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El Coliseo

Archive for the ‘arbolitos y animalitos’ Category

Como las grandes reformas son de hecho muy pequeñas

Monday, November 23rd, 2009

Citoyen me preguntaba ayer sobre el futuro de las pequeñas tiendas de barrio, y si el estado debe hacer algo para ayudarlas. El dilema venía de un artículo en El País del sábado que se hacía eco de los problemas que el pequeño comercio está atravesando y cómo tiene dificultades para competir con las grandes superficies.

Las grandes superficies (y gente como Esperanza Aguirre y liberales aledaños) acostumbran a decir que esto no es un problema político, sino el resultado del cambio de actitud y preferencias de los consumidores. Al fin y al cabo, nadie está obligado a ir a un centro comercial en medio de ninguna parte a comprar ropa o pañales; si la gente se pasea lo hace porque quiere. Es el libre mercado; si el pequeño comercio no puede competir es porque no hace las cosas bien.

Es un argumento razonable, pero tiene un problema: la viabilidad de un centro comercial en las afueras no es accidental. Su éxito, de hecho, depende en gran medida de una serie de políticas muy determinadas, no sólo de la experiencia de los consumidores.

Empezaremos por lo obvio: un centro comercial en las afueras depende en gran medida de su “capacidad” para hacer que otros paguen sus costes. Estar en medio de ninguna parte obliga a todos los clientes a tener que coger el coche; depende en gran medida de infraestructuras que no han pagado ellos. Por descontado, el hecho que el medio de transporte que explotan sea de largo el más ineficiente y contaminante tampoco va con ellos - es otra externalidad que no pagan.

Más allá de eso, la misma viabilidad de un centro comercial se deriva de un determinado modelo de crecimiento extensivo en muchas ciudades. La idea básica tras el crecimiento de muchas áreas metropolitanas ha sido ocupar más espacio, sin realmente pensar cómo. Madrid -en general- ha tendido a construir con densidades razonablemente altas (no hay demasiado infierno suburbial a la americana), pero los nuevos barrios tenían de forma uniforme dos problemas: demasiado espacio para coches y demasiado especialización funcional. El urbanismo siempre se ha basado en calles demasiado anchas, demasiadas conexiones con autopistas y muy poco interés en hacer crear edificios de uso mixto.

Como los centros comerciales, vivir en el extrarradio genera unas externalidades importantes. Dar servicios a zonas con densidades bajas es más caro; llevar transporte público, autopistas a zonas alejadas cuesta dinero. La gente que vive en los suburbios y se desplaza al centro para trabajar está utilizando tanto las calles y trenes “propios”, usados poco intensivamente al estar al final de línea, como las sobrecargadas infraestructuras del centro. El nucleo central (Madrid capital) tiene que hacer un gasto enorme acomodando trabajadores que entran cada día a la ciudad pero pagan sus impuestos fuera, con el resultado que la presión fiscal municipal es mayor en el centro que en la periferia - al revés de lo que deberíamos ver.

El problema opuesto se produce en el comercio de barrio, una institución que genera una cantidad tremenda de externalidades positivas. Cada ordenador, lechuga o abrigo que compro en mi barrio es un desplazamiento menos hacia un centro comercial en las afueras. Cada uso adicional que tiene una calle o un edificio hace el sistema en general mucho más eficiente, ya que estamos utilizando lo que tenemos de forma mucho más intensiva. Una calle con comercios es una calle con peatones, tráfico, gente; un sitio mucho más concurrido, y muchísimo más fácil de vigilar.

Es por eso que cuando hablamos de leyes como la ley de economía sostenible siempre me me sorprende que se hagan tantos pronunciamientos grandilocuentes cuando hablamos de cosas relativamente sencillas. Si lo queremos hacer es que la economía española sea más verde y reducir emisiones, no tenemos que concentrarnos tanto en grandes inversiones, sino en hacer que cada cosa cueste lo que debe. Más que diseñar una política de I+D, reconstruir universidades y tratar de adivinar de dónde vamos a sacar el crecimiento, es mejor asegurar que las externalidades que son gravadas como Dios mandan, y dejar que el mercado haga lo que debe.

