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Archive for the ‘masturbación intelectual’ Category
Miércoles, Diciembre 23rd, 2009
La idea de escribir este post me vino después de la cena que tuvimos el grupo más activo de apóstoles de la servidumbre y la exacción fiscal que vivimos en Madrid dónde salió el tema de la relación entre antisemitismo y antisionismo y concretamente si se trata del mismo fenómeno o no. Mi idea es convertir esto en una especie de meme/debate sobre el tema, dónde aquí expondré mi punto de vista y espero que bien en los comentarios bien en los respectivos blogs, la gente se anime a llevarme la contraria o matizarlo. Adelanto que mi opinión es básicamente especulativa.
Mi punto de vista es que, aunque relacionadas, ambas actitudes son distintas y separables. ¿Qué significa que son distintas? Puede significar distintas cosas. Como posición personal/individual creo que es indiscutible que es posible ser antisionista (i.e. opuesto al proyecto de construcción nacional de Israel y a su soberanía sobre los territorios que ocupan) sin por ello ser antisemita (tener algo en contra de los judíos por el hecho de serlo) y posiblemente al revés. Se trata de dos posiciones separables desde el punto de vista lógico y político y desde luego que, al menos en mi opinión, merecen juicios de valor distintos. Creo que en esto estamos básicamente de acuerdo.
Lo que creo que estaba abierto a discusión era si son fenómenos sociales diferentes. Aquí me gustaría hacer una pequeña puntualización de método. Para alguien que no crea filosóficamente en la existencia de esencias hegelianas qu pugnan entre sí, la utilidad de las tipologías es puramente descriptiva; nunca explicativa. Si dos fenómenos son iguales es porque responden a causas similares o tienen consecuencias análogas y, en definitiva, merecen ser estudiados de la misma forma, no porque realmente sean iguales. Digo esto para evitarnos problemas sobre nominalismos estériles.
Mi ángulo de ataque, por tanto, es que, en primer lugar, se trata de fenómenos con un origen histórico diferenciado. El antisemitismo surge históricamente de alguna forma de conflicto de corte étnico, basado en el papel que ocupaban los judíos en la sociedad, en prejuicios religiosos (se les creía segun tengo entendido, estúpidamente, responsables de la muerte de jesucristo), etc… El origen histórico del antisionismo, sin embargo, además de bastante más reciente (como mucho igual de antiguo que el sionismo) y se basa en una oposición a la política exterior que lleva a cabo un Estado concreto o en la solidaridad con el lado árabe del conflicto.
La diferenciación de ambos fenómenos -es mi apuesta- es interesante por varias razones. En primer lugar, apuesto a que responden a variables explicativas distintas, incluso a nivel psicológico o sociológico. El antisemitismo es una forma de racismo mientras que el antisionismo es básicamente un punto de vista político relacionado con una posición en política exterior. El primero es predominantemente -al menos hoy- un fenómeno de derechas y el segundo un fenómeno de izquierdas y por tanto deben ser reactivos a distintos tipos de prejuicios. Desde luego, ambos se dan de forma relativamente separada, aunque no siempre.
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Jueves, Diciembre 10th, 2009
It is interesting that Menger wrote a letter to Walras on this very subject.(…) Menger said that mathematics was all very well for certain descriptive purposes, but it did not enable you to get the essence of the phenomenon. I wish I thought it were true that the language of mathematics had some special faculty drawing attention away from pseudo-problems of qualitative essence. For, unlike Menger, I would consider that a great advantage.
Paul Samuelson en un fantástico (y muy legible) artículo sobre el uso de las matemáticas en la economía.
Como decía Kantor, esta es una de las cosas que los germánicos (alemanes o austriacos) tienen en común, hablemos de Marx, Menger o Hegel, esa fiebre hermeneútica era algo común en esa época en europa central.
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Martes, Noviembre 10th, 2009
Recuerdo cuando hace algo más de dos años pasado fui a visitar Gdansk que para los no iniciados es dónde empezó la revuelta del sindicato Solidaridad en Polonia que fue la punta de lanza de la insurrección dentro del bloque soviético. En los astilleros dónde empezó la revuelta, tenían una especie de museo hagiográfico que relataba la historia del movimiento Solidarsnoc con toda clase de artículos, fotos y demás de la época. A aquél viaje fui -entre otros- con una compañera de máster, francesa ella, de la paleoizquierda que hay en Francia- que me miraba como poco menos que un malvado capitalista comeniños por tener buena opinión del New Labour- que, entre sus compras turísticas, había adquirido en un puesto de artículos comunistas en Varsovia una bonita insignia de la hoz y el martillo, probablemente auténtica y que lucía sólo por darles en las narices a los polacos, ellos tan conservadores.
El museo era interesante, no tanto como buen trabajo histórico, sino por ver material de primera mano de como ocurrieron las cosas. Sobre todo, permitía ver las contradicciones, en el sentido más marxista del término, en que había incurrido el régimen: era una régimen que se decía obrero pero que sufría una insurrección obrera. Por ejemplo, recuerdo la portada de Libération, el periódico francés fundado por Sartre (!) y cuyas editoriales hoy todavía alaban o son tibias con Chávez y Castro alabando con letras enormes la insurrección de los obreros Polacos contra el régimen comunista. Pero mi recuerdo favorito de la visita fue cuando, junto con mi compañera francesa vi la lista de reivindicaciones de Solidaridad entre las que se encontraba “la reducción de la jornada laboral a 29 horas” (hablo de memoria, pero recuerdo que era una cifra que me pareció muy pequeña) algo que, habiendo leído algo sobre la productividad de la economía soviética, no pudo menos que hacer que se me escapara una sonrisa. Mi compañera me reprochó que me pareciera poco articulando todo un discurso sobre la calidad de vida, bla bla bla,… tras lo cuál yo le señalé la insignia comunista que lucía en su solapa “¿y ésto?” “Esto es distinto”. “¿Ah sí? entonces los que proclamaron el Estado de excepción en los ochenta no tienen nada que ver con esto, no estaban en guerra?” “sí, esto es un ideal, por eso lo llevo”
He visto, creo que todos lo hemos visto, esta escena bajo diversas formas, pero la escena es siempre la misma. Primero, uno tiene la afirmación de una idea radical, después, una demonstración de que la idea radical lleva a consecuencias horrendas y por último alguna forma de arreglar el problema de la idea extrema formulándola bajo una forma etérea, distante, fundamentalmente ideal e irrealista blindada contra cualquier test de la realidad. En este último paso, hay muchas versiones; “es un ideal” “malinterpretaron la idea” “no les dejaron el tiempo suficiente”; en todos los casos, la acrobacia intelectual es irónicamente admirable.
