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February 9th, 2010 by
Roger Senserrich
Uno de los episodios más gloriosos en The West Wing gira alrededor de las discusiones dentro de la Casa Blanca tras un par de derrotas políticas serias. El equipo del presidente está desmoralizado; se ven inefectivos, incapaces de pasar reformas reales en el país. No les cuesta demasiado darse cuenta que gran parte del problema parte de su propia timidez: no han sido capaces de utilizar y mostrar las virtudes de su (imposiblemente perfecto) presidente. Es hora de “Dejar que Barlet sea Barlet” - actuar decididamente, con el presidente tirando del carro.
Me parece que en la Casa Blanca alguien ha estado viendo The West Wing estos días: el mensaje es claramente “dejar que Obama sea Obama”. Todo empezo con el ya legendario turno de preguntas del presidente con los republicanos en Baltimore, una de las mejores discusiones políticas en décadas en Estados Unidos. Obama estuvo extraordinario, ganando el debate con una facilidad apabullante.
Para resolver el debate de la sanidad (y empujar a su partido en el Congreso a aprobar una reforma de una puñetera vez), Obama va a intentar hacer algo parecido a finales de este mes. La idea es celebrar una “cumbre” sobre sanidad televisada con miembros de ambos partidos; un debate abierto con luz y taquígrafos pidiendo ideas y discutiendo cambios para aprobar la ley.
Por descontado, es un debate con las cartas marcadas: la reforma propuesta en el Senado tiene ya de hecho un montón de ideas republicanas; es un plan muy moderado, prácticamente conservador. Uno de los grandes problemas que ha sufrido la reforma es que los demócratas (y los medios) han sido incapaces de explicar sus contenidos; forzando a los republicanos a discutir el fondo (y no esconderse detrás de un púlpito o micrófono amigo en Fox y decir todas las burradas que quieran) es una táctica brillante. El presidente puede ejercer de presidente (Barlet, de nuevo), arbitrando un debate al que los republicanos no pueden renunciar a participar.
¿Funcionará? Eso espero. Es una táctica muy ambiciosa, casi peliculera. Los medios americanos adoran esta clase de bobadas, sin embargo; no me extrañaría que se lo tragaran pero bien. El presidente está tomando un riesgo serio - veremos si funciona. Por cierto, ¿alguien tomando notas en España?
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February 9th, 2010 by
Roger Senserrich
Un comentario muy rápido sobre periodismo económico, nacido de este artículo del País:
- Los “inversores”/Gnomos de Zurich no son una especie de secta que “ataca” países. Utilizar esta clase de lenguaje no aporta nada; como comenta Citoyen, es confundir al público sobre qué es un movimiento especulativo.
- Importante recalcar una cosa en los artículos de Citoyen: un Gnomo de Zurich sólo puede especular contra un país/empresa/banco si este está metido en problemas. Un estado con las cuentas sanas (digamos Canadá o Alemania) no es un blanco rentable; si el riesgo no está ahí, un inversor no puede crear un efecto bola de nieve / profecia autocumplida.
- Apostar que una moneda bajará con posiciones a corto, por cierto, no es lo mismo que hacer que la moneda baje. Los efectos de los contratos a corto no están del todo claro; hay buenos motivos para pensar que apenas afectan el precio de un activo.
- Que el euro baje, por cierto, no es necesariamente malo. Una depreciación de la moneda europea, de hecho, puede que haga muchísimo bien al continente. La fortaleza de una moneda es otro de esos conceptos económicos que los periodistas parecen incapaces de entender; a veces es bueno dejar que su valor baje, en vez de intentar hacer un ajuste vía deflación. Por descontado, España ha utilizado este “truco” como una excusa para postponer reformas estructurales (enlace imprescindible, por cierto), pero esa es otra historia.
Sé de sobras que explicar cosas de economía es complicado; no son cosas demasiado intuitivas. Esta clase de artículos chapuceros y conspiratorios, sin embargo, no hacen más que confundir las cosas.
