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Archive for the ‘Marx’ Category
Jueves, Febrero 11th, 2010
Es realmente interesante que un periódico como el Economist sugiera de una forma tan concreta y abierta que si el liberalismo económico ha tenido muy poco éxito en Brazil es porque los pobres votan:
One reason why liberals have been so muted since Brazil became a democracy again is that voting in elections is compulsory. This means that a large number of poor voters, who pay little tax but benefit from government welfare spending, help to push the parties in the direction of a bigger state. If the same system were to be applied to America, the Democrats might well enjoy a permanent majority.
Si este tipo de cosas se pueden decir de forma tan sincera, creo que nadie puede dudar de que la Guerra Fría ha terminado definitivamente y la Historia probablemente también. RIP
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Miércoles, Enero 27th, 2010
Si tengo que nombrar dos autores que hayan influido más que en mi cosmovisión del mundo, entendida como “educación sentimental”-J, ahora te mando el copyright- o como conciencia histórica, probablemente nombraría a Marx y a Ortega y Gasset. Algo -tal vez lo único- que tienen en común es la articulación de, por un lado, de la importancia del momento histórico, la idea de que cada periodo de la vida humana está dominado por unos temas y que sus soluciones globales son más o menos inevitables y por otro, el papel del individuo -o en el caso de Marx la clase- como agente de ese cambio y la consiguiente llamada a las armas.
Ortega sugeriría que la condición sine qua non para el éxito de un discurso político -la vieja y la nueva política- es “estar a la altura de los tiempos”; ser capaz de colmar las aspiraciones de una generación, permitir que los cambios necesarios o inevitables se produzcan y que la sea la generación que los vive la que los lidere en lugar de sufrirlos. Pero para que los cambios sean asumibles y no traumáticos, la economía del proceso histórico exige que sean graduales y que lo nuevo se apoye siempre en algo que ya existe y de lo que se tiene conciencia.
Cuando hablamos del discurso de la izquierda, pienso que ese discurso debe, para tener éxito, cumplir dos condiciones. Por un lado, ser realista y ambicioso y colmar las aspiraciones de una generación, responder a los problemas de un momento histórico- o lo que es lo mismo, apoyarse sobre un diagnóstico certero y hacer prescripciones realistas. Por otro lado, debe apoyarse en una tradición que recupere los temas y las sensibilidades históricas con las que un movimiento- como la izquierda- se sienta identificado; los imaginarios construidos sobre tablas rasas tienen eso de problemático que transmiten esa horrible sensación de “low profile”- sí, pienso en la eclosión neocañi. Identidad y ambición; realismo y movilización deben ir de la mano en un discurso.
Si hablamos del diagnóstico, creo que puedo apostar sin demasiado riesgo que los próximos 20 o 30 años estarán, en Occidente, marcados por un problema que podemos poner bajo la rúbrica de “sostenibilidad”. A su vez, esta idea se desdobla en dos temas: la sostenibilidad ecológica entendida como el problema tanto de la economía ambiental y el respeto del medioambiente como del progresivo agotamiento de recursos energéticos y la sostenibilidad demográfica entendida como el problema del reto del envejecimiento de la población-y la sostenibilidad de los Estados de Bienestar- y el declive demográfico de la sociedad occidental. Cuando pienso en cualquier problema futuro, me resulta difícil encontrar alguno que no se pueda agrupar bajo alguna de estas rúbricas; son los problemas fundamentales del futuro y pienso que cualquier partido, de izquierdas o derechas, deberá responder a estos problemas o fracasar para inscribir su nombre en la Historia.
Resulta que la tradición de izquierdas está particularmente bien armada para responder a ambos retos siempre y cuando sepa reformar sus ideas. El ecologismo es un tema que forma parte del imaginario de la izquierda al menos desde los 70. Sin embargo, además de la retórica mecánica sobre el cambio climático y las renovables, sería razonable que el debate se articulara en términos un poco más científicos -pienso en la energía nuclear y en la necesidad de una política energética coherente. Favorecer un cambio de modelo energético sobre la base de un debate técnicamente informado debería ser una baza electoral, a cambio de saber hacer un poco pedagogía política.
Respecto a la sostenibilidad demográfica, es probable que éste sea un tema históricamente de derechas -Malthus, etc,… Sin embargo, sus soluciones pasan por tres tipos de políticas. En primer lugar, una economía suficientemente robusta para que la productividad aumente, capaz de innovar y de adaptarse, con mercados flexibles que se adapten a los cambios inherentes a esta innovación y sirvan efectivamente al consumidor y no al empresario, con un sistema educativo funcional orientado a mejorar el capital humano de los individuos, a mejorar su posición en el mercado laboral así como una red de protección con seguros obligatorios que haga esos cambios menos traumáticos.
En segundo lugar, Occidente y Europa en particular necesita encontrar una política de inmigración coherente y planificada a largo plazo, no basada en la última sensacionalidad política. Frente a las políticas irresponsables, sólo veladamente racistas y oportunistas de la derecha, la izquierda necesita y puede articular un discurso basado en la correcta gestión de los flujos migratorios que ponga en la balanza las ventajas e inconvenientes de cada política- lo que probablemente incluye valorar a los inmigrantes en función de las necesidad del mercado laboral.
