrata en el Senado, no tiene los 60 votos para mantenerla, sin embargo, así que ha tenido que negociar una alternativa. El acuerdo, al menos hoy por la mañana, es de hecho mucho mejor que un plan debilitidado: en vez de public option, los americanos tendrán dos alternativas.
Las personas entre 55 y 64 años podrán escoger Medicare como su seguro médico - una idea excelente. Medicare es el plan de salud público que los americanos mayores de 65 años tienen acceso inmediato; es un sistema parecido al francés, con un seguro básico y la posibilidad de contratar suplementos. Los años anteriores a tener acceso a este plan es cuando más difícil resulta contratar un seguro - los pacientes tienen mayor riesgo de enfermedad, y te lo hacen pagar con ganas. Permitir que puedan acceder a Medicare, con su inmeso poder de compra, hará las cosas mucho más fáciles y baratas para este grupo… y dará un bonito ejemplo a los americanos de las ventajas de un sistema público.
La segunda parte del acuerdo es también ingeniosa: abrir el plan de seguros de los empleados federales al resto del país. El gobierno federal negociaría con las aseguradoras planes nacionales, que estarían disponibles para todo el mundo. Si las aseguradoras no dan precios decentes, entonces, y sólo entonces, el gobierno podría crear una public option.
Esta alternativa tiene varias ventajas; para empezar, el poder negociador de la mayor “empresa” del país es utilizado al máximo. Segundo, crea planes nacionales, evitando la excesiva compartimentalización que crea la regulación estatal, pero sin debilitar la regulación permitiendo que las aseguradoras den planes nacionales desde estados con leyes permisivas. Tercero, refuerza muchísimo los exchanges, los mercados de seguros para individuos y pequeñas empresas, ya que los empleados federales estarán indirectamente dentro de ellos.
Sigue sin ser una reforma perfecta, no nos engañemos; algunos cambios no son demasiado buenos. Me ha sorprendido, sin embargo, que la ley sigue siendo bastante decente, y algunos puntos han mejorado o han sido “salvados” por el Senado, como la horrible enmienda antiabortista de la Cámara de Representantes. Con suerte, tendremos los dos proyectos finales antes de Navidad - y con esto, Obama pasará a ser casi de inmediato uno de los presidentes más efectivos de la historia en su primer año de mandato. No está mal.
Mientras que los españoles trabajaban con entusiasmo para ignorar la situación económica, concentrándose de forma obsesiva en un artículo poco relevante de una ley insuficientemente ambiciosa, los americanos han preferido dividir sus atenciones en otras cosa si cabe aún menos importantes. Estos días, y no estoy exagerando en absoluto, los medios se han concentrado a hablar de las aventuras de Tiger Woods y de esa pareja que de “infiltro” en una cena de estado en la Casa Blanca.
Eso no quiere decir que el sistema político americano esté quieto sin hacer nada, por supuesto. El Senado está intentando aprobar una ley de reforma de la Sanidad, que si bien no demasiado ambiciosa, hace que Harry Reid parezca Batman en plan heroico al lado de Zapatero. El problema, como de costumbre, es que el Senado hace las cosas a su manera, es decir lentamente, con grandes pronunciamientos y un espectacular desdén por mostrar competencia.
Empezaremos por el tema clásico, la public option. El plan público de sanidad, opcional, compitiendo con los seguros privados, era una concesión de los liberales al hablar de reforma laboral. Ofrecemos public option como alternativa razonable a un sistema realmente estatalizado (seguro nacional público, estilo Medicare) para poder aprobar una reforma. Bien, olvidaros de ella. Incluso si sobrevive en el Senado (dudoso, pero aún posible), el programa será irrelevante. Se ha debilitado tanto, ha sufrido tantos recortes, que no es el punto más importante de la ley ni de lejos. De hecho a estas alturas es una distracción; un añadido inutil sacrificable para conservar el resto de la ley.
¿Qué ha sucedido? Básicamente dos cosas. Primero, que los demócratas son tontos, y son incapaces de percatarse que es mejor pasar la ley rápido y demostrar que funciona que fingir que estás siendo duro empeorando la ley. Segundo, se ha convertido en una especie de cebo para gente sin cerebro como Joe Lieberman; en un contecto en que necesitas 60 votos para todo eso basta para recortarla. Hay intentos (veremos dónde llegan) de intentar recrear la idea original evitando las objeciones de los críticos, pero no sé si serán demasiado útiles.
