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Archive for the ‘arbolitos y animalitos’ Category

¿Impuestos o mercado de emisiones?

Friday, August 6th, 2010

Por Nada es Gratis tenían, hace unos días, una entrada sobre el mercado de emisiones europeo, y sobre si está funcionando para reducir los gases de efecto invernadero en el continente. Dejando de lado el resultado específico a largo plazo, hay algo que me ha sorprendido del artículo: el hecho que critiquen que las emisiones se abaratan durante una recesión.

El mercado de emisiones europeo es básicamente un impuesto. La UE establece un máximo de contaminación, y las empresas deciden si prefieren contaminar y tener que comprar derechos sobre emisiones, o ser más eficientes y venderlos a otros. El truco bajo este sistema es que la cantidad de permisos irá disminuyendo con el paso de los años, en teoría encareciendo los permisos y forzando más eficiencia. A la práctica, sin embargo, la gran recesión ha provocado una caída de las emisiones tremenda por sí sola, así que el precio de los permisos está por los suelos de todos modos.

El resultado es de hecho que nuestro impuesto sobre la polución es, por diseño, tremendamente anticíclico: cuando la economía va bien, las emisiones suben (utilizamos más energía) y las emisiones se encarecen; cuando la economía va mal, el efecto es el contrario. Es un estímulo fiscal, en el sentido más directo del término - y la verdad, es bastante elegante.

La alternativa a un sistema de mercado de emisiones, un impuesto simple y directo, tiene sus virtudes. Es más fácil de gestionar, las empresas tienen un incentivo constante y previsible sobre su propensión a contaminar, y el estado encima puede sacar dinero fácilmente - los gobiernos pueden subastar permisos en un sistema de mercado, pero por motivos que se me escapan les cuesta mucho hacerlo. El problema, sin embargo, es que un impuesto tiene un efecto uniforme, independiente del ciclo económico, algo que no resulta a veces demasiado práctico.

La gran virtud de un impuesto, sin embargo, y en esto sí estoy de acuerdo con Javier Andrés, es que es, en teoría, políticamente menos vulnerable - es más complicado abrir agujeros y excepciones raras. Esta virtud es también lo que hace que lo veamos en ningún sitio, por desgracia. La política tiene estas cosas.

Obama habla de vertidos y… poco más

Wednesday, June 16th, 2010

Uno de los espectáculos más deprimentes de la política americana ha sido contemplar el fracaso de la legislación de cambio climático en el Congreso. La Cámara de Representantes aprobó una ley (relativamente) decente en otoño; la idea era que el Senado pasará legislación en primavera, y tener algo en los libros, por cutre que sea, antes de las elecciones de noviembre.

Hace unas semanas explicaba como, de forma completamente surrealista pero extrañamente racional, el vertido de crudo en el Golfo de Méjico hacía que aprobar la ley fuera más difícil, no menos. Una reforma dirigida a reducir el uso de ese crudo que estaba cubriendo de basura cuatro estados se veía abocada al fracaso. Ya me diréis qué dice eso del país.

La crisis en el Golfo se ha convertido en un problema para la Casa Blanca, en uno de esas polémicas estúpidas que uno sólo ve en Estados Unidos. La prensa anda todo soliviantada porque Obama no está lo suficiente cabreado con BP estos días, mientras el pelotón de conservadores antigasto público se exclaman que el gobierno federal no sea capaz de detener el peor vertido de la historia del país de forma infalible y perfecta. La primera queja es absurda (¿qué esperan, que el increíble Hulk arregle el problema a tortazos?), la segunda tiene cierto sentido, aunque en vista de la herencia recibida y  la magnitud del desastre es difícil ver cómo un gobierno como el americano podía hacer mucho más.

Hoy Obama respondía a estas críticas recurriendo a algo que los presidente americanos hacen de vez en cuando: un discurso televisado desde el Despacho Oval. Algunos ingénuos esperábamos que Obama intentará hacer lo que hace mejor que nadie - coger un problema que tiene a todo el mundo histérico, explicar su origen de forma sencilla, y dar una solución clara que cambia el debate. Lo hizo con su discurso sobre relaciones raciales durante la campaña, lo hizo en más de una ocasión en el debate sobre la sanidad, y tenía la remota esperanza que haría algo parecido ahora. Una intervención valiente sobre por qué el petróleo es un problema, por qué genera externalidades graves y por qué debemos arreglar el problema del cambio climático no habría hecho gran cosa para afectar la opinión pública americana a corto plazo, pero habría cambiado el debate.

