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“Subir la edad de jubilación provoca paro”: el caso de los Lemmings

Lunes, Febrero 1st, 2010

Suponed que tenemos el juego de los Lemmings. ¿Recordáis esos simpáticos muñequitos a los que había que ponerles paraguas para que no se estrellaran al caer o a los que había que equipar con picos para que picaran abriendo túneles? El juego nos daba distintos escenarios dónde había que conseguir que un mínimo de ellos sobrevivieran.

Nuestro escenario es en este caso el de tres Islas que conforman el archipiélago “oek-onomía”. Regularmente veremos los Lemmings emigrar de una isla a otra según las reglas que precisaremos a continuación.

  • La primera Isla se llama “in-aktiva”; a ella llegan periódicamente un flujo de nuevos lemmings a través de una especie de apertura en el techo y también desde la segunda isla.
  • La segunda Isla se llama “aktiva” y a ella inmigran en barco periódicamente lemming que viene de “in-aktiva”. De ella emigran lemmings que van a parar a “in-aktiva” y a la tercera isla.
  • La tercera Isla se llama “jub-bilación” que recibe periódicamente lemmings que vienen de aktiva e in-aktiva y dónde periódicamente se suicidan ellos solos -el arte de suicidar lemmings siempre estuvo infravalorado.

Tenemos por tanto flujos de Lemmings que van en varios sentidos y la actividad del archipiélago oek-onomía funciona así.

  • Al principio de cada año cada Lemming puede bien quedarse en su isla, bien coger el barco y cambiar de Isla, bien aparecer/desaparecer (caso de in-aktiva o jub-bilación).
  • Durante ese año, los Lemmings que están en la segunda isla trabajan cultivando plantas. Esas plantas tienen la propiedad de atraer nubes que hacen que llueva maná- el único alimento de los Lemmings- en el archiepiélago oek-onomía.
  • Al final de ese año, en función de la cantidad de plantas que hayan cultivado, llueve una cantidad de maná que sirve de alimento para todos para el resto del año siguiente.

Nuestro objetivo en el juego es conseguir que la cantidad de maná que consume cada Lemming sea relativamente estable o incluso aumente dentro de la medida de lo posible. Esa cantidad viene dada por

Maná por lemming= número de lemmings en aktiva X producción de cada lemming / nº total de lemmings

Como decía, los flujos de Lemmings en el archipiélago oek-onomía son relativamente aleatorios, aunque como jugadores podemos intentar influir en ellos vamos a ver algunos ejemplos.

  • Suponed que de repente hay una emigración masiva de “aktiva” a -> “in-aktiva”. Si miráis la ecuación de arriba, veréis que por pura lógica el número de lemmings cultivando plantas caerá y la cantidad de maná también caerá mientras que el resto permanece constante. Llamamos a este problema “paro” -cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
  • Suponed ahora que el número de Lemmings que se suicidan en “jub-bilación” cae pero todo lo demás constante. Veremos un número de lemmings total mayor y por tanto una caída del maná por lemming. Llamamos a este problema “envejecimiento”.

Como decía, como jugadores podemos intentar influir en los flujos y en la cantidad de lemmings que hay en cada Isla. Suponemos que antes el problema del envejecimiento queremos podemos poner un coto al número de barcos que llegan a “jub-bilación“. Eso reducirá los barcos que llegan de cualquiera de las dos islas, da igual de cuál. Algunos barcos dejarán de llegar de “aktiva” y otros de “in-aktiva“. Si es el caso del primero, lógicamente tendremos una (principio de) solución al problema dado que el número de lemming en “aktiva” aumentará -ver ecuación. Si es el caso del segundo, nos quedamos igual que estábamos.

Pero entonces llega uno de nuestros amigos y dice “eh, cuidado, intentando arreglar el problema del envejecimiento, vas a acentuar el del paro”. Nuestro amigo nos señala que al prohibir que haya más gente yendo de “aktiva” a “jub-bilación” vamos a intentar tener un problema dónde esos barcos van a salir hacia “in-aktiva” teniendo un problema de, como decíamos, paro (la emigración de “aktiva” hacia “in-aktiva” era lo que habíamos definido como paro).

Eso tiene sentido hablando literalmente. Pero por otro lado, no hemos agravado el problema; a lo sumo lo hemos aliviado. No lo hemos agravado porque los términos de la ecuación en la situación “paro” y en la situación “envejecimiento” son los mismos: tenemos el mismo maná por lemming porque tenemos la misma cantidad de lemmings trabajando en oek-onomía. Lo hemos tal vez aliviado porque mientras que hay lemmings que emigran de “in-aktiva” a “aktiva“, no hay lemmings que emigren de “Jub-bilación” a “aktiva“; es un viaje de no retorno. Si queremos ganar en el juego- aumentar o mantener la cantidad de maná de cada lemming- lo razonable sería limitar -en la medida de lo posible- la cantidad de lemmings en “jub-bilación” y aumentar la cantidad de Lemmings en “aktiva” fletando más barcos hacia aktiva y menos hacia in-aktiva.

Dedicado a Juan Antolin y a Kantor, me consta les gusta la pedagogía friki

Renovando el discurso de Izquierdas: narrativas de sostenibilidad

Miércoles, Enero 27th, 2010

Si tengo que nombrar dos autores que hayan influido más que en mi cosmovisión del mundo, entendida como “educación sentimental”-J, ahora te mando el copyright- o como conciencia histórica, probablemente nombraría a Marx y a Ortega y Gasset. Algo -tal vez lo único- que tienen en común es la articulación de, por un lado, de la importancia del momento histórico, la idea de que cada periodo de la vida humana está dominado por unos temas y que sus soluciones globales son más o menos inevitables y por otro, el papel del individuo -o en el caso de Marx la clase- como agente de ese cambio y la consiguiente llamada a las armas.

Ortega sugeriría que la condición sine qua non para el éxito de un discurso político -la vieja y la nueva política- es “estar a la altura de los tiempos”; ser capaz de colmar las aspiraciones de una generación, permitir que los cambios necesarios o inevitables se produzcan y que la sea la generación que los vive la que los lidere en lugar de sufrirlos. Pero para que los cambios sean asumibles y no traumáticos, la economía del proceso histórico exige que sean graduales y que lo nuevo se apoye siempre en algo que ya existe y de lo que se tiene conciencia.

Cuando hablamos del discurso de la izquierda, pienso que ese discurso debe, para tener éxito, cumplir dos condiciones. Por un lado, ser realista y ambicioso y colmar las aspiraciones de una generación, responder a los problemas de un momento histórico- o lo que es lo mismo, apoyarse sobre un diagnóstico certero y hacer prescripciones realistas. Por otro lado, debe apoyarse en una tradición que recupere los temas y las sensibilidades históricas con las que un movimiento- como la izquierda- se sienta identificado; los imaginarios construidos sobre tablas rasas tienen eso de problemático que transmiten esa horrible sensación de “low profile”- sí, pienso en la eclosión neocañi. Identidad y ambición; realismo y movilización deben ir de la mano en un discurso.

Si hablamos del diagnóstico, creo que puedo apostar sin demasiado riesgo que los próximos 20 o 30 años estarán, en Occidente, marcados por un problema que podemos poner bajo la rúbrica de “sostenibilidad”. A su vez, esta idea se desdobla en dos temas: la sostenibilidad ecológica entendida como el problema tanto de la economía ambiental y el respeto del medioambiente como del progresivo agotamiento de recursos energéticos y la sostenibilidad demográfica entendida como el problema del reto del envejecimiento de la población-y la sostenibilidad de los Estados de Bienestar- y el declive demográfico de la sociedad occidental. Cuando pienso en cualquier problema futuro, me resulta difícil encontrar alguno que no se pueda agrupar bajo alguna de estas rúbricas; son los problemas fundamentales del futuro y pienso que cualquier partido, de izquierdas o derechas, deberá responder a estos problemas o fracasar para inscribir su nombre en la Historia.

Resulta que la tradición de izquierdas está particularmente bien armada para responder a ambos retos siempre y cuando sepa reformar sus ideas. El ecologismo es un tema que forma parte del imaginario de la izquierda al menos desde los 70. Sin embargo, además de la retórica mecánica sobre el cambio climático y las renovables, sería razonable que el debate se articulara en términos un poco más científicos -pienso en la energía nuclear y en la necesidad de una política energética coherente. Favorecer un cambio de modelo energético sobre la base de un debate técnicamente informado debería ser una baza electoral, a cambio de saber hacer un poco pedagogía política.

