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El Coliseo

¿Qué clase de reformas quiero ver?

March 16th, 2010 by Roger Senserrich

Este fin de semana me decían por los comentarios que me paso la vida lloriqueando que gobierno y oposición no parecen estar por la labor de pasar reformas, pero nunca acabo de proponer nada concreto - aparte de la reforma laboral. La verdad, algo de razón tienen, así que me parece que vale la pena hacer un pequeño listado de cosas que creo son urgentes y otras que son necesarias, aunque no corran tanta prisa.

  • Reforma laboral: sí, me repito, pero creo sinceramente que es crucial. Y repito, no hace falta ir hacia el despido libre o neoliberalismo bastardo; es perfectamente posible mejorar el horripilante sistema actual sin recortar derechos.
  • Reducir regulaciones absurdas: España es un país donde abrir una empresa toma dos meses, conseguir permisos para cualquier tontería una eternidad y contratar o despedir a un trabajador requiere cantidades de papeleo ingente. La administración tiene que ser muchísimo más ágil. Y sí, los notarios tienen que desaparecer a medio plazo.
  • Reformar la justicia: el modelo actual era aceptable en tiempos de Napoleón - ahora necesitamos algo más ágil.
  • Simplificar el sistema fiscal: España ha abrazado esa absurda manía conservadora de hacer política social a golpe de desgravaciones fiscales. Si queremos que los españoles tengan más hijos, poned guarderías gratuitas, porras, no pongáis catorce claúsulas extrañas que no hacen más que dar trabajo a contables. Lo mismo se aplica al cada vez más surrealista derecho mercantil o laboral; todo es dar descuentos incomprensibles y horriblemente ineficientes. Eliminar deducciones, aumentas la recaudación, puedes bajar los impuestos - y das más flexibilidad a la economía.
  • Profesionalizar la administración: crucial para combatir la corrupción, junto con una reforma del increíblemente torpe sistema de financiación local.
  • Olvidarse de los sueños de política industrial: lo que comentaba Jorge va a misa.
  • Políticas agresivas de competencia y liberalización: España tiene un montón de sectores con muy poca competencia - las comunicaciones, por ejemplo, son un ejemplo claro. No sería mala idea sacar la motosierra y dividir Telefónica en dos o tres empresas, por ejemplo. Y no son los únicos.
  • Infraestructuras: más trenes. Muchos más trenes. Sobre todo trenes de mercancias, y pasar la red a ancho UIC.

Dicho en pocas palabras, el estado debe hacer dos cosas: mantener el estado del bienestar intacto, y salirse del medio. Más concretamente, asegurarse que  invertir sea fácil, y eliminar cuellos de botella absurdos en la economía. El estado debe asegurarse que el sistema educativo funciona, los transportes tienen la capacidad adecuada y que el dinero puede encontrar las buenas ideas y descartar las malas, minimizando los costes de transacción.La productividad y los sectores estratégicos vendrán sólos, cuando el mercado descubra él solito qué es lo que podemos hacer mejor (sospecho que trenes, por cierto. Pero eso es para otro día).

¿Más adelante? La lista sería larga. El estado de bienestar debe potenciarse, especialmente en temas de dependencia y en formación profesional. Necesitamos una reforma educativa (algo que, por cierto, parece que PP y PSOE si serán capaces de consensuar), y dinamitar el sistema universitario. El sistema de financiación autonómico necesitará retoques serios, asegurando que quien gaste el dinero sea el que lo recaude. El sistema para designar jueces es una chapuza; necesita reformas. Las leyes de urbanismo deben ser cambiadas. Reformar el sistema de cajas de ahorros, despolitizándolas tanto como sea posible, o incluso privatizándolas. Políticas de empleo más activas, con una reforma del subsidio de desempleo. La sanidad necesita retoques (siempre los necesita), el sistema de pensiones también, etcétera, etcétera, etcétera.

Lo importante, sin embargo, es arreglar el mercado laboral y hacer la economía más flexible, eliminando barreras a la entrada y papeleo y favoreciendo la competencia. La única reforma realmente complicada es el mercado laboral (y cargarse Telefónica), el resto son relativamente fáciles de aprobar. Creo que es un programa factible - y creo que más coherente que la búsqueda de consensos obsesiva del gobierno. Jordi Sevilla tiene razón: necesitamos un plan. El gobierno parece no tenerlo.

La hora de los valientes

March 16th, 2010 by Roger Senserrich

Esta semana sí. Esta semana los demócratas va a intentar aprobar la reforma de la sanidad.

Esta vez va en serio. La cosa irá como sigue. Primero, la cámara de representantes votará el texto del Senado. Esto hará que la sanidad esté oficialmente aprobada;  Obama podría ya firmar, con la cámara alta entrando en vigor de inmediato. La cosa no quedará ahí, sin embargo; el texto del Senado tiene unas cuantas cosas que no gustan a los representantes. Para solucionar esto, la cámara baja aprobaría inmediatamente una ley con enmiendas sobre la reforma recién aprobabada, dedicada básicamente a cambiar varios capitulos de gasto e impuestos. Con esta enmienda aprobada, el Senado votaría esas enmiendas utilizando el procedimiento de reconciliación, de modo que la ley refleje un punto medio entre ambas cámaras.