¿Qué ha hecho Obama hoy? Por primera vez en tiempo, se ha quedado a medias. Ha estado muy bien (increíblemente bien - sigue siendo un comunicador excelente) explicando los planes del gobierno federal para contener el vertido y regenerar las costas, exigiendo responsabilidades a BP con ello. Sobre cambio climático y reforma del mercado de energía… bueno, ha sido muy, muy tímido. Ha hablado de cambiar el modelo energético, pero sin especificar qué ley quiere, defender poner precio a las emisiones de carbono o hablar de forma realista sobre regulaciones y límites de polución. De hecho, ni siquiera ha mencionado el cambio climático. La Casa Blanca parece haber decidido (con razón) que no podrán conseguir suficientes votos en el Senado.

Si los demócratas son incapaces de sacar una ley adelante con las ámplias mayorias que tienen en el Congreso y el mejor orador en décadas en la presidencia, incluso cuando BP da un ejemplo perfecto de todas las externalidades negativas derivadas del uso de hidrocarburos, es que esto no tiene solución. El resto del mundo tendrá que arreglar este problema sin Estados Unidos - y hacerles pasar por el aro a base de aranceles o algo parecido.

En fin. Al menos la crisis bancaria y el odio visceral del electorado hacia Wall Street si que traerá algo de provecho. La reforma del sistema financiero, esa que ya salió reforzada en el Senado, parece que va a endurecerse aún más en la negociación entre las dos cámaras. El sistema funciona mal, pero el populismo aún es capaz de aprobar ciertas reformas.

Historia de dos leyes (II): cambio climático

Tuesday, May 18th, 2010

Continuación del artículo anterior.

El caso opuesto es, tristemente, una ley seguramente más importante: cambio climático. Hasta hace un mes, la sensación era que el Senado iba ser capaz de aprobar una reforma - la EPA amenazaba con regular las emisiones a las bravas, y la industria parece preferir una ley del Congreso que una normativa mucho más inflexible de una agencia regulatoria. La idea es que este miedo de la industria, unidas a unas cuantas concesiones de los demócratas en energía nuclear y un par de cositas sin relevancia darían los sesenta votos, y el Senado podría aprobar algo como lo que John Kerry defiende por aquí, aunque fuera bastante descafeinado.

¿El problema? Una de las “cositas” a negociar era autorizar a perforar más pozos de petróleo en aguas del Golfo de Méjico, y ese “pequeño” accidente de hace unos días ha cambiado el cálculo de forma considerable.  El vertido en el Golfo ha creado un nutrido grupo de legisladores vociferantes que se oponen (con razón**) a cualquier producción de crudo adicional. La excepción es Mary Landrieu, Senadora por Luisiana que tiene las playas hasta arriba de chapapote pero que es una especie de robot controlado vía donaciones por las petroleras, pero entendéis la idea.

La aparición de un bloque de Senadores complatamente en contra de poner más pozos en la costa suena como algo que debería aumentar la  probabilidad que una ley sea aprobada. Los republicanos, sin embargo,  tienen un fetiche increíble por perforar en todas partes como más mejor, especialmente esos aguerridos legisladores de los estados del interior - si la ley no incluye aumentar la producción en el Golfo, muchos votos necesarios para aprobar la legislación no aceptarán el consenso. Como resultado, un desastre ecológico que expone las costosísimas externalidades derivadas de consumir combustibles fósiles no han aumentado, sino disminuido la probabilidad que se apruebe una ley que reduce la dependencia en esos carburantes.

El Senado de los Estados Unidos es algo estupendo.

Una lástima, porque si bien la ley es increíblemente rebuscada y notoriamente chapucera (es lo que tiene tener que buscar consensos en el segundo manicomio legislativo más idiota del mundo, tras el pacto social español), no dejaba de ser un primer paso. Los americanos tienen una larga historia de pasar malas leyes con buenas ideas que son mejoradas según pasan los años, así que dar un primer paso, por contrahecho que fuera, era muy importante.

Lo divertido es que, en vista de cómo está el patio, puede que sea mejor ver la ley fracasar que ser triturada y suavizada buscando otro consenso. Como comenta el Economist, la EPA es una agencia independiente y su capacidad de pasar regulación elegante es limitada (no puede crear impuestos, por ejemplo), pero esa chusquez y brutalismo son más deseables que una ley aún más descafeinada. Más allá de eso, la industria probablemente detestará los cambios, así que puede que acaben implorando al Congreso un impuesto sobre emisiones antes que tener que vérselas con esos burócratas descerebrados los próximos seis años.

Lo que está claro es que el Senado americano es cualquier cosa menos coherente o vágamente funcional. Pero vamos.

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Estados Unidos: más reformas

Tuesday, March 30th, 2010

Las victorias políticas tienen a menudo propiedades milagrosas. Hace un mes, la mediocracia en Estados Unidos sólo sabía hablar del fracaso y catástrofe inminente de la joven administración Obama. La reforma de la sanidad iba camino del desastre, los demócratas estaban divididos y los votantes estaban visiblemente decepcionados con la inoperancia de Washington.

