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El Coliseo

La izquierda frente al muro

Recuerdo cuando hace algo más de dos años pasado fui a visitar Gdansk que para los no iniciados es dónde empezó la revuelta del sindicato Solidaridad en Polonia que fue la punta de lanza de la insurrección dentro del bloque soviético. En los astilleros dónde empezó la revuelta, tenían una especie de museo hagiográfico que relataba la historia del movimiento Solidarsnoc con toda clase de artículos, fotos y demás de la época. A aquél viaje fui -entre otros- con una compañera de máster, francesa ella, de la paleoizquierda que hay en Francia- que me miraba como poco menos que un malvado capitalista comeniños por tener buena opinión del New Labour-  que, entre sus compras turísticas, había adquirido en un puesto de artículos comunistas en Varsovia una bonita insignia de la hoz y el martillo, probablemente auténtica y que lucía sólo por darles en las narices a los polacos, ellos tan conservadores.

El museo era interesante, no tanto como buen trabajo histórico, sino por ver material de primera mano de como ocurrieron las cosas. Sobre todo, permitía ver las contradicciones, en el sentido más marxista del término, en que había incurrido el régimen: era una régimen que se decía obrero pero que sufría una insurrección obrera. Por ejemplo, recuerdo la portada de Libération, el periódico francés fundado por Sartre (!) y cuyas editoriales hoy todavía alaban o son tibias con Chávez y  Castro alabando con letras enormes la insurrección de los obreros Polacos contra el régimen comunista. Pero mi recuerdo favorito de la visita fue cuando, junto con mi compañera francesa vi la lista de reivindicaciones de Solidaridad entre las que se encontraba “la reducción de la jornada laboral a 29 horas” (hablo de memoria, pero recuerdo que era una cifra que me pareció muy pequeña) algo que, habiendo leído algo sobre la productividad de la economía soviética, no pudo menos que hacer que se me escapara una sonrisa. Mi compañera me reprochó que me pareciera poco articulando todo un  discurso sobre la calidad de vida, bla bla bla,… tras lo cuál yo le señalé la insignia comunista que lucía en su solapa “¿y ésto?” “Esto es distinto”. “¿Ah sí? entonces los que proclamaron el Estado de excepción en los ochenta no tienen nada que ver con esto, no estaban en guerra?” “sí, esto es un ideal, por eso lo llevo”

He visto, creo que todos lo hemos visto, esta escena bajo diversas formas, pero la escena es siempre la misma. Primero, uno tiene la afirmación de una idea radical, después, una demonstración de que la idea radical lleva a consecuencias horrendas y por último alguna forma de arreglar el problema de la idea extrema formulándola bajo una forma etérea, distante, fundamentalmente ideal e irrealista blindada contra cualquier test de la realidad. En este último paso, hay muchas versiones; “es un ideal” “malinterpretaron la idea” “no les dejaron el tiempo suficiente”; en todos los casos, la acrobacia intelectual es irónicamente admirable.

El problema es especialmente agudo para la izquierda. Es dramático comprobar que, incluso 20 años después, hay quién todavía no ha digerido la caída del muro; gente que manifiesta equidistancia respecto entre el comunismo y la democracia liberal; gente que piensa en la caída de la URSS con la melancolía con la que se pensó en su día en la caída del imperio romano o la conquista de Constantinopla por los turcos. El problema es profundo y diagnostica las contradicciones profundas que existen en el paradigma estético de la izquierda; creer que se puede seguir hablando en clave anticapitalista- sea lo que sea eso que suelen llamar “capitalismo”-, como si realmente hubiera una alternativa, y al mismo tiempo ser demócrata; hablar como si la tercera vía- esto es, las políticas que los socialdemócratas llevamos practicando desde la posguerra- fueran una amarga concesión, algo con lo que tenemos que cargar. O dejar de lado cualquier aplicación práctica y declararse abiertamente anticapitalista pasando a una ritualización de la lucha, a la exaltación de lo sentimental, a la reutilización recursiva de las “luchas antifascistas” cayendo en alguna forma de nihilismo político. De forma simétrica, la derecha, conservadora, católica o liberal, ha capitalizado la caída del muro como una victoria de no se sabe muy bien qué -el capitalismo, el catolicismo, el anticomunismo, el fracaso de la ingeniería social- habiendo dejado a la izquierda, con la colaboración de esta última, a la defensiva durante los últimos veinte años.

