Esta semana sí. Esta semana los demócratas va a intentar aprobar la reforma de la sanidad.
Esta vez va en serio. La cosa irá como sigue. Primero, la cámara de representantes votará el texto del Senado. Esto hará que la sanidad esté oficialmente aprobada; Obama podría ya firmar, con la cámara alta entrando en vigor de inmediato. La cosa no quedará ahí, sin embargo; el texto del Senado tiene unas cuantas cosas que no gustan a los representantes. Para solucionar esto, la cámara baja aprobaría inmediatamente una ley con enmiendas sobre la reforma recién aprobabada, dedicada básicamente a cambiar varios capitulos de gasto e impuestos. Con esta enmienda aprobada, el Senado votaría esas enmiendas utilizando el procedimiento de reconciliación, de modo que la ley refleje un punto medio entre ambas cámaras.
¿Por qué este procedimiento tan recontracomplicado? Básicamente, porque los republicanos no han dejado otra opción. El procedimiento normal sería que las dos cámaras enmendaran la ley en conferencia y votaran el texto consensuando por separado. El problema, claro está, es que los demócratas no tienen los sesenta votos necesarios en el Senado para cerrar el debate (sí, el dichoso filibusterismo) - y los republicanos se niegan a permitir que una ley pase por mayoría simple.
Aquí es donde entra el procedimiento de reconciliación: las leyes aprobadas con este método no pueden ser bloqueadas vía filibusterismo; el tiempo de debate está limitado (si mal no recuerdo) a 30 horas. Es una maniobra rebuscada que abre la puerta a aprobar la ley por mayoría absoluta en vez de una supermayoría absurda.
Esta es la idea básica; los demócratas tienen otras opciones, como declarar la ley como adoptada (sin votarla) y aprobar directamente enmiendas en la Cámara de Representantes. No sé si lo harán (se ha hecho con otras leyes, pero es un método un poco cafre), pero parece claro que esta semana están trabajando duro, durísimo para atar los últimos votos.
Todos los que piden el fin de la disciplina de partido harían bien de seguir el debate en Estados Unidos esta semana. Los demócratas necesitan 216 votos, y tienen 255 representantes - y atar los votos suficientes es un ejercicio desesperante. Los líderes del partido están intentando convencer a miembros recalcitrantes de forma desesperada. Obama está reuniéndose en persona con decenas de representantes, tratando de convencerlos que su presidencia depende de ellos. Los sindicatos y grupos de presión demócratas están diciendo a todo aquel que tenga dudas que si votan en contra le montarán unas primarias de inmediato, a ver si espabilan. Todo Dios está pidiendo a sus bases que llamen a sus representantes como locos, berreando a pleno pulmón que su vida depende de ello. Y por descontado, hay anuncios en televisión a todas horas, de todos los colores, gastándose millonadas pidiendo votos a favor o en contra. Es una especie de aquelarre histérico de relaciones públicas, intentando aprobar una reforma realmente muy moderada.
¿La verdad? Es un voto difícil, pero creo que la reforma saldrá adelante. Primero, porque los demócratas parecen haber entendido eso que “de perdidos, al río“: más vale llegar a las elecciones en noviembre fardando por haber aprobado esa reforma que nadie ha conseguido pasar hasta ahora que defendiendo el hecho que intentaron pasar algo, votaron a favor una vez, y la pifiaron en la siguiente.
Segundo, todo indica que según la reforma empieza a clarificarse y el debate es “demócratas contra republicanos” en vez de “demócratas siendo incapaces de ponerse de acuerdo” la opinión de los votantes sobre la ley ha ido mejorando. Todas las encuestas llevan diciendo hace tiempo que si describes la ley sin decir que es “la reforma de Obama” la gente apoya las medidas cuando las escucha; parece cada vez más claro que la ley será más popular una vez entre en vigor.
Tercero, Nancy Pelosi nunca ha perdido una votación importante. La Casa Blanca y los líderes demócratas no estarían hablando de pasar la ley con esta fuerza si no estuvieran relativamente seguros que tendrán los votos sobre la mesa. Rahm Emmanuel sería capaz de estrangular a su madre si eso le da dos votos en el Congreso; no creo que estén jugándose el cuello de este modo si no supieran que la pueden aprobar.
Cuarto, y esto si es más subjetivo, porque Obama está haciendo esto:
Es corto; vale la pena verlo - y tomar notas. El mensaje es muy sencillo: no sé si la reforma de la sanidad me dará votos o no. No sé qué dicen las encuestas. Lo que sí sé es que uno, salí elegido con la promesa que iba hacer lo que era mejor para el país, y dos, estoy convencido que esta reforma es imprescindible, urgente. Es hora de ser valientes, apretar los dientes y aprobar la reforma, porque es lo que conviene al país. No estoy aquí para politiqueo - estoy para aprobar cosas que funcionen.
¿Alguien sabe de algún presidente europeo que podría utilizar esa clase de retórica? Pues eso.
Que quede claro, no está todo hecho, ni mucho menos. Estamos hablando del partido demócrata, esa organización que ha sido incapaz de aprobar esta misma reforma en los últimos doce meses. De todos modos, si tuviera que apostar, diría que hay un 65% de probabilidades que tengamos una reforma de la sanidad la semana que viene. Veremos.
Continuación de este artículo. Vale la pena leerlo antes. De nada.
Al cabo de un rato, el grupo que nos tenía esperando en el oficina de Jim Himes sale con sus carpetas y maletines, caminando apresuradamente hacia otra reunión. La recepcionista nos hace pasar, con cara de alivio, y nos dice que nos atenderán en seguida.
