El otro día alguien me comentaba que Obama era un tipo con con suerte. Ganó las primarias gracias en gran parte a la inmensa incompetencia del director de campaña de Hillary Clinton, Mark Penn. Ganó las generales gracias al tremendo error de McCain de escoger una idiota congénita como vicepresidente y la enorme pifia de Paulson de dejar que Lehman quebrara.
Una vez presidente, las cosas no es que cambiaran demasiado. Cuando la reforma de la sanidad parecía muerta en febrero, Wellpoint anunció que subía las primas de sus seguros un 30% en California, resucitando a los demócratas. La reforma del sistema financiero parecía encallada de forma irremisible, y esa misma semana Morgan Stanley anuncia primas descomunales para sus directivos y Goldman Sachs es llevada a juicio por la SEC. Su promesa de impulsar una reforma de inmigración estaba en el limbo, y Arizona aprueba un ley draconiana y completamente enloquecida sobre el tema. La ley de cambio climático se empatanaba en el Senado, y en apenas dos semanas una explosión en una mina de carbón mata decenas de mineros y un accidente en una plataforma petrolífera amenaza la costa de Luisiana.
Parece que todo lo sale bien, ¿verdad?. La verdad, no es tanto cuestión de suerte como cosa de correr riesgos. El sistema sanitario americano era un auténtico desastre, y precisamente por eso Obama se mete en el enorme berenjenal que era la reforma. Las aseguradoras daban malas noticias a sus clientes en forma de subidas de precios de forma rutinaria desde hacía años; con los medios centrados en la reforma, era previsible que algo así sucediera. La reforma del sistema financiero daba pie a algo parecido: Wall Street está lleno de cretinos que ganan demasiado dinero utilizando sistemas de fraude creativo a ojos de la opinión pública. Una vez la reforma entra en el debate político, algo así iba a suceder.
Eso que dicen que la suerte existe, sino que uno la busca es un tópico, pero es bastante cierto. Si un político se dedica a intentar activamente a resolver un problema, la atención de los medios tenderá a magnificar todo lo que encuentre. Noticias y eventos que no hubieran tenido demasiada cobertura en los medios (una subida de seguros, un ejemplo especialmente delirante de oligofrenia universitaria, un accidente en una mina de carbón) pasarán a ser cubiertos bajo el prisma de “presidente-arreglando-problemas” casi de inmediato. Las oportunidades políticas aparecen continuamente en aquellos sectores que funcionan mal. Sólo es necesario que haya un político cerca dispuesto a explotarlo de forma desalmada.
¿Digo esto pensando en cierto país de Europa occidental? No, en absoluto. Claro que no. Es sólo una pequeña observación aleatoria.
Hablando de cosas más substantivas, la reforma del sistema financiero la podemos dar casi por hecho; los republicanos cumplieron con lo que todo el mundo esperaba y apoyarán la reforma. Ahora sólo falta ver si la ley es lo suficiente dura. Cambio climático e inmagración lo veo aún bastante difícil, pero no imposible. No me extrañaría ver una versión relativamente descafeinada de la primera, y una espantosa batalla política que no lleva a ninguna parte (pero favorece a los demócratas) en la segunda. Pero sobre eso, mañana, si Dios quiere.
Los demócratas, por una vez, han hecho algo bien: han conseguido poner el miedo en el cuerpo a los republicanos. Es cierto que era una batalla completamente obvia y patéticamente fácil de ganar, pero aún así, por una vez, han conseguido que la derecha tenga un ataque de pánico, deje de berrear en bloque y se vea forzada a negociar por primera vez desde que Obama fue elegido.
El tema es, por descontado, la reforma del sistema financiero. Los conservadores tenían que escoger entre oponerse la reforma e inflingir una derrota a la administración Obama, ejerciendo de grandes defensores de Wall Street y los bancos, o pactar una reforma sorprendentemente dura (el texto del Senado será más restrictivo que el de la cámara baja, algo que no pasa casi nunca) concendiéndole una tremenda victoria política a los demócratas. Las encuestas dicen que la gente detesta Washington y los políticos, pero odia con la furia de mil soles a esos malditos banqueros que casi destruyeron el mundo, así que la decisión ha sido relativamente sencilla para ellos.
Parece que la estrategia de la administración Obama el año pasado era correcta: ir primero a por los dos programas más complicados políticamente (estímulo fiscal y sanidad), para apretar este año con una reforma tácticamente muy ventajosa (sistema financiero), otra menos polémica de lo que parecía (cambio climático -otro artículo pendiente) y otra que puede dividir a los republicanos de forma irreparable (inmigración). Si encima la economía empieza a recuperarse (algo que está sucediendo), el tipo va a parecer un puto genio.
Estímulo fiscal, ley de igualdad, Sotomayor en el supremo, regulación de tarjetas de crédito, reforma de la sanidad, sistema financiero, y becas universitarias en menos de dos años. Con suerte, añadiremos otro juez, retirada de tropas de Irak, sanciones a Irán, cambio climático y sanidad. Y después dirán que el tipo era un pufo.
Cielos santo. Aún no me lo acabo de creer. Tras catorce meses de peleas interminables, negociaciones idiotas, guerras santas y batallas políticas eternas, la Cámara de Representantes ha aprobado la reforma, 219-212.