Respecto a la sostenibilidad demográfica, es probable que éste sea un tema históricamente de derechas -Malthus, etc,… Sin embargo, sus soluciones pasan por tres tipos de políticas. En primer lugar, una economía suficientemente robusta para que la productividad aumente, capaz de innovar y de adaptarse, con mercados flexibles que se adapten a los cambios inherentes a esta innovación y sirvan efectivamente al consumidor y no al empresario, con un sistema educativo funcional orientado a mejorar el capital humano de los individuos, a mejorar su posición en el mercado laboral así como una red de protección con seguros obligatorios que haga esos cambios menos traumáticos.

En segundo lugar, Occidente y Europa en particular necesita encontrar una política de inmigración coherente y planificada a largo plazo, no basada en la última sensacionalidad política. Frente a las políticas irresponsables, sólo veladamente racistas y oportunistas de la derecha, la izquierda necesita y puede articular un discurso basado en la correcta gestión de los flujos migratorios que ponga en la balanza las ventajas e inconvenientes de cada política- lo que probablemente incluye valorar a los inmigrantes en función de las necesidad del mercado laboral.

En tercer lugar, necesitamos un sistema de protección social más moderno, que haga frente a los nuevos riesgos sociales. Las políticas familiares en Europa continental brillan por su ausencia. Sin embargo, cuanto más sabemos sobre la situación en la infancia y el éxito posterior más claro está que el status socioeconómico de tus padres es la madre de todas las externalidades y que este tipo de políticas son la clave para reducir la desigualdades y mejorar la cohesión social. El efecto sobre la sostenibilidad es tanto mayor en la medida en que no sólo aumentan el número de hijos por mujer sino que también fomentan la incorporación de la mujer al trabajo. La temática feminista, la de la sostenibilidad y la igualdad de oportunidades, reunidas en una misma política.

Que este tipo de programa tenga éxito depende en buena medida de la capacidad de los líderes para hacer pedagogía y modificar el discurso. Mi exasperación con la izquierda española actual proviene precisamente de esa falta de visión y de liderazgo para ser consciente del momento histórico en el que vivimos, de los retos a los que se enfrenta y la miopía inherente a ir a salto de mata electoral. El discurso actual de la izquierda en España basado en el género, la memoria histórica y la “sostenibilidad light” tiene el problema de ser un discurso vacío en la medida en que no aporta soluciones a problemas reales. Las soluciones a esos problemas en las que parece creer la izquierda tienen el problema de ser viejas- no solo antiguas. Ambos son la causa de que la izquierda lleve treinta años a la defensiva cuando se habla de cosas importantes.

La izquierda frente al muro

Martes, Noviembre 10th, 2009

Recuerdo cuando hace algo más de dos años pasado fui a visitar Gdansk que para los no iniciados es dónde empezó la revuelta del sindicato Solidaridad en Polonia que fue la punta de lanza de la insurrección dentro del bloque soviético. En los astilleros dónde empezó la revuelta, tenían una especie de museo hagiográfico que relataba la historia del movimiento Solidarsnoc con toda clase de artículos, fotos y demás de la época. A aquél viaje fui -entre otros- con una compañera de máster, francesa ella, de la paleoizquierda que hay en Francia- que me miraba como poco menos que un malvado capitalista comeniños por tener buena opinión del New Labour-  que, entre sus compras turísticas, había adquirido en un puesto de artículos comunistas en Varsovia una bonita insignia de la hoz y el martillo, probablemente auténtica y que lucía sólo por darles en las narices a los polacos, ellos tan conservadores.

El museo era interesante, no tanto como buen trabajo histórico, sino por ver material de primera mano de como ocurrieron las cosas. Sobre todo, permitía ver las contradicciones, en el sentido más marxista del término, en que había incurrido el régimen: era una régimen que se decía obrero pero que sufría una insurrección obrera. Por ejemplo, recuerdo la portada de Libération, el periódico francés fundado por Sartre (!) y cuyas editoriales hoy todavía alaban o son tibias con Chávez y  Castro alabando con letras enormes la insurrección de los obreros Polacos contra el régimen comunista. Pero mi recuerdo favorito de la visita fue cuando, junto con mi compañera francesa vi la lista de reivindicaciones de Solidaridad entre las que se encontraba “la reducción de la jornada laboral a 29 horas” (hablo de memoria, pero recuerdo que era una cifra que me pareció muy pequeña) algo que, habiendo leído algo sobre la productividad de la economía soviética, no pudo menos que hacer que se me escapara una sonrisa. Mi compañera me reprochó que me pareciera poco articulando todo un  discurso sobre la calidad de vida, bla bla bla,… tras lo cuál yo le señalé la insignia comunista que lucía en su solapa “¿y ésto?” “Esto es distinto”. “¿Ah sí? entonces los que proclamaron el Estado de excepción en los ochenta no tienen nada que ver con esto, no estaban en guerra?” “sí, esto es un ideal, por eso lo llevo”

He visto, creo que todos lo hemos visto, esta escena bajo diversas formas, pero la escena es siempre la misma. Primero, uno tiene la afirmación de una idea radical, después, una demonstración de que la idea radical lleva a consecuencias horrendas y por último alguna forma de arreglar el problema de la idea extrema formulándola bajo una forma etérea, distante, fundamentalmente ideal e irrealista blindada contra cualquier test de la realidad. En este último paso, hay muchas versiones; “es un ideal” “malinterpretaron la idea” “no les dejaron el tiempo suficiente”; en todos los casos, la acrobacia intelectual es irónicamente admirable.

El problema es especialmente agudo para la izquierda. Es dramático comprobar que, incluso 20 años después, hay quién todavía no ha digerido la caída del muro; gente que manifiesta equidistancia respecto entre el comunismo y la democracia liberal; gente que piensa en la caída de la URSS con la melancolía con la que se pensó en su día en la caída del imperio romano o la conquista de Constantinopla por los turcos. El problema es profundo y diagnostica las contradicciones profundas que existen en el paradigma estético de la izquierda; creer que se puede seguir hablando en clave anticapitalista- sea lo que sea eso que suelen llamar “capitalismo”-, como si realmente hubiera una alternativa, y al mismo tiempo ser demócrata; hablar como si la tercera vía- esto es, las políticas que los socialdemócratas llevamos practicando desde la posguerra- fueran una amarga concesión, algo con lo que tenemos que cargar. O dejar de lado cualquier aplicación práctica y declararse abiertamente anticapitalista pasando a una ritualización de la lucha, a la exaltación de lo sentimental, a la reutilización recursiva de las “luchas antifascistas” cayendo en alguna forma de nihilismo político. De forma simétrica, la derecha, conservadora, católica o liberal, ha capitalizado la caída del muro como una victoria de no se sabe muy bien qué -el capitalismo, el catolicismo, el anticomunismo, el fracaso de la ingeniería social- habiendo dejado a la izquierda, con la colaboración de esta última, a la defensiva durante los últimos veinte años.

Esto es tanto más triste porque da testimonio de como la izquierda, en su conjunto, ha olvidado su propia historia. La memoria soviética ha monopolizado la identidad izquierdista; el proyecto comunista es visto hoy como la forma más acabada de la idea izquierdista. Y sin embargo, esto no fue así históricamente. En Europa existió, desde cuando tiene sentido hablar de izquierdas y derechas, una izquierda no socialista, un socialismo no marxista y un marxismo no leninista. Las grandes conquistas sociales en Europa no fueron el fruto de proyectos maximalistas y pseudorrevolucionarios; el Estado del Bienestar, los derechos sociales y civiles no han sido obra ni hechos bajo la influencia del comunismo. El discurso de Léon Blum sobre la “vieille maison” en el Congreso de Tours y su rechazo de unirse a la organización antidemocrática y totalitaria de la Tercera Internacional quedaron borrados por la guerra fría.