En tercer lugar, necesitamos un sistema de protección social más moderno, que haga frente a los nuevos riesgos sociales. Las políticas familiares en Europa continental brillan por su ausencia. Sin embargo, cuanto más sabemos sobre la situación en la infancia y el éxito posterior más claro está que el status socioeconómico de tus padres es la madre de todas las externalidades y que este tipo de políticas son la clave para reducir la desigualdades y mejorar la cohesión social. El efecto sobre la sostenibilidad es tanto mayor en la medida en que no sólo aumentan el número de hijos por mujer sino que también fomentan la incorporación de la mujer al trabajo. La temática feminista, la de la sostenibilidad y la igualdad de oportunidades, reunidas en una misma política.
Que este tipo de programa tenga éxito depende en buena medida de la capacidad de los líderes para hacer pedagogía y modificar el discurso. Mi exasperación con la izquierda española actual proviene precisamente de esa falta de visión y de liderazgo para ser consciente del momento histórico en el que vivimos, de los retos a los que se enfrenta y la miopía inherente a ir a salto de mata electoral. El discurso actual de la izquierda en España basado en el género, la memoria histórica y la “sostenibilidad light” tiene el problema de ser un discurso vacío en la medida en que no aporta soluciones a problemas reales. Las soluciones a esos problemas en las que parece creer la izquierda tienen el problema de ser viejas- no solo antiguas. Ambos son la causa de que la izquierda lleve treinta años a la defensiva cuando se habla de cosas importantes.
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Jueves, Noviembre 19th, 2009
Tomemos ahora la noción de ideología. Encontramos en un buen número d textos sobre la ideología en las obras de juventud de Marx, pero sería muy difícil construir una teoría global de la ideología usando sus textos de madurez. Porque en los textos de juventud hay una concepción de ideología según la cuál ésta es próxima a la ilusión o a la mistificación. Es la teoría de la ideas falsas, de las ideas del adversario: la representación del mundo en la que está atrapado aquél que no ve la realidad tal como la ve Marx.
Existe una concepción, por decirlo así, englobante de la ideología, según la cuál todas las construcciones intelectuales -filosofía, arte, literatura- son ideologías. Pero esta segunda concepción de la ideología asume implícitamente que haya una forma de pensar, basada en la praxis, de tipo no ideológico y Marx nunca ha elaborado lo que sería un arte, una literatura o una filosofia que fueran no ideológicas si suponemos que cualquier elaboración intelectual separada de la praxis económica o industrial es una ideología. En otras palabras, no encontraremos una teoría elaborada del materialismo o de la ideología bajo la pluma de Marx. [...]
En otras palabras, sobre todos los puntos esenciales del pensamiento marxista no existe una elaboración sistemática, lo que crea, para el historiador, una dificultad y un encanto. Dificultad porque si el historiados quiere decir “esto es lo que pensaba Marx”, nunca está totalmente seguro de tener razón. Encanto porque no hay ninguna razón por la que la discusión sobre lo que realmente pensó Marx se acabe en ningún momento dado que para ello su pensamiento debería haber sido verificable en términos no equívocos.
Sin embargo, ese encanto y esa dificultad constituyen, en lo que concierne a la eficacia de la doctrina, una ventaja incomparable. Ya que la doctrina que he intentado seguir desde el principio tiene una virtud, no única, pero raramente obtenida hasta ese punto, y es que puede ser explicada de forma fiel en cinco minutos, cinco horas, cinco años o medio siglo. Se presta a la simplificación del resumen de media hora, lo que permite eventualmente al que no conoce nada sobre la historia del Marxismo escuchar con ironía al que ha consagrado su vida a estudiarlo porque sabe por adelantado todo lo que hay que saber.Esto permite también a los que tienen el gusto del investigador consagrar su vida a intentar saber lo que Marx quiso decir y de desembocar en una confesión de medio ignorancia.
Creo que no existe ninguna doctrina que sea tan grandiosa en lo equívoco, tan equívoca en la grandeza. Es por ello que le he consagrado un buen número de horas sin haber querido ir hasta el final.
Le marxisme de Marx, Raymond Aron, pg 521-2
Terminé ayer el libro. Es realmente fantástico. Me gusta de este párrafo lo que dice sobre la eficacia. Durante una parte importante del siglo XX, los textos de Marx era una verdad de Estado en una parte importante del planeta. Hoy todavía, el espectro estético Marxista empapa el discurso de la izquierda. En ambos casos, apoyarse en Marx, o mejor dicho, formular las conclusiones en lenguaje marxista, es o era un activo decisivo, igual que la Biblia.
Pero a diferencia de la Biblia, la obra de Marx está escrita por un sólo hombre. En la primera parte, Aron dice que Marx es en cierta forma el hombre de un solo libro, como Proust; sus ideas cambiaron y sus obras de acumulan y se apilan, como si cada vez estuviera reescribiendo el mismo libro; en las obras de juventud el concepto de alienación domina, la influencia de Hegel es fuerte. En las obras de madurez, Marx es el último economista clásico y se permite ironizar sobre el concepto de alienación. Por último, una buena parte de sus obras son polémicas o propagandísticas, no teóricas. La complejidad de la obra de Marx hace que siempre sea posible reconstruir su pensamiento adaptado a los objetivos que uno quiere justificar porque la doctrina es equívoca y se presta a esas reconstrucciones. Eso la hace eficaz, moldeable, lista para el uso en la movilización política. Es ese espíritu de revuelta contra no está muy claro qué, lo que la hace eficaz. Nada de todo esto habría pasado si Marx fuera matemático en lugar de filósofo hegeliano
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Martes, Noviembre 10th, 2009
Recuerdo cuando hace algo más de dos años pasado fui a visitar Gdansk que para los no iniciados es dónde empezó la revuelta del sindicato Solidaridad en Polonia que fue la punta de lanza de la insurrección dentro del bloque soviético. En los astilleros dónde empezó la revuelta, tenían una especie de museo hagiográfico que relataba la historia del movimiento Solidarsnoc con toda clase de artículos, fotos y demás de la época. A aquél viaje fui -entre otros- con una compañera de máster, francesa ella, de la paleoizquierda que hay en Francia- que me miraba como poco menos que un malvado capitalista comeniños por tener buena opinión del New Labour- que, entre sus compras turísticas, había adquirido en un puesto de artículos comunistas en Varsovia una bonita insignia de la hoz y el martillo, probablemente auténtica y que lucía sólo por darles en las narices a los polacos, ellos tan conservadores.