Entonces llegó la semana de los milagros para los demócratas: aprobaron la sanidad, las enmiendas fueron aprobadas rápidamente, reformaron el sistema de préstamos educativos, Obama firmó un tratado de reducción de armas nucleares, visitó Afganistán y las encuestas empezaron a mejorar, poco a poco. Los comentaristas y todólogos de turno ya no hablan sobre el potencial desastre en las legislativas en noviembre y la genial oposición republicana; ahora el discurso se centra en cómo los demócratas perderán menos escaños de lo que dice todo el mundo, como la economía está mejorando poco a poco, la retórica peligrosa y el obstruccionismo desatado de la oposición y cómo los demócratas están pasando reformas como nadie.

Por descontado, ni Obama era un desastre hace un mes, ni el partido demócrata es una audaz máquina de aprobar legislación ahora. Aun así, la Casa Blanca parece estar más que dispuesta a intentar aprovechar el viento en sus velas, y se han lanzado a intentar mover dos reformas que están encalladas (como no) en el Senado.

Cambio climático: aún con vida

La Cámara de Representantes aprobó una ley sobre cambio climático el año pasado. La reforma era bastante moderada, utilizando un sistema de permisos de emisiones y mercados parecido al Europeo. Es una idea básicamente conservadora, que ha funcionado relativamente bien. Como de costumbre, la cámara baja envío el texto al Senado, y parece que iba a morir ahí, ignorado en un cajón, víctima de negociaciones interminables.

Para sorpresa de muchos, sin embargo, la ley parece que no acaba de morir. De hecho, aún con un nombre distinto, parece gozar de buena salud, en buena medida porque una par de senadores republicanos están trabajando en ello con cierta energía. Por un lado tenemos a Lindsey Graham, un tipo bastante peculiar que se está llevando una de sopapos increíble en medios conservadores por ir por el mundo diciendo que el cambio climático es algo real y que es necesario aprobar una reforma sobre el tema. Graham está trabajando con John Kerry y Joe Lieberman (que es muy bueno en temas de medio ambiente - cosas de la vida) en una reforma que aún siendo menos ambiciosa que la de la Cámara de Representantes, no deja de ser bastante decente. No sólo eso: la ley parece ir haciendo camino en el Senado, con un probabilidad pequeña pero no despreciable de ser aprobada.

El otro republicano con ganas de hacer algo es Susan Collins, senadora por Maine. Collins ha puesto sobre la mesa una ley mucho más ambiciosa junto con Maria Cantwell, una colega demócrata, que va más allá de la propuesta de Graham, Lieberman y Kerry. En vez de crear un sistema de permisos y excepciones rebuscado y complejo, la propuesta de Collins es simple: los permisos se subastan todos, sin excepción, y el dinero obtenido se destina automáticamente a una rebaja de impuestos, con la mayoría del dinero dirigida a los que menos tienen. En cierto sentido, es una ley ideal, sencilla, clara y elegante - y probablemente demasiado ambiciosa para ser aprobada. Collins, sin embargo, puede que esté dispuesta a apoyar la otra ley si incluye un mecanismo parecido, aunque menos ambicioso - y haciendo posible la aprobación de la ley.

¿Quiere decir esto que veremos una ley en este sentido? A ser sincero, probablemente no - le doy un 20% de probabilidades de tener algo, siendo optimista. El electorado americano tiene poco interés (y esta bien poco convencido) en esta clase de cosas; en cuanto la ley salga a la luz, el furor mediático de la derecha acabará con el proyecto, víctima de demócratas haciendo su álegre danza del pánico. La sanidad era una prioridad absoluta para el partido - en esto, sin embargo, sí estarán divididos, y no creo que aguanten diez minutos.

Aun así, quien sabe. Tampoco daba un duro por la sanidad en enero. Collins, Graham y algunos republicanos parecen estar genuinamente interesados en hacer algo. Esta vez, sin embargo, los demócratas no tienen los mismos incentivos. Y el Senado no es, ni de lejos, tan disciplinado como la Cámara de Representantes.

La reforma financiera:

Aquí es donde nos divertiremos los próximos meses. Primero, porque comparado con la reforma de la sanidad nadie está realmente seguro sobre qué reforma tenemos que aprobar. Al hablar de sanidad tenemos un montón de modelos donde comparar, y sabemos qué resultados dan y cómo funcionan; Obama ha escogido copiar a Suiza y Holanda, que no está del todo mal. En la reforma de la regulación financiera, no estamos seguros sobre cómo narices funciona el sistema actual, así que el debate sobre medidas será interesante (¿un ejemplo?: leed aquí,  aquí, aquí, aquí, aquí aquí). De momento la propuesta concreta de Chris Dodd se centra en dar más información a los reguladores, creando un mecanismo para desmontar los chiringuitos financieros que se hundan. Prometo hablar más sobre las medidas y problemas en concreto según avance el debate, si todo va bien.

