Esta semana sí. Esta semana los demócratas va a intentar aprobar la reforma de la sanidad.
Esta vez va en serio. La cosa irá como sigue. Primero, la cámara de representantes votará el texto del Senado. Esto hará que la sanidad esté oficialmente aprobada; Obama podría ya firmar, con la cámara alta entrando en vigor de inmediato. La cosa no quedará ahí, sin embargo; el texto del Senado tiene unas cuantas cosas que no gustan a los representantes. Para solucionar esto, la cámara baja aprobaría inmediatamente una ley con enmiendas sobre la reforma recién aprobabada, dedicada básicamente a cambiar varios capitulos de gasto e impuestos. Con esta enmienda aprobada, el Senado votaría esas enmiendas utilizando el procedimiento de reconciliación, de modo que la ley refleje un punto medio entre ambas cámaras.
¿Por qué este procedimiento tan recontracomplicado? Básicamente, porque los republicanos no han dejado otra opción. El procedimiento normal sería que las dos cámaras enmendaran la ley en conferencia y votaran el texto consensuando por separado. El problema, claro está, es que los demócratas no tienen los sesenta votos necesarios en el Senado para cerrar el debate (sí, el dichoso filibusterismo) - y los republicanos se niegan a permitir que una ley pase por mayoría simple.
Aquí es donde entra el procedimiento de reconciliación: las leyes aprobadas con este método no pueden ser bloqueadas vía filibusterismo; el tiempo de debate está limitado (si mal no recuerdo) a 30 horas. Es una maniobra rebuscada que abre la puerta a aprobar la ley por mayoría absoluta en vez de una supermayoría absurda.
Esta es la idea básica; los demócratas tienen otras opciones, como declarar la ley como adoptada (sin votarla) y aprobar directamente enmiendas en la Cámara de Representantes. No sé si lo harán (se ha hecho con otras leyes, pero es un método un poco cafre), pero parece claro que esta semana están trabajando duro, durísimo para atar los últimos votos.
Todos los que piden el fin de la disciplina de partido harían bien de seguir el debate en Estados Unidos esta semana. Los demócratas necesitan 216 votos, y tienen 255 representantes - y atar los votos suficientes es un ejercicio desesperante. Los líderes del partido están intentando convencer a miembros recalcitrantes de forma desesperada. Obama está reuniéndose en persona con decenas de representantes, tratando de convencerlos que su presidencia depende de ellos. Los sindicatos y grupos de presión demócratas están diciendo a todo aquel que tenga dudas que si votan en contra le montarán unas primarias de inmediato, a ver si espabilan. Todo Dios está pidiendo a sus bases que llamen a sus representantes como locos, berreando a pleno pulmón que su vida depende de ello. Y por descontado, hay anuncios en televisión a todas horas, de todos los colores, gastándose millonadas pidiendo votos a favor o en contra. Es una especie de aquelarre histérico de relaciones públicas, intentando aprobar una reforma realmente muy moderada.
¿La verdad? Es un voto difícil, pero creo que la reforma saldrá adelante. Primero, porque los demócratas parecen haber entendido eso que “de perdidos, al río“: más vale llegar a las elecciones en noviembre fardando por haber aprobado esa reforma que nadie ha conseguido pasar hasta ahora que defendiendo el hecho que intentaron pasar algo, votaron a favor una vez, y la pifiaron en la siguiente.
Segundo, todo indica que según la reforma empieza a clarificarse y el debate es “demócratas contra republicanos” en vez de “demócratas siendo incapaces de ponerse de acuerdo” la opinión de los votantes sobre la ley ha ido mejorando. Todas las encuestas llevan diciendo hace tiempo que si describes la ley sin decir que es “la reforma de Obama” la gente apoya las medidas cuando las escucha; parece cada vez más claro que la ley será más popular una vez entre en vigor.
Tercero, Nancy Pelosi nunca ha perdido una votación importante. La Casa Blanca y los líderes demócratas no estarían hablando de pasar la ley con esta fuerza si no estuvieran relativamente seguros que tendrán los votos sobre la mesa. Rahm Emmanuel sería capaz de estrangular a su madre si eso le da dos votos en el Congreso; no creo que estén jugándose el cuello de este modo si no supieran que la pueden aprobar.
Cuarto, y esto si es más subjetivo, porque Obama está haciendo esto:
Es corto; vale la pena verlo - y tomar notas. El mensaje es muy sencillo: no sé si la reforma de la sanidad me dará votos o no. No sé qué dicen las encuestas. Lo que sí sé es que uno, salí elegido con la promesa que iba hacer lo que era mejor para el país, y dos, estoy convencido que esta reforma es imprescindible, urgente. Es hora de ser valientes, apretar los dientes y aprobar la reforma, porque es lo que conviene al país. No estoy aquí para politiqueo - estoy para aprobar cosas que funcionen.
