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Archive for Abril, 2008

La funesta belleza de la vieja izquierda

Sábado, Abril 26th, 2008

De todos los trade-off que existen, el que personalmente me fascina más es el equilibrio entre verdad y belleza. Si yo fuera filósofo construiría un sistema epistemológico que oscilaría entre esos dos términos que son los ingredientes fundamentales de la felicidad en sentido auténtico.

 La relación es en realidad compleja. En el corto plazo, ambas ideas suelen exhibir una relación negativa; más belleza significa más sueños y menos verdad y más verdad suele ir acompañado de una disminución de belleza. Sin embargo, en el largo plazo ambos términos se relacionan positivamente; para el hedonista que soy, la verdad no es deseable sin belleza, y la belleza no es sostenible cuando supone una mentira. La distinción, en realidad, coincide bastante bien con la división entre lo normativo y lo descriptivo.

Los seres humanos encontramos una contradicción constante entre como son las cosas y como nos gustaría que fueran y cubrir el espacio de esa falla es precisamente el objetivo de todo proyecto ético.

Pero la distinción de la que quiero hablar aquí es la distinción en política. Por supuesto, el lector intuye que esto es todo menos científico y no se equivoca; no es científico pero la reflexión tiene cierto valor.

El mayor dilema al que se enfrenta hoy la izquierda es a elegir entre verdad y belleza debido al peso de su pasado. La vieja izquierda, la izquierda obrerista, de mayo del 68, la que simpatizaba con la China Maoista o con las luchas de liberación nacional ha logrado, durante el último siglo, mantener el monopolio de la definición de la belleza. Ha sido, con mucho,  la empresa mas eficiente, no solo dentro de la izquierda, sino en la totalidad del panorama político, generando iconos e imbuyéndoles de belleza.

Esto es cierto en la poesía épica de Karl Marx, pero lo es también en la industria del cine o en la literatura. En general todas las industrias que generan belleza han sido copadas durante los últimos cincuenta años por miembros de la vieja izquierda. Los “intelectuales”, poetas, directores de cine, músicos y literatos pertenecen todos a la vieja izquierda.

En mi caso, hago footing escuchando a def con dos y a Barricada. Pero la idea de escribir este post me llegó leyendo el poema de benedetti sobre la muerte del Che Guevara.

Vámonos,
derrotando afrentas.
Ernesto «Che» Guevara

Así estamos
consternados
rabiosos
aunque esta muerte sea
uno de los absurdos previsibles

da vergüenza mirar
los cuadros
los sillones
las alfombras
sacar una botella del refrigerador
teclear las tres letras mundiales de tu nombre
en la rígida máquina
que nunca
nuca estuvo
con la cinta tan pálida

vergüenza tener frío
y arrimarse a la estufa como siempre
tener hambre y comer
esa cosa tan simple
abrir el tocadiscos y escuchar en silencio
sobre todo si es un cuarteto de Mozart

da vergüenza el confort
y el asma da vergüenza
cuando tú comandante estás cayendo
ametrallado
fabuloso
nítido

eres nuestra conciencia acribillada

dicen que te quemaron
con qué fuego
van a quemar las buenas
las buenas nuevas
la irascible ternura
que trajiste y llevaste
con tu tos
con tu barro

dicen que incineraron
toda tu vocación
menos un dedo

basta para mostrarnos el camino
para acusar al monstruo y sus tizones
para apretar de nuevo los gatillos

así estamos
consternados
rabiosos
claro que con el tiempo la plomiza
consternación
se nos irá pasando
la rabia quedará
se hará mas limpia

estás muerto
estás vivo
estás cayendo
estás nube
estás lluvia
estás estrella

donde estés
si es que estás
si estás llegando

aprovecha por fin
a respirar tranquilo
a llenarte de cielo los pulmones

donde estés
si es que estás
si estás llegando
será una pena que no exista Dios

pero habrá otros
claro que habrá otros
dignos de recibirte
comandante.

Benedetti, por alguna razón que no llego a comprender, tiene la capacidad de ponerme los pelos de punta. Y esto es cierto, o tal vez especialmente cierto, cuando incluye diatribas anti-imperialistas o abiertamente antisistema.

No existe un Benedetti en el liberalismo, ni en el movimiento neoconservador. Friedman, Lucas son economistas cuantitativos, no poetas. El intento de definición de belleza más serio que ha habido en la derecha es probablemente el ultraliberalismo a la Hayek que es de tan engreída poca monta como para que ni siquiera la izquierda lo considere una amenaza. François Revel, por ejemplo se apuntaba al cinismo pragmático más que la belleza. La vieja izquierda tiene por tanto un cuasimonopolio en la producción de belleza.

Esto es especialmente trágico para los que, como yo, queremos hacer aterrizar a la izquierda en el mundo real. Lo que creemos en el marginalismo acérrimos sin por ello dejar de ser de izquierdas no podemos competir con el maximalismo normativo de la vieja izquierda.

Creer en un mundo de win-win, donde todos pueden salir ganando, puede ser un objetivo bello para el friki de la teoría de juegos, pero es incapaz de competir, en tanto que paradigma estético, con la retórica de lucha de clases y la teoría laboral del valor que irá seguida de la edificación del paraíso en la tierra Aunque el intelectual responsable diga “Creeré que no fundas una religión  cuando te abstengas de dibujar un paraíso” es evidente que la belleza del marxismo épico es mucho mayor, no digamos ya en su versión rousseaniana del que Mario Benedetti es un representante.

Ser neoprog es complicado; nuestro programa política explica que no existen soluciones fáciles, que las cosas deben hacerse poco a poco, que el Estado tiene límites en lo que puede hacer.

Por supuesto, nuestro proyecto es el único viable; pero eso es algo que importa poco al ciudadano medio que en una ideología busca, a menudo, más belleza que verdad. En el mundo post-histórico  y probablemente postideológico en el que vivimos, lo que el hombre medio busca en la ideología no son soluciones intermedias a problemas complejos, sino sueños y proyecto maximalistas. El siglo XX fue el siglo de las ideologías y las soluciones fáciles (y radicales) a problemas complicados, el siglo XXI será sin embargo el siglo del apatismo donde las ideologías serán relegadas a un adorno retórico.

Por eso, el triunfo de la vieja izquierda en el ámbito de la belleza, al corresponderse con un fracaso gigantesco en el de la verdad, es una tragedia para la izquierda y, probablemente, un increíble regalo para la derecha.

El multiculturalismo es un liberalismo: una perspectiva individualista

Miércoles, Abril 23rd, 2008

El multiculturalismo entendido como proteccion de las minorias (feminismo, proteccion de las minorias etnicas, integracion de los inmigrantes, nacionalismo…) y las politicas que acarrea (proteccion de la identidad nacional, discriminacion positiva, etc…) es sin ningun genero de dudas uno de los grandes debates de nuestro tiempo.

Sin embargo, la importancia que reviste el debate en la arena politica es directamente inversa a la calidad de su argumentacion. La imagen convencional del defensor del multiculturalista es la de algun apostol del nihilismo posmoderno folk lanzando diatribas esencialistas contra el establishment. Esto es patente, especialmente, en el caso del nacionalismo en Espagna (teclado yanki) donde los actores buscan su legitimacion en pasados remotos o en justificaciones criptomarxista o neotribalistas que tienden a quitar todo prestigio al debate.

