El caso opuesto es, tristemente, una ley seguramente más importante: cambio climático. Hasta hace un mes, la sensación era que el Senado iba ser capaz de aprobar una reforma - la EPA amenazaba con regular las emisiones a las bravas, y la industria parece preferir una ley del Congreso que una normativa mucho más inflexible de una agencia regulatoria. La idea es que este miedo de la industria, unidas a unas cuantas concesiones de los demócratas en energía nuclear y un par de cositas sin relevancia darían los sesenta votos, y el Senado podría aprobar algo como lo que John Kerry defiende por aquí, aunque fuera bastante descafeinado.
¿El problema? Una de las “cositas” a negociar era autorizar a perforar más pozos de petróleo en aguas del Golfo de Méjico, y ese “pequeño” accidente de hace unos días ha cambiado el cálculo de forma considerable. El vertido en el Golfo ha creado un nutrido grupo de legisladores vociferantes que se oponen (con razón**) a cualquier producción de crudo adicional. La excepción es Mary Landrieu, Senadora por Luisiana que tiene las playas hasta arriba de chapapote pero que es una especie de robot controlado vía donaciones por las petroleras, pero entendéis la idea.
La aparición de un bloque de Senadores complatamente en contra de poner más pozos en la costa suena como algo que debería aumentar la probabilidad que una ley sea aprobada. Los republicanos, sin embargo, tienen un fetiche increíble por perforar en todas partes como más mejor, especialmente esos aguerridos legisladores de los estados del interior - si la ley no incluye aumentar la producción en el Golfo, muchos votos necesarios para aprobar la legislación no aceptarán el consenso. Como resultado, un desastre ecológico que expone las costosísimas externalidades derivadas de consumir combustibles fósiles no han aumentado, sino disminuido la probabilidad que se apruebe una ley que reduce la dependencia en esos carburantes.
El Senado de los Estados Unidos es algo estupendo.
Una lástima, porque si bien la ley es increíblemente rebuscada y notoriamente chapucera (es lo que tiene tener que buscar consensos en el segundo manicomio legislativo más idiota del mundo, tras el pacto social español), no dejaba de ser un primer paso. Los americanos tienen una larga historia de pasar malas leyes con buenas ideas que son mejoradas según pasan los años, así que dar un primer paso, por contrahecho que fuera, era muy importante.
Lo divertido es que, en vista de cómo está el patio, puede que sea mejor ver la ley fracasar que ser triturada y suavizada buscando otro consenso. Como comenta el Economist, la EPA es una agencia independiente y su capacidad de pasar regulación elegante es limitada (no puede crear impuestos, por ejemplo), pero esa chusquez y brutalismo son más deseables que una ley aún más descafeinada. Más allá de eso, la industria probablemente detestará los cambios, así que puede que acaben implorando al Congreso un impuesto sobre emisiones antes que tener que vérselas con esos burócratas descerebrados los próximos seis años.
Lo que está claro es que el Senado americano es cualquier cosa menos coherente o vágamente funcional. Pero vamos.
El Congreso de los Estados Unidos suele funcionar más o menos siempre de la misma manera. Un buen día, el Presidente o algún legislador descubren que hay un problema, y reclaman que una ley intente arreglarlo. Habitualmente (en leyes que tienen algo de futuro), un Representante y un Senador ponen a su equipo a trabajar en una ley, y envían el texto al comité.
La Cámara de Representantes es, casi siempre, mucho más rápida haciendo estas cosas. Debido a una serie de decisiones reglamentarias y procesos arcanos variados (en gran medida nacidos en los años sesenta, cuando se implementarón para desbloquear la legislación de derechos civiles), la cámara baja funciona de forma estrictamente mayoritaria: si el presidente de los comités que tramitan la ley tiene mayoría, el texto casi siempre es aprobado con cierta facilidad. Los líderes de la mayoría tienen más capacidad de maniobra, y como sólo necesitan una mayoría absoluta de votos, pueden mover la legislación más hacia la izquierda/derecha (según quien mande) y conseguir que sea aprobada con relativamente pocos acuerdos, mamoneos y excepciones para contentar legisladores tozudos que andan preguntando qué hay de lo mío.
El texto de la ley normalmente va entonces al Senado, donde en la mayoría de los casos el legislador responsable está aún teniendo problemas para atarse los cordones de los zapatos o intentando salir de su oficina por la puerta del armario (la gerentocracia de la cámara alta es conocida). Si el Presidente, los medios o unos cuantos Senadores más o menos conocidos no le prestan atención, la propuesta normalmente va a parar a alguna pila de papelajos olvidada y nunca llega a ser debatida - algo que sucede una cantidad de veces absolutamente deprimente.
Supongamos, sin embargo, que la ley sobre la mesa resulta ser importante. El plan de estímulo fiscal, regulación de tarjetas de crédito, ampliación de seguro médico para niños, una ley contra la discriminación de género en el trabajo, extensión de los subsidios de desempleo, reforma de la sanidad, regulación de tabaco, ampliación de zonas protegidas o una reforma completa del sistema financiero(*). El Presidente quiere que se aprueben, así que se pasa la vida molestando a los Senadores para que hagan algo, y la ley empieza a avanzar en la cámara alta.