Esta semana, si tengo tiempo, intentaré escribir un par de artículos explicando cómo hemos llegado hasta aquí, y discutiendo los efectos prácticos de esta reforma en la vida de los americanos, y en la salud fiscal del gobierno fiscal americano. Si tenéis tiempo -y paciencia- podéis echar un vistazo a la auténtica burrada de artículos que he escrito sobre el tema en los últimos meses - y vereís que la cosa ha sido difícil, larga y realmente desesperante.
Según empecemos a tener encuestas y reacciones, hablaré también sobre los efectos electorales de la reforma para los demócratas de cara a las legislativas de noviembre. Es difícil decir ahora mismo que sucederá, pero creo que aprobar la reforma es lo mejor que los demócratas podían hacer. Siempre comento que lo mejor que puede hacer un político si quiere ser reelegido es aprobar buenas leyes, y esta reforma lo es - y tiene efectos positivos casi inmediatos, incluso antes que entre todo en vigor. Cierto, perderán escaños, en parte porque sacaron un resultado increíble en el 2008, pero es mejor ir a las urnas diciendo “hemos aprobado una ley histórica (aunque no estéis seguros que sea buena)” a decir “tras catorce meses negociando una ley, decidimos que era mejor fracasar estrepitosamente“.
Un último repaso a lo que veremos en los próximos días. Primero, Obama firmará la ley del Senado, seguramente este martes - la reforma es oficial. Esta ley, sin embargo, tiene varios preceptos y medidas dudosas (como el pacto con Ben Nelson), así que la Cámara de Representantes ha pasado un paquete de enmiendas. El martes o miércoles se espera que la cámara alta recoja el guante y, tras veinte horas de debate (el mínimo al utilizar el procedimiento de reconciliación, vía mayoría simple) voten esos arreglos.
Una vez suceda esto, el trabajo de los demócratas estará completo. La ley final, con enmiendas, estará en los libros.
Un pequeño comentario. La primera vez que un presidente de los Estados Unidos aprobó de crear un sistema de sanidad universal fue en tiempos de Teddy Roosevelt, hace un siglo. Franklin Roosevelt, Harry Truman, Lyndon Johnson, Richard Nixon y Bill Clinton intentaron aprobar una reforma. Todos ellos fracasaron. Barack Obama, catorce meses después de llegar a la presidencia, ha sacado esta ley adelante.
El mérito, sin embargo, no es sólo de Obama. De hecho, creo que Nancy Pelosi, la líder de la Cámara de los Representantes, y Harry Reid, líder de los demócratas en el Senado, han hecho un trabajo realmente increíble reuniendo los votos y moviendo la legislación en el Congreso. Pelosi probablemente salvó la reforma en enero; es uno de los mejores políticos de Estados Unidos, y estos dos meses lo ha demostrado.
Siempre me quejo que los periodistas utilizan la expresión “día histórico” demasiado a menudo. Hoy, sin embargo, está plénamente justificado. Los demócratas han cambiado Estados Unidos para siempre: la sanidad es un derecho, no un privilegio.
…
Nota al margen: preguntas, peticiones, y súplicas variadas, en los comentarios; así escribiré antes. La pregunta obvia esta semana será, por cierto, por qué esta vez sí - qué ha hecho esta administración, este Congreso, para que la ley esta vez pasara. Estados Unidos era una anomalía, y ha dejado de serlo. Algo ha cambiado; falta saber qué.
21 de marzo es la fecha. Este domingo, la Cámara de Representantes del Congreso de los Estados Unidos votará, por (pen)última vez, para intentar aprobar la reforma de la sanidad (texto final aquí).
Hoy se ha hecho pública la última pieza del puzzle. La Oficina Presupuestaria del Congreso, esa CBO de la que hablaba hace en Junio del año pasado, ha publicado la última estimación sobre el coste de la ley. Los demócratas prometieron que la votación sería 72 horas después que el informe de la CBO se hiciera público - es decir, este domingo.
¿Por qué es importante este informe? La CBO es el “árbitro” fiscal del Congreso; una agencia rigurosamente independiente que analiza las leyes antes de ser votadas y estudia su coste durante los diez años siguientes. Son estrictamente imparciales, y habitualmente muy pesimistas en sus predicciones. Los demócratas al redactar la ley se han tomado muy en serio intentar conseguir un informe favorable de esta agencia, y lo han hecho por muy buenos motivos.
Para empezar, recibir un aprobado de la CBO vende muy bien políticamente. La prensa (y hasta hace poco, el partido republicano) toman los veredictos como si fueran un oráculo infalible, así que es un filtro crucial. Más importante aún, sin embargo, es el hecho que uno de los objetivos de aprobar una reforma sanitaria es puramente fiscal: los costes sanitarios en Estados Unidos (especialmente en el sector privado, pero también en el público) están creciendo de forma desaforada, hasta el punto que si se mantiene el status quo se convertirán en algo totalmente insostenible. No es sólo cuestión de universalizar la sanidad; si la ley no reduce el crecimiento del gasto, será algo básicamente inútil.
