¿Qué es la “hipótesis de Porter”?
Michael Porter tiene el raro privilegio de ser un economista de la empresa que goza de cierto respeto entre los economistas académicos. El hecho de que su especialidad sea el marketing (en la que es una especie de semidios), que sus enfoques sean sólo colecciones de case studies y que sus libros se vendan en la misma estantería que los manuales de autoayuda libros de management y liderazgo no ha sido un obstáculo para que sus contribuciones hayan sido reconocidas. Su modelo de las cinco fuerzas para estudiar la presión competitiva de una industria es un buen instrumento para los que hacemos economía industrial aplicada y el modelo del Diamante para determinar la competitividad de una localización viene a decir exactamente lo mismo que la geografía económica de Paul Krugman.
Pero de lo que me interesa hablar hoy, al hilo de los posts de kantor y egócrata, es de lo que se llama la “hipótesis de Porter”. La hipótesis de Porter viene a decir lo siguiente: contrariamente a la intuición y la visión tradicional que tiende a ver un tradeoff entre crecimiento y el respeto del medioambiente, la regulación medioambiental, si se hace correctamente, puede hacer que los recursos se utilicen de forma más eficiente y reducir los costes. En este sentido, tener stándares medioambientales estrictos podría ser, de hecho, una ventaja competitiva para un país.
A mis prejuicios de economista neoclásico ésto les produce una cierta urticaria. ¿Cómo es posible que reduciendo el conjunto de elección de las empresas éstas consigan producir más?. Los argumentos que ofrece Porter son variados. En primer lugar, ofrece evidencia empírica dónde más regulación ha significado más eficiencia. Por ejemplo, el caso de la industria de las flores Holandesa (Holanda produce la mitad de las exportaciones de flores mundiales), dónde, a pesar de tener el clima y los recursos naturales en contra, la regulación medioambiental impulsó una industria próspera.
¿Qué mecanismos existen para que ésto ocurra? Porter ofrece tres. En primer lugar, es posible que las nuevas regulaciones medioambiente fuercen a las empresas a invertir en nuevas tecnologías. En la medida en que el progreso tecnológico no es algo que se conozca ex ante sino que se descubre una vez se ha invertido, es posible que el forzar a invertir produzca ese efecto sorpresa. Un ejemplo sería transformar los residuos que se producen en algo útil (reciclarlos). En segundo lugar, y según Porter el más importante, el mecanismos aumentaría la “resource productivity”. La idea es que la regulación forzaría una remodelación de todo el proceso productivo. Con esa remodelación, se descubrirían fallos y problemas varios en la cadena de valor añadido que podrían ser reducidos. En tercer lugar, si en el futuro sólo existirá desarrollo sostenible, los consumidores demandarán cada vez más productos “verdes” y eso dará una ventaja de “primero en mover” al país que introduzca regulación.
Todo ésto está muy bien, pero, pregunta el economista neoclásico: si tan fácil era, ¿por qué no lo implementan ya las empresas? ¿por qué es necesario forzarlas con regulación? Presumir que esto es así supone varias cosas; que la información es perfecta, que todas las oportunidades de innovación ya han sido descubiertas y que dentro del complejo organizativo de una empresa los incentivos están correctamente alineados. Es decir, supone bastantes cosas que no ocurren siempre en el mundo real. Una regulación bien diseñada, en cambio, podría (Porter ofrece una lista) aumentar la presión para innovar, reducir los sesgos cognitivos de los empresarios contra la regulación verde (no verla como un coste, sino como una oportunidad), forzar procesos de evaluación en las compañías rompiendo resistencias internas, reducir el riesgo de ser la primera empresa en hacerlo al igualar el terreno de juego, crear una demanda de los consumidores para productos verdes.
Aunque desde un punto de vista ortodoxo ésto es moderadamente aberrante y bastante falto de rigor teórico, creo que hay desarrollos en la teoría económica moderna que explican que ésto es en principio posible (y no estoy sólo, por cierto). Ya dijimos que las empresas tienden a ser aversas al riesgo (los directivos quieren asegurarse su permanencia) y existen razones potentes en economía conductual para pensar que existen esos sesgos cognitivos. Por último, podríamos estar en un caso específico de “Economía QWERTY“; suponed que una empresa tiene que elegir entre invertir en dos innovaciones. Una de ellas es inicialmente más cara, pero una vez descubierta, producir con ambas tiene el mismo coste. Al ser inicialmente más barato, se inicia una senda de innovación tecnológica “sucia”, aunque sólo es más barato al principio. Si además suponemos que la empresa depende de proveedores “río arriba” y de demandantes “rio abajo” que funcionan con un determinado estándar (sucio o limpio) y que han hecho todos el mismo cálculo inicial (sucio vs. limpio) pasarse a una tecnología limpia puede ser individualmente irracional (si sólo lo haces tú) aunque fuera racional desde el punto de vista colectivo. Al ser la innovación un proceso incremental (se innova basándose en lo que ha hecho el anterior) por dónde se inicie la senda de expansión es algo que importa mucho para redirigirlo a posteriori.
Por último, Porter dice que, obviamente, no todas las regulaciones son equivalentes y que el gobierno sólo debe promover las que sean “innovation friendly” (flexibles, poco burocráticas, coordinadas a nivel internacional, transparentes, predecibles etc,….). No quiero aburriros con los detalles.