¿Alguien sabe de algún presidente europeo que podría utilizar esa clase de retórica? Pues eso.
Que quede claro, no está todo hecho, ni mucho menos. Estamos hablando del partido demócrata, esa organización que ha sido incapaz de aprobar esta misma reforma en los últimos doce meses. De todos modos, si tuviera que apostar, diría que hay un 65% de probabilidades que tengamos una reforma de la sanidad la semana que viene. Veremos.
La cumbre sobre la sanidad en Estados Unidos llegó y pasó, y es difícil decir realmente qué ha cambiado. El asunto ha durado siete horas, con un debate a ratos denso, a ratos lleno de retórica idiota sobre cómo reformar el desastroso sistema de salud del país.
No comentaré demasiado sobre el debate en sí; lo he seguido durante el día en la oficina, como ruido de fondo cuando he podido, y la verdad, no es que nadie haya dicho algo nuevo. En general diría que el debate lo han ganado los demócratas; los republicanos presentaban un plan excepcionalmente limitado (sólo daría cobertura a 3 de los 45 millones de americanos sin seguro) y sus argumentos eran, en general, entre ridículos y contradictorios. A efectos prácticos, sin embargo, esto no tiene demasiada importancia, ya que los medios no se van a preocupar de informar sobre estos detalles nímios como los efectos de una posible reforma; lo importante hoy era la carnaza, y aquí el efecto es más difícil de definir.
Los medios se están fijando en dos cosas. La primera, la muerte de Andrew Koenig y de una cuidadora de orcas en Seaworld (en fin), y la segunda, el hecho que de bipartidismo poco, y que no se ha llegado a ningún acuerdo. Los medios querían o un circo o una especie de catarsis de estadistas responsables, y lo único que han visto es siete horas de debate sesudo con gente que no se ponía de acuerdo, así que están dando esa noticia, frunciendo todos el ceño.
¿Sorpresa? Ninguna, de hecho. Ya he mencionado antes que los republicanos (como Rajoy) no tienen el más mínimo incentivo para pactar. La prensa americana, sin embargo, sigue emperrada con esta absurda idea de glorificar el consenso y el bipartidismo, obviando el hecho que que uno de los dos partidos está trabajando activamente para bloquear cualquier ley. El problema es que la minoría que quiere que el partido gobernante se estrelle tienen capacidad real para vetar la ley, así que esta clase de exigencias de pacto crean situaciones imposibles. Los medios informan que hay dos partidos y hay desacuerdo, pero no que este desacuerdo es realmente una estrategia racional de sabotaje.
El debate, sin embargo, no ha sido realmente un espectáculo inútil - al menos, no para los demócratas. Recordad que si quieren pueden aprobar una ley en solitario, utilizando una maniobra parlamentaria que evita la necesidad de obtener una supermayoría en el Senado (50 votos de 100 en vez de 60 de 100); lo que necesitan son agallas, y dejarse de historias sobre buscar consensos y hacer posturitas. El debate, en este sentido, creo que ha dejado bien claro varias cosas para los miembros del partido más cobarte del mundo:
Los republicanos creen que asegurar un 7% de los 45 millones de americanos que no tienen cobertura médica es una medida suficiente. Lo único que entienden por consenso es que los demócratas acepten esta idea.
Los demócratas, si quieren evitar que el aumento de los costes de sanidad lleven el país literalmente a la bancarrota (EUA gasta un 18% del PIB en sanidad, prácticamente el doble que la media de la OCDE, y los gastos suben más deprisa que en ningún sitio) están completamente sólos. La solución republicana es dejar a gente sin sanidad.
Los dos puntos más importantes, sin embargo, son los siguientes:
La Casa Blanca ha descartado completamente la posibilidad de aprobar una reforma de tercera que arregle el problema a medias. Nada de pasitos pequeños. La reforma será seria o no será.
Obama ha dicho claramente que se han acabado las bromas: si los Republicanos no quieren ni siquiera ceder un milímetro para llegar a un consenso, a pesar que la reforma es esencialmente una propuesta moderada (algo que el presidente señaló repetidamente), ahí se quedarán. El partido demócrata va a intentar aprobar la reforma en solitario.
Dicho en otras palabras: Obama está convencido que la ley es buena, y que una vez aprobada los hechos le darán la razón. Por tanto, va a hacer lo imposible para aprobar la reforma, aunque tenga que arrastrar a su partido entre alaridos, lloros y pataleos. El público real de este evento era, ante todo, el propio partido demócrata. El mensaje es que la ley es buena, necesaria, y moralmente correcta, pero, por encima de todo, que es ahora o nunca - y el Presidente está dispuesto a tirar del carro.