De acuerdo, entonces: ¿qué ha dicho la CBO? La ley cuesta 940.000 millones de dólares durante los primeros diez años de implementación, cubre al 95% de los residentes legales en Estados Unidos… y reduce el déficit fiscal americano 138.000 millones la primera década, y 1,2 billones los diez años sucesivos. Es decir, cubre a casi todo el mundo, reduce la velocidad de crecimiento del gasto sanitario a medio plazo, y recorta el déficit de forma activa y duradera a largo plazo. Podéis leer el análisis aquí. Un repaso a la estructura básica de la ley aquí - y aquí un análisis de las novedades en la última versión, en medidas y costes comparado con las versiones anteriores.
¿Suena bien, verdad? Parece mentira, pero de hecho es una buena ley. Los demócratas, aún con su infinita torpeza moviendo la legislación en el Congreso (y el impresentable obstruccionismo republicano), han producido una ley sorprendentemente coherente. Pelosi, Obama y Reid se han tomado muy serio tener una reforma que reduzca el déficit - más aún, que la siempre pesimista CBO juzgue que el ahorro puede funcionar.
Ahora las cosas están claras. Los demócratas tienen una buena ley sobre la mesa: centrista, moderada, da cobertura a 32 millones de personas que no la tienen (los inmigrantes ilegales quedan fuera, por cierto) y reduce el déficit. Es una mejora radical comparado con el increíblemente ineficiente sistema actual - es una mejora substancial, obvia, incluso vista desde los siempre pesimistas ojos de la CBO.
¿Parece fácil, verdad? Es una de esas cosas que en cualquier sitio del mundo tendría un resultado obvio y evidente. En Estados Unidos… bueno, digamos que el partido demócrata es un monstruo complicado. Conseguir llegar a 216 “síes” es, como mínimo, complicado - y exige esfuerzos titánicos por parte de los jefes del partido. Obama, sin ir más lejos, voló a Ohio con Dennis Kucinich, un representante que quería votar en contra, y le montó un mitin en su distrito (imágenes aquí), para presionarle un poquitín. Kucinich, uno de los pocos demócratas que se oponía a la ley por ser demasiado centrista, ayer decidió cambiar su voto. Llevamos toda la semana de este modo, y la presión será increíble de aquí a domingo.
El problema, como de costumbre, nace de un dilema del prisionero. Es un problema de acción colectiva: muchos demócratas (básicamente, los que siguen indecisos) tienen como primera opción que la ley sea aprobaba, pero con ellos votando en contra para cubrirse las espaldas, segunda que la ley sea aprobada, con ellos votando a favor, tercero que la ley fracase, con ellos votando en contra, y cuarto que fracase con ellos votando a favor. Nate Silver tiene una explicación excelente sobre la cuidadosa estrategia que Nancy Pelosi tiene que seguir para ir sumando síes poco a poco - leedle. Hacer malabares con motosierras en llamas creo que suena sencillo después de eso.
Nos quedan pues tres días de dolor y sufrimiento - con declaraciones fuera de tono, insinuaciones y representantes retorciéndose de forma desesperada ante los latigazos de los líderes del partido. Si tuviera que apostar, diría que la ley está un poco más cercano hoy que hace un par de días, pero aún no es seguro que sea aprobada. Por lo que cuentan en los pasillos del Capitolio, los demócratas están a cuatro o cinco votos de alcanzar 216 - a tres días vista, un número fantástico; sólo tienen que estrangular cariñosamente seis o siete tipos para alcanzar el número mágico.
Este domingo 21 de marzo, con suerte, la Cámara de Representantes votará la ley final y el paquete de enmiendas de reconciliación del Senado. La propuesta del Senado, en ese momento, será ley - Obama ya podrá firmarla. La semana que viene, si todo va bien, el Senado ratificaría las enmiendas por mayoría simple -reconciliación, recordad- y la ley que hemos conocido hoy, este estupendo texto legislativo, será ley. La tierra prometida. Lo nunca visto. Estados Unidos, con una ley de sanidad (casi) universal.
Cruzad los dedos, rezad, lo que sea. Ahora sí, estamos muy cerca.
Esta semana sí. Esta semana los demócratas va a intentar aprobar la reforma de la sanidad.
Esta vez va en serio. La cosa irá como sigue. Primero, la cámara de representantes votará el texto del Senado. Esto hará que la sanidad esté oficialmente aprobada; Obama podría ya firmar, con la cámara alta entrando en vigor de inmediato. La cosa no quedará ahí, sin embargo; el texto del Senado tiene unas cuantas cosas que no gustan a los representantes. Para solucionar esto, la cámara baja aprobaría inmediatamente una ley con enmiendas sobre la reforma recién aprobabada, dedicada básicamente a cambiar varios capitulos de gasto e impuestos. Con esta enmienda aprobada, el Senado votaría esas enmiendas utilizando el procedimiento de reconciliación, de modo que la ley refleje un punto medio entre ambas cámaras.
¿Por qué este procedimiento tan recontracomplicado? Básicamente, porque los republicanos no han dejado otra opción. El procedimiento normal sería que las dos cámaras enmendaran la ley en conferencia y votaran el texto consensuando por separado. El problema, claro está, es que los demócratas no tienen los sesenta votos necesarios en el Senado para cerrar el debate (sí, el dichoso filibusterismo) - y los republicanos se niegan a permitir que una ley pase por mayoría simple.