El problema es especialmente agudo para la izquierda. Es dramático comprobar que, incluso 20 años después, hay quién todavía no ha digerido la caída del muro; gente que manifiesta equidistancia respecto entre el comunismo y la democracia liberal; gente que piensa en la caída de la URSS con la melancolía con la que se pensó en su día en la caída del imperio romano o la conquista de Constantinopla por los turcos. El problema es profundo y diagnostica las contradicciones profundas que existen en el paradigma estético de la izquierda; creer que se puede seguir hablando en clave anticapitalista- sea lo que sea eso que suelen llamar “capitalismo”-, como si realmente hubiera una alternativa, y al mismo tiempo ser demócrata; hablar como si la tercera vía- esto es, las políticas que los socialdemócratas llevamos practicando desde la posguerra- fueran una amarga concesión, algo con lo que tenemos que cargar. O dejar de lado cualquier aplicación práctica y declararse abiertamente anticapitalista pasando a una ritualización de la lucha, a la exaltación de lo sentimental, a la reutilización recursiva de las “luchas antifascistas” cayendo en alguna forma de nihilismo político. De forma simétrica, la derecha, conservadora, católica o liberal, ha capitalizado la caída del muro como una victoria de no se sabe muy bien qué -el capitalismo, el catolicismo, el anticomunismo, el fracaso de la ingeniería social- habiendo dejado a la izquierda, con la colaboración de esta última, a la defensiva durante los últimos veinte años.
Esto es tanto más triste porque da testimonio de como la izquierda, en su conjunto, ha olvidado su propia historia. La memoria soviética ha monopolizado la identidad izquierdista; el proyecto comunista es visto hoy como la forma más acabada de la idea izquierdista. Y sin embargo, esto no fue así históricamente. En Europa existió, desde cuando tiene sentido hablar de izquierdas y derechas, una izquierda no socialista, un socialismo no marxista y un marxismo no leninista. Las grandes conquistas sociales en Europa no fueron el fruto de proyectos maximalistas y pseudorrevolucionarios; el Estado del Bienestar, los derechos sociales y civiles no han sido obra ni hechos bajo la influencia del comunismo. El discurso de Léon Blum sobre la “vieille maison” en el Congreso de Tours y su rechazo de unirse a la organización antidemocrática y totalitaria de la Tercera Internacional quedaron borrados por la guerra fría.
Y las cosas siguen igual; algunos todavía hablan en serio cuando dicen -o callan- que añoran los desfiles de las tropas rusas en la plaza roja de Moscú; otros añoran esa época en la que existía una alternativa incierta pero distante, lo suficiente como para que la disonancia cognitiva permitiera limar los detalles molestos de las no tan populares democracias del Este y miran hoy a Cuba con una mezcla de complacencia y equidistancia intentando justificar lo injustificable. Y mientras tanto, estaremos perdiendo la oportunidad de arrebatarle a la derecha el monopolio de lo posible.
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Domingo, Noviembre 8th, 2009
He pasado la última semana y algo leyendo el libro de Raymond Aron “Le marxisme de Marx”. La verdad es que leerlo ha sido una forma de escapar dentro de la medida de lo posible de mi nueva vida de economista sacando condiciones de primer orden a diario y pensado en términos de optimización. Lo digo por el estilo. No es que Aron escriba mal; al contrario, es que desde que dejé de estudiar derecho- sobre todo como se estudia en España- se me había olvidado en qué consiste esa actividad profunda que se llama “exégesis”.
Sobre todo, me ha hecho recordar algo que ya intuía cuando empecé a leer a los marxistas analíticos; una parte importante de las ideas de Marx -y concretamente toda la parte impregnada por la filosofía hegeliana y la teoría laboral del valor- era errónea y otra parte, no era errónea y era, incluso, muy interesante, pero la importancia que parece tener cuando uno la analiza de forma fría es mucho menor que la que le otorgaba Marx.
Todo esto me ha recordado cuando, a raíz de empezar a leer a Kantor y a egócrata empecé a pensar como un economista y a interesarme por la filosofía analítica. Cuando leo las obras en ciencias sociales “blandas” mi impresión es de frustración profunda. Os hablo de un campo que conozco algo mejor; las relaciones internacionales. Las relaciones internacionales no han tenido autonomía como campo de estudio hasta hace relativamente poco, y aún hoy se suelen ver como una rama de la historia mucho más que como una disciplina científica. Los esfuerzos de sistematización (realistas, liberales, constructivistas, etc,…) no cuentan realmente con un instrumental analítico sistemático, propio de una disciplina científica. De hecho, las controversias en relaciones internacionales, llegan a rallar lo absurdo. Por ejemplo, los autores realistas sostienen que, como el sistema internacional es anárquico y los estados luchan de forma permanente por la supervivencia, la forma en que se comporten de forma interna es totalmente irrelevante para su comportamiento en la arena internacional. Este es un postulado que es sostenido de forma “absoluta”. Sin embargo, cualquiera que tenga una vaga idea de como funcionan los mecanismos de decisión sabe que este efecto NO puede ser total. Esto es algo relativamente difícil de argumentar cuando uno no usa un modelo dónde explique qué hace exactamente cada cuál, por qué y como interactúan y este (el estatocentrismo) es uno de los “grandes debates” de las relaciones internacionales. Cuando las discusiones se mantienen en el plano abstracto, las soluciones siempre son extremas- y a menudo absurdas.
Przeworski decía en una entrevista que las matemáticas son “una herramienta para el estúpido”. Cuando uno se ve forzado a especificar todas las ideas y el mecanismo está relativamente claro, es más difícil verse atrapado en los juegos de palabras de los que hablaba Wittgenstein. ¿Qué significa que la realidad es contradictoria y por eso tiene que cambiar mediante una revolución hasta que deje de serlo, como decía Marx? No está muy claro. En el libro de Aron, explica que es algo controvertido y que nadie lo sabe; sin embargo, a nivel estríctamente filosófico, eso parece tener sentido. Emplear un método analítico- no necesariamente matemático- en cambio, permite diseccionar lo que uno está diciendo y examinar su alcance. Otro ejemplo; dos de los libros más importantes del siglo XX son probablemente la Theory of games and economic Behaviour de Von Neuman y Morgenstern y la Teoría General de Keynes. El primero es un libro esencialmente matemático y el segundo básicamente literario. El resultado de esto es que los historiadores de la economía todavía debaten sobre lo que Keynes realmente quería decir; sobre la base de Von Neuman y Morgenstern se ha construido un sólido cuerpo de instrumentos; no ha habido intentos de “refutación” porque los supuestos estaban claros y eran precisos.