La ley es, realmente, una buena reforma. Ahora mismo, todo depende del valor de unas decenas de representantes en la cámara baja, y unos pocos senadores, que esta reforma sobreviva. Veremos cómo se mueven las cosas los próximos días. La sensación que tengo es que Obama ha puesto las cartas sobre la mesa, entrando a por todas - y en estas situaciones, los legisladores tienden seguir al líder del partido, especialmente cuando el objetivo final está tan, tan cerca.
Hace mes y medio dejamos la reforma de la sanidad en Estados Unidos en estado de crisis, víctima del súbito ataque de pánico de los congresistas demócratas tras perder un misérrimo escaño en el Senado. En las últimas dos semanas, sin embargo, la ley parece haber vuelto a la vida, lenta pero segura, y esta semana vuelve a ser motivo de debate y discusión, con la Casa Blanca trabajando duro para que sea aprobada. ¿Qué ha sucedido para que esto sea así?
Empecemos por una crónica de las últimas semanas - esta es un buen punto de partida. Primero, los demócratas se calmaron un poco. Tras los alaridos desesperados de los primeros días, el partido entró un poco en razón. Jonathan Chait lo explica bien aquí; básicamente, es más lógico y racional que aprueben algo, lo que sea, que suicidarse políticamente víctimas de un miedo desatado.
Hace tres o cuatro semanas, la ley volvió a aparecer en el debate político. Los medios la habían dado por muerta, pero Obama empezó a volver a hablar de ella. Primero fue en el discurso sobre el estado de la Unión, dando una cordial bronca a sus compañeros de partido. Después entre bastidores, con Pelosi y Reid (los líderes demócratas en ambas cámaras) empezando a contar votos. Finalmente, de forma brillante por el mismo presidente en su épico debate / masacre dialética con los republicanos en Baltimore, en una intervención digna de cierta serie televisiva de ficción. Obama estaba en la calle, hablando de la necesidad imperiosa de aprobar la reforma, retando a los conservadores a salir al ruedo y ofrecer ideas. Para acabar de reforzar el mensaje, las aseguradoras, en un ejemplo de torpeza épica, anunciaban increíbles subidas de precio (¡39%!) esos mismos días.
Volvamos al procedimiento legislativo americano, recordandocómo se aprueban las leyes en Estados Unidos: las dos cámaras tienen que votar a favor del mismo texto, y el Presidente tiene que firmar. En la reforma de la sanidad, los demócratas tienen dos textos distintos realmente muy parecidos entre ellos, tienen un acuerdo más o menos decente entre ambas cámaras sobre cómo sería la ley final… y no tienen los sesenta votos necesarios en el Senado (recordad que los republicanos están abusando del filibusterismo como posesos) para aprobarla utilizando el procedimiento normal.
Eso no quiere decir que no haya una salida. Para aprobar una reforma, los demócratas necesitan hacer dos cosas. Primero, la Cámara de Representantes tiene que aprobar la propuesta de ley aprobada por el Senado. Segundo, el Senado tiene que aprobar una serie de enmiendas a su propia ley que recojan los cambios pactados con la cámara baja, utilizando un procedimiento llamado reconciliación (mayoría pura) que evita los bloqueos vía filibusterismo. El problema, por descontado, es que los representantes no se fían de lo que haga el Senado, y quieren garantías que si aprueban el texto de sus “amigos” de la cámara alta (nota: no se aguantan) estos cumplirán con su palabra y cambiarán las cláusulas que consideran inaceptables.
Llegamos a esta semana. La Casa Blanca tiene dos objetivos. Primero, convencer a sus compañeros de partido que dejen de correr despavoridos, paren de apuñalarse unos a otros y se decidan a aprobar una reforma que necesitan desesperadamente (leed aquí por qué; Jonathan Bernstein lo explica mejor que yo). Segundo, necesita dar una cobertura política a su compañeros de partido, vendiendo agresivamente la ley a un público no demasiado convencido. La gente dice estar en contra de la ley en general, pero está a favor de las medidas que esta incluye; mejor comunicación (y el efecto que tiene una victoria legislativa en indecisos; “lo que gana, es bueno” es un lógica muy extendida) es algo necesario.
Para vender la reforma, la Casa Blanca ha convocado una cumbre bipartidista este jueves. La idea es tener un debate público con el Presidente y gente de ambos partidos, discutiendo y presentando ideas para mejorar la reforma. El lunes Obama presentó su propuesta, una combinación de los textos del Senado y Cámara de Representantes que (”curiosamente”) está cerca del consenso entre ambas cámaras (nota al margen: es la primera vez en todo el proceso que la Casa Blanca presenta un texto concreto), y retaba a los republicanos a que hicieran lo mismo.