¿Por qué este procedimiento tan recontracomplicado? Básicamente, porque los republicanos no han dejado otra opción. El procedimiento normal sería que las dos cámaras enmendaran la ley en conferencia y votaran el texto consensuando por separado. El problema, claro está, es que los demócratas no tienen los sesenta votos necesarios en el Senado para cerrar el debate (sí, el dichoso filibusterismo) - y los republicanos se niegan a permitir que una ley pase por mayoría simple.

Aquí es donde entra el procedimiento de reconciliación: las leyes aprobadas con este método no pueden ser bloqueadas vía filibusterismo; el tiempo de debate está limitado (si mal no recuerdo) a 30 horas. Es una maniobra rebuscada que abre la puerta a aprobar la ley por mayoría absoluta en vez de una supermayoría absurda.

Esta es la idea básica; los demócratas tienen otras opciones, como declarar la ley como adoptada (sin votarla) y aprobar directamente enmiendas en la Cámara de Representantes. No sé si lo harán (se ha hecho con otras leyes, pero es un método un poco cafre), pero parece claro que esta semana están trabajando duro, durísimo para atar los últimos votos.

Todos los que piden el fin de la disciplina de partido harían bien de seguir el debate en Estados Unidos esta semana. Los demócratas necesitan 216 votos, y tienen 255 representantes - y atar los votos suficientes es un ejercicio desesperante. Los líderes del partido están intentando convencer a miembros recalcitrantes de forma desesperada. Obama está reuniéndose en persona con decenas de representantes, tratando de convencerlos que su presidencia depende de ellos. Los sindicatos y grupos de presión demócratas están diciendo a todo aquel que tenga dudas que si votan en contra le montarán unas primarias de inmediato, a ver si espabilan. Todo Dios está pidiendo a sus bases que llamen a sus representantes como locos, berreando a pleno pulmón que su vida depende de ello. Y por descontado, hay anuncios en televisión a todas horas, de todos los colores, gastándose millonadas pidiendo votos a favor o en contra. Es una especie de aquelarre histérico de relaciones públicas, intentando aprobar una reforma realmente muy moderada.

¿La verdad? Es un voto difícil, pero creo que la reforma saldrá adelante. Primero, porque los demócratas parecen haber entendido eso que “de perdidos, al río“: más vale llegar a las elecciones en noviembre fardando por haber aprobado esa reforma que nadie ha conseguido pasar hasta ahora que defendiendo el hecho que intentaron pasar algo, votaron a favor una vez, y la pifiaron en la siguiente.

Segundo, todo indica que según la reforma empieza a clarificarse y el debate es “demócratas contra republicanos” en vez de “demócratas siendo incapaces de ponerse de acuerdo” la opinión de los votantes sobre la ley ha ido mejorando. Todas las encuestas llevan diciendo hace tiempo que si describes la ley sin decir que es “la reforma de Obama” la gente apoya las medidas cuando las escucha; parece cada vez más claro que la ley será más popular una vez entre en vigor.

Tercero,  Nancy Pelosi nunca ha perdido una votación importante. La Casa Blanca y los líderes demócratas no estarían hablando de pasar la ley con esta fuerza si no estuvieran relativamente seguros que tendrán los votos sobre la mesa. Rahm Emmanuel sería capaz de estrangular a su madre si eso le da dos votos en el Congreso; no creo que estén jugándose el cuello de este modo si no supieran que la pueden aprobar.

Cuarto, y esto si es más subjetivo, porque Obama está haciendo esto:

Es corto; vale la pena verlo - y tomar notas. El mensaje es muy sencillo: no sé si la reforma de la sanidad me dará votos o no. No sé qué dicen las encuestas. Lo que sí sé es que uno, salí elegido con la promesa que iba hacer lo que era mejor para el país, y dos, estoy convencido que esta reforma es imprescindible, urgente. Es hora de ser valientes, apretar los dientes y aprobar la reforma, porque es lo que conviene al país. No estoy aquí para politiqueo - estoy para aprobar cosas que funcionen.

¿Alguien sabe de algún presidente europeo que podría utilizar esa clase de retórica? Pues eso.

Que quede claro, no está todo hecho, ni mucho menos. Estamos hablando del partido demócrata, esa organización que ha sido incapaz de aprobar esta misma reforma en los últimos doce meses. De todos modos, si tuviera que apostar, diría que hay un 65% de probabilidades que tengamos una reforma de la sanidad la semana que viene. Veremos.

Laberintos laborales

March 15th, 2010 by Roger Senserrich

Excelente artículo hoy en El País sobre los costes reales de despedir un trabajador indefinido. Los empresarios prefieren pagar los 45 días de un despido improcedente a comerse la marabunta judicial que supone intentar justificar que realmente necesitas echar a alguien.