Y las cosas siguen igual; algunos todavía hablan en serio cuando dicen -o callan- que añoran los desfiles de las tropas rusas en la plaza roja de Moscú; otros añoran esa época en la que existía una alternativa incierta pero distante, lo suficiente como para que la disonancia cognitiva permitiera limar los detalles molestos de las no tan populares democracias del Este y miran hoy a Cuba con una mezcla de complacencia y equidistancia intentando justificar lo injustificable. Y mientras tanto, estaremos perdiendo la oportunidad de arrebatarle a la derecha el monopolio de lo posible.

Igualdad material y democracia financiera I: Marx contra el mito del espíritu empresarial

Martes, Octubre 13th, 2009

En su fantástica “Introducción a Karl Marx”, Elster explica que la principal razón por la que Marx era hostíl al capitalismo no era que lo viera como una retroceso. Al contrario, el modo de producción capitalista era un sistema que permitía que una parte muy importante de la población se autorrealizara y participara en la prosperidad colectiva, al menos en comparación con el pasado. El principal handicap era, sin embargo, que mantenía a una parte  importante- lo que no tenian acceso a los medios de producción- excluida de esa autorrealización; “alienada”. Eso era algo indeseable en sí mismo, pero además era algo que reducía la creatividad de la sociedad en su conjunto al limitar esa acción creativa a una minoría.

A este punto de vista se opone la forma en que los economistas liberales (liberal en este sentido concreto) interpretan el funcionamiento de la economía y la teoría económica. Así, los economistas burgueses pro-business creen que las ideas de Marx sobre la teoría del valor son suficientes para “descartar a Marx del panteón de los grandes economistas” . Hay dos proposiciones que, creo, se le pueden adjudicar a esta perspectiva sin riesgo de caricaturizar. 1) Su interpretación del segundo teorema del bienestar implica que, desde el punto de vista de la eficiencia económica, la distribución de la renta importa poco o nada porque los recursos siempre van a parar a quién puede sacar un mayor provecho de ellos, aunque los rendimientos se distribuyan de forma desigual. 2) Las desigualdades sociales son el resultado de las habilidades de cada cuál, o de la voluntad de tomar riesgos o del espíritu emprendedor, y en una medida muy pequeña de la situación de partida. En la práctica, sin embargo esto no es así y existen razones profundas en la teoría económica para ello.

Discriminación en el mercado de crédito

La razón más importante para ello es que una hipótesis hundida del modelo es la existencia de mercados de crédito perfectos. Cuando esto es así, existe una poderosa fuerza igualadora: los recursos de una economía van a parar a quién pueda sacar un mayor provecho de ellos. Cualquier con ideas, la voluntad de tomar riesgos y con espíritu empresarial necesario puede tomar prestado, con independencia de su origen social o su riqueza inicial, y salir adelante. Además, la economía en su conjunto hace el mejor uso posible de esa actitud, riesgo, espíritu, etc,…  A ésto, lso economistas lo llamamos “la ley del precio único”

En la realidad, sin embargo, el acceso a los mercados de crédito no es igualitario, a diferencia de, digamos los mercados de productos dónde, aún teniendo distintas rentas, todo el mundo se enfrenta a los mismos precios. NO hace falta ser un genio para entender que el Banco Santander o Bill Gates pueden obtener préstamos con más facilidad y más baratos que un fontanero que trabaje como autónomo y que ello no se debe sólo a que lo que quieren financiar los dos primeros sea más rentable.

La razón para ello es que existen problemas de lo que los economistas llamamos “contratos incompletos”. Un contrato es incompleto cuando no existe posibilidad de incluir en él algún aspecto o asegurar su ejecución y esto ocurre, especialmente, cuando el prestamista no tiene acceso a toda la información relevante sobre el proyecto que se intenta financiar y existe un riesgo de insolvencia. Si yo tengo una fantástica idea, tremendamente rentable, para fabricar miniaturas de warhammer pero el tipo del banco no tiene ni idea qué es exactamente warhammer, le será muy difícil evaluar el riesgo de mi proyecto. Típicamente, me pondrán un tipo de interés relativamente alto y en esa situación, es posible que yo piense que es mejor tomar acciones muy arriesgadas y si me sale mal, declararme insolvente “cara gano yo, cruz pierde el banco”. Llamamos a estos dos problemas “selección adversa” y “riesgo moral” y ambos surgen cada vez que algo debe financiarse con dinero ajeno: son un “problema de agencia“. No surgen, en cambio, cuando yo me financio con mi dinero: en ese caso, yo asumo los riesgos que tomo (no hay riesgo moral) y yo sé lo que estoy financiando (no hay selección adversa).

En la práctica financiera, existen dos mecanismos para aliviar estos los problemas de agencia. Primero, el banco normalmente me exigirá que yo ponga parte del dinero (cofinanciación). Si yo estoy arriesgando mi fortuna también, entonces no querré llevar a cabo proyectos demasiado arriesgados. En segundo lugar, el banco se asegurará que puede ejecutar su deuda sobre mi patrimonio y eso requerirá que yo tenga algo de patrimonio- por ejemplo, una casa. En jerga financiera se dice que deberé dar “colaterales”.

Igualdad, eficiencia y espíritu empresarial

Una vez que uno ha tomado en cuenta el efecto de los contratos incompletos, las dos conclusiones liberales simplemente se hunden y el mundo empieza a parecer francamente más marxista. El punto común es que la capacidad para endeudarse -y por tanto el acceso al capital- depende mucho más de lo que tenga cada uno inicialmente- de la renta. En resumen: en ausencia de un mínimo de igualdad en la repartición de la riqueza, la ley del precio único no juega en el mercado de crédito.

La primera consecuencia es que el éxito en una economía y el acceso al capital, no depende sólo de las habilidades, del talento, de la voluntad para tomar riesgos o del espíritu empresarial como en el sueño húmedo americano. Al contrario, depende de la renta de cada uno. Típicamente, la gente con más dinero podrá financiar proyectos de menor calidad, de forma más barata y más grandes que la gente con menos dinero- pensad en un PYME y en Endesa. Por otro lado habrá una cantidad considerable de gente que por carecer del dinero suficiente esté excluida de los mercados de crédito y por tanto del sistema capitalista en su conjunto. En palabras de Adam Smith “El dinero, dice el proverbo, hace al dinero. Cuando uno tiene un poco, es a menudo fácil conseguir más. Lo difícil es conseguir ese poco”. Dejo al lector sacar las conclusiones que desee de este hecho, pero se parece tremendamente a un sistema de reproducción del capital que, sin las condiciones de partida adecuadas, excluye masivamente a los que menos tienen.

Un segundo hecho es la relación entre eficiencia e igualdad. La predicción del modelo de restricción de crédito es que una sociedad más igualitaria, típicamente, será más eficiente. Esto es así porque habrá más individuos capaces de acceder al crédito al tener más activos que sirvan de colateral y poder cofinanciar más proyectos. En definitiva, permite que un mayor número de individuos participen en el sistema capitalista.

Revisitando la competencia imperfecta y la explotación (I): el caso del salario mínimo

Jueves, Agosto 20th, 2009

Durante la discusión de los dos posts anteriores sobre las imperfecciones en el mercado laboral y el de productos, el debate ha terminado degenerando en una especie de competición dónde unos nombrábamos fricciones posibles y otros sin negar su existencia minimizaban su importancia confiando en la fuerza de la competencia a la hora de limitar las rentas. El problema, por lo visto, es fundamentalmente empírico. ¿Con cuál de los dos modelos encaja mejor el mundo real, con el competitivo o con el monopolístico?

Un caso interesante para chequear cada hipótesis es el salario mínimo en el mercado laboral. ¿Cómo afecta el salario mínimo al equilibrio del mercado laboral? En la medida en que cada modelo genera predicciones distintas, se puede chequear empíricamente su validez viendo cuales de las predicciones se adaptan mejor a la realidad. Recordamos por tanto las predicciones de cada modelo (i) y después vemos la evidencia empírica (ii)

(i)Teoría: El análisis económico del salario mínimo

En un modelo competitivo, las empresas igualan el salario a la productividad marginal multiplicada por el precio. Es decir, las empresas aumentan el número de trabajadores hasta que el último trabajador produce exactamente lo que hay que pagarle. Los trabajadores, por su parte, plantean sus demandas eligiendo entre dos bienes, el ocio y el consumo. En equilibrio, el salario que se paga refleja exactamente el valor del ocio para el trabajador y los trabajadores que no están empleados son sólo los que no aceptan trabajar recibiendo lo mismo que producen. Si el salario estuviera por debajo, otra empresa pujará por el trabajador haciéndolo subir, si el salario está por encima todos los trabajadores serán atraídos por esta empresa. Decimos que el paro es “voluntario”. El efecto del salario mínimo en este sentido introduce una brecha entre trabajadores dispuestos a trabajar por ese salario y empresas dispuestas a contratarlos generando “paro involuntario”. La predicción es por tanto que la introducción de un salario mínimo reducirá considerablemente el empleo, especialmente de los trabajadores menos cualificados que son los que tienen menos productividad y deberían ser pagados por debajo de ese salario.