La claridad es algo que expulsa la discusiones inútiles, debidas a malentendidos, pero también expulsa las discusiones de corte ideológico. Una parte importante de las argumentaciones en ciencias sociales está construida sobre retórica y narrativas que terminan en última instancia en discusiones sobre la naturaleza humana o sobre los prejuicios de cada cuál. Tengo entendido que las polémicas entre Américo Castro y Sanchez Albornoz sobre desde cuando existía España degeneraron en “sé de buena tinta que Américo Castro es judío”. Mis discusiones con mi profe de sociología/globalización recurrían constantemente por su parte a sugerir (falazmente) que mi concepción de la naturaleza humana era que los hombres eran egoistas por naturaleza.
Cuando pienso en todas estas discusiones, tengo la impresión de que en la historia de las ciencias sociales y la filosofía existe un sin fin de autores que reinventan constantemente la rueda y que cometen una y otra vez los mismos errores. Uno tiene la sensación de que no existe progreso científico propiamente dicho; los temas se repiten y las soluciones fallidas vuelven bajo formas nuevas. No existe una “ciencia normal” a lo largo de la cual se pueda progresar; no hay una acumulación de conocimiento como existe en biología o en física; el género cultivado es el “ensayo” basado en la originalidad de las tésis y las intuiciones históricas, pero no en una metodología que permita encuadrar las ideas en un contexto más amplio ni tampoco un método estandarizado para comprobar las ideas. Este progreso sí existe y si es posible en economía matemática; para plantear un problema, uno plantea un modelo nuevo o modifica los supuestos de uno existente. El lugar de la innovación dentro del campo está claro; su conexión también lo está; es posible construir sobre ellos y explicarlos en clase, hacer ejercicios -no exégesis- para enseñar a la gente a usarlos.
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Jueves, Octubre 22nd, 2009
Desde dónde alcanza mi memoria he sido una persona despistada. Quiero decir, soy el tipo de persona que va por la calle buscando algo y pasa por delante sin darse cuenta, que busca un bolígrafo en la mesa y no se da cuenta de que está ahí o que va por la calle y, especialmente desde que soy alto, se choca con la gente. Cuando la gente me pregunta como he podido no ver algo, o como me ha pasado tal o cuál cosa suelo dar la explicación “es que soy muy despistado” y me han reprehendido varias veces por ser así de despistado y no prestar atención.
Hoy he ido al oftalmólogo a hacerme una serie de pruebas, entre las cuáles estaba un campo visual. La prueba del campo visual consiste en que lo ponen a uno delante de una pantalla dónde van saliendo puntos y tiene que apretar el botón cada vez que salgan los puntos. El objeto de la prueba es determinar cuanto abarca el campo visual en función de los puntos que uno localiza. El resultado ha sido que tengo una lesión en el campo visual respecto a lo que se considera “normal”; hay una zona a la derecha del ojo derecho y abajo a la izquierda del ojo izquierdo dónde no veo y la mayoría de la gente sí lo hace. El diagnóstico del médico ha sido, después de examinarme el ojo que se trata de un trastorno de origen neurológico, no ocular- el aparato con el que veo las cosas está bien, lo que está mal es el ordenador con el que lo computo.
Cuando venía para casa he pensado; vaya, tal vez por eso he pensado siempre que era despistado. En realidad, no era un problema de despiste, era un problema neurológico. La reflexión inmediata que me ha venido a la cabeza es que si el despiste existe debería ser en cualquier caso un fenómeno de tipo neurológico, de modo que no tiene sentido oponer problema neurológico a problema de ser despistado; soy despistado y punto. Pero, quid si hubiera sido, como decía el médico que podría haber sido, un problema de retina; ¿se podría decir que soy una persona despistada o simplemente que veo mal?
El friki que hay en mí se dio cuenta de que estaba ante un problema de filosofía de las ciencias cognitivas relativamente profundo. Uno de los problemas más importantes en filosofía de la ciencia es el problema del reduccionismo. En el sueño húmedo de un positivista como yo, todas las ramas del saber podrían reducirse a un nivel inferior. Como explicaba Kantor: “En principio siempre hay una vía reduccionista para afrontar cualquier fenómeno. En principio es posible entender el cerebro a base de agregar neuronas, y la neuronas a base de agregar metabolitos. En última instancia bastaría integrar todas las ecuaciones del movimiento de todas las partículas del cerebro para explicar todo cuanto hace un ser humano.”
El problema es, sin embargo, que no siempre se puede. Recordad lo que os contaba del médico; el problema podía tener un origen neurológico o fisiológico. En general, ser despistado no es fenómeno homogéneo, con una misma causa, a nivel biológico y por tanto no es posible “reducirlo”- digamos encontrar la neurona o el gen exacto dónde existe el despiste. Y este problema, es algo que afecta a muchas cosas. Por ejemplo, las creencias o los deseos no son un fenómeno neurológicamente homogéneo. Cuando nosotros explicamos algo diciendo “Luis quiere tal cosa, cree que puede lograrla de esta forma por eso hace ésto” estamos empleando esos términos, igual que cuando yo digo “es que soy despistado”.
Churchland explicaba en este librito que existen distintas actitudes respecto a este problema, pero las voy a reducir a básicamente dos. Una de ellas es la de simplemente negar que el fenómeno tenga relevancia científica y que el objetivo de la ciencia es intentar superar conceptos precientíficos con los que nosotros funcionamos. Es el llamado “materialismo eliminativo”. La idea es que, al fin y al cabo, antiguamente la gente también consideraba que determinadas personas eran brujas y explicaban con ese concepto su comportamiento, pero hoy nadie considera que la teoría de la posesión demoníaca sea algo relevante. El proyecto de los Churchland ha sido ir más allá de los conceptos convencionales e intentar explorar las bases biológicas y neurológicas del problema; y si resulta que no se trata de un problema, sino de varios, dejamos de hablar de “despistado” y lo sustituimos por “trastorno de origen neurológico en el campo visual”. Cuando algo no se puede reducir, entonces se elimina- de ahí el nombre.