Tres comentarios. Primero, me parece que esto deja relativamente claro que el sistema de control judicial del despido es básicamente kafkiano. Cuando una empresa prefiere pagar más del doble para evitar perder varios meses en los tribunales es que algo no funciona. Segundo, los costes de despido en España son realmente altos; incluso cuando la empresa quiere ahorrarse dinero, eso le cuesta mucho dinero. Tercero, y más grave, un empresario puede escoger entre costes ridículos o impredecibles, y parecen estar escogiendo lo primero. Me parece casi imprescindible racionalizar el sistema y dejar de intentar arreglar las cosas a base de añadir nuevos tipos de contrato; sólo estamos creando trabajo para abogados.

Lo que realmente me parece incomprensible, sin embargo, es que el gobierno ande intentando arreglar este problema creando aún más reglas y mecanismos legales. El mercado laboral es tan rígido, complicado y confuso que los empresarios prefieren pagar indemnizaciones gigantes antes que volverse loco con tanta regla. A estas alturas, mejor crear un contrato simplificado y fácil de entender idéntico para todo el mundo y con costes automáticos (y sin “neoliberalismos“) que imponer aún más regulación.

Aventuras legislativas en Washington (II)

March 14th, 2010 by Roger Senserrich

Continuación de este artículo. Vale la pena leerlo antes. De nada.

Al cabo de un rato, el grupo que nos tenía esperando en el oficina de Jim Himes sale con sus carpetas y maletines, caminando apresuradamente hacia otra reunión. La recepcionista nos hace pasar, con cara de alivio, y nos dice que nos atenderán en seguida.

Jim Himes fue elegido el 2008, así que es un recién llegado al Congreso. Su distrito (Fairfield County) contiene alguna de los municipios más ricos de Estados Unidos, siendo como es hogar tradicional de banqueros y otra gente de mal vivir. Aunque ganó por apenas tres puntos, Connecticut es cada vez más demócrata, así que su reelección no debería ser un problema; los republicanos están muy ocupados peleándose por presentarse a gobernador o Senado.

El jefe de gabinete de Himes es un tipo relativamente joven, que habla rápido y hace montones de preguntas. El tipo es consciente que hay algunas bolsas importantes de pobreza en su distrito (Bridgeport es un erial), pero reconoce no saber demasiado sobre programas de nutrición infantil. Nos deja claro que su jefe votará a favor sin problema en los programas que estamos pidiendo, y se ofrece a añadir su nombre como co-patrocinador de la ley o pedir votos a sus colegas si es necesario. El problema, sin embargo, es que realmente no han seguido el tema demasiado, así que no sabe qué medidas están sobre la mesa.

No que esto sea un problema: llevo en mi carpeta un listado (de cuatro páginas) con todas las propuestas en consideración, y detalles sobre qué texto es su equivalente en el Senado. Los representantes (y en menor medida, senadores) tienen equipos relativamente pequeños (de cinco a ocho asesores en Washington, por lo que me dijeron, con algunos más en su distrito), así que les cuesta seguir toda ley que anda rondando por el Congreso. Jim Himes está en el comité de finanzas, así que se especializa en regulación bancaria; es comprensible que pregunten a los expertos (o sus jefes y colegas en la cámara) acerca de temas que no dominan demasiado.

Un vez aclarado este punto, explicamos que los programas de asistencia federales en Connecticut están muy mal administrados. Las agencias estatales procesan aplicaciones con una lentitud desesperante, causando esperas interminables y haciendo pedir ayuda un ejercicio kafkiano. Para reforzar el mensaje, hemos traído cifras concretas sobre Bridgeport, con porcentajes de solicitudes que van con retraso (más de la mitad) y de solicitudes urgentes (que toman una semana) fuera de plazo (un increíble 90%).

La gente de Himes había oído hablar del problema, pero no conocía las cifras - y están horrorizados. La reacción inmediata es que hay que hacer algo ahora mismo, y ofrecen tomar medidas de inmediato: una carta al estado y USDA sobre el tema, amenazando con un artículo en la prensa. Si el estado no hace nada (y, siendo veteranos de la política local, son conscientes que no será suficiente), hablan de llevar a Himes a una oficina de servicios sociales con cámaras de televisión detrás, dándole publicidad. Es mucho más que lo que nos había ofrecido DeLauro; Himes, siendo un recién llegado, necesita causas mediáticas populares como agua de mayo para venderse bien. Es una transacción política natural entre gente con un problema y un político buscando publicidad. Política antigua, de toda la vida.

Como norma general, uno sabe que su visita ha sido efectiva según el tiempo que te dedican. Con Himes nos ha ido bien: entramos 10 minutos tarde, salimos con 25 minutos de retraso - nos dieron 45 en vez de los 20 que nos tocaban. El tipo que venía detrás nuestro nos mira con cierto rencor cuando salimos de nuestra larga conversación en el recibidor (no tienen espacio para sala de reuniones), pero nos importa poco. Ahora camino del Senado, a hablar con la gente de Joe Lieberman.