El problema de esta situacion es que impide cualquier tipo de debate sobre bases racionalistas y lo desplaza hacia una confrontacion de mitologias que, en el medio plazo, degenera en algun tipo de violencia politica.

No obstante, existe una defensa posible y desde mi punto de vista inevitable del multiculturalismo desde un punto de vista liberal-individualista. Esta defensa se apoya sobre argumentos solidos y tipicamente liberales tales como la proteccion del individuo frente a la masa o del ciudadano frente al Estado.

Los que me leeis sabeis que me gusta presentar las cosas dentro de un marco racionalista, aun cuando no este de acuerdo,  especialmente si se trata de temas tan susceptibles de crear conflicto como el debate sobre las identidades. El objetivo de esta articulo es por tanto presentar el multiculturalismo (entendido como politicas de reconocimiento de las identidades colectivas) en sus fundamentos y justificaciones, encuadrarlo dentro de la ideologia liberal y finalmente hacer una valoracion critica presentando una alternativa.

 1 La irrelevancia de las identidades en el Liberalismo politico

El liberalismo (en sentido anglosajón-rawlsiano) define la justicia en términos de “derechos e individuos”. Los individuos son la unidad básica de análisis (es un individualismo) y el único soporte ético (la ética solo existe en el plano de la subjetividad) y estos individuos, por el hecho de serlo, tienen derechos.

De esta forma, se rechazan puntos de vista tribalistas o comunitaristas donde los derechos se adquieren en razón de la pertenencia a un grupo (una etnia, una nación, un estamento social) y no están subordinados a él. En el esquema de justicia rawlsiana la pertenencia a un colectivo no produce, en principio, derechos ni obligaciones, la única distinción relevante es la que distingue las desigualdades que son el resultado de una elección (endógenas) de las que son el resultado de una situación de partida (exógenas). Es una perspectiva insensible al género, a las creencias religiosas, a la identidad cultural o nacional ya que estas situaciones no son “peores” o “mejores” sino solo distintas. Lo único que genera derechos es partir desde una posición de desventaja (el nivel de renta, el origen social, etc…) pero no la pertenencia a un colectivo.

2 La críticas comunitaristas del liberalismo.

Los comunitaristas critican el aspecto individualista de razonar en términos de “derechos e individuos”. Es cierto que la filosofía política liberal anglosajona es sorprendentemente silenciosa sobre cosas tan políticas como la nacionalidad, la forma del Estado, la democracia, etc… El plano sobre el que se razona es el de la intersubjetividad: las relaciones entre individuos, pero en ningún caso lo que ocurre en una comunidad.

Esta perspectiva es según esta crítica “atomista”. El énfasis en los derechos de los individuos fomenta de alguna forma el egoísmo individual y nada garantizaría la cohesión. En la práctica, las comunidades dependen del comportamiento de los individuos; de su voluntad para pagar impuestas, para defender a su país, para cumplir la ley, de sentirse miembros de una comunidad. Es en el seno de esta comunidad y por los lazos que unen a los individuos donde se pueden aplicar políticas liberales de redistribución y de protección de los individuos. Pero en ausencia de una comunidad bien cohesionada, estas políticas serían simplemente imposibles. Pues bien, el liberalismo no menciona una línea sobre como mantener una comunidad unida. Si se aplicaran las políticas liberales desnudas, la sociedad se desagregaría.

Esta crítica ha sido formulada por Taylor en su artículo “Atomism”, no obstante, está presente en mucho textos. Así por ejemplo, Buchanan argumenta que el Estado del bienestar había creado la sensación de gratuitidad de los derechos y fomentaría un individualismo excesivo y un grado elevado de rent seeking una vez que, tras el fin de la guerra fría, no existe ninguna amenaza común que nos reúna. Ortega y Gasset decía “El mayor peligro, el Estado”; tras la proclamación del ideal liberal, el Estado había dado la sensación de que los derechos eran gratuitos cuando en realidad se sostienen sobre una serie de virtudes y voluntades, y que había creado la sensación de tener todos los derechos y ninguna obligación.

Así, las políticas liberales deben estar subordinadas a la supervivencia de la comunidad. Los derechos individuales solo existen gracias a la comunidad y por lo tanto, esta debe prevalecer sobre aquéllos.

3. La acomodacion liberal de la critica atomista: el nacionalismo liberal

A raíz de esta crítica, el liberalismo ha intentado acomodar un concepto que explique como mantener unida a una comunidad humana donde se puedan llevar a cabo estas políticas. La que se considera como más realista es el llamado “nacionalismo liberal” ya que es la forma en que se han llevado a cabo históricamente.

El nacionalismo liberal espera mantener unidas a las comunidades en tanto que “naciones” entendidas estas como entidades etno-culturales con un imaginario colectivo común. Esta era la perspectiva de los intelectuales europeos a finales del siglo XIX representada por Renan. Renan nos explica que una nación tiene dos elementos indisolubles: un pasado, un conjunto de mitos y glorias, una unidad cultural y un proyecto político voluntarista común (un plebiscito cotidiano).

Todas las naciones del mundo se han construido históricamente de forma más o menos centralizada. Estas son las llamadas políticas de “nation building”. En sus formas mas violentas (como Polonia o Yugoslavia) estas suponen limpieza étnica y asesinatos masivos. Pero de forma más sutil, todos los Estados del mundo tienen políticas de nation building: la existencia de fiestas y símbolos nacionales, de una lengua oficial, de un poder centralizado, de un servicio militar, de un sistema educativo que enseña historia nacional, de unos medios de comunicación nacionales, de una función pública donde se jura la constitución,… El objetivo o al menos el efecto de estas políticas es crear un sentimiento de unidad nacional que mantiene unida a la comunidad.

Además, estas políticas son de alguna forma inevitables. A la hora de elegir un temario de historia, por ejemplo, uno debe elegir que incluye y que excluye y como se abordan los temas. Este tipo de políticas forman un imaginario y una percepción colectiva común a una nación, crean una cierta homogeneidad cultural.

El nacionalismo liberal reclama su condición de liberalismo. Para ellos, este conjunto de políticas son instrumentales, son la condición sine qua non para que las políticas liberales de defensa de los derechos individuales puedan ser llevadas a cabo. No se trata por tanto de una concepción nacionalista-comunitarista, el individuo no queda subordinado a la comunidad nacional sino nacionalista-liberal, donde la comunidad esta al servicio del individuo. Sin embargo, la protección de derechos individuales debe ir acompañada por políticas de nation building que son la condición para esta protección.

4. El multiculturalismo liberal como acomodacion del nacionalismo

Las políticas de “nation building” son por tanto instrumentos al servicio de la protección de individuos. La existencia de una comunidad es algo necesario (aunque no superior) para que las políticas de protección de derechos sean siquiera posibles. Sin embargo, el problema aparece en el hecho de que estas políticas generan perdedores y estos perdedores sufren las discriminaciones que no son justificables en razon del merito.

En la medida en que la promoción de un modo de vida común por el Estado fomenta la unidad, es algo que también invita a la exclusión en la medida en que distintos individuos se desvíen de este modo de vida. Si el imaginario colectivo se basa, por ejemplo, en la etnia, es evidente que individuos pertenecientes a una etnia minoritaria se verá perjudicado. La adopción de una lengua nacional, por ejemplo, es algo susceptible de perjudicar a los que no la hablen, la adopción de fiestas nacionales perjudicará a los que sean miembros de una minoría nacional.