Por descontado, esto no se reduce a cómo regulamos dónde podemos contruir casas y dónde - es sólo un aspecto de ello. La burbuja inmobiliaria hubiera sido mucho menos peligrosa si las viviendas de nueva construcción incluyeran las externalidades en el precio de partida. Menos casas vacias en medio de ninguna parte, menos barrios que necesitan dos coches por familia, caídas mucho menores de precios al ser las viviendas más atractivas desde el principio.

Hacer la compra y construcción de casas menos rentable hubiera contribuido a poner más dinero en sectores más útiles - y en un mundo en que contaminar es caro (y paga impuestos), trabajar para reducir emisiones es inmediatamente un negocio atractivo.

Por descontado, no basta con gravar externalidades; hace falta tener una economía flexible; un mercado laboral que puede reasignar recursos de forma eficiente y que incentive la especialización; un sector público que ponga las cosas fáciles y no te ahogue en papeleo. De momento, el gobierno está hablando mucho de estas palabras grandes y de grandes medidas (mencionan incluso -gasp- una reforma laboral), pero tienen que recordar que en el fondo la bases del problema es muy, muy sencilla, y muy específica: que lo más eficiente sea de hecho lo más viable.

Cuando los aranceles tienen sentido

Wednesday, November 18th, 2009

Para los que me leen desde hace tiempo, siempre he estado a favor del libre comercio. He hablado a favor de las deslocalizaciones, defendido eliminar los aranceles agrícolas y nunca he creído que la globalización y el estado del bienestar son incompatibles. No creo que el proteccionismo sea una buena idea.

Estos días, sin embargo, me he encontrado con un par de artículos curiosos. El primero, resulta que la región de Estados Unidos que más ha disminuido sus emisiones de CO2 es… Texas. Esto ha sucedido en parte porque George W. Bush, cuando era gobernador, impulso la industria eólica (¡!) con energía, en parte por la conversión de centrales de cabón a centrales de gas natural. El factor más importante, sin embargo, ha sido mucho más sencillo: una cantidad enorme de industrias se han ido del estado hacia China.

El segundo artículo es un repaso sobre el mercado de permisos de CO2 en la Unión Europea. Tras un inicio (muy) torpe, parece que la cosa está funcionando bien, hasta el punto que las emisiones en el 2012 serán un 13% inferiores a 1990, excediendo de sobras los límites marcados en el tratado de Kyoto. El mercado de permisos está funcionando, o eso parece.

Ambas cifras, sin embargo, tienen un pequeño problema. Las emisiones en Europa pueden estar bajando, pero eso no significa que los productos que los europeos compran hayan creado menos emisiones de CO2 al ser fabricados. Básicamente, no contaminados nosotros: hacemos que los Chinos fabriquen los juguetes que compramos y ensucien ellos.

Las emisiones de CO2 tienen un precio en Europa, y tienen que sortear un cierto número de regulaciones medioambientales en Estados Unidos (sí, incluso en Texas). Los gobiernos occidentales están, básicamente, poniendo un impuesto a sus emisiones de carbono, y los productores (y consumidores) lo evitan gracias a la fábrica China. Si creemos que el CO2 es una externalidad negativa que debe ser gravada (algo que comparto plenamente), esto es un agujero muy importante que debe ser cerrado - seguramente vía aranceles.

En el mundo en que vivimos, sin embargo, un arancel no es algo demasiado popular. La Organización Mundial del Comercio (OMC) coge unos rebotes tremendos cuando alguien pone aranceles (no cuando hace el burro con su moneda - pero ese es otro tema) normalmente autorizan que los países afectados respondan con represalias comerciales. Una guerra comercial hace daño a ambos países, al reducir la demanda total, y no queramos que eso suceda.

La cuestión es, un impuesto sobre emisiones no es realmente un arancel - de hecho, es algo más parecido a nuestro viejo amigo el IVA. Si os habéis fijado, los aeropuertos tienen unas ventanillas donde los turistas de fuera de la UE pueden pedir la devolución del IVA antes de volver a casa. El impuesto sobre el valor añadido grava el consumo dentro de la Unión Europea, no fuera, así que las exportaciones no lo pagan. Como impuesto sobre el consumo, sin embargo, las importaciones sí tiene que pagar IVA cuando son vendidas dentro de la Unión, así que se ganan su 16% 18% en España. No estamos gravando lo que viene de fuera, sino un determinado tipo de actividad, y el impuesto afecta a todos los productos igual. La OMC calla y otorga.