El museo era interesante, no tanto como buen trabajo histórico, sino por ver material de primera mano de como ocurrieron las cosas. Sobre todo, permitía ver las contradicciones, en el sentido más marxista del término, en que había incurrido el régimen: era una régimen que se decía obrero pero que sufría una insurrección obrera. Por ejemplo, recuerdo la portada de Libération, el periódico francés fundado por Sartre (!) y cuyas editoriales hoy todavía alaban o son tibias con Chávez y Castro alabando con letras enormes la insurrección de los obreros Polacos contra el régimen comunista. Pero mi recuerdo favorito de la visita fue cuando, junto con mi compañera francesa vi la lista de reivindicaciones de Solidaridad entre las que se encontraba “la reducción de la jornada laboral a 29 horas” (hablo de memoria, pero recuerdo que era una cifra que me pareció muy pequeña) algo que, habiendo leído algo sobre la productividad de la economía soviética, no pudo menos que hacer que se me escapara una sonrisa. Mi compañera me reprochó que me pareciera poco articulando todo un discurso sobre la calidad de vida, bla bla bla,… tras lo cuál yo le señalé la insignia comunista que lucía en su solapa “¿y ésto?” “Esto es distinto”. “¿Ah sí? entonces los que proclamaron el Estado de excepción en los ochenta no tienen nada que ver con esto, no estaban en guerra?” “sí, esto es un ideal, por eso lo llevo”
He visto, creo que todos lo hemos visto, esta escena bajo diversas formas, pero la escena es siempre la misma. Primero, uno tiene la afirmación de una idea radical, después, una demonstración de que la idea radical lleva a consecuencias horrendas y por último alguna forma de arreglar el problema de la idea extrema formulándola bajo una forma etérea, distante, fundamentalmente ideal e irrealista blindada contra cualquier test de la realidad. En este último paso, hay muchas versiones; “es un ideal” “malinterpretaron la idea” “no les dejaron el tiempo suficiente”; en todos los casos, la acrobacia intelectual es irónicamente admirable.
El problema es especialmente agudo para la izquierda. Es dramático comprobar que, incluso 20 años después, hay quién todavía no ha digerido la caída del muro; gente que manifiesta equidistancia respecto entre el comunismo y la democracia liberal; gente que piensa en la caída de la URSS con la melancolía con la que se pensó en su día en la caída del imperio romano o la conquista de Constantinopla por los turcos. El problema es profundo y diagnostica las contradicciones profundas que existen en el paradigma estético de la izquierda; creer que se puede seguir hablando en clave anticapitalista- sea lo que sea eso que suelen llamar “capitalismo”-, como si realmente hubiera una alternativa, y al mismo tiempo ser demócrata; hablar como si la tercera vía- esto es, las políticas que los socialdemócratas llevamos practicando desde la posguerra- fueran una amarga concesión, algo con lo que tenemos que cargar. O dejar de lado cualquier aplicación práctica y declararse abiertamente anticapitalista pasando a una ritualización de la lucha, a la exaltación de lo sentimental, a la reutilización recursiva de las “luchas antifascistas” cayendo en alguna forma de nihilismo político. De forma simétrica, la derecha, conservadora, católica o liberal, ha capitalizado la caída del muro como una victoria de no se sabe muy bien qué -el capitalismo, el catolicismo, el anticomunismo, el fracaso de la ingeniería social- habiendo dejado a la izquierda, con la colaboración de esta última, a la defensiva durante los últimos veinte años.
Esto es tanto más triste porque da testimonio de como la izquierda, en su conjunto, ha olvidado su propia historia. La memoria soviética ha monopolizado la identidad izquierdista; el proyecto comunista es visto hoy como la forma más acabada de la idea izquierdista. Y sin embargo, esto no fue así históricamente. En Europa existió, desde cuando tiene sentido hablar de izquierdas y derechas, una izquierda no socialista, un socialismo no marxista y un marxismo no leninista. Las grandes conquistas sociales en Europa no fueron el fruto de proyectos maximalistas y pseudorrevolucionarios; el Estado del Bienestar, los derechos sociales y civiles no han sido obra ni hechos bajo la influencia del comunismo. El discurso de Léon Blum sobre la “vieille maison” en el Congreso de Tours y su rechazo de unirse a la organización antidemocrática y totalitaria de la Tercera Internacional quedaron borrados por la guerra fría.
Y las cosas siguen igual; algunos todavía hablan en serio cuando dicen -o callan- que añoran los desfiles de las tropas rusas en la plaza roja de Moscú; otros añoran esa época en la que existía una alternativa incierta pero distante, lo suficiente como para que la disonancia cognitiva permitiera limar los detalles molestos de las no tan populares democracias del Este y miran hoy a Cuba con una mezcla de complacencia y equidistancia intentando justificar lo injustificable. Y mientras tanto, estaremos perdiendo la oportunidad de arrebatarle a la derecha el monopolio de lo posible.