Esta idea cambió sustancialmente cuando en 1946 Georges Stigler (economista de Chicago-liberal- y posterior premio Nobel) escribió un artículo fundador admitiendo la posibilidad teórica de que un aumento del salario mínimo aumentara el número de contrataciones si “el empleador dispusiera de un grado de control significativo sobre el salario que paga”. Es decir, si el empleador tiene poder de monopsonio. Cuando existe poder de monopsonio, vimos, el resultado de equilibrio es que el salario está por debajo de la productividad marginal y el empleo es menor que en competencia perfecta. Esto es así porque contratar un trabajador adicional tiene dos costes: el coste del salario que hay que pagar al trabajador adicional y el coste en que se incurre al hacer subir el salario de mercado que debe ser pagado a todos los trabajadores.

¿Cuál es el efecto del salario mínimo en un mercado monopsonístico? Si el Estado fija el salario un poco encima del salario elegido por el empresario, entonces éste ve su margen reducido. Sin embargo, como había una brecha entre la productividad y el salario qeu pagaba, este margen sigue siendo positivo siempre que el aumento sea pequeño de modo que el empleo no disminuye. Al mismo tiempo, al aumentar el salario habrá trabajadores que buscarán empleo más intensamente, que se incorporarán al mercado de trabajo o que que aceptarán trabajos que antes no aceptaban. El efecto del salario mínimo es por tanto el de aumentar el empleo total y el salario de los trabajadores que están al principio de la distribución de salarios a costa de las rentas empresariales.

Este efecto no es sin embargo el único. Al igual que en el modelo competitivo, al aumentar el salario mínimo, habrá trabajadores poco productivos que serán excluidos del mercado de trabajo y eso reducirá el empleo. Sin embargo, en la medida en que el primer efecto domine -es decir, para salarios mínimos relativamente bajos- el efecto neto será aumentar el empleo y el salario de los menos cualificados. La relación entre salario mínimo y empleo es por tanto en forma de U invertida; para niveles bajos un aumento del SMI aumenta el empleo, para niveles intermedios tiene un efecto relativamente neutro y para niveles altos el empleo cae.

(ii) Evidencia empírica

¿Cuál de los dos modelos es una mejor representación de la realidad? Es decir, ¿aumenta realmente el salario mínimo el desempleo y significa eso qeu los mercados de trabajo son muy competitivos como o por el contrario el poder de monopsonio es sustancial y el salario mínimo tiene un efecto pequeño o nulo? Para un análisis detallado os remito a la serie que escribió Jose sobre el tema (i, ii), aquí quiero explicar el experimento “natural” que hicieron Alan Krueger y David Card sobre el asunto que les llevó a escribir después un libro. (artículo original, gratis, aquí)

En 1992 el Estado de New Jersey aumentó de forma relativamente súbita el salario mínimo en un 19% (es decir, bastante). Por el contrario, la situación en el Estado vecino de Pennsylvania no varió. Card y Krueger pensaron entonces aprovechar esta situación natural de estática comparativa para chequear los resultados de los modelos que hemos visto. Para verlo, se fijaron en la industria de la comida rápida situada en ambos estados. ¿Por qué la comida rápida? Bueno, la comida rápida emplea el tipo de mano de obra que suele estar empleada al salario mínimo y la rentabilidad de los restaurantes depende directamente del nivel del SMI. El razonamiento al que se adhieren los economistas como Kantor es que en esta situación, la rentabilidad bajará y, al estar empleada la mano de obra al nivel competitivo, muchas empresas cerrarían y el empleo en el sector bajaría. Por el contrario, en Pennsylvania dónde el salario mínimo no había cambiado, la evolución debería haber sido sustancialmente distinta, no sólo por no haber sufrido la subido, sino también porque habría una migración de trabajadores desempleados.

Krueger y Card llevaron a cabo varias encuestas a lo largo del año 1992 para ver cuál había sido la evolución en la industria del fast food. El resultado fue hasta cierto punto sorprendente: el efecto del aumento sustancial del SMI no sólo no habría sido negativo, sino que habría incluso débilmente positivo.

El artículo produjo un debate considerable en EUA, desde gente que cuestionaba la calidad de los datos, el modo de obtención de los mismos o el método de comparar dos poblaciones con shocks exógenos distintos (copiado de la medicina). Sin embargo, a lo largo de las respuestas que desarrollaron Krueger y Card tendieron a reafirmar la conclusión inicial. Por ejemplo, evaluaron el impacto sobre los jóvenes de entre 16 y 24 años (de nuevo una población posiblemente sujeta al SMI) y descubrieron que en relación con el resto de EUA, el empleo habría aumentado en New Jersey entre esta población.

¿Cuál es la conclusión? El experimento de Krueger y Card pone en evidencia que la estructura de los mercados laborales es, al menos para la mano de obra poco cualificada- la afectada por el salario mínimo- sustancialmente monopsonística; es decir, los empresarios explotan a los trabajadores y los remuneran por debajo de su productividad marginal. De otra forma, la predicción de caída del empleo se habría cumplido.

Por otro lado, personalmente, soy poco entusiasta -bastante menos qeu los sindicatos en cualquier caso- respecto de los aumentos del SMI. Como explicaba antes, el aumento del SMI tiene dos efectos: excluir trabajadores poco productivos del mercado de trabajo e incitar a trabajadores que demandan salarios más altos a incorporarse. Excluir a la gente menos productiva (los pobres y los inmigrantes) es algo razonablemente regresivo e ineficiente que me causa alergia como socialdemócrata y como economista. El SMI debería ser distinto entre sectores- en función de la productividad- para ser “óptimo”, algo muy dificil de hacer, máxime cuando  los aumentos se hacen por razones electorales y no con la teoría económica en la mano, lo que tiende a subirlo por encima de lo razonable. En Francia, por ejemplo, es probable que el SMI destruya empleo- como contraste a EUA. Si de lo que se trata es de redistribuir, prefiero un impuesto negativo sobre la renta- o una bajada de las cotizaciones a la SS financiada con un impuesto más progresivo- que un aumento del SMI.

Competencia imperfecta, explotación capitalista y economía Ortodoxa (II)

Martes, Agosto 18th, 2009

Vimos en el post anterior que cuando en lugar de suponer mercados competitivos, suponemos mercados con una estructura monopsonística/monopolística, los resultados varían considerablemente y el trabajo es doblemente explotado por el capital. No obstante, lo anterior son sólo modelos. ¿Qué hay de la realidad?

Los modelos y el mundo real

Ninguno de los dos mundos extremos -competencia perfecta o monopolio/sonio- son buenas representaciones de la realidad. Cuando Joan Robinson formuló su idea, pensaba que el mundo debería encontrar en algún lugar entre los dos extremos. En ese caso no hablamos de monopolio o de monopsonio, sino de poder de monopsonio o de monopolio lo que refleja la posibilidad para una empresa de subir/bajar sus precios/salarios por encima/debajo del nivel competitivo de forma beneficiosa, o de forma más general de “poder de mercado”.

En el caso del poder de monopolio es algo bastante común. Intuitivamente, yo diría que la existencia de una industria dedicada a la publicidad y al marketing es una prueba suficiente de que esto es así. Intuitivamente, con la excepción de dos conocidas de kantor y mías, los consumidores no buscan el producto más barato comparando walrasianamente cada bien porque hay costes de información; cuando yo quiero comprar un disco voy a la FNAC, no hago un estudio de mercado previo. Los productos no son perfectamente sustitutivos entre sí. Eso hace que tengamos un montón de pequeños monopolios. Los consumidores suelen estar relativamente mal informados sobe un producto -si es más caro, tal vez es porque es mejor-, desarrollan hábitos de consumo, etc,… La dispersión de precios para productos parecidos es algo muy común (dos bienes idénticos deberían tener el mismo precio en competencia). A menudo, las empresas coluden, lo que significa que pueden actuar como si fueran un monopolio aumentando los precios y repartiéndose las ganancias. En general, todos los modelos de competencia imperfecta que tenemos con la excepción de la llamada “paradoja de Bertrand” predicen que existirá cierto poder de mercado.