Jim Himes fue elegido el 2008, así que es un recién llegado al Congreso. Su distrito (Fairfield County) contiene alguna de los municipios más ricos de Estados Unidos, siendo como es hogar tradicional de banqueros y otra gente de mal vivir. Aunque ganó por apenas tres puntos, Connecticut es cada vez más demócrata, así que su reelección no debería ser un problema; los republicanos están muy ocupados peleándose por presentarse a gobernador o Senado.
El jefe de gabinete de Himes es un tipo relativamente joven, que habla rápido y hace montones de preguntas. El tipo es consciente que hay algunas bolsas importantes de pobreza en su distrito (Bridgeport es un erial), pero reconoce no saber demasiado sobre programas de nutrición infantil. Nos deja claro que su jefe votará a favor sin problema en los programas que estamos pidiendo, y se ofrece a añadir su nombre como co-patrocinador de la ley o pedir votos a sus colegas si es necesario. El problema, sin embargo, es que realmente no han seguido el tema demasiado, así que no sabe qué medidas están sobre la mesa.
No que esto sea un problema: llevo en mi carpeta un listado (de cuatro páginas) con todas las propuestas en consideración, y detalles sobre qué texto es su equivalente en el Senado. Los representantes (y en menor medida, senadores) tienen equipos relativamente pequeños (de cinco a ocho asesores en Washington, por lo que me dijeron, con algunos más en su distrito), así que les cuesta seguir toda ley que anda rondando por el Congreso. Jim Himes está en el comité de finanzas, así que se especializa en regulación bancaria; es comprensible que pregunten a los expertos (o sus jefes y colegas en la cámara) acerca de temas que no dominan demasiado.
Un vez aclarado este punto, explicamos que los programas de asistencia federales en Connecticut están muy mal administrados. Las agencias estatales procesan aplicaciones con una lentitud desesperante, causando esperas interminables y haciendo pedir ayuda un ejercicio kafkiano. Para reforzar el mensaje, hemos traído cifras concretas sobre Bridgeport, con porcentajes de solicitudes que van con retraso (más de la mitad) y de solicitudes urgentes (que toman una semana) fuera de plazo (un increíble 90%).
La gente de Himes había oído hablar del problema, pero no conocía las cifras - y están horrorizados. La reacción inmediata es que hay que hacer algo ahora mismo, y ofrecen tomar medidas de inmediato: una carta al estado y USDA sobre el tema, amenazando con un artículo en la prensa. Si el estado no hace nada (y, siendo veteranos de la política local, son conscientes que no será suficiente), hablan de llevar a Himes a una oficina de servicios sociales con cámaras de televisión detrás, dándole publicidad. Es mucho más que lo que nos había ofrecido DeLauro; Himes, siendo un recién llegado, necesita causas mediáticas populares como agua de mayo para venderse bien. Es una transacción política natural entre gente con un problema y un político buscando publicidad. Política antigua, de toda la vida.
Como norma general, uno sabe que su visita ha sido efectiva según el tiempo que te dedican. Con Himes nos ha ido bien: entramos 10 minutos tarde, salimos con 25 minutos de retraso - nos dieron 45 en vez de los 20 que nos tocaban. El tipo que venía detrás nuestro nos mira con cierto rencor cuando salimos de nuestra larga conversación en el recibidor (no tienen espacio para sala de reuniones), pero nos importa poco. Ahora camino del Senado, a hablar con la gente de Joe Lieberman.
La constitución americana, de origen, dice que ambas cámaras tienen el mismo poder. Si acaso, la Cámara de Representantes debería ser más poderosa, ya que tiene más atribuciones presupuestarias que el Senado. La invención del filibusterismo, sin embargo, ha cambiado mucho las cosas, y visitando las oficinas de unos y otros parece claro que la cámara alta mira a sus vecinos por encima del hombro.
Los senadores tienen varios edificios nuevos, y tienen oficinas grandes. Es cierto que un senador representa a veces muchísimo más votantes que un representante (no siempre; hay estados muy vacios), pero el garito de Joe Lieberman es palaciego. Los lobistas y tocanarices variados parecen ser conscientes del poder del Senado, y realmente le prestan muchísima más atención: los pasillos son un circo. Hay cuatro veces más gente que en la cámara de representantes, y muchísimos más profesionales. Incluso contando que hay menos senadores, las hordas de gente que hay por los pasillos son impresionantes. Todo el mundo va a ver a alguien, y van pidiendo de todo: dinero para el cáncer, vacas, tanques, sanidad sí, sanidad no, pesca sí, pesca no, veteranos, nucleares y una larga lista de causas y problemas.
Tras dar tumbos por uno de los edificios del senado un rato, entramos en las dependencias del senador independiente de Connecticut. De nuevo nos toca esperar, esta vez en una salita estrecha pero no demasiado incómoda. Al rato, una chica bajita y delgada de unos 22-24 años nos pide que pasemos, diciéndonos que la reunión será en el segundo piso. La oficina es grande, laberíntica; la seguimos a una sala de reuniones tamaño zulo en un rincón.
Tras sentarnos, la muchacha se sienta en la mesa y nos pregunta qué queremos, diciendo que su jefa, la vicesecretaria de asuntos sociales no podrá venir, ya que tenía otra reunión. Mi buen amigo Joe Lieberman no ha enviado un asesor o alguien que hable con él de vez en cuando. No ha enviado alguien que trabaje para alguien que hable con él de vez en cuando. No señor. El tipo nos ha plantado la becaria de alguien que habla de vez en cuando con uno de los asesores que a veces hablan con él.
