Moncloa ha cambiado el director de comunicación esta semana. El relevo no es una sorpresa; muchas voces en el PSOE llevan una buena temporada quejándose que el gobierno no sabe explicarse. No conozco demasiado al nuevo Secretario de Estado, aparte de su nombre y el hecho que lleva trabajando en la prensa escrita desde hace décadas. La verdad, cuando anunciaron el nombre sólo le recordaba como director de Público, aunque no soy de los que presta demasiada atención a quién escribe la noticia al leer el periódico.
Varios comentarios son de rigor. El primero, y más obvio, es que la política de comunicación de un gobierno es, hasta cierto punto, secundaria. Lo importante no es tanto qué dices sino los resultados objetivos de tus políticas. Si la economía va mal y el paro está por las nubes ya puedes tener a Cicerón y Abraham Lincoln escribiéndote discursos, que tu gbierno no irá a ningún sitio. La principal preocupación de un político que aspire a ser reelegido es hacer bien su trabajo, no escribir fantásticas notas de prensa.
Por descontado, la política de comunicación no es totalmente irrelevante, eso está claro. Aún así, el problema de los últimos meses no es que el gobierno no sea bueno transmitiendo mensajes - el problema es que realmente no saben qué mensaje transmitir. El espectáculo de marchas y contramarchas constantes cada vez que un ministro propone una medida es realmente desesperante no por ser un fallo de comunicación, sino por ser una muestra de falta de una dirección política clara. Cuando no sabes dónde vas, es muy difícil explicarle al pasaje qué bonito es el destino, o justificar por qué la carretera está llena de baches, al fin y al cabo.
Moncloa puede que necesitará un nuevo equipo de comunicación, pero la prioridad debería ser otra. Más que un tipo con muchos amigos en la prensa capaz de preparar un mensaje que sea fácilmente masticable por reporteros con pocas ganas de leer demasiado, el gobierno necesita un buen jefe de gabinete, alguien que sea capaz de dar una estrategia global para salir de la crisis. Nada de globitos, nada de exploraciones, nada de ministros campando a sus anchas; alguien necesita escribir una Biblia de gobierno de diez páginas, esculpirla en mármol, y utilizarla para atizar la cabeza de todo político que se acerque a un microfono. Un plan, una idea, un mensaje - y quien se mueva es lanzado al pozo de las pirañas.
Por descontado, esto no es trabajo para un periodista, por mucho que sea licenciado en políticas. Esta es la clase de cosas para los que reclutas a políticos unicejos incapaces de hacer amigos; uno de esos buitres que duermen con un ojo abierto. Alguien como Leo McGarry pero con (más) mala leche; Malcolm Tucker, sólo que un poco más agresivo. Un apparatchik del partido de verdad, de los que cortan árboles a dentelladas en su tiempo libre.
Por descontado, no es un trabajo que tenga que hacer el presidente del gobierno. Zapatero no está en Moncloa para hacer llorar a hombres adultos como niñitas, sino para tomar decisiones. Lo suyo es decidir qué hay en el programa y venderlo; lo de pegar gritos y asegurarse que todo el mundo está en la misma página es para el tipo antipático del despacho de al lado.
Esto no va a salvar al gobierno mágicamente, claro esta: si tu programa de gobierno es malo, no importa lo bien que lo implementes que te estrellarás igual. La planificación previa y la estructura básica del program de gobierno son pasos necesarios para que las medidas salgan de forma ordenada se apliquen de forma coherente, pero tampoco te darán las elecciones.
Resumiendo, bien por Moncloa decidiendo que tienen que introducir cambios. Ahora falta esperar que estos no sean los únicos; hay que mejorar más cosas. Y hacer las cosas bien, ante todo. Ya se sabe.
Hace mes y medio dejamos la reforma de la sanidad en Estados Unidos en estado de crisis, víctima del súbito ataque de pánico de los congresistas demócratas tras perder un misérrimo escaño en el Senado. En las últimas dos semanas, sin embargo, la ley parece haber vuelto a la vida, lenta pero segura, y esta semana vuelve a ser motivo de debate y discusión, con la Casa Blanca trabajando duro para que sea aprobada. ¿Qué ha sucedido para que esto sea así?