Más allá de las medidas, la batalla política sobre la reforma promete ser épica. Hace una temporada comentaba que la Casa Blanca se muere de ganas de liarse a tortas con los bancos y sus aliados republicanos - y tras aprobar la sanidad, ahora están aún más entusiasmados. Aunque la mayoría de conservadores parece estar con ganas de apuntarse a la juerga y defender los banqueros a capa y espada (gracias a una gigantesca campaña de los sospechosos habituales inventándose que “regular” es “dar dinero a los banqueros”), lo cierto es que están en una situación complicada. Si se oponen a la reforma y la bloquean en el Senado, los demócrata se pondrán las botas diciendo que son “amigos de los banqueros”. Si algunos desertan y votan a favor, los demócratas se pondrán otra medalla, esta vez por pegarle una paliza a Wall Street con una gloriosa reforma bipartidista.

Mi intuición es que los demócratas van a conseguir sacar adelante una ley; defender banqueros es demasiado arriesgado, y hay algunos republicanos que parecen estar dispuestos a colaborar. La pregunta será, en este caso, si la ley es lo suficiente estricta, o lo que sale del Senado es un colador lleno de agujeros - Wall Street quizás no pueda bloquear la ley, pero trabajarán duro para que el texto final sea tan inofensivo como sea posible.

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Como las grandes reformas son de hecho muy pequeñas

Monday, November 23rd, 2009

Citoyen me preguntaba ayer sobre el futuro de las pequeñas tiendas de barrio, y si el estado debe hacer algo para ayudarlas. El dilema venía de un artículo en El País del sábado que se hacía eco de los problemas que el pequeño comercio está atravesando y cómo tiene dificultades para competir con las grandes superficies.

Las grandes superficies (y gente como Esperanza Aguirre y liberales aledaños) acostumbran a decir que esto no es un problema político, sino el resultado del cambio de actitud y preferencias de los consumidores. Al fin y al cabo, nadie está obligado a ir a un centro comercial en medio de ninguna parte a comprar ropa o pañales; si la gente se pasea lo hace porque quiere. Es el libre mercado; si el pequeño comercio no puede competir es porque no hace las cosas bien.

Es un argumento razonable, pero tiene un problema: la viabilidad de un centro comercial en las afueras no es accidental. Su éxito, de hecho, depende en gran medida de una serie de políticas muy determinadas, no sólo de la experiencia de los consumidores.

Empezaremos por lo obvio: un centro comercial en las afueras depende en gran medida de su “capacidad” para hacer que otros paguen sus costes. Estar en medio de ninguna parte obliga a todos los clientes a tener que coger el coche; depende en gran medida de infraestructuras que no han pagado ellos. Por descontado, el hecho que el medio de transporte que explotan sea de largo el más ineficiente y contaminante tampoco va con ellos - es otra externalidad que no pagan.

Más allá de eso, la misma viabilidad de un centro comercial se deriva de un determinado modelo de crecimiento extensivo en muchas ciudades. La idea básica tras el crecimiento de muchas áreas metropolitanas ha sido ocupar más espacio, sin realmente pensar cómo. Madrid -en general- ha tendido a construir con densidades razonablemente altas (no hay demasiado infierno suburbial a la americana), pero los nuevos barrios tenían de forma uniforme dos problemas: demasiado espacio para coches y demasiado especialización funcional. El urbanismo siempre se ha basado en calles demasiado anchas, demasiadas conexiones con autopistas y muy poco interés en hacer crear edificios de uso mixto.

Como los centros comerciales, vivir en el extrarradio genera unas externalidades importantes. Dar servicios a zonas con densidades bajas es más caro; llevar transporte público, autopistas a zonas alejadas cuesta dinero. La gente que vive en los suburbios y se desplaza al centro para trabajar está utilizando tanto las calles y trenes “propios”, usados poco intensivamente al estar al final de línea, como las sobrecargadas infraestructuras del centro. El nucleo central (Madrid capital) tiene que hacer un gasto enorme acomodando trabajadores que entran cada día a la ciudad pero pagan sus impuestos fuera, con el resultado que la presión fiscal municipal es mayor en el centro que en la periferia - al revés de lo que deberíamos ver.

El problema opuesto se produce en el comercio de barrio, una institución que genera una cantidad tremenda de externalidades positivas. Cada ordenador, lechuga o abrigo que compro en mi barrio es un desplazamiento menos hacia un centro comercial en las afueras. Cada uso adicional que tiene una calle o un edificio hace el sistema en general mucho más eficiente, ya que estamos utilizando lo que tenemos de forma mucho más intensiva. Una calle con comercios es una calle con peatones, tráfico, gente; un sitio mucho más concurrido, y muchísimo más fácil de vigilar.