Exacto. El hombre se toma los temas de nutrición infantil en serio.
La reunión no dura demasiado. Es fácil darse cuenta que la información que traemos y todo lo que digamos no llegará a ninguna parte. Como mucho, dos líneas en uno de esos informes que acaban al fondo de un cajón. Como somos educados, le soltamos el rollo a la becaria en 10 minutos, y nos vamos, resignados. Al salir, una auténtica horda de gente trajeada esta esperando - la mayoría, claramente no ahí para hablar con una becaria. En política, sigue habiendo clases.
Resumiendo: la visita valió la pena. Es curioso ver en directo cosas sobre las que he leído mil veces, pero cuesta de traducir en algo práctico. Sí, el acceso es importante. Sí, tener a lobistas todo el año es una ventaje enorme. Sí, la falta de medios es un problema grave, incluso en Estados Unidos. Una visita puntual, pequeñita y poco importante, pero realmente fascinante.
Nota: este artículo es un poco distinto - básicamente, parte de una anecdota. Espero que sea una buena mirada, aunque limitada, a cómo funciona la democracia americana desde dentro.
Este fin de semana me enviaron, junto con mi jefe y una compañera, a una conferencia nacional en Washington DC sobre seguridad alimentaria (jerga para referirse a “hambre”) en Estados Unidos, a ver si aprendíamos algo, y para hacer un poco de ruido sobre la materia.
Es una tradición americana: un grupo de ONGs organiza su convención nacional en la capital. Durante dos o tres días, hablas con gente, buscas contactos y aprendes cosas nuevas (¿sabíais que uno de cada seis americanos tiene dificultades para comprar suficiente comida? Datos de la USDA). El último día, todos los asistentes van al Congreso a visitar a sus Representantes y Senadores de forma organizada, armados con toneladas de datos, una lista de cosas que pedirles en el área legislativa, y varias tácticas más o menos rastreras para darles pena y convencerles que apoyen tu causa.
Sí, es eso que llaman lobbying, y que tan mala prensa tiene a veces. Ahí estaba yo este fin de semana, escuchando a expertos sobre como vender nuestras prioridades a legisladores recalcitrantes, y aprendiendo sobre qué es importante y qué es sedundario, a ojos de expertos sobre el tema, en los diversos proyectos de ley que están sobre la mesa en el Congreso. La idea era que todos fuéramos a pedir a nuestros legisladores (siendo una conferencia nacional, había gente de todo el país) 1.000 millones de dólares al año durante los próximos diez años para programas de alimentación infantil, especialmente para paliar las tasas de fracaso escolar derivadas de tener estudiantes literalmente hambrientos. Y no, no es demagogia; hablo con familias que pasan esos aprietos constatemente. Es un problema grave.
¿Parece una tarea fácil, verdad? No hay nadie en este mundo que sea “pro-hambre”, al fin y al cabo. El problema, en este caso, no es tanto convencer a tu Senador/Representante que tu causa es buena, sino forzarle a que haga algo sobre el tema. En cualquier momento durante una legislatura hay literalmente cientos de leyes flotando por el Congreso americano, intentando desesperadamente llegar al pleno para ser votadas. Una medida pequeña y obviamente buena como es dar comida a niños que pasan hambre (algo que tiene efectos inmediatos en las notas que sacan en el colegio, por cierto) puede gustar a todos, pero conseguir que las dos cámaras le dediquen unas horas de tiempo legislativo en los próximos meses no es algo automático. Recordad como funciona el Senado: un sólo cretino puede retrasar una ley durante semanas, así que más vale estar seguro que tu pequeña reforma no tropieza en ningún sitio.
El martes por la mañana me tenéis a mí, vestido con el uniforme reglamentario (traje oscuro, corbata, etcétera) camino del Cannon Building a aportar mi granito de arena. Por lo que sé, el ritual es siempre parecido. Primero, un desayuno en una de las salas de reuniones del Congreso temprano (7:30 am), en quete dan papeles, informes y palmaditas en la espalda, mientras dos legisladores amigos (Representante Jim McGovern y Senador Bob Casey, ambos demócratas) te explican cómo están las cosas. Si tu causa específica es suceptible a atraer famoseo, a veces tienes un actor dando apoyo moral; nuestro invitado era Scott Wolf, dándose un respiro en su lucha contra los hombres lagarto.
Tras comer bagels ligeramente pasados y zumo de naranja barato (el Congreso de los Estados Unidos no está para lujos, supongo), era hora de empezar reuniones. Connecticut tiene cinco representantes y dos senadores, que nos repartimos con otras ONGs del estado. A nosotros nos dieron Rosa DeLauro, Jim Himes y mi buen amigo Joe Lieberman.
Si alguien se ha preguntado de dónde viene la expresión “lobbying“, básicamente es por que eso es lo que estás haciendo: andar por los larguísimos pasillos en las cavernosas oficinas que rodean el Capitolio, paseando de un recibidor a otro. Los representantes tienen cada uno su oficina, donde trabaja el político y sus cinco o seis asesores apilados de mala manera. No es que sean cubículos o zulos con gente sentada en el suelo, pero son cutres, estrechitas y no precisamente relucientes. Cada representante se organiza como puede, realmente, pero nadie anda sobrado de espacio.