Empecemos por una crónica de las últimas semanas - esta es un buen punto de partida. Primero, los demócratas se calmaron un poco. Tras los alaridos desesperados de los primeros días, el partido entró un poco en razón. Jonathan Chait lo explica bien aquí; básicamente, es más lógico y racional que aprueben algo, lo que sea, que suicidarse políticamente víctimas de un miedo desatado.
Hace tres o cuatro semanas, la ley volvió a aparecer en el debate político. Los medios la habían dado por muerta, pero Obama empezó a volver a hablar de ella. Primero fue en el discurso sobre el estado de la Unión, dando una cordial bronca a sus compañeros de partido. Después entre bastidores, con Pelosi y Reid (los líderes demócratas en ambas cámaras) empezando a contar votos. Finalmente, de forma brillante por el mismo presidente en su épico debate / masacre dialética con los republicanos en Baltimore, en una intervención digna de cierta serie televisiva de ficción. Obama estaba en la calle, hablando de la necesidad imperiosa de aprobar la reforma, retando a los conservadores a salir al ruedo y ofrecer ideas. Para acabar de reforzar el mensaje, las aseguradoras, en un ejemplo de torpeza épica, anunciaban increíbles subidas de precio (¡39%!) esos mismos días.
Volvamos al procedimiento legislativo americano, recordandocómo se aprueban las leyes en Estados Unidos: las dos cámaras tienen que votar a favor del mismo texto, y el Presidente tiene que firmar. En la reforma de la sanidad, los demócratas tienen dos textos distintos realmente muy parecidos entre ellos, tienen un acuerdo más o menos decente entre ambas cámaras sobre cómo sería la ley final… y no tienen los sesenta votos necesarios en el Senado (recordad que los republicanos están abusando del filibusterismo como posesos) para aprobarla utilizando el procedimiento normal.
Eso no quiere decir que no haya una salida. Para aprobar una reforma, los demócratas necesitan hacer dos cosas. Primero, la Cámara de Representantes tiene que aprobar la propuesta de ley aprobada por el Senado. Segundo, el Senado tiene que aprobar una serie de enmiendas a su propia ley que recojan los cambios pactados con la cámara baja, utilizando un procedimiento llamado reconciliación (mayoría pura) que evita los bloqueos vía filibusterismo. El problema, por descontado, es que los representantes no se fían de lo que haga el Senado, y quieren garantías que si aprueban el texto de sus “amigos” de la cámara alta (nota: no se aguantan) estos cumplirán con su palabra y cambiarán las cláusulas que consideran inaceptables.
Llegamos a esta semana. La Casa Blanca tiene dos objetivos. Primero, convencer a sus compañeros de partido que dejen de correr despavoridos, paren de apuñalarse unos a otros y se decidan a aprobar una reforma que necesitan desesperadamente (leed aquí por qué; Jonathan Bernstein lo explica mejor que yo). Segundo, necesita dar una cobertura política a su compañeros de partido, vendiendo agresivamente la ley a un público no demasiado convencido. La gente dice estar en contra de la ley en general, pero está a favor de las medidas que esta incluye; mejor comunicación (y el efecto que tiene una victoria legislativa en indecisos; “lo que gana, es bueno” es un lógica muy extendida) es algo necesario.
Para vender la reforma, la Casa Blanca ha convocado una cumbre bipartidista este jueves. La idea es tener un debate público con el Presidente y gente de ambos partidos, discutiendo y presentando ideas para mejorar la reforma. El lunes Obama presentó su propuesta, una combinación de los textos del Senado y Cámara de Representantes que (”curiosamente”) está cerca del consenso entre ambas cámaras (nota al margen: es la primera vez en todo el proceso que la Casa Blanca presenta un texto concreto), y retaba a los republicanos a que hicieran lo mismo.
Por descontado, los republicanos realmente no tienen nada que poner sobre la mesa (sus dos “grandes ideas” son o irrelevantes o peligrosas) y no tienen mucho que discutir; su oposición a la reforma ha sido básicamente una serie de alaridos irracionalistas, no una cuestión de principios. La ley incluye una cantidad tremenda de ideas conservadoras; de hecho, es un calco del modelo de Mitt Romney en Massachusetts (que ha funcionado bien) hace unos años. Si tienen que debatir en público, se los van a comer con patatas, así que llevan toda la semana a la defensiva, diciendo que la cumbre es puro teatro.
