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Archive for the ‘provincial’ Category
Domingo, Julio 25th, 2010
¿Existe una versión “racional” del nacionalismo/catalanismo catalán? En mi opinión sí. Es más, existen varias. Aquí una short list (las etiquetas son para entendernos, no me interesan los debates etimológicos):
- Independentista conservador: Cataluña es una región considerablemente más rica que el resto de España y esto se refleja en que a la hora de recaudar impuestos y gastarlos, Cataluña termina siendo contribuyente neta al resto de España. Si yo fuera conservador y Catalán, argumentaría que subsidiar a los extremeños, castellanos y demás chulos mesetarios que desarrollan una economía atrasada y han sido incapaces de modernizarse es una pérdida de tiempo -igual que lo es en clave interna redistribuir renta entre individuos- y es mejor que cada uno viva por su cuenta.
- Independentista progresista: la sociedad catalana -el votante mediano catalán- es razonablemente más progresista que la del resto de España. Cataluña tiene una derecha moderna y es una región comparativamente más de izquierdas que el resto de España. Lógicamente, las políticas que resultan del voto de los catalanes son por tanto más progresistas que las que resultan del conjunto de España, de modo que existe un argumento fuerte basado en la teoría de clubes para estar a favor de la independencia para poder librarse del lastre de la derecha del resto de España. Es un argumento similar al que soporta el hecho de negar el derecho de retorno incondicional a los refugiados palestinos en Israel.
- Autonomismo racional:Cataluña tiene un conjunto de rasgos específicos que podemos llamar “cultura” (lengua, tradiciones, folklore, literatura, etc…). Estos rasgos la hacen diferente del resto del territorio y especialmente hacen que las políticas que gestionan estos aspectos -pero no las otras; la sanidad no tiene nada que ver con las especificidad cultural- de la vida en común -la política de promoción cultural (cine, literatura, televisión), en alguna medida la educación, etc…- sean gestionadas óptimamente de forma descentralizada.
Ninguna de estas posiciones está en mi opinión exenta de críticas y todas se apoyan en última instancia en convicciones normativas que me parecen entre desagradables y abominables. Pero todas estas posiciones tienen la virtud de ser relativamente coherentes, racionales y comprensibles.
Mi hostilidad hacia el “catalanismo” proviene precisamente de que este tipo de argumentos solamente aparecen de forma accesoria, cuando aparecen. La mayor parte del tiempo se suele usar la retórica gilipollas de la “identidad”, el “encaje de cataluña en España”, los sentimientos, la pertenencia y en general un conjunto de entelequias metafísicas basados en problemas de forma y en aspectos superfluos. Una primera posibilidad es que esta retórica sea sincera, en cuyo caso revela una forma extremadamente primitiva, cursi y repelente de ver la política, no como un área dónde se gestionan problemas colectivos y tener un proyecto de sociedad más justo, sino como un diván de psicoanalista en el que curarse las penas.
Una segunda posibilidad es que esta retórica sea una forma de encubrir alguna de las posiciones anteriores o una mezcla de ellas, y especialmente de las dos primeras. El problema es que, obviamente, es mucho menos costoso políticamente repetir de forma cargante “som una nació” que “los ricos queremos largarnos de la familia” o “España está llena de fachas y analfabetos”. Si esta hipótesis es correcta, a los catalanes no les habría entrado un ataque de cursilería colectiva, sino todo sería una forma de ocultar la verdadera motivación que está detrás de toda la parafernalia del Estatut y por supuesto impide ningún tipo de discusión racional y clarificadora del problema.
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Lunes, Mayo 3rd, 2010
Ortega decia en un pasaje, no se si de la Rebelion de las masas o de Europa y la idea de nacion, que en aquel momento (la posguerra) Paris era una ciudad terriblemente provinciana. Provinciana significaba para Ortega lo contrario de cosmopolita: replegada sobre si misma, sin mayor interes en lo que ocurriera fuera, basada en trivialidades locales a las que se daba una importancia desmesurada. Creo que se puede reconstruir una explicacion de corte orteguiano de la forma siguiente: la democracia liberal (sufragio universal, etc,…) habia producido la “Rebelion de las masas” -una democratizacion de la cultura y los valores- que habia desaristocratizado las sociedades occidentales de forma que las minorias selectas que antes marcaban el paso de la opinion publica habian sido sustituidas por el “hombre masa”, aquel que no busca ser mejor, sino que se conforma con ser “como todo el mundo”. Pero el hombre masa es tipicamente menos cosmopolita, mas provinciano que el hombre selecto, porque su marco de referencia es reducido; responde a la identificacion con el grupo (local), a instintos irracionales, localistas y romanticos. El provicianismo va, pues, de la mano de la Rebelion de las masas.
Las manifestaciones del dia del trabajo nos ofrecieron, curiosamente, un ejemplo palmario de esta situacion. La emperatriz Merkel busca, segun dicen, oprimir a los pobres griegos, victimas de los malvados especuladores. Anton Costas recurrio el domingo nada menos que a la ley de Godwin para sustentar sus argumentos acusando a la “altiva” Alemania de hacer bullying con los pobres griegos, queriendo humillarlos de forma ejemplarizante. ¿Que tiene de provinciana la actitud de Costas y de los sindicatos? Grosso modo, la falta de consideracion de por que Angela Merkel esta haciendo lo que esta haciendo y la incapacidad de empatizar con otra opinion publica que no sea la propia. La falta de cosmopolitanismo, en fin.
Si uno piensa en Alemania, tiene que tener en cuenta varias cosas. La historia alemana reciente es heroica y dolorosa. Los alemanes se han tirado la ultima decada y media con un proceso de resignada consolidacion fiscal y de contraccion de su estado de bienestar para aplicar politicas que lo hicieran economicamente viable. Despues de una terrible reunificacion donde el moralismo democristiano se unio a los prejuicios “solidaristas” de los sindicatos del oeste para crear un paro atroz en el Este y un conjunto de acciones fiscales falllidas, los alemanes tuvieron que resignarse y empezar a aplicar politicas economicas rigurosas para cumplir con la UE y el papel que ocupan dentro de ella. Una decada y media de contraccion salarial y de pactos sociales hicieron de la economia alemana de nuevo una economia competitiva y le permitieron salir del bache.
¿Como ven los alemanes a los griegos? Grecia ha hecho exactamente lo contrario que ellos. Los griegos han aumentado su gasto publico por encima de lo que podian permitirse; han falseado sistematicamente sus cuentas (nos han engañado) incluso para entrar en el Euro -despues de que los alemanes “sacrificaran su deutschemark en el altar de la unificacion europea”- y se han beneficiado de los bajos tipos de interes que tenia ser parte de una (de hecho) zona deutschemark con un tipo de cambio fijado de forma irreversible. Es cierto que la situacion griega se explica por los problemas idiosincraticos arrastrados del pasado, de su transicion a la democracia concretamente- con un gran presupuesto militar y muchos funcionarios con regimenes muy ventajosos; sin embargo, esto es algo que palidece similar a las dificultades alemanas a lo largo de los noventa. Los griegos entraron en el Euro haciendo trampas y se mantuvieron dentro haciendo trampas (violando el pacto de estabilidad sistematicamente) Los alemanes crearon el Euro e hicieron todo lo posible por dar ejemplo. Si yo fuera aleman y no supiera economia, mi opinion respecto a los griegos seria “que se fastidien”. Y esto es probablemente lo que piensa el Aleman medio: son esos tipos que se jubilan casi una decada antes que yo los que deben cargar con sus errores.
Ahora pensad en Angela Merkel. Su coalicion con los liberales- un grupo de gente que tiene un ataque de nervios cada vez que alguien habla de gastar y que son relativamente euroescepticos en el contexto aleman- es bastante inestable y nada receptiva a repartir pasta gratuitamente especialmente en un contexto de crisis economica donde los recursos no brillan por su abundancia sino mas bien por su ausencia. Por otro lado, las elecciones regionales se aproximan, lo que la hace especialmente sensible a las preocupaciones (democraticas) del Aleman medio. Por ultimo, Alemania sabe, como de hecho indica Costas en su articulo, que lo que ocurra con Grecia sera un precedente para lo que ocurra despues. La actitud del gobierno Aleman no es que sea comprensible, es que probablemente es la mas inteligente que puede tener si le suponemos un grado minimo de instinto de supervivencia politica.
