Godwin ataca de nuevo: “la lista de Sinde”
Friday, December 18th, 2009Llevo diciendo desde hace una temporada que el súbito ataque de indignación libertaria en internet alrededor del famoso manifiesto es una tonteria. Hoy, los gloriosos activistas revolucionarios amantes de Bit Torrent han pasado de la tontería al argumento capullo por excelencia, y han perdido oficialmente el debate.
El último instrumento retórico del colectivo paranoico-gorrón es decir que cerrar cautelarmente una bitácora o página en internet que da acceso a obras creadas por otro en contra de la voluntad de su autor (no prohibir escribir en la red, recalco; prohibir publicar gratis lo que otro ha escrito) es algo completamente equivalente y perfectamente asimilable a la matanza indiscriminada de seis millones de judios durante el holocausto. Lo mismo, vamos; pasaros por la maravillosa oda al onanismo bitacoril que es “La Lista de Sinde“.
Ah, qué previsible es internet, ese sitio de debate e intercambio de conocimiento humano. A largo plazo, cualquier discusión acabará con alguno de los bandos invocando a Hitler contra su oponente, en cumplimiento de la Ley de Godwin - y por tanto, según las sagradas tradiciones de internet, perdiendo automáticamente el debate. Me dirán que es una metáfora o una comparación. Pamplinas. Ahí tenemos a Liam Neeson salvando judios, arriba de la páginita; es una violación de Godwin en toda regla. Y no, decir que los de la lista están autoinculpándose y no siendo salvados no me vale - aparte que ir de martir metiendo el dedo en el ojo a terceros es básicamente ofensivo, eso sólo quiere decir que apestáis en eso del juego de palabras.
Más allá de la comparación estúpida (y para el judio medio, moralmente repulsiva), la retórica de la página y la insistencia en el todo gratis más descarado no tiene demasiado sentido. Entiendo de sobras que algunos defiendan el uso de creative commons, copyleft y otras formas de propiedad intelectual alternativas (todo lo que escribo está bajo CC, por cierto); eso no quiere decir que debamos obligar a quienes no quieren usar estos métodos a distribuir su obra de ese modo.
Si un músico quiere que toda su obra sólo sea publicada en singles en vinilo a 78 rpm, está en su derecho - no podemos obligarle a no cometer una estupidez. Si un cineasta ama la pureza del formato analógico tradicional y sólo quiere sacar sus obras en Cinexín, debe poder hacerlo - la ley no prohibe el uso de la tecnología de 1950. Cuando uno escribe algo puede hacer con él lo que le plazca - si eres JD Sallinger y no quieres publicar nada, allá tú. El hecho que vivamos en un mundo en que la copia sea sencilla y la distribución básicamente gratuita es irrelevante; atropellar viejecitas con camiones es sencillo y gratis, y bien que lo prohibimos.
Sí, las discográficas y (en menor medida) la televisión “clásica” tienen un modelo de negocio relativamente obsoleto. En un mundo donde los contenidos son fáciles de copiar y distribuir, intentar ser el intermediario exclusivo es una batalla perdida. Uno sólo puede ganar dinero si distribuye esos contenidos de forma más cómoda, más eficiente y más práctica, o añadiendo funcionalidad imposible de replicar vía pirateo. Lo que no dicen los amantes del manifiesto es que la industria audiovisual, lejos de ser un dinosaurio caduco, ha probado un montón de modelos de negocio alternativos para intentar ofrecer esta clase de servicios.
Estoy pensando en cosas como Spotify, Hulu o Netflix. Modelos de subscripción, con amplio acceso a contenidos, centrados en el viejo truco de los bufet libre: siempre hay alguien que comerá más de lo que ha pagado, pero la inmensa mayoría no son unos glotones insoportables. Como buen friki americano, tengo y adoro una suscripción de Netflix, así que puedo alquilar tantas películas como quiera al mes sin límite, y ver tantas cosas vía internet como pueda por $22 al mes. Algunos días esto es una bendición increíble - cuando mujer tuvo la gripe, se trago dos temporadas de Dexter y cuatro películas en tres días - pero cuando estás ocupado, Netflix se rie de mí y las dos películas escasas al mes que tengo tiempo de ver. Spotify y Gamefly parten del mismo principio; Hulu será pronto algo parecido.
¿Qué es mejor, arrastrarse por buscadores de música y saltando de página en página para donar dinero a tu artista favorito, o pagar €10 al mes y tener toda la música producida en los últimos 100 años a dos minutos de teclado? Me parece que lo segundo, sin demasiada discusión.
El DVD, Bluray o CD de toda la vida no está tampoco condenado a desaparecer. Yo soy un coleccionista compulsivo amante de la calidad de imagen; hay gente que se conforma con ver Blade Runner en 480p, pero yo necesito la edición especial en 1080p con cuatro versiones distintas en cinco discos. Ver una película en un cine grande es infinitamente mejor a ver algo en un televisor, por muchas pulgadas que tenga.
Muchos de los modelos de distribución de contenidos descritos arriba son adorados por los adalides de internet gratis. Sin protección sobre propiedad intelectual o la capacidad de los intermediarios para compensar a los creadores, son completamente imposibles; nadie en su sano juicio escribe o filma nada para que un tercero gane dinero con ello. Sin una ley aceptable de propiedad intelectual, esta clase de modelos de distribución no pueden ser puestos a la práctica. Sin un marco fiable, España se quedará atrás.
Pedir la gratuidad obligatoria de toda obra de arte o escrito (porque eso es lo que piden en “La Lista de Sinde”) es básicamente negar el derecho de otros a decidir cómo pueden ganar dinero. No es luchar contra industrias obsoletas, no es liberar el saber humano, no es hacer que todos seamos más sabios. La propiedad intelectual en un mundo digital es algo distinto, de igual modo que la propiedad intelectual era algo distinto antes y después del gramofono, imprenta y video VHS. Eso no quiere decir que ha desaparecido o que debamos despreciarla; crear arte y conocimiento es una actividad que crea algo valioso, y por tanto con un determinado precio.
Y sí, poner un precio artificialmente bajo por decreto destruye oferta en cualquier mercado. Algunos escribimos por amor al arte, pero somos los menos.