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Lunes, Noviembre 9th, 2009
Si vamos a los textos de 1845-1846, encontramos varias interpretaciones historico-sociológicas de la historia de las ideas, en particular un pasaje en la Ideología alemana, dónde Engels propone una explicación de Kant un poco en los términos siguientes: Kant es el perfecto representante de la burguesía alemana y la teoría de la buena voluntad es la expresión, a nivel ideológico, de la incapacidad de esta burguesía para realizar sus ideas o su concepción.
Simplifico un poco, pero, en fin, es el tipo de de interpretaciones a las que se han prestado de vez en cuando Marx y Engels y muchos otros marxistas. Son tan fáciles como insatisfactorias, aunque la relación entre Kant y la situación social alemana sea evidente. Pero en la medida en que Kant es un gran filósofo, es una proposición incontestable explicar a Kant por la burguesía alemana; pero es igual de instructiva que la proposición que explicara a Picasso por la Revolución Rusa.
Raymond Aron, “El marxismo de Marx”
Sé que la comparación es todo menos humilde pero no ha dejado de recordarme que supongo que esto me pone del lado de la burguesía liberal:
No deja de resultarme triste que un grupo de gente que pretende ser una alternativa de izquierdas a la economía ortdoxa den la impresión de que les interesa más ganar que llevar razón; de otra forma no se explica que una buena parte del artículo no sean argumentos sustanciales sino conjeturas sobre las intenciones ocultas de los firmantes, insinuaciones sobre su deshonestidad y ataques ad hominem solapados. Que gente como Andreu Mas Colell o Samuel Bentolila puedan ser despachados con el calificativo de “liberal” es similar que el único comentario que inspire leer a Proust sea el de “pequeño burgués”; pero esto último es sensibilidad de economista.
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Sábado, Octubre 31st, 2009
Añadamos que si, Raymond Aron reconocía de buena gana el genio de Marx, matizaba que este “semidios” había, como Nietzsche y Freud, “dicho y autorizado a decir casi cualquier cosa”. En este largo diálogo, Aron no había renunciado a ironizar ni a refutar. Pero no escondía, tampoco, su admiración por Marx al cuál, como Pareto y Schumpeter, reconocía un rasgo de carácter digno de elogio, el de detestar por encima de todo el caracter servil. En este punto de vista, que Marx haya podido servir de maestro a tantos espíritus serviles o tiránicos sigue siendo un misterio. (…)
Si Raymond Aron consagró su vida al estudio de Marx y el marxismo, era sobre todo porque el marxismo servía de fundamento a una religión secular, el comunismo y de ideología al imperio soviético. La fascinación que ha ejercido la obra de Marx tenía que ver, particularmente entre los intelectuales, a la atracción o al terror que ejercía el régimen fundado por su discípulo, Lenin (…)
Como pudo escribir Aron en sus memorias, “el Marx útil, si se me permite, el que a cambiado tal vez la historia del mundo, es aquél que divulgado ideas falsas; la tasa de plusvalía que sugiere lleva a pensar que la nacionalización de los medios de producción permite recuperar a los trabajadores cantidades enormes de valor; el socialismo o, al menos, el comunismo, elimina la cateogía de lo “económico” y la “ciencia lúgubre” en sí misma. En tanto que economista, Marx es tal vez el más rico, el más apasionante de su tiempo. En tanto que economista-profeta, en tanto que ancestro putativo del Marxismo-leninismo, es un sofista maldito que soporta su parte de responsabilidad en los horrores del siglo XX.
Prólogo de Jean Claude Casanova al libro “El marxismo de Marx” de Raymond Aron
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Miércoles, Octubre 14th, 2009
En el post anterior defendía, desde un punto de vista técnico, que la idea liberal según la cuál los mercados de créditos aseguran cierta igualdad y hacen eficiente la economía era básicamente una ilusión. Sin embargo, el reverso de este argumento es que cuanto mejor funcionen los mercados de crédito, más justa e igualitaria será la economía.
Éste no es tal vez el mejor momento para defender el sector financiero, sin embargo, hay varias lecciones que se pueden sacar de la exposición anterior. En primer lugar, la fobia de la izquierda reaccionaria a todo lo que suene a finanzas, banca y demás responde probablemente a una actitud supersticiosa y equivocada. Marx tenía razón cuando denunciaba que el sistema capitalista de su tiempo tendía a exlcuir a una parte muy importante de la población del proceso productivo capitalista; sin embargo, se equivocaba en la idea de que después del sistema capitalista vendría algo mejor.
El acceso al crédito, por el contrario, es uno de los motores de la movilidad social; permite asegurarse contra riesgos- eso es el Estado del bienestar-, participar en el proceso de creación capitalista, y aumenta el poder de negociación de los trabajadores que busquen empleo. Una parte importante de la pobreza y la exclusión proviene de la imposibilidad tecnológica de gestionar determinados créditos o préstamos. Hernando de Soto, por ejemplo, apuntó que la razón por la que los pobres en los países en desarrollo estaban excluidos era porque no detentaban derechos legales sobre sus posesiones -eran “okupas”- y eso no les permitía usarlo para endeudarse ni acceder al capital.
En el mismo sentido, la innovación financiera es algo que debe ser bienvenido. Un ejemplo de innovación financiera es el caso del microcrédito que intenta mejorar el acceso al crédito de los más pobres. Las ideas de Robert Shiller van exactamente en la misma línea: democratizar el acceso a la financiación.