Aquí es donde entra el procedimiento de reconciliación: las leyes aprobadas con este método no pueden ser bloqueadas vía filibusterismo; el tiempo de debate está limitado (si mal no recuerdo) a 30 horas. Es una maniobra rebuscada que abre la puerta a aprobar la ley por mayoría absoluta en vez de una supermayoría absurda.
Esta es la idea básica; los demócratas tienen otras opciones, como declarar la ley como adoptada (sin votarla) y aprobar directamente enmiendas en la Cámara de Representantes. No sé si lo harán (se ha hecho con otras leyes, pero es un método un poco cafre), pero parece claro que esta semana están trabajando duro, durísimo para atar los últimos votos.
Todos los que piden el fin de la disciplina de partido harían bien de seguir el debate en Estados Unidos esta semana. Los demócratas necesitan 216 votos, y tienen 255 representantes - y atar los votos suficientes es un ejercicio desesperante. Los líderes del partido están intentando convencer a miembros recalcitrantes de forma desesperada. Obama está reuniéndose en persona con decenas de representantes, tratando de convencerlos que su presidencia depende de ellos. Los sindicatos y grupos de presión demócratas están diciendo a todo aquel que tenga dudas que si votan en contra le montarán unas primarias de inmediato, a ver si espabilan. Todo Dios está pidiendo a sus bases que llamen a sus representantes como locos, berreando a pleno pulmón que su vida depende de ello. Y por descontado, hay anuncios en televisión a todas horas, de todos los colores, gastándose millonadas pidiendo votos a favor o en contra. Es una especie de aquelarre histérico de relaciones públicas, intentando aprobar una reforma realmente muy moderada.
¿La verdad? Es un voto difícil, pero creo que la reforma saldrá adelante. Primero, porque los demócratas parecen haber entendido eso que “de perdidos, al río“: más vale llegar a las elecciones en noviembre fardando por haber aprobado esa reforma que nadie ha conseguido pasar hasta ahora que defendiendo el hecho que intentaron pasar algo, votaron a favor una vez, y la pifiaron en la siguiente.
Segundo, todo indica que según la reforma empieza a clarificarse y el debate es “demócratas contra republicanos” en vez de “demócratas siendo incapaces de ponerse de acuerdo” la opinión de los votantes sobre la ley ha ido mejorando. Todas las encuestas llevan diciendo hace tiempo que si describes la ley sin decir que es “la reforma de Obama” la gente apoya las medidas cuando las escucha; parece cada vez más claro que la ley será más popular una vez entre en vigor.
Tercero, Nancy Pelosi nunca ha perdido una votación importante. La Casa Blanca y los líderes demócratas no estarían hablando de pasar la ley con esta fuerza si no estuvieran relativamente seguros que tendrán los votos sobre la mesa. Rahm Emmanuel sería capaz de estrangular a su madre si eso le da dos votos en el Congreso; no creo que estén jugándose el cuello de este modo si no supieran que la pueden aprobar.
Cuarto, y esto si es más subjetivo, porque Obama está haciendo esto:
Es corto; vale la pena verlo - y tomar notas. El mensaje es muy sencillo: no sé si la reforma de la sanidad me dará votos o no. No sé qué dicen las encuestas. Lo que sí sé es que uno, salí elegido con la promesa que iba hacer lo que era mejor para el país, y dos, estoy convencido que esta reforma es imprescindible, urgente. Es hora de ser valientes, apretar los dientes y aprobar la reforma, porque es lo que conviene al país. No estoy aquí para politiqueo - estoy para aprobar cosas que funcionen.
¿Alguien sabe de algún presidente europeo que podría utilizar esa clase de retórica? Pues eso.
Que quede claro, no está todo hecho, ni mucho menos. Estamos hablando del partido demócrata, esa organización que ha sido incapaz de aprobar esta misma reforma en los últimos doce meses. De todos modos, si tuviera que apostar, diría que hay un 65% de probabilidades que tengamos una reforma de la sanidad la semana que viene. Veremos.
La cumbre sobre la sanidad en Estados Unidos llegó y pasó, y es difícil decir realmente qué ha cambiado. El asunto ha durado siete horas, con un debate a ratos denso, a ratos lleno de retórica idiota sobre cómo reformar el desastroso sistema de salud del país.
No comentaré demasiado sobre el debate en sí; lo he seguido durante el día en la oficina, como ruido de fondo cuando he podido, y la verdad, no es que nadie haya dicho algo nuevo. En general diría que el debate lo han ganado los demócratas; los republicanos presentaban un plan excepcionalmente limitado (sólo daría cobertura a 3 de los 45 millones de americanos sin seguro) y sus argumentos eran, en general, entre ridículos y contradictorios. A efectos prácticos, sin embargo, esto no tiene demasiada importancia, ya que los medios no se van a preocupar de informar sobre estos detalles nímios como los efectos de una posible reforma; lo importante hoy era la carnaza, y aquí el efecto es más difícil de definir.