El hecho que la public option ha centrado críticas no quiere decir que el resto de la ley no ha sido debilitada en sitios importantes. Aunque la estructura básica sigue en pie, la ley ha sido recortada en muchos aspectos - básicamente en aquellas cosas que reducen gastos inútiles que lobistas odian. Lo más deprimente de esta clase de cambios es que a una empresa o hospital le basta con convencer a un senador para poder imponer recortes; como los demócratas necesitan a sus 60 senadores, cada uno de ellos tiene enorme poder de influencia. Si a eso le añadimos la tendencia de los medios a perder la cabeza ante cualquier chorrada, como la reciente polémica sobre mamografías, estamos listos.
Si algo ha quedado claro estos días es que la inmensa mayoría de republicanos no van a colaborar en nada. Incluso se divierten publicando manuales sobre obstruccionismo parlamentario. Eso es tener clase. La única esperanza es, de nuevo, las dos senadoras de Maine, Collins y Snowe, republicanas moderadas en un estado muy liberal. Con los demócratas teniendo una mayoría tan limitada, sus dos votos serían muy bienvenidos, ya que darían al liderazgo muchísimo más margen de maniobra. Parece que las dos senadoras tienen un interés bastante genuino en mejorar la legislación, así que es posible que echen un cable… y voten a favor, si les dan lo que piden.
Resumiendo: no hay sorpresas. La ley avanza, poco a poco, con el Senado empeorándola en su negociación. El resultado final no será perfecto, pero estará lo suficiente cerca de la idea final como para que valga la pena. Ahora mismo, casi todo el mundo da por hecho que tendremos ley; la pregunta es cuando (esperamos que el Senado vote antes de fin de año), y qué aspecto tendrá. Pasado este escollo, queda bien poco - negociar con la cámara, y votar el texto final. Está ya muy cerca.
La cámara de representantes acaba de votar, hace unos minutillos apenas (sí, una sábado a las once de la noche), su versión de la ley de la reforma de la sanidad en Estados Unidos. Ha sido aprobada, 220 a 215, dejando la ley a tres pasos de ser aprobada: falta senado, y de nuevo las dos cámara después de la conferencia para redactar un texto final común.
¿Qué incluye esta versión de la ley? Resumiendo mucho:
Public option (plan público que compite con seguros privados) desde el principio, razonablemente fuerte pero sin poder utilizar los precios que impone Medicare.
Un mercado de compra de seguros individuales y para pequeñas empresas con ajustes de riesgo, regulación estricta y -desgraciadamente- participación demasiado restrictiva.
Obligación de contratar seguro médico; quien no cumpla, multa.
Regulaciones muy estrictas en lo que pueden hacerte las aseguradoras: se acabó echarte cuando te pones enfermo o no darte cobertura si tienes una enfermedad previa (sea una pierna rota, diabetes o asma).
Tiene una restricción horrorosa sobre el derecho al aborto - totalmente ilógica y retorcida.
Ley financiada de forma bastante torpe, con un recargo a las rentas más altas en vez de a los seguros más caros.
Lo cierto es que no ha habido demasiadas sorpresas; la ley no es perfecta, pero el senado puede mejorarla aún. De momento las cosas van según lo esperado.
Tres notas finales. Primero, el margen puede parecer muy escaso, pero es como se aprueban las leyes complicadas. Nancy Pelosi y su equipo han trabajado muy duro para “mover” la reforma tan a la izquierda como han podido manteniendo una mayoría. Es, casi literalmente, lo mejor que se puede sacar de esta Cámara de Representantes - es una coalición mínima ganadora en su estado más puro. Si hubieran querido podían haber sacado algo con más margen, pero con un texto mucho más descafeinado; han prefirido, sin embargo, apretar tanto como han podido para tener una ley mejor.
Segundo, es necesario insistir que es una ley de hecho bastante poco ambiciosa, no una reforma radical. Cuando se aplique, el gasto adicional del gobierno federal en sanidad será de 100.000 millones de dólares anuales; para que os hagáis una idea, el gasto anual de defensa es (como mínimo; no incluye todo) de 680.000 millones. La ley mantiene la mayoría del sistema actual en funcionamiento; es realmente una reforma, no una revolución. Si funciona perfectamente, la sanidad pasará de ser una pesadilla kafkiana imposiblemente cara, ineficiente e injusta a una mediocridad aún bastante cara e incomoda, pero no excesivamente cruel. En Europa sería aún un sistema inadmisible, aunque en Estados Unidos será una gran mejora.