Un impuesto sobre CO2 / precio sobre las emisiones sería, de hecho, algo parecido al IVA. Estamos gravando la acción de contaminar, no el hecho de producir fuera, así que dentro de las reglas de la OMC sería perfectamente aceptable. Esto tendría muchas ventajas, empezando por salvar el planeta, y algunos inconvenientes si eres China, ya que se verían obligados a reducir emisiones si quieren seguir exportando tanto. Como de hecho China está exportando demasiado, eso de hecho no es malo - y estoy seguro que sería tremendamente popular a ambos lados del Atlántico. O al menos en Europa.

De momento, el Senado americano se lo está planteando seriamente; en la UE, Francia está defendiendo la propuesta con energía; muchos analistas creen que es inevitable. Para que yo esté de acuerdo con los franceses, algo grave tiene que estar sucediendo, así que creedme, no es una idea absurda en absoluto.

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Malvada carne

Friday, October 9th, 2009

Unos cuantos enlaces para ecologistas y vegetarianos, y algo que carnívoros entusiastas como un servidor deberían tener en cuenta. ¿Sabéis que comer carne roja es horriblemente malo para el medio ambiente? Resulta que la producción de gases de efecto invernadero en ganadería es extremadamente alta - y no sólo por los pedos de vaca, un problema relativamente menor. Yo era más o menos consciente de ello, pero es mucho peor de lo que pensaba - aquí tenéis dos buenos artículos.

Comer pollo, por lo que parece, es menos malo, pero sigue siendo un problema. Y no, no puedo dejar de comer hamburguesas - pero creo que sí comer menos.

El Senado “resuelve” el cambio climático

Friday, October 2nd, 2009

Hablando de reformas, hoy tengo dos noticias sobre el cambio climático: una buena y una mala.

La buena es que ante este problema global que puede acabar por destruir el mundo tal como lo conocemos y crear una catástrofe de proporciones nunca vistas, el Senado de los Estados Unidos finalmente ha empezado a redactar legislación, y que la propuesta incial es bastante buena.

La mala es que siendo esto el Senado de los Estados Unidos, la ley va a ser horriblemente mutilada y torturada antes de ser aprobada - si sobrevive, el texto va a ser a buen seguro una cosa un poco lamentable.

En fin. Tenemos detalles de la ley Kerry - Boxer de empleos en energía límpia y energía americana (no, no es broma) aquí. Una comparación con el texto de la cámara de representantes (ya aprobado) aquí y aquí. Antes de ser aprobada en el pleno, la propuesta tiene que navegar no uno, no dos, no tres, no cuatro si no cinco comités distintos (dicho de memoria, agricultura, energía, finanzas, comercio y relaciones internacionales), todos con capacidad de enmendar, retrasar, torpedear y en general hacer la vida imposinle a la reforma.

Algunos comités son relativamente receptivos, otros no lo son en absoluto - finanzas, por ejemplo, tiene un montón de Senadores de estados productores de carbón que no quieren ni oir hablar de estas tonterías sino tienen un montón de regalitos y protecciones a los amigotes asociadas. En los últimos años varias reformas han ido a morir en uno de estos antros, así que por mucho que los demócratas tengan mayorías, aprobar la ley será complicado. De hecho, más difícil que aprobar la reforma de la sanidad.

El problema es que en este caso una ley de segunda no nos basta. Si la reforma de la sanidad es chapucera, el Congreso siempre puede retocarla de aquí tres o cuatro años. Una ley mediocre mejora el status quo, y puede arreglarse más adelante. Al hablar de cambio climático, sin embargo, es posible que eso no baste. Si los últimos datos son correctos, o arreglamos el problema ahora o esto va a doler en serio - si no es que ya es demasiado tarde.

En fin, más nos vale tener fe y esperar el milagro.

De trenes y efectos de red

Thursday, September 3rd, 2009

El ferrocarril es un medio de transporte estupendo. Para trayectos en que la velocidad media esté por encima de los 130-140 Km/h y menos de tres horas de duración, el tren es de lejos el medio que atrae la mayor cantidad de viajeros, y los transporta de la forma más cómoda y eficiente posible. Una doble vía electrificada apta para circular a 200 Km/h o más de forma sostenida puede llevar una cantidad ridícula de gente ocupando poquísimo espacio, y gastando una cantidad de energía ridícula.