Por descontado, los republicanos realmente no tienen nada que poner sobre la mesa (sus dos “grandes ideas” son o irrelevantes o peligrosas) y no tienen mucho que discutir; su oposición a la reforma ha sido básicamente una serie de alaridos irracionalistas, no una cuestión de principios. La ley incluye una cantidad tremenda de ideas conservadoras; de hecho, es un calco del modelo de Mitt Romney en Massachusetts (que ha funcionado bien) hace unos años. Si tienen que debatir en público, se los van a comer con patatas, así que llevan toda la semana a la defensiva, diciendo que la cumbre es puro teatro.
¿La verdad? Están en lo cierto. El debate de mañana es totalmente ficticio y básicamente artificial, ya que los demócratas están peleándose para aprobar la ley por si sólos. La táctica, sin embargo, parece que va a conseguir dejar a los republicanos en ridículo - en cierto sentido los demócratas están pagando con su propia medicina el alocado teatro del absurdo conservador de los últimos meses. De momento parece que los medios (Fox News excluído, pero esos son imposibles) se han tragado el invento de la Casa Blanca, y están muertos de ganas de ver la carnaza el jueves, en una partida que Obama tiene básicamente ganada.
Queda la segunda parte, atizar a su propio partido. De momento, están avanzando sin prisa (de hecho, con muy poca prisa) pero sin pausa, trabajando para aprobar la ley. La Casa Blanca está repartiendo tortas y dando caramelos con entusiasmo, intentado evitar que el entusiasmo de la izquierda pierda votos de los moderados del partido (muy a mi pesar, la public option está muerta), y mediando con energía y decisión ante todo conflicto. Obama realmente está utilizando su capacidad de atraer y dirigir el debate con energía estos días, dejando claro que quiere una ley.
¿Quiere decir esto que veremos una reforma este año? No tan rápido. Hace un mes le daba un 30% de posibilidades; hoy quizás subiría a un 50%. Como dice Ezra Klein, estamos hablando del partido demócrata, con su capacidad casi infinita de estrellarse contra obstáculos imaginarios; la reforma sigue teniendo que superar obstaculos considerables. Veremos cómo van las cosas el jueves, y si cómo se porta el partido político más desorganizado del mundo cuando toca demostrar algo parecido a coraje.
Leed el artículo de Citoyen aquí al lado sobre la resistencia irracional (y diría que casi autista, por su negación de la realidad) de no pocos “expertos” y actores políticos españoles - es muy, muy bueno. Solo añadir un par de cosas sobre las posibles reformas que el gobierno de Zapatero pueda aprobar estos días.
Los socialistas negociarán con unos y otros, y sacaran unos cuantos votos de los partidos de oposición responsables (CiU y PNV, que tienen más interés en gobernar España que el PP) para sacar adelante un paquete de reformas. Algo aprobarán, estoy seguro; todos los partidos implicados tienen incentivos para sacar medidas adelante: CiU está en ataque de seny preelectoral, y creo que el PNV por ahí anda. Con el pacto firmado y la ley aprobada, el PSOE (y los analistas de tercera en los medios) se apresurarán, a buen seguro, a cantar victoria, clamando que es un gran paso adelante para el gobierno Zapatero.
Una pequeña advertencia: no cantemos victoria tan deprisa. Un paquete de reformas saliendo del Congreso es una victoria en el Congreso, pero no quiere decir automáticamente que hemos solucionado un problema. Conseguir los votos (y el apoyo de partido y sindicatos) para aprobar medidas puede que quede muy bien a corto plazo, pero no nos llevará a ningún sitio si no arreglamos nada.
Cierto, quedaremos muy bien ante la prensa. El gobierno, con suerte, se quitará de encima en parte su imagen de zombie político inoperante que le está persiguiendo. La imagen, sin embargo, no les servirá de gran cosa si la economía sigue moribunda de aquí dos años.
Los periodistas, relaciones públicas y políticos tienden a preocuparse mucho de percepciones, de imagen, de mensaje - el debate siempre es quién gana, quién pierde y que cara de tonto se nos queda cuando metemos la pata. Los votantes, sin embargo, están muy ocupados mirando Lost como para prestar atención. En el 2012, cuando toque votar, mirarán la evolución de la economía en los dos últimos años (hasta ahí llega la “memoria” del electorado, según la mayoría de estudios) y escogeran qué papeleta ponen en la urna en consecuencia. Nada más. Las campañas, debates y fastos tienen un efecto muy limitado en el resultado final de una elecciones (como mucho, un par de puntos); si la economía sigue siendo horrible de aquí dos años, el PSOE se pegará un morrazo increíble igual, incluso contra Rajoy.