Lo que el Senado hace con las leyes es normalmente lo siguiente: las coge, las mira, sufre un ataque de pánico en vista de lo ambiciosas que son, rebaja todas las cosas que no les gustan y molestan a sus amiguetes que les financian las campañas y añaden un poco de gasto superfluo para contestar a un Senador pesadote. Tras hacer la ley menos efectiva y cargarla de chorradas superfluas, sufren lo indecible para sacar la absurda supermayoría de tres quintos que necesitan para aprobarla, y la envían a la Cámara de Representantes, donde no tienen más remedio que comerse el sapo y aprobar una ley peor de la que ellos habían aprobado.
Esta tradición americana de ver como buenas leyes van a morir al Senado ha tenido un ejemplo excelente estos días en una reforma de la administración Obama que va camino de ninguna parte, la ley de cambio climático… y una sorprendente excepción en otra ley crucial que se ha visto muy reforzada, la reforma del sistema financiero.
Empezaremos por la segunda, que es más fácil. La Cámara de Representantes aprobó el año pasado un ley de reforma del sistema financiero más o menos aceptable, pero no excesivamente dura. Con toda la mediocracia americana obsesionada con la interminable batalla de la sanidad, Barney Frank y Nancy Pelosi sacaron adelante un texto decente, pero que tuvo que ser bastante suavizado tras intensas presiones de los bancos y sus amplios bolsillos y donaciones de campaña. La ley fue enviada al Senado a finales de otoño, donde la incapacidad de la cámara para andar y masticar chicle al mismo tiempo imposibilitó que la debatieran.
Después de aprobar la reforma de la sanidad, los Senadores demócratas decidieron sacar la ley del cajón y ponerla al frente de las cámaras. Los medios no andaban distraidos con otras leyes y estaban aún con eso de la gran victoria de Obama, así que empezaron a cubrir el tema en serio. Los demócratas dijeron que iban a por los muy odiados bancos, a grito que si los republicanos se oponen es que están defendiendo a Wall Street. Incluso Senadoras habitualmente increíblemente cobardes y poco ambiciosas (como Blanche Lincoln, demócrata de Arkansas) se dieron cuenta rápido dónde estaba el populismo; en el caso de Lincoln, clavándole a la ley un capítulo de regulación de derivados excepcionalmente duro.
El resultado es que con todos los focos sobre la reforma, todo el mundo anda desesperado para ser visto como el hombre que metió el dedo en el ojo a Goldman Sachs. El Senado no sólo se ha movido increíblemente rápido para debatir la ley sino que además la ha endurecido muchísimo - para sorpresa de prácticamente todo el mundo, banqueros incluídos.
De aquí un rato, más - hablando de cambio climático…
Una paradoja: el poder legislativo tiene más poder en un sistema presidencial que en un sistema parlamentario. Suena un poco absurdo y es hasta cierto punto contraintuitivo, pero los sistema políticos en los que el ejecutivo es elegido directamente en las urnas suele tener presidentes con mucha menos capacidad de maniobra que un primer ministro en un sistema estilo británico.
El caso más claro es Estados Unidos. La reforma de la sanidad que tanto costó aprobar fue un ejemplo de libro sobre como el legislativo (y muy especialmente, el Senado) lleva el peso del debate. Negociaciones larguísimas, constantes cambios y (paradójicamente) un resultado final bastante parecido a lo que los candidatos demócratas (especialmente Edwards y Hillary) habían defendido durante la campaña. Obama tuvo un papel crucial en el debate y aprobación de la ley, especialmente en el último tramo, pero el proceso fue legislativo.
Como todo en política, esto tiene su lado bueno y su lado malo. El proceso de elaboración de leyes es mucho más representativo en un sistema con un legislativo fuerte, con muchas más voces trabajando y aportando ideas hacia la legislación. La ley tiene muchos más padres que en un sistema de corte Europeo, donde la propuesta del gobierno o pasa como una apisonadora por el parlamento (en sistemas mayoritarios) o es pactada entre los dos o tres partidos del gobierno y llega al pleno con todo atado y bien atado.
Sobre los aspectos negativos… bueno, vistéis como funcionó el debate de la sanidad. En ocasiones, un sistema con un legislativo fuerte es una auténtica verbena, con decenas de representantes amenazando con cargarse la legislación si no le dan regalitos. Gran parte del problema se deriva del Senado y su absurdas reglas supermayoritarias, así como la escasa disciplina interna del partido demócrata. Aprobar leyes no es demasiado elegante, precisamente porque escuchamos más voces. La legislación tiende a ser menos coherente (y menos ambiciosa) en Estados Unidos que en Europa -algo que no tiene por qué ser malo, pero si es un poco irritante.
Hay algunas leyes, sin embargo, en que el legislativo tiene un problema adicional: la falta de medios. No sé si recordaréis mi excursión a Washington, y mi sorpresa al ver lo atestado de las oficinas de los miembros del Congreso. Un Representante tiene 8-10 personas trabajando en su oficina; un Senador creo que anda sobre 25-30. Parecen muchos, pero de hecho no lo son tanto, especialmente si tenemos en cuenta cómo se prepara la legislación.