En la oficina de Rosa DeLauro nos recibió su jefe legislativo, después de tenernos esperando un rato en el pequeño recibidor con dos secretarias respondiendo teléfonos. Nos hizo pasar a un pequeño cubículo con mesas y sillas setenteras, sacó su libreta de notas, y hablamos durante veinte minutos. El distrito de DeLauro (New Haven) es increíblemente liberal (Obama sacó sobre un 70%, si mal no recuerdo, y la representante siempre ha sido una de las grandes defensoras de este tipo de programas, así que la visita era más dar gracias que otra cosa. Aún así, cuando estás ahí aprovechas, así que protestamos sobre lo mal que administra el estado de Connecticut varios programas federales, pidiendo que DeLauro envíe una carta a USDA (el departamento federal competente) a ver si se espabilan.
¿Dónde estaba DeLauro, por cierto? Ni idea. Normalmente el político no te recibe directamente. Sus asesores a menudo conocen mejor los detalles de una ley específica que el representante, ya que están un poco más especializados (aunque no mucho más: sólo tienen cuatro o cinco personas en ello), y su tiempo está dedicado a otras cosas, como pelearse con su propio partido, recaudar fondos electorales, la prensa, recaudar fondos electorales, negociar temas más importantes, recaudar fondos electorales, tomar decisiones bien calibradas, recaudar fondos electorales, mirar encuestas y recaudar fondos electorales. Menos en el caso de DeLauro, que está en un distrito invencible, pero otros en circunscripciones más competitivas de hecho “gobiernan” poco.
Tras la conversación (y ver la cara de tedio desesperado cuando le informaron que su siguiente visita era Scott Wolf - salgunos odian el famoseo), nos toco otro (largo) paseo hasta la oficina de Jim Himes, nuestra siguiente visita. Himes sí tiene una elección un poco más competitiva, aunque el tipo es rico y no necesita recaudar fondos. Es su primera legislatura (llegó al Congreso el 2008), así que no conocemos sus prioridades demasiado, pero es demócrata, así que no tiene por qué ser hostil.
Siendo como es un poco más tarde, los pasillos del Congreso empiezan a llenarse de gente. Aparte de asesores corriendo de reunión en reunión y becarios llevando cafés, es fácil darse cuenta que estamos en temporada alta de lobistas y grupos de presión varios; allá donde vamos siempre hay un grupo de gente con folletos y carpetas camino de una cita con legisladores. Algunos son como nosotros, amateurs en nuestra visita anual (cara de despiste, en grupos de cuatro o cinco, todo pines y botones por la causa), otros son profesionales que se pasan la vida en esa santa casa, con maletines pulidos, amigos en todas partes y sabiendo muy bien dónde van.
Cuando entramos en la oficina de Himes, el vestíbulo está lleno de gente. Un grupo está hablando a gritos (qué enfado, Dios) con un pobre asesor, mientras dos tipos muy trajeados esperan su turno. En vista del manicomio reinante, nos piden que esperemos en el pasillo, viendo pasar viejetes pidiendo dinero para veteranos de no sé qué guerra. Mientras estábamos ahí fuera preparando cifras vemos que Joe Courtney, otro representante de Connecticut, pasa a nuestro lado camino de su oficina.
Exacto: ¡Acceso directo al político! Lo paramos, y procedemos a darle la vara sobre dar de comida a los niños. Courtney conoce a mi jefe de otros saraos, cuando era senador estatal, así que nos escucha pacientemente durante diez minutos, diciendo que dejemos el papeleo a uno de sus asesores. Tener una relación con él es una ventaja, por descontado; el tipo ha escuchado y sufrido varias conferencias nuestras en Connecticut, y está bastante convencido. Nos pregunta más sobre dónde está la legislación (”¡sólo necesita tu apoyo!”) que otra cosa. Al rato se despide, disculpándose que tiene que ir a un acto para recaudar fondos de campaña para otro representante.
¿Qué nos espera en la oficina de Jim Himes? ¿Sobreviviremos al interrogatorio? ¿Conseguiremos que un representante descubra el problema de hambre en su distrito? ¿Qué secretos ocultan los misteriosos edificios del Senado? ¿Qué trampas nos esperan en el despacho de Joe Lieberman? ¿Agredirá el escritor a uno de sus asesores? ¿Qué clase de mensaje subliminal pro-poldavo lograremos insertar? Las respuestas, esta noche.
Mañana me voy a Washington DC a una conferencia / jolgorio político-incordiante en el Congreso, así que no esperéis demasiados artículos los próximos días. No tengo ganas de llevarme el portátil. Lo que si estaré es por Twitter, retransmitiendo en directo todo de cosas irrelevantes.
El martes será de lejos el día más divertido, ya que tenemos visita al Congreso, con reuniones con gente del equipo de Lieberman y Dodd y -esperamos- un par de representantes. Sí voy a ejercer de malvado lobista por un día, pidiendo que nos den dinero, pasho, que la cosa está muy mala. No os preocupéis que no pedimos nada malvado, sólo el imparable avance del socialismo para combatir la pobreza. Prometo escribir algo sobre la experiencia; por lo que sé, sólo el Parlamento Europeo tiene una estructura organizativa comparable.
Si tenéis preguntas o peticiones, por cierto, seguid enviándolas - los comentarios lo sigo leyendo.
Las últimas semanas hemos visto dos ejemplos de violencia política contra el gobierno de los Estados Unidos. A mediados de febrero un lunático estrelló su avioneta contra un edificio del IRS (la agencia que recauda impuestos) en Austin, Texas. Ayer, un tipo se lió a tiros en la estación de metro del Pentágono. Ambos dejaron largas diatribas en internet proclamando la tiranía del gobierno federal y clamando por la acción directa. No son los primeros esta presidencia; ya hemos visto bastantes casos en los últimos meses.