Sin embargo, este tipo de analisis parece estar ausente en la opinion publica española -de la que Anton Costas y Candido Mendez solo son ejemplos; se habla demasiado a menudo de lo estupidos que serian los sindicatos sin tener en cuenta que se limitan a transmitir la opinion de la gente a la que representan- que se limitan a realizar juicios morales sobre la actitud de Angela Merkel y su falta de sentido de Estado sin tener en cuenta que esta responde a motivos bastante razonables- digamos solo por hacer un poco de demagogia, que son muchos mas comprensivos con la actitud del gobierno español y su pasividad frente al 20% de paro. La falta de empatia de una opinion publica, la española, con otra, la Alemana, que se forman en el baño de unos medios de comunicacion, sistemas institucionales y culturas politicas diferentes, da lugar a ese hecho terrible que es el provincianismo que es una maquina de crear divisiones y rivalidad entre paises.
Y el provincianismo es uno de los grandes problemas a los que nos enfrentamos los que tenemos aspiraciones cosmopolitas. Recuerdo cuando el debate sobre la directiva tiempo de trabajo, la asimetria de los titulares de prensa (recuerdo de memoria): en El Pais era algo como “Europa quiere hacernos trabajar 65 horas” “Es la primera directiva en la historia que supone un recorte social”, mientras que en el Reino Unido, gracias al cual se habia introducido la clausula derogatoria, el gobierno comunicaba “El gobierno asegura el derecho a trabajar mas tiempo (!)”. Mientras que la hostilidad era unanime en España, creando esa sensacion de imposicion ilegitima procedente de Europa, todo lo contrario ocurria en el Reino Unido. El deficit de legitimidad resultante de la incapacidad para entender el por que de la decision realizada en el ambito europeo, de aprehenderla como propia sea cual sea como ocurre en el ambito nacional, es el principal problema al que se enfrenta una entidad politica sin una construccion nacional/politica solida que la sustente.
Lo mismo que vemos para el caso de Grecia, lo vemos -a una menor escala, esta claro, pero sigue siendo el mismo fenomeno- en el caso del Estado de las autonomias y la financiacion. Aqui, Cataluña es Alemania y Extremadura y Andalucia son Grecia. Los argumentos esgrimidos por los que sugieren poner coto a la solidaridad interterritorial tienen un parecido impactante con los que esgrimen los Alemanes: tenemos necesidades internas que no podemos cubrir nosotros mismos asi que no estamos en condiciones de andar haciendo regalos; nosotros ya hemos hecho un esfuerzo grande y ahora os toca a vosotros; las transferencias crean una dependencia en lugar de fomentar el desarrollo; el dinero se malgasta, etc… Sin embargo la gente que apuesta por la solidaridad en un caso no es, ni de lejos la que apuesta por ella en el otro caso. ¿Quereis apostar?
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Viernes, Noviembre 21st, 2008
En la cultura mesetaria (a la que pertenezco) existe el prejuicio común de que los nacionalista están sobrerrepresentados. Tanto los “internacionalistas” de izquierdas como los “españolistas” de derechas están (estamos) molestos con que en el congreso se hable tanto-ejemplo hipotético no real- de la carretera que pasa por Lleida, o de las infraestructuras del País vasco. El The Economist recogía esta idea en su especial sobre España y los nacionalismos.A raíz de ello en La Moqueta han publicado un post bastante breve dónde sacan la afirmación del economist de que los partidos nacionalistas están sobrerrepresentados por el sistema electoral y lo comparan con un gráfico que muestra que, en realidad, el número de escaños que tienen los nacionalistas sería muy parecido al que tendrían en un sistema proporcional. De ahí el título “The perils of prejudice”. Como creo que el debate que ha salido en los comentarios es interesante, he decidido convertir mi posición en un post.
En primer lugar, quiero empezar remarcando el acto de valentía/imprudencia que supone que un licenciado en Derecho (yo) intente contrariar la oposición de gente que, aparte de ser bastante más listos, se dedica a la ciencia política de forma profesional (Los moqueteros). Digo ésto, porque es bastante probable que al término del debate yo termine llorando en una esquina pidiendo clemencia, pero como creo que mi posición se sostiene y en cualquier caso uno aprende de los errores allá va mi idea. Mi idea con este post es ver si alguien más se apunta al debate
Cuando hablamos de sobrerrepresentación, estamos empleando un concepto relacional: ¿sobrerrepresentación respecto a qué? Si con lo que lo comparamos-ejemplo extremo- es un con un sistema mayoritario, tipo monarquía electiva (Francia), los partidos mayoritarios están muy infrarrepresentados y los nacionalistas muy sobrerrepresentados (en términos de escaños). No obstante, en general, el “benchmark” suele ser con un sistema proporcional puro que se considera más “democrático”. Más democrático sí, más eficiente tomando decisiones es probable que no. Con ésto lo que quiero decir es que yo estoy relativamente contento con el sistema que tenemos: me gusta que los partidos de extrema izquierda/extrema derecha tengan que integrarse en el PP y PSOE.
Dejando a un lado si sería mejor o peor, la pregunta es: ¿tienen más poder los partidos nacionalistas de lo que tendrían en un sistema proporcional puro? Lo que me interesa es el poder, no el número de escaños, entendido como la “posibilidad de influenciar la toma de decisiones”
En la Moqueta apuntan que, de hecho, no hemos visto ningún gobierno de coalición en los treinta y tantos años de democracia. ¿Eso no es un signo de que no tienen tanto poder como dicen? Un primer apunte que yo he hecho es que el periodo al que se refiere el economist es a la última década y media, pero eso sigue sin ser un argumento decisivo porque tampoco ha habido coaliciones en esa época.
En mi opinión, aunque su forma de medir el “poder” -escaños y número de gobiernos de coalición- tiene la virtud de basarse en variables observables, es demasiado formalista. Un grupo de presión puede tener mucha influencia-mucho poder- sin tener realmente un ministro o un partido en el gobierno. Eso me pone en posición de sugerir formas que las coaliciones nacionalistas tengan a su disposición para influir en la política nacional. Allá van dos.
1. Jugadores con veto: aunque cuando las mayorías a nivel nacional han sido absolutas no se daba el caso, la existencia de gobiernos en minoría les daba un poder por encima de lo que tendrían en un sistema proporcional. El sistema electoral español está diseñado de tal forma que la concentración de voto es más importante que su cantidad: IU o UPyD están infrarrepresentados. El resultado es que tenemos un sistema bipardista imperfecto : tenemos dos partidos grandes y partidos minoritarios que sólo pueden ser aquéllos que reúnan muchos votos en una región. Es decir, el sistema privilegia a los partidos mayoritarios sobre los minoritarios, pero también privilegia a los minoritarios de ámbito regional sobre los minoritarios de ámbito nacional.
En un sistema proporcional puro, es cierto que PSOE y PP probablemente no existirían. Es difícil decir cómo serían las cosas, pero cada uno de ellos sería al menos dos o tres partidos: tendríamos un partido declaradamente facha, un partido liberal, un partido de centro, otro social liberal, socialista-nacional, socialista-regional, un partido verde… así hasta la extrema izquierda.
En este sistema probablemente tendríamos gobiernos de coalición y también es probable que incluso tuviéramos ministros nacionalistas. Sin embargo, en mi opinión, el debate nacionalista ocuparía un papel mucho menos importante. ¿Por qué?
En una negociación, lo que cuenta es quién tiene derecho de veto y no el número de votos. Si para conseguir una mayoría hacen falta 100 votos que reúnen dos partidos, da igual que uno de ellos tenga 99 y el otro 1 o que sea 50-50 ambos tienen la posibilidad de cargarse la negociación votando en contra. Esto implica que la solución estará, en principio, a medio camino de los dos, con independencia del número de votos. Esto es lo que egócrata llama la “paradoja de la minoría dominante”
En cristiano: hoy las negociaciones que vemos en el parlamento tienen que ver, casi siempre, sobre temas nacionalistas. Esto ocurre porque los actores con derecho a veto son los partidos nacionalistas. En un sistema proporcional, tendríamos muchos actores con derecho a veto, y probablemente el hecho de que muchos de esos actores fueran no nacionalistas diluiría el peso que tienen las ideas nacionalistas. Me explico: supongamos que en las próximas elecciones el PSOE tuviera una catástrofe y UPyD sacara un número de escaños tal que, sumados a los del PP, son suficientes para que una moción de censura triunfe. Eso convertiría a UPyD en un jugador con veto. Para gobernar, el PSOE debería formar una coalición con los nacionalistas y UPyD; pero la influencia de los nacionalistas sobre temas “regionales” se cancelaría con la de UPyD que podría amenazar con tirar el gobierno abajo si el PSOE se pone a reformar estatutos.
En definitiva: al privilegiar los partidos minoritarios nacionalistas frente a los partidos minoritarios no nacionalistas, el sistema electoral favorece que las ideas nacionalistas tengan más influencia que las no nacionalistas.