Hablemos de reforma financiera, por ejemplo. Chris Dodd en el Senado y Barney Frank en la Cámara de Representantes son los arquitectos principales de la reforma que avanza pasito a pasito por el Congreso estos días. Es el mismo sistema financiero que hace un par de años envío la economía mundial a hacer gárgaras, en una crisis que casi nadie fue capaz de predecir porque prácticamente nadie entendía qué estaban haciendo. La propuesta (ya aprobada) en la cámara baja fue preparada por Frank y cuatro o cinco personas de su equipo. Cierto, con acceso a los mejores expertos del mundo, lobistas, gente del Departamento del Tesoro y la Reserva Federal y el servicio de investigación del Congreso, pero aún así es un grupo muy pequeño de gente, procesando muchísima información. Dodd tiene más ayuda, pero su equipo no es precisamente gigantesco.
Por descontado, el borrador que sale de la oficina de estos dos legisladores especializados en temas financieros no es el que acaba siendo votado en el pleno. Con tanto político con ideas propias y amigos del alma en Wall Street, políticos sin ideas pero con ganas de joder, lobistas y expertos variados, el texto siempre recibe cientos de cambios. Si ya es difícil entender el sistema financiero y diseñar una reforma, imaginad cuando tienes decenas de congresistas con ideas extrañas (o directamente absurdas - el partido republicano anda lleno) tratando de “mejorar” la ley. Todo esto tratando de regular un sector absolutamente gigantesco que tiene un ejército de abogados y contables a su disposición para explotar cualquier agujero legal en toda regulación que encuentren, y que encima está trabajando a destajo para llenar tu bonito borrador en un coladero a base de comprar convencer legisladores confundidos. Y repito, nadie entendía qué narices estaba sucediendo o como funciona el sistema. Lo dicen los mismos banqueros.
Dicho en otras palabras: los demócratas puede que sean capaces de aprobar una reforma financiera antes del verano, pero eso no quiere decir que sea una reforma efectiva. El Congreso de los Estados Unidos no es una institución especialmente eficiente o funcional cuando trabaja en legislación más o menos sencilla, y sus defectos se hacen aún más evidentes cuando se mete a regular berenjenales complicados. El Congreso de los Estados Unidos nunca hubiera pasado una regulación tan elegante como la canadiense o española al tratar de controlar los bancos, en gran parte porque esas leyes las redactaron un verdadero ejército de funcionarios en ministerios y bancos centrales, no cuatro matados con doscientos lobistas aporreando su puerta. La ley de sanidad es infinítamente más sencilla y comprensible que el sistema financiero, y ya les costó lo suyo. Regular el sector financiero, que es realmente difícil de entender incluso para los que trabajan en él, será un horror.
Hablando de la FCC, alguien mencionó en los comentarios que parecía mentira que esa agencia tuviera tanto poder para regular el sector, y una ley tan ambigua y flexible. Bueno, este es uno de los motivos - el Congreso sabe (a veces) que legislar y regular algunas cosas está por encima de sus capacidades y su escaso “ancho de banda” legislativo (el Senado, especialmente, no puede trabajar en más de dos o tres cosas a la vez…), así que crean agencias independientes para que aligeren su carga de trabajo. En los últimos años, con el Senado cada vez más disfuncional, el papel de estos organismos autónomos ha aumentado muchísimo, hasta el punto que gran parte del rescate del sistema financiero fue tarea de la Reserva Federal y el Departamento del Tesoro, no del Congreso.
Veremos qué sale de todo esto; seguir el debate sobre las propuestas que andan flotando por el Congreso no es precisamente fácil, en gran medida porque no acabo de entenderlo demasiado (¡no soy el único!). Es por eso que hablo tan a menudo de mantener la regulación del sector tan simple y automática como sea posible (siguiendo el modelo heredado del New Deal), evitando que sea demasiado suceptible a trampas legales. Paul Krugman decía algo parecido la semana pasada - es mejor aprobar algo que ni un político especialmente idiota pueda romper (¡Sarah Palin!), aunque “limite” los beneficios de la banca.
Una pequeña aclaración sobre esta noticia, que ha generado bastante confusión por lo que veo. No, la ley de la reforma sanitaria no deberá votarse de nuevo; es un titular espantoso. Lo único que votarán de nuevo son dos enmiendas minúsculas. Recordemos cómo es el proceso de aprobación de esta ley.
La Cámara de Representantes aprueba el texto del Senado. Le llamaremos texto “A”.
La Cámara de Representantes aprueba enmiendas al texto del Senado, cambiando (y mejorando) algunas cosas importantes y algunos detalles de segunda. El texto resultante es el texto “B”.
Obama firma “A”; la ley entra en vigor. Es sólo el texto del Senado, sin enmiendas.
El Senado vota sobre las enmiendas en (2), para que la ley sea “B”, que es mejor (más subsidios, mejor estructura fiscal, mejores reformas, menos medidas para “comprar” votos, etcétera). Para ello, utilizan el procedimiento de reconciliación, que permite mayorías simples a cambio de tener que entrar bajo una serie de reglas un poco restrictivas - sólo se pueden tocar cosas que afecten al presupuesto.
El problema de ayer es que dos medidas en el texto “B” no tocan presupuestos en el sentido estrictro, o al menos como habían sido redactadas. Los dos puntos que necesitan cambios son una cláusula que establece que no se podrá reducir el importe máximo de unas becas, y otro que dice que las unidades de mamografía móvil están exemptos de pagar impuestos sobre gasolina. Según dicen, hay otro punto casi igual de “importante” que quizás necesita ser retocado, pero poco más.