El caso del poder de monopsonio es más sutíl, está menos asentado y a menudo pasa desapercibido. Alan Manning tiene un libro escrito sobre el tema -egócrata lo reseñaba aquí. Intuitivamente, de nuevo, entendemos que un trabajador no está en la misma posición a la hora de negociar su salario que un empresario; la competencia entre los empresarios no está ahí. Cuando el capital es relativamente escaso respecto del trabajo tenemos un problema. Teóricamente, se puede racionalizar por la existencia porque buscar trabajo es costoso y existen fricciones. Un trabajador no conoce todos las ofertas de trabajo que hay en el mercado; el inicio de una nueva relación contractual tendrá “costes fijos” en términos de aprendizaje, legales, etc,…; dejar su trabajo y ponerse a buscar otro implica una cantidad considerable de incertidumbre y si el trabajador es averso al riesgo preferirá no hacerlo; en otras palabras está hasta cierto punto “atrapado” en su trabajo actual y el empresario puede explotar ese poder. Empíricamente, Manning muestra en su libro que la evidencia empírica es poco menos que abrumadora.

A nivel teórico, Stiglitz ha subrayado la idea de que existe una contradicción profunda entre la idea de “completitud” de los mercados y la “competitividad”. El marco Arrow Debreu asume que los mercados son completos, es decir, hay un mercado para cada uno de los bienes, perfectamente especificado por sus circunstancia, su momento, etc… Por ejemplo, un mismo Disco en la FNAC sería un bien distinto de un disco en el Corte Inglés- el servicio de los empleados en la FNAC sería distinto, estaría más lejos de casa, las colas son más largas etc… de forma que podría preferir el disco del Corte INglés al de la FNAC y por tanto dispuesto a pagar más. No obstante, cuando los bienes están tan especificados, el supuesto de competitividad de los mercados- que asume un gran número de vendedores es insostenible- cada bien es distinto y es como si existieran muchos monopolios para bienes ligeramente distintos.

Competencia imperfecta y política económica

Kantor replicará tal vez que el hecho de que el mundo no funcione como el mercado Arrow Debreu no quita para que éste pueda ser una buena estilización y debamos intentar al menos aproximarnos lo máximo posible a una situación eficiente a la pareto. Ya que no tenemos mercado de trabajo competitivos, por ejemplo, al menos no empeorarlos con sindicatos o regulación del salario mínimo. No obstante uno de los desarrollos más importantes de la economía del bienestar, la teoría del second best, nos dice que cuando la situación eficiente no es alcanzable, entonces tal vez sea mejor dejar de acercarnos lo más posible a la solución eficiente para buscar un “second best”.

En el caso del poder de monopolio todo esto hace que no sea suficiente con distribuir derechos de propiedad y no intervenir; es necesario que tengamos políticas de defensa de la competencia, porque sino, la tendencia natural de ésta en muchos mercados es a desaparecer; necesitamos controlar las fusiones y adquisiciones para evitar que haya concentraciones excesivas (monopolios). Necesitamos regulaciones que obliguen a dar información y a mantener estándares de calidad para los consumidores. Y necesitamos, Kantor tiene razón, liberalizar sectores para que no haya trabas legales a la competencia; no obstante, las trabas a la competencia no son sólo ni siquiera mayoritariamente legales. A diferencia de la actitud de kantor, tiendo a pensar- caricaturizo- que cuando dos empresas tienen el mismo precio es porque coluden, cuando tienen precios distintos porque una tiene poder de mercado y cuando el precio es muy bajo porque están haciendo prácticas anticompetitivas- es decir, no me fío un pelo de los empresarios.

Del marco del monopsonio en el mercado de trabajo surgen varias cosas que a los economistas pro business -el eufemismo contemporáneo para decir “burgués”- les parecen molestas. Por ejemplo, en un marco monopsonístico, la regulación de un salario mínimo puede aumentar el empleo- siempre que no sea muy alto. Asimismo, que existan sindicatos que contrarresten el poder de negociación de los empresarios no es necesariamente rent seeking sino que puede aumentar los salarios, el empleo y la eficiencia. Algo similar ocurre con la regulación del tiempo de trabajo y con muchas políticas del mercado laboral que parecen atentar contra la competencia pero, en realidad, o bien la estimulan o bien suplen su falta.

Cuando Kantor denuncia en su post que “la renta ricardiana de la tierra y la rentas de los monopolios naturales son dos pequeñas gotas de agua en el gran océano de las rentas de privilegio creadas por la actividad del Estado” dice algo relativamente evidente: los monopolios son creados por el Estado en la medida en que es gracias a él al que existe la propiedad y los intercambios libres. Ahora bien, una vez establecidos los derechos de propiedad, lo “natural” es que los mercados tiendan a ser de competencia imperfecta y a tener fallos de mercado a mansalva y la mayor parte de esos fallos crea rentas para los capitalistas- algo que kantor no parece contemplar.

Joan Robinson decía para referirse a la posición de kantor y de los economistas neoclásicos reaccionarios en general que “Es posible defender nuestro sistema económica basándose en que, parcheado con correctivos keynesianos, es el “mejor a la vista”. O, en cualquier caso, no demasiado malo y que el cambio es doloroso. Vamos, que es el mejor sistema que hemos tenido. O, es posible, adoptar la línea de Schumpeter inspirada por Marx.- El sistema es cruel, injusto, turbulento, pero provee los bienes y , maldita sea, son los bienes que queremos. O bien, concediendo sus defectos defenderlo sobre bases políticas- que la democracia como la conocemos no podría haber aparecido con otro sistema ni sobrevivido sin él. Lo que no es posible, sin embargo, es defenderlo al estilo liberal, como un delicado mecanismo autorregulado que sólo debe ser dejado para que actúe y produzca la mejor satisfacción de todos.”

Conclusiones: Marx y nosotros

El artículo de Kantor sobre Marx era bastante crítico con el autor en la medida en que la teoría laboral del valor fue un desastre desde su punto de vista. Sin embargo, os ofrezco una versión alternativa del problema contextualizando históricamente. Durante el siglo XIX los economistas clásicos habían, típicamente, justificado el capital como una de las principales fuentes del progreso. Los mercados libres llevarían a una situación óptima para todos.

De forma intuitiva, Marx probablemente era escéptico respecto del optimismo liberal. La miseria creciente del proletariado, el enriquecimiento súbito de los capitalistas parecía ser un hecho. Había poco espacio para hablar de la competencia como mecanismo disciplinador; el tamaño de las empresas era grande y los principales sufridores eran los trabajadores que recibían salarios de subsistencia. El Estado, lejos de atenuar esta situación, ayudaba a empeorarla. Para contradecir la idea de la economía clásica, Marx usó los instrumentos hasta entonces vigentes: la filosofía hegeliana y la teoría laboral del valor.

Marx tuvo la mala fortuna de que justo en el año de la publicación del Capital, ocurrió la “Revolución marginalista” que terminó con el grueso de la economía clásica y con la teoría del labor trabajo en particular. No obstante, la formación de Marx ya estaba basada en la teoría clásica. Eso hizo que el marxismo se convirtiera en una corriente marginal.

Sin embargo, creo haber mostrado con este post que lo esencial de la idea de Marx es correcto. No sólo es correcto; está lejos de ser algo heterodoxo; el monopsonio, monopolio y la teoría del second best aparecen en cualquier libro de microeconomía; no hay ningún libro de economía laboral que no hable del poder de monopsonio; la teoría de la organización industrial está basada en la idea de poder de mercado; el modelo Layard y Nickell de la Nueva Economía Keynesiana reposa sobre los supuestos de competencia imperfecta para explicar la inflación y el paro. Es decir, todas estas ideas son fundamentalmente ortodoxas.