¿El hecho que amplios sectores del partido Republicano y su amigotes mediáticos se pasen el día acusando a Obama de ser un socialista que quiere imponer una tiranía chavista en Estados Unidos? Pura coincidencia.
Sí, sé de sobras que un país con 300 millones de habitantes tendrá, inevitablemente, su cuota de tarados. Aún así, no es normal escuchar voces llamando a abogados del Departamento de Justicia como miembros del “Departamento de Jihad” porque ejercieron de abogados de oficio en casos de terrorismo, o otras perlas de ese estilo. Hay un sector de la derecha americana que parece incapaz de aceptar que los demócratas puedan alcanzar el gobierno, y no dudan en lanzar campañas de desinformación, incertidumbre y miedo de forma constante.
La verdad, lo raro es que no veamos más de estas cosas. Aún así, la “acción directa” de ciertos sectores de la derecha estos últimos meses es preocupante.
De vez en cuando en España se escuchan voces quejándose que el sistema autonómico es una subasta constante entre jefecillos locales pidiendo a gritos que les den dinero. Lo que necesitamos, dicen muchos, es un sistema federal de verdad, de esos que tienen otros países con gente menos bajita, menos gritona y menos cejijunta. El federalismo es sobrio, elegante, racional. Nada de gritos y negociaciones por dinero y gasto público.
Ayer, en la tierra del federalismo realmente existente (básicamente, el lugar donde lo inventaron) me acordé de estos debates al escuchar un programa local en NPR. Los tipos estaban hablando (muy sesudos ellos; NPR es básicamente gafosa) sobre política estatal; más concretamente, por qué la gobernadora Jodi Rell se había quedado en Connecticut, en vez de asistir a una reunión de gobernadores en Washington DC. Sí, Rell está trabajando en el presupuesto del estado (con una agujero fiscal enorme, y sin poder tener déficits), pero hubiera hecho bien de ir a la capital, a ver si podía conseguir más dinero del gobierno federal para proyectos y programas variados. Nueva York está ganando muchos proyectos, ¿Por qué no Connecticut?, decían.
Es una critica muy habitual, y un debate que se escucha constantemente en todos los estados. Los senadores y representantes en el Congreso trabajan muy, muy duro para conseguir dinero federal (utilizando el horrorosamente disfuncional sistema presupuestario americano), y venden sus logros como posesos. Si los americanos hablaran castellano y fueran menos educados, uno escucharía eso de “¿qué hay de lo mío?” muy a menudo por Washington.
En fin, no nos engañemos: la descentralización política acarrea necesariamente un cierto nivel de subasta y no pocos gobiernos regionales no estrictamente competentes y mal gestionados. El sistema autonómico ya es básicamente un sistema federal en casi todo, así que los políticos hacen lo mismo en Madrid que en otros sitios. Sí, es feo. La democracia es así.
El otro día alguien me preguntaba por qué el obstruccionismo radical de los republicanos no era un escándalo nacional en Estados Unidos. El domingo Bob Schieffer, uno de los periodistas americanos más veteranos y (presuntamente) más respetados me ahorró tener que dar una explicación.
Schieffer entrevistaba a Kent Conrad, un senador demócrata más o menos centrista, sobre el futuro de la reforma de la sanidad. El tipo preguntó a Conrad si los demócratas iban a aprobar la ley utilizando el procedimiento de reconciliación, una maniobra parlamentaria restringida a temas púramente presupuestarios y que no puede ser utilizada para cambiar regulaciones. El Senador, ligeramente exasperado, explicó que el Senado ya ha aprobado la ley, esperan que la Cámara de Representantes adopte ese texto, y el Senado utilice reconciliación para pasar enmiendas menores para contentar a sus colegas de la cámara baja. Conrad insistió que estaba a favor de este método, y que iba a trabajar para que fuera aprobada de este modo, siguiendo al pie de la letra el mensaje marcado desde la Casa Blanca.
Todo muy didáctico. El problema vino luego, cuando Schieffer debatía sobre la entrevista en Politico, y dice que Conrad se opone a lo que dice Obama y está en contra de aprobar la ley por reconciliación, ya que el procedimiento sólo sirve para pasar reformas limitadas. Dicho en otras palabras, el tipo no había entendido nada - de hecho, demostraba no entender ni jota en matería de procedimiento parlamentario.
Sé de sobras que el procedimiento legislativo americano no es precisamente algo autoevidente. Sé de sobras que la inmensa mayoría de votantes no tienen ni la más mínima idea sobre cómo narices funciona la bizantina cámara alta americana. Sé de sobras que esos mismos votantes prefieren que Sweeney Todd les corte el pelo a escuchar esta clase de discusiones en la prensa, aunque sean realmente importantes. Lo que no es de recibo es que un tipo que lleva cubriendo la política americana desde 1969 y que en teoría conoce el sistema y poder explicar estas cosas sea incapaz de entender cómo se aprueban las leyes. Si esto es la élite, imaginad el resto del pelotón.
¿A alguien le extraña que los votantes americanos estén tan mal informados sobre política? Los medios no sólo se pasan el día centrándose en lo irrelevante - de hecho, son incapaces de entender qué es importante, hasta el punto de decir exactamente lo contrario (literalmente) sobre lo que está sucediendo.