¿Qué sucederá ahora? Básicamente el Senado tiene que retocar el texto “B” un poco para que entre por reconciliación. Será “B+”, idéntico en todo a “B” menos en dos o tres artículos. Como una ley sólo entra en vigor si las dos cámaras han aprobado textos idénticos, la cámara baja sólo tendra que aprobar “B+” para enmendar “A”, ya en vigor.
Es una pérdida de tiempo, literalmente. No tiene nada de revés o tragedia para los demócratas; la Cámara de representantes ya ha votado una vez sobre ello sin problemas. Lo único que esto demuestra es que los republicanos son unas moscas cojoneras, y que el Senado es una institución básicamente inoperante, incapaz de aprobar nada por mayoría simple.
Mientras tanto, algunos locos se dedican a lanzar amenazas de muerte y otros encantadores actos vandálicos contra representantes que votaron en favor de la ley. Encantador.
Actualización: La Cámara de Representantes acaba de aprobar el texto “B+” sin ningún problema. Nada, esta misma tarde, horas después de la presunta crisis. Mira que dan mal las noticias en España a veces, rediós.
Una vez aclarado qué va a pasar esta tarde (¡hemos ganado! ¡bieeeeen!), iré actualizando por aquí las preguntas que vayan saliendo en Twitter, comentarios y señales de humo variadas. Empecemos.
La estructura básica de la reforma: a riesgo de ser un poco demasiado autoreferencial, la ley final se parece bastante a lo que explicaba aquí. Es una reforma coherente, moderada y -la verdad- bien diseñada. Es una buena guía para seguir lo que iré explicando después.
¿Por qué reduce esta ley el déficit?: es bastante sencillo. La ley tiene un montón de medidas moderando el crecimiento del gasto en sanidad, tanto en el sector público como en el sector privado. Elimina programas ineficientes (Medicare Advantage), cambia como se paga a los médicos (se empieza a pagar por paciente en vez de por cada tratamiento separado), aumenta el número de gente con seguro (mejor tratamiento preventivo), reforma cómo se decide qué procedimientos son cubiertos (a igual efectividad, sólo se pagan los más baratos), etcétera, etcétera. Hay un montón de medidas. De forma paralela, la ley crea algunos impuestos nuevos para pagar por el aumento de cobertura. Recortes más impuestos es una cifra mayor que el gasto adicional (según la CBO), así que el déficit se reduce.
¿Es la ley una “nacionalización“?: en absoluto. De hecho, la inmensa mayoría de americanos seguirán recibiendo su sanidad de compañías privadas. Si todo sale bien, la sanidad americana será básicamente idéntica al sistema que tienen en Suiza. En EUA, por cierto, hay ahora mismo 45 millones sin seguro; la reforma sólo cubre a 32, ya que excluye a inmigrantes ilegales. Por cierto, los americanos están satisfechos con su seguro… hasta que tienen que utilizarlo, y te echan a patadas por estar enfermo. Y sí, pasa a menudo. La ley cambiará esto.
¿Qué impuestos suben con la reforma de la sanidad?: en el texto “final” (senado más enmiendas), básicamente tres. Primero, una tasa que gravará a los “Cadillac Plans“, los seguros ofrecidos por empresa. Ahora mismo están libres de impuestos (es decir, lo que le cuesta a mi jefe darme seguro con cuenta como salario en la declaración de la renta); en unos años, los seguros serán gravados por encima de un cierto límite. Este es un impuesto esencial, ya que contribuye a moderar el aumento de costes de forma muy efectiva. Los otros impuestos son menos importantes: una subida de la cuota de la seguridad social / Medicare para gente que gane más de $200.000 al año (incluyendo -novedad- en el impuesto sobre capitales) y -mi favorito- tasas variadas sobre cirugía estética no terapéutica, bronceados, y cacharros médicos variados.
Más actualizaciones:
¿Qué concesiones ha hecho Obama para aprobar la ley? Es difícil decirlo - la verdad, creo que no demasiadas. La estructura básica de su propuesta (y la de Hillary, y la de John Edwards) durante la campaña no era demasiado distinta a lo que se aprobará hoy. La única diferencia substancial es que Obama durante la campaña dejó fuera la obligatoriedad de contratar un seguro médico, algo que es imprescindible para que el sistema funcione. El tipo corrigió rápido. Pérdidas, lo que se dice pérdidas, la public option, algo que no era estrictamente necesario y puede ser añadido después, y un par de detalles fiscales.
Sí, la ley final es parecida a la propuesta del principio, hace catorce meses - o a lo que debatían los demócratas en las primarias. Es bastante chocante, pero los demócratas parece que iban con una propuesta realista. Por supuesto, Obama había dicho allá por la edad de piedra (antes de ser senador) que si de él dependiera, tendríamos Medicare para todos (un sistema single payer puro, a la francesa o canadiense), pero no ha sido así.
Quién sale ganando en esta reforma: Ezra Klein lo explica bien. Básicamente, dos grupos. Por un lado, gente entre 18 y 65 años por encima del nivel de pobreza, demasiado jóvenes para ser cubiertos por Medicare (el seguro público para jubilados; single payer puro para la tercera edad, y un programa espléndido) y demasiado “ricos” para recibir Medicaid (el draconiano programa estatal/federal para gente muy pobre). Si estás entre 100% y 400% del nivel de pobreza, recibirás subvenciones para comprar seguro; como menos ganes, menos pagarás. El segundo grupo es gente con enfermedades graves que no pueden conseguir seguros ahora mismo, y todas las víctimas del sistema actual.