Llamadme romántico o ingenuo, pero es algo que realmente me gusta muchísimo de la administración Obama estos días. Muchos todólogos americanos llevan una temporada diciendo que la Casa Blanca debería haber aprobado una reforma de la sanidad pequeña, modesta y muy concreta y proceder a cantar victoria, en vez de intentar aprobar una ley ambiciosa. Como comenta Ezra Klein hoy, una reforma pequeñita quizás hubiera dado una victoria política a Obama, hecho a los medios felices y la vida más fácil a su partido; sin embargo, no hubiera hecho nada para solucionar el problema. Una ley que no arregla nada no vale la pena aprobarla, y punto (*).
Los votantes españoles no se acordarán, el día que vayan a las urnas, de los gloriosos consensos alcanzados el 2010. Si el paro sigue por encima del 18%, el PSOE va a comerse el marrón igual, no importa lo bien que hable: si el gobierno va a dedicarse a aprobar reformas, más vale que se centren en aprobar cosas que funcionen, no cosas que sean populares o no ofendan a nadie.
Uno de los episodios más gloriosos en The West Wing gira alrededor de las discusiones dentro de la Casa Blanca tras un par de derrotas políticas serias. El equipo del presidente está desmoralizado; se ven inefectivos, incapaces de pasar reformas reales en el país. No les cuesta demasiado darse cuenta que gran parte del problema parte de su propia timidez: no han sido capaces de utilizar y mostrar las virtudes de su (imposiblemente perfecto) presidente. Es hora de “Dejar que Bartlet sea Bartlet” - actuar decididamente, con el presidente tirando del carro.
Me parece que en la Casa Blanca alguien ha estado viendo The West Wing estos días: el mensaje es claramente “dejar que Obama sea Obama”. Todo empezo con el ya legendario turno de preguntas del presidente con los republicanos en Baltimore, una de las mejores discusiones políticas en décadas en Estados Unidos. Obama estuvo extraordinario, ganando el debate con una facilidad apabullante.
Para resolver el debate de la sanidad (y empujar a su partido en el Congreso a aprobar una reforma de una puñetera vez), Obama va a intentar hacer algo parecido a finales de este mes. La idea es celebrar una “cumbre” sobre sanidad televisada con miembros de ambos partidos; un debate abierto con luz y taquígrafos pidiendo ideas y discutiendo cambios para aprobar la ley.
Por descontado, es un debate con las cartas marcadas: la reforma propuesta en el Senado tiene ya de hecho un montón de ideas republicanas; es un plan muy moderado, prácticamente conservador. Uno de los grandes problemas que ha sufrido la reforma es que los demócratas (y los medios) han sido incapaces de explicar sus contenidos; forzando a los republicanos a discutir el fondo (y no esconderse detrás de un púlpito o micrófono amigo en Fox y decir todas las burradas que quieran) es una táctica brillante. El presidente puede ejercer de presidente (Bartlet, de nuevo), arbitrando un debate al que los republicanos no pueden renunciar a participar.
¿Funcionará? Eso espero. Es una táctica muy ambiciosa, casi peliculera. Los medios americanos adoran esta clase de bobadas, sin embargo; no me extrañaría que se lo tragaran pero bien. El presidente está tomando un riesgo serio - veremos si funciona. Por cierto, ¿alguien tomando notas en España?
No tengo demasiado tiempo para elaborar en detalle, pero me parece que es necesario comentar un par de cosas ante los increíblemente confusos artículos del País sobre Obama de este fin de semana. Primero, es una tontería decir que Obama abandonasu agenda de cambio - más que nada, porque la administración sigue con los mismos proyectos sobre la mesa. El problema es el Congreso, y más concretamente, el absurdamente antimayoritario Senado y el hecho que se necesiten 60 votos para hacer casi cualquier cosa. Los demócratas, aún con sus ingentes reservas de cobardía, han estado moviendo legislación poco a poco; el problema es que el partido republicano no quiere hacer absolutamente nada.
El artículo que se lleva un premio es este, por eso, preguntándose si aún queda presidencia. El tono es como si Obama fuera un presidente ampliamente odiado, con tasas de aprobación zapateriles en su casillero; la realidad, sin embargo, es mucho más tranquila, con Obama en un 49-45. No son números fantásticos, pero es donde estaba Reagan a estas alturas, con un nivel de desempleo parecido. Los demócratas están haciendo un ruido increíble en sus ataques de pánico, pero el presidente está, dentro de lo que cabe, en una situación bastante aceptable.
¿Qué tenemos que esperar esta semana? Dos cosas. Primero, parece que los demócratas están entrando en razón, y puede que hagan algo sobre reforma de la sanidad. Nada en concreto, pero están moviéndose en la dirección adecuada. Aún lo veo complicado, pero menos que ayer; ha pasado de un 20 a un 30%. Segundo, el miércoles el discurso sobre el estado de la Unión, evento televisado en directo por todas las cadenas. Obama tiene una oportunidad magnífica de poner las cosas claras y marcar la agenda. Veremos que dice.