Lo que me interesa apuntar es cuál es la importancia de la hipotesis de Porter y cómo creo que se debe interpretar. Como he expuesto, lo que el hombre dice no es en absoluto absurdo, es algo que tiene bastante sentido a nivel teórico. No obstante, creo que el nombre de “hipótesis” está bien puesto; se trata sólo de una hipótesis que debe ser investigada y contemplada a nivel empírico, pero no de un caso general. Llamadme escéptico, pero creo que es excesivamente optimista y espero ver expuesta la abrumadora evidencia empírica de que habla en sus artículos. El tradeoff entre medioambiente y crecimiento existe siempre en el margen- sino, no habría un problema de elección y el calentamiento global no sería un problema. Pero sí es una forma de relajar la tensión entre los melenudos que abogan por el decrecimiento y los chicos a sueldo de Exxon.






Mayo 3rd, 2009 at 22:38
Yo creo que tenemos un ejemplo clarísimo en el mundo del automóvil: la exigente legislación nipona y sus fuertes impuestos sobre los combustibles llevaron a los japoneses a producir vehículos muy eficientes. La dificultad de utilizar grandes motores y tamaños exagerados como reclamo los empujó a ofrecer alta tecnología y fiabilidad (al igual que a los europeos, pero éstos decantándose por aplicarla a la seguridad) El resultado es que Toyota, Honda, Subaru, etc. se han comido a las tres grandes americanas en su propio terreno.
Mayo 4th, 2009 at 10:49
Demócrito:
No confundamos el “proceso de fabricación” con el “producto que lanzo al mercado”. Tú puedes lanzar al mercado un producto maravillosamente limpio, por ej, la electricidad, y generarlo de manera ominosamente sucia, por ej, con combustibles fósiles (particularmente carbón).
El caso del automóvil es similar: estamos hablando del “producto que lanzo al mercado”… y, además, en este caso el cumplimiento de los estándares ambientales va esencialmente unido al consumo energético, que es esencial para el potencial comprador. El principal incentivo del comprador de un coche es el ahorro energético (=bajo consumo), no la protección del medio ambiente, pero resulta que la protección del medio ambiente en un coche va esencialmente ligado a menores consumos. Por lo tanto, a la industria fabricante le interesará que su producto cumpla los estándares ambientales sobre todo porque es lo que su mercado demanda. Hay una suma (o coincidencia) de incentivos.
Cuestión distinta es cuánto le cuesta a la industria nipona (o a cualquier otra) del automóvil cumplir la legislación ambiental EN SU PROCESO DE FABRICACIÓN, y si puede fácilmente trasladar este coste al consumidor. Lo cierto es que la industria del automóvil nipona y coreana, si la comparas con la americana, no sólo hace coches más eficientes, es que sus propios procesos de fabricación son mucho más eficientes, y por tanto, con menos coste. Esto es independiente, desde mi punto de vista, de la legislación ambiental que ha de cumplir como industria.
En otro tipo de industrias no se dan estas características… por ej, la industria química:
—Las emisiones, y por tanto el cumplimiento de la legislación ambiental, no están sólo ligadas al consumo de combustible que la industria necesita para funcionar. Por lo tanto, no hay tal “suma de incentivos”: a la industria siempre le interesará hacer más eficiente su consumo, por el coste que le supone, pero cumplir el resto de la legislación ambiental suele suponer esencialmente un coste, no despreciable, y creciente, no siempre previsible… y difícil de trasladar (a priori) como “bondad del producto”.
—No siempre se puede trasladar al consumidor este incremento de costes. Si compites en un mercado mundial donde otros fabricantes del producto (léase Próximo Oriente), además de tener bajísimos costes energéticos (y tender al derroche), no tienen apenas restricciones ambientales en la fabricación, está claro que compites en desventaja.
Este es el gran reto que muchas industrias de los países occidentales, particularmente la UE, tienen que resolver, pues la protección del medio ambiente ha venido para quedarse.
Mayo 4th, 2009 at 19:41
Básicamente las regulaciones ambientales buscan sencillamente lo mismo que los instrumentos de mercado: internalizar las externalidades… en los costos y beneficios (e.g., ingresos) de la producción y, también, el consumo. Así, por ejemplo, que una empresa no implemente lo que después se le pedirá (vía reglas/normas/leyes o subsidios/impuestos) se debe —en principio— a que no hay toda la información de costos y beneficios, dejando pues la decisión final de producción en un punto ineficiente. La economía ambiental se ocupa en mucho de demostrar, con el rigor de la ciencia económica, el cómo cada vez que se persiste en un modelo de producción/consumo aislado de los costos y beneficios ambientales, hay pérdidas sociales (i.e., decremento del bienestar). La hipótesis de Porter es pues apenas una parte y manera de una de las tantas propuestas de la economía ambiental. Digo propuesta porque en sí hay casos donde más que regulación, los modelos desarrollados sugieren más bien incentivos de mercado (e.g., el depósito-reembolso en las botellas de bebidas). Como fuere, lo cierto es que, al final, el intercambio entre mero crecimiento económico y cuidado al medio ambiente es de suma cero: de ahí que mejor sea desarrollarse atendiendo el balance entre la economía y sus recursos, logrando entonces una operación positiva y, finalmente, sin pérdida alguna. (Aquí, sirva anotar el (otro) enfoque de la economía ecológica, el cual no considera, como los economistas ambientales, que internalizar sea suficiente para el desarrollo económico: se pugna —en aras, efectivamente, del decrecimiento— por consideraciones biofísicas, leyes naturales y de, si lo hay, crecimiento moral).
Saludos cordiales,
MAAG