Es por eso que cuando hablamos de leyes como la ley de economía sostenible siempre me me sorprende que se hagan tantos pronunciamientos grandilocuentes cuando hablamos de cosas relativamente sencillas. Si lo queremos hacer es que la economía española sea más verde y reducir emisiones, no tenemos que concentrarnos tanto en grandes inversiones, sino en hacer que cada cosa cueste lo que debe. Más que diseñar una política de I+D, reconstruir universidades y tratar de adivinar de dónde vamos a sacar el crecimiento, es mejor asegurar que las externalidades que son gravadas como Dios mandan, y dejar que el mercado haga lo que debe.

Por descontado, esto no se reduce a cómo regulamos dónde podemos contruir casas y dónde - es sólo un aspecto de ello. La burbuja inmobiliaria hubiera sido mucho menos peligrosa si las viviendas de nueva construcción incluyeran las externalidades en el precio de partida. Menos casas vacias en medio de ninguna parte, menos barrios que necesitan dos coches por familia, caídas mucho menores de precios al ser las viviendas más atractivas desde el principio.

Hacer la compra y construcción de casas menos rentable hubiera contribuido a poner más dinero en sectores más útiles - y en un mundo en que contaminar es caro (y paga impuestos), trabajar para reducir emisiones es inmediatamente un negocio atractivo.

Por descontado, no basta con gravar externalidades; hace falta tener una economía flexible; un mercado laboral que puede reasignar recursos de forma eficiente y que incentive la especialización; un sector público que ponga las cosas fáciles y no te ahogue en papeleo. De momento, el gobierno está hablando mucho de estas palabras grandes y de grandes medidas (mencionan incluso -gasp- una reforma laboral), pero tienen que recordar que en el fondo la bases del problema es muy, muy sencilla, y muy específica: que lo más eficiente sea de hecho lo más viable.

Cuando los aranceles tienen sentido

Wednesday, November 18th, 2009

Para los que me leen desde hace tiempo, siempre he estado a favor del libre comercio. He hablado a favor de las deslocalizaciones, defendido eliminar los aranceles agrícolas y nunca he creído que la globalización y el estado del bienestar son incompatibles. No creo que el proteccionismo sea una buena idea.

Estos días, sin embargo, me he encontrado con un par de artículos curiosos. El primero, resulta que la región de Estados Unidos que más ha disminuido sus emisiones de CO2 es… Texas. Esto ha sucedido en parte porque George W. Bush, cuando era gobernador, impulso la industria eólica (¡!) con energía, en parte por la conversión de centrales de cabón a centrales de gas natural. El factor más importante, sin embargo, ha sido mucho más sencillo: una cantidad enorme de industrias se han ido del estado hacia China.

El segundo artículo es un repaso sobre el mercado de permisos de CO2 en la Unión Europea. Tras un inicio (muy) torpe, parece que la cosa está funcionando bien, hasta el punto que las emisiones en el 2012 serán un 13% inferiores a 1990, excediendo de sobras los límites marcados en el tratado de Kyoto. El mercado de permisos está funcionando, o eso parece.

Ambas cifras, sin embargo, tienen un pequeño problema. Las emisiones en Europa pueden estar bajando, pero eso no significa que los productos que los europeos compran hayan creado menos emisiones de CO2 al ser fabricados. Básicamente, no contaminados nosotros: hacemos que los Chinos fabriquen los juguetes que compramos y ensucien ellos.

Las emisiones de CO2 tienen un precio en Europa, y tienen que sortear un cierto número de regulaciones medioambientales en Estados Unidos (sí, incluso en Texas). Los gobiernos occidentales están, básicamente, poniendo un impuesto a sus emisiones de carbono, y los productores (y consumidores) lo evitan gracias a la fábrica China. Si creemos que el CO2 es una externalidad negativa que debe ser gravada (algo que comparto plenamente), esto es un agujero muy importante que debe ser cerrado - seguramente vía aranceles.

En el mundo en que vivimos, sin embargo, un arancel no es algo demasiado popular. La Organización Mundial del Comercio (OMC) coge unos rebotes tremendos cuando alguien pone aranceles (no cuando hace el burro con su moneda - pero ese es otro tema) normalmente autorizan que los países afectados respondan con represalias comerciales. Una guerra comercial hace daño a ambos países, al reducir la demanda total, y no queramos que eso suceda.

La cuestión es, un impuesto sobre emisiones no es realmente un arancel - de hecho, es algo más parecido a nuestro viejo amigo el IVA. Si os habéis fijado, los aeropuertos tienen unas ventanillas donde los turistas de fuera de la UE pueden pedir la devolución del IVA antes de volver a casa. El impuesto sobre el valor añadido grava el consumo dentro de la Unión Europea, no fuera, así que las exportaciones no lo pagan. Como impuesto sobre el consumo, sin embargo, las importaciones sí tiene que pagar IVA cuando son vendidas dentro de la Unión, así que se ganan su 16% 18% en España. No estamos gravando lo que viene de fuera, sino un determinado tipo de actividad, y el impuesto afecta a todos los productos igual. La OMC calla y otorga.