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February 8th, 2010 by
Roger Senserrich
Espero sinceramente que lo que está diciendo José Blanco sobre la conspiración internacional de intereses turbios en los mercados contra España sea una estrategia retórica chapucera, y no algo que el gobierno se crea realmente.
Lo digo porque culpar a los Gnomos de Zurich tiene una larga, larguísima tradición en los anales de las crisis financieras internacionales, y los políticos que actuan como si se creyeran lo que dicen acaban normalmente siendo víctimas de la ley de la gravedad, versión económica: si algo no puede durar eternamente es que se va acabar en algún momento. Y la falta de reformas estructurales en la economía española empieza a ser preocupante de veras, especialmente cuando el gobierno da marcha atrás a la mínima que huele un poco de resistencia.
Los volantazos tienen que ser en serio, sin buenismos, hablando al electorado como adultos y avanzando con decisión. Si el Presidente del Gobierno ha perdido la confianza de los votantes e inversores tras tanto bandazo, puede que valga la pena apretar los dientes, renovar el gabinete de arriba a abajo y dar una señal clara que es hora de ponerse serios. Algo como cesar a Salgado y enviar a alguien que traiga a Joaquín Almunia a rastras desde Bruselas para ponerle en el Ministerio de Economía, con carta blanca para proponer todo lo que quiera y sea necesario. Si quieren, pueden ir aún más lejos con cambios más significativos.
Lo más deprimente, como de costumbre, es que con la que está cayendo el glorioso líder de la oposición es incapaz de tener una misérrima opinión sobre nada. Si este tipo llega a Moncloa, se pasará el día mirando la tele.
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February 6th, 2010 by
Roger Senserrich
Hoy quería hablar sobre la propuesta del gobierno para reformar el mercado laboral. Una lectura pausada, tranquila, viendo qué cambios ponen sobre la mesa y cómo afectarán a la economía. Un estudio de las medidas. La situación en el mercado laboral es absolutamente catastrófica, especialmente entre los jóvenes (votantes naturales del PSOE, recuerdo - a este paso, duda que vuelvan), así que prácticamente cualquier reforma hubiera sido una mejora en comparación con el desastre actual.
¿La verdad? No hace falta que escriba nada. La reforma es básicamente irrelevante. Un parche. Un maquillaje inútil. Los cambios van todos en la dirección correcta, pero se quedan patéticamente cortos; el gobierno está proponiendo cruzar un oceano dando saltitos desde la orilla. Me podría poner en detalles, como el contrato con 33 de indemnización en vez de 45, pero es básicamente inútil. Los jóvenes no tienen antigüedad; cuando toca echar gente, serán ellos los que se lleven los tortazos, sean fijos o temporales. La asimetría seguirá allí. El resto de medidas (inspección laboral, concentrar incentivos, encarecer temporales, trabajo a tiempo parcial) son buenas ideas, pero se quedan tan ridículamente cortas que no tendrán un efecto significativo.
Es la flexibilidad, es el coste del despido. Los sindicatos se desgañitarán diciendo que de media los trabajadores cobran 22 días por año al perder al trabajo, pero la media es irrelevante; la inmensa mayoría de trabajos perdidos no son indefinidos. La reforma que necesitamos es abandonar el absurdo sistema de seguros de desempleo semiprivatizados (por que la indemnización actual es esto) y socializar estos costes aumentando la protección social, a cambio de crujir los que más tienen con impuestos para pagar el invento. Es la única reforma viable y efectiva que puede aprobar un gobierno de izquierdas, pero parece que Zapatero ha querido buscar excusas, retrasar el asunto unos cuantos meses más y renunciar a proponer un cambio ambicioso.
No es cuestión de neoliberalismo. No estamos hablando de derechos sociales. Que el seguro de despido nos lo pague el jefe en España es exactamente igual de absurdo que el seguro médico lo cubra la empresa en Estados Unidos. Es ridículo que un sistema de protección social esté en manos de nuestro jefe, no del estado.
Lo más triste, sin embargo, es la oportunidad perdida. Zapatero tenía una oportunidad única para hacer una reforma ambiciosa, aprobando unos cambios que podían reforzar el estado del bienestar a medio-largo plazo de forma tremenda.