Una nota final: ¿recordáis Jim Bunning, el encantador senador republicano que estaba bloqueando el solito la ampliación del subsidio del desempleo y reduciendo la financiación de Medicare? El tipo tiene una reputación (bien ganada) de estar ligeramente majara, y andaba hoy por ahí haciendo gestos obscenos (para EUA - no esperéis nada serio) y berreando a periodistas. Lo más surrealista es que si una votación en el Senado levantara el bloqueo, las reglas de la cámara alta dice que deben reservarse treinta horas para debatir la medida, aunque pase 99-1. Básicamente, la gracieta de Bunning se traduce en que el Senado no puede aprobar absolutamente nada esta semana, ya que están “debatiendo”.
Un ejemplo muy sencillo y claro sobre por qué Estados Unidos se está convirtiendo en un país ingobernable: la reforma del sistema financiero. He hablado muchísimo (demasiado) sobre los problemas para pasar una ley de sanidad durante los últimos meses. El sistema actual está horriblemente roto, pero aún uno podría pensar que para quien tiene seguro el sistema no parece tan inútil (hasta que tu aseguradora te dice que no te cubre tu tratamiento por alguna excusa barata, claro).
Los bancos y parientes cercanos, sin embargo, son algo distinto. Todo el mundo recuerda de dónde vino la gran recesión; los votantes tienen muy en mente los rescates financieros, la caída de la bolsa, el pánico en los mercados y las hipotecas basura. Los americanos se han hecho un hartón de tragarse tarjetas de crédito abusivas, créditos insensatos y magia negra financiera; lo mínimo que uno espera es que el Congreso entero se ponga las pilas y regule agresivamente a esos estúpidos banqueros que se han hecho ricos a costa de todos.
Un pequeño problema: el partido republicano no está de humor para regular bancos. O al menos no lo hará, si eso da una satisfacción al presidente y al partido demócrata.
Una de las piezas claves de la reforma del sistema es la creación de una agencia de protección al consumidor (Consumer Financial Protection Agency, CFPA) que se dedicaría a vigilar que los bancos no se dedican a esconder cláusulas abusivas en todos sus contratos (sí, del estilo de las que “cazó” el Supremo en España). Las hipotecas basura (las subprime dichosas), sin ir más lejos, no hubieran sido un problema si algo parecido a la CFPA hubiera existido. Pues bien, resulta que los republicanos en el Senado andan diciendo que no, que esto de proteger a los consumidores de toneladas de ofuscación contractual no es algo que les guste, y han dejado claro que si los demócratas pretenden incluir algo así en la ley, la bloquearán, y punto.
Dicho en otras palabras, el parlamento del país más poderoso de la tierra es incapaz de ponerse de acuerdo para aprobar el equivalente legislativo de quitarle el lanzallamas al tipo que ha quemado tu casa hasta los cimientos. Lo más preocupante, sin embargo, es que esto no es en absoluto excepcional; los republicanos están divirtiéndose bloqueando cualquier cosa que les pase cerca. La semana pasada, sin ir más lejos, un senador vetaba la aprobación rápida de una extensión de los subsidios de desempleo, aprovechando una (ridícula) regla parlamentaria que permite a un sólo tipo retrasar legislación hasta que haya 60 votos para levantar el bloqueo. El Senado es, literalmente, el lugar donde la legislación va a morir - la cámara alta está torpedeando cosas urgentes, como cambio climático o regulación financiera, atado en sus propias reglas estúpidas.
La situación es realmente surrealista: el partido de la oposición se pasa el día criticando al partido gobernante de ser incapaz de aprobar nada, mientras se dedica a bloquear todo lo que puede en el Senado. ¿Los medios? Lo suyo ha sido criticar a los demócratas por ser incapaces de llegar a acuerdos consigo mismos (en un sistema que penaliza la disciplina interna) o con los republicanos, ignorando que estos tienen todo los incentivos del mundo (y toda su estrategia de oposición centrada en ello) para poner palos en las ruedas. Todo esto, por descontado, en un país que está sufriendo una crisis económica galopante, tiene un sistema de sanidad totalmente fuera de control, contamina más que nadie y con un sistema financiero desmesurado que ha vampirizado el crecimiento durante décadas. Imaginad si las cosas fueran bien.
El filibusterismo (la práctica que requiere 60 votos en el Senado) corre el riesgo de destruir el país - y lo digo sin exagerar los más mínimo. El sistema era tolerable cuando los demócratas eran una coalición de racistas sureños y progresistas en el norte (tolerable si no eras negro en el sur, claro), ya que permitía llegar a acuerdos extraños para aprobar legislación de vez en cuando. Tras Nixon, cuando el partido republicano progresivamente se convirtió en una coalición conservadora de arriba a abajo (controlando el sur en bloque), llegar a acuerdos se ha vuelto imposible. O Estados Unidos reforma el Senado pronto, o tendrán (tendremos) un problema grave.
Por cierto, para los amantes del cinismo político extremo: los bancos (o alguien con mucho dinero; el grupo detrás de los anuncios se niega a publicar quién les financia) están emitiendo anuncios en contra del “rescates de cuatro billones de dólares” que está debatiendo el Senado. Lo decía un estratega republicano el otro día - la mejor manera de oponerse a a una ley que restringirá los beneficios de los bancos es directamente mentir, diciendo que la reforma es regalarles dinero. No es que el partido demócrata (y su horda de cagamandurrias descerebrados) sea algo maravilloso, pero los conservadores no tienen remedio.