Aún más actualizaciones:
Diferencias con Suiza: cierto, en Suiza las aseguradoras son sin ánimo de lucro. A medio-largo plazo, sin embargo, creo que el efecto será parecido: un mercado competitivo muy regulado, con márgenes de beneficio básicamente nulos, y empresas precio-aceptantes. No creo que sea un problema, si el resto de piezas funcionan bien.
¿Qué entra en vigor cuando entra la ley?: los republicanos llevan diciendo que los impuestos entran ahora, los beneficios más tarde. Esto es falso. La excise tax no entra en vigor en varios años, sin ir más lejos, y es el impuesto más importante. Muchos de los mecanismos de ahorro entran en vigor de inmediato. Y el día que entra en vigor la ley, algunas medidas se activan de inmediato: los hijos pueden permanecer en el seguro de los padres hasta los 26 (ahora hasta los 21), las aseguradoras no pueden echarte si te pones enfermo (crucial), Medicaid recibe dinero y cobertura extra, las empresas créditos para ofrecer cobertura sanitaria a sus empleados, y se cierran varios agujeros en el programa de medicamentos de Medicare.
¿Quién se queda fuera? Poca gente. No he mirado la última versión en detalle (ni el análisis de la CBO), pero por lo que sé serán los inmigrantes ilegales (10-12 millones) y el grupo de gente que prefiera pagar la penalización en sus impuestos por no tener seguro. Casi seguro, jóvenes “invencibles” (que no creen que lo necesitan) por encima del 400% del nivel de pobreza. Acceder a un seguro será fácil con la reforma sobre la mesa, sin embargo; no te pueden excluir ya por enfermedad previa.
Un poquito más:
El coste de los abogados: uno de los tópicos más repetidos por los republicanos es que la sanidad en EUA es cara porque si un médico comete un error se come un pleito millonario. Por eso hacen tantas pruebas, y por eso todo cuesta tanto. La realidad: es un coste adicional casi irrelevante. Algunos estados, como Texas, han aprobado leyes limitando esta clase de pleitos, y el coste de la sanidad no ha variado nada; los estudios más serios hablan de sobrecoste de un 0,5% como máximo en el sistema. La reforma incluye incentivos para los estados para reformar el sistema de pleitos en este aspecto (es una competencia estatal), pero es bastante simbólico - no afecta el coste o precios.
Un post cortito, para decir lo básico. Todo parece indicar, tras las últimas rendicionespalizas a gente con dudas gloriosos acuerdos legislativos que los demócratas van a aprobar la reforma de la sanidad esta misma tarde.
Más o menos. De hecho sí, hay reforma. A la práctica, la cosa es un poco más complicada:
Los demócratas votarán a favor de la reforma del Senado. La ley es básicamente igual que la de la Cámara de Representantes, aunque tiene algunos añadidos no demasiado aceptables - dinero extra para algunos estados (Nebraska, Florida, Louisiana), y algunas rarezas parecidas.
Con esto, Obama puede firmar de inmediato el texto, y pumba, hay ley - tenemos reforma.
La Cámara de Representantes, inmediatamente después de aprobar la ley del Senado (hoy mismo, de hecho), aprueba un paquete de enmiendas que eliminan todas esas cosas que no les gustan, cambia un poco el sistema de financiación, y aumenta la cobertura.
El Senado vota sobre estas enmiendas con suerte esta semana (los republicanos ya han dicho que trolearán las enmiendas con entusiasmo) y las saca adelante por mayoría simple, utilizando el procedimiento de reconciliación. La reforma estará entonces cerrada - y creedme, es una buena ley.
Dicho en otras palabras, tenemos reforma esta noche. Sigo con una entrada respondiendo preguntas en un ratito.
21 de marzo es la fecha. Este domingo, la Cámara de Representantes del Congreso de los Estados Unidos votará, por (pen)última vez, para intentar aprobar la reforma de la sanidad (texto final aquí).
Hoy se ha hecho pública la última pieza del puzzle. La Oficina Presupuestaria del Congreso, esa CBO de la que hablaba hace en Junio del año pasado, ha publicado la última estimación sobre el coste de la ley. Los demócratas prometieron que la votación sería 72 horas después que el informe de la CBO se hiciera público - es decir, este domingo.
¿Por qué es importante este informe? La CBO es el “árbitro” fiscal del Congreso; una agencia rigurosamente independiente que analiza las leyes antes de ser votadas y estudia su coste durante los diez años siguientes. Son estrictamente imparciales, y habitualmente muy pesimistas en sus predicciones. Los demócratas al redactar la ley se han tomado muy en serio intentar conseguir un informe favorable de esta agencia, y lo han hecho por muy buenos motivos.