Esto es por tanto una prueba más a la que nos enfrentamos los economistas ortodoxos de tendencia socialdemócratas. Por un lado, la imagen pública de en qué consiste ser economista ha sido capturada por los economistas liberales que han difundido que todo se arregla privatizando y reduciendo la acción del Estado; al otro, tenemos a miembros de la izquierda reaccionaria que contestan no sólo los resultados, sino la totalidad del método cayendo en una especie de nihilismo metodológico. De los primeros nos hemos ganado el desprecio; de los segundos la acusación de pertenecer al primer grupo.

Por último, quiero subrayar que existe la contradicción que existe en la idea de la paleoizquierda cuando al oponerse a la liberalización de sectores -que tienen por objeto reducir las rentas- y defender con la otra mano la regulación laboral. Ambas ideas son contradictorias si la legislación laboral se defiende basándose en la idea de monopsonio.

Competencia Imperfecta, explotación capitalista y economía ortodoxa (I): Dos resultados opuestos

Lunes, Agosto 17th, 2009

La crítica marxista de la explotación capitalista, se puede reconstruir en lenguaje moderno como la síntesis de dos ideas, una moral y otra económica. La tésis económica propugna que en una economía capitalista, una situación dónde uno minoría se limitan a obtener beneficios por el hecho de detener los medios de producción es ineficiente, mientras que la tésis moral considera que además de ser ineficiente, es injusta. Ambas tesis desembocan en una prescripción política: la eutanasia obligatoria para los rentistas- rentista= aquél que recibe algo sin haber trabajado.

Aunque la tésis moral no me parece totalmente sostenible* la intuición que estaba detrás de la tésis económica era esencialmente correcta y es uno de los principios más fértiles de la economía (ortodoxa) contemporánea. La idea de que un mercado capitalista puro -con un estado que se limite a garantizar el orden público y asegurar que los contratos se cumplan- lleva a una situación ineficiente es algo bien anclado en la teoría económica moderna. Pero vamos a empezar por el principio.

Atención chicos: esto es “droga dura”, aunque he intentado simplficar bastante las ideas, el post me ha salido muy largo así que he decidido cortarlo en dos; publico la otra parte mañana y creo que hay cosas que no terminan de entenderse si no las habéis visto antes. Aun así, respondo en los comentarios.

Competencia perfecta y el mundo Arrow Debreu

Uno de los grandes avances de la teoría económica es el marco Arrow Debreu y especialmente los dos teoremas del bienestar. Lo que, de forma resumida, nos dice el marco Arrow Debreu es que cuando los mercados tienen una determinada estructura -son completos y de competencia perfecta- son eficientes (primer teorema del bienestar). ¿Qué significa eficiente? Significa que los recursos se aprovechan al máximo y se produce todo lo que se puede producir con unos recursos dados y la producción va a parar a los que están dispuestos/pueden a pagar más por ello.

Una de las predicciones del marco Arrow Debreu es que los factores de producción - trabajo y capital- son remunerados de acuerdo con su productividad marginal. Para el caso del trabajo, la idea es que cada trabajador produce un poco más y dado que los empresarios compiten para atraer trabajadores, tendrán que pagarle lo máximo que puedan- es decir, todo lo que produce. Como el valor de la producción es el precio del bien. Por tanto en equilibrio tiene que cumplirse que Productividad marginal del trabajoxPrecio=salario . Es decir, el salario es igual a lo que valen todas las unidades que produce el trabajador adicional. Otro tanto ocurre para el capital Productividad marginal del capitalxprecio= tipo de interés.

Por otro lado, la competencia en el mercado de bienes hace que todas las empresas tengan que producir al nivel de sus costes (es decir, de la remuneración de los factores) de forma que se cumple que Coste Marginal=Precio. En este marco no hay beneficios propiamente dichos, sólo hay remuneración de factores. Como estos bienes se venden en mercado dónde compran los que han recibido la renta de los factores de producción, tenemos una situación estrictamente eficiente.

Kantor tiene razón al considerar que esta teoría es estrictamente mejor que la teoría del valor según la cuál el capital no producía estrictamente nada y habría una explotación en cualquier clase de remuneración del capital y especialmente en que el “problema de la transformación” sigue siendo hoy un enigma. Pero, como veremos, las cosas cambian cuando cambiamos un poco los supuestos.

Monopolio y monopsonio

Aunque el modelo Arrow Debreu es muy útil para mostrar muchas cosas porque muchos resultados son robustos y el modelo es un simplificación matemáticamente muy manejable. Pero ésto sólo se mantiene si uno tiene claras las hipótesis hundidas del modelo. Una de ellas es que las empresas son precio aceptantes, tanto en el mercado de bienes como en el factores porque hay un mecanismo, la competencia, que las disciplina. Si una empresa redujera sus salarios, el modelo asume, todos sus trabajadores se irán a la competencia a trabajar. Si una empresa aumenta sus precios, todos los consumidores pasarían a comprar en la competencia. Es decir, la empresa no puede influir en el precio al que vende ni en el salario que paga; ambos están determinados por el mercado los economistas decimos que no tienen poder de mercado.

¿Qué ocurriría si hubiera una sóla empresa? Hablamos entonces de un monopolio (cuando la empresa es la única que vende un bien) o de un monopsonio (cuando es la única que los demanda). En esta situación se puede mostrar que la condición anterior (Pmg x Precio = precio del factor) no se cumple. ¿Por qué? Vamos a verlo.

En el caso de un monopolio. El efecto que tiene producir una unidad más para una empresa sobre sus ingresos es doble; por un lado vende más y por tanto sus ingresos aumentan; pero por otro, en una situación dónde no hay competencia también hace bajar el precio de todas las unidades que vende. Esos dos efectos son el ingreso marginal. En esta situación, es posible que una empresa pueda ganar produciendo menos; no sólo se ahorraría costes de producción, además todas las unidades que vende serían más caras. El resultado estilizado es que en situación de monopolio tenemos precios más altos y menos producción.

En el caso de un monoposonio ocurre algo similar. En un mercado competitivo, contratar un trabajador más afecta a los costes de dos formas (el coste marginal de un trabajador);  Por un lado, debe pagar el salario, más alto, a ese trabajador. Pero por otro, ese aumento de los salario afecta a todos los trabajadores que contrata. En esta situación, la empresa preferirá contratar menos trabajadores, aunque produzca menos-y venda menos- a cambio de mantener los salarios bajos. El resultado es por tanto, salarios más bajos y menos empleo.

Una vez que hemos hecho estos apuntes, podemos ver dónde surge la explotación. Joan Robinson decía que en una economía capitalista, el trabajador está doblemente explotado. Está explotado monopolísticamente porque el empleador decir producir menos y por tanto contratar menos trabajadores para mantener los precios de los productos altos y explotado monopsonísticamente porque el empresario querrá mantener la demanda de trabajo baja para mantener los salarios bajos. Está explotado porque el salario no está al nivel de su productividad marginal; está por debajo. Lo que surge de esa diferencia son RENTAS que son detenidas por los capitalistas y yo suscribo, junto con Marx, Joan Robinson y Kantor que deben ser eliminadas.

Vemos por tanto que según adoptemos unos supuestos u otros, los resultados son radicalmente distintos. La pregunta es ¿cuál de los dos resultados es más realista? Lo vemos en el próximo post.

*Me parece incompleta porque considera sólo las injusticias que ocurren en el mercado de trabajo. Es una teoría que lleva a considerar a las mujeres en los países dónde se les prohíbe trabajar o los disminuidos psíquicos asistidos como explotadores.

Pensando en Marx hoy.

Lunes, Julio 13th, 2009

Una de las actividades en las que gasté mi tiempo el verano pasado fue en leer a los marxistas analíticos. Después de haber leído a Przeworski y descubierto a Jon Elster y seguir tirando del hilo, pasando por profesor Wikipedia, termine pidiendo en mi librería “An introduction to Karl Marx” de Elster. La idea del libro, según Elster, es presentar de forma crítica las teorías de Marx sobre una pluralidad de cosas. John Roemer explica así la tarea en la introducción de su Reader, de por qué cree qeu es necesario reexaminar la teoría marxista (traducción mía):

Pienso que dos fenómenos de nuestra era son responsables: el fracaso cierto del socialismo real y el fracaso dudoso del capitalismo.- Estos dos eventos son incuestionablemente los retos del marxismo tal como fue heredado del siglo XIX.  La primera reacción es atrincherarse en una defensa talmúdica de La Palabra y encontrar una interpretación del texto que se conforme con la historia tal como ocurrió. Otra, es negar lo que parecen ser los hechos históricos. La tercera reacción posible es negar el marxismo como fundamentalmente falso. La cuarta respuesta es reconocer que el Marxismo es ciencia social del siglo XIX. Como tal, es lógico que sea primitiva según los estándares modernos, falso en muchos detalles e incluso en varios aspectos básicos. Sin embargo, su poder explicando ciertos periodos históricos parece tan fuerte que uno siente que debe haber un núcleo básicamente válido que debe ser clarificado. Uno no se deshace de una buena herramienta porque falla en algunas aplicaciones.