2 Argumento: El estado de las autonomías: el estado de las autonomías actúa de tal forma que los partidos tienen que funcionar de forma federal. Aunque un partido se presenta de forma conjunta a unas elecciones generales, la elección de candidatos se hace mediante un embudo dónde las secciones regionales tienen mucha influencia. En este sentido, el programa electoral es el producto de una negociación entre distintas federaciones.
El problema es que cada federación tiene intereses diferentes. Pensad en el PSC. Para Montilla, el principal interés es ganar elecciones en Cataluña y sólo de forma secundaria ganarlas en las generales. El problema es que el espacio político catalán es distinto del espacio nacional. En el catalán, los partidos nacionalistas son una mayoría amplia.
Cuando Montilla va al congreso federal del PSOE para negociar el programa electoral de las generales, su objetivo no es sólo sacar el programa que haga más probable que el PSOE gane las elecciones; su idea-probablemente más importante- es ganar votos cuando él se presente en Cataluña con la marca del PSC. Lo que él negocie a nivel federal tendrá consecuencias tanto a nivel regional como a nivel nacional, sabiendo que a él sólo le interesan las consecuencias regionales.
A nivel regional, los nacionalistas tienen un poder mucho mayor que a nivel nacional. Ésto les permite influir, indirectamente, sobre la política nacional desde el nivel regional. El mecanismo en resumen es éste
- Los programas electorales son el resultado de la negociación de las federaciones regionales, no de un voto de los militantes del partido
- Los líderes de las federaciones regionales están más interesados en el nivel regional que en el nacional
- A nivel regional, los partidos nacionalistas tienen mucho más poder que a nivel nacional.
- Luego las estrategias que los líderes regionales tomen a nivel nacional estarán afectadas por el poder de negociación de los partidos nacionalistas.
Este útlimo argumento es una simplificación; está claro que los líderes regionales (los barones) se interesan por cómo ocurren las cosas a nivel nacional y no actúan de forma egoista pero sí sugiere un mecanismo por el que los partidos nacionalistas (con más concentración de voto) tienen más influencia que los demás, de nuevo se trata de la “paradoja de la minoría dominante” pero dentro del propio partido.
La pregunta de Alex ha sido entonces ¿Cómo de distintas serían las políticas a nivel nacional con un sistema proporcional? Esta pregunta es un contrafáctico y yo no me siento capaz de responderla. No obstante, si pensáramos en un sistema proporcional puro con circunscripción única y en un Estado más centralizado (dónde la política autonómica tuviera menos peso) creo que en términos comparativos los nacionalismos tendrían menos poder: si los ecologistas tuviera poder de veto veríamos menos debates sobre temas regionales y más sobre energéticos; igual que si un partido de extrema derecha tuviera representación parlamentaria oiríamos hablar más de inmigración. Eso no significa, claro, que yo piense que ese sistema sería mejor, pero sí sería distinto.
Eso da que pensar que la intuición de que los partidos nacionalistas están sobrerrepresentados es de hecho una intuición acertada; lo que no pienso que sea acertado es que un sistema alternativo funcionaría mejor, pero eso es harina de otro costal.
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Sábado, Mayo 24th, 2008
Supranational institutions have played a seminal role in politics since the end of the second world war. This is true at the global level both in the economic (world bank, IMF, GATT, WTO) and the non economic field (UNO and its derivatives, NATO, etc…) but also at the regional level with its most important manifestation which is probably the EU.
During the last 50 years supranational institutions have been the mecca of many quests like peace, economic development and prosperity; that place where national leaders seek to find the holy grail that they are not able to find in their internal context. This suggests that the rationale for supranational governance –the intervention of the international sphere in national context- is that it enhances decision and policy making in a way that can not be achieved in the national context. In other words; supranational governance is legitimate if, and only if, it leads to an outcome that is superior to that which would be achieved in a strictly national context.
The objective of this article is to analyse which are the forces which make possible to enhance the efficiency of decisions and thus to induce under which conditions supranational governance would be efficient. While the conclusions and the conceptual framework might be valid for most of the manifestation of supranational governance, this article has been written wearing in mind a very specific context; that of structural reform in the EU and thus its conclusions might be somehow biased towards this context.
In addition, this blog and the community where it is hosted share some universalistic concern with “world federalism”; the kantian ideal que universal peace and prosperity will only be achieved if there is some kind of federation between all member states governed by a supranational organization. The object of this article is thus also to illuminate what are the potential benefits of this project, what are its risks, under what conditions it would be efficient and above all, when would it, realistically, take place.
While the article find its sources in many litteratures (especially, european governance and integration theory and more broadly political economy), I try to keep the friendly way of explaining in order to let it accessible. As a result, I will try to avoid quotes and academic references (however, they will be provided if asked) and to illustrate theories and concepts-which are, I believe, unavoidable when we are talking about such a large framework- with historical and practical examples.
The process of policy making can be split in two different phases and the efficiency of the process might be checked in both. The first one is that of decision making; to what extent the international context in which decisions are taken lead to more efficient decision making than national states. The second part is that of implementation; it is not sufficient that international recommendations are the correct ones, they must also be feasible from the political-economic point of view i.e. its implementation should be possible and should not outweigh the benefit of added efficiency.
The article will be thus composed of many entries of which this one is the first. The others will be subsquently published in this same blog. Finally, I will beg pardon in advance for my terrible english grammar.
Tags: European Union, federalism, governance, international organizations, ONU, organizaciones internacionales, structural reform, supranacional, supranational, UN, Union Europea Posted in English Version, Metropóli, Nación Europea, Supranational governance, ciencia recreativa, globalización, internacional, provincial | 1 Comment »
Miércoles, Abril 23rd, 2008
El multiculturalismo entendido como proteccion de las minorias (feminismo, proteccion de las minorias etnicas, integracion de los inmigrantes, nacionalismo…) y las politicas que acarrea (proteccion de la identidad nacional, discriminacion positiva, etc…) es sin ningun genero de dudas uno de los grandes debates de nuestro tiempo.
Sin embargo, la importancia que reviste el debate en la arena politica es directamente inversa a la calidad de su argumentacion. La imagen convencional del defensor del multiculturalista es la de algun apostol del nihilismo posmoderno folk lanzando diatribas esencialistas contra el establishment. Esto es patente, especialmente, en el caso del nacionalismo en Espagna (teclado yanki) donde los actores buscan su legitimacion en pasados remotos o en justificaciones criptomarxista o neotribalistas que tienden a quitar todo prestigio al debate.
El problema de esta situacion es que impide cualquier tipo de debate sobre bases racionalistas y lo desplaza hacia una confrontacion de mitologias que, en el medio plazo, degenera en algun tipo de violencia politica.
No obstante, existe una defensa posible y desde mi punto de vista inevitable del multiculturalismo desde un punto de vista liberal-individualista. Esta defensa se apoya sobre argumentos solidos y tipicamente liberales tales como la proteccion del individuo frente a la masa o del ciudadano frente al Estado.
Los que me leeis sabeis que me gusta presentar las cosas dentro de un marco racionalista, aun cuando no este de acuerdo, especialmente si se trata de temas tan susceptibles de crear conflicto como el debate sobre las identidades. El objetivo de esta articulo es por tanto presentar el multiculturalismo (entendido como politicas de reconocimiento de las identidades colectivas) en sus fundamentos y justificaciones, encuadrarlo dentro de la ideologia liberal y finalmente hacer una valoracion critica presentando una alternativa.
1 La irrelevancia de las identidades en el Liberalismo politico
El liberalismo (en sentido anglosajón-rawlsiano) define la justicia en términos de “derechos e individuos”. Los individuos son la unidad básica de análisis (es un individualismo) y el único soporte ético (la ética solo existe en el plano de la subjetividad) y estos individuos, por el hecho de serlo, tienen derechos.
De esta forma, se rechazan puntos de vista tribalistas o comunitaristas donde los derechos se adquieren en razón de la pertenencia a un grupo (una etnia, una nación, un estamento social) y no están subordinados a él. En el esquema de justicia rawlsiana la pertenencia a un colectivo no produce, en principio, derechos ni obligaciones, la única distinción relevante es la que distingue las desigualdades que son el resultado de una elección (endógenas) de las que son el resultado de una situación de partida (exógenas). Es una perspectiva insensible al género, a las creencias religiosas, a la identidad cultural o nacional ya que estas situaciones no son “peores” o “mejores” sino solo distintas. Lo único que genera derechos es partir desde una posición de desventaja (el nivel de renta, el origen social, etc…) pero no la pertenencia a un colectivo.
2 La críticas comunitaristas del liberalismo.
Los comunitaristas critican el aspecto individualista de razonar en términos de “derechos e individuos”. Es cierto que la filosofía política liberal anglosajona es sorprendentemente silenciosa sobre cosas tan políticas como la nacionalidad, la forma del Estado, la democracia, etc… El plano sobre el que se razona es el de la intersubjetividad: las relaciones entre individuos, pero en ningún caso lo que ocurre en una comunidad.