La constitución americana, de origen, dice que ambas cámaras tienen el mismo poder. Si acaso, la Cámara de Representantes debería ser más poderosa, ya que tiene más atribuciones presupuestarias que el Senado. La invención del filibusterismo, sin embargo, ha cambiado mucho las cosas, y visitando las oficinas de unos y otros parece claro que la cámara alta mira a sus vecinos por encima del hombro.

Los senadores tienen varios edificios nuevos, y tienen oficinas grandes. Es cierto que un senador representa a veces muchísimo más votantes que un representante (no siempre; hay estados muy vacios), pero el garito de Joe Lieberman es palaciego. Los lobistas y tocanarices variados parecen ser conscientes del poder del Senado, y realmente le prestan muchísima más atención: los pasillos son un circo. Hay cuatro veces más gente que en la cámara de representantes, y muchísimos más profesionales. Incluso contando que hay menos senadores, las hordas de gente que hay por los pasillos son impresionantes. Todo el mundo va a ver a alguien, y van pidiendo de todo: dinero para el cáncer, vacas, tanques, sanidad sí, sanidad no, pesca sí, pesca no, veteranos, nucleares y una larga lista de causas y problemas.

Tras dar tumbos por uno de los edificios del senado un rato, entramos en las dependencias del senador independiente de Connecticut. De nuevo nos toca esperar, esta vez en una salita estrecha pero no demasiado incómoda. Al rato, una chica bajita y delgada de unos 22-24 años nos pide que pasemos, diciéndonos que la reunión será en el segundo piso. La oficina es grande, laberíntica; la seguimos a una sala de reuniones tamaño zulo en un rincón.

Tras sentarnos, la muchacha se sienta en la mesa y nos pregunta qué queremos, diciendo que su jefa, la vicesecretaria de asuntos sociales no podrá venir, ya que tenía otra reunión. Mi buen amigo Joe Lieberman no ha enviado un asesor o alguien que hable con él de vez en cuando. No ha enviado alguien que trabaje para alguien que hable con él de vez en cuando. No señor. El tipo nos ha plantado la becaria de alguien que habla de vez en cuando con uno de los asesores que a veces hablan con él.

Exacto. El hombre se toma los temas de nutrición infantil en serio.

La reunión no dura demasiado. Es fácil darse cuenta que la información que traemos y todo lo que digamos no llegará a ninguna parte. Como mucho, dos líneas en uno de esos informes que acaban al fondo de un cajón. Como somos educados, le soltamos el rollo a la becaria en 10 minutos, y nos vamos, resignados. Al salir, una auténtica horda de gente trajeada esta esperando - la mayoría, claramente no ahí para hablar con una becaria. En política, sigue habiendo clases.

Resumiendo: la visita valió la pena. Es curioso ver en directo cosas sobre las que he leído mil veces, pero cuesta de traducir en algo práctico. Sí, el acceso es importante. Sí, tener a lobistas todo el año es una ventaje enorme. Sí, la falta de medios es un problema grave, incluso en Estados Unidos. Una visita puntual, pequeñita y poco importante, pero realmente fascinante.

Marchando una de oportunismo fiscal

March 13th, 2010 by Roger Senserrich

Iba a escribir sobre las varias reformas que el gobierno ha puesto sobre la mesa, pero Jorge Galindo tiene dos artículos excelentes sobre el tema ya escritos. Los podéis leer aquí y aquí. También echa un vistazo a las propuestas del PP, que Rajoy intenta explicar estos días entre el ruido generado por la inefable Esperanza Aguirre.

He criticado el gobierno a menudo por hacer propuestas poco ambiciosas que no cambiarán gran cosa de nuestro absurdo modelo productivo. Aún así, las propuestas de Zapatero al menos tienen cierto contacto con la realidad y la arimética básica: sus previsiones sobre crecimiento pueden ser un poco demasiado optimistas y sus recortes de gasto quizás un poco demasiado ambiciosos, pero al menos quieren subir impuestos y gastar menos sobre el papel.

Mariano Rajoy no presta atención a esos nimios detalles contables. Estos días el PP anda proclamando que pueden bajar impuestos a muerte y a saco (sociedades y seguridad social) y dejar los actuales como están (IVA e IRPF), hacer cambios básicamente cosméticos al gasto (eficiencias, esa palabra mágica que todo el mundo dice favorecer) y no ya reducir el déficit, sino crear superávit en unos añitos. Todo ello, por descontado, sin una sóla reforma estructural remótamente ambiciosa, no sea que alguien se enfade.

Lo más delirante, sin embargo, es que el presunto partido conservador ha decidido hacer oposición en base a uno de sus impuestos preferidos, el IVA. Tradicionalmente los economistas liberales (y el PP con ellos) han defendido eso de gravar poco lo que queremos que haya más (trabajo, empresas) y gravar mucho lo que queremos que haya algo menos (consumo). La progresividad o regresividad del sistema fiscal nunca les ha importado demasiado, siendo los recortes impositivos de Aznar una muestra clara.

