La pesadilla maltusiana

Junio 9th, 2008

El fantasma de la superpoblación es un temor recurrente que resurge con fuerza en épocas de crisis. Ante el aumento de precio de los alimentos, la tentación de recurrir a “The population Boom”, el best seller maltusiano de Paul Elrich que cumple 40 años, y teorías apocalípticas similares puede resultar tentadora, por lo simple que resulta su diagnóstico.

En efecto, en los últimos 200 años la población mundial se ha multiplicado por seis. Cuando Kennedy visitaba China, en el mundo había 3.000 millones de personas. Hoy, somos más del doble. En países como Indonesia o Vietnam, la superpoblación es una realidad innegable y en algunas zonas del globo la densidad de población es disparatada (En Singapur: 6138.8 personas por kilómetro cuadrado).

Dada la tendencia del crecimiento poblacional (geométrico, según Malthus, frente al crecimiento aritmético de los recursos) la ONU llegó a predecir que, para el año 2000, la población superaría los 10.000 millones. Al amparo de estas estimaciones se realizaron otras proyecciones a más largo plazo (y poco serias, todo sea dicho de paso) que que venían a decir que, con el paso del tiempo, la densidad de población sería tan alta que la tierra cultivable sería prácticamente nula. El propio Henry Kissinger presentó un informe que alertaba de consecuencias nefastas para la economía norteamericana a largo plazo, debido al boom demográfico de los países en vías de desarrollo.

Así las cosas, no resulta extraño que el multimillonario fundador de HP, David Packard, legase la mayor parte de su fortuna a lo que consideró el mayor problema que enfrentaría la humanidad en los próximos años: la hiperpoblación. O que (incluso hoy) alguna gente considere que tener hijos es un eco-crimen.

Lo que ni Packard ni ninguno de los discípulos de Malthus podía sospechar es que, tan solo unos años más tarde, los problemas demográficos no vendrían dados precisamente por la hiperpoblación, sino todo lo contrario: por el temor al crecimiento cero. De hecho, la misma agencia de la ONU que en los 70 predecía una población de 10.000 millones, rectificó a finales de los 90 y lanzó una nueva previsión para 2040, año en el que, supuestamente, la población mundial registrará por primera vez en siglos un crecimiento nulo.

La causa del alarmismo maltusiano viene dado por un razonamiento muy lógico: si la media de hijos de una mujer surcoreana es de 6,33  (como lo era en 1955), parece razonable que, a largo plazo la superpoblación acabe siendo una realidad que resulte insostenible, debido a que la tierra necesaria para generar recursos disminuirá progresivamente y a que la ley de rendimientos decrecientes entrará en funcionamiento. ¿Qué ignora este razonamiento aparentemente sensato? Dos cosas

  1. La transición poblacional. Los métodos para el control de la natalidad, el acceso de la mujer de la mujer al trabajo, la industrialización y la urbanización mueven a la baja la natalidad. El cambio social no es exclusivo de los países que han vivido un boom económico (como Corea, que hoy tiene la segunda tasa de natalidad más baja del mundo con 1,21 hijos por mujer), sino que es un fenómeno extendido a economías en vías de desarrollo. Contrariamente a lo que en ocasiones se dice, el factor religioso tampoco es un gran obstáculo a la transición demográfica. Recomiendo juguetear un rato con los gráficos de Gapminder para constatar hasta qué punto la transición poblacional es una realidad. Da lugar a descubrimientos sorprendentes, como el de que, hoy en día, el promedio de hijos es menor en las mujeres turcas que en las francesas.

  2. La revolución verde. Como dice Rafael Pampillón en un post reciente al hilo de un excelente artículo de The Economist (Malthus: el falso profeta):

Hoy, la mayoría de los expertos reconoce que el mundo produce suficientes alimentos para todos. En los últimos 50 años, la producción de alimentos ha superado el crecimiento de la población. Si el incremento de la población mundial no ha supuesto un problema en las últimas 5 décadas, cuando éste registraba tasas de crecimiento entorno al 2%, ahora que dicho crecimiento se ha ralentizado hasta el 1,2% debería preocupar aún menos. Sin embargo, la constante subida de los precios de los alimentos está reavivando las tesis de Malthus y de los maltusianos.

Los estudios del Premio Nobel de la Paz Norman E. Borlaug ponen de manifiesto el calado de la revolución verde y de las innovaciones tecnológicas en el aprovechamiento de los recursos naturales.