¿La verdad? Están en lo cierto. El debate de mañana es totalmente ficticio y básicamente artificial, ya que los demócratas están peleándose para aprobar la ley por si sólos. La táctica, sin embargo, parece que va a conseguir dejar a los republicanos en ridículo - en cierto sentido los demócratas están pagando con su propia medicina el alocado teatro del absurdo conservador de los últimos meses. De momento parece que los medios (Fox News excluído, pero esos son imposibles) se han tragado el invento de la Casa Blanca, y están muertos de ganas de ver la carnaza el jueves, en una partida que Obama tiene básicamente ganada.
Queda la segunda parte, atizar a su propio partido. De momento, están avanzando sin prisa (de hecho, con muy poca prisa) pero sin pausa, trabajando para aprobar la ley. La Casa Blanca está repartiendo tortas y dando caramelos con entusiasmo, intentado evitar que el entusiasmo de la izquierda pierda votos de los moderados del partido (muy a mi pesar, la public option está muerta), y mediando con energía y decisión ante todo conflicto. Obama realmente está utilizando su capacidad de atraer y dirigir el debate con energía estos días, dejando claro que quiere una ley.
¿Quiere decir esto que veremos una reforma este año? No tan rápido. Hace un mes le daba un 30% de posibilidades; hoy quizás subiría a un 50%. Como dice Ezra Klein, estamos hablando del partido demócrata, con su capacidad casi infinita de estrellarse contra obstáculos imaginarios; la reforma sigue teniendo que superar obstaculos considerables. Veremos cómo van las cosas el jueves, y si cómo se porta el partido político más desorganizado del mundo cuando toca demostrar algo parecido a coraje.
He recibido unos cuántos comentarios irados a causa de ciertos mensajillos sarcásticos de un servidor por Twitter hablando de las pensiones. Primero, disculpas si he ofendido a alguien; segundo, tengo que insistir que la postura de los sindicatos en este tema es complemente absurda, y empieza a bordear el pensamiento mágico.
Cierto, el sistema de pensiones no tiene por qué estar irse al garete. Las previsiones en los estudios son eso, previsiones; si las cosas van mejor de lo previsto, el año 2030 puede que el sistema siga en buena salud. Puede ser que, por ejemplo, la productividad aumente más rápidamente de lo esperado. Puede que el desempleo disminuya, la tasa de actividad femenina aumente y tengamos más gente pagando. Puede ser que la natalidad se recupere a cifras ménos patéticas que las actuales. Puede que los españoles decidamos importar más mano de obra con entusiasmo y las paguemos a base de inmigración.
Sí, podemos esperar que sucedan muchas cosas, cierto. El problema es que la productividad no aumentará sin una reforma del mercado laboral seria. La tasa de actividad y el paro no se incrementarán si la reforma del mercado laboral no deja de hacer la vida imposible a los jóvenes. La natalidad seguirá siendo patética mientras el desempleo en menores de treinta años siga siendo atroz, y no haya forma humana de encontrar un trabajo estable. Y si alguien cree que va a ganar elecciones pidiendo más imigración, buena suerte.
¿Los sindicatos no quieren retrasar la edad de jubilación? Estupendo, yo tampoco. El problema es que si no arreglamos todos esos problemas que hacen que los modelos tengan esas previsiones tan pesimistas, no tenemos más remedio que jubilarnos a los 67. El problema es que ahora mismo los sindicatos no quieren arreglar lo primero, y se niegan a aprobar lo segundo, a grito que la cosa está muy mal y mejor dejarlo para mañana. Bueno, llevamos veinte años dejando las cosas para otro día. Empiezo a estar hasta las narices de vivir en un país que cuando las cosas van de puta madre tiene una tasa de paro parecida a la del resto del mundo cuando están en la peor crisis económica desde la Gran Depresión.
Es hora que los sindicatos (y un sector bien nutrido de la izquierda reaccionaria) decidan a qué quieren jugar. Si quieren cambiar el modelo productivo, preservar los derechos sociales y mantener la edad de jubilación, tienen que sentarse sobre la mesa y negociar en serio, no decir que no a todo. Ya es hora que dejen de jugar al perro del hortelano, y dejen de pensar de comportarse como si el sistema actual es el mejor de los mundos posibles.
Ahora decidme, ¿aceptan reforma laboral a cambio de no retrasar la edad de jubilación a medio plazo? ¿Lo aceptarían si la reforma laboral no entra en vigor en su totalidad hasta, digamos, el 2012 ó 2014? ¿o prefieren seguir probando con el sistema actual, a ver si esta vez sí que funciona?