De forma más general, las políticas de un Estado (y por lo tanto, la forma en que se protegen los derechos individuales) y sobre todo las políticas de nation building, dependen de con quien se comparta el espacio público de ese Estado. Veámoslo con un ejemplo.

Pensemos que un Estado que debe aplicar una política que puede ser numerada en un espacio de 1 a 10. Pensemos que este Estado tiene una población de tres individuos (A B y C), cada uno con preferencias distintas respecto a estas políticas (1 a 10).

A: 1 B: 10 C: 10

Los costes individuales dependen de cuanto se aleje la política adoptada de su política preferida. Así si la política es 5 y la preferencia es 2 el coste es de 3.

En los sistemas democráticos, las decisiones se toman por mayoría. ¿Qué ocurre si la decisión se toma por mayoría? Bueno, el resultado es mucho más radical ya que B (10) y C (10) formarían una coalición adoptando su política favorita (10) imponiendo a A un coste de 9 (10-1). Este mismo ejemplo vale para pensar en casos en los que, aún siendo minoritarios, determinados grupos ostentan una posición dominante en términos de capital político (por ejemplo el género masculino o la metrópoli en un imperio).

¿Qué ocurriría si compartiera espacio público con dos individuos con preferencias idénticas a las suyas (A:1 B:1 C:1)? La política elegida sería 1 (la media de tres veces uno) y los costes serían 0 para todos.

¿Como encaja esto con las políticas de nation building? Las políticas de nation building son decididas en función de las preferencias de un grupo dominante (la nación en cuestión). Es en función de ellos de los que se decide qué cultura o paradigma nacional se promociona (algo sobre lo que el liberalismo no nos dice nada, solo nos dice que debe promocionarse una cultura, pero no cuál). Ante esta decisión, existen perdedores: aquéllos que por alguna razón se encuentren marginados en el proceso de decisión y cuya cultura no encaja con la cultura promocionada. Lo que multiculturalismo argumenta es que deben considerarse estas situaciones en el momento de realizar un juicio de valor sobre las ventajas y las desventajas.

Un primer grupo son los inmigrantes y minorías étnicas o religiosas (los árabes en Francia, los negros e hispanos en América, o los musulmanes en cualquier país europeo) que son el caso más claro. El inmigrante recién llegado a un entorno social en el que es minoritario se ve impuesta una cultura, una lengua, y una serie de medidas de promoción nacional.

 En este sentido, el hecho de pertenecer a una etnia minoritaria supone una desventaja y debe ser tenida en cuenta: deben existir mecanismos que protejan a estas minorías de las decisiones de la mayoría. Estas medidas son de dos tipos: o bien que le ayude a integrarse en la sociedad o, en el caso de que sea imposible, les otorguen ciertos privilegios o autonomía legal que compensen la desventaja. Un ejemplo es el caso de los días festivos que están determinados por nuestra pertenencia a una cultura judeocristiana pero que serían substancialmente distinta en un país musulmán. El multiculturalismo argumenta por lo tanto que los musulmanes deben tener derecho a tener su días festivos particulares.

El segundo caso es el de las minorías nacionales o los pueblos indígenas. Se trata en este caso o de colectivos culturales localizados sobre un territorio cuyo imaginario de nacional difiere considerablemente del mayoritario. Este es el caso de los indios en América o de Cataluña, el País Vasco, Kosovo, el Ulster, Escocia o Córcega en Europa. Reino Unido es un Estado protestante con políticas de nation building adaptadas a la mayoría Inglesa (la historia que se enseña es anglocéntrica, los medios son ingleses…). En España ocurre algo parecido: la lengua oficial es el castellano, la historia que se enseña en la escuela es hispanocéntrica, tenemos fiestas nacionales, etc… Idém para América (el elemento WASP) o Serbia. En la medida en que existen minorías a las que se imponen costes por el hecho de pertenecer a un colectivo más amplio, el multiculturalismo argumenta que deben existir protecciones legales para estos grupos tales como derechos específicos (a recibir enseñanza o servicios públicos en su lengua nacional) u organizaciones políticas autónomas donde desarrollen su propia cultura nacional (desde la autonomía hasta la independencia).

Finalmente, existe también un argumento (aunque probablemente más débil) para defender la protección de grupos sexuales discriminados tales como las mujeres o el colectivo GLTB. Estas protecciones suelen tomar la forma de adaptaciones legislativas (ley de matrimonios homosexuales) o de discriminación positiva (cuotas, etc…). El razonamiento es más débil ya que aquí la discriminación no existe por políticas de nation building, sino en razón de estructuras culturales informales o instituciones legales implícitas.

Esto se basa en lo que las feministas llaman el “dominance approach”. Por ejemplo, no hay ninguna razón “liberal” que justifique los matrimonios deban hacerse entre personas de distintos sexo, se trata de algo que es así por convenio, más concretamente, porque la política se ha decidido de acuerdo con la mayoría heterosexual. Algo análogo ocurre con el feminismo existen muchas leyes que, sin discriminar explícitamente, si lo hacen implícitamente como por ejemplo los requisitos de altura para entrar en determinados cuerpos (bomberos, ejército, etc…). Las instituciones sociales de carácter informal (desde la lengua o el modelo de familia tradicional hasta la cultura) son también elementos que, de alguna forma, discriminan en razón del género y que son considerados por las feministas liberales como justificando la discriminación positiva.

Existen más casos, pero lo que hay que retener es que el multiculturalismo liberal provee una base moral suficiente desde un punto de vista individualista liberal para defender cosas como el derecho de secesión, el diálogo intercultural o las discriminaciones positivas en razón de la pertenencia a un grupo.

El problema es: ¿hasta donde? Es decir, si existen derechos específicos de grupo, ¿esto no llevaría a comunidades como por ejemplo los musulmanes a reivindicar la aplicación de leyes antiliberales como la sharia? ¿Puede justificar el multiculturalismo por ejemplo la sumisión de la mujer al hombre consagrada en determinadas religiones). Aquí Will Kymlicka propone una distinción entre un esquema comunitarista (como por ejemplo el que existía en el imperio otomano con una ley distinta para cada comunidad religiosa) y uno liberal. La diferencia es que e la políticas multiculturales hay que diferenciar entre las protecciones externas y las restricciones internas. Las primeras son medidas que protegen a los individuos por el hecho de pertenecer a un grupo, mientras que las segundas protegen al grupo para mantener a los individuos contra su voluntad dentro del grupo. Así, mientras que las primeras permitirían a las mujeres musulmanas ir veladas a la escuela, no permitiría en ningún caso que fueran obligadas a ir veladas. Es aquí donde se ve la naturaleza liberal del multiculturalismo: su justificación viene de la necesidad de proteger al individuo, y por lo tanto sus límites también dependen de su capacidad para llenar esta misión.

5 La sintesis republicanista

Hasta el momento he intentado presentar de forma objetiva como se presenta el debate sobre el multiculturalismo y las identidades colectivas sin hacer explícita mi opinión. En esta útlima parte me gustaría explicitar como entiendo que puede presentarse el multiculturalismo y en qué medida creo que la adopción de sus política puede ser legítima o apropiada. Para ello tomaré el multiculturalismo como base e intentaré criticarlo. Esto en dos puntos.

