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Archive for the ‘masturbación intelectual’ Category
Domingo, Febrero 21st, 2010
Este es uno de esos post motivados por lectura indignada de periódico. Llevo un tiempo pensando en ello y tirando a estar decepcionado, no tanto o no solo con los políticos, sino con el tipo de opinión pública que tenemos en España. España está en una situación difícil. No hace falta ser economista, ni sociológo para saberlo. Y además, hay cosas que deben hacerse, de forma más o menos inevitable. Pienso sobre todo en la reforma laboral (alguna, la que sea) y la reforma de las pensiones, pero sobre todo en esta última.
El problema de las pensiones es como ya he explicado en alguna ocasión, poco más que un problema aritmético (1). A diferencia de otras reformas, como por ejemplo la elección del modelo energético o la reducción déficit publico, no implica elecciones demasiado complicadas. Es un problema de sota, caballo y rey: si la población envejece, o se aumentan las cotizaciones, o se reducen las pensiones o se aumenta la productividad, o se reduce la tasa de paro, o se aumenta la edad de jubilación. Las dos primeras son relativamente inviables y muy desagradables; las dos siguientes son difíciles y nadie sabe como se hace así que el aumento de la edad de jubilación es un ingrediente básicamente inevitable de cualquier reforma.
Lo que intento poner en claro es que, una vez que uno excluye soluciones radicales como dejar a la gente sin pensión, tirar viejecitas por las escaleras o similar, la idea de que la gente que trabaja debe producir lo suficiente para mantener a los que no lo hacen y que si este último grupo aumenta de tamaño hay un problema que solo se resuelve revertiendo el proceso se impone de forma casi inevitable. La ideología podrá jugar un papel jugando con los matices. Jose Rodriguez me decía el otro día que a él no le parecía mal aumentar la edad, pero que no creía que fuera el momento y que el periodo de transición era muy corto. Sea. Pero ese tipo de argumentos son un minimatiz en la idea global dónde el conjunto de opciones es muy restringido.
La (tímida) propuesta propuesta de subir la edad de jubilación del gobierno ha sido recibida de forma mayoritaria por casi todo el mundo -grupos políticos y especialmente los sindicatos- como un “recorte de los derechos de los trabajadores” o como algo inadmisible. Los sindicatos han convocado una manifestación para quejarse. La reacción (humillante) del gobierno no se hizo esperar.
Desconozco si, como dice El País, los sindicatos se quejan para que no parezca que son serviles con el gobierno y sus afiliados les presionan para que lo hagan, o si realmente creen en lo que hacen tal y como lo plantean- es decir, como si realmente hubiera alguna forma alternativa de solucionar el problema- que no he podido encontrar en el artículo y a la que no han dado demasiada publicidad. Lo que si tengo más o menos claro es que este tipo de debates no deberían tenerse en una democracia madura.
Supongo que podría meterme con los sindicatos, pero creo que su actitud sólo refleja algo que es un problema de la sociedad española. La posición que tiene en estos momentos la sociedad española ante las reformas es no ambiguamente inmovilista; mejor, es tremendamente reaccionaria. Las acrobacias intelectuales en forma de antropología amateur y psicología espontánea que se hacen para oponerse a casi cualquier tipo de reforma laboral son sólo un ejemplo. El problema de las pensiones es directamente absurdo: nadie propone nada, salvo dejarlo como está.
No es un problema de que uno tenga una ideología de un tipo o de otro; es un problema de que parece que la gente tiene una aversión desmesurada a cualquier clase de cambio, como si el status quo fuera maravilloso. Es un problema de falta de madurez, de no querer hacer frente a la realidad, algo que atestigua, no ya de una sociedad divorciada de sus élites, sino de una dónde éstas no son capaces de articular un discurso que haga frente a los problemas, ni de transmitir la información de las opciones disponibles a la opinión pública, hasta el punto de que da la impresión de que no son conscientes de ello.
(1) Cualquier fanboy de la capitalización individual que tenga previsto comentar está avisado de leerse este paper -o estar al tanto de los argumentos. Si no lo hace y se le nota, mi respuesta será muchas cosas, pero no amable. Mi paciencia es escasa últimamente.
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Viernes, Enero 29th, 2010
El otro día hablaba del problema de las narrativas y de renovación del discurso de izquierdas. Como decía, lo que hace históricamente grande a una ideología es ser capaz de articular soluciones bien fundadas a problemas históricos concretos y para ello es necesario disponer de un discurso,. de una narrativa. En este post quiero, relacionado con el problema de las pensiones que acaba de salir dar un ejemplo de discurso, tipo “meeting” de como sería posible “vender” este tipo de soluciones. No hace falta que diga no es un análisis fino; es un discurso que intenta primar la elegancia sobre la precisión. Allá va:
(more…)
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Miércoles, Enero 27th, 2010
Si tengo que nombrar dos autores que hayan influido más que en mi cosmovisión del mundo, entendida como “educación sentimental”-J, ahora te mando el copyright- o como conciencia histórica, probablemente nombraría a Marx y a Ortega y Gasset. Algo -tal vez lo único- que tienen en común es la articulación de, por un lado, de la importancia del momento histórico, la idea de que cada periodo de la vida humana está dominado por unos temas y que sus soluciones globales son más o menos inevitables y por otro, el papel del individuo -o en el caso de Marx la clase- como agente de ese cambio y la consiguiente llamada a las armas.