La segunda actitud es la que podemos llamar conductista/funcionalista (sé que no es lo mismo, pero la postura es similar). Volviendo al caso del despiste, el conductista sostiene que lo realmente importante para ser despistado es actuar de forma despistada. Si yo me choco sin querer con la gente soy despistado, punto. Lo que ocurra dentro de la mente de la gente es irrelevante, lo importante es que ante un mismo fenómeno la reacción sea similar. El funcionalismo es por tanto una visión anti-reduccionista; sugiere que un mismo fenómeno puede tener muchos orígenes, pero continúa siendo el mismo fenómeno y debe estudiarse de forma similar. Lo que le interesa al funcionalista es que cuando yo voy por la calle es más probable que me choque con alguien que otra persona o me salte un semáforo.
El hecho de que yo soy despistado es un hecho perfectamente objetivo y, de hecho, es así como el resto de la gente lo percibirá. Mi padre no razonará “tiene alteración en el campo visual y por eso se saltará el semáforo” sino “es despistado”; mi alteración en el campo visual es imperceptible, lo único perceptible es mi comportamiento.
Esto es lo que intentaba explicarle a Kantor cuando hablábamos del problema de las funciones de utilidad en economía. Una función de utilidad es un concepto puramente funcionalista/conductual. Cuando los economistas utilizamos funciones de utilidad, no estamos suponiendo que existe un órgano interno que absorbe utilidad; ni siquiera que la gente experimenta “placer” o lo busca con sus acciones. Cuando decimos “el agente A maximiza la función de utilidad f” sólo decimos que actúa de acuerdo con ese comportamiento, aún cuando la “utilidad” sea algo inexistente.
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Domingo, Octubre 11th, 2009
Según dicen en la página de la fundación Nobel, mañana Lunes a las 13:00 se hará público a quién le otorgan el Nobel de Economía de este año. Como sabréis el año pasado se lo dieron a uno de mis economistas favoritos, así que este año quiero hacer una apuesta. Racionalmente, es probabe o posibl que se lo den a alguno de los eternos nobelizables como Barro, o sobre todo, Mankiw. Sin embargo, yo voy a apostar por Jean Tirole.
Jean Tirole es, seguramente, mi economista favorito. Para mí es difícil explicar por qué. Tal vez, porque escribe fantásticos libros de texto. Su libro sobre teoría de la organización industrial es, literalmente, un placer de leer y es seguramente el libro con el que más he aprendido. Aparte de eso, tiene un magnífico manual de teoría de juegos, una monografía sobre regulación industrial y economía política. Por último, de forma más reciente, Tirole ha participado en la investigación en el campo de las finanzas corporativas, con otro libro que conozco menos pero que tiene una pinta fantástica.
Probablemente, lo que más me gusta de Tirole es un pragmatismo extremo a la hora de entender la economía. Paul Samuelson dijo en una ocasión “Los que no pueden, hacen metodología, lo que pueden, hacen ciencia”. Tirole es un ejemplo de esto. El tipo se graduó en Polytechnique (la escuela de ingenieros de élite en Francia), hizo un master en teoría de la decisión matemática, y se especializó en economía industrial y teoría de juegos clásica. Sin embargo, cuando el zeitgeist cambió introduciendo aspectos hipótesis psicológicas, etc,…, él también se movió. No recuerdo haber leído un sólo artículo suyo dónde entre en batallas metodológicas; él se ha limitado a formular modelos y teorías, marcando sus limitaciones y siendo todo lo pragmático posible.
Por otro lado, aprecio su versatilidad. Soy de los que piensa que la unidad en las ciencias sociales- y en las ciencias en general- es algo importante. A diferencia de muchos economista, Tirole ha sido capaz de moverse de un campo a otro trasladando sus habilidades básicas de teoría de juegos y economía de la información y haciendo innovaciones relevantes en todos los campos. Recientemente-, como decía, ha colaborado con Roland Benabou en modelos basados en hipótesis psicológicas de autocontrol, etc… y al mismo tiempo- esto desde principio de los noventa- ha puesto investiga en aspectos de mercados financieros. Este paper sobre liquidez, concretamente, es una delicia. Os invito a daros una vuelta por su página web
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Domingo, Septiembre 27th, 2009
Le pregunta Hector a Jose Luis Ferreira por aquí cuál es la relación entre la teoría de juegos y la moral. La respuesta que le da José Luis- que en teoría de juegos tratamos con preferencias dadas y a lo sumo la teoría nos permite explicar si lo que hacemos es o no consecuente- no termina de satisfacerme porque creo que uno puede aspirar a más.
Uno de mis héroes intelectuales es Ken Binmore. Aparte de hacer pagar a las telecos inglesas una cantidad enorme de pasta- pista, mi sueño es precisamente ese- el tipo también es un investigador puntero en la filosofía de la teoría de juegos y especialmente en su relación con las normas morales. Podéis leeros los dos tochos “Game Theory and the Social Contract” o el más cortito “Natural Justice” o este paper de aquí para enteraros de qué va. Os adelanto la idea.
Un juego es una situación dónde dos agentes- no necesariamente humanos- toman decisiones interdependientes; es decir, dónde la mejor opción para cada uno de ellos depende de la que tome el otro. El problema es que es posible que haya varias opciones buenas- varios “equilibrios de Nash”. Cuando esto ocurre, la teoría de juegos no nos ofrece, a priori, una predicción de cuál ocurrirá. La teoría tampoco nos ofrece cuál es la solución mejor para un jugador individual. Pensad por ejemplo en circular por la calle. Si no hubiera una regla, a priori, que especificara el código de circulación, no habría ninguna razón para respetar un ceda el paso o para circular por la derecha. Circular por la derecha y circular por la izquierda serían decisiones igual de buenas para un conductor.
Para “seleccionar” un equilibrio entre varios, existe algo llamado “convenciones”. Una convención es por ejemplo el código de circulación, pero también lo es la legislación invisible no es realmente necesario que nadie vele por su cumplimiento porque lo único que hacen es coordinar a la gente. Las convenciones funcionan como un “punto de enfoque”.