Por cierto, una nota final: lo de la “reacción de los mercados financieros” no es una excusa barata. Mal que nos pese, es una realidad; si no nos portamos como adultos y demostramos que cumplimos nuestras promesas (y la deuda pública es una de ellas), la crisis actual va a parecer un paseo por el parque comparado con el potencial morrazo que nos vamos a dar. Si Alemania o el FMI se apiada de nososotros y nos salvan antes, las reformas estructurales que nos vamos a tragar van a ser tan sutiles como que te corten las uñas a martillazos. No somos Grecia, cierto, pero mejor no tentar la mala suerte.
¿Recordáis este artículo diciendo que Rajoy no quiere ser Presidente del Gobierno? La gente de Polonia opina más o menos lo mismo, aunque lo dicen mucho mejor que yo:
Geniales (el video, por cierto, me lo ha pasado mi madre. ¡Gracias!)
La actuación de Mariano Rajoy en el pleno del Congreso de ayer fue increíblemente triste. Su intervención fue vaga, imprecisa, completamente centrada en hablar de banalidades. Su única propuesta atrevida fue también una oda al surrealismo político: el líder de la oposición pidiendo al partido del presidente de un gobierno en minoría que fuercen su dimisión. Ayer protestaba el hecho que los medios se centraban demasiado en hablar de tácticas y poco de políticas. Hoy no hay queja posible en este aspecto, ya que Rajoy no habló de nada más.
Lo más grave, sin embargo, no fue el hecho que Rajoy no propusiera absolutamente nada relevante. Lo que realmente me pareció desesperante es la sensación, cada vez más obvia, que el líder del PP no tiene la más mínima intención de gobernar ahora mismo. Cuando el líder de la oposición sólo es capaz de pedir al partido mayoritario que se rebele contra su jefe, lo único que va a conseguir es que el PSOE cierre filas alrededor del Presidente. Con esta clase de argumentos Rajoy no se acerca ni un milímetro a la Moncloa a corto plazo - y él lo sabe.
Mariano Rajoy sabe que España necesita reformas estructurales serias. Es algo que tenemos hacer más pronto que tarde - y son la clase de reformas que uno no encuentra en el manual sobre cómo hacer amigos en política. Zapatero y su equipo son bastante conscientes que es hora de ponerse serios (aunque sigan sin ser capaces de ver más allá de su pequeño mundo de ideas enanas), proponiendo cosas necesarias, aunque no precisamente populares. El gobierno pide responsabilidad y sentido de estado, extendiendo la mano al resto de partidos. ¿La reacción de Rajoy? Salir corriendo en dirección contraria tan rápido como ha ha podido.
No es cuestión de querer pactar o no. Sé de sobras que el líder de la oposición no tiene incentivos para buscar consensos con el gobierno. Lo de Rajoy, sin embargo, ha sido un tirarse a cubierto absolutamente descarado - nada de hablar de la realidad, nada de pretender que tiene un plan, nada de señalar que tiene la más mínima intención de estar en la Moncloa. El presidente del PP ha salido de su caverna, ha visto que gobernar España ahora mismo es algo muy complicado, y ha dicho a todo el mundo que a él ni le llamen ni le esperen hasta el 2012, cuando haya parado de llover.
¿Qué le cuesta dar ideas? ¿Qué le cuesta proponer unos cuantos brindis al sol? ¿Qué peligro tenía para el líder de la oposición hacer una declaración de principios, hablar de su filosofía económica, hablar de seriedad económica, regulación bancaria y un nuevo modelo financiero? No pido que el líder de la oposición se sume a pactos y consensos que no le llevan a ninguna parte y que realmente no le aportan demasiado. Lo mínimo que le exijo es que al menos hable de economía, se comporte como un adulto, y demuestre que se muere de ganas de llegar al poder y mover el país hacia adelante. Rajoy no sólo está aterrado de su propio partido; tiene un miedo cerval a llegar el gobierno y tener que tomar decisiones importantes.
Mariano Rajoy quiere que otros hagan el trabajo por él. Quiere que Zapatero se coma todas las reformas impopulares, para entrar en la Moncloa en un par de años sin haber tenido que pegar ni golpe. No me extraña lo más mínimo; el tipo ha gestionado su propio partido del mismo modo. Esto puede que sea un receta decente para llegar, algún día, a la presidencia del gobierno, pero es un acto de irresponsabilidad política flagrante. El PSOE, a efectos prácticos, no tiene oposición - el partido en ese puesto está de vacaciones hasta que pase la crisis.