Para empezar, recibir un aprobado de la CBO vende muy bien políticamente. La prensa (y hasta hace poco, el partido republicano) toman los veredictos como si fueran un oráculo infalible, así que es un filtro crucial. Más importante aún, sin embargo, es el hecho que uno de los objetivos de aprobar una reforma sanitaria es puramente fiscal: los costes sanitarios en Estados Unidos (especialmente en el sector privado, pero también en el público) están creciendo de forma desaforada, hasta el punto que si se mantiene el status quo se convertirán en algo totalmente insostenible. No es sólo cuestión de universalizar la sanidad; si la ley no reduce el crecimiento del gasto, será algo básicamente inútil.
De acuerdo, entonces: ¿qué ha dicho la CBO? La ley cuesta 940.000 millones de dólares durante los primeros diez años de implementación, cubre al 95% de los residentes legales en Estados Unidos… y reduce el déficit fiscal americano 138.000 millones la primera década, y 1,2 billones los diez años sucesivos. Es decir, cubre a casi todo el mundo, reduce la velocidad de crecimiento del gasto sanitario a medio plazo, y recorta el déficit de forma activa y duradera a largo plazo. Podéis leer el análisis aquí. Un repaso a la estructura básica de la ley aquí - y aquí un análisis de las novedades en la última versión, en medidas y costes comparado con las versiones anteriores.
¿Suena bien, verdad? Parece mentira, pero de hecho es una buena ley. Los demócratas, aún con su infinita torpeza moviendo la legislación en el Congreso (y el impresentable obstruccionismo republicano), han producido una ley sorprendentemente coherente. Pelosi, Obama y Reid se han tomado muy serio tener una reforma que reduzca el déficit - más aún, que la siempre pesimista CBO juzgue que el ahorro puede funcionar.
Ahora las cosas están claras. Los demócratas tienen una buena ley sobre la mesa: centrista, moderada, da cobertura a 32 millones de personas que no la tienen (los inmigrantes ilegales quedan fuera, por cierto) y reduce el déficit. Es una mejora radical comparado con el increíblemente ineficiente sistema actual - es una mejora substancial, obvia, incluso vista desde los siempre pesimistas ojos de la CBO.
¿Parece fácil, verdad? Es una de esas cosas que en cualquier sitio del mundo tendría un resultado obvio y evidente. En Estados Unidos… bueno, digamos que el partido demócrata es un monstruo complicado. Conseguir llegar a 216 “síes” es, como mínimo, complicado - y exige esfuerzos titánicos por parte de los jefes del partido. Obama, sin ir más lejos, voló a Ohio con Dennis Kucinich, un representante que quería votar en contra, y le montó un mitin en su distrito (imágenes aquí), para presionarle un poquitín. Kucinich, uno de los pocos demócratas que se oponía a la ley por ser demasiado centrista, ayer decidió cambiar su voto. Llevamos toda la semana de este modo, y la presión será increíble de aquí a domingo.
El problema, como de costumbre, nace de un dilema del prisionero. Es un problema de acción colectiva: muchos demócratas (básicamente, los que siguen indecisos) tienen como primera opción que la ley sea aprobaba, pero con ellos votando en contra para cubrirse las espaldas, segunda que la ley sea aprobada, con ellos votando a favor, tercero que la ley fracase, con ellos votando en contra, y cuarto que fracase con ellos votando a favor. Nate Silver tiene una explicación excelente sobre la cuidadosa estrategia que Nancy Pelosi tiene que seguir para ir sumando síes poco a poco - leedle. Hacer malabares con motosierras en llamas creo que suena sencillo después de eso.
Nos quedan pues tres días de dolor y sufrimiento - con declaraciones fuera de tono, insinuaciones y representantes retorciéndose de forma desesperada ante los latigazos de los líderes del partido. Si tuviera que apostar, diría que la ley está un poco más cercano hoy que hace un par de días, pero aún no es seguro que sea aprobada. Por lo que cuentan en los pasillos del Capitolio, los demócratas están a cuatro o cinco votos de alcanzar 216 - a tres días vista, un número fantástico; sólo tienen que estrangular cariñosamente seis o siete tipos para alcanzar el número mágico.
Este domingo 21 de marzo, con suerte, la Cámara de Representantes votará la ley final y el paquete de enmiendas de reconciliación del Senado. La propuesta del Senado, en ese momento, será ley - Obama ya podrá firmarla. La semana que viene, si todo va bien, el Senado ratificaría las enmiendas por mayoría simple -reconciliación, recordad- y la ley que hemos conocido hoy, este estupendo texto legislativo, será ley. La tierra prometida. Lo nunca visto. Estados Unidos, con una ley de sanidad (casi) universal.
Cruzad los dedos, rezad, lo que sea. Ahora sí, estamos muy cerca.
Esta semana sí. Esta semana los demócratas va a intentar aprobar la reforma de la sanidad.
Esta vez va en serio. La cosa irá como sigue. Primero, la cámara de representantes votará el texto del Senado. Esto hará que la sanidad esté oficialmente aprobada; Obama podría ya firmar, con la cámara alta entrando en vigor de inmediato. La cosa no quedará ahí, sin embargo; el texto del Senado tiene unas cuantas cosas que no gustan a los representantes. Para solucionar esto, la cámara baja aprobaría inmediatamente una ley con enmiendas sobre la reforma recién aprobabada, dedicada básicamente a cambiar varios capitulos de gasto e impuestos. Con esta enmienda aprobada, el Senado votaría esas enmiendas utilizando el procedimiento de reconciliación, de modo que la ley refleje un punto medio entre ambas cámaras.