Para que una convención funcione en un juego de coordinación, es necesario que sea lo que se llama “conocimiento común”. Suponed que un masai de la savanah viene a madrid y no conoce las reglas de circulación. Si yo voy circulando con mi coche y sé que él no conoce las reglas de la circulación, no puedo esperar que él se pare delante del semáforo de modo que le dejaré pasar para no atropellarlo. Es posible que él conozca las reglas pero al saber que yo pienso que él no lo sabe le dejaré pasar, actúe como si yo fuera a dejarle pasar. Aquí, su conocimiento del código de circulación no es “conocimiento común”; algo sólo es conocimiento común cuando todos los jugadores saben que todos los jugadores saben que todos los jugados saben (y así sucesivamente) ese algo. El llamado programa de refinamiento vino a concluir que para que existe un equilibrio en un juego de estrategia (dónde las decisiones se toman teniendo en cuenta la reacción del otro) debe existir al menos un elemento que sea conocimiento común. Este conocimiento común mínimo es, entre otras cosas, la racionalidad que se le supone al adversario (la expectativa de como responderá)
¿Como emergen las convenciones? Típicamente, ocurren por proceso de prueba y error. Pero pensad en ello desde el punto de vista de la evolución. La cooperación entre individuos tiene beneficios evolutivos considerables- es decir, es más probable que sobrevivamos y nos reproduzcamos si nos dividimos el trabajo que si vivimos de forma autárquica. Por eso, existen razones evolutivas fuertes para pensar que las convenciones sobrevivan porque fomentan la cooperación. Precisamente, es probable que la mayor parte de instituciones- legales, culturales, políticas, y por supuesto morales- hayan surgido, desde el punto de vista evolutivo, para resolver este tipo de problemas.
¿Qué tiene todo esto que ver con la moral? Bueno, la idea de Binmore es que las reglas morales son básicamente convenciones que han evolucionado para resolver problemas de cooperación. La evolución cultural nos ha equipado con un sentido de la justicia que resuelve la mayoría de nuestros problemas de cooperación cotidianos. La originalidad de la idea de Binmore reside en su creencia de que la articulación de ese sentido de la justicia es constante, sólo varía su contenido.
Para ser capaz de anticipar la reacción del adversario, uno debe ser capaz de empatizar con él. Empatizar quiere decir “ponerse en sus zapatos”. Lo hacemos todos los días; cuando negociamos con alguien, cuando discutes con tu novia, en todas las situaciones dónde hay una fricción de intereses la capacidad de empatizar es crucial. Por tanto, la evolución nos ha equipado también con una capacidad de empatizar con el que está en frente- y eso es algo muy ligado al sentido moral.
Aquí es dónde entra Rawls. John Rawls propuso la idea de la “posición original” o “el velo de la ignorancia”. La idea del velo de la ignorancia es intentar descubrir los principios de la justicia que uno negociaría si no supiera el sitio que le va a tocar ocupar en la sociedad. Binmore sugiere que todos los intentos de empatizar se basan, en última instancia, en usar la posición original para imaginar lo que uno habría negociado. Aunque a lo largo de la historia en qué consiste esa posición original ha cambiado, la estructura sigue siendo la misma.Suponed (ejemplo mío) una sociedad estamental, dónde las relaciones entre siervos y señores son un equilibrio. La posición original sería la de asumir una asimetría natural entre siervos y señores, pero mantener unas reglas dentro de esa relación- las que se contratarían tras el velo de la ignorancia; las desviaciones de esas reglas serían vistas como injustas. Suponed ahora una sociedad capitalista pura, dónde se considera la propiedad privada y la libertad para concluir contratos sagrada. Aquí un intento de establecer una relación feudal sería visto como injusto- porque se desvía de las reglas- pero la explotación de los trabajadores no necesariamente. A la hora de juzgar si algo es injusto, alguien se pone en la posición original y se pregunta si tiene o no sentido, si habría consentido o no.
Lo que ha evolucionado ha sido, precisamente, la relación de jerarquía o igualdad que existe entre partes en el contrato- pero la estructura se ha mantenido constante. Binmore apunta por ejemplo que la idea de Peter Singer de expandir el círculo para incluir a grandes simios, etc,… es de hecho una innovación evolutiva. Si pensáis en ello, es algo instintivo; los monos encerrados en jaulas nos dan pena, hablamos con los perros y les aplicamos estándares de justicia- los castigamos o no en función de “reglas”, etc… La razón por esto es que -evolutión is cleverer than you!- la evolución nos ha diseñado para mantener el equilibrio ecológico- y eso implica desarrollar “sentimientos” morales hacia nuestros todos los que se ven afectados por nuestras acciones.
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Domingo, Septiembre 20th, 2009
Cuando vivía en Francia, uno de mis mejores amigos con el que discutía de política era monárquico. Entre sus muchos argumentos de por qué una monarquía era mejor que una democracia estaba la idea de la consistencia temporal. Los políticos electos, decía, sólo se preocupan de las próximas elecciones y da la impresión de que cualquier cosa que la gente vote es automáticamente buena. En tiempos del antiguo régimen, sin embargo, una idea que estaba muy presente tanto en los reyes como en los nobles era la idea de responder ante la Historia. Aunque el argumento me pareció inicialmente una locura por razones obvias, el tema volvía a salir de forma recurrente, sobre todo durante la campaña presidencial dónde los candidatos hacían promesas extremadamente demagogas que obviamente no pensaba cumplir. Al final concedí en que era probable que su idea no fuera del todo absurda. Sin embargo, al comparar Francia con España, era obvio que en España eso no ocurría- es decir, aquí los políticos son mucho menos demagogos y tiene una visión menos cortoplacista.
¿Por qué? Ahora creo tener una respuesta. La primera es que en Francia, reuniendo presidenciales, regionales, parlamentarias, municipales, europeas, etc… hay una elección casi al año y eso hace que los políticos hiperreaccionen a las encuestas. La segunda, es algo más sútil: en Francia, los partidos políticos como los que tenemos en España- herméticos, disciplinados y coherentes- no existen. Allí, los partidos son sobre todo coaliciones de notables y un político puede llegar a ser elegido, perfectamente, sin depender de un partido. El hecho de que el que se presente a las elecciones sea el partido y no el político hace que la maquinaria se preocupe por el largo plazo. Los partidos soportan el castigo de los electores; los políticos que no aspiran a ser reelegidos no necesariamente. Por eso, en una democracia, una de las funciones esenciales de un partido político es controlar al líder para que sus acciones no dañen a largo plazo al partido y a las ideas que representa.
¿Por qué cuento ésto? Porque lo que el PSOE fracasó estrepitosamente ayer en esta tarea. Lo que hizo ayer el partido fue cerrar filas en torno al gobierno y además respaldar su política económica con un cheque ideológico. Esto es un error, para el gobierno, para el país y para la izquierda. Pero empiezo por el principio.