La gran sorpresa política de esta semana en Estados Unidos ha sido sin duda Evan Bayh. Bayh es el Senador demócrata por el estado de Indiana, e hijo del gran Birch Bayh, también Senador por el mismo estado. Un tipo moderado hasta aburrir, Evan se ha pasado los últimos años pretendiendo ser la voz de la razón centrista dentro del partido - básicamente quejándose de todo, protestando por el déficit fiscal y tratando de bajar impuestos a los ricos, que es lo que le gusta a los republicanos.
Tras doce años dando la murga e intentando ser tan plasta como es humanamente posible en el Senado (y buscando de forma desesperada ser nominado a vicepresidente hace un par de años, aunque Obama demostró tener sentido común y lo dejó de lado), el bueno de Bayh ha dicho que lo deja. Se retira. Abandona el barco. No se presenta a la reelección.
Los motivos detrás de la decisión no es que merezcan demasiado análisis y comentario - son bastante burdos. Básicamente Bayh dice que Washington es cada vez más partidista y que es imposible hacer nada, así que en vista de que nadie le hace caso, se larga y punto. Esto ha creado un problema gigantesco a su partido, ya que ha dimitido el día antes que se cerraban candidaturas para primarias (los jefazos deberán nominar a dedo), dejando un escaño muy vulnerable, todo básicamente porque el pobrecillo se aburría en Washington.
Lo peor, sin embargo, no es que un político blandengue, fofo y obstruccionista salga de escena. El problema es que alguien como Evan Bayh fuera un tipo relevante en primer lugar. El Senador de Indiana forma parte de una clase de políticos especialmente irritantes y cada vez más extendidos: los famoseistas. En Estados Unidos el miembro más conocido de este clan es Joe Lieberman, el inefable Senador independiente de Connecticut, pero es un club bien nutrido: Mike Pence, John McCain, Sarah Palin, Harold Ford, Mike Huckabee y un largo etcétera de luminarias cargantes son también miembros de este club.
¿Qué distingue a esta tropa? Todos estos políticos tienen un objetivo en la vida, uno sólo: ser famoso y salir por la tele. Nada hace más feliz a Evan Bayh que amenazar con bloquear una ley, criticar a su propio partido por ser “extremista” y después pasarse una semana en la tele, con todos los medios diciendo que es el tipo más importante del Senado. El hecho que sus objeciones sean validas o no es un detalle secundario; lo que un famoseista quiere es hacer ruido y que todo el mundo le haga la pelota. Son políticos que viven para su propia publicidad, y se esfuerzan tanto como pueden en practicar la omnipresencia. Es el modelo prensa del corazón aplicado a la política.
Cuando alguien defiende las listas abiertas o sus múltiples variaciones, siempre me vienen esta clase de políticos a la cabeza. La popularidad de un dirigente y su validez como gestor o líder no son cosas que vienen necesariamente juntas; es más, lo que “vende” mediáticamente estos días es a menudo estúpido o contraproducente. Joe Lieberman se pasó meses y meses remoloneando sobre una reforma de la sanidad (sigue viva, por cierto; la semana que viene habrá noticias) que era mucho más moderada que lo que él mismo prometía en las primarias del 2004. Lo único que quería era tocar las narices y salir en la tele, no arreglar nada en concreto. Evan Bayh es aficionado a desgañitarse sobre el déficit público y la deuda, pero el tipo se pasa la vida intentando recortar impuestos a los ricos, haciendo felices a sus amiguetes de la derecha mediática. Sarah Palin no ha tenido una idea política formada en su puñetera vida, pero tiene un talento increíble para poner a (más de) medio país de los nervios.
Es algo que va más allá del populismo, y es una tendencia peligrosa: la emergencia de políticos que son famosos por el mero hecho de ser famosos. Gente que llega a la arena política más o menos de rebote, o que acaban cayendo en un sitio donde tienen un buen altavoz, y se pasan la vida haciendo ruido y tocando las narices sin que realmente nadie les haya dado ningún autoridad real. Políticos inútiles, que no mueven una ceja si eso les hará menos populares (o les restará credibilidad con su público) y que por descontado no tiene la más mínima intención de cambiar el status quo - especialmente ahora que son famosos.