¿Qué hay de la crísis actual? ¿No fue el acceso al crédito de los llamados “Ninjas” lo que motivó en parte la crísis?¿si hay más gente dependiente del sistema financiero, eso no significará que habrá La respuesta es sí y no y apunta a uno de los problemas a tener en cuenta. Como explicaba Kantor Comparados con los gigantes asiáticos, las economías occidentales han perdido cuota en los mercados internacionales y se han descapitalizado (muy fuertemente en el sector industrial). Sin embargo, la capacidad adquisitiva de los individuos ha aumentado, ya que las condiciones crediticias y la innovación financiera han permitido a los consumidores compensar su falta de productividad con un acceso al crédito masivo y barato. El acceso al crédito ha hecho que muchos ahorradores se sobreendeudaran y ha provocado inmobiliaria. Sin embargo, no hay que olvidar que también ha permitido que se financiaran muchos proyectos y que mucha gente mantuviera su capacidad adquisitiva. Sobre todo, el problema no el de una mejora del acceso al crédito- igual que no tiene sentido culpar a la invención del automóvil del aumento de accidentes de tráfico- sino de la forma en que está regulada la industria financiera.
Para ilustrarlo, me quedo con cómo Justin Fox termina su libro “The myth of the rational market” explicando esta conversación que tuvo con Robert Shiller:
“[la innovaciones financieras] son invenciones que deben ser manejadas por seres humanos y las invenciones pueden hacer que la gente termine mal. Cuando los aviones fueron inventados, había muchos accidentes. Creo que realmente lo mismo.” Eso me recordó un titular que había visto en la revista “The Onion” el año anterior: “American Medical ASsociation: Cirugía plática; a sólo unos pocos años de mejorar el aspecto de alguien”. Shiller se rió cuando se lo conté y añadió que pensaba que la medicina había cruzado el umbral de hacer más bien que daño en 1865.
¿Qué hay de las finanzas? “Creo que las finanzas están por delante de la medicina en 1865, porque realmente crean un valor positiva enorme para la economía- dijo Shiller- Los países con sistemas financieros mejor desarrollados, realmente funcionan mejor.” Luego, que el mercado no sea perfecto no significa que no sea útil. “Sí- respondió- creo que estamos a menos de la mitad del desarrollo de los mercados financieros”.
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Martes, Octubre 13th, 2009
En su fantástica “Introducción a Karl Marx”, Elster explica que la principal razón por la que Marx era hostíl al capitalismo no era que lo viera como una retroceso. Al contrario, el modo de producción capitalista era un sistema que permitía que una parte muy importante de la población se autorrealizara y participara en la prosperidad colectiva, al menos en comparación con el pasado. El principal handicap era, sin embargo, que mantenía a una parte importante- lo que no tenian acceso a los medios de producción- excluida de esa autorrealización; “alienada”. Eso era algo indeseable en sí mismo, pero además era algo que reducía la creatividad de la sociedad en su conjunto al limitar esa acción creativa a una minoría.
A este punto de vista se opone la forma en que los economistas liberales (liberal en este sentido concreto) interpretan el funcionamiento de la economía y la teoría económica. Así, los economistas burgueses pro-business creen que las ideas de Marx sobre la teoría del valor son suficientes para “descartar a Marx del panteón de los grandes economistas” . Hay dos proposiciones que, creo, se le pueden adjudicar a esta perspectiva sin riesgo de caricaturizar. 1) Su interpretación del segundo teorema del bienestar implica que, desde el punto de vista de la eficiencia económica, la distribución de la renta importa poco o nada porque los recursos siempre van a parar a quién puede sacar un mayor provecho de ellos, aunque los rendimientos se distribuyan de forma desigual. 2) Las desigualdades sociales son el resultado de las habilidades de cada cuál, o de la voluntad de tomar riesgos o del espíritu emprendedor, y en una medida muy pequeña de la situación de partida. En la práctica, sin embargo esto no es así y existen razones profundas en la teoría económica para ello.
Discriminación en el mercado de crédito
La razón más importante para ello es que una hipótesis hundida del modelo es la existencia de mercados de crédito perfectos. Cuando esto es así, existe una poderosa fuerza igualadora: los recursos de una economía van a parar a quién pueda sacar un mayor provecho de ellos. Cualquier con ideas, la voluntad de tomar riesgos y con espíritu empresarial necesario puede tomar prestado, con independencia de su origen social o su riqueza inicial, y salir adelante. Además, la economía en su conjunto hace el mejor uso posible de esa actitud, riesgo, espíritu, etc,… A ésto, lso economistas lo llamamos “la ley del precio único”
En la realidad, sin embargo, el acceso a los mercados de crédito no es igualitario, a diferencia de, digamos los mercados de productos dónde, aún teniendo distintas rentas, todo el mundo se enfrenta a los mismos precios. NO hace falta ser un genio para entender que el Banco Santander o Bill Gates pueden obtener préstamos con más facilidad y más baratos que un fontanero que trabaje como autónomo y que ello no se debe sólo a que lo que quieren financiar los dos primeros sea más rentable.