Para empezar, el paro está por las nubes. Eso deja meridianamente claro que aprobar una reforma es necesario. Si el gobierno hace un esfuerzo en pedagogía serio (y se muestra decidido; recordar que eso es más importante que ser populista), podrían ganar el apoyo popular necesario, especialmente si la reforma crea nuevos derechos.
Segundo, el PSOE anda fatal en las encuestas. Esto puede parecer contradictorio, pero es una herramienta negociadora muy potente: Zapatero puede decirle a los sindicatos que si su propuesta no les gusta y se lanzan a la calle, el PP estará encantado de pasar una mucho más agresiva cuando saquen mayoría absoluta. Si el gobierno aparenta ser lo suficiente suicida (no les costaría demasiado; ya se están autoinmolando ahora mismo), UGT y CCOO tienen bastantes incentivos para echar una mano.
De acuerdo, el hecho que Rajoy parezca un político aún menos ambicioso y aún más pusilánime que Zapatero no ayuda en esta estrategia demasiado. La reforma, sin embargo, llegará tarde o temprano; los sindicatos estoy seguro prefieren que venga desde la izquierda. Por añadido, la fragmentación sindical es también un problema: si Zapatero plantea una reforma ambiciosa y CCOO la apoya, UGT tiene incentivos para openerse, en vista de ganar apoyo en las próximas elecciones sindicales (un dilema del prisionero). En una situación de emergencia como la actual, sin embargo, un gobierno agresivo podría defender la reforma como un acto de responsabilidad.
La verdad, todo esto es irrelevante. El gobierno ha renunciado a intentar hacer nada ambicioso. Prefieren pretender que ellos no son los que toman las decisiones, dejando todo a pactos sociales y negociaciones. Veremos cuántos meses pierden, ahora que ni la patronal está de acuerdo consigo misma.
En fin.
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February 5th, 2010 by
Roger Senserrich
El otro día comentaba que José Blanco ha demostrado ser un ministro activo y con ganas de resolver problemas. Parece que también es alguien que se acuerda que el gobierno puede aprobar leyes y regular cosas si se pone a ello. Si los controladores se ponen burros y no quieren llegar a un acuerdo, el estado puede básicamente aprobar un decreto e imponerles lo que quiera, que por algo ganaron las elecciones y son quienes les pagan el sueldo.
El resto del gobierno… bueno, parece ser un poco más tímido. O eso, o continúan pretendiendo que la presidencia del gobierno está en manos del triunvirato Díaz Ferran, Toxo y Méndez. El diálogo social me parece estupendo, pero esos tres llevan hablando desde tiempo inmemorial, sin que hayan producido absolutamente nada de provecho. Los empresarios están tan poco por la labor que de hecho siguen teniendo como presidente un fantoche incompetente como Díaz Ferrán; nada dice tomarse una negociación a pitorreo como tener a un fracasado empresarial hablando por tí.
Estamos otra vez en lo de siempre: creerse que el método es el mensaje. Es incomprensible que una reforma tan importante sea presentada primero a un grupito selecto de élites. Esta noche (¿alguien mira el telediario un viernes por la noche?) y el domingo la noticia no será Zapatero presentado una batería de medidas, sino cuatro tipos discutiendo y diciendo que tienen que negociar - otra vez. No es la imagen de decisión, valentía y competencia que un votante quiere ver en su gobierno cuando se enfrenta a una monumental crisis económica, especialmente en una democracia parlamentaria en que el partido en la Moncloa tiene muchísima libertad de maniobra.
¿La reforma en sí? Como de costumbre sabemos bien poco. Los cuatro frikis que seguimos esto leeremos el texto y lo discutiremos de bitácora en bitácora. La mayoría de de votantes lo único que verán serán otra negociación interminable con el gobierno dando marcha atrás en algo que hace dos días decían era imprescindible.
Por lo que sabemos (que es muy poco), me parece que la reforma no es excesivamente mala. Abaratar los contratos indefinidos tiene que ser el objetivo básico, y parece que es lo que tienen en mente; a cambio, se encarecerían los contratos temporales, para hacerlos menos deseables. Por lo que comentan, el ejecutivo ha renunciado a dar una propuesta concreta, así que sobran más comentarios. Veremos qué dicen exactamente esta tarde.