¿Tenemos famoseistas en Europa? Por descontado. En algunos países, de hecho (Italia) incluso ganan elecciones. En España, gracias al sistema de listas cerradas, los famoseistas más pertinaces juegan a ser víctimas de su propio partido (Rosa Díez, Joaquín Leguina), son barones regionales en feudos intocables (José Bono, Aguirre) o son “independientes” con ansias de gloria (Alcaraz, Laporta). La ausencia de puntos de veto reales evita que hagan demasiado daño, gracias a Dios, pero ahí están, estropeando el debate político con sus vaguedades.
Gran parte de la culpa que tengamos esta clase de gente dando tumbos por la política es de los medios. He hablado a menudo sobre el profundo amor por la irrelevancia que tiene la prensa americana (George Packer tiene un artículo excelente sobre ello hoy); este problema no es, sin embargo, también lo vemos en España. Leed este artículo, por ejemplo. La economía del país es un desastre, el líder de la oposición va enfrentarse al Presidente del Gobierno en el Congreso, y la noticia sólo habla de tácticas, retórica, percepciones y lenguaje, sin dedicar una miserable línea al contenido de su intervención. Este editorial es algo parecido; en vez de hablar sobre medidas, tenemos un director de periódico dando lecciones de retórica política. Cuando sale alguien como Laporta o Díez a la escena política, el interés de la prensa no será en explicar qué quieren hacer o qué ideas tienen, si no en los problemas tácticos que generan a otros partidos y su imagen de independencia, o cualquier bobada similar.
Los medios de comunicación han dejado de tomarse la política en serio. No creen que lo que está sucediendo es realmente importante; lo que ven es una especie de competición extraña entre gente que oculta cosas intentando ser más populares que el resto. Lo que dicen y lo que sucede es secundario; lo que les va es la táctica y los juegos florales, el vender el drama de la competición y la vida y milagros de grandes personajes. No buscan competencia o ideas, lo que quieren es gente que se venda bien, y les dé una bonita historieta, un bonito drama que explicar. Eso puede ser interesante en la prensa del corazón, pero en política sólo lleva a concentrarse en lo irrelevante, en la naderia más absoluta.
Después nos preguntaremos por qué la gente está hasta las narices de los políticos, o por qué los partidos están tan llenos de gente más preocupada de no ofender y ser relevante que en tomar decisiones y cambiar las cosas. Es hora de centrarse en lo concreto, no en el circo que entre todos creamos. En Italia ya hemos visto qué clase de clase política acabas teniendo si dejas que la banalidad domine. Más vale que no lo repitamos.
Algunos periódicos y comentaristas están muy tristes y preocupados por el hecho que Mariano Rajoy parezca no estar de humor con esto de alcanzar pactos de estado con Zapatero en temas económicos. Que si responsabilidad de estado, que si todos remando hacia la orilla en bonita armonía, que si uno para todos y todos para uno, lo que sea; incluso el Rey anda todo paternal y preocupado.
La verdad: dejaros de historias. Todo esto es una burrada. En España, el Presidente del Gobierno no necesita a la oposición prácticamente para nada. Si el país necesita medidas para salir de la crisis, y Zapatero cree ser el cirujano de hierro que puede resucitar el paciente, el hombre no necesita a Rajoy para nada. En el peor de los casos, sólo necesita que el PP se abstenga en algunas votaciones, algo que no debería ser difícil incluso para esta oposición.
Buscar el consenso y bipartidismo tiene sentido cuando el partido en el gobierno realmente no tiene más remedio: medidas urgentes y necesarias que necesitan supermayorías, o grandes acuerdos para cambiar las reglas del juego. En el resto, nuestra democracia parlamentaria es (afortunadamente) una dictadura electiva, con el partido en el gobierno con cantidades ingentes de poder.
Rajoy ahora mismo no tiene ningún incentivo para pactar. Si las reformas mágicamente funcionan y España está creando empleo a todo tren de aquí dos años (lo dicho, magia) el electorado no se acordará que el PP apoyó las reformas; el premio se lo llevará el PSOE. Si las reformas fracasan, a las buenas se quedan igual (el electorado le carga el burro al PSOE) a las malas se comen la culpa también ellos y Rosa Díez se pone las botas. Un pacto de estado le dará una buena foto a Zapatero, la indiferencia general del electorado al que todo esto del proceso político le importa un comino y bien poco beneficio político. Si el gobierno está aprobando leyes impopulares (que es lo que tendrá que hacer, mal que nos pese) lo último que quiere el PP es que los sindicatos también le pongan a parir a él, vamos.