Ortega sugeriría que la condición sine qua non para el éxito de un discurso político -la vieja y la nueva política- es “estar a la altura de los tiempos”; ser capaz de colmar las aspiraciones de una generación, permitir que los cambios necesarios o inevitables se produzcan y que la sea la generación que los vive la que los lidere en lugar de sufrirlos. Pero para que los cambios sean asumibles y no traumáticos, la economía del proceso histórico exige que sean graduales y que lo nuevo se apoye siempre en algo que ya existe y de lo que se tiene conciencia.
Cuando hablamos del discurso de la izquierda, pienso que ese discurso debe, para tener éxito, cumplir dos condiciones. Por un lado, ser realista y ambicioso y colmar las aspiraciones de una generación, responder a los problemas de un momento histórico- o lo que es lo mismo, apoyarse sobre un diagnóstico certero y hacer prescripciones realistas. Por otro lado, debe apoyarse en una tradición que recupere los temas y las sensibilidades históricas con las que un movimiento- como la izquierda- se sienta identificado; los imaginarios construidos sobre tablas rasas tienen eso de problemático que transmiten esa horrible sensación de “low profile”- sí, pienso en la eclosión neocañi. Identidad y ambición; realismo y movilización deben ir de la mano en un discurso.
Si hablamos del diagnóstico, creo que puedo apostar sin demasiado riesgo que los próximos 20 o 30 años estarán, en Occidente, marcados por un problema que podemos poner bajo la rúbrica de “sostenibilidad”. A su vez, esta idea se desdobla en dos temas: la sostenibilidad ecológica entendida como el problema tanto de la economía ambiental y el respeto del medioambiente como del progresivo agotamiento de recursos energéticos y la sostenibilidad demográfica entendida como el problema del reto del envejecimiento de la población-y la sostenibilidad de los Estados de Bienestar- y el declive demográfico de la sociedad occidental. Cuando pienso en cualquier problema futuro, me resulta difícil encontrar alguno que no se pueda agrupar bajo alguna de estas rúbricas; son los problemas fundamentales del futuro y pienso que cualquier partido, de izquierdas o derechas, deberá responder a estos problemas o fracasar para inscribir su nombre en la Historia.
Resulta que la tradición de izquierdas está particularmente bien armada para responder a ambos retos siempre y cuando sepa reformar sus ideas. El ecologismo es un tema que forma parte del imaginario de la izquierda al menos desde los 70. Sin embargo, además de la retórica mecánica sobre el cambio climático y las renovables, sería razonable que el debate se articulara en términos un poco más científicos -pienso en la energía nuclear y en la necesidad de una política energética coherente. Favorecer un cambio de modelo energético sobre la base de un debate técnicamente informado debería ser una baza electoral, a cambio de saber hacer un poco pedagogía política.
Respecto a la sostenibilidad demográfica, es probable que éste sea un tema históricamente de derechas -Malthus, etc,… Sin embargo, sus soluciones pasan por tres tipos de políticas. En primer lugar, una economía suficientemente robusta para que la productividad aumente, capaz de innovar y de adaptarse, con mercados flexibles que se adapten a los cambios inherentes a esta innovación y sirvan efectivamente al consumidor y no al empresario, con un sistema educativo funcional orientado a mejorar el capital humano de los individuos, a mejorar su posición en el mercado laboral así como una red de protección con seguros obligatorios que haga esos cambios menos traumáticos.
En segundo lugar, Occidente y Europa en particular necesita encontrar una política de inmigración coherente y planificada a largo plazo, no basada en la última sensacionalidad política. Frente a las políticas irresponsables, sólo veladamente racistas y oportunistas de la derecha, la izquierda necesita y puede articular un discurso basado en la correcta gestión de los flujos migratorios que ponga en la balanza las ventajas e inconvenientes de cada política- lo que probablemente incluye valorar a los inmigrantes en función de las necesidad del mercado laboral.
En tercer lugar, necesitamos un sistema de protección social más moderno, que haga frente a los nuevos riesgos sociales. Las políticas familiares en Europa continental brillan por su ausencia. Sin embargo, cuanto más sabemos sobre la situación en la infancia y el éxito posterior más claro está que el status socioeconómico de tus padres es la madre de todas las externalidades y que este tipo de políticas son la clave para reducir la desigualdades y mejorar la cohesión social. El efecto sobre la sostenibilidad es tanto mayor en la medida en que no sólo aumentan el número de hijos por mujer sino que también fomentan la incorporación de la mujer al trabajo. La temática feminista, la de la sostenibilidad y la igualdad de oportunidades, reunidas en una misma política.