Tercero, no es hora de cantar victoria. No voy a repetir eso que en el Senado se necesitan supermayorías, etcétera, pero es obligado tenerlo en mente. Harry Reid, el jefe de la mayoría demócrata, va a tener que sudar tinta, y la ley será (casi seguro) menos ambiciosa en algunos aspectos que la de la cámara de representantes. Reunir los 60 votos necesarios (y ver hasta dónde se puede ceder para obtenerlos) creará otra serie de renuncias y concesiones incómodas antes de la aprobación. Después quedará que las dos cámaras negocien el texto, y que vuelvan a votar otra vez, cierto, pero el obstáculo restante más difícil es el Senado.
Un recordatorio: gasto público en sanidad en España está alrededor de los 86.000 millones de dólares (60.000 millones de euros; es sobre un setenta y poco por ciento del total), y la población de España es apenas una sexta parte. El gasto de sanidad, como porcentaje del PIB, es básicamente la mitad que el americano; si miramos en gasto por paciente, no llega a un tercio. La esperanza de vida, mortalidad infantil y años de vida sin enfermedad son mejores en España; las tasas de supervivencia a enfermedades graves (cáncer, etcétera) son o comparables o ligeramente más bajas.
¿Cómo lo hacemos? Varios motivos; aquí tenéis una explicación breve. El principal, este: pagamos a médicos y especialistas una miseria, gracias al estupendo monopsomio del estado en la materia.
Joe Lieberman es uno de los dos senadores del siempre glorioso estado de Connecticut (CT). La “I” viene por “irritante” “independiente”; el tipo ganó en el 2006 presentándose por libre, tras perder unas célebres primarias contra Ned Lamont.
A pesar de ser independiente y haber hecho campaña a favor de John McCain en las presidenciales del año pasado, Lieberman siempre ha pretendido ser un demócrata moderado. Sus ex-compañeros de partido en el senado tienen más paciencia que yo, porque lo toleran lo suficiente como para formar parte del grupo demócrata en el senado; se plantearon seriamente echarle a patadas a principios de este año, pero se contuvieron diciendo que “Joe vota todo con nosotros excepto sobre temas de guerras”.
Ayer, sin embargo, Joe Lieberman le dio por dar una sorpresita: dijo que si la reforma sanitaria que los demócratas llevan nueve meses intentando aprobar incluye un seguro público (la public option), él votaría con los republicanos en contra. Un voto de cien, ¿no? ningún problema. Bueno, no tan rápido.
Primero, vale la pena repasar las normas del Senado. Las leyes se aprueban por mayoría simple, al menos en teoría. Hay una tradición en la cámara, sin embargo, que dice que el debate sobre una ley debe continuar de forma indefinida siempre que haya un idiota pomposo senador que quiera decir algo. Es la táctica conocida como filibusterismo.
Para evitar abusos, el Senado añadió una norma adicional permitiendo a una mayoría cualificada cerrar el debate y forzar una votación; al principio dos tercios, desde los años sesenta, tres quintos. En tiempos pasados, un filibustero tenía que literalmente continuar el debate (con el récord histórico de Storm Thrumond, que dió la tabarra durante 24 horas seguidas intentando bloquear derechos civiles); ahora líder de la cámara puede permitirlo sin exigir un debate explícito.
Volvamos a la reforma de la sanidad. Harry Reid, líder de la mayoría demócrata, ha anunciado que la propuesta que se someterá a debate y votación incluye la public option, una medida muy popular en las encuestas que las aseguradoras detestan. Reid necesita 60 votos para el Senado acepte cerrar el debate sobre si toma en consideración la ley, algo que parece que sí tiene. Una vez la ley llega al plenario, cambiar cualquier cosa en el texto requiere mayoría simple en teoría, pero 60 votos en práctica; la minoría tiene que cerrar el debate para poder votar sobre una enmienda. Eso hace que cambiar el texto sea complicado; 40 senadores bastan para defenderlo.
Cuando todas las enmiendas han sido votadas, los 60 votos son otra vez necesarios para cerrar el debate y proceder a la votación final de la ley - y aquí es donde Lieberman amenaza con desertar. Él permitirá que la ley llegue al plenario, no es capaz de cargarse la public option con una enmienda, así que votaría en contra de cerrar el debate y no permitiría votar la ley. Los demócratas tienen 60 senadores, ni uno más, ni uno menos, y los republicanos, ahora mismo, no parecen tener la más mínima intención de querer arreglar el horror gótico absurdamente caro (estudio sobre costes de la OCDE) que es la salud en EUA. Sin Lieberman, no hay reforma, simple y llanamente - así que a los progresistas de todo el país les ha entrado un ataque de apoplejia.