El principal objetivo de este blog es mostrar que existe un proyecto socialdemócrata ambicioso que no implica renunciar a tomarse en serio la economía. Es más, creo que tomarse en serio la economía implica, casi automáticamente, ser socialdemócrata. Esto no es algo que todo el mundo crea. En España, concretamente, es un lugar común pensar que los años del PP fueron los de una gestión económica mucho mejor que los años de Felipe. Esto, sin embargo, es algo altamente discutible. Los malos resultados de tiempos de Felipe Gonzalez se debieron, sobre todo, primero a que afrontábamos una reconversión industrial brutal- despues de haberno especializado en productos intensivos del petroleo y haber sufrido dos shocks petroleros- y después a que tuvimos que aplicar políticas contractivas para entrar en Maastricht y mantenernos dentro del Sistema Monetario Europeo. El resto, se explica casi por completo por la coyuntura económica internacional. En ninguna de estas cosas cuenta realmente la política del gobierno.
La política que está haciendo ahora el gobierno, sin embargo, es arriesgada y lo es por varias razones. Para salir de la crisis, el gobierno necesita hacer dos cosas. Por un lado, aplicar reformar estructurales que fomenten un cambio de modelo productivo, por otro, llevar a cabo políticas macroeconómicas que facilitan la salida de la crisis. Los primero son reformas del mercado de trabajo y de productos y lo segundo, sobre todo, política fiscal.
La política fiscal del gobierno es controvertida. Han decidido empezar una medio consolidación fiscal-reducir controlar el déficit público- en medio de una recesión. No es algo indefendible; si el déficit se dispara la deuda podría volverse incontrolable y tendríamos una delegación del FMI en menos de un año. Hacerlo subiendo los impuestos en lugar de reduciendo el gasto tampoco es absurdo si uno piensa que lo que necesita es que la gente gaste y la gente no gastará si se le bajan los impuestos, es mejor que directamente lo haga el sector público. Sin embargo, el tono de misterio e improvisación que está llevando el gobierno no ayuda en absoluto y solo crea incertidumbre para las empresas y consumidores. Tampoco ayuda en absoluto la idea populista de hacer pagar a los ricos- para resolver un problema de recaudación uno debe tener una base impositiva alta, y eso implica hacer pagar a la clase media que es el grueso de la gente que contribuye. En cualquiera de los casos, el gobierno se la juega porque si sale mal, y es probable que lo haga en cualquier caso, se culpará a la política seguida.
Por el lado de las reformas, la vía elegida por el gobierno parece haber sido la de no hacerlas. Se ha opuesto frontalmente a toda idea de reformar el mercado laboral y no ha emprendido ninguna reforma seria en el mercado de productos, al margen de las que han venido impuestas desde Bruselas. España sigue estando en una posición penosa en los informes de Doing Business.
Ambas actitudes, y sobre todo esta última, son arriesgadas. Arriesgadas no significa necesariamente erróneas. Aunque la mayoría de informes internacionales nos auguran una crisis más larga que a los demás países, es posible que esto no sea así y salgamos de la crisis sólo asegurando servicios sociales durante la recesión y no haciendo ningún cambio serio en el marco normativo. Cuál de los dos escenarios ocurrirá finalmente es algo que nadie sabe. No obstante, ir contra lo que todo el mundo que entiende un poco de ésto te aconseja sin tener una buena razón es algo arriesgado, no sólo porque probablemente lleven razón, sino porque siempre es mejor equivocarte siendo prudente que siendo imprudente. Éste es el primer error.
El segundo error es que el partido parece haber avalado, con ideología, este punto de vista. Con ideología, esto es, diciendo que lo que es de izquierdas es asegurar los servicios sociales y subir los impuestos a los ricos excluyendo de forma tácita la posibilidad de tener que hacer reformas. Lo cierto es que apostar tu ideología a que algo va a salir bien cuando no tienes nada claro como va a salir es una forma de ponerle en bandeja a la oposición que te digan que la buena gestión es incompatible con tu ideología. Aunque probablemente el color político de un partido influye en cómo se gestiona una crísis, es un error pensar que la más que cuestionable forma en que está gestionando el gobierno la crísis es una consecuencia directa de ser de izquierdas y desde luego, presentarlo de esa forma es una un camino casi seguro a hacer que la gente siga pensando que la izquierda son un conjunto de buenas intenciones sin capacidad para gestionar correctamente, cuando lo cierto es que la crisis actual debería haber cambiado esta actitud defensiva. Así ha sido, al menos, en EUA.
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Sábado, Agosto 15th, 2009
He dedicado la hora de la siesta de hoy sábado a revisar, más por curiosidad que por interés, mis manuales de penal de la carrera para ver qué decían sobre el tema de Camps. Al margen de haber tenido un momento de infinita satisfacción por darme cuenta que sigo siendo capaz de leer “legalés” y que soy relativamente bueno en ello (al menos no tan malo como en economía), quería explicaros lo que he sacado en claro. Vaya por delante que no me leí el auto del TSJ de Valencia ni la argumentación jurídica que usaron para descartarlo con lo que mi conocimiento del tema es bastante superficial. Vaya también por delante que mi opinión sobre lo que debiera hacer Camps es relativamente independiente de si los hechos eran o no un delito; lo que hizo estuvo feo y AL MENOS debería haber pedido disculpas y tomado alguna acción un poco enérgica. Lo que quiero exponer aquí es mera masturbación intelectual de jurista. Dicho ésto, vamos a ver qué dice el tipo penal del artículo 426:
“La autoridad o funcionario públic que admitiere dádca o regalo que le fueren ofrecidos en consideración a su función o para la consecución de un acto no prohibido legalmente, incurrirá en la pena de multa de tres a seis meses”
Para los que no habléis “legalés” os hago una nota de introducción. Un concepto fundamental en derecho penal -especialmente si uno se adhiere a la idea teleológica/consecuencialista del derecho que yo defiendo- es el de “bien jurídico“. Un bien jurídico es algo que se intenta proteger con la ley penal; puede ser la libertad sexual, la vida, el orden público. Es algo que la ley considera valioso y que debe ser protegido y el objetivo de la prohibición/sanción es evitar que ese bien jurídico sea dañado -cuando el delito es intencional- o puesto en peligro -cuando es imprudente.