Que este tipo de programa tenga éxito depende en buena medida de la capacidad de los líderes para hacer pedagogía y modificar el discurso. Mi exasperación con la izquierda española actual proviene precisamente de esa falta de visión y de liderazgo para ser consciente del momento histórico en el que vivimos, de los retos a los que se enfrenta y la miopía inherente a ir a salto de mata electoral. El discurso actual de la izquierda en España basado en el género, la memoria histórica y la “sostenibilidad light” tiene el problema de ser un discurso vacío en la medida en que no aporta soluciones a problemas reales. Las soluciones a esos problemas en las que parece creer la izquierda tienen el problema de ser viejas- no solo antiguas. Ambos son la causa de que la izquierda lleve treinta años a la defensiva cuando se habla de cosas importantes.
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Miércoles, Diciembre 23rd, 2009
La idea de escribir este post me vino después de la cena que tuvimos el grupo más activo de apóstoles de la servidumbre y la exacción fiscal que vivimos en Madrid dónde salió el tema de la relación entre antisemitismo y antisionismo y concretamente si se trata del mismo fenómeno o no. Mi idea es convertir esto en una especie de meme/debate sobre el tema, dónde aquí expondré mi punto de vista y espero que bien en los comentarios bien en los respectivos blogs, la gente se anime a llevarme la contraria o matizarlo. Adelanto que mi opinión es básicamente especulativa.
Mi punto de vista es que, aunque relacionadas, ambas actitudes son distintas y separables. ¿Qué significa que son distintas? Puede significar distintas cosas. Como posición personal/individual creo que es indiscutible que es posible ser antisionista (i.e. opuesto al proyecto de construcción nacional de Israel y a su soberanía sobre los territorios que ocupan) sin por ello ser antisemita (tener algo en contra de los judíos por el hecho de serlo) y posiblemente al revés. Se trata de dos posiciones separables desde el punto de vista lógico y político y desde luego que, al menos en mi opinión, merecen juicios de valor distintos. Creo que en esto estamos básicamente de acuerdo.
Lo que creo que estaba abierto a discusión era si son fenómenos sociales diferentes. Aquí me gustaría hacer una pequeña puntualización de método. Para alguien que no crea filosóficamente en la existencia de esencias hegelianas qu pugnan entre sí, la utilidad de las tipologías es puramente descriptiva; nunca explicativa. Si dos fenómenos son iguales es porque responden a causas similares o tienen consecuencias análogas y, en definitiva, merecen ser estudiados de la misma forma, no porque realmente sean iguales. Digo esto para evitarnos problemas sobre nominalismos estériles.
Mi ángulo de ataque, por tanto, es que, en primer lugar, se trata de fenómenos con un origen histórico diferenciado. El antisemitismo surge históricamente de alguna forma de conflicto de corte étnico, basado en el papel que ocupaban los judíos en la sociedad, en prejuicios religiosos (se les creía segun tengo entendido, estúpidamente, responsables de la muerte de jesucristo), etc… El origen histórico del antisionismo, sin embargo, además de bastante más reciente (como mucho igual de antiguo que el sionismo) y se basa en una oposición a la política exterior que lleva a cabo un Estado concreto o en la solidaridad con el lado árabe del conflicto.
La diferenciación de ambos fenómenos -es mi apuesta- es interesante por varias razones. En primer lugar, apuesto a que responden a variables explicativas distintas, incluso a nivel psicológico o sociológico. El antisemitismo es una forma de racismo mientras que el antisionismo es básicamente un punto de vista político relacionado con una posición en política exterior. El primero es predominantemente -al menos hoy- un fenómeno de derechas y el segundo un fenómeno de izquierdas y por tanto deben ser reactivos a distintos tipos de prejuicios. Desde luego, ambos se dan de forma relativamente separada, aunque no siempre.
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Jueves, Diciembre 10th, 2009
It is interesting that Menger wrote a letter to Walras on this very subject.(…) Menger said that mathematics was all very well for certain descriptive purposes, but it did not enable you to get the essence of the phenomenon. I wish I thought it were true that the language of mathematics had some special faculty drawing attention away from pseudo-problems of qualitative essence. For, unlike Menger, I would consider that a great advantage.
Paul Samuelson en un fantástico (y muy legible) artículo sobre el uso de las matemáticas en la economía.
Como decía Kantor, esta es una de las cosas que los germánicos (alemanes o austriacos) tienen en común, hablemos de Marx, Menger o Hegel, esa fiebre hermeneútica era algo común en esa época en europa central.
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Martes, Noviembre 10th, 2009
Recuerdo cuando hace algo más de dos años pasado fui a visitar Gdansk que para los no iniciados es dónde empezó la revuelta del sindicato Solidaridad en Polonia que fue la punta de lanza de la insurrección dentro del bloque soviético. En los astilleros dónde empezó la revuelta, tenían una especie de museo hagiográfico que relataba la historia del movimiento Solidarsnoc con toda clase de artículos, fotos y demás de la época. A aquél viaje fui -entre otros- con una compañera de máster, francesa ella, de la paleoizquierda que hay en Francia- que me miraba como poco menos que un malvado capitalista comeniños por tener buena opinión del New Labour- que, entre sus compras turísticas, había adquirido en un puesto de artículos comunistas en Varsovia una bonita insignia de la hoz y el martillo, probablemente auténtica y que lucía sólo por darles en las narices a los polacos, ellos tan conservadores.