Por cierto, una nota: el discurso del presidente parece que sea de cara a la opinión pública, pero no lo es. Como sucede en España, lo que marca si tu discurso es un éxito o un fracaso es la reacción de la prensa y opinadores profesionales, y como esta afecta a esa tropa de legisladores acomplejados que viven en el Congreso. Aún sin 60 senadores, hay maneras de aprobar legislación (como el método de reconciliación en el Senado, para leyes que afecten gasto y recaudación - con 51 basta), así que Obama aún tiene su margen de maniobra.
Es una semana importante. No empecemos a decir bobadas sobre funerales políticos porque alguien ha tenido una mala semana; si no, mirad cuántas veces he dado a Rajoy por muerto este último año y veréis por qué digo esto.
No quiero pecar de excesivamente optimista (estamos hablando del partido idiota demócrata, al fin y al cabo), pero parece que las cosas están estabilizándose un poco en la reforma sanitaria. A pesar que muchos demócratas siguen sumidos en un mar de dudas, algunas voces que vivían sumidas en el pánico ayer han dado marcha atrás hoy.
Barney Frank, sin ir más lejos, hoy decía que quizás sí que estaría dispuesto a votar a favor de la propuesta del Senado en la Cámara de Representantes, cuando ayer andaba sumido en la desesperación. Frank es un caso curioso: es un congresista judio y homosexual de un distrito liberal de Massachusetts, con una tendencia encomiable a decir lo que piensa sin el más mínimo tacto. Es muy progresista, valiente e increíblemente pragmático, uno de mis políticos americanos preferidos. Su derrotismo de ayer era realmente extraño, muy poco habitual en él.
¿Recordáis hace una temporada, cuando hablaba sobre eso tan americano de llamar a tu representante o senador? Parece que hoy no he sido el único en llamar al mío. Un buen puñado de votantes han hecho lo mismo, incluyendo no pocos en el distrito de Frank. Lo curioso (y por lo que sé, poco habitual, al menos en distritos grandes) es que el mismo congresista ha estado cogiendo el teléfono de vez en cuando, y hablando directamente con varios votantes. Por lo que han ido contando y explicando, la actitud de Frank ha ido cambiando según ha pasado el día hasta que ha cambiado de opinión (conversaciones aquí, aquí y aquí). Rosa DeLauro, mi congresista, no se ha puesto al teléfono cuando he llamado (soy un cochino residente, no un ciudadano), pero he lloriqueado igual.
Barney Frank no ha sido el único en cambiar (un poco) de discurso. La Casa Blanca ha estado insistiendo (no con demasiado entusiasmo aún, pero sin demasiada ambigüedad) que quieren que alguna reforma sea aprobada. Kent Conrad, un senador muy moderado, ha abierto la puerta a retocar la ley vía reconciliación si la Cámara de Representantes aprueba el texto del Senado. Los sindicatos andan diciendo que es mejor aprobar algo (y arreglarlo después) que quedarse en nada. Y la blogosfera progresista americana, con alguna excepción gloriosamente cejijunta, se ha dejado de historias y se ha puesto a pedir, de forma prácticamente unánime, que la reforma sea aprobada como la dejó el Senado, para bien o para mal.
Por descontado, esto no quiere decir que los demócrata hayan dejado de ser imbéciles. Hay algunos políticos han expresado alivio que ley vaya a fracasar, Lieberman sigue siendo imbécil (qué novedad) y algunos idiotas claman que una reforma en que el sector progresista del partido ha perdido todas las batallas (ni single payer, ni public option, ni medicare para gente de 55 años, etcétera) y que es un calco de la propuesta de Mitt Romney en Massachusetts (y Bob Dole en 1994) es de ultra-izquierda. La Casa Blanca está mostrando mucho menos entusiasmo de lo que debería, aunque su cautela tenga sentido. Muchos presuntos estrategas progresistas (como Lanny Davis o Mark Penn) están presionando con fuerza para que los demócratas huyan despavoridos avancen hacia la retaguardia y se olviden de la reforma. Y por descontado, el clásico sesgo pro-status quo de la mediocracia americana sigue a todo volumen, diciendo que perder un escaño (y pasar de tener el mayor margen en el Senado en treinta años a tener el segundo mayor margen) es como perder una mayoría absoluta.
Es muy difícil decir si los demócratas seguirán la vía de acción más lógica (aprobar del todo algo que ya han aprobado una vez) en vez de cabrear a todo el mundo a base de no hacer nada. La sensación que tengo (y no soy el único) es que realmente es ahora o nunca para los demócratas. Si no se ponen serios, le echan cojones y aprueban algo de una puñetera vez, esto destruirá completamente el partido. Las bases, con razón, llegarán a la conclusión que si el partido es incapaz de aprobar su proyecto central con una supermayoría en el Senado, Cámara de Representantes y la presidencia, no vale la pena mover un dedo por ellos. La izquierda americana (por llamar a estos idiotas de algún modo) sería oficialmente un caso perdido.