Esto es tanto más triste porque da testimonio de como la izquierda, en su conjunto, ha olvidado su propia historia. La memoria soviética ha monopolizado la identidad izquierdista; el proyecto comunista es visto hoy como la forma más acabada de la idea izquierdista. Y sin embargo, esto no fue así históricamente. En Europa existió, desde cuando tiene sentido hablar de izquierdas y derechas, una izquierda no socialista, un socialismo no marxista y un marxismo no leninista. Las grandes conquistas sociales en Europa no fueron el fruto de proyectos maximalistas y pseudorrevolucionarios; el Estado del Bienestar, los derechos sociales y civiles no han sido obra ni hechos bajo la influencia del comunismo. El discurso de Léon Blum sobre la “vieille maison” en el Congreso de Tours y su rechazo de unirse a la organización antidemocrática y totalitaria de la Tercera Internacional quedaron borrados por la guerra fría.

Y las cosas siguen igual; algunos todavía hablan en serio cuando dicen -o callan- que añoran los desfiles de las tropas rusas en la plaza roja de Moscú; otros añoran esa época en la que existía una alternativa incierta pero distante, lo suficiente como para que la disonancia cognitiva permitiera limar los detalles molestos de las no tan populares democracias del Este y miran hoy a Cuba con una mezcla de complacencia y equidistancia intentando justificar lo injustificable. Y mientras tanto, estaremos perdiendo la oportunidad de arrebatarle a la derecha el monopolio de lo posible.

19 Responses to “La izquierda frente al muro”

  1. J Says:

    Me da la sensación de que, hoy por hoy, existen básicamente dos tipos de comunistas (por llamarlos de alguna manera): gente joven que no conoció la Guerra Fría, o casi, y barbudos fosilizados procedentes del partido, sindicatos, asociaciones vecinales, etc. Estos últimos son demasiado viejos para cambiar, y tienen pocos incentivos: sus intereses, por mi paupérrimos que sean, están asociados a la vieja “lucha”. Pero ya han armado todo el ruido que podían, que tampoco fue mucho. Los primeros me preocupan más, porque son vulnerables a los relatos míticos y al imparable avance de la nostalgia, que lo acaba cubriendo todo.

  2. Citoyen Says:

    A mí los comunistas, jóvenes o viejos me dan pena, pero no me dan miedo porque son un grupo ultraminoritario. Lo que me da miedo es la gente supuestamente izquierdista que les envidia la convicción y el idealismo, y que ven de forma complaciente lo que ocurre en Cuba o está empezando a ocurrir en Venezuela; o que se permite decir que sí, lo de la URSS no estaba bien pero para añadir justo después que el capitalismo (¿?) también es muy malo.

  3. J Says:

    Aquí decía Escohotado algo parecido, referido a los asistentes de una manifestación anti-Bush:

    http://www.escohotado.com/articulosdirectos/palosdeciego.htm

  4. J Says:

    “son un grupo ultraminoritario” ¿Y cuántos eran los bolcheviques en 1917? ;-)))

    Ahora en serio, el problema es que generen un “efecto contagio” sobre el discurso de toda esa otra gente que dices. Mira los blogs de Público. No es nada imposible: con el tema de Israel, por ejemplo, ya ha sucedido que medios y personas que no se definen de izquierdas han asumido como válido el discurso de la izquierda radical.

  5. popota Says:

    ¿Pero cómo no va a olvidar su historia haciendo suya la versión de los malos si también ha olvidado sus principios -empezando por la defensa de los más débiles- haciendo suya la versión de los malos?

  6. Heathcliff Says:

    Esa izquierda, tal y como la describes, parece un movimiento religioso, aglutinado por la fe y necesitado de sus rituales y procesiones.

    Y las religiones, a todas, la realidad les trae al fresco.

  7. Lüzbel Says:

    Dentro del nivel habitual, es la tal Esther de los enlaces la que tiene más relato mítico en la cabeza y está más ideologizada. Parece que tiene la cosa de ya no haber vivido la Guerra Fría y tener que cumplir los deberes de modo acelerado.