Estos días, sin embargo, Rajoy prefiere no ya hacer demagogia pretendiendo que el déficit fiscal desaparece mágicamente, sino anda directamente criticando lo que tradicionalmente siempre han defendido. El PSOE (con cierta razón) ha decidido que para cerrar el titánico déficit público es necesario hacer un poco de todo, combinando pequeñas subidas fiscales en varios impuestos y recortes de gasto realistas, sin pretender que el estado puede ahorrar buscando quiméricas eficiencias. De esto modo no perdemos demasiadas partidas importantes, y a la vez nos aseguramos que todos pagamos un poco más. La respuesta del PP es, como de costumbre, ignorar la mayor (las reformas estructurales que faltan) y centrarse en criticar un incremento fiscal relativamente menor a base de fantasías matemáticas.

La subida de impuestos es, en cierto sentido, un problema parecido al retraso de la edad de la jubilación. Tenemos dos opciones: podemos dejar las cosas como están, y vernos obligados a subir impuestos y recortar gasto en serio para cerrar el déficit, o podemos pasar reformas estructurales serias, intentar aumentar la tasa de actividad, empleo y productividad a medio plazo, y ahorrarnos estas subidas fiscales que nadie quiere.

Si el PP quisiera ser una oposición responsable y tuviera un plan de reformas con cara y ojos, Rajoy no andaría criticando el gobierno por subir impuestos: estaría protestando que el gobierno no está haciendo nada para hacer esta subida algo inevitable. Las reformas que tendría el PP en su programa no me gustarían demasiado (fiscalidad más regresiva, despido libre en vez de una solución creativa, menos gasto social, nada de fiscalidad verde, etcétera), pero tendrían al menos una vaga relación con el problema que tenemos entre manos o el hecho que dos y dos son cuatro.

Lo que tenemos, en cambio, es un gobierno que no quiere pasar reformas serias (¡reformas que no tienen por qué ser neoliberales!) y una oposición que no se toma gobernar en serio. Así nos va.

Aventuras legislativas en Washington (I)

March 11th, 2010 by Roger Senserrich

Nota: este artículo es un poco distinto - básicamente, parte de una anecdota. Espero que sea una buena mirada, aunque limitada, a cómo funciona la democracia americana desde dentro.

Este fin de semana me enviaron, junto con mi jefe y una compañera, a una conferencia nacional en Washington DC sobre seguridad alimentaria (jerga para referirse a “hambre”) en Estados Unidos, a ver si aprendíamos algo, y para hacer un poco de ruido sobre la materia.

Es una tradición americana: un grupo de ONGs organiza su convención nacional en la capital. Durante dos o tres días, hablas con gente, buscas contactos y aprendes cosas nuevas (¿sabíais que uno de cada seis americanos tiene dificultades para comprar suficiente comida? Datos de la USDA). El último día, todos los asistentes van al Congreso a visitar a sus Representantes y Senadores de forma organizada, armados con toneladas de datos, una lista de cosas que pedirles en el área legislativa, y varias tácticas más o menos rastreras para darles pena y convencerles que apoyen tu causa.

Sí, es eso que llaman lobbying, y que tan mala prensa tiene a veces. Ahí estaba yo este fin de semana, escuchando a expertos sobre como vender nuestras prioridades a legisladores recalcitrantes, y aprendiendo sobre qué es importante y qué es sedundario, a ojos de expertos sobre el tema, en los diversos proyectos de ley que están sobre la mesa en el Congreso. La idea era que todos fuéramos a pedir a nuestros legisladores (siendo una conferencia nacional, había gente de todo el país) 1.000 millones de dólares al año durante los próximos diez años para programas de alimentación infantil, especialmente para paliar las tasas de fracaso escolar derivadas de tener estudiantes literalmente hambrientos. Y no, no es demagogia; hablo con familias que pasan esos aprietos constatemente. Es un problema grave.

¿Parece una tarea fácil, verdad? No hay nadie en este mundo que sea “pro-hambre”, al fin y al cabo. El problema, en este caso, no es tanto convencer a tu Senador/Representante que tu causa es buena, sino forzarle a que haga algo sobre el tema. En cualquier momento durante una legislatura hay literalmente cientos de leyes flotando por el Congreso americano, intentando desesperadamente llegar al pleno para ser votadas. Una medida pequeña y obviamente buena como es dar comida a niños que pasan hambre (algo que tiene efectos inmediatos en las notas que sacan en el colegio, por cierto) puede gustar a todos, pero conseguir que las dos cámaras le dediquen unas horas de tiempo legislativo en los próximos meses no es algo automático. Recordad como funciona el Senado: un sólo cretino puede retrasar una ley durante semanas, así que más vale estar seguro que tu pequeña reforma no tropieza en ningún sitio.