La verdad, no sé que va a suceder. La situación, ahora mismo, es muy fluida. Si la Casa Blanca se pone las pilas, las bases presionan, los representantes demócratas son visitados por inspiración divina y los astros son propicios, puede, con suerte, que tengamos reforma. Si eso no sucede… bueno, en noviembre veremos la mayor masacre electoral jamás vista en Estados Unidos. Vamos, que me saco la ciudadanía para votar en contra de los demócratas y todo.
Ahora mismo, le doy un 40-50%. Veremos. Actualización: Pelosi baja las expectativas, aun dejando una pequeña rendija abierta. Diría que la reforma tiene un 20% de posibilidades de sobrevivir. Las mismas, curiosamente, que el partido demócrata. Estoy de muy, muy, muy mala leche.
Aunque parezca increíble, la combinación de un 41% de escaños nihilistas en el Senado y una mayoría profundamente idiota puede hacer que eso suceda. Recordemos dónde está la ley ahora. Tras un año (¡!) de interminables negociaciones del partido idiota consigo mismo (y un par de meses tirados a la basura persiguiendo unos nihilistas listillos que pretendieron colaborar), tanta la Cámara de Representantes como el Senado aprobaron su versión de la ley. Desde finales de diciembre, negociadores de ambas cámaras están negociando un texto de consenso para llevarlo (de nuevo) a votación, con la idea de aprobar la ley antes de fin de mes. Por lo que parece, el texto final estaba básicamente cerrado, listo para enviarlo a la CBO y ser votado.
Pequeño problema: los demócratas idiotas tienen amplias mayorías en ambas cámaras para aprobar la ley, pero no tienen suficientes votos para cerrar el debate en el Senado. A pesar de tener 18 escaños más que el partido nihilista, la minoría puede (y lo hará con entusiasmo) cerrar la puerta a la ley completamente. El texto consensuado, apoyado por una mayoría abrumadora de la cámara, no puede llegar a ninguna parte. ¿O no?
No exactamente. Los idiotas tienen un plan B. Una ley necesita ser aprobada por mayoría simple en ambas cámaras; ahora mismo hay dos textos que cumplen este requisito en una de ellas. Si la Cámara de Representantes (que no necesita absurdas supermayorías) simplemente toma el texto del Senado y lo aprueba tal cual, la ley estará lista y Obama sólo tendrá que firmarla.
¿Suena fácil? Recordad que estamos hablando del partido idiota en este caso. Hoy mismo tenemos senadores como Evan Bayh (héroe político) diciendo que esto de pasar leyes cuando tienes un 59% de los escaños es algo que los votantes no quieren que suceda. Otros hombres de inacción como Jim Webb están completamente en contra de intentar votar antes que los nihilistas tengan su bien merecido derecho a veto. La Cámara de Representantes tiene un número significativo de idiotas diciendo que esto de aprobar reformas es peligroso y absurdo; algunos idiotas de izquierda porque dicen que la ley del Senado es demasiado moderada, otros porque dicen que esto de legislar ofende a sus donantesRush Limbaugh sus altos ideales.
¿Qué va a suceder ahora? La verdad, no estoy seguro. Los líderes demócratas en la Cámara de Representantes, con Nancy Pelosi al frente (de lejos la persona más cuerda en el manicomio que es el partido) parecen ser partidarios de aprobar la ley del Senado y punto. Los cambios negociados se pueden añadir después, utilizando una maniobra legislativa extraña (y extraordinariamente limitada) llamada reconciliación después para evitar el filibusterismo.
Si creyera que el partido idiota tiene una onza de cerebro, la respuesta sería muy sencilla. Aprobar la ley de reforma de la sanidad puede ser impopular a corto plazo (y la verdad, no está claro que realmente lo sea), pero dejar que el trabajo de décadas, la gran promesa electoral de Obama, el sueño eterno de todo el movimiento progresista americano muera víctima de un ataque de cagarrinas profundo derivado de perder un escaño de cien en el Senado es realmente una receta para el suicidio político. Por muy impopular que sea la ley, dejarla morir es de hecho mucho peor que aprobarla: las bases del partido demócrata se quedarán en casa, y la gente que odiaba la reforma no perdonaran la aventura a nadie gracias a un súbito ataque de lucidez/ pánico. Si quieren sobrevivir, tienen que aprobar algo, sea lo que sea. Son un avión en la pista de despegue, y se han quedado sin sitio para frenar. O vuelan, o se estrellan.