Esta perspectiva es según esta crítica “atomista”. El énfasis en los derechos de los individuos fomenta de alguna forma el egoísmo individual y nada garantizaría la cohesión. En la práctica, las comunidades dependen del comportamiento de los individuos; de su voluntad para pagar impuestas, para defender a su país, para cumplir la ley, de sentirse miembros de una comunidad. Es en el seno de esta comunidad y por los lazos que unen a los individuos donde se pueden aplicar políticas liberales de redistribución y de protección de los individuos. Pero en ausencia de una comunidad bien cohesionada, estas políticas serían simplemente imposibles. Pues bien, el liberalismo no menciona una línea sobre como mantener una comunidad unida. Si se aplicaran las políticas liberales desnudas, la sociedad se desagregaría.
Esta crítica ha sido formulada por Taylor en su artículo “Atomism”, no obstante, está presente en mucho textos. Así por ejemplo, Buchanan argumenta que el Estado del bienestar había creado la sensación de gratuitidad de los derechos y fomentaría un individualismo excesivo y un grado elevado de rent seeking una vez que, tras el fin de la guerra fría, no existe ninguna amenaza común que nos reúna. Ortega y Gasset decía “El mayor peligro, el Estado”; tras la proclamación del ideal liberal, el Estado había dado la sensación de que los derechos eran gratuitos cuando en realidad se sostienen sobre una serie de virtudes y voluntades, y que había creado la sensación de tener todos los derechos y ninguna obligación.
Así, las políticas liberales deben estar subordinadas a la supervivencia de la comunidad. Los derechos individuales solo existen gracias a la comunidad y por lo tanto, esta debe prevalecer sobre aquéllos.
3. La acomodacion liberal de la critica atomista: el nacionalismo liberal
A raíz de esta crítica, el liberalismo ha intentado acomodar un concepto que explique como mantener unida a una comunidad humana donde se puedan llevar a cabo estas políticas. La que se considera como más realista es el llamado “nacionalismo liberal” ya que es la forma en que se han llevado a cabo históricamente.
El nacionalismo liberal espera mantener unidas a las comunidades en tanto que “naciones” entendidas estas como entidades etno-culturales con un imaginario colectivo común. Esta era la perspectiva de los intelectuales europeos a finales del siglo XIX representada por Renan. Renan nos explica que una nación tiene dos elementos indisolubles: un pasado, un conjunto de mitos y glorias, una unidad cultural y un proyecto político voluntarista común (un plebiscito cotidiano).
Todas las naciones del mundo se han construido históricamente de forma más o menos centralizada. Estas son las llamadas políticas de “nation building”. En sus formas mas violentas (como Polonia o Yugoslavia) estas suponen limpieza étnica y asesinatos masivos. Pero de forma más sutil, todos los Estados del mundo tienen políticas de nation building: la existencia de fiestas y símbolos nacionales, de una lengua oficial, de un poder centralizado, de un servicio militar, de un sistema educativo que enseña historia nacional, de unos medios de comunicación nacionales, de una función pública donde se jura la constitución,… El objetivo o al menos el efecto de estas políticas es crear un sentimiento de unidad nacional que mantiene unida a la comunidad.
Además, estas políticas son de alguna forma inevitables. A la hora de elegir un temario de historia, por ejemplo, uno debe elegir que incluye y que excluye y como se abordan los temas. Este tipo de políticas forman un imaginario y una percepción colectiva común a una nación, crean una cierta homogeneidad cultural.
El nacionalismo liberal reclama su condición de liberalismo. Para ellos, este conjunto de políticas son instrumentales, son la condición sine qua non para que las políticas liberales de defensa de los derechos individuales puedan ser llevadas a cabo. No se trata por tanto de una concepción nacionalista-comunitarista, el individuo no queda subordinado a la comunidad nacional sino nacionalista-liberal, donde la comunidad esta al servicio del individuo. Sin embargo, la protección de derechos individuales debe ir acompañada por políticas de nation building que son la condición para esta protección.
4. El multiculturalismo liberal como acomodacion del nacionalismo
Las políticas de “nation building” son por tanto instrumentos al servicio de la protección de individuos. La existencia de una comunidad es algo necesario (aunque no superior) para que las políticas de protección de derechos sean siquiera posibles. Sin embargo, el problema aparece en el hecho de que estas políticas generan perdedores y estos perdedores sufren las discriminaciones que no son justificables en razon del merito.
En la medida en que la promoción de un modo de vida común por el Estado fomenta la unidad, es algo que también invita a la exclusión en la medida en que distintos individuos se desvíen de este modo de vida. Si el imaginario colectivo se basa, por ejemplo, en la etnia, es evidente que individuos pertenecientes a una etnia minoritaria se verá perjudicado. La adopción de una lengua nacional, por ejemplo, es algo susceptible de perjudicar a los que no la hablen, la adopción de fiestas nacionales perjudicará a los que sean miembros de una minoría nacional.
De forma más general, las políticas de un Estado (y por lo tanto, la forma en que se protegen los derechos individuales) y sobre todo las políticas de nation building, dependen de con quien se comparta el espacio público de ese Estado. Veámoslo con un ejemplo.
Pensemos que un Estado que debe aplicar una política que puede ser numerada en un espacio de 1 a 10. Pensemos que este Estado tiene una población de tres individuos (A B y C), cada uno con preferencias distintas respecto a estas políticas (1 a 10).
A: 1 B: 10 C: 10
Los costes individuales dependen de cuanto se aleje la política adoptada de su política preferida. Así si la política es 5 y la preferencia es 2 el coste es de 3.
En los sistemas democráticos, las decisiones se toman por mayoría. ¿Qué ocurre si la decisión se toma por mayoría? Bueno, el resultado es mucho más radical ya que B (10) y C (10) formarían una coalición adoptando su política favorita (10) imponiendo a A un coste de 9 (10-1). Este mismo ejemplo vale para pensar en casos en los que, aún siendo minoritarios, determinados grupos ostentan una posición dominante en términos de capital político (por ejemplo el género masculino o la metrópoli en un imperio).
¿Qué ocurriría si compartiera espacio público con dos individuos con preferencias idénticas a las suyas (A:1 B:1 C:1)? La política elegida sería 1 (la media de tres veces uno) y los costes serían 0 para todos.
¿Como encaja esto con las políticas de nation building? Las políticas de nation building son decididas en función de las preferencias de un grupo dominante (la nación en cuestión). Es en función de ellos de los que se decide qué cultura o paradigma nacional se promociona (algo sobre lo que el liberalismo no nos dice nada, solo nos dice que debe promocionarse una cultura, pero no cuál). Ante esta decisión, existen perdedores: aquéllos que por alguna razón se encuentren marginados en el proceso de decisión y cuya cultura no encaja con la cultura promocionada. Lo que multiculturalismo argumenta es que deben considerarse estas situaciones en el momento de realizar un juicio de valor sobre las ventajas y las desventajas.
Un primer grupo son los inmigrantes y minorías étnicas o religiosas (los árabes en Francia, los negros e hispanos en América, o los musulmanes en cualquier país europeo) que son el caso más claro. El inmigrante recién llegado a un entorno social en el que es minoritario se ve impuesta una cultura, una lengua, y una serie de medidas de promoción nacional.
En este sentido, el hecho de pertenecer a una etnia minoritaria supone una desventaja y debe ser tenida en cuenta: deben existir mecanismos que protejan a estas minorías de las decisiones de la mayoría. Estas medidas son de dos tipos: o bien que le ayude a integrarse en la sociedad o, en el caso de que sea imposible, les otorguen ciertos privilegios o autonomía legal que compensen la desventaja. Un ejemplo es el caso de los días festivos que están determinados por nuestra pertenencia a una cultura judeocristiana pero que serían substancialmente distinta en un país musulmán. El multiculturalismo argumenta por lo tanto que los musulmanes deben tener derecho a tener su días festivos particulares.
El segundo caso es el de las minorías nacionales o los pueblos indígenas. Se trata en este caso o de colectivos culturales localizados sobre un territorio cuyo imaginario de nacional difiere considerablemente del mayoritario. Este es el caso de los indios en América o de Cataluña, el País Vasco, Kosovo, el Ulster, Escocia o Córcega en Europa. Reino Unido es un Estado protestante con políticas de nation building adaptadas a la mayoría Inglesa (la historia que se enseña es anglocéntrica, los medios son ingleses…). En España ocurre algo parecido: la lengua oficial es el castellano, la historia que se enseña en la escuela es hispanocéntrica, tenemos fiestas nacionales, etc… Idém para América (el elemento WASP) o Serbia. En la medida en que existen minorías a las que se imponen costes por el hecho de pertenecer a un colectivo más amplio, el multiculturalismo argumenta que deben existir protecciones legales para estos grupos tales como derechos específicos (a recibir enseñanza o servicios públicos en su lengua nacional) u organizaciones políticas autónomas donde desarrollen su propia cultura nacional (desde la autonomía hasta la independencia).