Dejémonos de historias: el consenso es una táctica política de Zapatero para marcarse tantos ante la oposición, no una necesidad real o algo que vaya a cambiar mágicamente las cosas. Estaría bien que el PP estuviera dispuesto a sacrificar la poca credibilidad que tiene para cubrirle las espaldas al PSOE, pero a efectos prácticos no aportaría gran cosa. Lo único que podemos pedirle a Rajoy es que salga del medio, evite retórica populista burda en contra de reformas necesarias, y que si presenta alternativas, al menos sean realistas o lo suficiente aterradoras para los sindicatos como para que estos se vuelvan locos buscando acuerdos.
Respecto al gobierno… ya vale de buscar excusas. Nadie tiene poder de veto real en el sistema político español. Dejad de buscar bloqueos imaginarios.
Uno de los episodios más gloriosos en The West Wing gira alrededor de las discusiones dentro de la Casa Blanca tras un par de derrotas políticas serias. El equipo del presidente está desmoralizado; se ven inefectivos, incapaces de pasar reformas reales en el país. No les cuesta demasiado darse cuenta que gran parte del problema parte de su propia timidez: no han sido capaces de utilizar y mostrar las virtudes de su (imposiblemente perfecto) presidente. Es hora de “Dejar que Bartlet sea Bartlet” - actuar decididamente, con el presidente tirando del carro.
Me parece que en la Casa Blanca alguien ha estado viendo The West Wing estos días: el mensaje es claramente “dejar que Obama sea Obama”. Todo empezo con el ya legendario turno de preguntas del presidente con los republicanos en Baltimore, una de las mejores discusiones políticas en décadas en Estados Unidos. Obama estuvo extraordinario, ganando el debate con una facilidad apabullante.
Para resolver el debate de la sanidad (y empujar a su partido en el Congreso a aprobar una reforma de una puñetera vez), Obama va a intentar hacer algo parecido a finales de este mes. La idea es celebrar una “cumbre” sobre sanidad televisada con miembros de ambos partidos; un debate abierto con luz y taquígrafos pidiendo ideas y discutiendo cambios para aprobar la ley.
Por descontado, es un debate con las cartas marcadas: la reforma propuesta en el Senado tiene ya de hecho un montón de ideas republicanas; es un plan muy moderado, prácticamente conservador. Uno de los grandes problemas que ha sufrido la reforma es que los demócratas (y los medios) han sido incapaces de explicar sus contenidos; forzando a los republicanos a discutir el fondo (y no esconderse detrás de un púlpito o micrófono amigo en Fox y decir todas las burradas que quieran) es una táctica brillante. El presidente puede ejercer de presidente (Bartlet, de nuevo), arbitrando un debate al que los republicanos no pueden renunciar a participar.
¿Funcionará? Eso espero. Es una táctica muy ambiciosa, casi peliculera. Los medios americanos adoran esta clase de bobadas, sin embargo; no me extrañaría que se lo tragaran pero bien. El presidente está tomando un riesgo serio - veremos si funciona. Por cierto, ¿alguien tomando notas en España?
Espero sinceramente que lo que está diciendo José Blanco sobre la conspiración internacional de intereses turbios en los mercados contra España sea una estrategia retórica chapucera, y no algo que el gobierno se crea realmente.
Lo digo porque culpar a los Gnomos de Zurich tiene una larga, larguísima tradición en los anales de las crisis financieras internacionales, y los políticos que actuan como si se creyeran lo que dicen acaban normalmente siendo víctimas de la ley de la gravedad, versión económica: si algo no puede durar eternamente es que se va acabar en algún momento. Y la falta de reformas estructurales en la economía española empieza a ser preocupante de veras, especialmente cuando el gobierno da marcha atrás a la mínima que huele un poco de resistencia.
Los volantazos tienen que ser en serio, sin buenismos, hablando al electorado como adultos y avanzando con decisión. Si el Presidente del Gobierno ha perdido la confianza de los votantes e inversores tras tanto bandazo, puede que valga la pena apretar los dientes, renovar el gabinete de arriba a abajo y dar una señal clara que es hora de ponerse serios. Algo como cesar a Salgado y enviar a alguien que traiga a Joaquín Almunia a rastras desde Bruselas para ponerle en el Ministerio de Economía, con carta blanca para proponer todo lo que quiera y sea necesario. Si quieren, pueden ir aún más lejos con cambios más significativos.
