Quiénes somos
Hágase socio
Noticias y eventos
El Coliseo

Posts Tagged ‘congresistas y senadores’

Aventuras legislativas en Washington (II)

Sunday, March 14th, 2010

Continuación de este artículo. Vale la pena leerlo antes. De nada.

Al cabo de un rato, el grupo que nos tenía esperando en el oficina de Jim Himes sale con sus carpetas y maletines, caminando apresuradamente hacia otra reunión. La recepcionista nos hace pasar, con cara de alivio, y nos dice que nos atenderán en seguida.

Jim Himes fue elegido el 2008, así que es un recién llegado al Congreso. Su distrito (Fairfield County) contiene alguna de los municipios más ricos de Estados Unidos, siendo como es hogar tradicional de banqueros y otra gente de mal vivir. Aunque ganó por apenas tres puntos, Connecticut es cada vez más demócrata, así que su reelección no debería ser un problema; los republicanos están muy ocupados peleándose por presentarse a gobernador o Senado.

El jefe de gabinete de Himes es un tipo relativamente joven, que habla rápido y hace montones de preguntas. El tipo es consciente que hay algunas bolsas importantes de pobreza en su distrito (Bridgeport es un erial), pero reconoce no saber demasiado sobre programas de nutrición infantil. Nos deja claro que su jefe votará a favor sin problema en los programas que estamos pidiendo, y se ofrece a añadir su nombre como co-patrocinador de la ley o pedir votos a sus colegas si es necesario. El problema, sin embargo, es que realmente no han seguido el tema demasiado, así que no sabe qué medidas están sobre la mesa.

No que esto sea un problema: llevo en mi carpeta un listado (de cuatro páginas) con todas las propuestas en consideración, y detalles sobre qué texto es su equivalente en el Senado. Los representantes (y en menor medida, senadores) tienen equipos relativamente pequeños (de cinco a ocho asesores en Washington, por lo que me dijeron, con algunos más en su distrito), así que les cuesta seguir toda ley que anda rondando por el Congreso. Jim Himes está en el comité de finanzas, así que se especializa en regulación bancaria; es comprensible que pregunten a los expertos (o sus jefes y colegas en la cámara) acerca de temas que no dominan demasiado.

Un vez aclarado este punto, explicamos que los programas de asistencia federales en Connecticut están muy mal administrados. Las agencias estatales procesan aplicaciones con una lentitud desesperante, causando esperas interminables y haciendo pedir ayuda un ejercicio kafkiano. Para reforzar el mensaje, hemos traído cifras concretas sobre Bridgeport, con porcentajes de solicitudes que van con retraso (más de la mitad) y de solicitudes urgentes (que toman una semana) fuera de plazo (un increíble 90%).

La gente de Himes había oído hablar del problema, pero no conocía las cifras - y están horrorizados. La reacción inmediata es que hay que hacer algo ahora mismo, y ofrecen tomar medidas de inmediato: una carta al estado y USDA sobre el tema, amenazando con un artículo en la prensa. Si el estado no hace nada (y, siendo veteranos de la política local, son conscientes que no será suficiente), hablan de llevar a Himes a una oficina de servicios sociales con cámaras de televisión detrás, dándole publicidad. Es mucho más que lo que nos había ofrecido DeLauro; Himes, siendo un recién llegado, necesita causas mediáticas populares como agua de mayo para venderse bien. Es una transacción política natural entre gente con un problema y un político buscando publicidad. Política antigua, de toda la vida.

Como norma general, uno sabe que su visita ha sido efectiva según el tiempo que te dedican. Con Himes nos ha ido bien: entramos 10 minutos tarde, salimos con 25 minutos de retraso - nos dieron 45 en vez de los 20 que nos tocaban. El tipo que venía detrás nuestro nos mira con cierto rencor cuando salimos de nuestra larga conversación en el recibidor (no tienen espacio para sala de reuniones), pero nos importa poco. Ahora camino del Senado, a hablar con la gente de Joe Lieberman.