La cumbre sobre la sanidad en Estados Unidos llegó y pasó, y es difícil decir realmente qué ha cambiado. El asunto ha durado siete horas, con un debate a ratos denso, a ratos lleno de retórica idiota sobre cómo reformar el desastroso sistema de salud del país.
No comentaré demasiado sobre el debate en sí; lo he seguido durante el día en la oficina, como ruido de fondo cuando he podido, y la verdad, no es que nadie haya dicho algo nuevo. En general diría que el debate lo han ganado los demócratas; los republicanos presentaban un plan excepcionalmente limitado (sólo daría cobertura a 3 de los 45 millones de americanos sin seguro) y sus argumentos eran, en general, entre ridículos y contradictorios. A efectos prácticos, sin embargo, esto no tiene demasiada importancia, ya que los medios no se van a preocupar de informar sobre estos detalles nímios como los efectos de una posible reforma; lo importante hoy era la carnaza, y aquí el efecto es más difícil de definir.
Los medios se están fijando en dos cosas. La primera, la muerte de Andrew Koenig y de una cuidadora de orcas en Seaworld (en fin), y la segunda, el hecho que de bipartidismo poco, y que no se ha llegado a ningún acuerdo. Los medios querían o un circo o una especie de catarsis de estadistas responsables, y lo único que han visto es siete horas de debate sesudo con gente que no se ponía de acuerdo, así que están dando esa noticia, frunciendo todos el ceño.
¿Sorpresa? Ninguna, de hecho. Ya he mencionado antes que los republicanos (como Rajoy) no tienen el más mínimo incentivo para pactar. La prensa americana, sin embargo, sigue emperrada con esta absurda idea de glorificar el consenso y el bipartidismo, obviando el hecho que que uno de los dos partidos está trabajando activamente para bloquear cualquier ley. El problema es que la minoría que quiere que el partido gobernante se estrelle tienen capacidad real para vetar la ley, así que esta clase de exigencias de pacto crean situaciones imposibles. Los medios informan que hay dos partidos y hay desacuerdo, pero no que este desacuerdo es realmente una estrategia racional de sabotaje.
El debate, sin embargo, no ha sido realmente un espectáculo inútil - al menos, no para los demócratas. Recordad que si quieren pueden aprobar una ley en solitario, utilizando una maniobra parlamentaria que evita la necesidad de obtener una supermayoría en el Senado (50 votos de 100 en vez de 60 de 100); lo que necesitan son agallas, y dejarse de historias sobre buscar consensos y hacer posturitas. El debate, en este sentido, creo que ha dejado bien claro varias cosas para los miembros del partido más cobarte del mundo:
Los republicanos creen que asegurar un 7% de los 45 millones de americanos que no tienen cobertura médica es una medida suficiente. Lo único que entienden por consenso es que los demócratas acepten esta idea.
Los demócratas, si quieren evitar que el aumento de los costes de sanidad lleven el país literalmente a la bancarrota (EUA gasta un 18% del PIB en sanidad, prácticamente el doble que la media de la OCDE, y los gastos suben más deprisa que en ningún sitio) están completamente sólos. La solución republicana es dejar a gente sin sanidad.
Los dos puntos más importantes, sin embargo, son los siguientes:
La Casa Blanca ha descartado completamente la posibilidad de aprobar una reforma de tercera que arregle el problema a medias. Nada de pasitos pequeños. La reforma será seria o no será.
Obama ha dicho claramente que se han acabado las bromas: si los Republicanos no quieren ni siquiera ceder un milímetro para llegar a un consenso, a pesar que la reforma es esencialmente una propuesta moderada (algo que el presidente señaló repetidamente), ahí se quedarán. El partido demócrata va a intentar aprobar la reforma en solitario.
Dicho en otras palabras: Obama está convencido que la ley es buena, y que una vez aprobada los hechos le darán la razón. Por tanto, va a hacer lo imposible para aprobar la reforma, aunque tenga que arrastrar a su partido entre alaridos, lloros y pataleos. El público real de este evento era, ante todo, el propio partido demócrata. El mensaje es que la ley es buena, necesaria, y moralmente correcta, pero, por encima de todo, que es ahora o nunca - y el Presidente está dispuesto a tirar del carro.
La ley es, realmente, una buena reforma. Ahora mismo, todo depende del valor de unas decenas de representantes en la cámara baja, y unos pocos senadores, que esta reforma sobreviva. Veremos cómo se mueven las cosas los próximos días. La sensación que tengo es que Obama ha puesto las cartas sobre la mesa, entrando a por todas - y en estas situaciones, los legisladores tienden seguir al líder del partido, especialmente cuando el objetivo final está tan, tan cerca.
Hace mes y medio dejamos la reforma de la sanidad en Estados Unidos en estado de crisis, víctima del súbito ataque de pánico de los congresistas demócratas tras perder un misérrimo escaño en el Senado. En las últimas dos semanas, sin embargo, la ley parece haber vuelto a la vida, lenta pero segura, y esta semana vuelve a ser motivo de debate y discusión, con la Casa Blanca trabajando duro para que sea aprobada. ¿Qué ha sucedido para que esto sea así?
Empecemos por una crónica de las últimas semanas - esta es un buen punto de partida. Primero, los demócratas se calmaron un poco. Tras los alaridos desesperados de los primeros días, el partido entró un poco en razón. Jonathan Chait lo explica bien aquí; básicamente, es más lógico y racional que aprueben algo, lo que sea, que suicidarse políticamente víctimas de un miedo desatado.