Finalmente, existe también un argumento (aunque probablemente más débil) para defender la protección de grupos sexuales discriminados tales como las mujeres o el colectivo GLTB. Estas protecciones suelen tomar la forma de adaptaciones legislativas (ley de matrimonios homosexuales) o de discriminación positiva (cuotas, etc…). El razonamiento es más débil ya que aquí la discriminación no existe por políticas de nation building, sino en razón de estructuras culturales informales o instituciones legales implícitas.
Esto se basa en lo que las feministas llaman el “dominance approach”. Por ejemplo, no hay ninguna razón “liberal” que justifique los matrimonios deban hacerse entre personas de distintos sexo, se trata de algo que es así por convenio, más concretamente, porque la política se ha decidido de acuerdo con la mayoría heterosexual. Algo análogo ocurre con el feminismo existen muchas leyes que, sin discriminar explícitamente, si lo hacen implícitamente como por ejemplo los requisitos de altura para entrar en determinados cuerpos (bomberos, ejército, etc…). Las instituciones sociales de carácter informal (desde la lengua o el modelo de familia tradicional hasta la cultura) son también elementos que, de alguna forma, discriminan en razón del género y que son considerados por las feministas liberales como justificando la discriminación positiva.
Existen más casos, pero lo que hay que retener es que el multiculturalismo liberal provee una base moral suficiente desde un punto de vista individualista liberal para defender cosas como el derecho de secesión, el diálogo intercultural o las discriminaciones positivas en razón de la pertenencia a un grupo.
El problema es: ¿hasta donde? Es decir, si existen derechos específicos de grupo, ¿esto no llevaría a comunidades como por ejemplo los musulmanes a reivindicar la aplicación de leyes antiliberales como la sharia? ¿Puede justificar el multiculturalismo por ejemplo la sumisión de la mujer al hombre consagrada en determinadas religiones). Aquí Will Kymlicka propone una distinción entre un esquema comunitarista (como por ejemplo el que existía en el imperio otomano con una ley distinta para cada comunidad religiosa) y uno liberal. La diferencia es que e la políticas multiculturales hay que diferenciar entre las protecciones externas y las restricciones internas. Las primeras son medidas que protegen a los individuos por el hecho de pertenecer a un grupo, mientras que las segundas protegen al grupo para mantener a los individuos contra su voluntad dentro del grupo. Así, mientras que las primeras permitirían a las mujeres musulmanas ir veladas a la escuela, no permitiría en ningún caso que fueran obligadas a ir veladas. Es aquí donde se ve la naturaleza liberal del multiculturalismo: su justificación viene de la necesidad de proteger al individuo, y por lo tanto sus límites también dependen de su capacidad para llenar esta misión.
5 La sintesis republicanista
Hasta el momento he intentado presentar de forma objetiva como se presenta el debate sobre el multiculturalismo y las identidades colectivas sin hacer explícita mi opinión. En esta útlima parte me gustaría explicitar como entiendo que puede presentarse el multiculturalismo y en qué medida creo que la adopción de sus política puede ser legítima o apropiada. Para ello tomaré el multiculturalismo como base e intentaré criticarlo. Esto en dos puntos.
A) La primera crítica tiene que ver con el efecto que el multiculturalismo produce en el debate político. En un marco Rawlsiano, como he explicado, la política multiculturalistas son legítimas en la medida en que ayuda a realizar la igualdad, entendida como igualdad de recursos y oportunidades. En la medida en que la pertenencia a un grupo oprimido es una fuente de desigualdad, es legítimo poner en marcha políticas culturalistas.
El problema es que, aunque la pertenencia a un colectivo pueda ser fuente de desigualdad, estas desigualdades no son ni las únicas ni las más importantes que surgen en la sociedad. Sin embargo, la ideología multuculturalista (como todas las ideologias) es una máquina de generar recursos políticos, aunque estos recursos son generados de forma asimétrica entre grupos.
Las identidades colectivas generan recursos políticos. Esto era algo claro bajo el imperio del socialismo antiguo; la clase media era débil o no existía, la identidad de clase tomaba una importancia grande y por lo tanto los antagonismos de clase. La pertenencia a una clase u otra en una sociedad muy desigual es algo fácil de identificar y de entender; cada cuál sabe si pertenece a una clase o a otra. Las divisiones sociales son importantes. La razón de la prevalencia de la identidad de clase sobre las otras era por tanto que ésta es (1) fácil de identificar y (2) un buen proxy para la desigualdad; la mayoría de desigualdades que existen en una sociedad resultaban de la pertenencia a un clase social u a otra.
Cuando el debate se desplaza a las identidades de grupo, esta lógica cambia. Una de las razones para que el debate se desplace es, en primer lugar, la diversificación de las sociedades occidentales. La unidad de clase se vuelve difusa; es mucho más difícil identificar la pertenencia a la clase trabajadora, existen cientos de casos en los que es muy difícil entender a quién pertenece (los funcionarios, el sector servicios, el autónomo)… La clase se vuelve una identidad más difusa (más difícil de identificar) y menos homogénea. Cuando el criterio (el elemento federador) deja de coincidir con la desigualdad (la reivindicación común), las bases para que existe un actor político colectivo se ve debilitado.
El debate multiculturalista, sin embargo, apunta a identidades colectivas facilmente identificables. El género, la etnia, la religión, la orientación sexual son criterios sencillos de identificar y que por lo tanto proveen las bases suficientes para la existencia de un actor colectivo. Hoy día es mucho más fácil identificar a una mujer o un homosexual que a un obrero y es sobre este tipo de colectivos sobre los que se fija la atención del público y de los políticos.
En términos marxistas, el multiculturalismo podría considerarse como un invento burgués; tanto si hablamos de nacionalismo, como de feminismo, como de reivindicaciones de los inmigrantes, los debates sobre la identidad han desplazado al debate sobre la redistribución de la riqueza. La redistribución no se produce entre clases o individuos, sino entre grupos o colectivos. Esto se debe a dos razones.
- En primer lugar, el poder de presión político depende en buena medida de la capacidad de organización de un colectivo; si el criterio federador es más fuerte y fácil de identificar, la capacidad de movilización es mayor.
- En segundo lugar, redistribuir entre grupos es más fácil que redistribuir entre individuos (es más fácil poner una ley con discriminación positiva que unos servicios sociales que estudien el caso de cada individuo de forma concreta).
Esto no supondría un problema si la pertenencia a estos colectivos fuera la principal causa de desigualdad, pero no lo es. El efecto principal del debate sobre la identidad es desplazar el punto de gravitación de la atribución de derechos y la redistribución, de la condición de individuo desfavorecido a la condición de miembro de un grupo.
El efecto colateral de este tipo de debate es transformarse en un equilibrio autosostenido. En la medida en que la pertenencia a un grupo otorga derechos, esto provoca una demanda potencial para un industria de la construcción de las identidades. La generación de nuevas identidades al mismo tiempo aumenta las divisiones entre grupos que, lejos de ser disipadas por las políticas multiculturalistas, se agudizan dando lugar a una demanda de nuevas políticas de reconocimiento.
B) El segundo punto de crítica tiene que ver, no tanto con el multiculturalismo, como con el individualismo político del liberalismo. El liberalismo determina su esquema de justicia en términos “individuo y derechos”. El problema es que el subproducto cultural de esta ideología dominante es la tendencia a la fragmentación social y el egoismo, como señalan los comunitaristas. Como parche, el liberalismo crea el nacionalismo y las políticas del nation building para mantener unida a la comunidad. Sin embargo, las políticas de nation building crean ganadores y perdedores que a su vez generan un mayor grado de fragmentación y así sucesivamente.
En primer lugar, el problema del nacionalismo es que elige una vía problemática de garantizar la unión de la comunidad. La falla intelectual del liberalismo es que tiende, por su esquema de justicia, a eliminar la responsabilidad individual respecto de la comunidad, el mérito y la cooperación volviéndose insostenible en el medio plazo. Un autor francés decía “l’Etat de Droit dérive en le tas de droits” (el Estado de derecho deriva en el montón de derechos).