A) La primera crítica tiene que ver con el efecto que el multiculturalismo produce en el debate político. En un marco Rawlsiano, como he explicado, la política multiculturalistas son legítimas en la medida en que ayuda a realizar la igualdad, entendida como igualdad de recursos y oportunidades. En la medida en que la pertenencia a un grupo oprimido es una fuente de desigualdad, es legítimo poner en marcha políticas culturalistas.

El problema es que, aunque la pertenencia a un colectivo pueda ser fuente de desigualdad, estas desigualdades no son ni las únicas ni las más importantes que surgen en la sociedad. Sin embargo, la ideología multuculturalista (como todas las ideologias) es una máquina de generar recursos políticos, aunque estos recursos son generados de forma asimétrica entre grupos.

Las identidades colectivas generan recursos políticos. Esto era algo claro bajo el imperio del socialismo antiguo; la clase media era débil o no existía, la identidad de clase tomaba una importancia grande y por lo tanto los antagonismos de clase. La pertenencia a una clase u otra en una sociedad muy desigual es algo fácil de identificar y de entender; cada cuál sabe si pertenece a una clase o a otra. Las divisiones sociales son importantes. La razón de la prevalencia de la identidad de clase sobre las otras era por tanto que ésta es (1) fácil de identificar y (2) un buen proxy para la desigualdad; la mayoría de desigualdades que existen en una sociedad resultaban de la pertenencia a un clase social u a otra.

Cuando el debate se desplaza a las identidades de grupo, esta lógica cambia. Una de las razones para que el debate se desplace es, en primer lugar, la diversificación de las sociedades occidentales. La unidad de clase se vuelve difusa; es mucho más difícil identificar la pertenencia a la clase trabajadora, existen cientos de casos en los que es muy difícil entender a quién pertenece (los funcionarios, el sector servicios, el autónomo)… La clase se vuelve una identidad más difusa (más difícil de identificar) y menos homogénea. Cuando el criterio (el elemento federador) deja de coincidir con la desigualdad (la reivindicación común), las bases para que existe un actor político colectivo se ve debilitado.

El debate  multiculturalista, sin embargo, apunta a identidades colectivas facilmente identificables. El género, la etnia, la religión, la orientación sexual son criterios sencillos de identificar y que por lo tanto proveen las bases suficientes para la existencia de un actor colectivo. Hoy día es mucho más fácil identificar a una mujer o un homosexual que a un obrero y es sobre este tipo de colectivos sobre los que se fija la atención del público y de los políticos.

En términos marxistas, el multiculturalismo podría considerarse como un invento burgués; tanto si hablamos de nacionalismo, como de feminismo, como de reivindicaciones de los inmigrantes, los debates sobre la identidad han desplazado al debate sobre la redistribución de la riqueza. La redistribución no se produce entre clases o individuos, sino entre grupos o colectivos. Esto se debe a dos razones.

  1. En primer lugar, el poder de presión político depende en buena medida de la capacidad de organización de un colectivo; si el criterio federador es más fuerte y fácil de identificar, la capacidad de movilización es mayor.
  2. En segundo lugar, redistribuir entre grupos es más fácil que redistribuir entre individuos (es más fácil poner una ley con discriminación positiva que unos servicios sociales que estudien el caso de cada individuo de forma concreta).

Esto no supondría un problema si la pertenencia a estos colectivos fuera la principal causa de desigualdad, pero no lo es. El efecto principal del debate sobre la identidad es desplazar el punto de gravitación de la atribución de derechos y la redistribución, de la condición de individuo desfavorecido a la condición de miembro de un grupo.

El efecto colateral de este tipo de debate es transformarse en un equilibrio autosostenido. En la medida en que la pertenencia a un grupo otorga derechos, esto provoca una demanda potencial para un industria de la construcción de las identidades. La generación de nuevas identidades al mismo tiempo aumenta las divisiones entre grupos que, lejos de ser disipadas por las políticas multiculturalistas, se agudizan dando lugar a una demanda de nuevas políticas de reconocimiento.

B) El segundo punto de crítica tiene que ver, no tanto con el multiculturalismo, como con el individualismo político del liberalismo. El liberalismo determina su esquema de justicia en términos “individuo y derechos”. El problema es que el subproducto cultural de esta ideología dominante es la tendencia a la fragmentación social y el egoismo, como señalan los comunitaristas. Como parche, el liberalismo crea el nacionalismo y las políticas del nation building para mantener unida a la comunidad. Sin embargo, las políticas de nation building crean ganadores y perdedores que a su vez generan un mayor grado de fragmentación y así sucesivamente.

En primer lugar, el problema del nacionalismo es que elige una vía problemática de garantizar la unión de la comunidad. La falla intelectual del liberalismo es que tiende, por su esquema de justicia, a eliminar la responsabilidad individual respecto de la comunidad, el mérito y la cooperación volviéndose insostenible en el medio plazo. Un autor francés decía “l’Etat de Droit dérive en le tas de droits” (el Estado de derecho deriva en el montón de derechos).

Existen a esto varias soluciones. Una de ellas es la propuesta por el nacionalismo liberal; fomentar un conjunto de valores de carácter más o menos irracional basados en la cultura. Esta vía sin embargo plantea una serie de problemas concretamente que la industria desl nation building crea ganadores y perdedores además de engendrar una serie de dinámicas perjudiciales que el propio liberalismo no puede aceptar como legítimo dando lugar al multiculturalismo como remedio al remedio. En este sentido, el multiculturalismo es desde mi punto de vista inevitable cuando uno se sitúa en un esquema liberal basado en “derechos e individuos”.

¿Existe una alternativa al liberalismo que sea sostenible en el largo plazo? Desde mi punto de vista sí. Mi alternativa es el ciudadanismo, el republicanismo o “patriotismo constitucional”(Habermas). La perspectiva republicanista propone organizar la sociedad basándose en valores e ideas considerados universales. Mientras que el culturalismo nacionalista carece de justificación moral (las políticas de nation building son arbitrarias) el republicanismo, al defender valores universales, no puede considerarse como una violación de derechos.

Es posible reivindicar una protección de las minorías cuando lo que mantiene unida a la comunidad es el nation building ya que la elección del elemento federador tiene un carácter instrumental, sin embargo, no es posible reivindicar el derecho a no integrarse en valores como la democracia, la libertad individual, el respeto del otro, la solidaridad, el servicio… no al menos desde una perspectiva liberal, ya que estos valores son consustanciales al liberalismo.

No obstante, esta perspectiva cambia el punto de gravitación del liberalismo dejando de ser una fuente de derechos para pasar a ser una fuente exigencias para el individuo. El programa republicanista conlleva la actitud de exigir al individuo comportarse de una forma determinada; conforme a los valores y a la infraestructura cultural necesaria para la sostenibilidad del liberalismo en el largo plazo. Sigue tratándose de un individualismo (ya que considera al individuo el único soporte moral) pero deja de ser un liberalismo (ya que considera que hay formas de vida más valiosas que otras). El republicanismo no es por tanto un programa neutral sino que se centra en la virtud de los individuos; es un programa perfeccionista basado en el mérito.