El problema, por descontado, es que este es el partido demócrata de Estados Unidos, no una entidad racional. Al lado de esta tropa, el PSOE de Zapatero es Ulises, Patroclo y todos los héroes de la guerra de Troya juntos, una coalición de guerreros infatigables que luchan contra monstruos invencibles. Si hay alguien capaz de desperdiciar una oportunidad histórica y renunciar a votar una segunda vez una ley que ya han aprobado, este es el partido demócrata.
El dilema, a estas alturas, es muy sencillo: sabemos que Estados tiene una minoría nihilista que no tiene cerebro (ni interés) para gobernar. Queda saber si la mayoría demócrata tiene los cojones para hacerlo, o prefiere resignarse a una condena eterna fruto de su ridícula incompetencia.
No me digáis que no es una forma estupenda de gobernar una superpotencia.
Por una vez la prensa española lo ha puesto en portada: sí, habrá reforma de sanidad. No hagáis caso a los que dicen que aún queda un paso muy difícil y peligroso, hacer que las dos cámaras se pongan de acuerdo en un texto conjunto. Es un trabajo complicado, pero a estas alturas es algo básicamente técnico, no político - los demócratas han cruzado ya el punto de no retorno en esta legislación. Sencillamente, los legisladores ya han puesto su voto sobre la mesa demasiadas veces como para poder atreverse a torpedear la ley en solitario.
Si todo va bien, a finales de enero serán las votaciones finales, con la ley pareciéndose bastante a lo que ha salido del Senado. A principios de febrero, Obama firmará. Es un logro político inmenso: la mayor ampliación de la red de protección social de Estados Unidos desde la aprobación de Medicare y Great Society en los años sesenta. Realmente, una gran noticia.
Este fin de semana Obama ha mostrado una de sus grandes virtudes en dos frentes bien distintos, cambio climático y sanidad. Ambos son problemas que hasta ahora parecían intratables, pero hoy tenemos dos acuerdos sobre la mesa - ambas menos ambiciosas de lo que deberían, pero en los dos casos probablemente lo mejor que uno podía conseguir. Obama, en vez de plantarse y protestar hasta decir basta, se ha dejado de historias y ha firmado, siendo ante todo pragmático.
Cierto, son victorias parciales. La reforma de la sanidad es menos ambiciosa de lo que debería, en gran parte porque le han dejado sólo. En contra de lo que dice Albert Esplugas, la ley sí es una reforma seria, con una cantidad ingente de medidas dirigidas a contener el gasto sanitario. Es cierto que podía haber sido una ley mejor, incluyendo aún más elementos de mercado (contando que el sistema más cercano al resultado final será el suizo, no es una reforma estatalista en absoluto), pero ha sido imposible ir más allá.
La propuesta “ideal” de reforma (y muy cercana en espíritu a lo que enlaza Albert aquí) era la propuestas Wyden-Bennet, que reforzaba muchísimo más los exchanges (mercados regulados de sanidad) y destruía el increíblemente torpe sistema de ofrecer sanidad a través de las empresas. Era una propuesta bipartidista, que cuando toco empezar a legislar los republicanos se negaron a apoyar - de hecho, se negaron a apoyar cualquier cosa, por conservadora que fuera. El resultado ha sido una ley pasada sólo con votos demócratas, y por tanto mucho más a la izquierda de lo que podría haber sido si la oposición hubiera sido más realista.
No es en absoluto extremista, por cierto. Copia en parte la reforma de Massachusetts, aprobada por un gobernador republicano (Mitt Romney, que ahora pretende no haber vivido allí), una ley que ha cumplido sus objetivos de forma admirable. Cierto, no ha reducido los costes demasiado (aunque ha conseguido que el estado deje de ser el más caro del país para conseguir seguro), pero la reforma nunca tuvo eso como objetivo; la idea era anter todo ampliar cobertura - y los estudios así lo demuestran.
Obama podría haber dicho que si no se pasaba una reforma perfecta (fuera de libre mercado o estatalista; eso no importa) se plantaba y aceptaba. La propuesta es aceptable, pero no perfecta - y ha preferido aceptarla.
En Copenhagen hemos visto algo parecido. El pacto alcanzado no es estelar, pero es un primer paso gigantesco: por primera vez los países en desarrollo aceptaron que ellos también deben reducir emisiones. No fue una gran victoria (no es un tratado cerrado y vinculante, etcétera), pero es un logro tremendo - y de nuevo, como en el caso de la sanidad, un primer paso. Hablaré más del acuerdo y sus problemas (espero) esta noche; aún así, vale la pena recalcar una cosa: un pequeño paso hacia adelante es siempre mejor que no tener nada - y más en una materia en que es necesario dar señales claras y aumentar el nivel de confianza de las partes antes de proceder.