La razón para ello es que existen problemas de lo que los economistas llamamos “contratos incompletos”. Un contrato es incompleto cuando no existe posibilidad de incluir en él algún aspecto o asegurar su ejecución y esto ocurre, especialmente, cuando el prestamista no tiene acceso a toda la información relevante sobre el proyecto que se intenta financiar y existe un riesgo de insolvencia. Si yo tengo una fantástica idea, tremendamente rentable, para fabricar miniaturas de warhammer pero el tipo del banco no tiene ni idea qué es exactamente warhammer, le será muy difícil evaluar el riesgo de mi proyecto. Típicamente, me pondrán un tipo de interés relativamente alto y en esa situación, es posible que yo piense que es mejor tomar acciones muy arriesgadas y si me sale mal, declararme insolvente “cara gano yo, cruz pierde el banco”. Llamamos a estos dos problemas “selección adversa” y “riesgo moral” y ambos surgen cada vez que algo debe financiarse con dinero ajeno: son un “problema de agencia“. No surgen, en cambio, cuando yo me financio con mi dinero: en ese caso, yo asumo los riesgos que tomo (no hay riesgo moral) y yo sé lo que estoy financiando (no hay selección adversa).
En la práctica financiera, existen dos mecanismos para aliviar estos los problemas de agencia. Primero, el banco normalmente me exigirá que yo ponga parte del dinero (cofinanciación). Si yo estoy arriesgando mi fortuna también, entonces no querré llevar a cabo proyectos demasiado arriesgados. En segundo lugar, el banco se asegurará que puede ejecutar su deuda sobre mi patrimonio y eso requerirá que yo tenga algo de patrimonio- por ejemplo, una casa. En jerga financiera se dice que deberé dar “colaterales”.
Igualdad, eficiencia y espíritu empresarial
Una vez que uno ha tomado en cuenta el efecto de los contratos incompletos, las dos conclusiones liberales simplemente se hunden y el mundo empieza a parecer francamente más marxista. El punto común es que la capacidad para endeudarse -y por tanto el acceso al capital- depende mucho más de lo que tenga cada uno inicialmente- de la renta. En resumen: en ausencia de un mínimo de igualdad en la repartición de la riqueza, la ley del precio único no juega en el mercado de crédito.
La primera consecuencia es que el éxito en una economía y el acceso al capital, no depende sólo de las habilidades, del talento, de la voluntad para tomar riesgos o del espíritu empresarial como en el sueño húmedo americano. Al contrario, depende de la renta de cada uno. Típicamente, la gente con más dinero podrá financiar proyectos de menor calidad, de forma más barata y más grandes que la gente con menos dinero- pensad en un PYME y en Endesa. Por otro lado habrá una cantidad considerable de gente que por carecer del dinero suficiente esté excluida de los mercados de crédito y por tanto del sistema capitalista en su conjunto. En palabras de Adam Smith “El dinero, dice el proverbo, hace al dinero. Cuando uno tiene un poco, es a menudo fácil conseguir más. Lo difícil es conseguir ese poco”. Dejo al lector sacar las conclusiones que desee de este hecho, pero se parece tremendamente a un sistema de reproducción del capital que, sin las condiciones de partida adecuadas, excluye masivamente a los que menos tienen.
Un segundo hecho es la relación entre eficiencia e igualdad. La predicción del modelo de restricción de crédito es que una sociedad más igualitaria, típicamente, será más eficiente. Esto es así porque habrá más individuos capaces de acceder al crédito al tener más activos que sirvan de colateral y poder cofinanciar más proyectos. En definitiva, permite que un mayor número de individuos participen en el sistema capitalista.
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Sábado, Agosto 22nd, 2009
Terminé el otro día el libro de John Roemer “Free to lose: an introduction to marxist economic philosophy” (el título es un paralelo del de Mílton Friedman “Free to choose”). Aunque no comparto muchas de las conclusiones del libro, Roemer es obviamente un tipo brillante -bueno, sabéis que soy fácil de comprar con inteligencia- y la lógica de sus argumentos es impecable. Como dice en el epílogo:
Un objetivo de este libro ha sido demostrar que los conceptos marxistas centrales de clase y explotación no requieren una lógica especial para su construcción. Pueden ser estudiados en un modelo de un sistema con propiedad privada usando instrumentos estándar de análisis microecónomico. Me he interesado principalmente por la explotación, entendida como medio por el cuál el marxismo construye su crítica de la propiedad privada de los medios de producción, desde un punto de vista ético. Este análisis requería, primero, una definición y una exploración de las consecuencias de la explotación, algo que hice usando un enfoque heterodoxo. El elemento marxista en este enfoque implicaba el uso de la noción de que una persona es explotada si el trabajo que gasta en la producción es mayor que el incorporado en los bienes que pueden comprar sus ingresos derivados de la producción. El elemento no marxista implicaba establecer una relación entre explotación y clase sin depender de la teoría laboral del valor. La teoría neoclásica del equilibrio fue usada para reconstruir los conceptos marxistas purgándolos de la que creo es su principal debilidad: la teoría laboral del valor.
En realidad, lo que Roemer explica no es nada estrictamente extraño para alguien familiarizado con la teoría del equilibrio general, la caja de Edgeworth y el segundo teorema del bienestar: en una economía con producción e intercambio descentralizado, incluso en situación de competencia perfecta, el nivel de utilidad final está directamente relacionado con sus recursos iniciales ya que los recursos deben ser remunerados de acuerdo con su escasez. Por eso, el capital recibe una remuneración -el tipo de interés. La innovación de Roemer consiste en ligar estos resultados a conceptos de la teoría marxista: la explotación y la clase. En primer Roemer define cinco clases distintas en función de si, cuando los agente maximizan, venden capital, trabajo, producen de forma autárquica o una combinación de los tres. En segundo lugar, considera que las rentas que no provienen del trabajo-autárquico o asalariado- dan lugar a explotación.