¿Qué ocurre con el multiculturalismo? Bajo la óptica republicanista, el liberalismo desaparece como fuente de derechos, ya que el republicanismo no pone el acento sobre los derechos sino sobre la virtud del individuo y en el mérito. No obstante, los derechos siguen teniendo vigencia en la medida en que son las infraestructura esencial para que la virtud pueda ocurrir. La protección de las minorías sigue teniendo sentido, pero solo como mecanismo de integración y esta supeditada a la sostenibilidad del proyecto colectivo, sabiendo que el proyecto colectivo es un proyecto individualista ya que la exigencia de virtudes cívicas no es más que el mecanismo de sostener la realidad liberal en el largo plazo.

Esto es así en la medida en que la neutralidad cultural de las normas es imposible. A la hora de exigir una lengua oficial, estándares de calidad, ésto genera perdedores (los que no hablan la lengua, los que no entran en los estándares). En la medida en que estos estándares solo se pueden tomar en función de la mayoría, son un mecanismo de exclusión que debilitan la viabilidad del proyecto colectivo y por lo tanto la infraestructura de los proyectos individualista.

En esta medida, un multiculturalismo “soft” es aceptable y deseable desde un punto de vista republicanista aunque siempre relativizado; es decir, subordinado a la viabilidad del proyecto colectivo en el largo plazo. Es legítimo practicar la discriminación positiva en la medida en que ayudan a integrar a las minorías en la república, es legítimo dar facilidades lingüisticas, facilitar la coordinación con las autoridades religiosas, etc… Las identidades colectivas no son fuente de derechos como un fin en sí mismo (esto evita la “pilarización de la sociedad”), sólo lo son como medida de integración (en la medida en que permite a los individuos desarrollar la virtud republicana).

El republicanismo no significa en la práctica políticas muy distintas de las del liberalismo. Sus políticas de protección del individuo, de libertad individual, etc… no son incompatibles sino, en realidad, complementarias con el proyecto humano ciudadanista. El efecto es sin embargo relativizar la importanca de los derechos poniendo el acento, parafraseando a Kennedy, no sobre lo que su comunidad puede hacer por él, sino lo que él puede hacer por su comunidad.

Las conclusiones del artículo son por lo tanto las siguientes:

  1. El liberalismo acierta en su enfoque individualista; la unidad básica de análisis deben ser los individuos y todos valen lo mismo con independencia de sus circunstancias exógenas.
  2. El individualismo no es sostenible en la medida en que crea una dinámica de atomización y de egoismo y su sostenibilidad está condicionada a alguna medida de cohesión social que garantice la viabilidad de la comunidad bajo alguna clase de elemento federador.
  3. La medida federadora del nacionalismo liberal basada en la cultura tiene el problema de ser moralmente arbitraria y crear una serie de pretensiones de derechos éticamente legítimas bajo la forma de reivindicaciones multiculturalistas que terminan cuestionando la viabilidad de la comunidad.
  4. La viabilidad en el largo plazo pasa por una forma de comunitarismo universalista; el republicanismo. El republicanismo admite medidas de integración basadas en los derechos pero pone el acento sobre la responsabilidad, el mérito y el servicio que son la base de sostenibilidad de la comunidad en el largo plazo.

Nota: La introduccion y estas lineas estan escritas con teclado anglosajon (sin acentos, etc…). Por otro lado, siento la falta de posteo en los ultimos dias.

Por qué la izquierda no cree en el Imperio

Lunes, Abril 7th, 2008

Iracundo ha respondido a mi réplica a su artículo sobre el imperialismo. Este post tiene por objeto refinar la crítica inicial y aclarar algunos puntos. Quiero empezar por pedir disculpas a Iracundo que señala que he malinterpretado su concepto de “imperialismo”, un concepto que se esfuerza por clarificar en su respuesta.

Tal como yo lo había interpretado, el imperialismo supondría una vuelta al colonialismo de finales del siglo XIX o alguna versión análoga que supusiera anexión de territorios y centralización de funciones estatales. Afortunadamente, Isidoro no apoya este concepto de imperialismo, sino una versión más suave. No es necesaria la anexión de territorios, basta con una política exterior de los EUA (potencia imperialista) más agresiva y carente de “complejos” que actúe de forma decisiva. Según su interpretación, está situación no se diferenciaría demasiado del status quo ya que EUA es, de facto, una potencia imperial y una doctrina de política exterior que lo reconozca no añadiría nada más que un matiz y claridad.

Aunque yo lanzara mi crítica sobre un diagnóstico equivocado, creo que esto no obsta para que la mayor parte de las objeciones se mantienen vigentes, salvo la que tenía que ver con los costes de transición a un sistema imperial (segundo punto, primer párrafo). El interés de hacer una contrarréplica es por lo tanto el de clarificar algunos de los puntos y adaptarlos a su réplica. Pero sobre todo, encuentro esto interesante porque su opinión es bastante representativa de una parte de la opinión pública (aunque probablemente llevada al extremo) que yo calificaría (sin carácter despectivo) de “Neocon”.

Esta contrarréplica es por lo tanto una oportunidad para elaborar una serie de argumentos contra este cuerpo teórico, (algo que ya ha empezado a hacer el Egócrata) un poco en la línea “neoprog” que es habitual en mí: escepticismo respecto a las soluciones mágicas y sometimiento al test “la gente responde a incentivos”.

Con el fin de poder llevar a cabo una crítica de su argumento, creo que es interesante dividir el debate y para esto elaborar un esquema de sus argumentos. A grandes rasgos, su argumento es el siguiente. Ruego a Iracundo que me corrija si alguna de las asunciones es incorrecta:

  1. El sistema institucional internacional (SII), basado en el derecho internacional y las instituciones internacionales (ONU, Banco Mundial, FMI, OMC…) ha fracasado garantizando la paz y el desarrollo en el mundo por su incapacidad para castigar a los “bandidos” que impiden el desarrollo.
  2. EUA puede cumplir mejor ese papel.
  3. Esto se debe a su condición “imperial” de última superpotencia que le permitiría llevar a cabo una política exterior mas agresiva y capaz de garantizard) EUA, debido a sus valores, tiene los incentivos correctos para llevar a cabo esta función. Si hasta el momento no lo ha hecho se ha debido a la carcasa inflexible del SII.
  4. Por lo tanto, es deseable que EUA se deshaga de este tipo de limitaciones y lleve a cabo intervenciones de “state building” en el mundo (especialmente en África) que garanticen la estabilidad y el desarrollo económico.

Desde mi punto de vista, este análisis es incorrecto por tres razones: se basa en un análisis falso de la realidad que pretende que EUA es una potencia imperial (1), exagera la capacidad de EUA para llevar a cabo las tareas que cita (2) y es demasiado cruel con el SII (3).

1 Hegemonía no implica imperialismo: EUA no es un imperio.

Según la visión de Isidoro, EUA, en tanto que última superpotencia, puede considerarse una potencia imperial “Los países europeos no tienen la capacidad de representar una verdadera amenaza a una eventual Pax Americana: máxime cuando ellos son gorrones en el proceso.”