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February 4th, 2010 by
Roger Senserrich
Llevo una temporadita más bien crítico con el gobierno. No es que no hayan pasado reformas que me gustan (la reforma de las pensiones o la ley de economía sostenible, “cláusula Sinde” incluída, me han parecido buenas ideas, y las propuestas sobre educación suenan muy bien), es que parecen emperrados en pretender que la peor crisis económica desde la Gran Depresión (y con potencial de empeorar) no es algo que exija reformas ambiciosas, serias y arriesgadas desde ayer mismo. El país está metido problemas potencialmente muy graves, y andan hablando de cambios de vuelo gallináceo.
El problema, sin embargo, es que no tengo dónde ir. El Partido Popular, la alternativa natural al gobierno, está ahí en la oposición sentado, y parece estar emperrado en evitar que los vote. Ignorad cosas como programas políticos, proyectos o ideas que tienen en la agenda; no estoy de acuerdo en muchas cosas (básicamente porque mis objetivos son de izquierdas y el PP es de derechas), pero lo que dicen no es absurdo. Mis objeciones con el PP, ahora mismo, son más básicas y sencillas: me dan miedo. No creo que sean un partido que esté listo para gobernar.
¿Por qué? Algunos motivos:
- No se están tomando la crisis en serio. El gobierno ha presentado una propuesta relativamente decente (y que el PP había circulado en el pasado) para reformar las pensiones. Es una reforma necesaria. ¿Qué ha hecho el PP? Ha intentando copiar el discurso de Izquierda Unida y declarar el sistema como algo sagrado e irreformable. Sé que son la oposición y tienen que quejarse, pero podían protestar por falta de ambición o las prisas, no la medida en sí. Es una forma de hacer oposición irresponsable.
- No parecen tener la más mínima intención de hablar claro. En vez de decir las cosas claras y repetir de forma incesante que el gobierno nos ha metido en un pollo económico espantoso del que será muy difícil salir, el PP ha decidido que toca hablar de inmigración, pena de muerte y el estatuto catalán. Si pretenden que me crea que van a pasar reformas o cambiar el modelo productivo, van listos.
- Rajoy no ha tomado una decisión seria en siete años. El PP ha pertido cantidades ingentes de tiempo pegándose entre ellos, sin que Rajoy haya plantado cara a nadie. ¿Me tengo que creer que cuando llegue al gobierno podrá aprobar alguna ley que exija un poquito de esfuerzo? ¿Que plantará cara a la patronal y sindicatos? ¿Que no aceptará cualquier acuerdo chapucero para pactar con nacionalistas? Vamos, hombre.
- Están obsesionados en política identitaria. El partido (y sus bases) parecen estan más preocupados en catalanes, homosexuales, inmigrantes y desviados varios que en lo que sucede en el planeta tierra.
- No pretenden ser honestos. En vista de cómo han tratado los casos de corrupción estos últimos meses, ¿de verdad los quiero cerca del gobierno? El hecho que ni se han molestado en criticar al ridículo presidente de la patronal es realmente lamentable. ¿Qué clase de potencial gobernante no se preocupa que los empresarios españoles vean normal tener un cretino como líder?
Sé de sobras que están un poco por encima en las encuestas. Qué menos, con el paro al 19%. Aún así, me temo que no poca gente en el gobierno realmente no está demasiada preocupada por lo que dicen los sondeos ahora mismo; los datos dicen que los votantes están sinceramente aterrados con la idea que sea el PP el que gobierne. No soy el único que escucha a Rajoy, intenta con todas sus fuerzas buscar algo que le guste, y se encuentra que por mucho que se esfuerce, la oposición no le da ninguna alternativa.
El PP podría estar preparándose para ganar por mayoría absoluta el 2012, si la crisis sigue igual de mal y tienen un mensaje competente. Ahora mismo, sin embargo, parecen estar esforzándose en ganar de puntillas, sin que se note, no sea que lleguen al poder y tengan que gobernar o algo así. Me pone enfermo.