Un impuesto sobre CO2 / precio sobre las emisiones sería, de hecho, algo parecido al IVA. Estamos gravando la acción de contaminar, no el hecho de producir fuera, así que dentro de las reglas de la OMC sería perfectamente aceptable. Esto tendría muchas ventajas, empezando por salvar el planeta, y algunos inconvenientes si eres China, ya que se verían obligados a reducir emisiones si quieren seguir exportando tanto. Como de hecho China está exportando demasiado, eso de hecho no es malo - y estoy seguro que sería tremendamente popular a ambos lados del Atlántico. O al menos en Europa.

De momento, el Senado americano se lo está planteando seriamente; en la UE, Francia está defendiendo la propuesta con energía; muchos analistas creen que es inevitable. Para que yo esté de acuerdo con los franceses, algo grave tiene que estar sucediendo, así que creedme, no es una idea absurda en absoluto.

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Malvada carne

Friday, October 9th, 2009

Unos cuantos enlaces para ecologistas y vegetarianos, y algo que carnívoros entusiastas como un servidor deberían tener en cuenta. ¿Sabéis que comer carne roja es horriblemente malo para el medio ambiente? Resulta que la producción de gases de efecto invernadero en ganadería es extremadamente alta - y no sólo por los pedos de vaca, un problema relativamente menor. Yo era más o menos consciente de ello, pero es mucho peor de lo que pensaba - aquí tenéis dos buenos artículos.

Comer pollo, por lo que parece, es menos malo, pero sigue siendo un problema. Y no, no puedo dejar de comer hamburguesas - pero creo que sí comer menos.

El Senado “resuelve” el cambio climático

Friday, October 2nd, 2009

Hablando de reformas, hoy tengo dos noticias sobre el cambio climático: una buena y una mala.

La buena es que ante este problema global que puede acabar por destruir el mundo tal como lo conocemos y crear una catástrofe de proporciones nunca vistas, el Senado de los Estados Unidos finalmente ha empezado a redactar legislación, y que la propuesta incial es bastante buena.

La mala es que siendo esto el Senado de los Estados Unidos, la ley va a ser horriblemente mutilada y torturada antes de ser aprobada - si sobrevive, el texto va a ser a buen seguro una cosa un poco lamentable.

En fin. Tenemos detalles de la ley Kerry - Boxer de empleos en energía límpia y energía americana (no, no es broma) aquí. Una comparación con el texto de la cámara de representantes (ya aprobado) aquí y aquí. Antes de ser aprobada en el pleno, la propuesta tiene que navegar no uno, no dos, no tres, no cuatro si no cinco comités distintos (dicho de memoria, agricultura, energía, finanzas, comercio y relaciones internacionales), todos con capacidad de enmendar, retrasar, torpedear y en general hacer la vida imposinle a la reforma.

Algunos comités son relativamente receptivos, otros no lo son en absoluto - finanzas, por ejemplo, tiene un montón de Senadores de estados productores de carbón que no quieren ni oir hablar de estas tonterías sino tienen un montón de regalitos y protecciones a los amigotes asociadas. En los últimos años varias reformas han ido a morir en uno de estos antros, así que por mucho que los demócratas tengan mayorías, aprobar la ley será complicado. De hecho, más difícil que aprobar la reforma de la sanidad.

El problema es que en este caso una ley de segunda no nos basta. Si la reforma de la sanidad es chapucera, el Congreso siempre puede retocarla de aquí tres o cuatro años. Una ley mediocre mejora el status quo, y puede arreglarse más adelante. Al hablar de cambio climático, sin embargo, es posible que eso no baste. Si los últimos datos son correctos, o arreglamos el problema ahora o esto va a doler en serio - si no es que ya es demasiado tarde.

En fin, más nos vale tener fe y esperar el milagro.

De trenes y efectos de red

Thursday, September 3rd, 2009

El ferrocarril es un medio de transporte estupendo. Para trayectos en que la velocidad media esté por encima de los 130-140 Km/h y menos de tres horas de duración, el tren es de lejos el medio que atrae la mayor cantidad de viajeros, y los transporta de la forma más cómoda y eficiente posible. Una doble vía electrificada apta para circular a 200 Km/h o más de forma sostenida puede llevar una cantidad ridícula de gente ocupando poquísimo espacio, y gastando una cantidad de energía ridícula.