Si algo llevan haciendo bien los sucesivos gobiernos españoles desde los años noventa es apostar por construir trenes de alta velocidad. Son infraestructuras caras y que requieren una inversión tremebunda que a largo plazo, sin embargo, acaban pagándose sólas: ahorran energía, hacen las regiones que conectan muchísimo más deseables, y encima recuperan costes sólo con su explotación, sin contar externalidades raras.

¿Son el medio de transporte perfecto? Bueno, no tan rápido. Las líneas de alta velocidad son muy útiles, pero no funcionan bien por sí sólas. Necesitan, más que cualquier otro medio, trabajar dentro de una red de transportes, algo que España no ha hecho demasiado bien.

La red de alta velocidad española comenzó con una sóla línea, el nuevo acceso ferroviario a Andalucia (NAFA). La idea inicial del AVE Madrid-Sevilla era relativamente poco ambiciosa: una línea alternativa al saturadísimo paso de Despeñaperros (de trazado horrible y vía única) que era la única conexión directa del sur y centro de España (sí, está el Huelva-Zafra, pero es aún peor). Siendo una línea nueva, el gobierno socialista la quería hacer bien, a pesar de ser un puerto de montaña: doble vía electrificada, pendientes muy suaves y velocidades entre 160 y 220, todo ello en ancho ibérico. Un gran salto adelante, pero no una revolución.

Con la excusa de la Expo, sin embargo, las cosas se hicieron un poco más ambiciosas. Aparte del nuevo acceso, se aprovechó para construir una nueva línea con un trazado excelente en las llanuras manchegas, esta sí apta para 250-270. Para acabar el arreglo, se añadió un tramo de altas prestaciones al sur de Sierra Morena de Sevilla a Córdoba,  este apto para 250. Con las obras empezadas, sin embargo, en Fomento se dieron cuentas que podrían tener una vía nueva, pero no tenían trenes: Alstom, el fabricante con más experiencia, no tenía tiempo (ni ganas) de rediseñar su TGV para ancho ibérico (*). Como resultado, la LAV se abre siendo apta para velocidades entre 160 y 270 (y un pequeño tramo a 300, apenas 20 Km. La línea no es una LAV “pura”), pero en ancho UIC internacional - Una isla europea en medio de ninguna parte.

¿El resultado? Bueno, la LAV Madrid-Sevilla consigue tener un montón de tráfico, pero sólo entre dos ciudades. Los viajeros junto a la línea ven como el tiempo de viaje se reduce de casi siete horas (¡!) a apenas dos y media. Los viajeros que viven en Albacete, Valladolid, Cuenca, Mérida o Guadalajara que que quieren ir a una de las ciudades servidas por la LAV ven una reducción cero, a no ser que quieran hacer un transbordo no demasiado fácil de coordinar. El resultado es una vía con una capacidad gigantesca (el LZB, sistema de señales utilizado para coordinar el tráfico, permite trenes cada tres minutos) utilizada de forma relativamente poco intensiva, por el dichoso ancho ibérico.

La cosa se quedó así bastantes años, hasta que la furia inversora del gobierno y la tecnología llegaron al rescate. En cuanto a inversiones, España está construyendo LAVs a mansalva - y cada kilómetro adicional no conecta dos ciudades, sino que amplia la red. La “vieja” línea de Sevilla, hasta hace poco un tanto abandonada, empieza a ver tráfico un poco más serio - las “antenas” a Málaga y Toledo han multiplicado por dos el número de circulaciones; por si fuera poco, la conexión directa con la línea de Barcelona ha añadido más circulaciones. A corto-medio plazo, la LAV de Levante permitirá ir en Tren de Valencia a Sevilla o Málaga en dos horas y media (aún más viajeros), mientras que el tren de conexión Atocha-Chamartín permitirán conectar Valladolid con Málaga en tres horas y cuarto. El tronco central de la línea podrá ver un tren cada 5 minutos en unos años en hora punta, seis veces más que cuando abrió.