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February 4th, 2010 by
Roger Senserrich
Una de las obsesiones más irritantes de no pocos políticos es que se creen sinceramente que la gente les presta atención. Estos dirigentes viven bajo la impresión que los votantes saben cómo se aprueban las leyes y siguen con interés y detalle cada paso del procedimiento, escuchando lo que dicen los parlamentarios, estudiando qué vota cada diputado en comisión y llevando cuenta de cada concesión y cada detalle en las negociaciones.
Tenemos presidentes haciendo grandes gestos y declaraciones, hablando de llevar propuestas a conferencias bipartidistas, y tratando de convencer al electorado que la falta de respeto institucional es un escándalo. Hablan de pactos de estado y responsabilidad institucional, intentando ganar puntos por buscar consensos y culpar al contrario cuando no hay acuerdos. Se quejan amargamente que la oposición utilice tácticas y procedimientos parlamentarios obtusos para retrasar o bloquear nombramientos, hablando de seriedad y espíritu de país. Y por descontado, una vez todo esto ha sucedido, se sorprenden que los votantes les llamen inoperantes e incapaces de hacer nada.
El resultado es un tanto ridículo. El gobierno de Zapatero ha perdido cantidades ingentes de tiempo y capital político intentando echar la culpa de la falta de reformas estructurales al fracaso del diálogo social. Ha llevado grandes proyectos nacionales a las reuniones de presidentes autonómicos, exclamándose que el PP era víctima de contradicciones lógicas que no interesaban a nadie demasiado. Ha intentado justificar y defender una reforma de las pensiones señalando que todo se hablará en algo llamado “Pacto de Toledo”, un contubernio político vagamente incomprensible. No me extraña que los votantes anden confundidos sobre qué está haciendo el gobierno contra la crisis; la estrategia hasta ahora parece ser formar una comisión y quejarse que el PP proteste.
El gobierno de Zapatero tiene, desde hace tiempo, una peculiar obsesión de hablar a la gente equivocada. En política hay básicamente dos audiencias. Por un lado tenemos a los obsesos de la política: gente con bitácora, periodistas, analistas, todólogos, contertulios radiofónicos y gente vive dentro o alrededor de la política. Somos la gente que sabemos cómo se aprueban las leyes, quién tiene competencias en materia de transporte en el área metropolitana de Barcelona y qué ha dicho cada partido sobre cada tema en los últimos cuatro o cinco años. Miramos encuestas, leemos periódicos y sabemos que póliticas públicas preferimos, a veces con un detalle enfermizo.
Al otro lado tenemos el resto de votantes, el 90% largo de la población. No siguen la política a menudo, no leen las noticias cada día y no tiene ni pajolera idea sobre el procedimiento legislativo necesario para aprobar una ley. Son de izquierdas o derechas, pero no tienen grandes ideas sobre qué es bueno o malo; siguen la política de lejos y deciden lo que les gusta a base de ideas y valores, no de interpretaciones sobre qué partido es obstruccionista o no.
Ezra Klein recomendaba hoy un libro sobre este tema. Señala, con razón, que los demócratas en Estados Unidos han perdido cantidades ingentes de tiempo este año entre grandes aspavientos negociando una reforma sobre la sanidad, pensando que arrojar luz sobre el proceso pondría el electorado a su favor. El problema, sin embargo, es que los votantes no siguen las negociaciones en detalle: cuando ven una discusión que dura meses la impresión que se llevan es que algo estarán subastando y que la ley tiene un lado oscuro, sin escuchar los detalles.
No es que los votantes sean idiotas o cejijuntos. La mayoría valoran lo que escuchan y deciden en consecuencia - las campañas que tratan al electorado como gente con cerebro han funcionado bien. Lo que sucede es que, al no ser maníacos obsesivos con los detalles, prefieren (y valoran mejor) ideas que pueden ser explicadas de forma directa, sin ocultarse en toneladas de excusas y motivaciones procedimentales.