Existen a esto varias soluciones. Una de ellas es la propuesta por el nacionalismo liberal; fomentar un conjunto de valores de carácter más o menos irracional basados en la cultura. Esta vía sin embargo plantea una serie de problemas concretamente que la industria desl nation building crea ganadores y perdedores además de engendrar una serie de dinámicas perjudiciales que el propio liberalismo no puede aceptar como legítimo dando lugar al multiculturalismo como remedio al remedio. En este sentido, el multiculturalismo es desde mi punto de vista inevitable cuando uno se sitúa en un esquema liberal basado en “derechos e individuos”.
¿Existe una alternativa al liberalismo que sea sostenible en el largo plazo? Desde mi punto de vista sí. Mi alternativa es el ciudadanismo, el republicanismo o “patriotismo constitucional”(Habermas). La perspectiva republicanista propone organizar la sociedad basándose en valores e ideas considerados universales. Mientras que el culturalismo nacionalista carece de justificación moral (las políticas de nation building son arbitrarias) el republicanismo, al defender valores universales, no puede considerarse como una violación de derechos.
Es posible reivindicar una protección de las minorías cuando lo que mantiene unida a la comunidad es el nation building ya que la elección del elemento federador tiene un carácter instrumental, sin embargo, no es posible reivindicar el derecho a no integrarse en valores como la democracia, la libertad individual, el respeto del otro, la solidaridad, el servicio… no al menos desde una perspectiva liberal, ya que estos valores son consustanciales al liberalismo.
No obstante, esta perspectiva cambia el punto de gravitación del liberalismo dejando de ser una fuente de derechos para pasar a ser una fuente exigencias para el individuo. El programa republicanista conlleva la actitud de exigir al individuo comportarse de una forma determinada; conforme a los valores y a la infraestructura cultural necesaria para la sostenibilidad del liberalismo en el largo plazo. Sigue tratándose de un individualismo (ya que considera al individuo el único soporte moral) pero deja de ser un liberalismo (ya que considera que hay formas de vida más valiosas que otras). El republicanismo no es por tanto un programa neutral sino que se centra en la virtud de los individuos; es un programa perfeccionista basado en el mérito.
¿Qué ocurre con el multiculturalismo? Bajo la óptica republicanista, el liberalismo desaparece como fuente de derechos, ya que el republicanismo no pone el acento sobre los derechos sino sobre la virtud del individuo y en el mérito. No obstante, los derechos siguen teniendo vigencia en la medida en que son las infraestructura esencial para que la virtud pueda ocurrir. La protección de las minorías sigue teniendo sentido, pero solo como mecanismo de integración y esta supeditada a la sostenibilidad del proyecto colectivo, sabiendo que el proyecto colectivo es un proyecto individualista ya que la exigencia de virtudes cívicas no es más que el mecanismo de sostener la realidad liberal en el largo plazo.
Esto es así en la medida en que la neutralidad cultural de las normas es imposible. A la hora de exigir una lengua oficial, estándares de calidad, ésto genera perdedores (los que no hablan la lengua, los que no entran en los estándares). En la medida en que estos estándares solo se pueden tomar en función de la mayoría, son un mecanismo de exclusión que debilitan la viabilidad del proyecto colectivo y por lo tanto la infraestructura de los proyectos individualista.
En esta medida, un multiculturalismo “soft” es aceptable y deseable desde un punto de vista republicanista aunque siempre relativizado; es decir, subordinado a la viabilidad del proyecto colectivo en el largo plazo. Es legítimo practicar la discriminación positiva en la medida en que ayudan a integrar a las minorías en la república, es legítimo dar facilidades lingüisticas, facilitar la coordinación con las autoridades religiosas, etc… Las identidades colectivas no son fuente de derechos como un fin en sí mismo (esto evita la “pilarización de la sociedad”), sólo lo son como medida de integración (en la medida en que permite a los individuos desarrollar la virtud republicana).
El republicanismo no significa en la práctica políticas muy distintas de las del liberalismo. Sus políticas de protección del individuo, de libertad individual, etc… no son incompatibles sino, en realidad, complementarias con el proyecto humano ciudadanista. El efecto es sin embargo relativizar la importanca de los derechos poniendo el acento, parafraseando a Kennedy, no sobre lo que su comunidad puede hacer por él, sino lo que él puede hacer por su comunidad.
Las conclusiones del artículo son por lo tanto las siguientes:
- El liberalismo acierta en su enfoque individualista; la unidad básica de análisis deben ser los individuos y todos valen lo mismo con independencia de sus circunstancias exógenas.
- El individualismo no es sostenible en la medida en que crea una dinámica de atomización y de egoismo y su sostenibilidad está condicionada a alguna medida de cohesión social que garantice la viabilidad de la comunidad bajo alguna clase de elemento federador.
- La medida federadora del nacionalismo liberal basada en la cultura tiene el problema de ser moralmente arbitraria y crear una serie de pretensiones de derechos éticamente legítimas bajo la forma de reivindicaciones multiculturalistas que terminan cuestionando la viabilidad de la comunidad.
- La viabilidad en el largo plazo pasa por una forma de comunitarismo universalista; el republicanismo. El republicanismo admite medidas de integración basadas en los derechos pero pone el acento sobre la responsabilidad, el mérito y el servicio que son la base de sostenibilidad de la comunidad en el largo plazo.
Nota: La introduccion y estas lineas estan escritas con teclado anglosajon (sin acentos, etc…). Por otro lado, siento la falta de posteo en los ultimos dias.
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Sábado, Marzo 1st, 2008
1. Identidad y ética
La identidad, entendida como el conjunto de rasgos individuales que nos agrupan dentro de un colectivo o nos separan de él concediéndonos nuestra unicidad, es un aspecto que importa. No existen individuos sin identidad ya que cualquier rasgo permite dividir dicotómicamente en dos parte al conjunto de la humanidad (positiva o negativamente). La identidad no es por tanto algo de lo que se pueda escapar, es inevitable y carece de sentido declararse “a-identitario”. Lo que diferencia a comunitaristas y universalistas no es el reconocimiento de la existencia de esa identidad, sino de sus consecuencias normativas en la vida comunitaria.
Los comunitaristas defienden que la visión ius naturalista de que la identidad es fuente de derechos y obligaciones. Puesto que la identidad es constitutiva del “yo”, carece de sentido que se cuestione la pertenencia a tal o cuál grupo porque ello supondría ponerse en cuestión a uno mismo. Realidades tales como la ética, el derecho, o los usos y costumbres tienen sentido solamente en el ámbito comunitario y en un contexto cultural dado y eso hace que en el orden axiológico la comunidad precede al individuo.
Los universalistas no niegan (negamos) el carácter comunitario de estos aspectos de la identidad, pero reivindicamos, en cambio, la capacidad del individuo para reflexionar sobre la coherencia y la validez de estos aspectos. Para el universalista, la identidad es un aspecto social-relacional de la personalidad, probablemente influenciado por factores externos culturales, económicos e incluso genéticos, pero en última instancia la identidad en sentido positivo (como pertenencia a un grupo y sentir la pertenencia al mismo)es una elección y no una fatalidad y solo la pertenencia voluntarista puede ser fuente de derechos y obligaciones. Esto por supuesto no es aplicable la identidad “negativa” entendida como caracteres que no son elegidos (el sexo, la raza, el origen social etc…) donde su cuestionamiento es secundario. Esta distinción entre identidades elegidas y no elegidas carece de sentido sin embargo en la cosmovisión comunitarista donde, a menudo, se consideran que son los factores negativos (la cultura, la raza, el origen social) los que tienen mayor relevancia ética.
En función de la aceptación de una u otra cosmovisión, esto lleva aparejada una serie de consecuencias ético-personales-políticas. Mientras que para el comunitarista rasgos como la nacionalidad, la cultura, la raza o la etnia son susceptibles de justificar discriminaciones legítimas, estos aspectos carecen de validez para el universalista para el que solo los factores elegidos (endógenos) tienen relevancia en el juicio de valor. Esto no existe solo a nivel del espacio público, sino que encuentra su reflejo mas leal en la vida privada.
Por ejemplo uno pued elegir pertenecer al grupo de admiradores de Federico JImenez Losantos y eso es algo que yo como universalista puedo considerar como digno de ser considerado negativamente. No obstante, no es relevante que yo condene a alguien por el hecho de pertenecer a la familia de FJL cuando él puede tener opiniones de lo más razonables. Esto es sin embargo algo que sí tiene cabida en una visión comunitarista. En este sentido, las identidades solo tienen peso moral cuando resultan de una elección individual.
2. Atenuaciones: realismo Bayesiano y multiculturalismo liberal
El razonamiento del primer punto tiene una consecuencia: cuando se admite el individualismo moral y el universalismo ético, cualquier discriminación en función de factores exógenos es normativamente despreciable en el plano normativo puro.No obstante, cuando uno se entrega al plano de las aplicaciones prácticas, ya sea en la vida cotidiana o en el de las políticas públicas, las cosas cambian.