Como sabéis, vivo en Connecticut, así que hecho lo que se supone que uno debe hacer en estos casos: hacer un montón de ruido. Ayer me pasé la tarde llamando a la oficina de Lieberman en Hartford y Washington, gritando a los pobres oficinistas los trescientos motivos por los que el senador es un imbécil, escribí varios correos electrónicos excepcionalmente irados y hoy he puesto un par de cartas en el correo (firmadas por mi mujer, que no soy ciudadano). Mañana, si tengo tiempo, me pasaré por la oficina de atención al ciudadano del senador en persona, para pedir explicaciones y exigir que se retracte. Y por descontado, he estado implorando a todo el mundo que conozco que hagan lo mismo, utilizando tácticas de dospuntocerismo avanzado (ejem); lo mismo ha hecho la ONG donde trabajo.
¿Sirve todo este ruido y furia para algo? Bueno, me he desahogado; utilidad expresiva. Sobre el voto en sí, sin embargo, es difícil decirlo. Primero, porque Lieberman no va a las urnas hasta el 2012, así que no tiene presión electoral inmediata. Segundo, el tipo ya va por libre ahora, no es que dependa del partido demócrata en el estado - ni de las encuestas, realmente; la public option es muy popular en Connecticut. Parece casi seguro que cuando le toque reelección lo pasará mal de todos modos; los demócratas esta vez no presentarán un tipo anónimo como Lamont.
Llamar e insistir sólo deja claro que algunos estamos muy irritados, algo que no tiene por qué asustar a un senador… pero que le recuerda (y así he hecho en cada llamada) que voy a donar dinero a la campaña de su oponente, aunque los demócratas presenten un mono trajeado. Eso acostumbra a importarles un poco más; si el que llama es un donante habitual con pasta gansa (no lo soy), eso le asusta un poco.
Lo más importante de esta juerga, sin embargo, es que de hecho Lieberman seguramente no cumplirá con su amenaza; la reforma se parece mucho a su programa en el 2006. Lo que quiere el tipo, por encima de todo, es atención. Quiere que el liderazgo se lo tome en serio, lo corteje, hable de su espíritu centrista y su atención a la disciplina fiscal; quiere que digan que sus contribuciones han mejorado la ley enormemente. Quiere peloteo.
Lieberman siempre ha tenido un ego descomunal y una afición desmedida por chupar tanta cámara como sea posible; incluso en el club de narcicistas y divas que es el Senado americano, el tipo es especialmente plasta. Su afición a ir por libre básicamente se alimenta de la misma pulsión vital que mueve al niño gafoso plasta de la clase a ser delegado, sólo que aumentada al nivel de un estado pequeñito con complejo de inferioridad. El nene se hará rogar, llorará y berreará hasta que no le compren un sonajero y le hagan caricias.
¿Es el berrinche de Lieberman totalmente inofensivo? no exactamente. Como comenta Nate Silver, es mucho más difícil ser un traidor solitario que miembro de una coalición de cobardes. Ser el único senador que rompe la disciplina y amenaza con hundir la reforma es algo arriesgado; quizás estás ganando unos cuantos votos en casa si eres de Arkansas, pero te garantizas una muerte horrible en las primarias de tu partido cuando donantes de todo el país te sabotean de forma salvaje. Si en vez de un sólo desertor tenemos cuatro o cinco, la cosa cambia; serás odiado, pero estarás escondido en un pelotón de idiotas.
Volvamos a Harry Reid. El líder de los demócratas ha tomado un riesgo importante apostando por incluir la public option en la propuesta. Joe Lieberman no es, ni de lejos, el senador más reticente a esta clase de reformas; probablemente es el más ansioso por salir en la tele (y el que tiene más amigos en el potente sector asegurador de Connecticut), pero su oposición no es (demasiado) ideológica. Blanche Lincoln o Nelson vienen de estados muy conservadores donde la reforma no es precisamente popular, y a estos sí costará sangre, sudor y lágrimas retenerlos.
El problema, claro está, es que una vez la ley está en el plenario, conseguir que el ala liberal del partido acepte recortes para contentar a los tres o cuatro cagamandurrias centristas es difícil - y uno necesita 60 votos para dar esas concesiones. Sí, sigo creyendo que veremos una reforma, incluso una reforma buena; Reid es famoso por su cautela, y no creo que esté actuando a tontas y a locas.