Los medios se están fijando en dos cosas. La primera, la muerte de Andrew Koenig y de una cuidadora de orcas en Seaworld (en fin), y la segunda, el hecho que de bipartidismo poco, y que no se ha llegado a ningún acuerdo. Los medios querían o un circo o una especie de catarsis de estadistas responsables, y lo único que han visto es siete horas de debate sesudo con gente que no se ponía de acuerdo, así que están dando esa noticia, frunciendo todos el ceño.
¿Sorpresa? Ninguna, de hecho. Ya he mencionado antes que los republicanos (como Rajoy) no tienen el más mínimo incentivo para pactar. La prensa americana, sin embargo, sigue emperrada con esta absurda idea de glorificar el consenso y el bipartidismo, obviando el hecho que que uno de los dos partidos está trabajando activamente para bloquear cualquier ley. El problema es que la minoría que quiere que el partido gobernante se estrelle tienen capacidad real para vetar la ley, así que esta clase de exigencias de pacto crean situaciones imposibles. Los medios informan que hay dos partidos y hay desacuerdo, pero no que este desacuerdo es realmente una estrategia racional de sabotaje.
El debate, sin embargo, no ha sido realmente un espectáculo inútil - al menos, no para los demócratas. Recordad que si quieren pueden aprobar una ley en solitario, utilizando una maniobra parlamentaria que evita la necesidad de obtener una supermayoría en el Senado (50 votos de 100 en vez de 60 de 100); lo que necesitan son agallas, y dejarse de historias sobre buscar consensos y hacer posturitas. El debate, en este sentido, creo que ha dejado bien claro varias cosas para los miembros del partido más cobarte del mundo:
Los republicanos creen que asegurar un 7% de los 45 millones de americanos que no tienen cobertura médica es una medida suficiente. Lo único que entienden por consenso es que los demócratas acepten esta idea.
Los demócratas, si quieren evitar que el aumento de los costes de sanidad lleven el país literalmente a la bancarrota (EUA gasta un 18% del PIB en sanidad, prácticamente el doble que la media de la OCDE, y los gastos suben más deprisa que en ningún sitio) están completamente sólos. La solución republicana es dejar a gente sin sanidad.
Los dos puntos más importantes, sin embargo, son los siguientes:
La Casa Blanca ha descartado completamente la posibilidad de aprobar una reforma de tercera que arregle el problema a medias. Nada de pasitos pequeños. La reforma será seria o no será.
Obama ha dicho claramente que se han acabado las bromas: si los Republicanos no quieren ni siquiera ceder un milímetro para llegar a un consenso, a pesar que la reforma es esencialmente una propuesta moderada (algo que el presidente señaló repetidamente), ahí se quedarán. El partido demócrata va a intentar aprobar la reforma en solitario.
Dicho en otras palabras: Obama está convencido que la ley es buena, y que una vez aprobada los hechos le darán la razón. Por tanto, va a hacer lo imposible para aprobar la reforma, aunque tenga que arrastrar a su partido entre alaridos, lloros y pataleos. El público real de este evento era, ante todo, el propio partido demócrata. El mensaje es que la ley es buena, necesaria, y moralmente correcta, pero, por encima de todo, que es ahora o nunca - y el Presidente está dispuesto a tirar del carro.
La ley es, realmente, una buena reforma. Ahora mismo, todo depende del valor de unas decenas de representantes en la cámara baja, y unos pocos senadores, que esta reforma sobreviva. Veremos cómo se mueven las cosas los próximos días. La sensación que tengo es que Obama ha puesto las cartas sobre la mesa, entrando a por todas - y en estas situaciones, los legisladores tienden seguir al líder del partido, especialmente cuando el objetivo final está tan, tan cerca.
Hace mes y medio dejamos la reforma de la sanidad en Estados Unidos en estado de crisis, víctima del súbito ataque de pánico de los congresistas demócratas tras perder un misérrimo escaño en el Senado. En las últimas dos semanas, sin embargo, la ley parece haber vuelto a la vida, lenta pero segura, y esta semana vuelve a ser motivo de debate y discusión, con la Casa Blanca trabajando duro para que sea aprobada. ¿Qué ha sucedido para que esto sea así?
Empecemos por una crónica de las últimas semanas - esta es un buen punto de partida. Primero, los demócratas se calmaron un poco. Tras los alaridos desesperados de los primeros días, el partido entró un poco en razón. Jonathan Chait lo explica bien aquí; básicamente, es más lógico y racional que aprueben algo, lo que sea, que suicidarse políticamente víctimas de un miedo desatado.
Hace tres o cuatro semanas, la ley volvió a aparecer en el debate político. Los medios la habían dado por muerta, pero Obama empezó a volver a hablar de ella. Primero fue en el discurso sobre el estado de la Unión, dando una cordial bronca a sus compañeros de partido. Después entre bastidores, con Pelosi y Reid (los líderes demócratas en ambas cámaras) empezando a contar votos. Finalmente, de forma brillante por el mismo presidente en su épico debate / masacre dialética con los republicanos en Baltimore, en una intervención digna de cierta serie televisiva de ficción. Obama estaba en la calle, hablando de la necesidad imperiosa de aprobar la reforma, retando a los conservadores a salir al ruedo y ofrecer ideas. Para acabar de reforzar el mensaje, las aseguradoras, en un ejemplo de torpeza épica, anunciaban increíbles subidas de precio (¡39%!) esos mismos días.