El museo era interesante, no tanto como buen trabajo histórico, sino por ver material de primera mano de como ocurrieron las cosas. Sobre todo, permitía ver las contradicciones, en el sentido más marxista del término, en que había incurrido el régimen: era una régimen que se decía obrero pero que sufría una insurrección obrera. Por ejemplo, recuerdo la portada de Libération, el periódico francés fundado por Sartre (!) y cuyas editoriales hoy todavía alaban o son tibias con Chávez y Castro alabando con letras enormes la insurrección de los obreros Polacos contra el régimen comunista. Pero mi recuerdo favorito de la visita fue cuando, junto con mi compañera francesa vi la lista de reivindicaciones de Solidaridad entre las que se encontraba “la reducción de la jornada laboral a 29 horas” (hablo de memoria, pero recuerdo que era una cifra que me pareció muy pequeña) algo que, habiendo leído algo sobre la productividad de la economía soviética, no pudo menos que hacer que se me escapara una sonrisa. Mi compañera me reprochó que me pareciera poco articulando todo un discurso sobre la calidad de vida, bla bla bla,… tras lo cuál yo le señalé la insignia comunista que lucía en su solapa “¿y ésto?” “Esto es distinto”. “¿Ah sí? entonces los que proclamaron el Estado de excepción en los ochenta no tienen nada que ver con esto, no estaban en guerra?” “sí, esto es un ideal, por eso lo llevo”
He visto, creo que todos lo hemos visto, esta escena bajo diversas formas, pero la escena es siempre la misma. Primero, uno tiene la afirmación de una idea radical, después, una demonstración de que la idea radical lleva a consecuencias horrendas y por último alguna forma de arreglar el problema de la idea extrema formulándola bajo una forma etérea, distante, fundamentalmente ideal e irrealista blindada contra cualquier test de la realidad. En este último paso, hay muchas versiones; “es un ideal” “malinterpretaron la idea” “no les dejaron el tiempo suficiente”; en todos los casos, la acrobacia intelectual es irónicamente admirable.
El problema es especialmente agudo para la izquierda. Es dramático comprobar que, incluso 20 años después, hay quién todavía no ha digerido la caída del muro; gente que manifiesta equidistancia respecto entre el comunismo y la democracia liberal; gente que piensa en la caída de la URSS con la melancolía con la que se pensó en su día en la caída del imperio romano o la conquista de Constantinopla por los turcos. El problema es profundo y diagnostica las contradicciones profundas que existen en el paradigma estético de la izquierda; creer que se puede seguir hablando en clave anticapitalista- sea lo que sea eso que suelen llamar “capitalismo”-, como si realmente hubiera una alternativa, y al mismo tiempo ser demócrata; hablar como si la tercera vía- esto es, las políticas que los socialdemócratas llevamos practicando desde la posguerra- fueran una amarga concesión, algo con lo que tenemos que cargar. O dejar de lado cualquier aplicación práctica y declararse abiertamente anticapitalista pasando a una ritualización de la lucha, a la exaltación de lo sentimental, a la reutilización recursiva de las “luchas antifascistas” cayendo en alguna forma de nihilismo político. De forma simétrica, la derecha, conservadora, católica o liberal, ha capitalizado la caída del muro como una victoria de no se sabe muy bien qué -el capitalismo, el catolicismo, el anticomunismo, el fracaso de la ingeniería social- habiendo dejado a la izquierda, con la colaboración de esta última, a la defensiva durante los últimos veinte años.
Esto es tanto más triste porque da testimonio de como la izquierda, en su conjunto, ha olvidado su propia historia. La memoria soviética ha monopolizado la identidad izquierdista; el proyecto comunista es visto hoy como la forma más acabada de la idea izquierdista. Y sin embargo, esto no fue así históricamente. En Europa existió, desde cuando tiene sentido hablar de izquierdas y derechas, una izquierda no socialista, un socialismo no marxista y un marxismo no leninista. Las grandes conquistas sociales en Europa no fueron el fruto de proyectos maximalistas y pseudorrevolucionarios; el Estado del Bienestar, los derechos sociales y civiles no han sido obra ni hechos bajo la influencia del comunismo. El discurso de Léon Blum sobre la “vieille maison” en el Congreso de Tours y su rechazo de unirse a la organización antidemocrática y totalitaria de la Tercera Internacional quedaron borrados por la guerra fría.
Y las cosas siguen igual; algunos todavía hablan en serio cuando dicen -o callan- que añoran los desfiles de las tropas rusas en la plaza roja de Moscú; otros añoran esa época en la que existía una alternativa incierta pero distante, lo suficiente como para que la disonancia cognitiva permitiera limar los detalles molestos de las no tan populares democracias del Este y miran hoy a Cuba con una mezcla de complacencia y equidistancia intentando justificar lo injustificable. Y mientras tanto, estaremos perdiendo la oportunidad de arrebatarle a la derecha el monopolio de lo posible.