El concepto es muy importante porque es un instrumento fundamental a la hora de interpretar una ley. Muchas veces -siempre- existe ambigüedad en la medida en que un hecho encaja dentro de la formulación de una ley o en la gravedad de la infracción. A la hora de interpretar “agresión” por ejemplo, no es lo mismo que se esté protegiendo la integridad física que la libertad sexual por ejemplo. Muchas veces, el bien jurídico que se protege está explicitado en el código “Delitos contra la vida”; “Delitos contra flora y la fauna” “De los ultrajes a España”. El problema es que muchas veces la ley no dice exactamente cuál es el bien jurídico que se está protegiendo o bien, un mismo tipo protege varios bienes jurídicos. El tipo de Robo con violencia o intimidación, por ejemplo, no protege sólo la propiedad aunque eso sea lo que dice el tipo. Hay por tanto algo de margen a la hora de interpretar qué bien jurídico se está protegiendo.
Todo esto para contaros lo de Camps. El artículo 426 está bajo la rúbrica de “Cohechos” que es un “delito contra la administración pública”. La interpretación que hace el manual que he consultado (Quintero Olivares-Morales Prats) interpreta así el delito de cohecho. Explica que antiguamente se interpretaba el cohecho como castigando la infracción del “deber de probidad” pero que actualmente se considera que lo que deb interpretarse es que el cohecho castiga la infracción del respeto del principio de imparcialidad en el ejercicio de una función pública. Indica que además el tribunal supremo ha advertido últimamente que lo que se protege es el correcto funcionamiento de la administración.
Sobre esta base apoyan el resto del razonamiento y consideran que el artículo 426 está probablemente anticuado porque el bien jurídico protegido (los dos anteriores) no está puesto en peligro ni amenazado por el hecho de solamente aceptar un regalo. Por eso, proponen una interpretación muy restrictiva considerando que sólo cuando se trate de un delito que denote una actitud negativa por parte del funcionario debería ser castigado- algo que atentaría potencialmente contra el funcionamiento de la administración pública- y aún así lo critican como una forma de criminalizar una actitud más que una acción lo que en su opinión va contra los principios del derecho penal de un EStado social y democrático de derecho etc,… En cualquier caso, consideran que el tipo debería estar limitado a los casos más flagrantes y graves, etc… Según esta interpretación, lo que hizo Camps-suponiendo que hubiera aceptado los trajes, etc…- no seria delito.
Mi (humilde) interpretación es sustancialmente distinta de lo de los autores. En primer lugar, si el tipo está en el código penal, es de clara aplicación con independencia de la opinión de cada uno respecto de lo grave que es. Eso significa que debe ser interpretado de una forma que lo que protege tenga algo de sentido. En mi opinión, aunque para los demás delitos de cohecho se proteja el principio de imparcialidad o el funcionamiento de la administración pública, el artículo 426 debe proteger otro bien jurídico- de otra forma, nos llevaría al absurdo que señalan los autores dónde el título sería “inútil”- y el juicio sobre la inutilidad en España corresponde al legislador, no a los jueces.
¿Qué interpretación se puede dar? En mi opinión, lo que protege el 426 es la apariencia de imparcialidad de las administraciones públicas. Es decir, que se castigue el hecho de aceptar un regalo aunque no se realice un delito, es algo “sospechoso” que ensucia la imagen de imparcialidad de la administración pública. ¿Qué fundamento se puede aportar a ésto?
En primer lugar, creo que hay precedentes en derecho comparado. Os pongo un ejemplo en Francia. Allí, las jurisdicciones administrativas tienen las institución del “comisario del gobierno”- una especie de fiscal que debe actúar a favor de la ley en los procesos administrativos, pero que es en cierta manera parte en el proceso. El Comisario del gobierno formula argumentaciones coherentes y ayuda a que se forme la jurisprudencia y ha tenido un papel fundamental en el desarrollo del derecho administrativo, no sólo francés, sino continental. Uno de los privilegios del Comisario es participar en las deliberaciones del tribunal (aunque no tenga voto). Pues bien, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha considerado en varias ocasiones que esa una institución que atenta contra el derecho a un proceso justo e imparcial. ¿Por qué? La razón no es que efectivamente el Comisario produzca indefensión -no es necesario probarlo- es sobre todo la “teoría de las apariencias“: la justicia no sólo debe ser imparcial sino también parecerlo. Esto es algo que se aplica de forma idéntica al caso de Camps: el bien jurídico es la “apariencia de imparcialidad”. Cuando uno ostenta un puesto de responsabilidad, está sujeto a dar una determinada imagen de la administración pública.
¿Por qué debería ser importante la apariencia? En primer lugar, es algo que mejora la gestión pública. Cuando los funcionarios de una administración dan un imagen de imparcialidad, la confianza de los ciudadanos y de las empresas en esa administración será mayor- en economía hablaríamos de que reduce la percepción del riesgo político. En segundo lugar, hay un problema de información imperfecta y de gestión del riesgo. Normalmente, es muy difícil distinguir si un regalo es una forma de corromper o es un hecho inocente. Si hacer regalos a los funcionarios fuera legal y se convirtiera en moneda corriente, la corrupción sería mucho más sencilla. Tener que dar la apariencia de imparcialidad no aceptando regalos hace mucho más difíciles estas transacciones- vamos, es una problemática similar a la financiación de los partidos (I, II, III, IV.) y que encaja bastante bien en la teoría económica de la burocracia- la idea es que las organizaciones burocratizadas, por tener problemas de agencia muy fuertes, ponen el énfasis sobre el procedimiento y la forma de las acciones y no sólo sobre las consecuencias que muchas veces son inverificables.
Pienso que la objección de los autores respecto a la idea de que es un delito demasiado leve para ser castigado- la “apariencia” no debería ser reprobable, sólo los hechos consumados, sino se viola la presunción de inocencia- no es relevante ya que al fin y al cabo la multa es una pena bastante leve.
La interpretación que estoy proponiendo admitiría obviamente matices. Por ejemplo, el hecho de aceptar un regalo en Navidad no debería ser visto automáticamente como algo terrible -al fin y al cabo, las cestas o las tarjetas de navidad son parte de la política de relaciones públicas de cualquier empresa de tamaño medio. Tampoco es lo mismo aceptar unas anchoas de cantabria que un yate de nosecuantos metros de eslora. Igual que no es lo mismo aceptar el regalo del jefe de una trama corrupta que, digamos, de la casa real. En todos los casos lo que cuenta es la apariencia de imparcialidad; cuando algo es visto como normal, es razonable que no sea típico, no en cambio cuando algo es mínimamente sospechoso. Debería por tanto poder probarse que se ha atentado contra la imagen de la institución con un comportamiento reprobable- algo que en este caso está tremendamente claro.