Volvamos al procedimiento legislativo americano, recordandocómo se aprueban las leyes en Estados Unidos: las dos cámaras tienen que votar a favor del mismo texto, y el Presidente tiene que firmar. En la reforma de la sanidad, los demócratas tienen dos textos distintos realmente muy parecidos entre ellos, tienen un acuerdo más o menos decente entre ambas cámaras sobre cómo sería la ley final… y no tienen los sesenta votos necesarios en el Senado (recordad que los republicanos están abusando del filibusterismo como posesos) para aprobarla utilizando el procedimiento normal.
Eso no quiere decir que no haya una salida. Para aprobar una reforma, los demócratas necesitan hacer dos cosas. Primero, la Cámara de Representantes tiene que aprobar la propuesta de ley aprobada por el Senado. Segundo, el Senado tiene que aprobar una serie de enmiendas a su propia ley que recojan los cambios pactados con la cámara baja, utilizando un procedimiento llamado reconciliación (mayoría pura) que evita los bloqueos vía filibusterismo. El problema, por descontado, es que los representantes no se fían de lo que haga el Senado, y quieren garantías que si aprueban el texto de sus “amigos” de la cámara alta (nota: no se aguantan) estos cumplirán con su palabra y cambiarán las cláusulas que consideran inaceptables.
Llegamos a esta semana. La Casa Blanca tiene dos objetivos. Primero, convencer a sus compañeros de partido que dejen de correr despavoridos, paren de apuñalarse unos a otros y se decidan a aprobar una reforma que necesitan desesperadamente (leed aquí por qué; Jonathan Bernstein lo explica mejor que yo). Segundo, necesita dar una cobertura política a su compañeros de partido, vendiendo agresivamente la ley a un público no demasiado convencido. La gente dice estar en contra de la ley en general, pero está a favor de las medidas que esta incluye; mejor comunicación (y el efecto que tiene una victoria legislativa en indecisos; “lo que gana, es bueno” es un lógica muy extendida) es algo necesario.
Para vender la reforma, la Casa Blanca ha convocado una cumbre bipartidista este jueves. La idea es tener un debate público con el Presidente y gente de ambos partidos, discutiendo y presentando ideas para mejorar la reforma. El lunes Obama presentó su propuesta, una combinación de los textos del Senado y Cámara de Representantes que (”curiosamente”) está cerca del consenso entre ambas cámaras (nota al margen: es la primera vez en todo el proceso que la Casa Blanca presenta un texto concreto), y retaba a los republicanos a que hicieran lo mismo.
Por descontado, los republicanos realmente no tienen nada que poner sobre la mesa (sus dos “grandes ideas” son o irrelevantes o peligrosas) y no tienen mucho que discutir; su oposición a la reforma ha sido básicamente una serie de alaridos irracionalistas, no una cuestión de principios. La ley incluye una cantidad tremenda de ideas conservadoras; de hecho, es un calco del modelo de Mitt Romney en Massachusetts (que ha funcionado bien) hace unos años. Si tienen que debatir en público, se los van a comer con patatas, así que llevan toda la semana a la defensiva, diciendo que la cumbre es puro teatro.
¿La verdad? Están en lo cierto. El debate de mañana es totalmente ficticio y básicamente artificial, ya que los demócratas están peleándose para aprobar la ley por si sólos. La táctica, sin embargo, parece que va a conseguir dejar a los republicanos en ridículo - en cierto sentido los demócratas están pagando con su propia medicina el alocado teatro del absurdo conservador de los últimos meses. De momento parece que los medios (Fox News excluído, pero esos son imposibles) se han tragado el invento de la Casa Blanca, y están muertos de ganas de ver la carnaza el jueves, en una partida que Obama tiene básicamente ganada.
Queda la segunda parte, atizar a su propio partido. De momento, están avanzando sin prisa (de hecho, con muy poca prisa) pero sin pausa, trabajando para aprobar la ley. La Casa Blanca está repartiendo tortas y dando caramelos con entusiasmo, intentado evitar que el entusiasmo de la izquierda pierda votos de los moderados del partido (muy a mi pesar, la public option está muerta), y mediando con energía y decisión ante todo conflicto. Obama realmente está utilizando su capacidad de atraer y dirigir el debate con energía estos días, dejando claro que quiere una ley.
¿Quiere decir esto que veremos una reforma este año? No tan rápido. Hace un mes le daba un 30% de posibilidades; hoy quizás subiría a un 50%. Como dice Ezra Klein, estamos hablando del partido demócrata, con su capacidad casi infinita de estrellarse contra obstáculos imaginarios; la reforma sigue teniendo que superar obstaculos considerables. Veremos cómo van las cosas el jueves, y si cómo se porta el partido político más desorganizado del mundo cuando toca demostrar algo parecido a coraje.
Uno de los episodios más gloriosos en The West Wing gira alrededor de las discusiones dentro de la Casa Blanca tras un par de derrotas políticas serias. El equipo del presidente está desmoralizado; se ven inefectivos, incapaces de pasar reformas reales en el país. No les cuesta demasiado darse cuenta que gran parte del problema parte de su propia timidez: no han sido capaces de utilizar y mostrar las virtudes de su (imposiblemente perfecto) presidente. Es hora de “Dejar que Bartlet sea Bartlet” - actuar decididamente, con el presidente tirando del carro.