Sin embargo, este punto de vista es una visión un tanto trasnochada de las relaciones internacionales. En mi anterior artículo explicaba que el neorrealismo de Kenneth Waltz se basaba en la preeminencia de la geopolítica en un entorno hobbesiano (donde la amenaza es constante para la supervivencia). En general, los realistas entienden que lo determinante en un sistema internacional es la capacidad para lograr la supervivencia otorgando un papel muy importante a las capacidades militares y a la seguridad. Aunque Iracundo critica el realismo, parece ser víctima de este mismo “tic securitario” que tienen los realistas sobre la preeminencia de la geopolítica.

Esta visión que podía tener cierta vigencia durante la guerra fría, está en franca decadencia a día de hoy. A nadie se le escapa que, aunque EUA es indiscutiblemente el líder militar del planeta, no es capaz de imponer siempre su criterio. La prueba de ello es que acude sistemáticamente a la comunidad internacional para pedir su colaboración y esto no se debe a ningún complejo legalista, sino a la falta de capacidad material.

Este hecho se explica en la teoría porque los patrones de poder en el entorno internacional dependen de factores menos cuantificables como el concepto de “soft power” de Joseph Nye el “Structural power” de Susan Strange o el “Normative power” defendido por Ian Manners. Existen el mundo internacionales muchos recursos que otorgan poder aparte de los militares y sobre todo, muchos de estos recursos no son cuantificables. Por ejemplo, la condición de potencia económica incrementa la interdependencia y por lo tanto reduce la autonomía de la superpotencia. Adicionalmente, aspectos como la legitimidad, los valores, (el soft power) etc… también importan.

En el caso de EUA está claro que nadie puede hacerle sombra en términos de poder militar. No obstante, esta supremacía no es tan absoluta. Por ejemplo la UE, y sobre todo los estados europeos ostentan un poder considerable en otros ámbitos. La UE es por supuesto un gigante económico: el acceso a sus mercados es valioso y sus inversiones son apetecibles. Pero la UE es también el primer donante del mundo en términos de ayuda humanitaria. Esto encaja con la impresión general de los conflictos internacionales: los EUA invaden, la UE y las demás potencias se encargan de reconstruir el país. La UE es también una potencia regional gracias a sus políticas de condicionalidad. Un ejemplo de esto el éxito en la transición de salida del comunismo de los países de Europa del Este en la que fue determinante la perspectiva de adhesión. Algo semejante ocurre con la modernización de Turquía o con la política de vecindad. Por último, la UE tiene recursos mucho más poderosos en términos de legitimidad y de soft power que los EUA. Hoy por hoy sería muy problemático que EUA intervenga en Europa del Este porque en el área existe un rival que es Rusia. Esto sería visto como una invasión de su territorio. No obstante, esto es algo mucho más viable en el caso de la UE que tiene un grado de legitimidad mayor. Algo similar ocurre en el conflicto de Oriente Medio donde la UE juega un papel de puente entre los árabes y los Israelíes, papel que EUA no puede jugar.

Esto que digo de la UE se puede aplicar a otras zonas del mundo que conozco peor y de las que no hablaré, pero que probablemente incluyan Extremo Oriente, América Latina e incluso África donde el poder del hegemon global (EUA) es cuestionado o completado por hegemones regionales o locales.

Un segundo tipo de competidores respecto del poder de los EUA que excluyen el unilateralismo por el que aboga Iracundo tiene que ver con los actores no estatales. Susan Strange en su libro “The retreat of the State” explica que los actores infraestatales o transestatales ostentan un grado de poder considerable. Estos actores van desde las ONGs’ (que son un recurso de legitimidad y soft power) hasta las multinacionales pasando por las mafias, los grupos terroristas y el crimen organizado. Vivimos en la época en la que el Estado ve cuestionado y por lo tanto no tiene mucho sentido decir que EUA goza de nada parecido a un poder “imperial”.

Con todo esto no pretendo decir que, en último término, EUA no sea el poder hegemónico indiscutido. Si existe un hegemon, ese es EUA. Diré de paso que no es algo que me moleste en exceso. No obstante, lo que si creo es que EUA no es una potencia “imperial” a la que nadie puede hacer sombra. Lo cuál me lleva al segundo punto: la capacidad de EUA para ejercer de potencia imperial de forma correcta.

2. Los límites de la hegemonía

Iracundo defiende que sería deseable que EUA adoptara una política exterior más intervencionista. Para ello, parte de la idea de que lo único que se opone a esto es la carcasa del inútil SII y una serie de complejos aislacionistas de los EUA. En esta parte del artículo quiero mostrar que esta falta de intervención se debe principalmente a la falta de capacidad de EUA para llevar a cabo este tipo de política y el hecho de que no tiene los incentivos correctos para llevar a cabo de forma deseable.

a) La capacidad de los EUA

Iracundo es optimista respecto a la capacidad del EUA para imponer la civilización. Cito:

“entre las cosas que sí puede hacer se incluye el tender a la práctica aniquilación de los bandidos, los terroristas y los tiranos locales. Estos, junto con determinadas políticas comerciales ya señaladas en mi artículo, son los responsables de la situación de África y lugares similares. Removiendo a éstos, cosa de la que un Estado como decimos es capaz, se habrá hecho mucho.”

En este punto tengo que remitirme a lo que he dicho en la primera parte sobre la no omnipotencia de los EUA, así como al post de Egócrata sobre la “carga del hombre blanco”.

Iracundo asume que las medidas que propone tendrán réditos significativos. No obstante, esto no está nada claro. El desarrollo político y económico como indica Egocrata, es una quimera de las ciencias sociales: nadie sabe de donde viene, porque se produce y desde luego como producirlo. En la literatura sobre modernización por ejemplo, autores como Boix o Przeworski llegan a interpretaciones totalmente contradictorias a partir de hechos análogos. Algo semejante ocurre en el área del crecimiento: desde el modelo Harrod-Domar, pasando por el de Solow hasta los modelos de crecimiento endógeno de Lucas y Romer apuntan recetas bastante contradictorias.

De form irónica, la actitud de Iracundo confirma la ley de Murphy de la política económica: existe una correlación negativa entre la influencia que los economistas tienen en un área determinada y el grado de consenso que existe dentro de la profesión.

Es cierto sin embargo, que existe cierto grado de consenso respecto a algunos aspectos. Los economistas se ponen de acuerdo para admitir por ejemplo que el marco institucional juega un papel importante en el desarrollo económico. Sin embargo, las instituciones, en el sentido de Douglas North, no son solamente las instituciones formales (el Estado, etc…) sino también las informales que incluyen las normas sociales, los aspectos culturales, y muchos otras facetas de la realidad social.

Esto sugiere que existen límites importantes a la capacidad de potencias extranjeras para modernizar países en subdesarrollo. Por lo tanto el esquema de modernización propuesto por Iracundo basado en “Castigar a los bandidos” es por lo menos simplista y desde luego demasiado optimista.

En general, Iracundo falla sacando la conclusión de sus propias premisas: son las estructuras de incentivos actuando sobre la naturaleza humana las que producen bandidos y criminales. Sin embargo, modificar esta estructura de incentivos es mucho más complicado de proclamar la guerra internacional contra el terror.