Przeworski por su parte define la tarea del grupo así

The group was dedicated to subjecting Marxism to the scrutiny of the methods of contemporary social science. The idea was to take Marxism and see how much and what part of it holds up when you apply to it the same standards of inference and evidence applied to any other theory. Althusserian Marxism had this nice trick of having its own methodology, its own internal way of evaluating the validity of its theory. We broke with this approach and said, “No, you have to evaluate Marxism the same way as any other theory. It’s either coherent or
incoherent, true or false.”

Chris Dillow, que es seguidor de esta corriente presenta un conjunto de hechos dónde las ideas marxistas y los puntos de vista aceptados por el Mainstream hoy convergen como prueba de la actualidad de la teoría marxista. El papel de la tecnología (el modo de producción) como principal determinante de la situación de una sociedad -y de las preferencias de sus individuos es algo que hoy está bien establecido en historia económica; el papel fundamental de las condiciones económicas en los hábitos de consumo o cierta convergencia entre la idea de la “falsa conciencia” y la economía conductual son casos de esta convergencia.

Aunque apasionante e iluminadora debo confesar que la lectura del libro de Elster me produjo una profunda decepción confirmando una de mis peores sospechas: aunque me gustaría mucho, no creo que pueda colgarme la etiqueta de marxista. Aunque mis prejuicios encajan bastante -salvo por el pesimismo- con la cosmovisión marxista, la mayoría de las ideas de Marx realmente interesantes están hoy integradas en el mainstream de las ciencias sociales y son relativamente triviales. Las que no- como la teoría del valor trabajo o de la tasa decreciente de ganancia- simplemente eran falsas. En algún sentido, convertir en trivial una teoría científica es mucho peor que demostrar que es falsa.

Marx era probablemente un genio porque cuando él las formuló no lo eran en absoluto; los ejemplos que he puesto más arriba ponen de relieve que esto es así y que de hecho se adelantó a muchos desarrollos que hoy consideramos básicamente válidos. Él metió el dedo en el ojo a la complaciente, optimista y todavía mítica sociedad victoriana poniendo de manifiesto muchas de sus contradicciones.  Sin embargo, hoy muchos de sus puntos de vista, si uno los interpreta dando prioridad a lo que sabemos de la ciencia moderna, no son suficientemente originales como para ser un sistema aparte. La teoría de la justicia de Marx (basada en la explotación) por ejemplo, me parece poco ambiciosa si uno la compara con la de Rawls o Dworkin. La idea de ver el mundo en términos de lucha de clases no es en absoluto original cuando uno piensa en el complejo que es hoy la economía política y como se modelizan los grupos de presión con instrumentos de teoría de juegos. La teoría de la historia está básicamente superada por los mecanismos evolucionistas que conocemos. La teoría de la alienación es algo relativamente trivial en psicología del trabajo. Przeworski lo explica mejor que yo: But I eventually left because I thought we had accomplished our intellectual program. We ultimately found that not much of Marxism is left and there really wasn’t much more to learn. So I left the Analytical Marxism group mainly for intellectual reasons.

¿Qué queda entonces? Bueno, hoy día el marxismo académico ha sido dejado mayoritariamente en manos de sociólogos postestructuralistas, de antropólogos que abusan de la hermeneútica y de filósofos que se quedan con la parte hegeliana de Marx y no de científicos. El marxismo folk por su parte es más una especie de narrativa cosmética de sustancia ambigua que encanta los mecanismos de coordinación de la izquierda- una especie de código legal con base en el cuál se reparten carnets de izquierdista. Mi punto de vista es que Marx sigue siendo útil, como lo es leer a Tocqueville, a Hume, a Adam Smith o a Rousseau; como una fuente de inspiración para resolver problemas actuales y como uno de los pensadores más influyentes de la Historia.

Post dedicado a Rubén, que me preguntaba el otro día mi opinión sobre el marxismo analítico.

Alberto Garzón, sus buenos modales y su ataque contra los molinos de viento

Viernes, Julio 3rd, 2009

Quería reseñar que Alberto Garzón ha tenido la (rara y elogiable) amabilidad de disculparse por el tono del cruce de posts que tuvimos sobre el mercado laboral.

Por supuesto, yo sigo llevando razón y él no(:P) y podéis comprobarlo con el último post que ha publicado dónde básicamente se dedica a repetir un conjunto de lugares comunes, vaguedades, hombre de paja, molinos de viento y tópicos que no termina de justificar para concluir alegremente que los economistas ortodoxos engañamos a la gente. Siguiendo esto de copiar comentarios que he puesto en otros blogs, os copio un largo comentario que le he dejado:

Alberto, casi todos tus posts deforman las posiciones que criticas. Al menos deberías “citar” algo que justifique lo que estás criticando máxime cuando tienes un amigo que es un economista ortodoxo que tiene unos cuentos posts que puedes fiskear alegremente.

“EO se caracteriza por definir a la economía como “la ciencia que estudia la asignación eficiente de recursos escasos”.”

Eso es un hombre de paja. Los economistas ortodoxos estudiamos los mecanismos de asignación de recursos y cuáles son sus consecuencias (eso es la “economía positiva” y el objetivo no está definido). A continuación, solemos usar criterios para evaluar distintos estados de cosas (eso es economía normativa). Pero uno puede combinar distintos criterios normativos según su punto de vista ideológico, con las mismas herramientas positivas.

Mi opinión personal-que no adscribo a ninguna corriente concreta- es que, uno necesita ambos aspectos para que la ciencia económica sea útil. Por supuesto, depende para qué quieres la ciencia económica. Si lo que te interesa es poder lucirte ante tus colegas con demostraciones elegantes o follar mucho a continuación de las asambleas de partido, probablemente esta concepción sea inadecuada. En mi caso, la economía debe iluminar las decisiones públicas y privadas para mejorar el bienestar de la sociedad y hacer del mundo un lugar más justo. Pero no hay ningún obstáculo a hacer sólo economía positiva- el fin no está definido tampoco.

“criterios determinados que, de forma adecuada, deben tener como efecto prioritario la consecución del objetivo fundamental: el crecimiento económico.”

Esto es otro hombre de paja. Espero que seas consciente del hecho de que acabas de pasarte por el arco del triunfo 80 años de economía del bienestar. Leete el post, anda:  (puedes encontrar una presentación un poco menos elaborada en cualquier libro de hacienda pública)

“Ambas corrientes tienen una carga ideológica profunda. Es tan ideológico buscar una mejor distribución de la renta como aspirar continuamente al crecimiento económico, pasando desde luego por aquellos que buscan priorizar el medio ambiente.”

Probablemente sea ideológico BUSCAR cosas, pero es poco probable que lo sea DESCRIBIR. Volvemos a la diferencia “positivo-normativo”de nuevo, leete el post (la fuente de “Mark Blaug: “La metodología de la ciencia económica”)

 El crecimiento: los economistas sensatos defendemos que las economías que crecen más son, ceteris paribus, mejores. Hay varias razones. Allá va una lista no exhaustiva:
1.Si uno piensa que, grosso modo, los bienes y servicios que se producen son los que demandan los consumidores -algo que debería ocurrir en un régimen de mercado más o menos eficiente- más bienes y servicios producidos significan más eficiencia.
2. Más riqueza significa también más recursos para hacer políticas públicas. El crecimiento del PIB tiene un impacto directo sobre la recaudación y cuando uno toma decisiones financieras para el sector público, es un dato muy relevante
3. Por último, mientras que lo justa, igualitaria, o eficiente que es una sociedad es algo dificil y generalmente bastante subjetivo de evaluar, especialmente para los ciudadanos, el crecimiento es algo bastante objetivo y claro. Si uno quiere vigilar como hacen las cosas los políticos-algo propio de toda sociedad democrática, es razonable que se fije en el crecimiento.