Me parece que en la Casa Blanca alguien ha estado viendo The West Wing estos días: el mensaje es claramente “dejar que Obama sea Obama”. Todo empezo con el ya legendario turno de preguntas del presidente con los republicanos en Baltimore, una de las mejores discusiones políticas en décadas en Estados Unidos. Obama estuvo extraordinario, ganando el debate con una facilidad apabullante.
Para resolver el debate de la sanidad (y empujar a su partido en el Congreso a aprobar una reforma de una puñetera vez), Obama va a intentar hacer algo parecido a finales de este mes. La idea es celebrar una “cumbre” sobre sanidad televisada con miembros de ambos partidos; un debate abierto con luz y taquígrafos pidiendo ideas y discutiendo cambios para aprobar la ley.
Por descontado, es un debate con las cartas marcadas: la reforma propuesta en el Senado tiene ya de hecho un montón de ideas republicanas; es un plan muy moderado, prácticamente conservador. Uno de los grandes problemas que ha sufrido la reforma es que los demócratas (y los medios) han sido incapaces de explicar sus contenidos; forzando a los republicanos a discutir el fondo (y no esconderse detrás de un púlpito o micrófono amigo en Fox y decir todas las burradas que quieran) es una táctica brillante. El presidente puede ejercer de presidente (Bartlet, de nuevo), arbitrando un debate al que los republicanos no pueden renunciar a participar.
¿Funcionará? Eso espero. Es una táctica muy ambiciosa, casi peliculera. Los medios americanos adoran esta clase de bobadas, sin embargo; no me extrañaría que se lo tragaran pero bien. El presidente está tomando un riesgo serio - veremos si funciona. Por cierto, ¿alguien tomando notas en España?
La Casa Blanca anuncia una congelación del gasto federal discrecional a partir del año 2011. Este capítulo del presupuesto se mantendrá inamovible en términos nominales al mismo nivel durante tres años (2011, 2012 y 2013), en un movimiento para controlar el déficit público federal.
¿Suena imponente, verdad? Hora de mirar la letra pequeña. Primero, es gasto federal discrecional excluyendo cuatro departamentos: defensa, veteranos, seguridad nacional (homeland security; y no, no lo voy a traducir como seguridad del terruño que es mi hogar) y misiones exteriores del departamento de estado. La congelación del gasto tampoco afectará los llamados entitlements, es decir, los programas que son derechos sociales adquiridos: desempleo, Medicaid, Medicare y Seguridad Social.
Ahora adivinad dónde está el grueso del gasto público federal. Veteranos, estado y el Servicio de Seguridad Interna (SSI) seguridad nacional son relativamente pequeños; Defensa es una burrada de dinero gigantesca, enorme. Desempleo y food stamps son completamente cíclicos, y no genera déficits a largo plazo (si la recesión no se eterniza). la Seguridad Social es un gasto gigantesco, pero es políticamente intocable - aparte que es básicamente solvente hasta el 2042-2045, así que no es un problema urgente. Medicaid es relativamente grand y cada vez más caro; el gran problema es que crea un déficit a los estados. Medicare es gigantesco, está en problemas graves (entra en números rojos en serio en menos de diez años) y es la gran fuente de los problemas de déficit a largo plazo.
Dicho en otras palabras: si el Congreso acepta la propuesta de Obama, el déficit se reduciría en $250.000 millones en diez años. El gasto militar de los Estados Unidos el año que viene es 573.000 millones. El ahorro sería un 3% del déficit federal, con los recortes empezando con la recesión ya finalizada. Dicho en otras palabras, calderilla presupuestaria.
La verdad, no acabo de entender qué narices pretenden. Los demócratas tienen sobre la mesa un fantástico programa de reducción de déficit público, la reforma de la sanidad. Es una propuesta que no sólo reduce el déficit en agregado sino que además lo hace controlando el gasto en el capítulo del presupuesto que genera prácticamente todo el déficit a largo plazo (las pensiones de jubilación tienen un peso muy menor). Por descontado, los muy patanes han sido incapaces de venderlo así, que tenemos al presidente vendiendo estas cosas raras.
Porque realmente, es una idea extraña. Obama está básicamente aceptando la explicación de los republicanos sobre su (realmente no demasiado baja) popularidad y la derrota electoral en Massachusetts la semana pasada. No es el paro, no es la inoperancia del partido demócrata, no es la patética “negociación” de una ley de la sanidad que es de hecho francamente buena, no es la cobardía de un partido que parece incapaz de aceptar que ganaron las jodidas elecciones. La Casa Blanca ha decidido que dan por bueno esto del “déficit”, a pesar de ser un concepto que la inmensa mayoría de votantes no entiende demasiado. En vez de contradecir la oposición, le dan la razón, permitiendo que los conservadores tengan (como de costumbre) la iniciativa dialéctica.