    “¿Y cuántos eran los bolcheviques en 1917? ;-)))”

    Pocos, pero la hornada nueva son más un grupo de teatro o una asociación de poetas que un partido político.

  8. Citoyen Says:

    Coño, pero yo tampoco he vivido la guerra fría, pero se supone que los libros de historia están para que la gente no repita los errores del pasado.

  9. J Says:

    No se trata de libros de historia. Se trata de la experiencia vital personal, y de psicología de grupos. En el mismo PSOE, los cuadros actuales que conocen el franquismo por las pelis o lo que les contasen sus mayores, tienen en general un discurso más imbécil e irreal que los de las generaciones anteriores. Porque -hasta ahora- no han tenido que poner a prueba dicho discurso contra la realidad, ni contra nada.

  10. Ender Says:

    Aprovecho para dejaros un par de enlaces que ya dejé en Neoprogs, que hablan de la “nueva izquierda”.

    http://comoquerais.blogspot.com/2009/11/es-esta-la-nueva-izquierda.html

    En el primero, del filósofo Daniel Bensaid, ya se reitera, en la línea que cita Citoyen, esa idea de “la conversión de los socialdemócratas en subalternos del gran capital”… si empezamos así, poco se puede esperar de esa otra “nueva izquierda” que según él debe ser alternativa a esa idea.

    El segundo, de Ian Buruma, me parece más acertado en lo que la “nueva izquierda” debe reunir.

  11. Roger Says:

    Totalmente de acuerdo con el artículo. Parece mentira que algunos anden por la vida justificando el comunismo realmente existente como algo distinto a una pesadilla que no debemos repetir, pero así nos va por la izquierda a veces. Es la versión progre del “con Franco vivíamos mejor”.

    Aún así, yo tengo una enorme nostalgia por la Unión Soviética. Sí, era un régimen despreciable, etcétera, pero como malvados de tebeo eran muy, muy molones: los uniformes eran imperiales, el sistema era grotescamente monolítico, el Ejercito Rojo tiene un nombre estupendo, enviaron gente al espacio, el arte realista soviético primerizo era genial, la arquitectura soviética era de una horterismo proletario inanerrable, estaban obsesionados con el transporte público y los ferrocarriles, y por supuesto, el himno era acojonante.

    Aparte de eso, se ha sabido hace poco que los tipos realmente habían construido una máquina del juicio final, estilo Dr. Strangelove / Teléfono Rojo. No hay nada más molón que eso.

  12. popota Says:

    “Coño, pero yo tampoco he vivido la guerra fría, pero se supone que los libros de historia están para que la gente no repita los errores del pasado.”

    Pues cualquiera lo diría, viendo como las izquierdas europeas llevan desde que cayó el muro poniendo todo de su parte para liquidar el estado del bienestar.

  13. El blog de Albert Esplugas Says:

    Citoyen: la izquierda dándose contra el muro…

    Citoyen, desde su posición neoprogresista, saca los colores a los socialistas nostálgicos de la Alemania Oriental y aquel “otro mundo posible” que servía de referente anti-capitalista. Su crítica no va dirigida solo a los comunistas sino a aquell…

  14. J Says:

    El Estado de Bienestar es desviacionismo, camarada. Cuanto peor, mejor; y cuanto antes lo liquidemos, antes llegará la revolución.

  15. popota Says:

    ¿Será por eso que se han cargado el impuesto de patrimonio? ¿Será Solbes marxista-leninista?

  16. J Says:

    El Impuesto de Patrimonio es tibio social-fascismo, lo que hay que hacer es abolir la herencia.

  17. popota Says:

    Es el único que nos falta, compañero. Después de haber bajado sociedades y renta, aniquilado el de patrimonio y subido los especiales y los indirectos, llegó la ora de la berdad.

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    [...] que se trate de algo serio está descartada, dado que Gabilondo es perfectamente consciente de la principal lección de la caída del Muro de Berlín: en una sociedad que debe basarse en la división del trabajo y dónde los recursos están en manos [...]

  19. La izquierda frente al muro Says:

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