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Domingo, Noviembre 8th, 2009
He pasado la última semana y algo leyendo el libro de Raymond Aron “Le marxisme de Marx”. La verdad es que leerlo ha sido una forma de escapar dentro de la medida de lo posible de mi nueva vida de economista sacando condiciones de primer orden a diario y pensado en términos de optimización. Lo digo por el estilo. No es que Aron escriba mal; al contrario, es que desde que dejé de estudiar derecho- sobre todo como se estudia en España- se me había olvidado en qué consiste esa actividad profunda que se llama “exégesis”.
Sobre todo, me ha hecho recordar algo que ya intuía cuando empecé a leer a los marxistas analíticos; una parte importante de las ideas de Marx -y concretamente toda la parte impregnada por la filosofía hegeliana y la teoría laboral del valor- era errónea y otra parte, no era errónea y era, incluso, muy interesante, pero la importancia que parece tener cuando uno la analiza de forma fría es mucho menor que la que le otorgaba Marx.
Todo esto me ha recordado cuando, a raíz de empezar a leer a Kantor y a egócrata empecé a pensar como un economista y a interesarme por la filosofía analítica. Cuando leo las obras en ciencias sociales “blandas” mi impresión es de frustración profunda. Os hablo de un campo que conozco algo mejor; las relaciones internacionales. Las relaciones internacionales no han tenido autonomía como campo de estudio hasta hace relativamente poco, y aún hoy se suelen ver como una rama de la historia mucho más que como una disciplina científica. Los esfuerzos de sistematización (realistas, liberales, constructivistas, etc,…) no cuentan realmente con un instrumental analítico sistemático, propio de una disciplina científica. De hecho, las controversias en relaciones internacionales, llegan a rallar lo absurdo. Por ejemplo, los autores realistas sostienen que, como el sistema internacional es anárquico y los estados luchan de forma permanente por la supervivencia, la forma en que se comporten de forma interna es totalmente irrelevante para su comportamiento en la arena internacional. Este es un postulado que es sostenido de forma “absoluta”. Sin embargo, cualquiera que tenga una vaga idea de como funcionan los mecanismos de decisión sabe que este efecto NO puede ser total. Esto es algo relativamente difícil de argumentar cuando uno no usa un modelo dónde explique qué hace exactamente cada cuál, por qué y como interactúan y este (el estatocentrismo) es uno de los “grandes debates” de las relaciones internacionales. Cuando las discusiones se mantienen en el plano abstracto, las soluciones siempre son extremas- y a menudo absurdas.
Przeworski decía en una entrevista que las matemáticas son “una herramienta para el estúpido”. Cuando uno se ve forzado a especificar todas las ideas y el mecanismo está relativamente claro, es más difícil verse atrapado en los juegos de palabras de los que hablaba Wittgenstein. ¿Qué significa que la realidad es contradictoria y por eso tiene que cambiar mediante una revolución hasta que deje de serlo, como decía Marx? No está muy claro. En el libro de Aron, explica que es algo controvertido y que nadie lo sabe; sin embargo, a nivel estríctamente filosófico, eso parece tener sentido. Emplear un método analítico- no necesariamente matemático- en cambio, permite diseccionar lo que uno está diciendo y examinar su alcance. Otro ejemplo; dos de los libros más importantes del siglo XX son probablemente la Theory of games and economic Behaviour de Von Neuman y Morgenstern y la Teoría General de Keynes. El primero es un libro esencialmente matemático y el segundo básicamente literario. El resultado de esto es que los historiadores de la economía todavía debaten sobre lo que Keynes realmente quería decir; sobre la base de Von Neuman y Morgenstern se ha construido un sólido cuerpo de instrumentos; no ha habido intentos de “refutación” porque los supuestos estaban claros y eran precisos.
La claridad es algo que expulsa la discusiones inútiles, debidas a malentendidos, pero también expulsa las discusiones de corte ideológico. Una parte importante de las argumentaciones en ciencias sociales está construida sobre retórica y narrativas que terminan en última instancia en discusiones sobre la naturaleza humana o sobre los prejuicios de cada cuál. Tengo entendido que las polémicas entre Américo Castro y Sanchez Albornoz sobre desde cuando existía España degeneraron en “sé de buena tinta que Américo Castro es judío”. Mis discusiones con mi profe de sociología/globalización recurrían constantemente por su parte a sugerir (falazmente) que mi concepción de la naturaleza humana era que los hombres eran egoistas por naturaleza.
Cuando pienso en todas estas discusiones, tengo la impresión de que en la historia de las ciencias sociales y la filosofía existe un sin fin de autores que reinventan constantemente la rueda y que cometen una y otra vez los mismos errores. Uno tiene la sensación de que no existe progreso científico propiamente dicho; los temas se repiten y las soluciones fallidas vuelven bajo formas nuevas. No existe una “ciencia normal” a lo largo de la cual se pueda progresar; no hay una acumulación de conocimiento como existe en biología o en física; el género cultivado es el “ensayo” basado en la originalidad de las tésis y las intuiciones históricas, pero no en una metodología que permita encuadrar las ideas en un contexto más amplio ni tampoco un método estandarizado para comprobar las ideas. Este progreso sí existe y si es posible en economía matemática; para plantear un problema, uno plantea un modelo nuevo o modifica los supuestos de uno existente. El lugar de la innovación dentro del campo está claro; su conexión también lo está; es posible construir sobre ellos y explicarlos en clase, hacer ejercicios -no exégesis- para enseñar a la gente a usarlos.
