La izquierda frente a la herencia
Sábado, Octubre 4th, 2008Las discusiones sobre los nombres no son una actividad que sea de mi agrado. En mi época pre-empirista, cuando pensaba como un abogado, solía pensar que esas discusiones eran importantes. Pero contadas un par de excepciones- el derecho y la contabilidad, grosso modo- los debates terminológicos son aburridos y estériles.No obstante, las etiquetas al final tienen importancia en la medida en que constituyen una forma de identidad colectiva que, a fin de cuentas, es lo que mueve a la gente a actuar y pensar de forma común; compartir un lenguaje, un vocabulario y unas referencias es de hecho un elemento de cohesión fundamental.
Uno de esos debates bizantinos consiste en intentar delimitar qué es la izquierda y lo términos que se superponen; socialismo, liberalismo, etc… Los esfuerzos para encontrar un criterio que describa qué es la izquierda han sido una de las actividades más estériles que han ocurrido en la medida en que resulta tremendamente complicado encontrar un criterio que reúne a Adam Smith, Carlos Marx y John Rawls en el mismo grupo y al mismo tiempo deje fuera a los liberales de derechas.
Sin embargo, ahí va una propuesta: la idea de la oposición a la herencia. Entiendo aquí por herencia cualquier forma de transmisión de las oportunidades -la libertad positiva- de padres a hijos. Argumentaba unos post atrás que el espíritu de la izquierda podía encontrarse en la ilustración y en el principio de autonomía personal. Si es cierto que la izquierda nace con la revolución francesa, pienso que se puede trazar un continuo donde la izquierda se identifica con la oposición a la herencia. Sugiero que esto ocurre bajo la forma de tres capas sucesivas que se superponen en interpretaciones distintas pero dónde la idea es exactamente la misma.
En una primera fase, esa oposición es la del del liberalismo clásico: la oposición a privilegios legales heredados de padres a hijos dentro del estamento. “Los hombres nacen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales sólo pueden basarse sobre la utilidad común” decía el artículo 1 de la Declaración de los derechos del hombre y el ciudadano. Se rechaza así la posibilidad de que un ciudadano vea condicionada su conjunto de derechos en función de su herencia familiar y concretamente la sociedad estamental.
En una segunda fase, la izquierda de carácter socialista tenderá a argumentar que, contrariamente al liberalismo clásico, la igualdad formal sobre el plano jurídico no garantiza una igualdad real. La propiedad privada puede llevar a que la riqueza se acumule en manos de unos pocos y no dependa sólo de las elecciones individuales. La idea de opresión consiste precisamente en que la existencia de un grupo relativamente estable en una sociedad que ostenta el poder. La oposición a la herencia es sólo la versión intergeneracional de la oposición a la existencia de la explotación.
El problema con esta concepción es probablemente que es insuficiente; existen formas de herencia que producen desigualdades y que no vienen únicamente de la posesión de capital físico y la propiedad privada. El experimento doloroso de esta realidad fueron las sociedades dónde llegó a implantarse el socialismo real. En nuestra tercera fase, sabemos que la abolición de la propiedad privada no es ni suficiente ni necesaria para la abolición de la herencia. Esto es lo que argumenta Bourdieu, sí, con su teoría de la reproducción de las élites, pero también es la argumentación de John Rawls, Ronald Dworkin y en general el liberalismo igualitarista anglosajón; los bienes primarios deben estar repartidos igualitariamente para que una sociedad tenga un carácter igualitario.
Los bienes primarios incluyen formas más sofisticadas de “capital” como el capital social, el capital intelectual, y probablemente aspecto de carácter genético etc,… que explican la existencia de desigualdades entre individuos. Todos ellos tienen algo en común: vienen impuestos por el pasado, por el lugar que el individuo ocupa en el momento de su nacimiento antes de haber realizado ninguna acción y al no ser el fruto de una elección individual son injustos. Esos efectos deben ser corregidos en la medida de lo posible o en cualquier caso asegurados de acuerdo con un esquema racionalista.
Esto además sugiere que la izquierda debe tener una visión comprehensiva que contemple todos los aspectos a la hora de corregir esas injusticias y no solamente los que derivan del capital físico o la renta. El fetichismo común con el impuesto de sucesiones y donaciones es un tema respecto al que soy relativamente agnóstico, pero esta visión sugiere que no tiene por qué ser necesario ni suficiente porque sólo grava la herencia de tipo patrimonial dejando fuera otros muchos aspectos-desde los aspectos genéticos hasta los que se transmiten socialmente. Que el Estado controle una mayor cantidad del PIB, que los impuestos sean altos, no significa que una sociedad sea más igualitaria ni más justa- de hecho, puede significar lo contrario.
Si algo caracteriza a la izquierda es el rechazo frontal de la idea supersticiosa de que algo es justo por el hecho (único) de haber sido así en el pasado; (“del pasado hay que hacer añicos”). El status normativo del pasado es nulo para cualquier izquierdista que se precie. La herencia es precisamente eso: los efectos del pasado sobre el presente.