El martes por la mañana me tenéis a mí, vestido con el uniforme reglamentario (traje oscuro, corbata, etcétera) camino del Cannon Building a aportar mi granito de arena. Por lo que sé, el ritual es siempre parecido. Primero, un desayuno en una de las salas de reuniones del Congreso temprano (7:30 am), en quete dan papeles, informes y palmaditas en la espalda, mientras dos legisladores amigos (Representante Jim McGovern y Senador Bob Casey, ambos demócratas) te explican cómo están las cosas. Si tu causa específica es suceptible a atraer famoseo, a veces tienes un actor dando apoyo moral; nuestro invitado era Scott Wolf, dándose un respiro en su lucha contra los hombres lagarto.

Tras comer bagels ligeramente pasados y zumo de naranja barato (el Congreso de los Estados Unidos no está para lujos, supongo), era hora de empezar reuniones. Connecticut tiene cinco representantes y dos senadores, que nos repartimos con otras ONGs del estado. A nosotros nos dieron Rosa DeLauro, Jim Himes y mi buen amigo Joe Lieberman.

Si alguien se ha preguntado de dónde viene la expresión “lobbying“, básicamente es por que eso es lo que estás haciendo: andar por los larguísimos pasillos en las cavernosas oficinas que rodean el Capitolio, paseando de un recibidor a otro. Los representantes tienen cada uno su oficina, donde trabaja el político y sus cinco o seis asesores apilados de mala manera. No es que sean cubículos o zulos con gente sentada en el suelo, pero son cutres, estrechitas y no precisamente relucientes. Cada representante se organiza como puede, realmente, pero nadie anda sobrado de espacio.

En la oficina de Rosa DeLauro nos recibió su jefe legislativo, después de tenernos esperando un rato en el pequeño recibidor con dos secretarias respondiendo teléfonos. Nos hizo pasar a un pequeño cubículo con mesas y sillas setenteras, sacó su libreta de notas, y hablamos durante veinte minutos. El distrito de DeLauro (New Haven) es increíblemente liberal (Obama sacó sobre un 70%, si mal no recuerdo, y la representante siempre ha sido una de las grandes defensoras de este tipo de programas, así que la visita era más dar gracias que otra cosa. Aún así, cuando estás ahí aprovechas, así que protestamos sobre lo mal que administra el estado de Connecticut varios programas federales, pidiendo que DeLauro envíe una carta a USDA (el departamento federal competente) a ver si se espabilan.

¿Dónde estaba DeLauro, por cierto? Ni idea. Normalmente el político no te recibe directamente. Sus asesores a menudo conocen mejor los detalles de una ley específica que el representante, ya que están un poco más especializados (aunque no mucho más: sólo tienen cuatro o cinco personas en ello), y su tiempo está dedicado a otras cosas, como pelearse con su propio partido, recaudar fondos electorales, la prensa, recaudar fondos electorales, negociar temas más importantes, recaudar fondos electorales, tomar decisiones bien calibradas, recaudar fondos electorales, mirar encuestas y recaudar fondos electorales. Menos en el caso de DeLauro, que está en un distrito invencible, pero otros en circunscripciones más competitivas de hecho “gobiernan” poco.

Tras la conversación (y ver la cara de tedio desesperado cuando le informaron que su siguiente visita era Scott Wolf - salgunos odian el famoseo), nos toco otro (largo) paseo hasta la oficina de Jim Himes, nuestra siguiente visita. Himes sí tiene una elección un poco más competitiva, aunque el tipo es rico y no necesita recaudar fondos. Es su primera legislatura (llegó al Congreso el 2008), así que no conocemos sus prioridades demasiado, pero es demócrata, así que no tiene por qué ser hostil.

Siendo como es un poco más tarde, los pasillos del Congreso empiezan a llenarse de gente. Aparte de asesores corriendo de reunión en reunión y becarios llevando cafés, es fácil darse cuenta que estamos en temporada alta de lobistas y grupos de presión varios; allá donde vamos siempre hay un grupo de gente con folletos y carpetas camino de una cita con legisladores. Algunos son como nosotros, amateurs en nuestra visita anual (cara de despiste, en grupos de cuatro o cinco, todo pines y botones por la causa), otros son profesionales que se pasan la vida en esa santa casa, con maletines pulidos, amigos en todas partes y sabiendo muy bien dónde van.

Cuando entramos en la oficina de Himes, el vestíbulo está lleno de gente. Un grupo está hablando a gritos (qué enfado, Dios) con un pobre asesor, mientras dos tipos muy trajeados esperan su turno. En vista del manicomio reinante, nos piden que esperemos en el pasillo, viendo pasar viejetes pidiendo dinero para veteranos de no sé qué guerra. Mientras estábamos ahí fuera preparando cifras vemos que Joe Courtney, otro representante de Connecticut, pasa a nuestro lado camino de su oficina.