La constitución americana, de origen, dice que ambas cámaras tienen el mismo poder. Si acaso, la Cámara de Representantes debería ser más poderosa, ya que tiene más atribuciones presupuestarias que el Senado. La invención del filibusterismo, sin embargo, ha cambiado mucho las cosas, y visitando las oficinas de unos y otros parece claro que la cámara alta mira a sus vecinos por encima del hombro.

Los senadores tienen varios edificios nuevos, y tienen oficinas grandes. Es cierto que un senador representa a veces muchísimo más votantes que un representante (no siempre; hay estados muy vacios), pero el garito de Joe Lieberman es palaciego. Los lobistas y tocanarices variados parecen ser conscientes del poder del Senado, y realmente le prestan muchísima más atención: los pasillos son un circo. Hay cuatro veces más gente que en la cámara de representantes, y muchísimos más profesionales. Incluso contando que hay menos senadores, las hordas de gente que hay por los pasillos son impresionantes. Todo el mundo va a ver a alguien, y van pidiendo de todo: dinero para el cáncer, vacas, tanques, sanidad sí, sanidad no, pesca sí, pesca no, veteranos, nucleares y una larga lista de causas y problemas.

Tras dar tumbos por uno de los edificios del senado un rato, entramos en las dependencias del senador independiente de Connecticut. De nuevo nos toca esperar, esta vez en una salita estrecha pero no demasiado incómoda. Al rato, una chica bajita y delgada de unos 22-24 años nos pide que pasemos, diciéndonos que la reunión será en el segundo piso. La oficina es grande, laberíntica; la seguimos a una sala de reuniones tamaño zulo en un rincón.

Tras sentarnos, la muchacha se sienta en la mesa y nos pregunta qué queremos, diciendo que su jefa, la vicesecretaria de asuntos sociales no podrá venir, ya que tenía otra reunión. Mi buen amigo Joe Lieberman no ha enviado un asesor o alguien que hable con él de vez en cuando. No ha enviado alguien que trabaje para alguien que hable con él de vez en cuando. No señor. El tipo nos ha plantado la becaria de alguien que habla de vez en cuando con uno de los asesores que a veces hablan con él.

Exacto. El hombre se toma los temas de nutrición infantil en serio.

La reunión no dura demasiado. Es fácil darse cuenta que la información que traemos y todo lo que digamos no llegará a ninguna parte. Como mucho, dos líneas en uno de esos informes que acaban al fondo de un cajón. Como somos educados, le soltamos el rollo a la becaria en 10 minutos, y nos vamos, resignados. Al salir, una auténtica horda de gente trajeada esta esperando - la mayoría, claramente no ahí para hablar con una becaria. En política, sigue habiendo clases.

Resumiendo: la visita valió la pena. Es curioso ver en directo cosas sobre las que he leído mil veces, pero cuesta de traducir en algo práctico. Sí, el acceso es importante. Sí, tener a lobistas todo el año es una ventaje enorme. Sí, la falta de medios es un problema grave, incluso en Estados Unidos. Una visita puntual, pequeñita y poco importante, pero realmente fascinante.

Aventuras legislativas en Washington (I)

Thursday, March 11th, 2010

Nota: este artículo es un poco distinto - básicamente, parte de una anecdota. Espero que sea una buena mirada, aunque limitada, a cómo funciona la democracia americana desde dentro.

Este fin de semana me enviaron, junto con mi jefe y una compañera, a una conferencia nacional en Washington DC sobre seguridad alimentaria (jerga para referirse a “hambre”) en Estados Unidos, a ver si aprendíamos algo, y para hacer un poco de ruido sobre la materia.

Es una tradición americana: un grupo de ONGs organiza su convención nacional en la capital. Durante dos o tres días, hablas con gente, buscas contactos y aprendes cosas nuevas (¿sabíais que uno de cada seis americanos tiene dificultades para comprar suficiente comida? Datos de la USDA). El último día, todos los asistentes van al Congreso a visitar a sus Representantes y Senadores de forma organizada, armados con toneladas de datos, una lista de cosas que pedirles en el área legislativa, y varias tácticas más o menos rastreras para darles pena y convencerles que apoyen tu causa.