La segunda bendición para el ferrocarril español ha sido Talgo, CAF y el tener una tecnología de cambio de ancho práctica y ágil. Hasta hace relativamente poco los Talgo podían cambiar de ancho, pero era un peñazo; pasar por el intercambiador exigía un cambio de locomotora, un montón de personal y media horita de tiempo perdido. Gracias a los trenes de la serie 120 (CAF) y 130 (Talgo), sin embargo, ese cambio es ahora innecesario: Renfe tiene trenes aptos para circular a 250 Km/h, que cambian de ancho en dos minutos y no tienen que cambiar nada. Gracias a esto, ciudades que no tienen ancho UIC (como Pamplona o Bilbao) pueden tener trenes que aprovechan las LAV sin estar cerca de ellas, generando todavía más tráfico.

¿Nos basta con esto? No, todavía no. Por descontado, no es viable conectar todas las ciudades de España con una LAV directamente - es demasiado caro. Por muy bonita que sea Salamanca, no justifica una línea nueva, y probablemente tampoco un intercambiador en Ávila para que poder enviar un Talgo. Siempre podemos tener una lanzadera que conecte con la LAV, pero los transbordos nunca gustan a nadie.

Lo que si puede ser útil, sin embargo, es cambiar la vía que va a Salamanca de ancho (algo relativamente barato y rápido) y tener un regional Salamanca-Ávila-Segovia-Madrid-Toledo utilizando la LAV - o un tren de larga distancia a Barcelona pasando por Madrid. Sí, Salamanca sólo aportará una fracción pequeña del tráfico, pero el resto de estaciones te llenarán el tren.

Dicho en otras palabras: hace falta cambiar el ancho de vía de toda la red, tarde o temprano, y hacerlo relativamente rápido. La buena noticia es que Fomento está tomándoselo muy en serio, y la planificación está muy avanzada. La mala noticia es que -como de costumbre- no estoy seguro que se cumplan plazos, y aún cumpliéndose, es muy probable que no se haga hasta después que los tráficos se liberalicen en el 2012. Aún así, con todas la red troncal con LAVs, el cambio de ancho será relativamente indoloro para los viajeros y Renfe (todos los trenes comprados en ibérico están diseñados con el cambio de ancho en mente), pero una pesadilla para los mercancias - no que en España se utilicen demasiado.

Resumiendo: más LAVs y AVE, muy bien -y de hecho, como más mejor. Cada kilómetro adicional de vía electrificada en ancho UIC hace todo lo que ya está construido mucho más útil. Y si me apuráis, cada kilómetro adicional de metro en Madrid, Valencia, Barcelona o Sevilla que te pueda acercar a la estación hace todo el sistema más útil - y nos hace menos dependientes del petróleo. En cierto sentido, es eso lo que hace el tren menos eficaz en EUA, y no la poca densidad de población.

Recordad: Un tren puede ser propulsado por molinos de viento. No me digáis que no suena límpio.

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Regulando las hamburguesas como cigarrillos

Friday, July 17th, 2009

Leyendo un poco más sobre comidas y alimentos mutantes, he recordado una de esas viejas verdades que no debemos olvidar nunca: somos simios. Una pila de monos. Un poco más limpios, más refinados y con pantalones de diseño, pero simios al fin y al cabo; y nuestra racionalidad no anda demasiado lejos.

Cuando hablamos de política alimentaria, de comida, nuestro reflejo primario no es “cielos santo, esto tiene un montón de grasas y derivados de maiz extraños”; es “Chita gusta vaca deliciosa”. Nuestro cerebro no está diseñado de origen para intentar comer bien; la circuitería primigenia que dirige nuestros impulsos alimentarios busca sobrevivir como pueda, anticipando la terrorífica escasez ocasional del cazador / recolector. Cuando vemos una pila de dulces y grasas cargados de calorías hasta los topes, el simio que llevamos dentro tiene como principal prioridad acumular todo lo que pueda, no pensar en infartos de miocardio.

En cierto sentido cuando regulamos comida no podemos pensar en ella como lápices - debemos pensar en algo más parecido a una droga. Sin llegar a los extremos adictivos de según qué productos, como consumidores no somos demasiado racionales al pensar en qué debemos comer. Cierto, una giga-hamburguesa no es algo completamente inútil (no sólo te mata, también te da energía) pero su canto de sirena está muy por encima de lo que debería estar - y tendemos a infravalorar lo peligrosa que es a largo plazo de forma constistente. Y sí, nos nublan la vista - si os ofrezco un delicioso Huesitos (cómo los echo de menos en abstracto) seguramente diréis que no os apetece, pero si os pongo uno en la mano y mientras yo disfruto de uno, es muy probable que os lo comáis. Es un puro ejemplo de racionalidad limitada.