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Lunes, Junio 29th, 2009
Acabo de volver de vacaciones y ando un poco en las nubes para hablar de cosas serias, así que voy a hacer una pequeña reflexión sobre la disciplina a la que no he dedicado diez horas diarias durante la última semana que me han surgido leyendo esta nota de Paul Krugman.
Mi interés por la economía ha venido, no tanto de prejuicios o ideas preconcebidas, sino por mi por mi percepción de la capacidad creciente de los modelos económicos para explicar las interacciones sociales de una forma relativamente clara y austera desde el punto de vista retórico.Con esto quiero decir, que no es tanto que mi hormonas se disparen con la intensidad matemática y el relativo formalismo que caracteriza a la teoría económica, sino que leyendo a gente como Egócrata o Kantor entiendo que realmente esas páginas llenas de mates y simplificaciones sirven para algo, es decir son útiles.
Esto ha contrastado con la visión del, digamos, 90% de la gente, que tiene una visión exactamente opuesta. La economía sería una ciencia puramente deductiva, sin contraparte empírica real y con una brecha enorme entre los modelos y lo que ocurre en realidad. Para mí, esto algo profundamente contraintuitivo: yo veo equilibrios de Nash cuando ando me meto en el metro y pienso en términos de variaciones conjeturales cuando cojo por la cintura a mi novia; la idea de que los modelos económicos son una mala representación me resulta poco menos que absurda. Algo impactante es que esa idea de la economía está extremadamente repandida; no se trata ya de gente no instruida -el equivalente económico de los partidarios del creacionismo- también filósofos respetables -tengo en mente a Jon Elster- sostienen esta idea.
El problema es tanto más importante cuando mi impresión es que, este porcentaje de gente que no entiende los modelos económicos se extiende a gente que forma parte de la profesión. La mayoría de mis compañeros de oposición sostiene concepciones “naive” de qué es el supuesto de racionalidad económica que ignoran algo tan viejo como la teoría de la preferencia revelada o críticas de la economía que tiran contra hombre de paja. Paul Krugman apunta que un número importante de gente importante manifiesta simplemente no estar al corriente de cuál fue el mensaje de la revolución keynesiana (que el ahorro no se convierte automáticamente en inversión y que no vivimos en un mundo de equilibrio instantáneo) resucitando falacias que, en teoría, estaban igual de superadas que el heliocentrismo o el creacionismo. Es decir, estaríamos ante un problema mucho más grave: no sólo la gente profana sostiene ideas equivocadas, tendríamos a una masa de economistas haciendo cosas en las que no creen.
Hablando con Kantor hace unas semanas, creo que he llegado a la conclusión: la mayoría de los economistas no entienden los modelos con los que trabajan. Es probable que esto sea especialmente cierto en el caso de la gente que se dedica a las finanzas pero es probable que los economistas “reales” no se salvan tampoco. Esto me recuerda lo que me explicaba Jesús (por mail) el otro día sobre la idea de Thomas Mayer de que los economistas habían tomado la elegancia matemática como proxy para medir el prestigio. Veamos
Un modelo económico es, básicamente un conjunto de relaciones, normalmente expresadas de forma matemático, entre agentes y mercados. La idea es la misma que la de una maqueta: una representación simplificada de la realidad para hacer tratable una realidad compleja. O también la misma que la de una historieta o una parábola más sofisticada de lo normal: tiene un mensaje esencial expresado de una forma alternativa-mas simple- a como es en realidad y por tanto limitado por las simplificaciones que uno opera. La forma matemática es, sobre todo, un mecanismo para disciplinar lógicamente esas relaciones y hacerlas más o menos estables. Si ser un buen economista consiste en saber hacer predicciones y formular explicaciones interesantes, ser un buen economista debería consistir en ser capaz de entender qué es exactamente lo que dice el modelo y en qué sentido puede ser útil para hacer una predicción o explicar una determinada situación. Un modelo es mejor o peor en función de lo bien o lo mal que uno sea capaz de usarlo, los modelos no deberían “ciertos“, son “útiles“. En la práctica lo que se evalúa en los libros y en las clases de economía o lo que se valora en un buen economista es la capacidad para reproducir los resultados de los modelos, ser capaz de hacer análisis estático compativo, formular modelos elegantemente microfundamentados y con suficiente precisión.
¿Como de próximas son estas dos actividades? Es decir: ¿es necesariamente alguien capaz de mover curvas y resolver ecuaciones un buen economista? En mi opinión no. Como dice Krugman, a la hora de hacer política económica, es más sencillo y más fructífero plantar un IS LM que un modelo de equilibrio general con optimización intertemporal en tiempo continuo y ver como reaccionan las variables, a pesar de las limitaciones teóricas del IS LM. La capacidad para usar modelos económicos para formular explicaciones o predicciones interesantes requiere en mi opinión dos tipos de habilidades. La primera, es exactamente lo que se exige: saber mover curvitas y deducir ecuaciones a partir de una axiomática correctamente formulada. En este campo, pienso, la mayoría de la gente está correctamente formada. La segunda, sin embargo, implica ser capaz de usar esos modelos para hacer un análisis de la realidad. Esto implica, obviamente, entender cuál es es la interpretación de los resultados matemáticos que uno obtiene en el modelo y por tanto saber cuales son sus límites y cuál es su utilidad.
Mi punto de vista es que la mayor parte del escepticismo que existe respecto a la teoría económica puede explicarse por una mala interpretación de lo que de hecho dicen los modelos y no tanto de que los modelos estén mal formulados. Cuando uno no conoce los límites, intentar aplicarlo a la realidad sólo puede llevar a la decepción y a una especie de nihilismo teórico. Si uno intentar intenta probar su coche todo terreno en una maqueta del scalextrix, obviamente el resultado no será bueno porque le scalextrix es una buena representación de una carretera pero no sirve para conducir coches de verdad. A la inversa, los que se toman al pie de las letra muchas simplificaciones sólo contribuyen a dar argumentos a los primeros para su escepticismo.
La verdad, no tengo muy claro como se revuelve esto. Supongo que es un problema de como están gestionados los programas académicos.
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