Sí, es eso que llaman lobbying, y que tan mala prensa tiene a veces. Ahí estaba yo este fin de semana, escuchando a expertos sobre como vender nuestras prioridades a legisladores recalcitrantes, y aprendiendo sobre qué es importante y qué es sedundario, a ojos de expertos sobre el tema, en los diversos proyectos de ley que están sobre la mesa en el Congreso. La idea era que todos fuéramos a pedir a nuestros legisladores (siendo una conferencia nacional, había gente de todo el país) 1.000 millones de dólares al año durante los próximos diez años para programas de alimentación infantil, especialmente para paliar las tasas de fracaso escolar derivadas de tener estudiantes literalmente hambrientos. Y no, no es demagogia; hablo con familias que pasan esos aprietos constatemente. Es un problema grave.

¿Parece una tarea fácil, verdad? No hay nadie en este mundo que sea “pro-hambre”, al fin y al cabo. El problema, en este caso, no es tanto convencer a tu Senador/Representante que tu causa es buena, sino forzarle a que haga algo sobre el tema. En cualquier momento durante una legislatura hay literalmente cientos de leyes flotando por el Congreso americano, intentando desesperadamente llegar al pleno para ser votadas. Una medida pequeña y obviamente buena como es dar comida a niños que pasan hambre (algo que tiene efectos inmediatos en las notas que sacan en el colegio, por cierto) puede gustar a todos, pero conseguir que las dos cámaras le dediquen unas horas de tiempo legislativo en los próximos meses no es algo automático. Recordad como funciona el Senado: un sólo cretino puede retrasar una ley durante semanas, así que más vale estar seguro que tu pequeña reforma no tropieza en ningún sitio.

El martes por la mañana me tenéis a mí, vestido con el uniforme reglamentario (traje oscuro, corbata, etcétera) camino del Cannon Building a aportar mi granito de arena. Por lo que sé, el ritual es siempre parecido. Primero, un desayuno en una de las salas de reuniones del Congreso temprano (7:30 am), en quete dan papeles, informes y palmaditas en la espalda, mientras dos legisladores amigos (Representante Jim McGovern y Senador Bob Casey, ambos demócratas) te explican cómo están las cosas. Si tu causa específica es suceptible a atraer famoseo, a veces tienes un actor dando apoyo moral; nuestro invitado era Scott Wolf, dándose un respiro en su lucha contra los hombres lagarto.

Tras comer bagels ligeramente pasados y zumo de naranja barato (el Congreso de los Estados Unidos no está para lujos, supongo), era hora de empezar reuniones. Connecticut tiene cinco representantes y dos senadores, que nos repartimos con otras ONGs del estado. A nosotros nos dieron Rosa DeLauro, Jim Himes y mi buen amigo Joe Lieberman.

Si alguien se ha preguntado de dónde viene la expresión “lobbying“, básicamente es por que eso es lo que estás haciendo: andar por los larguísimos pasillos en las cavernosas oficinas que rodean el Capitolio, paseando de un recibidor a otro. Los representantes tienen cada uno su oficina, donde trabaja el político y sus cinco o seis asesores apilados de mala manera. No es que sean cubículos o zulos con gente sentada en el suelo, pero son cutres, estrechitas y no precisamente relucientes. Cada representante se organiza como puede, realmente, pero nadie anda sobrado de espacio.

En la oficina de Rosa DeLauro nos recibió su jefe legislativo, después de tenernos esperando un rato en el pequeño recibidor con dos secretarias respondiendo teléfonos. Nos hizo pasar a un pequeño cubículo con mesas y sillas setenteras, sacó su libreta de notas, y hablamos durante veinte minutos. El distrito de DeLauro (New Haven) es increíblemente liberal (Obama sacó sobre un 70%, si mal no recuerdo, y la representante siempre ha sido una de las grandes defensoras de este tipo de programas, así que la visita era más dar gracias que otra cosa. Aún así, cuando estás ahí aprovechas, así que protestamos sobre lo mal que administra el estado de Connecticut varios programas federales, pidiendo que DeLauro envíe una carta a USDA (el departamento federal competente) a ver si se espabilan.