Obviamente, la racionalidad no desaparece del todo; tenemos hambre, pero no tenemos síndrome de abstinencia. Los mecanismos que hacen que alguien vuelva al redil de la comida (relativamente) sana son bastante simples. Un ejemplo sencillo: dar el número de calorías de los platos en los restaurantes. Parece mentira, pero tiene un efecto real más que notable.

Aparte de eso, por descontado poner etiquetas claras y legibles por humanos en la comida que compramos ayuda; no sería mala idea ir más allá, creando un sello oficial de comida sana / no radioactiva o regulando cláramente que es “light” u “orgánico”. Y si me dejan, ya que estamos, un impuesto en alimentos profundamente chorras, como la Coca-Cola (soy adicto, pero dioses, es tonto beber agua con azucar de este modo) o los malvados tigretones y panteras rosas.

¿Suena irrelevante? Es mucho menos tonto de lo que parece. Mirad las cifras en los enlaces de arriba y los efectos en la obsidad de la población. Es una regulación con coste prácticamente cero (¡poner carteles en McRata!) y una mejora de salud clara.

La (mala) comida americana (II)

Tuesday, July 14th, 2009

No hace demasiado tiempo, un servidor estaba a favor de los transgénicos. ¿Plantas que son mágicamente resistentes a plagas, pesticidas y bichos variados, y que encima crecen más rápido y mejor? Maravilloso, dónde hay que firmar.

La verdad, me temo que no era tan fácil - y sí, me parece que estaba equivocado. El origen de mi conversión, de mi vuelta al redil de la naturaleza antigua, es algo muy sencillo: los tomates americanos son una auténtica mierda.

Soy catalán, así que allí donde esté, no importa dónde, uno tiene que mostrar la gloria del pan con tomate. En Estados Unidos hacer esto es muy difícil. Cuando uno compra tomates, tienen el color, olor y tacto adecuado. Tienen un aspecto tremendo, muy apetitoso; son como la idea platónica del tomate. Lo mejor de todo, uno puede comprar tomates todo el año; parece magia. La ilusión no dura demasiado, sin embargo: una vez cortas el tomate y lo sirves en una ensalada o lo utilizas para untar el pan, el sabor simplemente no está allí. En absoluto. Ni de broma, vamos.

El tomate en los supermercados americanos es un monstruo mutante; una criatura transgénica. Los tomates son básicamente la creación de una sóla empresa Seminis, ahora propiedad de Monsanto. Un 70% de las semillas de esa planta en Estados Unidos (según estimaciones conservadoras) vienen de esa empresa - y son esta variedad de aspecto apetitoso, que puede madurar a voluntad, son inmunes a todo y no tienen gusto a absolutamente a nada. Como resultado, un catalán en el exilio viviendo en medio de ninguna parte puede llegar a olvidar el sabor de los tomates si no está sobre aviso; la única alternativa es pagar extra y comprar tomates orgánicos cuando están en temporada.

La cosa no acaba aquí, sin embargo. Gracias a una mágica sentencia del Tribunal Supremo (Clarence Thomas, por cierto, fue abogado de Monsanto. Casualidades) una empresa privada puede patentar el código genético de una planta - y como tal, puede litigar para proteger esa patente. Cuando se trata de semillas de una planta, eso se traduce en que una empresa puede prohibir a un granjero utilizarlas más de una cosecha; guardarlas es una violación de la propiedad intelectual de la empresa, y como tal, uno puede ser perseguido.

Eso no es todo, por cierto. Supongamos que un granjero está utilizando transgénicos, y su vecino no los utiliza. Si oh milagro de la naturaleza la granja “natural” recibe polen de la granja mutante y Monsanto se entera, pueden (y de hecho, lo hacen) meterte un pleito. Como tienen más dinero que cualquier granjero, acabarán por arruinarlo a base de abogados, si no se rinde antes y empieza a comprarles semillas. Venden una planta que produce a menor precio (ya que la puedes maltratar mucho más), te cosen a abogados si no tragas con ellos, y que tiene el “pequeño” efecto secundario que no tiene sabor a nada - y de hecho, es mucho menos nutritiva.