Si algo llevan haciendo bien los sucesivos gobiernos españoles desde los años noventa es apostar por construir trenes de alta velocidad. Son infraestructuras caras y que requieren una inversión tremebunda que a largo plazo, sin embargo, acaban pagándose sólas: ahorran energía, hacen las regiones que conectan muchísimo más deseables, y encima recuperan costes sólo con su explotación, sin contar externalidades raras.

¿Son el medio de transporte perfecto? Bueno, no tan rápido. Las líneas de alta velocidad son muy útiles, pero no funcionan bien por sí sólas. Necesitan, más que cualquier otro medio, trabajar dentro de una red de transportes, algo que España no ha hecho demasiado bien.

La red de alta velocidad española comenzó con una sóla línea, el nuevo acceso ferroviario a Andalucia (NAFA). La idea inicial del AVE Madrid-Sevilla era relativamente poco ambiciosa: una línea alternativa al saturadísimo paso de Despeñaperros (de trazado horrible y vía única) que era la única conexión directa del sur y centro de España (sí, está el Huelva-Zafra, pero es aún peor). Siendo una línea nueva, el gobierno socialista la quería hacer bien, a pesar de ser un puerto de montaña: doble vía electrificada, pendientes muy suaves y velocidades entre 160 y 220, todo ello en ancho ibérico. Un gran salto adelante, pero no una revolución.

Con la excusa de la Expo, sin embargo, las cosas se hicieron un poco más ambiciosas. Aparte del nuevo acceso, se aprovechó para construir una nueva línea con un trazado excelente en las llanuras manchegas, esta sí apta para 250-270. Para acabar el arreglo, se añadió un tramo de altas prestaciones al sur de Sierra Morena de Sevilla a Córdoba,  este apto para 250. Con las obras empezadas, sin embargo, en Fomento se dieron cuentas que podrían tener una vía nueva, pero no tenían trenes: Alstom, el fabricante con más experiencia, no tenía tiempo (ni ganas) de rediseñar su TGV para ancho ibérico (*). Como resultado, la LAV se abre siendo apta para velocidades entre 160 y 270 (y un pequeño tramo a 300, apenas 20 Km. La línea no es una LAV “pura”), pero en ancho UIC internacional - Una isla europea en medio de ninguna parte.

¿El resultado? Bueno, la LAV Madrid-Sevilla consigue tener un montón de tráfico, pero sólo entre dos ciudades. Los viajeros junto a la línea ven como el tiempo de viaje se reduce de casi siete horas (¡!) a apenas dos y media. Los viajeros que viven en Albacete, Valladolid, Cuenca, Mérida o Guadalajara que que quieren ir a una de las ciudades servidas por la LAV ven una reducción cero, a no ser que quieran hacer un transbordo no demasiado fácil de coordinar. El resultado es una vía con una capacidad gigantesca (el LZB, sistema de señales utilizado para coordinar el tráfico, permite trenes cada tres minutos) utilizada de forma relativamente poco intensiva, por el dichoso ancho ibérico.

La cosa se quedó así bastantes años, hasta que la furia inversora del gobierno y la tecnología llegaron al rescate. En cuanto a inversiones, España está construyendo LAVs a mansalva - y cada kilómetro adicional no conecta dos ciudades, sino que amplia la red. La “vieja” línea de Sevilla, hasta hace poco un tanto abandonada, empieza a ver tráfico un poco más serio - las “antenas” a Málaga y Toledo han multiplicado por dos el número de circulaciones; por si fuera poco, la conexión directa con la línea de Barcelona ha añadido más circulaciones. A corto-medio plazo, la LAV de Levante permitirá ir en Tren de Valencia a Sevilla o Málaga en dos horas y media (aún más viajeros), mientras que el tren de conexión Atocha-Chamartín permitirán conectar Valladolid con Málaga en tres horas y cuarto. El tronco central de la línea podrá ver un tren cada 5 minutos en unos años en hora punta, seis veces más que cuando abrió.

La segunda bendición para el ferrocarril español ha sido Talgo, CAF y el tener una tecnología de cambio de ancho práctica y ágil. Hasta hace relativamente poco los Talgo podían cambiar de ancho, pero era un peñazo; pasar por el intercambiador exigía un cambio de locomotora, un montón de personal y media horita de tiempo perdido. Gracias a los trenes de la serie 120 (CAF) y 130 (Talgo), sin embargo, ese cambio es ahora innecesario: Renfe tiene trenes aptos para circular a 250 Km/h, que cambian de ancho en dos minutos y no tienen que cambiar nada. Gracias a esto, ciudades que no tienen ancho UIC (como Pamplona o Bilbao) pueden tener trenes que aprovechan las LAV sin estar cerca de ellas, generando todavía más tráfico.

¿Nos basta con esto? No, todavía no. Por descontado, no es viable conectar todas las ciudades de España con una LAV directamente - es demasiado caro. Por muy bonita que sea Salamanca, no justifica una línea nueva, y probablemente tampoco un intercambiador en Ávila para que poder enviar un Talgo. Siempre podemos tener una lanzadera que conecte con la LAV, pero los transbordos nunca gustan a nadie.