Los republicanos en Estados Unidos entienden esto muy bien; de hecho, lo explotan de forma despiadada. Saben que el electorado valora si una reforma es buena o mala en gran medida según si es aprobada o no (”si no llegaron a acuerdos, es que era peligrosa”), así que no tienen el más mínimo reparo en utilizar bloqueos parlamentarios de forma constante, a sabiendas que explicar procedimientos legislativos no te hace ganar votos. Total, mienten abiertamente, sin el mínimo reparo. El PP será muchas cosas, pero no son completamente idiotas; si creen que pueden meter a Zapatero en ridículos debates de búsqueda de consensos y pactos rotos, lo harán encantados.
El PSOE (y los demócratas) tienen que dejar de hablar al 10% de matados que seguimos la política de verdad. Lo que opine Escolar, Carnicero o un servidor es básicamente irrelevante; podemos entender que el PP no está teniendo sentido de estado y está incumpliendo la cláusula C, párrafo tercero del pacto antitransfuguismo, podermos incluso tener la razón. Por mucho que lo digamos en público, esta gran aportación al debate será entendida por cuatro, y cambiará el voto de básicamente casi nadie.
Es triste decirlo así, pero la política pertenece a gente que no se interesa por ella. El voto, las reformas, las elecciones se ganan y pierden fuera del ruido y circo mediático constante que tanto nos divierte a todos. El debate real es mucho más sencillo, mucho más directo y mucho más básico, concentrándose en cosas como si se ha hecho algo, si me han dado una explicación convincente y si el nivel de paro e inflación han mejorado como prometistes hace un par de años.
El gobierno tiene que parar de justificarse, amparar todo sobre cómo no se qué comisión mejorará la ley y sobre como el Pacto de Calasparra va a cambiar las reglas del mus y me permitirá bajar el paro. Es hora de decir que tienen un plan, es estupendo, y que es hora de aprobarlo, que por algo mandan y saben lo que hacen. En política no tiene que ser brillante; tiene que parecerlo.
…
Claro, eso es siendo optimista. A veces me temo que realmente no tienen ganas de aprobar cosas hasta que el BCE o alguien peor les obligue a ello. En fin.
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February 4th, 2010 by
Roger Senserrich
Iba a escribir un artículo sobre cómo los problemas de España puede que sean mucho más serios de lo que la mayoría de comentaristas dan a entender. Y no, no me estoy refiriendo a pasar reformas estructurales o cambios de modelo productivo a largo plazo. La cosa es más seria, más urgente y mucho más a corto plazo.
Luis Garicano, en Nada es Gratis, lo explica mucho mejor que yo:
(…) Creo que los extranjeros tienen razón en estar muy preocupados con la situación, a corto, no a largo, plazo. Y con corto quiero decir meses, no años. La prensa sajona económica y los analistas extranjeros no tienen manía a España. Simplemente ven o vemos las cosas desde fuera – y quizás con menos necesidad de racionalizar lo que está pasando Concluyo con lo que concluimos siempre: es hora de que el gobierno, los sindicatos, y los partidos de todo el espectro se empiecen a tomar el problema en serio- la hora de las reformas es ahora.
Leedlo entero. Es muy, muy bueno. Y no precisamente descabellado o catastrofista, me temo.
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February 2nd, 2010 by
Roger Senserrich
Llevo una temporada queriendo hablar de Argentina. El país lleva una temporada metido en una crisis política bastante esperpéntica, con los Kirchner peleándose con el presidente del banco central hasta forzarle a que abandone el cargo.
Los detalles de la crisis no son demasiado nuevos. Argentina no puede endeudarse en el exterior; los mercados internacionales aún no le han perdonado su bancarrota a principios de esta década, y los Kirchner no han querido negociar una solución a esos impagos. Para un político que se enfrenta a una recesión mundial, el no poder endeudarse es un problema: no puedes mantener políticas fiscales expansivas durante demasiado tiempo. Si no puedes meterte en déficit (porque nadie te lo cubre) y tu economía frena, se acabó gastar dinero a patadas; te toca recortar el gasto.