¿Por qué este procedimiento tan recontracomplicado? Básicamente, porque los republicanos no han dejado otra opción. El procedimiento normal sería que las dos cámaras enmendaran la ley en conferencia y votaran el texto consensuando por separado. El problema, claro está, es que los demócratas no tienen los sesenta votos necesarios en el Senado para cerrar el debate (sí, el dichoso filibusterismo) - y los republicanos se niegan a permitir que una ley pase por mayoría simple.
Aquí es donde entra el procedimiento de reconciliación: las leyes aprobadas con este método no pueden ser bloqueadas vía filibusterismo; el tiempo de debate está limitado (si mal no recuerdo) a 30 horas. Es una maniobra rebuscada que abre la puerta a aprobar la ley por mayoría absoluta en vez de una supermayoría absurda.
Esta es la idea básica; los demócratas tienen otras opciones, como declarar la ley como adoptada (sin votarla) y aprobar directamente enmiendas en la Cámara de Representantes. No sé si lo harán (se ha hecho con otras leyes, pero es un método un poco cafre), pero parece claro que esta semana están trabajando duro, durísimo para atar los últimos votos.
Todos los que piden el fin de la disciplina de partido harían bien de seguir el debate en Estados Unidos esta semana. Los demócratas necesitan 216 votos, y tienen 255 representantes - y atar los votos suficientes es un ejercicio desesperante. Los líderes del partido están intentando convencer a miembros recalcitrantes de forma desesperada. Obama está reuniéndose en persona con decenas de representantes, tratando de convencerlos que su presidencia depende de ellos. Los sindicatos y grupos de presión demócratas están diciendo a todo aquel que tenga dudas que si votan en contra le montarán unas primarias de inmediato, a ver si espabilan. Todo Dios está pidiendo a sus bases que llamen a sus representantes como locos, berreando a pleno pulmón que su vida depende de ello. Y por descontado, hay anuncios en televisión a todas horas, de todos los colores, gastándose millonadas pidiendo votos a favor o en contra. Es una especie de aquelarre histérico de relaciones públicas, intentando aprobar una reforma realmente muy moderada.
¿La verdad? Es un voto difícil, pero creo que la reforma saldrá adelante. Primero, porque los demócratas parecen haber entendido eso que “de perdidos, al río“: más vale llegar a las elecciones en noviembre fardando por haber aprobado esa reforma que nadie ha conseguido pasar hasta ahora que defendiendo el hecho que intentaron pasar algo, votaron a favor una vez, y la pifiaron en la siguiente.
Segundo, todo indica que según la reforma empieza a clarificarse y el debate es “demócratas contra republicanos” en vez de “demócratas siendo incapaces de ponerse de acuerdo” la opinión de los votantes sobre la ley ha ido mejorando. Todas las encuestas llevan diciendo hace tiempo que si describes la ley sin decir que es “la reforma de Obama” la gente apoya las medidas cuando las escucha; parece cada vez más claro que la ley será más popular una vez entre en vigor.
Tercero, Nancy Pelosi nunca ha perdido una votación importante. La Casa Blanca y los líderes demócratas no estarían hablando de pasar la ley con esta fuerza si no estuvieran relativamente seguros que tendrán los votos sobre la mesa. Rahm Emmanuel sería capaz de estrangular a su madre si eso le da dos votos en el Congreso; no creo que estén jugándose el cuello de este modo si no supieran que la pueden aprobar.
Cuarto, y esto si es más subjetivo, porque Obama está haciendo esto:
Es corto; vale la pena verlo - y tomar notas. El mensaje es muy sencillo: no sé si la reforma de la sanidad me dará votos o no. No sé qué dicen las encuestas. Lo que sí sé es que uno, salí elegido con la promesa que iba hacer lo que era mejor para el país, y dos, estoy convencido que esta reforma es imprescindible, urgente. Es hora de ser valientes, apretar los dientes y aprobar la reforma, porque es lo que conviene al país. No estoy aquí para politiqueo - estoy para aprobar cosas que funcionen.
¿Alguien sabe de algún presidente europeo que podría utilizar esa clase de retórica? Pues eso.
Que quede claro, no está todo hecho, ni mucho menos. Estamos hablando del partido demócrata, esa organización que ha sido incapaz de aprobar esta misma reforma en los últimos doce meses. De todos modos, si tuviera que apostar, diría que hay un 65% de probabilidades que tengamos una reforma de la sanidad la semana que viene. Veremos.
No voy a cantar victoria aún, ya que el partido Demócrata es perfectamente capaz de autodestruirse de forma espectacular sin motivo aparente, pero parece que la reforma de la sanidad va a sobrevivir al Senado. De hecho, parece que será votada antes de Navidad, negociada con la Cámara de Representantes en Enero, y firmada por el Presidente antes del discurso sobre el estado de la Unión.
Sí, Joe Lieberman se ha pasado la semana torturando a los liberales y progresistas de la cámara jugando a los bolos con el proyecto de ley. Sí, el “acuerdo” de extender Medicare para mayores de 55 años ha sido masacrado, y sí, la public option desaparece del plan por completo.