No considera sin embargo que la explotación sea automáticamente algo negativo. Concretamente, examina varias justificaciones (una tasa de preferencia temporal distinta, la propensión al riesgo, la suerte, la capacidad emprendedora, etc,…) que se han dado para justificarlo. Aunque Roemer admite que algunas de ellas pueden hipóteticamente considerarse razonables, apunta que en general suelen ser el fruto de condiciones de partida distintas- los ricos ahorran más porque tienen más dinero; emprenden más porque se les inculca en la familia, etc…). Señala además que Marx consideraba que estas justificaciones simplemente no pasaban el test de la historia; las revoluciones liberales en toda europa se hicieron con desmortizaciones y expolios de la propiedad antaño colectiva que fueron a parar a manos de unos pocos, sin dejar a los campesinos, ahora proletarizados, otra opción que el trabajo asalariado.
Es menos explícito respecto a cuál es la alternativa -es decir, en qué medida es compatible con los incentivos un sistema sin propiedad privada- aunque creo que lo ha escrito en otro sitio. Se limita a señalar que al fin y al cabo las economías capitalistas tienen muchas ineficiencias y resuelven problemas de agencia tremendos todos los días y no hay razón por tanto para pensar que un modelo distinto no pueda hacerlo.
Por último, lo que más aprecio de Roemer es su austeridad analítica explicando los conceptos y la ausencia de grandilocuencia retórica o ataques contra hombres de paja. El tipo conoce, maneja y valora como es debido las herramientas del análisis microeconómico pero apunta que la valoración ética que se haga de las conclusiones del mismo no es automática y, sobre todo, que muchas de las conclusiones que se suelen sacar simplemente no se siguen. Os copio un párrafo que me gustó especialmente:
A pesar de estas crítica, y hay otras, no quiero atacar el modelo neoclásico de equilibrio que es una de las grandes contribuciones al método de las ciencias sociales del último siglo. De hecho, es el modelo de la mayoría de los ejemplos de este libro. Pero quiero criticar la falta de cuidadado con que los teoremas del modelo son usados para inferir conclusiones sobre las economías reales. (…) Los modelos son simplificaciones esquemáticas de la realidad y uno debe ejercer un juicio antes de asumir sin más que son apropiados para analizar una situación en cuestión.
Personalmente, encuentro el libro fascinante. No obstante, su teoría de la justicia- el análisis normativo que realiza- como decía en un comentario el otro día, no me convence. Probablemente se fija demasiado en la idea de propiedad privada, y descarta de forma demasiado alegre la idea de mérito y la sostenibilidad evolutiva del igualitarismo/liberalismo, etc,… En general, me gusta más la teoría de Dworkin que es más completa, más rica y más ambiciosa o la de Ken Binmore que es todo eso y además usa teoría de juegos y es bastante más científica en su método.
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Jueves, Agosto 20th, 2009
Durante la discusión de los dos posts anteriores sobre las imperfecciones en el mercado laboral y el de productos, el debate ha terminado degenerando en una especie de competición dónde unos nombrábamos fricciones posibles y otros sin negar su existencia minimizaban su importancia confiando en la fuerza de la competencia a la hora de limitar las rentas. El problema, por lo visto, es fundamentalmente empírico. ¿Con cuál de los dos modelos encaja mejor el mundo real, con el competitivo o con el monopolístico?
Un caso interesante para chequear cada hipótesis es el salario mínimo en el mercado laboral. ¿Cómo afecta el salario mínimo al equilibrio del mercado laboral? En la medida en que cada modelo genera predicciones distintas, se puede chequear empíricamente su validez viendo cuales de las predicciones se adaptan mejor a la realidad. Recordamos por tanto las predicciones de cada modelo (i) y después vemos la evidencia empírica (ii)
(i)Teoría: El análisis económico del salario mínimo
En un modelo competitivo, las empresas igualan el salario a la productividad marginal multiplicada por el precio. Es decir, las empresas aumentan el número de trabajadores hasta que el último trabajador produce exactamente lo que hay que pagarle. Los trabajadores, por su parte, plantean sus demandas eligiendo entre dos bienes, el ocio y el consumo. En equilibrio, el salario que se paga refleja exactamente el valor del ocio para el trabajador y los trabajadores que no están empleados son sólo los que no aceptan trabajar recibiendo lo mismo que producen. Si el salario estuviera por debajo, otra empresa pujará por el trabajador haciéndolo subir, si el salario está por encima todos los trabajadores serán atraídos por esta empresa. Decimos que el paro es “voluntario”. El efecto del salario mínimo en este sentido introduce una brecha entre trabajadores dispuestos a trabajar por ese salario y empresas dispuestas a contratarlos generando “paro involuntario”. La predicción es por tanto que la introducción de un salario mínimo reducirá considerablemente el empleo, especialmente de los trabajadores menos cualificados que son los que tienen menos productividad y deberían ser pagados por debajo de ese salario.
Esta idea cambió sustancialmente cuando en 1946 Georges Stigler (economista de Chicago-liberal- y posterior premio Nobel) escribió un artículo fundador admitiendo la posibilidad teórica de que un aumento del salario mínimo aumentara el número de contrataciones si “el empleador dispusiera de un grado de control significativo sobre el salario que paga”. Es decir, si el empleador tiene poder de monopsonio. Cuando existe poder de monopsonio, vimos, el resultado de equilibrio es que el salario está por debajo de la productividad marginal y el empleo es menor que en competencia perfecta. Esto es así porque contratar un trabajador adicional tiene dos costes: el coste del salario que hay que pagar al trabajador adicional y el coste en que se incurre al hacer subir el salario de mercado que debe ser pagado a todos los trabajadores.