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Jueves, Octubre 22nd, 2009
Desde dónde alcanza mi memoria he sido una persona despistada. Quiero decir, soy el tipo de persona que va por la calle buscando algo y pasa por delante sin darse cuenta, que busca un bolígrafo en la mesa y no se da cuenta de que está ahí o que va por la calle y, especialmente desde que soy alto, se choca con la gente. Cuando la gente me pregunta como he podido no ver algo, o como me ha pasado tal o cuál cosa suelo dar la explicación “es que soy muy despistado” y me han reprehendido varias veces por ser así de despistado y no prestar atención.
Hoy he ido al oftalmólogo a hacerme una serie de pruebas, entre las cuáles estaba un campo visual. La prueba del campo visual consiste en que lo ponen a uno delante de una pantalla dónde van saliendo puntos y tiene que apretar el botón cada vez que salgan los puntos. El objeto de la prueba es determinar cuanto abarca el campo visual en función de los puntos que uno localiza. El resultado ha sido que tengo una lesión en el campo visual respecto a lo que se considera “normal”; hay una zona a la derecha del ojo derecho y abajo a la izquierda del ojo izquierdo dónde no veo y la mayoría de la gente sí lo hace. El diagnóstico del médico ha sido, después de examinarme el ojo que se trata de un trastorno de origen neurológico, no ocular- el aparato con el que veo las cosas está bien, lo que está mal es el ordenador con el que lo computo.
Cuando venía para casa he pensado; vaya, tal vez por eso he pensado siempre que era despistado. En realidad, no era un problema de despiste, era un problema neurológico. La reflexión inmediata que me ha venido a la cabeza es que si el despiste existe debería ser en cualquier caso un fenómeno de tipo neurológico, de modo que no tiene sentido oponer problema neurológico a problema de ser despistado; soy despistado y punto. Pero, quid si hubiera sido, como decía el médico que podría haber sido, un problema de retina; ¿se podría decir que soy una persona despistada o simplemente que veo mal?
El friki que hay en mí se dio cuenta de que estaba ante un problema de filosofía de las ciencias cognitivas relativamente profundo. Uno de los problemas más importantes en filosofía de la ciencia es el problema del reduccionismo. En el sueño húmedo de un positivista como yo, todas las ramas del saber podrían reducirse a un nivel inferior. Como explicaba Kantor: “En principio siempre hay una vía reduccionista para afrontar cualquier fenómeno. En principio es posible entender el cerebro a base de agregar neuronas, y la neuronas a base de agregar metabolitos. En última instancia bastaría integrar todas las ecuaciones del movimiento de todas las partículas del cerebro para explicar todo cuanto hace un ser humano.”
El problema es, sin embargo, que no siempre se puede. Recordad lo que os contaba del médico; el problema podía tener un origen neurológico o fisiológico. En general, ser despistado no es fenómeno homogéneo, con una misma causa, a nivel biológico y por tanto no es posible “reducirlo”- digamos encontrar la neurona o el gen exacto dónde existe el despiste. Y este problema, es algo que afecta a muchas cosas. Por ejemplo, las creencias o los deseos no son un fenómeno neurológicamente homogéneo. Cuando nosotros explicamos algo diciendo “Luis quiere tal cosa, cree que puede lograrla de esta forma por eso hace ésto” estamos empleando esos términos, igual que cuando yo digo “es que soy despistado”.
Churchland explicaba en este librito que existen distintas actitudes respecto a este problema, pero las voy a reducir a básicamente dos. Una de ellas es la de simplemente negar que el fenómeno tenga relevancia científica y que el objetivo de la ciencia es intentar superar conceptos precientíficos con los que nosotros funcionamos. Es el llamado “materialismo eliminativo”. La idea es que, al fin y al cabo, antiguamente la gente también consideraba que determinadas personas eran brujas y explicaban con ese concepto su comportamiento, pero hoy nadie considera que la teoría de la posesión demoníaca sea algo relevante. El proyecto de los Churchland ha sido ir más allá de los conceptos convencionales e intentar explorar las bases biológicas y neurológicas del problema; y si resulta que no se trata de un problema, sino de varios, dejamos de hablar de “despistado” y lo sustituimos por “trastorno de origen neurológico en el campo visual”. Cuando algo no se puede reducir, entonces se elimina- de ahí el nombre.
La segunda actitud es la que podemos llamar conductista/funcionalista (sé que no es lo mismo, pero la postura es similar). Volviendo al caso del despiste, el conductista sostiene que lo realmente importante para ser despistado es actuar de forma despistada. Si yo me choco sin querer con la gente soy despistado, punto. Lo que ocurra dentro de la mente de la gente es irrelevante, lo importante es que ante un mismo fenómeno la reacción sea similar. El funcionalismo es por tanto una visión anti-reduccionista; sugiere que un mismo fenómeno puede tener muchos orígenes, pero continúa siendo el mismo fenómeno y debe estudiarse de forma similar. Lo que le interesa al funcionalista es que cuando yo voy por la calle es más probable que me choque con alguien que otra persona o me salte un semáforo.