No hace falta que diga que esto políticamente es peligroso. El gasto público es algo estupendo, especialmente si eres el presidente de Argentina y tienes una amplísima red de clientelismo caciquista descarado servicios sociales que dependen del presupuesto. El Peronismo/Justicialismo/como llamen al engendro unipartidista que habita en la presidencia estos días tiene una larga tradición de conflictos internos “solucionados” en base a repartir gasto público; si un presidente quiere ganar elecciones (o que las gane su marido) es imprescindible mantener ese flujo monetario.
Argentina, tradicionalmente, ha pagado esta clase de cosas utilizando dos métodos bastante sencillos. El primero, y más obvio, es endeudándose hasta las céjas y empotrándose en una crisis monetaria de vez en cuando. El segundo, igualmente clásico, es exprimir al potente sector exportador del país tanto como puedan a base de impuestos a la exportación, alegre manipulación monetaria o cuotas extrañas. La eterna batalla argentina es entre las ciudades justicialistas y un campo que se pasa la vida pagando la factura, en otras palabras - con los terratenientes apuntándose a golpes de estado y juntas militares de vez en cuando en el pasado.
Cuando Cristina Fernández se enfrenta al banco central estamos viendo una repetición de esas viejas batallas. La entidad tiene una burrada de reservas monetarias, derivadas (como no) del superávit comercial del país; los exportadores venden más de lo que el país compra en el exterior, al fin y al cabo. Los Kirchner quieren seguir gastando, pero no quieren subir los impuestos a nadie; no a los asalariados, que son su base, y desde luego no al campo, que les monta unos pollos de impresión. Dado que los mercados internacionales ya se toman a Argentina por el pito del sereno (no pagan deudas) esto de mantener la reputación de independencia del banco central les importa un comino: vacian las reservas y listos.
¿El resultado? Bueno, no especialmente bueno. La economía Argentina no es precisamente un paradigma de estabilidad y progreso estos días. Políticamente, Cristina Fernández es el jefe de ejecutivo menos popular del continente, algo que tiene mérito. Es muy difícil tomarse un país en serio cuando el ejecutivo hace estas cosas, tristemente.
El problema argentino no son sólo los Kirchner, sin embargo; es algo que viene de lejos. Básicamente, el estado nunca ha sido capaz de hacer algo tan simple y sencillo como recaudar impuestos de forma competente, con políticos siempre cayendo en la tentación constante de freir a los exportadores (y sus minas y vacas, que son difíciles de esconder) para pagar el tinglado. Si no eres capaz de crear un sistema fiscal decente (con una base extensa y que afecte a todos), tu sistema político básicamente se rompe constantemente, ya que todos los incentivos están dirigidos a apretar las tuercas a gente con ganas de dar golpes de estado.
Es triste, porque Argentina podría haber sido Estados Unidos. A principios del siglo XX, el nivel de renta de Argentina era parecido (si no mayor, cito de memoria) que sus colegas del norte. El país tuvo básicamente dos golpes de muy mala suerte en la primera mitad del siglo: los radicales se tragaron la culpa en 1930 por la gran depresión, provocando el ascenso de una dictablanda conservadora, y la reacción a este régimen fue militar, torpe y populista, con la emergencia del Peronismo y su legitimidad basada en un populismo burdo que intentó evitar por todos los medios cobrar impuestos a sus bases.
¿Recordáis eso de la path dependence? Argentina es uno de esos casos paradigmáticos. Es un país en que las decisiones tomadas en 1946 condicionan las decisiones de cualquier político que venga después; una vez Perón crea la coalición política del justicialismo, deshacer ese equilibrio de fuerzas es increíblemente difícil. Estados Unidos (y su peculiar sistema de representación en el Senado) siempre tuvo un sector exportador que se resistió a “pagar” por todo el tinglado, con una “curiosa” coalición entre industrialistas del norte y blancos pobre racistas en el sur (el partido demócrata en los años treinta) garantizando que el New Deal fuera pagado por todos. Argentina, sin embargo, nunca tuvo esa suerte.
Por descontado, esta clase de cosas no son una condena eterna. España, al fin y al cabo, era un desastre completo hasta los años sesenta, y ahora… bueno, es un éxito aceptable, con problemas más o menos serios. Los países pueden aprobar reformas, y pueden cambiar su historia. Fácil no es, pero todo es intentarlo.