“La EO considera que la Ciencia Económica es en cierta medida autónoma del resto de ciencias sociales. En cambio, la EH considera que para entender la economía se debe prestar atención, en mayor o menor medida según escuelas de pensamiento, a otras ramas de la ciencia social. ”

Esto es una exageración. Es cierto que muchos-la mayoría tal vez- economistas ortodoxos creen no tener mucho que aprender de otras disciplinas. No obstante, esto es algo que no es exclusivo de la economía: todos los científicos creen que tienen cierto grado de autonomía respecto del resto de disciplinas.

Aún así, si uno define “ortodoxia” de forma más o menos amplia, es algo radicalmente falso. Propongo considerar “ortodoxia” toda la gente susceptible de ganar premios nobel. Kanheman y Tverski era psicólogos; Akerlof es famoso por usar hipotesis sacadas de la sociología para justificar la rigidez de los salarios. Krugman es licenciado en historia y ha ha metido muchas hipótesis sacadas de la geografía en sus modelos de comercio. Amartya Sen habla todo el rato de antropología. Douglas North es historiador y ha incorporado el papel de las instituciones dentro de la teoría ortodoxa.

En resumen, si miras en el “hard core” de la economía ortodoxa, como en cualquier disciplina, encuentras gente que la considera autónoma. Si miras en las “fronteras”, hay gente que sin dejar de ser ortodoxa incropora ideas de las biología evolutiva, la sociología, la psicología, la historia, etc,… De nuevo,. hombre de paja.


Mientras que para la EO nos encontramos ante una sociedad inmóvil (…)para la EH nos encontramos ante una sociedad histórica determinada (el capitalismo)

Esto es estrictamente falso, y si quieres te mando un artículo de Solow dónde dice exactamente lo contrario. Nuestros modelos incorporan instituciones concretas y no son válidos fuera de ellas. Sin derechos de propiedad no hay mercado, sin ordenamiento jurídico no hay intercambio, etc,… De hecho, hay toda una corriente (la nueva economía institucional: Williamson, Coase, North) perfectamente ortodoxa que se dedica a estudiar las instituciones.

La ciencia natural: personalmente pienso que las ciencias naturales son más exactas y sus conclusiones más sólidas porque tratan con sistemas menos complejos que las sociedades humanas. POr eso, en la medida de lo posible, es interesante aprender de ellas e intentar imitarlas. Lo que dices sobre los métodos matemáticos y econométricos es simplemente falso: tengo un paper de Samuelson que puedo mandarte dónde el tipo dice, explícitamente, que aunque usemos herramientos parecidas a las de los físicos, eso no significa ni por asomo que nuestras conclusiones sean igual de precisa. En cuanto a la econometría ¿te suena la crítica de Lucas? ¿Son Lucas y Samuelson economistas heterodoxos según tu punto de vista?

Y es que las consecuencias de las dos formas de entender la economía van más allá de lo metodológico. Salta a la vista, por ejemplo, que la EO beneficia al status quo y al orden social existente sea cuál sea

Esto es simplemente falso. Las conclusiones EO no justificaba el orden social existente en la URSS, ni lo justifica en Venezuela ni en Cuba hoy. Es probablemente cierto que los (buenos) EO tienden a tener cierta aversión a la ingeniería social excesivamente ambiciosa-y por tanto a ser escépticos respecto a los cambios- pero la razón es totalmente distinta a la que tú crees: es porque sabemos que nuestras conclusiones no son igual de sólidas que, digamos, en la física, por lo que sabemos que nuestra ingeniería no es comparable a la que hay para los puentes o los edificios.

En general, existe-ya te lo he dicho alguna vez- una tensión fundamental en tu forma de ver las cosas. Por un lado proclamas a bombo platillo que no podemos tener conclusiones exactas en ciencias sociales y que debemos tener muchos puntos de vista, todos ellos muy influidos por concepciones ideológicas y por otro lado crees que basándote en esa base tan débil puedes poner en marcha proyectos ambiciosos de cambio social y político. Suena a lo de Woody Allen “Qué mala es la comida aquí, además las raciones son tan pequeñas”

Las políticas de empleo en una sociedad democrática

Martes, Junio 30th, 2009

Os paso un botón del libro que he empezado a leer hoy:

François Mitterrand había causado sensación declarando en 1993 que, en el tema del paro “todo ha sido intentado” (…) En realidad, en materia de paro, nada ha sido seriamente intentado porque nada ha sido verdaderamente evaluado. Cada gobierno llega con su proyectos de reforma, los pone en marcha con más o menos convicción y luego otro gobierno llega y hace lo mismo. Asistimos desde hace treinta años a ese ir y venir de medidas sin ningún tipo de acumulación de conocimiento respecto a sus efectos.

Francia sufre desde este punto de vista un auténtico déficit democrático:  no existe ninguna instancia independiente, dotada de medios suficientes para evaluar la intervención de los poderes públicos en el mercado de trabajo. Hoy por hoy, la evaluación de estas políticas depende esencialmente de la “comunicación” gubernamental. [Nota: yo añadiría los sindicatos y la patronal y sus opiniones "objetivas"].

Paradójicamente, este déficit democrático, politiza inutilmente las posiciones. A falta de datos precisos, de reflexiones matizadas, el debate se polariza entre los partidarios de la “flexibilidad” hostiles a cualquier tipo de intervención gubernamental y los partidarios de la intervención multidireccional, apoyando ubicuamente un salario mínimo elevado, la prohibición de despedir, aumentos en los mínimos sociales y el seguro de desempleo así como un déficit presupuestario elevado para relanzar la demanda. Según esta dicotomía, los primeros razonarían en términos de “eficacia” y los segundos de “justicia social”. Esta oposición maniquea reposa en una ignorancia de las enseñanzas del análisis económico que han sido considerablemente enriquecidas en los últimos años.

Tomemos el ejemplo del salario mínimo. Veremos que la teoría predice que un aumento del SMI puede, dependiendo de las circunstancias, aumentar o reducir el empleo. El efecto neto es, in fine, un problema práctico, empírico que sólo puede ser resuelto por procedimientos adaptadas. Estos procedimientos existen (…) El conocimiento de los hechos y su explotación estadística son las mejores armas contra la autosugestión y los discursos demagógicos. La verdad se encuentra mucho más en la sequía de los números y las curvas que en los testimonios “live” oídos en la radio o en la televisión por las partes interesadas.

Le Chômage: Fatalité ou necessité? Pierre Cahuc y André Zylebergerg, Introducción (Traducción libre mía)

El libro habla de Francia, pero es algo trasladable a Europa. Cuando pienso en los cruces de espadas que Egócrata y yo hemos tenido con otros bloggers respecto a temas del mercado de trabajo-el tema de la flexibilización y el manifiesto de los cien o la directiva de las 65 horas- empatizo bastante con los autores. Plantear el grado de intervencionismo o la hostilidad a la reforma el mercado de trabajo como una función lineal respecto de la ideología y considerar cualquier exigencia de visión matizada como una especie de traición o servilismo respecto de una de las dos posiciones extremas  (antes de que te des por aludido, NO pienso en tí Jose ;-) )

Mi punto de vista es que, una sociedad democrática no es tanto aquélla dónde se permite que las ideologías condicionen totalmente las respuestas a problemas concretos (aquélla dónde “la teoría crítica” respecto del “pensamiento único” es la regla), sino aquélla dónde los ciudadanos están correctamente informados -i.e. liberados de prejuicios que responden más al comportamiento tribal que a la evaluación objetiva de los hechos- respecto a la cuantía y distribución de los costes, riesgos y ganancias de cada una de las soluciones. Podéis llamarlo “el principio de prioridad de la ciencia sobre la ideología”. La idea de una instancia independiente que evalúe sistemáticamente este tipo de cosas, por cierto, no es nada “revolucionario” ni irrealizable; es algo que existe por ejemplo en Holanda (allí este órgano evalúa el coste y beneficio esperado de los programas electorales(¡!)) o en EUA (el NBER creo que hace algo por el estilo). De nuevo, quiero reivindicar lo de quemar “periodistas”.