Exacto: ¡Acceso directo al político! Lo paramos, y procedemos a darle la vara sobre dar de comida a los niños. Courtney conoce a mi jefe de otros saraos, cuando era senador estatal, así que nos escucha pacientemente durante diez minutos, diciendo que dejemos el papeleo a uno de sus asesores. Tener una relación con él es una ventaja, por descontado; el tipo ha escuchado y sufrido varias conferencias nuestras en Connecticut, y está bastante convencido. Nos pregunta más sobre dónde está la legislación (”¡sólo necesita tu apoyo!”) que otra cosa. Al rato se despide, disculpándose que tiene que ir a un acto para recaudar fondos de campaña para otro representante.

¿Qué nos espera en la oficina de Jim Himes? ¿Sobreviviremos al interrogatorio? ¿Conseguiremos que un representante descubra el problema de hambre en su distrito? ¿Qué secretos ocultan los misteriosos edificios del Senado? ¿Qué trampas nos esperan en el despacho de Joe Lieberman? ¿Agredirá el escritor a uno de sus asesores? ¿Qué clase de mensaje subliminal pro-poldavo lograremos insertar? Las respuestas, esta noche.

Políticos, trabajo y demagogia

March 11th, 2010 by Roger Senserrich

Una de las clásicas obsesiones de la prensa española es quejarse que los diputados no trabajan demasiado. Este artículo es un ejemplo clásico: foto del hemiciclo medio vacio, debate más o menos importante, y una amarga queja del columnista diciendo que los legisladores no pegan ni golpe. Un consejo: cada vez que alguien diga una cosa así, tachadlo de vuestra lista de “gente que sabe como funciona la política”, ya que es una queja irrelevante.

¿Habéis seguido alguna vez un debate en el Congreso? Es un auténtico muermo. El reglamento de intervenciones y réplicas es insufriblemente rígido, las intervenciones son o ridículamente técnicas o completamente irrelevantes, y los políticos se ignoran unos a otros, sin que nadie haga lo más mínimo para llegar a acuerdos. ¿Y sabéis qué? Está bien que así sea. De hecho, es así en todas las democracias del mundo.

Redactar leyes es una cosa complicada, técnica y farragosa. Negociarlas es complicado, técnico, farragoso, lento y pesado. Ambas cosas toman una cantidad de tiempo considerable, con la mayor parte del trabajo en manos de gente del ministerio del ramo (en el caso de las democracias parlamentarias) o el pequeño ejército de juristas y asesores de dos o tres congresistas (en Estados Unidos).

Los diputados, cuando no están perdiendo el tiempo sentados en la sala de plenos, están en los despachos del Congreso repasando lo que le han pasado del ministerio, persiguiendo a gente de otros partidos para ver qué sería aceptable, negociando lenguaje de última hora para enviarlo al pleno, discutiendo detalles técnicos en una de las comisiones que preparan las leyes o leyendo toneladas de papeles, informes y estudios sobre una materia específica, a ver si lo que hacen tiene sentido. Básicamente están trabajando para que cuando una ley llegue al pleno la ley pueda ser aprobada sin demasiados problemas, negociando qué enmiendas serán aceptadas y cuadrando el texto con Moncloa.

Lo que vemos en el pleno, en la sala con los sillones y los 350 escaños, es básicamente ritual, un teatro. El Congreso, ante las cámaras, está escenificando la obra que han escrito antes entre bastidores. Los políticos explican qué han hecho y justifican (con voto y contravoto, discurso y réplica) por qué han decidido hacerlo, pero el trabajo (intenso y duro, especialmente cuando el gobierno está en minoría) viene de atrás. Utilizar los escaños vacios en el Congreso como métrica para saber si sus señorías están trabajando es demagogia barata. Los diputados, cuando están en el pleno, no están trabajando; están ejerciendo de decorado.

Lo mmás curioso, por cierto, es que esta clase de teatro es de hecho algo bueno; no queremos que las leyes se redacten en un circo con periodistas.  Los políticos hablan de forma distinta delante de las cámaras que detrás. Cerrar un acuerdo y acercar posturas, sin ir más lejos, es mucho más difícil si tienes un periodista tras la oreja, ya que siempre tendrás la tentación de hacer posturitas y meterle el dedo en el ojo a tu oponente para quedar bien ante los votantes. Queremos que los acuerdos, una vez cerrados, sean públicos y transparentes (y lo son; por eso tenemos el BOE), pero dejando que los políticos puedan trabajar tranquilos a una velocidad razonable. Pero ese es otro tema, para otro día.

Ya de vuelta

March 10th, 2010 by Roger Senserrich

Tras un largo fin de semana en Washington, ya estamos de vuelta por Connecticut. Esperad un par de artículos esta tarde, con un poco de suerte. La visita por la capital fue curiosa; ir al Congreso fue muy interesante, aunque no creo que cambiáramos el mundo demasiado. Os cuento esta tarde.

Para que no os aburráis, echad un vistazo a la excelente serie de artículos de Jesús Fernandez-Villaverde en FEDEA sobre política fiscal. El último, sobre cómo mejorar el proceso de elaboración de presupuestos en España, tiene un montón de ideas excelentes (y muy baratas) para hacer que las administraciones españolas estén mejor gestionadas. Crear una CBO para España es algo que deberíamos haber hecho hace años.