Como sé que estaréis todos distraidos con Gürtel (no os preocupéis, después me pongo) y Batasuna (que sigue siendo irrelevante), una nota rápida sobre la dichosa reforma sanitaria americana. Si hace un par de semanas decía que veía la probabilidad de aprobación de la reforma era un 70%, hoy diría que podemos hablar ya de un 90%, básicamente por un par de noticias importantes de esta tarde.
Primero, el dichoso comité de finanzas del Senado, ese que llevaba retrasando la reforma durante meses y que está llena de demócratas moderados, ha aprobado hoy su versión de la ley. Todos los comités relevantes han aprobado su versión de la ley; la cosa va ahora a los plenarios. El peor comité de todos (ya que tiene más moderados que ningún otro) está a favor a pasar la ley, así que es muy probable que los demócratas sean capaces de mantener la disciplina de partido suficiente para conseguir 60 votos y aprobar una reforma.
La segunda noticia relevante es que por primera vez la reforma ha atraído el apoyo de un republicano: la senadora Olympia Snowe de Maine. Desde un punto de vista estríctamente práctico, este voto no es demasiado importante. Si miramos el lado simbólico, no obstante, ganarse el apoyo de la senadora más moderada del partido conservador es una ayuda enorme para la Casa Blanca, ya que pueden decir que la reforma no es algo estrictamente partidista. En otras palabras, la cosa está más cerca que nunca.
Por cierto, ya que estamos hablando del Senado, parece que algunos republicanos relevantes están dispuestos a aceptar y votar a favor la legislación sobre cambio climático. Si Obama es capaz de sacar adelante sanidad, cambio climático, reforma del sistema financiero y otro plan de estímulo fiscal (imprescindible, por cierto - más luego) en un año, casi diría que el Nóbel de la Paz era merecido. Casi.
Una nota muy rápida sobre la reforma de la sanidad en Estados Unidos: estamos a medio pasito para que la ley llegue al plenario del Senado. El escollo más difícil de todo el proceso será, casi seguro, superado antes que acabe la semana, cuando el comité más conservador de los cinco con jurisdicción (finanzas en el Senado) apruebe su proyecto.
¿Que ha sucedido hoy? La CBO, ese oscuro árbitro presupuestario americano, ha puntuado el proyecto del comité y el resultado les ha gustado. Si la ley se aprueba como tal, el coste será moderado (apenas 85.000 millones al año - poco dinero en un país de este tamaño) y más importante para los centristas en finanzas, reducirá el déficit proyectado en los próximos diez años.
Debe quedar claro, sin embargo, que de las cinco propuestas en circulación en el Congreso, esta es de lejos la menos ambiciosa. Aún con sus problemas (un 6% de americanos seguirá sin seguro el 2019), es una mejora espectacular sobre el status quo, aún sin abandonar el modelo básico americano actual completamente. En el peor de los casos, el Congreso aprobaría una ley que haría que la sanidad en Estados Unidos se parezca más a Suiza, algo que no deja de ser un pequeño milagro.
La ley va a los plenarios de las dos cámaras ahora. La propuesta del Senado es probable que se vaya un poco (muy poco) a la izquierda; la de la cámara baja será más progresista, ambiciosa (y cara) a buen seguro. Los dos planes, de hecho, no son muy distintos; el primero será más tacaño, con menos subvenciones a la gente con menos recursos y mejor control de costes, ya que la ley se financia mediante un impuesto sobre los seguros médicos más generosos. Si todo va bien, el proyecto final debería incluir el nivel de subsidios de la cámara de representantes y los mecanismos de financiación y control del Senado, más algunas enmiendas que den más poder a los mercados regulados de seguros, caso de la enmienda Wyden. Si los demócratas no pierden la cabeza, puede salir una buena ley.
Quedan aún algunos pasos complicados; sacar la ley adelante en la cámara alta será complicado, y la cámara baja puede que dé algún problema. El presidente es aún bastante popular (y creedme, con la que ha caído no es poco que esté donde está) y el plan de sanidad poco a poco gana terreno. Con un poco de suerte, en noviembre Obama tendrá el Santo Gríal de la política americana en sus manos - una victoria política que se le ha escapado a todo el mundo.
Hablando de reformas, hoy tengo dos noticias sobre el cambio climático: una buena y una mala.
La buena es que ante este problema global que puede acabar por destruir el mundo tal como lo conocemos y crear una catástrofe de proporciones nunca vistas, el Senado de los Estados Unidos finalmente ha empezado a redactar legislación, y que la propuesta incial es bastante buena.