Por descontado, no es sólo cuestión de tomates. El maiz (ese horror subvencionado del que hablaba ayer) es propiedad de básicamente dos empresas (Dupont y Monsanto), creadoras de semillas mutantes que producen aún grano a costa del contribuyente. La soja es la madre de todos los monopolios, con un 90% de las plantas en Estados Unidos nacidas de semillas de Monsanto.  Y así sucesivamente.

Estas empresas nadan en dinero. Igual que las megaconcentradas productoras de carne, viven de producir cantidades ingentes de comida de tercera - enormes cantidades de calorías subvencionadas. Son un horror de lobistas, beneficios monopolísticos y creación de comida de tercera.

Me he pasado la vida hablando mal de la Política Agraria Común. Las subvenciones de la Unión Europea son un monstruo ineficiente que hace un daño horrendo a muchísima gente, pero al menos no crean un montón de incentivos perversos en el sector alimentario. El sacrosanto granjero francés será muchas cosas, pero al menos no tiene que producir monstruos mutantes que son utilizados para hacer cajas llenas de conservantes para ser rentables. Y si uno quiere tomates fuera de temporada, vendrán de la granja menos ecológica del mundo en Almeria, pero al menos tienen gusto a tomate.

España es el primer productor de la Unión Europea del único transgénico que está autorizado en la UE, por cierto: el maiz. Mejor despertemos y nos tomemos las cosas con calma.

En fin, algo no precisamente tranquilizador. Como comentaban en Food Inc (insisto, documental imprescindible), como consumidores votamos tres veces al día. Un servidor, cínico amante de la comida basura, está comprando productos orgánicos y evitando carne producida industrialmente. Es un problema serio, y sólo se arregla cambiando hábitos, no sólo a base de leyes.

La (mala) comida americana (I)

Monday, July 13th, 2009

Decir que la comida en Estados Unidos es mala es un tópico antiguo. Cuando la mayor exportación gastronómica de un país es, en apariencia, los restaurantes de comida rápida, no es difícil llegar a esta conclusión - el problema, sin embargo, es que este no es el origen de la mala comida.

Como cualquier país desarrollado que se precie, Estados Unidos tiene una política agraria disfuncional. Del mismo modo que la mística de los granjeros franceses hace que la Unión Europea tenga una Política Agraria Común como mínimo desafortunada, el mito de la arcadia rural (y la tremebunda sobrerrepresentación de los estados del centro del país) en Estados Unidos crea un sistema de subvenciones básicamente kafkiano.

Estados Unidos subvenciona la producción de maiz. Lo hace hasta niveles ridículos, con cientos de excusas extrañas. Lo hace hasta el punto que un 45% de la producción mundial viene de Estados Unidos. Es relativamente difícil calcular cuánto dinero reciben los productores de maiz al año, entre subvenciones al etanol, aranceles a la importación de azucar, ayudas directas y obstáculos absurdos variados. El resultado es que el maiz tenga un precio de mercado ridículamente barato, muy por debajo de lo que cuesta producirlo - y eso hace que tenga un papel central en el sistema alimentario americano.

El maiz, junto con la soja (otra planta hipersubvencionada), están en todas partes. Literalmente. Sea via jarabe de maíz (corn syrup), sea vía otro derivado químico de la planta, la inmensa mayoría de comida preparada en un supermercado americano es de hecho cereales ingeniosamente camuflados endulzando algún otro producto. Galletas, Coca-Cola (la bebida americana por excelencia sabe peor en EUA; no usan azucar para endulzarla, sino jarabe de maiz), pan, pasta, pastelitos, salchichas, yogures, queso, absolutamente cualquier cosa que se venda en caja o botella lo tiene como ingrediente.

Siendo como son comidas de laboratorio, están diseñadas para ser baratas y deliciosas (es un decir); en ningún caso saludables. Calorías a mansalva a precios imbatibles. Comer en Estados Unidos es muy barato; el problema es que se está subvencionando de forma directa comidas que no son saludables. El resultado son supermercados dónde lo barato es la comida más exageradamente procesada, dulce y grasienta. La obesidad, ese mal tan americano, es cosa de gente con pocos recursos por un buen motivo. Se calcula que un tercio de los americanos nacidos en los últimos años sufrirán diabetes cuando sean adultos, en un país donde tener enfermedades crónicas te echa del sistema de sanidad rápidamente.