En primer lugar, cuando vivimos en un contexto de de información asimétrica, es decir, donde identificar las desventajas y las situaciones reales solo es posible mediante indicios y apariencias, uno puede tomar en cuenta aspectos de la identidad como válidos a la hora de hacer un juicio de valor. Aunque por razones empíricas soy escéptico respecto a este tipo de medidas, entiendo que no es incompatible con una ética universalista el racismo bayesiano o la inmigración selectiva. Si existe una relación de causalidad fuerte entre un rasgo exógeno (la condición de inmigrante o de marroquí) y un fenómeno endógeno (la delincuencia, la conflictividad social) no existe en principio nada que permite oponerse a la discriminación en función de este tipo de rasgos. Aunque no comparto el entusiasmo de Kantor en este aspecto, admito que no existe ninguna razón, a priori, para oponerse a ello.
En segundo lugar, no existe ninguna contradicción, de nuevo en principio para que exista discriminación positiva en función de determinados rasgos que, objetivamente, ponen al individuo en una situación de desventaja. Es decir, el multiculturalismo como medida de integración y de coordinación de las minorías en desventaja no es en ningún caso incompatible con el universalismo. Se trata únicamente de aceptar que, dado que pertenecer (de forma elegida o no) a un grupo cultural o social (sexo, clase, grupo nacional o lingüistica, etc…) es algo que produce economías de escala (cuanta más gente pertenece a la identidad, más beneficio individual aporta pertenecer a él) gracias a los efectos de red, es legítimo poner en marcha medidas que integren o protejan a la minoría frente a la mayoría y para esto, es inevitable discriminar en función de rasgos exógenos.
Por ejemplo, carece de sentido que alguien de nacionalidad Española tenga derecho a un intérprete en España, sin embargo esto tiene mucho sentido cuando se trata de un inmigrante que no habla la lengua. La pertenencia a una minoría lingüistica (elegida o no) justifica una medida de discriminación. Lo mismo ocurre con las cuestiones de género, si la evidencia empírica sobre la que se apoya la discriminación positiva fuera cierta y realmente existiera una forma de discriminación debido a un efecto de path dependence sociocultural, en principio no existe ninguna oposición entre una ética universalista y la defensa de las discriminaciones en función del sexo.
Con esto, no debe entender el lector un apoyo incondicional a las políticas de la identidad, tema respecto al que soy también muy escéptico, sino solamente señalar que su compatibilidad con una ética universalista bajo ciertas condiciones.
3. En síntesis: los límites de la discriminación
Existen por lo tanto dos fuerzas contradictorias: por un lado las convicciones éticas universalistas nos llevan a rechazar cualquier discriminación en función de un rasgo de caracter exógeno, pero en segundo lugar las necesidades de la realidad social nos llevan a depender de estos rasgos para aplicar cualquier política pública o para relacionarnos con nuestros semejantes.
Es evidente que los prejuicios son un elemento esencial de nuestra forma de razonar y de percibir la realidad externa (a mi profesor posmoderno de derecho comparado, fan de Gadamer y Derrida le encantaría esto) y nadie en su sano juicio puede pretender extirparlos del esquema de razonamiento. Sin embargo, so pena de abandonar la ética universalista e individualista y dado el caracter arbitrario y a menudo irracional de los mismos, es imprescindible que estos prejuicios estén sujetos a revisión tanto cuando hablamos del ámbito público como del privado.Lo contrario supone adherirse de forma más o menos implícita a alguna forma de determinismo identitario y por lo tanto, a alguna forma de comunitarismo antirracionalista.
No es el objeto de este post discutir la coherencia y la legitimidad del comunitarismo, pero me interesa observar que determinadas posiciones solo pueden sostenerse desde posiciones ancladas en el primitivismo o el tribalismo más reaccionario y antimoderno. La adhesión a una ética individualista (donde el individuo es el único sujeto moral) y universalista (donde existen un conjunto de valores universalmente válidos), (ambos por cierto valores intrínsecamente cristianos) implica ser prudente e incluso, escéptico en las discriminaciones y juicios en función de rasgos identitarios exógenos, ya que estos solo son admisibles en tanto que medios o indicios aproximativos para otros rasgos de la individualidad que sí son relevantes por depender del sujeto y sus elecciones.
4. Caso práctico: La nueva xenofobia contemporánea
La idea de escribir este post me vino después de haber tenido una serie de conversaciones con compañeros de estudios. El nuevo bárbaro-especialista del que nos hablaba Ortega surge aquí y allá sin distinción de origen social, nacionalidad o nivel educativo. Un ambiente internacional como en el que vivo no es un lugar donde, como podría esperarse los parecidos superan a las diferencias, sino que es muy propicio al ejercicio de antropología/sociología/etnografía espontánea. El nivel de credibilidad que gente perteneciente a minorías educadas le da a tópicos como “los alemanes son ordenados y aburridos mientras que los mediterráneos somos joviales y espontaneos” (por no hablar del número de gente que se ha quedado pasmada al saber que como español no he dormido nunca la siesta).
No quiero dejaros pensar que no otorgo ninguna validez a este tipo de explicaciones basadas en la cultura, en la geografía o en el clima. Lo que sí me parece rechazable es el nivel de rigurosidad que pretende darse a este tipo de psicología social de mesa de starbucks en el discurso habitual que suele ir hasta considerarlo como definitivo y que suele echar un tufillo racista/historicista totalmente falto de cualquier clase de rigor.
Algo semejante ocurre con el feminismo perfeccionista y su contraparte natural que es el neomachismo, especialmente en su versión “pop”, que pretende explicar y legitimar la irracionalidad y todas las diferencias de género en términos fisiológico-sexistas tales como “las mujeres somos así, no puedes entenderlo” o “a los hombres no nos interesan ese tipo de cosas”.
Pero el hecho del que quiero hablar hoy es de la forma en que percibimos las relaciones internacionales. En nuestros espacio político nacional, los individuos solemos dar un valor, opinablemente desmesurado, a las diferencias ideológicas. Así, esto nos lleva a acuñar términos ultraprecisos como “independentismo” que es distinto del “nacionalismo” y ambos aunque relacionados son distintos del “catalanismo”. Tanto a izquierdas como a derechas, creemos necesario hacer toda clase de distinciones entre “conservadurismo”, “liberalismo”, “patriotismo” o “socialista” “socialdemócrata”, “progresista”, “social-liberal,”… En el espacio político nacional, todos creemos necesario hacer juicios en función de elementos precisos basados en posiciones y criterios éticos
No obstante, es asombrosa la vuelta de tuerca que se opera cuando opinamos en el contexto internacional. Siguiendo el consenso realista derivado de la guerra fría, la mayoría de la gente, y aquí es cierto que en ocasiones me incluyo, opina en términos nacionalistas y culturalistas dejando a un lado el enjuiciamiento ético.
Esto es patente por ejemplo en el caso de Estados Unidos donde de forma alegre todos nos identificamos como proamericanos o antiamericanos. Nadie por supuesto cree necesario matizar las diferencias entre la americanidad de John Rawls, Kennedy y Barak Obama y la de Ronald Reagan, James Buchanan y Georges Bush. No, en absoluto: todos americanos, así que todos idénticos porque todos comparten la misma cultura política. No hace falta que os diga que me parece un forma de ver las cosas horriblemente provinciana
Es también algo asombroso en el caso de Oriente próximo. El nivel de simplicidad con el que se enjuician sociedades enteras sin ninguna necesidad de matizar entre tendencias políticas es simplemente asombroso. En el debate Europeo nadie cree necesario diferenciar entre judíos (será por tradición) o entre árabes admitiendo que todos comparte idénticas convicciones. La diferencia entre la política del partido laborista Israelí representada por gente como Shlomo Ben Ami y Ariel Sharon es mucho menos que trivial y lo mismo ocurre a la hora de diferenciar entre, por ejemplo, Fatah y Hamas. El peso que se otorga a la pertenencia a uno u otro bando es simplemente desproporcionado.
El colmo de este conjunto de principios de carácter xenófobo se alcanza cuando se unen consideraciones ideológicas. Se sobre-entiende que ser proamericano o porisraelí es algo propio de la derecha y que ser pro-árabe y antiamericano es algo propio de la izquierda y nadie lo cuestiona. La asimetría con la que se percibe el Espacio internacional respecto al nacional revela el carácter primitivo de esta forma de razonar, o mejor dicho, de no razonar.
Yo, por supuesto, estoy de acuerdo en reivindicar un trato justo para Israel pero en general creo que sería necesario reivindicar un trato justo para todos los Estados del mundo con divergencias ideológicas en su interior y terminar, de una vez por todas, con esta especie de determinismo cultural primitivo y a veces solo veladamente xenófobo.