Hace tres o cuatro semanas, la ley volvió a aparecer en el debate político. Los medios la habían dado por muerta, pero Obama empezó a volver a hablar de ella. Primero fue en el discurso sobre el estado de la Unión, dando una cordial bronca a sus compañeros de partido. Después entre bastidores, con Pelosi y Reid (los líderes demócratas en ambas cámaras) empezando a contar votos. Finalmente, de forma brillante por el mismo presidente en su épico debate / masacre dialética con los republicanos en Baltimore, en una intervención digna de cierta serie televisiva de ficción. Obama estaba en la calle, hablando de la necesidad imperiosa de aprobar la reforma, retando a los conservadores a salir al ruedo y ofrecer ideas. Para acabar de reforzar el mensaje, las aseguradoras, en un ejemplo de torpeza épica, anunciaban increíbles subidas de precio (¡39%!) esos mismos días.
Volvamos al procedimiento legislativo americano, recordandocómo se aprueban las leyes en Estados Unidos: las dos cámaras tienen que votar a favor del mismo texto, y el Presidente tiene que firmar. En la reforma de la sanidad, los demócratas tienen dos textos distintos realmente muy parecidos entre ellos, tienen un acuerdo más o menos decente entre ambas cámaras sobre cómo sería la ley final… y no tienen los sesenta votos necesarios en el Senado (recordad que los republicanos están abusando del filibusterismo como posesos) para aprobarla utilizando el procedimiento normal.
Eso no quiere decir que no haya una salida. Para aprobar una reforma, los demócratas necesitan hacer dos cosas. Primero, la Cámara de Representantes tiene que aprobar la propuesta de ley aprobada por el Senado. Segundo, el Senado tiene que aprobar una serie de enmiendas a su propia ley que recojan los cambios pactados con la cámara baja, utilizando un procedimiento llamado reconciliación (mayoría pura) que evita los bloqueos vía filibusterismo. El problema, por descontado, es que los representantes no se fían de lo que haga el Senado, y quieren garantías que si aprueban el texto de sus “amigos” de la cámara alta (nota: no se aguantan) estos cumplirán con su palabra y cambiarán las cláusulas que consideran inaceptables.
Llegamos a esta semana. La Casa Blanca tiene dos objetivos. Primero, convencer a sus compañeros de partido que dejen de correr despavoridos, paren de apuñalarse unos a otros y se decidan a aprobar una reforma que necesitan desesperadamente (leed aquí por qué; Jonathan Bernstein lo explica mejor que yo). Segundo, necesita dar una cobertura política a su compañeros de partido, vendiendo agresivamente la ley a un público no demasiado convencido. La gente dice estar en contra de la ley en general, pero está a favor de las medidas que esta incluye; mejor comunicación (y el efecto que tiene una victoria legislativa en indecisos; “lo que gana, es bueno” es un lógica muy extendida) es algo necesario.
Para vender la reforma, la Casa Blanca ha convocado una cumbre bipartidista este jueves. La idea es tener un debate público con el Presidente y gente de ambos partidos, discutiendo y presentando ideas para mejorar la reforma. El lunes Obama presentó su propuesta, una combinación de los textos del Senado y Cámara de Representantes que (”curiosamente”) está cerca del consenso entre ambas cámaras (nota al margen: es la primera vez en todo el proceso que la Casa Blanca presenta un texto concreto), y retaba a los republicanos a que hicieran lo mismo.
Por descontado, los republicanos realmente no tienen nada que poner sobre la mesa (sus dos “grandes ideas” son o irrelevantes o peligrosas) y no tienen mucho que discutir; su oposición a la reforma ha sido básicamente una serie de alaridos irracionalistas, no una cuestión de principios. La ley incluye una cantidad tremenda de ideas conservadoras; de hecho, es un calco del modelo de Mitt Romney en Massachusetts (que ha funcionado bien) hace unos años. Si tienen que debatir en público, se los van a comer con patatas, así que llevan toda la semana a la defensiva, diciendo que la cumbre es puro teatro.
¿La verdad? Están en lo cierto. El debate de mañana es totalmente ficticio y básicamente artificial, ya que los demócratas están peleándose para aprobar la ley por si sólos. La táctica, sin embargo, parece que va a conseguir dejar a los republicanos en ridículo - en cierto sentido los demócratas están pagando con su propia medicina el alocado teatro del absurdo conservador de los últimos meses. De momento parece que los medios (Fox News excluído, pero esos son imposibles) se han tragado el invento de la Casa Blanca, y están muertos de ganas de ver la carnaza el jueves, en una partida que Obama tiene básicamente ganada.
Queda la segunda parte, atizar a su propio partido. De momento, están avanzando sin prisa (de hecho, con muy poca prisa) pero sin pausa, trabajando para aprobar la ley. La Casa Blanca está repartiendo tortas y dando caramelos con entusiasmo, intentado evitar que el entusiasmo de la izquierda pierda votos de los moderados del partido (muy a mi pesar, la public option está muerta), y mediando con energía y decisión ante todo conflicto. Obama realmente está utilizando su capacidad de atraer y dirigir el debate con energía estos días, dejando claro que quiere una ley.
¿Quiere decir esto que veremos una reforma este año? No tan rápido. Hace un mes le daba un 30% de posibilidades; hoy quizás subiría a un 50%. Como dice Ezra Klein, estamos hablando del partido demócrata, con su capacidad casi infinita de estrellarse contra obstáculos imaginarios; la reforma sigue teniendo que superar obstaculos considerables. Veremos cómo van las cosas el jueves, y si cómo se porta el partido político más desorganizado del mundo cuando toca demostrar algo parecido a coraje.