Para ser claro, existen varias historias con éxito: Chile, Corea del Sur o Taiwán son ejemplos de esto. Sin embargo, estas historias son la excepción y no la regla y en la mayoría de los casos no implicaron “intervención a punta de pistola para derrocar bandidos” sino formas más indirectas de intervención. Francis Fukuyama (1America at the Crossroads, pg 137) ofrece una lista de factores para que estas intervenciones tengan éxito y la modernización sea sostenible: 1 la iniciativa debe venir de dentro de la sociedad concernida. El papel de la potencia que interviene debe limitarse a prestar apoyo a estas fuerzas internas que deben ser las protagonistas 2 esto supone la existencia de un régimen semiautoritario (no totalitario) donde las fuerzas de la sociedad civil existan (algo que no ocurría en Iraq, por ejemplo) 3 la receptividad de estas fuerzas internas a la modernización depende mucho del contexto, del tipo de nacionalismo y de forma mas general de la historia del país.

Dadas estas dificultades, uno puede pensar que un proceso de intervención como el que propone Iracundo será costoso y de éxito dudoso. No se trata de “pacificar África a bajo coste” sino a un coste muy alto. Esto, lo veremos en breve, tiene efectos sobre la estructura de incentivos de los EUA.

b) Los incentivos del Imperio

Iracundo me recrimina el hecho de que cite a Kenneth Waltz, neorrealista, para criticarle. Según él, el realismo y la “indiferenciación de las unidades” de un sistema internacionales es algo que está superado porque la naturaleza interna de los regímenes importa. Este es un punto en el que estamos de acuerdo, pero seguramente por razones distintas. Su frase es concretamente ésta:

Los valores importan y creer que las instituciones y el “sentimiento del Derecho”, (…)de los Estados carecen de significado es un error. Partir de la base de que los estados actúan siguiendo unos intereses claramente delimitados y que carecen de escrúpulos morales de forma sistemática es igualar en lo canalla lo que los wilsonianos igualaron en lo ingenuo o noble. (…) se dice que las instituciones o valores vienen a dar igual. Y eso no es verdad.

Nuestro punto de acuerdo es que yo tampoco creo que los Estados tengan intereses de carácter permanente (aparte de en los aspecto geopolíticos relacionados con la supervivencia) ni que su acción en el ámbito internacional esté determinada, únicamente, por la necesidad de “self help” y la supervivencia.

Sin embargo, creo que tenemos visiones distintas de lo que determina la política exterior de los Estados. Iracundo parece entender que lo que importa es la cultura política, las instituciones y, de forma más abstractas, los valores. Él asume que existe un excepcionalismo americano que hará a los EUA actuar como un déspota benevolente en relación con el resto del mundo porque son “una república más perfecta que las demás”.

Mi punto de vista es más agnóstico sobre este punto. En general suelo desconfiar de las explicaciones en términos de cultura política y de excepcionalismo. En el artículo anterior enlazaba el artículo de Andrew Moravcsik llamado “Taking preferences seriously” que es mi punto de referencia en este aspecto. Andrew Moravcsik es a la teoría liberal lo que Kennetz Waltz al realismo: ha intentado reformular una teoría acientífica dentro de los presupuestos comunes de las ciencias sociales de racionalidad de los actores y recursos limitados.

La teoría de Moravcsik propone estudiar los sistemas internacionales partiendo de las diferencias institucionales de cada país. Los Estados no tienen preferencias e intereses homogéneos sino que éstos están determinados por la política interior. El esquema es entonces el de un juego a dos niveles que permite estudiar la conductas de los Estados de forma relativamente cómoda: en el primer nivel las preferencias se forman a nivel interno (en función del tipo de sistema institucional, del poder relativo de los distintos de grupos, etc), algo que es fácilmente comprensible gracias a los instrumentos de la políticas comparada y la ciencia política y a continuación los Estados defienden racionalmente esas preferencias en el entorno internacional igual que ocurría en la teoría realista.

Esta teoría tiene una serie de sesgos como el hecho de que asume que la influencia de los actores infraestatales se limita al marco interno y no actúa sobre el nivel internacional, pero este sesgo se compensa por permitir modelizar los dos tipos de juegos de forma más o menos eficiente.

Cuando uno ve las cosas a través del marco conceptual liberal, uno se da cuenta de que, en efecto, las instituciones importan porque son las que determinan las preferencias de los Estados según la ecuación fundamental de la política comparada:

instituciones+preferencias=resultado.

No obstante, algo crucial es que las preferencias también importan. Este marco me lleva a ser escéptico respecto a la asunción que hace Iracundo respecto a la benevolencia de EUA. Supongamos que el escepticismo que manifesté en el punto anterior respecto a la ingeniería institucional no estuviera justificado y que, realmente, fuera solo una cuestión de voluntad política desarrollar determinados países. Iracundo asume que, en ese caso, los EUA, por sus valores e instituciones serían llevados a proveer este tipo de intervención. Este tipo de actitud es equivalente a la de los economistas que ignoran la existencia de la teoría de la elección pública y que creen que el Estado es un planificador benevolente. La probabilidad de que los EUA adopten intervenciones óptimas depende crucialmente del resultado de sus instituciones internas y de las preferencias de su opinión pública.

Aunque estoy dispuesto a admitir que exista en la cultura política cierto sentido del mesianismo y de la responsabilidad histórica, lo que ha movido históricamente a todos los imperios del mundo no ha sido el mesianismo sino el autointerés.

En el caso de EUA se tratará de la voluntad del político de turno de ser reelegido como ocurre con cualquier otra política. Si, como he mostrado arriba dada la dificultad, el proceso es costoso e incluye un gasto elevado (como el de la guerra de Iraq) uno puede tener dudas de que la idea tenga éxito en la opinión pública americana. Esa la situación que hay ahora: les explican que la guerra de Iraq ha costado muchos millones de dólares (muchos más de los presupuestados) causando un déficit público gigantesco pero que no hay dinero para tener sanidad universal. Aprovecho para decir que sí, Iraq sí ha sido un fracaso en la medida en que las expectativas que la administración Bush tenía se han visto considerablemente decepcionadas: Iraq no es una guerra a lo Clausevitz donde las soluciones militares han conducido a soluciones políticas, ha sido mucho más cara de lo que pensaban, no ha estabilizado orient medio y la situación es desastrosa: nada de todo eso estaba planeado. Y esa era la situación cuando Nixon llegó al poder y Henry Kissinger pidió que los demás Estados del mundo participaran en la defensa mundial.

Uno podría argumentar que el interés de EUA es la provisión de bienes públicos internacionales ya que, si ellos no lo proveen, nadie más lo hará, así que tienen incentivos para hacerlos ellos solos. Sin embargo este argumento tiene varios fallos. En primer lugar, existen muchos casos en los que la intervención no tiene carácter de bien público. Al ciudadano americano le afecta poco o nada lo que ocurre en un país africano de nombre impronunciable donde los nativos han decidido empezar una guerra étnica. Por otro lado, este tipo de políticas, especialmente si incluyen intervenciones indirectas y más o menos silenciosas, son relativamente invisibles para el ciudadano; los ciudadanos quieren ver donde y como se gasta su dinero pero suele importarles menos cosas que no pueden ver ni sentir. Finalmente EUA no necesita proveer estos bienes públicos en solitario; puede contar con otras potencias y contar con otras potencias supone compartir poder y decisión y no actuar unilateralmente.