El hecho de que yo soy despistado es un hecho perfectamente objetivo y, de hecho, es así como el resto de la gente lo percibirá. Mi padre no razonará “tiene alteración en el campo visual y por eso se saltará el semáforo” sino “es despistado”; mi alteración en el campo visual es imperceptible, lo único perceptible es mi comportamiento.
Esto es lo que intentaba explicarle a Kantor cuando hablábamos del problema de las funciones de utilidad en economía. Una función de utilidad es un concepto puramente funcionalista/conductual. Cuando los economistas utilizamos funciones de utilidad, no estamos suponiendo que existe un órgano interno que absorbe utilidad; ni siquiera que la gente experimenta “placer” o lo busca con sus acciones. Cuando decimos “el agente A maximiza la función de utilidad f” sólo decimos que actúa de acuerdo con ese comportamiento, aún cuando la “utilidad” sea algo inexistente.
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Domingo, Octubre 11th, 2009
Según dicen en la página de la fundación Nobel, mañana Lunes a las 13:00 se hará público a quién le otorgan el Nobel de Economía de este año. Como sabréis el año pasado se lo dieron a uno de mis economistas favoritos, así que este año quiero hacer una apuesta. Racionalmente, es probabe o posibl que se lo den a alguno de los eternos nobelizables como Barro, o sobre todo, Mankiw. Sin embargo, yo voy a apostar por Jean Tirole.
Jean Tirole es, seguramente, mi economista favorito. Para mí es difícil explicar por qué. Tal vez, porque escribe fantásticos libros de texto. Su libro sobre teoría de la organización industrial es, literalmente, un placer de leer y es seguramente el libro con el que más he aprendido. Aparte de eso, tiene un magnífico manual de teoría de juegos, una monografía sobre regulación industrial y economía política. Por último, de forma más reciente, Tirole ha participado en la investigación en el campo de las finanzas corporativas, con otro libro que conozco menos pero que tiene una pinta fantástica.
Probablemente, lo que más me gusta de Tirole es un pragmatismo extremo a la hora de entender la economía. Paul Samuelson dijo en una ocasión “Los que no pueden, hacen metodología, lo que pueden, hacen ciencia”. Tirole es un ejemplo de esto. El tipo se graduó en Polytechnique (la escuela de ingenieros de élite en Francia), hizo un master en teoría de la decisión matemática, y se especializó en economía industrial y teoría de juegos clásica. Sin embargo, cuando el zeitgeist cambió introduciendo aspectos hipótesis psicológicas, etc,…, él también se movió. No recuerdo haber leído un sólo artículo suyo dónde entre en batallas metodológicas; él se ha limitado a formular modelos y teorías, marcando sus limitaciones y siendo todo lo pragmático posible.
Por otro lado, aprecio su versatilidad. Soy de los que piensa que la unidad en las ciencias sociales- y en las ciencias en general- es algo importante. A diferencia de muchos economista, Tirole ha sido capaz de moverse de un campo a otro trasladando sus habilidades básicas de teoría de juegos y economía de la información y haciendo innovaciones relevantes en todos los campos. Recientemente-, como decía, ha colaborado con Roland Benabou en modelos basados en hipótesis psicológicas de autocontrol, etc… y al mismo tiempo- esto desde principio de los noventa- ha puesto investiga en aspectos de mercados financieros. Este paper sobre liquidez, concretamente, es una delicia. Os invito a daros una vuelta por su página web
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Domingo, Septiembre 27th, 2009
Le pregunta Hector a Jose Luis Ferreira por aquí cuál es la relación entre la teoría de juegos y la moral. La respuesta que le da José Luis- que en teoría de juegos tratamos con preferencias dadas y a lo sumo la teoría nos permite explicar si lo que hacemos es o no consecuente- no termina de satisfacerme porque creo que uno puede aspirar a más.
Uno de mis héroes intelectuales es Ken Binmore. Aparte de hacer pagar a las telecos inglesas una cantidad enorme de pasta- pista, mi sueño es precisamente ese- el tipo también es un investigador puntero en la filosofía de la teoría de juegos y especialmente en su relación con las normas morales. Podéis leeros los dos tochos “Game Theory and the Social Contract” o el más cortito “Natural Justice” o este paper de aquí para enteraros de qué va. Os adelanto la idea.
Un juego es una situación dónde dos agentes- no necesariamente humanos- toman decisiones interdependientes; es decir, dónde la mejor opción para cada uno de ellos depende de la que tome el otro. El problema es que es posible que haya varias opciones buenas- varios “equilibrios de Nash”. Cuando esto ocurre, la teoría de juegos no nos ofrece, a priori, una predicción de cuál ocurrirá. La teoría tampoco nos ofrece cuál es la solución mejor para un jugador individual. Pensad por ejemplo en circular por la calle. Si no hubiera una regla, a priori, que especificara el código de circulación, no habría ninguna razón para respetar un ceda el paso o para circular por la derecha. Circular por la derecha y circular por la izquierda serían decisiones igual de buenas para un conductor.