Lo que si puede ser útil, sin embargo, es cambiar la vía que va a Salamanca de ancho (algo relativamente barato y rápido) y tener un regional Salamanca-Ávila-Segovia-Madrid-Toledo utilizando la LAV - o un tren de larga distancia a Barcelona pasando por Madrid. Sí, Salamanca sólo aportará una fracción pequeña del tráfico, pero el resto de estaciones te llenarán el tren.

Dicho en otras palabras: hace falta cambiar el ancho de vía de toda la red, tarde o temprano, y hacerlo relativamente rápido. La buena noticia es que Fomento está tomándoselo muy en serio, y la planificación está muy avanzada. La mala noticia es que -como de costumbre- no estoy seguro que se cumplan plazos, y aún cumpliéndose, es muy probable que no se haga hasta después que los tráficos se liberalicen en el 2012. Aún así, con todas la red troncal con LAVs, el cambio de ancho será relativamente indoloro para los viajeros y Renfe (todos los trenes comprados en ibérico están diseñados con el cambio de ancho en mente), pero una pesadilla para los mercancias - no que en España se utilicen demasiado.

Resumiendo: más LAVs y AVE, muy bien -y de hecho, como más mejor. Cada kilómetro adicional de vía electrificada en ancho UIC hace todo lo que ya está construido mucho más útil. Y si me apuráis, cada kilómetro adicional de metro en Madrid, Valencia, Barcelona o Sevilla que te pueda acercar a la estación hace todo el sistema más útil - y nos hace menos dependientes del petróleo. En cierto sentido, es eso lo que hace el tren menos eficaz en EUA, y no la poca densidad de población.

Recordad: Un tren puede ser propulsado por molinos de viento. No me digáis que no suena límpio.

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Regulando las hamburguesas como cigarrillos

Friday, July 17th, 2009

Leyendo un poco más sobre comidas y alimentos mutantes, he recordado una de esas viejas verdades que no debemos olvidar nunca: somos simios. Una pila de monos. Un poco más limpios, más refinados y con pantalones de diseño, pero simios al fin y al cabo; y nuestra racionalidad no anda demasiado lejos.

Cuando hablamos de política alimentaria, de comida, nuestro reflejo primario no es “cielos santo, esto tiene un montón de grasas y derivados de maiz extraños”; es “Chita gusta vaca deliciosa”. Nuestro cerebro no está diseñado de origen para intentar comer bien; la circuitería primigenia que dirige nuestros impulsos alimentarios busca sobrevivir como pueda, anticipando la terrorífica escasez ocasional del cazador / recolector. Cuando vemos una pila de dulces y grasas cargados de calorías hasta los topes, el simio que llevamos dentro tiene como principal prioridad acumular todo lo que pueda, no pensar en infartos de miocardio.

En cierto sentido cuando regulamos comida no podemos pensar en ella como lápices - debemos pensar en algo más parecido a una droga. Sin llegar a los extremos adictivos de según qué productos, como consumidores no somos demasiado racionales al pensar en qué debemos comer. Cierto, una giga-hamburguesa no es algo completamente inútil (no sólo te mata, también te da energía) pero su canto de sirena está muy por encima de lo que debería estar - y tendemos a infravalorar lo peligrosa que es a largo plazo de forma constistente. Y sí, nos nublan la vista - si os ofrezco un delicioso Huesitos (cómo los echo de menos en abstracto) seguramente diréis que no os apetece, pero si os pongo uno en la mano y mientras yo disfruto de uno, es muy probable que os lo comáis. Es un puro ejemplo de racionalidad limitada.

Obviamente, la racionalidad no desaparece del todo; tenemos hambre, pero no tenemos síndrome de abstinencia. Los mecanismos que hacen que alguien vuelva al redil de la comida (relativamente) sana son bastante simples. Un ejemplo sencillo: dar el número de calorías de los platos en los restaurantes. Parece mentira, pero tiene un efecto real más que notable.

Aparte de eso, por descontado poner etiquetas claras y legibles por humanos en la comida que compramos ayuda; no sería mala idea ir más allá, creando un sello oficial de comida sana / no radioactiva o regulando cláramente que es “light” u “orgánico”. Y si me dejan, ya que estamos, un impuesto en alimentos profundamente chorras, como la Coca-Cola (soy adicto, pero dioses, es tonto beber agua con azucar de este modo) o los malvados tigretones y panteras rosas.

¿Suena irrelevante? Es mucho menos tonto de lo que parece. Mirad las cifras en los enlaces de arriba y los efectos en la obsidad de la población. Es una regulación con coste prácticamente cero (¡poner carteles en McRata!) y una mejora de salud clara.