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February 1st, 2010 by
Roger Senserrich
Este fin de semana he seguido con cierto interés el debate en la Catosfera (haciendo comentarios sarcásticos en Twitter de vez en cuando), y no he podido evitar tener la sensación que estamos metidos en un debate circular. En España nos pasamos la vida discutiendo sobre el concepto de la red 2.0, montando grandes teorías sobre democracia ciudadana y hablando sobre estrategias revolucionarias, pero dejamos de lado, como de costumbre, las cuestiones más prácticas.
Desarrollaré un poco las ideas más adelante, si hay interés, pero creo que vale la pena dar dos pasitos atrás y ver lo que está sucendiendo en el país que todos vemos como modelo de estas cosas, Estados Unidos. Daré unos cuantos apuntes:
- Mucha menos “teoría”: la comunidad de blogueros y consultores políticos es gigantesca, infinitamente mayor que la española. El número de conferencias, jornadas, saraos y cosas de este estilo que se celebran por aquí es infinitamente menor. Es curioso que con esto de la red “abierta y simétrica” de participación fácil los españoles hayamos acabado creando una alegre gurucracia.
- Los actos públicos son actos políticos: hay convenciones de blogueros en Estados Unidos, no nos engañemos. Pero tienen un fin político, no teórico: el objetivo es mover a la opinión pública y presionar a los políticos. El ejemplo paradigmático es Netroots Nation: una serie de convenciones y conferencias que tienen como objetivo dar a conocer propuestas progresistas y aumentar la relevancia del ala liberal del partido demócrata.
- Profundizando valores, no creando valores nuevos: no hablamos de “open government“, hablamos de transparencia. No hablamos de “políticos 2.0″, hablamos de accountability. Internet no cambia la democracia ni crea cosas nuevas - mejora cualitativamente lo que ya tenemos.
- Proyectos sencillos y potentes: para la inmensa mayoría de ciudadanos, que mi alcalde tenga una bitácora en la que entrevista gente es algo totalmente irrelevante. Quizás me entero sobre proyectos de mi ciudad y le puedo cantar las cuarenta de vez en cuando, pero no me aporta gran cosa. Lo mismo se puede decir tener acceso a cientos de bases de datos que no entiendo, o un sitio centralizado para leer notas de prensa y propuestas políticas - para alguien que no lee periódicos, la cosa será completamente irrelevante. Lo que si es útil, sin embargo, son cosas como esta: una página en la que puedes avisar al departamento de obras públicas de tu ciudad que hay un agujero, pintadas, arboles caídos o algo que no funciona bien en tu calle o barrio. Concreto, pequeño, útil - la clase de comunicación que necesitamos es hacer trámites o pedir que arreglen farolas, no grandes debates en los que participen los de siempre.
- Difundir mensajes: el viernes Obama participó en un debate con los miembros republicanos de la Cámara de Representantes. El evento duró una hora y media, con el presidente respondiendo preguntas desde el escenario a políticos de la oposición, algo que nunca sucede en Estados Unidos (cosas de la estricta separación de poderes). Resulta que el tipo estuvo sencillamente espectacular; inteligente, rápido, brillante, claro, didáctico. Muchos dicen que cambio el tono del debate, con el potencial de reactivar las desmoralizadas bases del partido. El evento lo vieron cuatro y el de la guitarra en directo, pero gracias a la magia de la red, un militante de base puede verlo integro, sin cortes ni medios hablando sobre ello.
- ¿Nadie se ha preguntado por qué tan pocos políticos americanos tienen una bitácora “de verdad” estos días?: Y no, Sarah Palin no es política ya - y Peter Orszag es mi héroe personal, pero su blog es incomprensible y su objetivo muy concreto y limitado.
Como dice Edgar Rovira, es hora de bajar de la montaña y parar de meditar. El movimiento se demuestra andando, no meditando - es hora de dejarse de grandes construcciones mentales y pretensiones revolucionarias poco realistas y básicamente hacer cosas.
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