¿Dónde estaba DeLauro, por cierto? Ni idea. Normalmente el político no te recibe directamente. Sus asesores a menudo conocen mejor los detalles de una ley específica que el representante, ya que están un poco más especializados (aunque no mucho más: sólo tienen cuatro o cinco personas en ello), y su tiempo está dedicado a otras cosas, como pelearse con su propio partido, recaudar fondos electorales, la prensa, recaudar fondos electorales, negociar temas más importantes, recaudar fondos electorales, tomar decisiones bien calibradas, recaudar fondos electorales, mirar encuestas y recaudar fondos electorales. Menos en el caso de DeLauro, que está en un distrito invencible, pero otros en circunscripciones más competitivas de hecho “gobiernan” poco.

Tras la conversación (y ver la cara de tedio desesperado cuando le informaron que su siguiente visita era Scott Wolf - salgunos odian el famoseo), nos toco otro (largo) paseo hasta la oficina de Jim Himes, nuestra siguiente visita. Himes sí tiene una elección un poco más competitiva, aunque el tipo es rico y no necesita recaudar fondos. Es su primera legislatura (llegó al Congreso el 2008), así que no conocemos sus prioridades demasiado, pero es demócrata, así que no tiene por qué ser hostil.

Siendo como es un poco más tarde, los pasillos del Congreso empiezan a llenarse de gente. Aparte de asesores corriendo de reunión en reunión y becarios llevando cafés, es fácil darse cuenta que estamos en temporada alta de lobistas y grupos de presión varios; allá donde vamos siempre hay un grupo de gente con folletos y carpetas camino de una cita con legisladores. Algunos son como nosotros, amateurs en nuestra visita anual (cara de despiste, en grupos de cuatro o cinco, todo pines y botones por la causa), otros son profesionales que se pasan la vida en esa santa casa, con maletines pulidos, amigos en todas partes y sabiendo muy bien dónde van.

Cuando entramos en la oficina de Himes, el vestíbulo está lleno de gente. Un grupo está hablando a gritos (qué enfado, Dios) con un pobre asesor, mientras dos tipos muy trajeados esperan su turno. En vista del manicomio reinante, nos piden que esperemos en el pasillo, viendo pasar viejetes pidiendo dinero para veteranos de no sé qué guerra. Mientras estábamos ahí fuera preparando cifras vemos que Joe Courtney, otro representante de Connecticut, pasa a nuestro lado camino de su oficina.

Exacto: ¡Acceso directo al político! Lo paramos, y procedemos a darle la vara sobre dar de comida a los niños. Courtney conoce a mi jefe de otros saraos, cuando era senador estatal, así que nos escucha pacientemente durante diez minutos, diciendo que dejemos el papeleo a uno de sus asesores. Tener una relación con él es una ventaja, por descontado; el tipo ha escuchado y sufrido varias conferencias nuestras en Connecticut, y está bastante convencido. Nos pregunta más sobre dónde está la legislación (”¡sólo necesita tu apoyo!”) que otra cosa. Al rato se despide, disculpándose que tiene que ir a un acto para recaudar fondos de campaña para otro representante.

¿Qué nos espera en la oficina de Jim Himes? ¿Sobreviviremos al interrogatorio? ¿Conseguiremos que un representante descubra el problema de hambre en su distrito? ¿Qué secretos ocultan los misteriosos edificios del Senado? ¿Qué trampas nos esperan en el despacho de Joe Lieberman? ¿Agredirá el escritor a uno de sus asesores? ¿Qué clase de mensaje subliminal pro-poldavo lograremos insertar? Las respuestas, esta noche.