¿Cuál es el efecto del salario mínimo en un mercado monopsonístico? Si el Estado fija el salario un poco encima del salario elegido por el empresario, entonces éste ve su margen reducido. Sin embargo, como había una brecha entre la productividad y el salario qeu pagaba, este margen sigue siendo positivo siempre que el aumento sea pequeño de modo que el empleo no disminuye. Al mismo tiempo, al aumentar el salario habrá trabajadores que buscarán empleo más intensamente, que se incorporarán al mercado de trabajo o que que aceptarán trabajos que antes no aceptaban. El efecto del salario mínimo es por tanto el de aumentar el empleo total y el salario de los trabajadores que están al principio de la distribución de salarios a costa de las rentas empresariales.
Este efecto no es sin embargo el único. Al igual que en el modelo competitivo, al aumentar el salario mínimo, habrá trabajadores poco productivos que serán excluidos del mercado de trabajo y eso reducirá el empleo. Sin embargo, en la medida en que el primer efecto domine -es decir, para salarios mínimos relativamente bajos- el efecto neto será aumentar el empleo y el salario de los menos cualificados. La relación entre salario mínimo y empleo es por tanto en forma de U invertida; para niveles bajos un aumento del SMI aumenta el empleo, para niveles intermedios tiene un efecto relativamente neutro y para niveles altos el empleo cae.
(ii) Evidencia empírica
¿Cuál de los dos modelos es una mejor representación de la realidad? Es decir, ¿aumenta realmente el salario mínimo el desempleo y significa eso qeu los mercados de trabajo son muy competitivos como o por el contrario el poder de monopsonio es sustancial y el salario mínimo tiene un efecto pequeño o nulo? Para un análisis detallado os remito a la serie que escribió Jose sobre el tema (i, ii), aquí quiero explicar el experimento “natural” que hicieron Alan Krueger y David Card sobre el asunto que les llevó a escribir después un libro. (artículo original, gratis, aquí)
En 1992 el Estado de New Jersey aumentó de forma relativamente súbita el salario mínimo en un 19% (es decir, bastante). Por el contrario, la situación en el Estado vecino de Pennsylvania no varió. Card y Krueger pensaron entonces aprovechar esta situación natural de estática comparativa para chequear los resultados de los modelos que hemos visto. Para verlo, se fijaron en la industria de la comida rápida situada en ambos estados. ¿Por qué la comida rápida? Bueno, la comida rápida emplea el tipo de mano de obra que suele estar empleada al salario mínimo y la rentabilidad de los restaurantes depende directamente del nivel del SMI. El razonamiento al que se adhieren los economistas como Kantor es que en esta situación, la rentabilidad bajará y, al estar empleada la mano de obra al nivel competitivo, muchas empresas cerrarían y el empleo en el sector bajaría. Por el contrario, en Pennsylvania dónde el salario mínimo no había cambiado, la evolución debería haber sido sustancialmente distinta, no sólo por no haber sufrido la subido, sino también porque habría una migración de trabajadores desempleados.
Krueger y Card llevaron a cabo varias encuestas a lo largo del año 1992 para ver cuál había sido la evolución en la industria del fast food. El resultado fue hasta cierto punto sorprendente: el efecto del aumento sustancial del SMI no sólo no habría sido negativo, sino que habría incluso débilmente positivo.
El artículo produjo un debate considerable en EUA, desde gente que cuestionaba la calidad de los datos, el modo de obtención de los mismos o el método de comparar dos poblaciones con shocks exógenos distintos (copiado de la medicina). Sin embargo, a lo largo de las respuestas que desarrollaron Krueger y Card tendieron a reafirmar la conclusión inicial. Por ejemplo, evaluaron el impacto sobre los jóvenes de entre 16 y 24 años (de nuevo una población posiblemente sujeta al SMI) y descubrieron que en relación con el resto de EUA, el empleo habría aumentado en New Jersey entre esta población.
¿Cuál es la conclusión? El experimento de Krueger y Card pone en evidencia que la estructura de los mercados laborales es, al menos para la mano de obra poco cualificada- la afectada por el salario mínimo- sustancialmente monopsonística; es decir, los empresarios explotan a los trabajadores y los remuneran por debajo de su productividad marginal. De otra forma, la predicción de caída del empleo se habría cumplido.
Por otro lado, personalmente, soy poco entusiasta -bastante menos qeu los sindicatos en cualquier caso- respecto de los aumentos del SMI. Como explicaba antes, el aumento del SMI tiene dos efectos: excluir trabajadores poco productivos del mercado de trabajo e incitar a trabajadores que demandan salarios más altos a incorporarse. Excluir a la gente menos productiva (los pobres y los inmigrantes) es algo razonablemente regresivo e ineficiente que me causa alergia como socialdemócrata y como economista. El SMI debería ser distinto entre sectores- en función de la productividad- para ser “óptimo”, algo muy dificil de hacer, máxime cuando los aumentos se hacen por razones electorales y no con la teoría económica en la mano, lo que tiende a subirlo por encima de lo razonable. En Francia, por ejemplo, es probable que el SMI destruya empleo- como contraste a EUA. Si de lo que se trata es de redistribuir, prefiero un impuesto negativo sobre la renta- o una bajada de las cotizaciones a la SS financiada con un impuesto más progresivo- que un aumento del SMI.
Tags: card, comida rápida, desempleo, explotación, fast food, krueger, mercado de trabajo, neoprogs, salario mínimo Posted in El estado del bienestar no es solo caridad, Marx, Nación Europea, ciencia recreativa, johnny cogió su fúsil, mercado de trabajo, neoprogs, regional | 45 Comments »
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