Si alguien tiene preguntas, sugerencias o similar para artículos esta semana, ya sabéis qué toca. Sugerencias, en los comentarios.

Pequeña pausa

March 6th, 2010 by Roger Senserrich

Mañana me voy a Washington DC a una conferencia / jolgorio político-incordiante en el Congreso, así que no esperéis demasiados artículos los próximos días. No tengo ganas de llevarme el portátil. Lo que si estaré es por Twitter, retransmitiendo en directo todo de cosas irrelevantes.

El martes será de lejos el día más divertido, ya que tenemos visita al Congreso, con reuniones con gente del equipo de Lieberman y Dodd y -esperamos- un par de representantes. Sí voy a ejercer de malvado lobista por un día, pidiendo que nos den dinero, pasho, que la cosa está muy mala. No os preocupéis que no pedimos nada malvado, sólo el imparable avance del socialismo para combatir la pobreza. Prometo escribir algo sobre la experiencia; por lo que sé, sólo el Parlamento Europeo tiene una estructura organizativa comparable.

Si tenéis preguntas o peticiones, por cierto, seguid enviándolas - los comentarios lo sigo leyendo.

No es quién lo explica - es lo que haces

March 6th, 2010 by Roger Senserrich

Moncloa ha cambiado el director de comunicación esta semana. El relevo no es una sorpresa; muchas voces en el PSOE llevan una buena temporada quejándose que el gobierno no sabe explicarse. No conozco demasiado al nuevo Secretario de Estado, aparte de su nombre y el hecho que lleva trabajando en la prensa escrita desde hace décadas. La verdad, cuando anunciaron el nombre sólo le recordaba como director de Público, aunque no soy de los que presta demasiada atención a quién escribe la noticia al leer el periódico.

Varios comentarios son de rigor. El primero, y más obvio, es que la política de comunicación de un gobierno es, hasta cierto punto, secundaria. Lo importante no es tanto qué dices sino los resultados objetivos de tus políticas. Si la economía va mal y el paro está por las nubes ya puedes tener a Cicerón y Abraham Lincoln escribiéndote discursos, que tu gbierno no irá a ningún sitio. La principal preocupación de un político que aspire a ser reelegido es hacer bien su trabajo, no escribir fantásticas notas de prensa.

Por descontado, la política de comunicación no es totalmente irrelevante, eso está claro. Aún así, el problema de los últimos meses no es que el gobierno no sea bueno transmitiendo mensajes - el problema es que realmente no saben qué mensaje transmitir. El espectáculo de marchas y contramarchas constantes cada vez que un ministro propone una medida es realmente desesperante no por ser un fallo de comunicación, sino por ser una muestra de falta de una dirección política clara. Cuando no sabes dónde vas, es muy difícil explicarle al pasaje qué bonito es el destino, o justificar por qué la carretera está llena de baches, al fin y al cabo.

Moncloa puede que necesitará un nuevo equipo de comunicación, pero la prioridad debería ser otra. Más que un tipo con muchos amigos en la prensa capaz de preparar un mensaje que sea fácilmente masticable por reporteros con pocas ganas de leer demasiado, el gobierno necesita un buen jefe de gabinete, alguien que sea capaz de dar una estrategia global para salir de la crisis. Nada de globitos, nada de exploraciones, nada de ministros campando a sus anchas; alguien necesita escribir una Biblia de gobierno de diez páginas, esculpirla en mármol, y utilizarla para atizar la cabeza de todo político que se acerque a un microfono. Un plan, una idea, un mensaje  - y quien se mueva es lanzado al pozo de las pirañas.

Por descontado, esto no es trabajo para un periodista, por mucho que sea licenciado en políticas. Esta es la clase de cosas para los que reclutas a políticos unicejos incapaces de hacer amigos; uno de esos buitres que duermen con un ojo abierto. Alguien como Leo McGarry pero con (más) mala leche; Malcolm Tucker, sólo que un poco más agresivo. Un apparatchik del partido de verdad, de los que cortan árboles a dentelladas en su tiempo libre.

Por descontado, no es un trabajo que tenga que hacer el presidente del gobierno. Zapatero no está en Moncloa para hacer llorar a hombres adultos como niñitas, sino para tomar decisiones. Lo suyo es decidir qué hay en el programa y venderlo; lo de pegar gritos y asegurarse que todo el mundo está en la misma página es para el tipo antipático del despacho de al lado.

Esto no va a salvar al gobierno mágicamente, claro esta: si tu programa de gobierno es malo, no importa lo bien que lo implementes que te estrellarás igual. La planificación previa y la estructura básica del program de gobierno son pasos necesarios para que las medidas salgan de forma ordenada se apliquen de forma coherente, pero tampoco te darán las elecciones.

Resumiendo, bien por Moncloa decidiendo que tienen que introducir cambios. Ahora falta esperar que estos no sean los únicos; hay que mejorar más cosas. Y hacer las cosas bien, ante todo. Ya se sabe.

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