PD: Ahora sí, me despido que para el viaje de estudios
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Viernes, Diciembre 14th, 2007
El debate sobre el nacionalismo ha girado (empezando por mí) sobre una confrontación de paradigmas normalmente ligados a la identidad. Se ha pensado en la existencia del nacinalismo como un conjunto de problemas ligados a la cultura, a la personalidad, al sentimiento de pertenencia. En otras palabras, todos ellos problemas ligados con el “ser” y no con el “estar”. Los nacionalistas (de todos los partidos) ven esto como una confrontación de cosmovisiones, donde la nación española lucha por su supervivencia o la nación catalana lleva a cabo una lucha de liberación nacional centenaria.
Sin embargo este punto de vista, si bien puede ser interesante desde el punto de vista literario, es algo erróneo. Al igual que todas las explicaciones de carácter cultural, tienden a ver la cultura como algo puramente exógeno, firme e independiente. Como decía Ortega, la lengua, la cultura y la historia son elementos estáticos, son prisiones, no dependen de la voluntad, mientras que la vida humana sí.
En los tres últimos días he leído un par de artículos muy interesante. El primero el de Joan Ramón donde explica de forma bastante coherente como ha resurgido el independentismo en Cataluña. El otro artículo es el clásico de Ignacio Sanchez Cuenca “The political basis of support for European integration”. En este artículo, Sanchez Cuenca explica por qué hay más euroescépticos en países con Estados del bienestar desarrollados, burocracias eficientes y bancos centrales disciplinados (como Dinamarca, Suecia, Finlandia) mientras que hay más euroentusiastas en países con mayores índices de corrupción y un Estado del bienestar pobre como España, Italia, etc…
Sanchez Cuenca explica la “hipótesis institucional”, es decir que la voluntad de tener una integración mayor es el resultado de un cálculo político y económico por el ciudadano de que su propio Estado pierda una porción de soberanía a favor de la unión. Como es lógico, los ciudadanos de Estados como España donde fundamos grupos para matar terroristas y los gobernantes se miden sus miembros reproductores en público, tenemos un sentimiento más europeísta que las pluscuanperfectas socialdemocracias nórdicas.
En definitiva, el europeísmo es mayor en razón de:
a) La percepción de la eficiente que es la unión europea
b) La percepción de lo ineficiente que es el Estado nacional
Si uno está contento con la gestión de sus gobernantes y descontento con la de la unión europea, uno será reacio a apoyar más integración ya que el coste de perder soberanía es mayor. En cambio, cuando uno cree (como es mi caso) que la comisión europea ha sido la única fuente de modernización del país y que los políticos nacionales son un grupo de inútiles, tenderá a ser más europeísta ya que las ganancias (gestión europea) serán percibidas como mayores y las pérdidas (deshacerse de un grupo de inútiles) menores.
Hay dos factores que me interesan: en primer lugar, hay que incluir dentro de los costes, la incertidumbre de la delegación: tener un gobierno más alejado del ciudadano, más difícil de entender, etc, produce incertidumbre, por eficiente que sea y por lo tanto el votante se opondrá a ello. En segundo lugar, el rol de la comunicación: la capacidad para convencer a la gente que algo es mérito del Estado nación y culpa de la UE es muy importante. El carácter acéfalo de la unión la hace muy poco capaz de vender sus éxitos y muy susceptible de que los políticos nacionales les carguen sus fracasos.
¿Qué relación tiene esto con el nacionalismo? Bueno, esta hipótesis viene a decir que la gente prefiere que les gobierne la institución que (perciben) lo hace mejor. Si los catalanes piensan que el Estado español los explota, les da servicios públicos pobres, y los mantiene en un estado tercermundista y que la Generalitat lo haría mejor, es totalmente lógico que apoyen el nacionalismo. En otras palabras, el surgimiento del nacionalismo es una función de la percepción de que el Estado central lo está haciendo mal en Cataluña.
Un punto que me interesa es que la eficiencia no es solo resultado de “lo buenos que somos” sino también de los recursos. Por ejemplo, tener organizaciones de autogobierno supone varias ventajas: más facilidad para controlar a los políticos (cercanía del poder), una gestión más focalizada en la región, y también la posibilidad de tener una política cultural autónoma (lengua, cultura etc…). Cuando uno forma parte de una minoría con preferencias más o menos homogéneas dentro de una mayoría mucho mayor, los “costes” son mayores que vivir de forma autónoma porque inevitablemente las políticas estarán en función de la mayoría. Si tenemos que decidir una lengua oficial para España, está claro que elegiremos el español. Esto nos satisface a la mayoría de los españoles, pero no a la mayoría de los catalanes, que preferiría tener el catalán, pero esto a su vez sería contrario a las preferencias la minoría españolista que hay en Cataluña. Hablando de cosas más importantes que la lengua, hay argumentos de geografía económica para creer que una descentralización de determinadas políticas sería beneficiosa (ese es el argumento de Krugman para oponerse al Euro). Cuanto más centralizada está una política, más heterogéneas son las preferencias de los votantes y por lo tanto habrá más gente descontenta. Por supuesto, pertenecer a un Estado más grande también tiene ventajas derivadas de tener políticas coordinadas, tener un mercado más grande, unas instituciones más independientes e imparciales, etc…
Cada esfera de decisión tiene unos costes y unos beneficios y en función de cómo los perciba el ciudadano, así se determinará su identidad. No se trata por tanto de pertenencia (lo que el ciudadano es) sino de una cuestión de elección racional (con quién o como estoy mejor), es decir, de la fuerza inevitable de la ley de la gravedad:“People respond to incentives, all the rest is comment”
Para esta situación hay dos tipos de interpretaciones. La primera es que los catalanes viven manipulados y engañados y que la Generalitat le echa las culpas al gobierno central. Los catalanes no tienen suficiente información para entender que todas sus desgracias no son culpa del gobierno central, sino de sus corruptos políticos nacionales y las ventajas que tiene formar parte de España. Evitando el argumento conspiranoico, uno puede decir que las políticas del Estado central son más o menos invisibles para el votante local (política exterior, regulación, etc…) mientras que las locales son más visibles y por lo tanto hay una evolución mala de la gestión. La segunda es que el nacionalismo es el fruto de una gestión eficiente por parte de las estructuras autónomas e ineficiente por parte del gobierno central. Si el Estado español se ocupara más de los catalanes y la generalitat fuera más inútil, entonces no habría nacionalismo.
En realidad, la auténtica explicación debe residir en algún lugar a medio camino entre las dos explicaciones. Es evidente que los nacionalistas evalúan mal al Estado español, pero eso no explica por qué sólo hay nacionalismo en algunas partes de España y no en otras. La razón por la que un extremeño prefiere que su gobierno tenga más competencias no es su mayor sentido de la españolidad, sino que percibe que más centralidad sería beneficioso para él. Un catalán en cambio, no es que sienta una unidad de destino en lo universal genuinamente catalana, sino que prefiere no tener un gobierno central que lo insulte (como el del PP) y una mayor autonomía fiscal para tener mejores servicios públicos. Esto encaja perfectamente con el argumento de Joan Ramón que explica el resurgir del independentismo como la reacción a la reacción antinacionalista que se produjo en España a los pactos de los gobiernos del PSOE y el PP con CiU y PNV que se percibían como que son unos “peseteros”. Esto explica también la subidad en potencia del nacionalismo durante el franquismo.
¿Qué conclusiones se me ocurren? Primero, buena noticia, el nacionalismo no es algo inevitable fruto de una deficiente construcción nacional históricamente hablando, sino el resultado de la satisfacción o falta de satisfacción de su entidad autónoma o del Estado central. No se trata de una cuestión de esencia cultural, ni de destino nacional universal, sino de un cálculo político económico, del que la “identidad” es el resultado. Cuanto más satisfecho esté uno con la gestión centralizado, más nacionalista español será, cuanto más satisfecho esté uno de la gestión autónoma, más regionalista, es decir se puede comprar a la gente (siempre) aún teniendo una historia posiblemente horrible. Segundo, las deficiencias de Españolidad de los nacionalistas resultan de la capacidad de sus respectivas autonomías para parecer más eficientes gestionando que el Estado central. Esto significa que el nacionalismo se combate, no insultando a la gente y recriminándoles su falta de conciencia nacional, sino gestionando mejor los recursos públicos y defendiendo mejor al ciudadano que sus autonomías y, sobre todo, asegurándose que los votantes se enteren.
Los que estamos a favor de un estado centralizado desconcentrado a nivel Europeo y luego mundial por lo tanto, debemos ser el doble de exigentes con nuestros gobernantes y la mitad con los autonómicos.
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