La pregunta que se plantea ahora con la crisis del petróleo y los alimentos no es tan apocalíptica como la que los neomaltusianos pretenden, aunque no deja por ello de ser relevante: ¿Es sostenible la incorporación de 2.400 millones de personas al tren de vida occidental? ¿Puede la mejora en el aprovechamiento de los recursos naturales adaptarse no solo al crecimiento poblacional, sino también a la frenética demanda de los biocombustibles?

Zaplana como síntoma

Mayo 18th, 2008

”Denme un único número de teléfono para hablar con Europa”. La frase es de Henry Kissinger y define uno de los grandes y recurrentes problemas de la UE: su falta de cohesión y verdadera integración. En definitiva, su incapacidad de hablar al mundo con una sola voz. El ex secretario de Estado se refería a la política exterior, pero creo que la pluricefalia europea se da también en el ámbito económico.

En las últimas semanas se ha hablado mucho del paso de Eduardo Zaplana a la empresa privada, de la mano de Telefónica. Más allá de las consecuencias políticas más visibles e inmediatas (la manida crisis del PP), el caso refleja una pauta que se produce con cierta frecuencia a lo largo y ancho del viejo continente: experimentados políticos que, tras fracasar en las urnas, se unen a grandes multinacionales. Hasta aquí, ningún problema. La designación de un político no debería acarrear polémica alguna siempre que se cumpla la ley de incompatibilidades. El problema es que la transición de la vida pública a la privada resulta difusa.

Siguiendo con el ejemplo de Zaplana, es más que posible que su designación se produjese tras una conveniente llamada del presidente de Telefónica a Moncloa. El Gobierno español, que aunque socialista no es kamikaze, dio su visto bueno al nombramiento, especialmente después de que la derecha italiana ganase las elecciones. Y es que el fichaje de una persona como Zaplana no se debe a su talento empresarial ni siquiera al oportunismo o despiadado afan lucrativo, del que se le acusó. Ojalá fuese eso, pero la causa más evidente parece que son sus buenas relaciones que el ex portavoz popular tiene con Silvio Berlusconi, en un momento en el que Telefónica está tentada a ampliar su participación en Telecom Italia.

El caso de Zaplana no es excepcional. Precisamente, en Italia, tras ganar las elecciones, Berlusconi ofreció a Prodi un puesto privado para gestionar las relaciones con Gazpron, aprovechando la fase de acercamiento que Italia vive con Rusia. A diferencia de Schroeder, Prodi desoyó la llamada de Putin .

Sería un poco catastrofista decir que, tras 50 años de andadura, la UE no tiene un mercado común real, pero en cierta medida es así. Con la honrosa excepción del Reino Unido, el intervencionismo político sigue siendo el común denominador de izquierdas y derechas europeas cuando se plantean grandes operaciones. En España se puso de manifiesto con el caso E-On, pero la filosofía de los “campeones nacionales” de ZP es un disparate que comparten de puertas adentro Sarkozy o Berlusconi, enfrascado ahora en una defensa casi heroica de AirItalia.

La proliferación de normativas comunitarias, lejos de conducir a un mercado libre, con unas limitaciones conocidas y aceptadas por todos, ha puesto de manifiesto la incapacidad de la UE para sentar un marco y unas reglas del juego básicas. La irrelevancia de Bruselas como disuasor del proteccionismo y el empeño de los Gobiernos nacionales en conservar su bandera en las grandes empresas no augura sino que, en el futuro, el caso Zaplana sea más una norma que una excepción.

Turismo solidario

Abril 11th, 2008

Un reciente estudio publicado en la revista Science ha puesto de manifiesto la vigencia de un viejo principio cristiano: es mejor dar que recibir. O mejor dicho, uno se siente mejor dando dinero a otros que invirtiéndolo en sí mismo. El estudio(€) se basa en una experiencia desarrollada Canadá. Unos investigadores dan dinero a varias personas (entre 3.000 y 8.000 dólares en un caso y entre 5 y 10 dólares en otros) y a la mitad se le pide gaste el dinero en sí mismos mientras que los demás deberán entregar el dinero a alguna obra de caridad. Después evaluaron la reacción interna de cada individuo y concluyeron que aquellos que habían dado el dinero a otros estaban más contentos y se sentían más satisfechos consigo mismos.