Para “seleccionar” un equilibrio entre varios, existe algo llamado “convenciones”. Una convención es por ejemplo el código de circulación, pero también lo es la legislación invisible no es realmente necesario que nadie vele por su cumplimiento porque lo único que hacen es coordinar a la gente. Las convenciones funcionan como un “punto de enfoque”.
Para que una convención funcione en un juego de coordinación, es necesario que sea lo que se llama “conocimiento común”. Suponed que un masai de la savanah viene a madrid y no conoce las reglas de circulación. Si yo voy circulando con mi coche y sé que él no conoce las reglas de la circulación, no puedo esperar que él se pare delante del semáforo de modo que le dejaré pasar para no atropellarlo. Es posible que él conozca las reglas pero al saber que yo pienso que él no lo sabe le dejaré pasar, actúe como si yo fuera a dejarle pasar. Aquí, su conocimiento del código de circulación no es “conocimiento común”; algo sólo es conocimiento común cuando todos los jugadores saben que todos los jugadores saben que todos los jugados saben (y así sucesivamente) ese algo. El llamado programa de refinamiento vino a concluir que para que existe un equilibrio en un juego de estrategia (dónde las decisiones se toman teniendo en cuenta la reacción del otro) debe existir al menos un elemento que sea conocimiento común. Este conocimiento común mínimo es, entre otras cosas, la racionalidad que se le supone al adversario (la expectativa de como responderá)
¿Como emergen las convenciones? Típicamente, ocurren por proceso de prueba y error. Pero pensad en ello desde el punto de vista de la evolución. La cooperación entre individuos tiene beneficios evolutivos considerables- es decir, es más probable que sobrevivamos y nos reproduzcamos si nos dividimos el trabajo que si vivimos de forma autárquica. Por eso, existen razones evolutivas fuertes para pensar que las convenciones sobrevivan porque fomentan la cooperación. Precisamente, es probable que la mayor parte de instituciones- legales, culturales, políticas, y por supuesto morales- hayan surgido, desde el punto de vista evolutivo, para resolver este tipo de problemas.
¿Qué tiene todo esto que ver con la moral? Bueno, la idea de Binmore es que las reglas morales son básicamente convenciones que han evolucionado para resolver problemas de cooperación. La evolución cultural nos ha equipado con un sentido de la justicia que resuelve la mayoría de nuestros problemas de cooperación cotidianos. La originalidad de la idea de Binmore reside en su creencia de que la articulación de ese sentido de la justicia es constante, sólo varía su contenido.
Para ser capaz de anticipar la reacción del adversario, uno debe ser capaz de empatizar con él. Empatizar quiere decir “ponerse en sus zapatos”. Lo hacemos todos los días; cuando negociamos con alguien, cuando discutes con tu novia, en todas las situaciones dónde hay una fricción de intereses la capacidad de empatizar es crucial. Por tanto, la evolución nos ha equipado también con una capacidad de empatizar con el que está en frente- y eso es algo muy ligado al sentido moral.
Aquí es dónde entra Rawls. John Rawls propuso la idea de la “posición original” o “el velo de la ignorancia”. La idea del velo de la ignorancia es intentar descubrir los principios de la justicia que uno negociaría si no supiera el sitio que le va a tocar ocupar en la sociedad. Binmore sugiere que todos los intentos de empatizar se basan, en última instancia, en usar la posición original para imaginar lo que uno habría negociado. Aunque a lo largo de la historia en qué consiste esa posición original ha cambiado, la estructura sigue siendo la misma.Suponed (ejemplo mío) una sociedad estamental, dónde las relaciones entre siervos y señores son un equilibrio. La posición original sería la de asumir una asimetría natural entre siervos y señores, pero mantener unas reglas dentro de esa relación- las que se contratarían tras el velo de la ignorancia; las desviaciones de esas reglas serían vistas como injustas. Suponed ahora una sociedad capitalista pura, dónde se considera la propiedad privada y la libertad para concluir contratos sagrada. Aquí un intento de establecer una relación feudal sería visto como injusto- porque se desvía de las reglas- pero la explotación de los trabajadores no necesariamente. A la hora de juzgar si algo es injusto, alguien se pone en la posición original y se pregunta si tiene o no sentido, si habría consentido o no.
Lo que ha evolucionado ha sido, precisamente, la relación de jerarquía o igualdad que existe entre partes en el contrato- pero la estructura se ha mantenido constante. Binmore apunta por ejemplo que la idea de Peter Singer de expandir el círculo para incluir a grandes simios, etc,… es de hecho una innovación evolutiva. Si pensáis en ello, es algo instintivo; los monos encerrados en jaulas nos dan pena, hablamos con los perros y les aplicamos estándares de justicia- los castigamos o no en función de “reglas”, etc… La razón por esto es que -evolutión is cleverer than you!- la evolución nos ha diseñado para mantener el equilibrio ecológico- y eso implica desarrollar “sentimientos” morales hacia nuestros todos los que se ven afectados por nuestras acciones.
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