Lo más deprimente, como de costumbre, es que con la que está cayendo el glorioso líder de la oposición es incapaz de tener una misérrima opinión sobre nada. Si este tipo llega a Moncloa, se pasará el día mirando la tele.
Llevo una temporadita más bien crítico con el gobierno. No es que no hayan pasado reformas que me gustan (la reforma de las pensiones o la ley de economía sostenible, “cláusula Sinde” incluída, me han parecido buenas ideas, y las propuestas sobre educación suenan muy bien), es que parecen emperrados en pretender que la peor crisis económica desde la Gran Depresión (y con potencial de empeorar) no es algo que exija reformas ambiciosas, serias y arriesgadas desde ayer mismo. El país está metido problemas potencialmente muy graves, y andan hablando de cambios de vuelo gallináceo.
El problema, sin embargo, es que no tengo dónde ir. El Partido Popular, la alternativa natural al gobierno, está ahí en la oposición sentado, y parece estar emperrado en evitar que los vote. Ignorad cosas como programas políticos, proyectos o ideas que tienen en la agenda; no estoy de acuerdo en muchas cosas (básicamente porque mis objetivos son de izquierdas y el PP es de derechas), pero lo que dicen no es absurdo. Mis objeciones con el PP, ahora mismo, son más básicas y sencillas: me dan miedo. No creo que sean un partido que esté listo para gobernar.
¿Por qué? Algunos motivos:
No se están tomando la crisis en serio. El gobierno ha presentado una propuesta relativamente decente (y que el PP había circulado en el pasado) para reformar las pensiones. Es una reforma necesaria. ¿Qué ha hecho el PP? Ha intentando copiar el discurso de Izquierda Unida y declarar el sistema como algo sagrado e irreformable. Sé que son la oposición y tienen que quejarse, pero podían protestar por falta de ambición o las prisas, no la medida en sí. Es una forma de hacer oposición irresponsable.
No parecen tener la más mínima intención de hablar claro. En vez de decir las cosas claras y repetir de forma incesante que el gobierno nos ha metido en un pollo económico espantoso del que será muy difícil salir, el PP ha decidido que toca hablar de inmigración, pena de muerte y el estatuto catalán. Si pretenden que me crea que van a pasar reformas o cambiar el modelo productivo, van listos.
Rajoy no ha tomado una decisión seria en siete años. El PP ha pertido cantidades ingentes de tiempo pegándose entre ellos, sin que Rajoy haya plantado cara a nadie. ¿Me tengo que creer que cuando llegue al gobierno podrá aprobar alguna ley que exija un poquito de esfuerzo? ¿Que plantará cara a la patronal y sindicatos? ¿Que no aceptará cualquier acuerdo chapucero para pactar con nacionalistas? Vamos, hombre.
Están obsesionados en política identitaria. El partido (y sus bases) parecen estan más preocupados en catalanes, homosexuales, inmigrantes y desviados varios que en lo que sucede en el planeta tierra.
No pretenden ser honestos. En vista de cómo han tratado los casos de corrupción estos últimos meses, ¿de verdad los quiero cerca del gobierno? El hecho que ni se han molestado en criticar al ridículo presidente de la patronal es realmente lamentable. ¿Qué clase de potencial gobernante no se preocupa que los empresarios españoles vean normal tener un cretino como líder?
Sé de sobras que están un poco por encima en las encuestas. Qué menos, con el paro al 19%. Aún así, me temo que no poca gente en el gobierno realmente no está demasiada preocupada por lo que dicen los sondeos ahora mismo; los datos dicen que los votantes están sinceramente aterrados con la idea que sea el PP el que gobierne. No soy el único que escucha a Rajoy, intenta con todas sus fuerzas buscar algo que le guste, y se encuentra que por mucho que se esfuerce, la oposición no le da ninguna alternativa.
El PP podría estar preparándose para ganar por mayoría absoluta el 2012, si la crisis sigue igual de mal y tienen un mensaje competente. Ahora mismo, sin embargo, parecen estar esforzándose en ganar de puntillas, sin que se note, no sea que lleguen al poder y tengan que gobernar o algo así. Me pone enfermo.