La conclusión del estudio no sorprenderá a quien se haya implicado alguna vez en el mundo del voluntariado. Es frecuente encontrarse con personas que dedican su tiempo a trabajar de forma desinteresada con los más desfavorecidas y que aseguran que reciben más de lo que ellos dan, por muy peligrosa o sufrida que sea la labor que desempeñen.

Quizá por ello, cada día es más común que grupos de jóvenes destinen parte de sus vacaciones a proyectos puntuales de ayuda al Tercer Mundo. Es lógico valorar estos viajes solidarios como algo bienintencionado, pero cabe preguntarse también qué pesa más en ellos, ¿la satisfacción que uno siente consigo mismo (como mostraba el estudio de Science) o el valor real de su aportación al desarrollo? Para Chris Blattman, profesor de Economía en Harvard que se pasa buenas temporadas en África en proyectos de investigación y cooperación, esta clase de acciones de turistas solidarios o miembros de safaris misioneros son incluso contraproducentes

El voluntariado, al menos el de aquellos que atienden más a criterios emocionales que racionales, tiene una parte de espejismo que es difícil de asumir por una persona implicada. El voluntario no cualificado tiende a creer que las intenciones bastan para satisfacer las carencias de los países subdesarrollados: uno ve a un niño pululando en la calle, le da un mendrugo de pan y sobrevive. Su labor parece ser plenamente efectiva, pero lo que no ve el voluntario son los lazos de dependencia que se generan y, sobre todo, el coste de oportunidad que algunos proyectos mal diseñados pueden acarrear.

Un punto de vista más cínico, pero realista y práctico, es entender el turismo solidario como un nicho de mercado que un país en vías de desarrollo está en su derecho de explotar. Un reportaje del NYT muestra cómo la explosión del “turismo de barrios marginales” hace furor entre los occidentales llegados a Brasil, Mexico, Sudáfrica o India. Es una buena muestra del poder fagocitador del capitalismo, al igual que el llamado “comercio justo”, como decía Eduardo Robredo:

¿Qué venden realmente las tiendas de «comercio justo»? Desde luego, no venden únicamente «café», «chocolate» o «figuras artesanales de madera», sino que venden, ante todo, justicia. Son mercaderes de justicia. El valor de esta «justicia» se incorpora al bien; o mejor dicho, los consumidores burgueses occidentales, con capital suficiente para despilfarrarlo en bienes de «comercio justo», incorporan este valor a sus propias estimaciones de gusto y satisfacción. Por lo tanto, la teoría utilitaria del valor, frente a la teoría del valor-trabajo, continúa cumpliéndose incluso en el mercado de los productos «justos», aparentemente liberados de las veleidades consumistas y de las aberraciones del mercado capitalista.

El cliente siempre tiene la razón y está en su derecho de gastar el dinero que crea conveniente para comprar el sentimiento de pureza, solidaridad y realización personal. Pero si este mercado se deja en manos de agencias de viajes o turoperadores locales, es posible que su repercusión en las economías tercermundistas sea más beneficiosa que algunos proyectos cargados de buenas intenciones, pero también de ingenuidad.

. . .luchan en vano

Abril 2nd, 2008

El primer post siempre es el más complicado. De poco sirve la definición uno pueda dar, sus propósitos e intenciones porque al final el lector sacará su impresión post a post. Para orientarnos diremos que este será un blog de política internacional y economía. Lo primero quizá atraiga a muchos, pero ¿por qué un blog sobre economía? No se me ocurre mejor respuesta que la que daba el autor de Freakonomics (libro y blog):

“La moral representa el modo en que a las personas nos gustaría que funcionase el mundo, mientras que la economía representa cómo funciona éste en realidad”.

Así, no extraña que los primeros en descubrir el Gulag no fuesen periodistas o espías, sino economistas, como recordaba el escritor ruso Andreï Makine:

Quienes descubrieron la existencia del Gulag no fueron los disidentes, sino los economistas estadounidenses. ¡El precio de las materias primas soviéticas sólo podía explicarse si una parte del trabajo para conseguirlas no era remunerado!

En cuanto al título del blog, forma parte de una afición personal a fusilar títulos de novelas que no he leído. Hay una norma muy sensata en el libro de estilo de El País que recomienda no utilizar nunca títulos de novelas, discos y películas y descartar las frases hechas para titular reportajes. Como lamentablemente el libro de estilo de El País no me rige, podemos darnos la alegría de copiarle el título a una novela de Asimov, que a su vez lo plagió de una frase de Friedrich Schiller: “Contra la estupiez los propios dioses luchan en vano”.

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