La mala es que siendo esto el Senado de los Estados Unidos, la ley va a ser horriblemente mutilada y torturada antes de ser aprobada - si sobrevive, el texto va a ser a buen seguro una cosa un poco lamentable.
En fin. Tenemos detalles de la ley Kerry - Boxer de empleos en energía límpia y energía americana (no, no es broma) aquí. Una comparación con el texto de la cámara de representantes (ya aprobado) aquí y aquí. Antes de ser aprobada en el pleno, la propuesta tiene que navegar no uno, no dos, no tres, no cuatro si no cinco comités distintos (dicho de memoria, agricultura, energía, finanzas, comercio y relaciones internacionales), todos con capacidad de enmendar, retrasar, torpedear y en general hacer la vida imposinle a la reforma.
Algunos comités son relativamente receptivos, otros no lo son en absoluto - finanzas, por ejemplo, tiene un montón de Senadores de estados productores de carbón que no quieren ni oir hablar de estas tonterías sino tienen un montón de regalitos y protecciones a los amigotes asociadas. En los últimos años varias reformas han ido a morir en uno de estos antros, así que por mucho que los demócratas tengan mayorías, aprobar la ley será complicado. De hecho, más difícil que aprobar la reforma de la sanidad.
El problema es que en este caso una ley de segunda no nos basta. Si la reforma de la sanidad es chapucera, el Congreso siempre puede retocarla de aquí tres o cuatro años. Una ley mediocre mejora el status quo, y puede arreglarse más adelante. Al hablar de cambio climático, sin embargo, es posible que eso no baste. Si los últimos datos son correctos, o arreglamos el problema ahora o esto va a doler en serio - si no es que ya es demasiado tarde.
En fin, más nos vale tener fe y esperar el milagro.
No he hablado demasiado de la reforma de la sanidad en Estados Unidos desde hace unos días, en gran medida porque no hay demasiadas novedades. Lo único realmente relevante es que el comité de finanzas del Senado finalmente tiene una ley y anda votando y debatiendo enmiendas (564, algunas profundamente estúpidas, otras realmente útiles y que espero sean aprobadas), y que como era de esperar, lo están haciendo sin demasiado sentido.
Lo que más me ha sorprendido de todo este proceso hasta ahora han sido dos cosas. Primero, la calidad del debate en el Senado es realmente deplorable, en gran parte porque los republicanos ni siquiera pretenden que eso de la lógica va con ellos. Los senadores se dedican a repatir una y otra vez el discursito de campaña (socialismo, el gobierno tomando el control de sistema sanitario, etcétera), sin realmente aportar nada.
Lo más curioso, sin embargo, es que se tomen el debate tan en serio, cuando realmente no me puede imaginar que nadie le esté prestando demasiada atención. El debate literalmente ocupa ocho o diez horas al día, y llevan dos semanas con ello; sólo los cuatro frikazos políticos compulsivos y lobistas de la materia siguen las intervenciones. Los políticos, sin embargo, actúan como si esto fuera el mayor espectáculo del mundo, declamando como Cicerón. Es necesario debatir leyes, pero esta teatralidad es una enorme pérdida de tiempo.
Más preocupante es, sin embargo, la cobardía de los senadores demócratas. El comité tiene una mayoría teóricamente demócrata, y por tanto supuestamente a favor de reformar la sanidad. A pesar de todo, los muy cretinos han votado en contra de un montón de medidas relativamente ambiciosas, rebajando las aspiraciones de la ley. Lo que es peor, se divierten tumbando cosas como el plan -opcional-público, que es de hecho uno de los puntos más populares de la reforma.
No sea que los votantes tengan una ley que les guste, etcétera.
No es cuestión de perder los nervios, sin embargo. El comité de finanzas es más moderado / rural / cagamandurrias que el pleno del Senado, así que en teoría la ley será reemendada hacia la izquierda cuando llegue allí. Los líderes demócratas ya han dicho que esa es su intención, pero en vista de la valentía de algunos en comité, no sé si vale la pena ser demasiado optimistas. Resumiendo: la ley sigue avanzando, lentamente - y parece casi seguro (digamos, un 80%) que tendremos algo parecido a reforma en unos meses. La probabilidad que la ley sea realmente buena es, tristemente, un poco más baja (un 40%), pero cualquier cosa sería mejor que el status quo.
En fin, ¿preguntas? ¿Algo que haga falta explicar?