La comida procesada, sin embargo, es sólo parte del problema: el maiz y soja son tan baratos que son utilizados como forraje para animales de granja. En los últimos años el sistema ganadero americano ha experimentado una transformación tremenda, combinando subvenciones y desregulación de forma espectacularmente torpe. Ahora mismo en Estados Unidos la producción de carne está en manos de cuatro o cinco empresas; un 80% de carne bovina o pollo está controlada por estos grandes conglomerados. Estas empresas no están para historias de comida sana o granjas bonitas; lo suyo es la estandarización (que es lo que quiere McDonalds), comida que parezca apetitosa y sobre todo, precios competitivos. El resultado son las grandes, gigantescas granjas industriales que producen más del ochenta por ciento de la carne del país.

Esto genera problemas. Para empezar, las vacas no están “diseñadas” para comer maiz; su ingestión no les sienta nada bien, haciendo que aparezcan cosas como e-coli en sus estómagos. Para superarlo, la industria hincha los animales de antibióticos y limpia la carne con amoníaco (¡!) , entre otras guarradas parecidas. Los pollos de granja industrial son freaks genéticos que literalmente nunca ven la luz del sol, engordan el doble de rápido que pollos normales y apenas pueden andar debido a la cantidad de carne que llevan encima. Eso cuando no mueren ahogados por su propio peso, algo que pasa a menudo. Por descontado, los pobres bichos también tienen un sistema inmunológico nulo, merced de su aislamiento, así que están hinchados con medicinas por si acaso.

Con cuatro o cinco compradores, los granjeros no controlan los precios; el oligopolio de precios hace que el mercado sea muy restrictivo. Las industrias sólo compran al precio que ellas piden, exigen producción industrial estandarizada, y básicamente crean un sistema donde la carne es barata, abundante, y básicamente tan natural como un trozo de plástico en la mayoría casos.

(Más sobre el tema, esta tarde. Para los impacientes, echad un vistazo al documental Food Inc. )

Tontadas nucleares

Tuesday, June 16th, 2009

Estoy a favor de la energía nuclear: son centrales límpias, ridículamente potentes y que generan unos residuos muchísimo más limitados y fáciles de controlar que el CO2. Sí, son caras de construir y mantener, pero la cantidad de electricidad que producen por planta es astronómicamente superior a cualquier central con emisiones comparables (cero), sea eólica, hidráulica o solar.  Si las centrales “sucias” (carbón, gas, etcétera) tuvieran que ocuparse de sus residuos (y sus efectos sobre el cambio climático) del mismo modo que las nucleares tienen (y pueden) almacenar sus externalidades, estoy seguro que serían competitivas.

¿Por qué digo esto? Porque el cierre de Garoña anunciado por Zapatero es una estupidez. Sí, es una promesa electoral. No deja de ser una promesa electoral rematadamente estúpida. Si queremos reducir emisiones, las centrales nucleares ya construidas son una herramienta perfecta. No pido que construyan más (aunque la verdad, deberíamos construir más), pero dioses, hagan algo que tenga sentido. Pensad en Francia y su alegre obsesión nuclear, por una vez.

(Por cierto, ¿para cuándo la fusión nuclear?)

Medidas obviamente estúpidas

Monday, May 11th, 2009

Hay veces que los políticos aprueban medidas tan transparentemente ridículas que uno no sabe qué decir. Cuando leo sobre algo que me suena mal, siempre intento comprender qué lógica hay detrás de la medida; uno puede no estar de acuerdo con una reforma, pero será por no compartir objetivos o entender el cálculo político, no por creer que el legislador es imbécil.

Esperanza Aguirre acostumbra a desafiar este tono comprensivo. Los descuentos al impuesto de matriculación en la Comunidad de Madrid son directamente estúpidos, beneficiando sólo a aquellos que compran coches caros y contaminantes. La compra de un vehículo en una ciudad que gasta tanto (y tan bien) en transporte público es ya de por sí una tontería, pero hacer más baratos los coches más sucios es sencillamente cosa de idiotas.

Y eso sin ni siquiera mencionar lo regresivo que es hacer esta clase de descuentos. Un vehículo privado es en muchos sitios un lujo innecesario. Dar más dinero a quien se compra el cacharro más caro es una imagen bastante transparente sobre qué clase de político es Esperanza Aguirre. Y por cierto (ya puestos) la clase de decisión que una oposición decente puede explotar con éxito.