Por descontado, los republicanos no se van a quedar todo complacidos, diciendo que por fin les dan la razón. Si no son tontos (son nihilistas, pero no imbéciles), todo lo que haga a partir de Obama que implique gastar un dólara será una muestra galopante de hipocresía. Nate Silver y Marc Ambinder dicen exactamente eso, y creo que tienen razón; es una idea difícil de vender.
Para poner las cosas más difíciles, Obama pretende congelar el gasto en agregado, no en todos los programas. Esto quiere decir que la administración intentará aumentar el gasto en programas “buenos” (digamos educación, I+D, gatitos) mientras reduce el gasto en programas “malos” (como las excepcionalmente incompetentes subvenciones agrícolas). Como señala Ezra Klein, esto es una maniobra peligrosa: los programas malos están allí porque tienen muchos amigos en el Congreso (Monsanto ama la subvenciones agrícolas), mientras que los buenos son pequeños porque realmente no tienen demasiados amigotes (los pobres no tienen lobistas pidiendo guarderías). Si Obama quiere meterse en gloriosas batallas políticas para reducir las subvenciones a Monsanto los pobres granjeros de la América profunda, buena suerte. La va a necesitar.
¿La verdad? Tengo la sensación que la Casa Blanca está volviendo a esa vieja táctica de presidentes demócratas pasados: pegarle un puñetazo a un hippie. Si uno quiere demostrar que es moderado, nada como hacer algo que pongo de los nervios a todo lo que quede a su izquierda. Obama ha echado un vistazo a las encuestas, ha visto que podía perder a los centristas (ahora anda empatado) y ha decidido pillar un tema irrelevante que rebote a la izquierda algo serio, y hala, a quedar como el responsable gobernante centrista.
En resumen, es una medida esencialmente política. La Casa Blanca busca ganar la inciativa a base de intentar parecer gente seria. El problema es que con la base horriblemente desmoralizada antes de las elecciones, esto puede que acabe por ser contraproducente - más aún si se combina con una serie de medidas fiscales (¿más rebajas de impuestos? ¿en serio?) horriblemente aburridas. Aún peor, la idea suena a ataque de pánico, una extensión de la psicosis colectiva demócrata de esta semana - es decir, una imagen de debilidad. Como decía (creo) Bill Clinton, los votantes prefieren a alguien fuerte pero equivocado que a alguien débil que sabe lo que dice. Me temo que tenemos otra maniobra estúpida del partido demócrata entre manos.
Mientras tanto, la reforma de la sanidad parece debatirse entre la vida y la muerte en la sombra, a la espera de lo que Obama pueda decir el miércoles en su discurso del Estado de la Unión (aparte de tonterías fiscales varias). En fin, esperemos que diga algo que no suene a una patética claudicación. Estos días parece que los demócratas tienen que pedir disculpas por haber echado del poder a un partido republicano que hizo un trabajo atroz durante toda la década.
No tengo demasiado tiempo para elaborar en detalle, pero me parece que es necesario comentar un par de cosas ante los increíblemente confusos artículos del País sobre Obama de este fin de semana. Primero, es una tontería decir que Obama abandonasu agenda de cambio - más que nada, porque la administración sigue con los mismos proyectos sobre la mesa. El problema es el Congreso, y más concretamente, el absurdamente antimayoritario Senado y el hecho que se necesiten 60 votos para hacer casi cualquier cosa. Los demócratas, aún con sus ingentes reservas de cobardía, han estado moviendo legislación poco a poco; el problema es que el partido republicano no quiere hacer absolutamente nada.
El artículo que se lleva un premio es este, por eso, preguntándose si aún queda presidencia. El tono es como si Obama fuera un presidente ampliamente odiado, con tasas de aprobación zapateriles en su casillero; la realidad, sin embargo, es mucho más tranquila, con Obama en un 49-45. No son números fantásticos, pero es donde estaba Reagan a estas alturas, con un nivel de desempleo parecido. Los demócratas están haciendo un ruido increíble en sus ataques de pánico, pero el presidente está, dentro de lo que cabe, en una situación bastante aceptable.
¿Qué tenemos que esperar esta semana? Dos cosas. Primero, parece que los demócratas están entrando en razón, y puede que hagan algo sobre reforma de la sanidad. Nada en concreto, pero están moviéndose en la dirección adecuada. Aún lo veo complicado, pero menos que ayer; ha pasado de un 20 a un 30%. Segundo, el miércoles el discurso sobre el estado de la Unión, evento televisado en directo por todas las cadenas. Obama tiene una oportunidad magnífica de poner las cosas claras y marcar la agenda. Veremos que dice.
Por cierto, una nota: el discurso del presidente parece que sea de cara a la opinión pública, pero no lo es. Como sucede en España, lo que marca si tu discurso es un éxito o un fracaso es la reacción de la prensa y opinadores profesionales, y como esta afecta a esa tropa de legisladores acomplejados que viven en el Congreso. Aún sin 60 senadores, hay maneras de aprobar legislación (como el método de reconciliación en el Senado, para leyes que afecten gasto y recaudación - con 51 basta), así que Obama aún tiene su margen de maniobra.
Es una semana importante. No empecemos a decir bobadas sobre funerales políticos porque alguien ha tenido una mala semana; si no, mirad cuántas veces he dado a Rajoy por muerto este último año y veréis por qué digo esto.