¿La verdad? No es demasiado importante. Me remito a lo dicho hace un mes, sobre la estructura básica de la reforma. La public option era un aspecto secundario relativamente poco importante dentro del diseño general de la ley; un añadido decente, pero en absoluto imprescindible. Si bien es triste que se haya caído de la ley (igual que el acuerdo de la semana pasada, que era aún mejor), la ley es realmente un texto bastante decente. De hecho, incluso diría que es un buen texto, a sabiendas de lo increíblemente difícil que es aprobar leyes en Estados Unidos, y todos los presidentes que se han estrellado con ello (*).
Por descontado, no toda la progresía está contenta. La public option se convirtió en la batalla simbólica obsesiva de muchos liberales; Howard Dean, el Daily Kos o Atrios (dos bitácoras muy influyentes en medios progresistas) han llegado a decir que si la ley no incluye el plan público no merece ser aprobada. La verdad: pamplinas. Kevin Drum lo resume muy bien: esta ley salva vidas - es tan simple como eso. El gobierno americano pasará a tomar un papel activo en aumentar la cobertura médica de sus ciudadanos, utilizando un sistema mixto francamente ingenioso teniendo el cuenta el punto de partida inicial. Es una mejora bestial sobre el status quo; la mayor expansión del estado del bienestar americano desde los años sesenta.
Es un milagro que el partido demócrata, organización famosa por su delirante falta de disciplina interna, haya llegado a un acuerdo. Hay muchos héroes anónimos, muchos senadores que saldrán mucho menos en la tele que Lieberman, Ben Nelson, Mary Landrieu, Olimpia Snowe o otros famosos tocapelotas obstruccionistas, que se han partido los cuernos y llevado un montón de tortas para llegar donde estamos. No, no está todo cerrado, y no, aún no podemos decir que esto se ha acabado; los demócratas son perfectamente capaces de pifiarla de forma creativa. Pero podemos decir -ahora sí- que la reforma es casi segura.
Barack Obama, balance del primer año de gobierno: plan de estímulo fiscal, reforma de la sanidad, reforma del sistema financiero (aprobada en la Cámara de Representantes, avanzando en el Senado), ley contra el cambio climático (ídem, con Lieberman, por cierto, siendo la voz progresista en este campo), estabilización del sistema bancario, inicio de la retirada de Irak. Si le sale todo - y parece que lo más complicado será cambio climático; el resto está casi en el saco -, es un balance extraordinario.
La maquinaria de fabricación de salchichas legislativas en el Senado está funcionando a todo trapo, trabajando los siete días de la semana en la reforma de la sanidad. Parece que la public option está oficialmente muerta, aunque por una vez y sin que sirva de precedente es posible que la alternativa sea mejor que la solución original.
La “opción pública”, el plan de seguros federal que debía competir con las aseguradoras privadas, había sido recortada repetidamente en los últimos meses. La versión en la propuesta de Harry Reid en el Senado apenas podía negociar precios, hasta el punto que iba a ser probablemente más cara que los seguros privados. Aunque los progresistas americanos estaban obesionados en incluirla en la reforma (y los conservadores en eliminarla), su efecto real sería bastante limitado.
Harry Reid, el líder de la mayoría demócrata en el Senado, no tiene los 60 votos para mantenerla, sin embargo, así que ha tenido que negociar una alternativa. El acuerdo, al menos hoy por la mañana, es de hecho mucho mejor que un plan debilitidado: en vez de public option, los americanos tendrán dos alternativas.
Las personas entre 55 y 64 años podrán escoger Medicare como su seguro médico - una idea excelente. Medicare es el plan de salud público que los americanos mayores de 65 años tienen acceso inmediato; es un sistema parecido al francés, con un seguro básico y la posibilidad de contratar suplementos. Los años anteriores a tener acceso a este plan es cuando más difícil resulta contratar un seguro - los pacientes tienen mayor riesgo de enfermedad, y te lo hacen pagar con ganas. Permitir que puedan acceder a Medicare, con su inmeso poder de compra, hará las cosas mucho más fáciles y baratas para este grupo… y dará un bonito ejemplo a los americanos de las ventajas de un sistema público.
La segunda parte del acuerdo es también ingeniosa: abrir el plan de seguros de los empleados federales al resto del país. El gobierno federal negociaría con las aseguradoras planes nacionales, que estarían disponibles para todo el mundo. Si las aseguradoras no dan precios decentes, entonces, y sólo entonces, el gobierno podría crear una public option.
Esta alternativa tiene varias ventajas; para empezar, el poder negociador de la mayor “empresa” del país es utilizado al máximo. Segundo, crea planes nacionales, evitando la excesiva compartimentalización que crea la regulación estatal, pero sin debilitar la regulación permitiendo que las aseguradoras den planes nacionales desde estados con leyes permisivas. Tercero, refuerza muchísimo los exchanges, los mercados de seguros para individuos y pequeñas empresas, ya que los empleados federales estarán indirectamente dentro de ellos.
Sigue sin ser una reforma perfecta, no nos engañemos; algunos cambios no son demasiado buenos. Me ha sorprendido, sin embargo, que la ley sigue siendo bastante decente, y algunos puntos han mejorado o han sido “salvados” por el Senado, como la horrible enmienda antiabortista de la Cámara de Representantes. Con suerte, tendremos los dos proyectos finales antes de Navidad - y con esto, Obama pasará a ser casi de inmediato uno de los presidentes más efectivos de la historia en su primer año de mandato. No está mal.