Esto nos lleva de vuelta a nuestro punto anterior: EUA necesita a otras potencias y no puede actuar de forma unilateral. El apoyo de otras potencias, asimismo, no es solo una cuestión de consenso progre o legitimidad ilusoria, sino de recursos. Repetimos: la hegemonía unilateralista agresiva de EUA no es viable.

3) En defensa del Sistema Institucional Internacional (SII) o la importancia de las sutilezas 

En esta tercera parte, quiero cuestionar la crítica que Iracundo realiza del que el llama el “sistema onusiano”. Con esto creo entender que se refiere a la legitimidad de las instituciones internacionales y al derecho internacional hacia el que dirige varias diatribas como haríamos bien en no dejarnos engañar por las sutilezas y asunciones optimistas de la diplomacia: demasiado respeto mata” y propone que “EEUU adopte una nueva doctrina merced a la cual determinadas sutilezas de la actual geopolítica sean definitivamente obviadas”

Me gustaría aquí defender el status quo y proponer que esas sutilezas cuentan porque, decía Oscar Wilde, “la diferencia entre la civilización y la barbarie, es el matíz”.

a) El génesis de nuestro sistema internacional

Para explicar las sutilezas, conviene volver un poco atrás en la historia, concretamente a la primera posguerra. El periodo que sigue a la primera guerra mundial, nos decía mi profesora de derecho internacional público, era una buena época para ser jurista. Aquélla era una época en la que la gente creía que se podría hacer la paz por el derecho.

El diagnóstico de los liberales representados por Wilson era que el mundo internacional era un lugar peligroso ya que existían rivalidades entre países que podían producir conflicto armados. Esto se debía al carácter hobbesiano del mundo internacional: mientras que en el mundo político interno las guerras civiles eran más bien raras gracias al monopolio de la violencia estatal y los conflictos se resuelven en los tribunales y en las instituciones políticas, en el mundo internacional esto no es así.

Los liberales de entreguerras creyeron por tanto que era posible terminar con las guerras si el sistema internacional se asentaba sobre instituciones como ocurre en el ámbito interno. Las instituciones tendrían el rol de resolver los conflictos de intereses, de facilitar la comunicación y el arreglo de conflictos por la vía pacífica y de actuar de gendarme allá donde fuera necesario.

La receta para lograr esto era simple: una institución como la SdN basada en la igualdad soberana entre Estados, una progresiva liberalización del comercio internacional que incrementara la interdependencia y redujera los conflictos, la sustitución de una diplomacia de gabinete por una transparente basada en la opinión pública y desmantelar los imperios coloniales bajo el principio de autodeterminación.

Si esto se llevaba a cabo, las relaciones internacionales serían pacificadas progresivamente. Aunque con el beneficio de lo retrospectivo parece un programa ingenuo, en aquél momento tenía mucho sentido: se trataba de aplicar al mundo internacional los mismos principios que aplicamos a los sistemas políticos internos: el imperio de la ley, economía de mercado, la transparencia y la sujeción del gobernante a la ley y el principio democrático de soberanía nacional donde la opinión pública controla al gobernante.

Como señala el hecho de que hablemos de periodo de entreguerras, el sistema no funcionó. No quiero insistir mucho en el porqué de que no funcionara, pero creo que el diagnóstico comúnmente aceptado es que no era un sistema realista; no representaba la realidad; le faltaba capacidad de intervención, un gran número de Estados no se habían adherido a él y el principio de la igualdad soberana que no ponderara el poder de los diferentes Estados no daba cuenta del mundo real.

Lo que me interesa aquí es que lo que fallaron fueron las recetas, no el diagnóstico. Era acertado pensar que los conflictos armados internacionales son mas frecuentes que los nacionales porque en el mundo internacional no hay Estado o sistema legítimo y que por lo tanto es necesario que exista algo que supla ese vacía. Sin embargo, no fue acertado pensar que se podía hacer la paz por el derecho.

Esa fue la lección aprendida por los Occidentales tras la segunda guerra mundial, y en oposición a la paz por el derecho, adoptaron el principio la paz por el poder”. La idea es simple: necesitamos algo que nos permita resolver los conflictos internacionales, sin embargo ese algo no será capaz de resolver nada si no es realista, es decir, si no representa la realidad de las diferencias entre Estados.

¿Cuál fue el resultado? La ONU recoge los principios estéticos de la SdN con una gran diferencia: el consejo de seguridad. El consejo de seguridad es el único órgano vinculante con capacidad para intervenir en países, imponer sanciones, etc… Pero el Consejo de seguridad es un órgano mucho más realista que la SdN ya que está controlado por un grupo de miembros permanentes, con derecho a veto que son además las grandes superpotencias mundiales. Por otro lado, se crearon otras organizaciones como la triada económica GATT-FMI-BIRD (Banco Mundial) que debían instaurar un orden económico mundial que asegurara la paz y la prosperidad. Finalmente, el derecho internacional de la posguerra consagra el principio de soberanía de los Estados con pocas excepciones como la injerencia humanitaria. Esto consagra la división entre lo internacional y lo doméstico: que cada Estado haga lo que le venga en gana en su casa mientras respete al de al lado.

La imagen que pinto quedó considerablemente empañada con el inesperado arranque estallido de la guerra fría que bloqueó el funcionamiento y la legitimidad del consejo de seguridad. Pero aún así, el sistema fue capaz de encuadrar cuarenta años de carrera armamentística sin que estallara ninguna guerra de carácter mundial. Esta historia demuestra que el SII tal como está montado responde a una serie de razones históricas que tenían bastante sentido. Entiendo que Iracundo podrá reprocharme que esto ya no tiene sentido a día de hoy. ¿Es eso cierto?

b) Por qué las instituciones son mejores que el despotismo

En la propuesta de Isidoro, las funciones que cumple el SII deberían ser sustituidas por la intervención unilateral de EUA. Será el arbitraje de EUA el que discipline a las diferentes potencias, algo que no le permite hacer el actual sistema internacional que reduce considerablemente su poder de intervención. Este es un punto sobre el que no coincidimos.

Como expliqué más arriba, la idea de tener un sistema institucional, y no un imperio, viene de la constatación de que existen muchos Estados, con diferentes intereses que pueden entrar potencialmente en conflicto. La idea es idéntica a la de los regímenes políticos internos: vivimos en un mundo con una gran heterogeneidad de intereses donde estos intereses pueden entrar en conflicto y por lo tanto necesitamos una forma de resolver estos conflictos.

Una primera forma de resolverlos es que las decisiones sean tomadas por una única persona. En este caso lo llamamos dictadura o despotismo porque solo las preferencias y el criterio de un individuo cuentan. La idea no es del todo mala y a veces funciona, pero tiene algunos problemas.

  1. El primero es que normalmente solo las preferencias del déspota son tomadas en cuenta y dado que los déspotas también humanos, estos pueden usar su poder político para enriquecerse, o para explotar a los sujetos de las decisiones.
  2. En segundo lugar, dado que cuando uno provee bienes públicos no tiene precios, el proceso es relativamente incierto en lo que tiene que ver con la cantidad y calidad de estos bienes públicos. Esto hace que los déspotas puedan tener un criterio sustancialmente distinto del de los súbditos sobre qué es mejor para ellos y a los súbditos les siente mal.
  3. En tercer lugar, los déspotas tienen cierta tendencia al autismo ya que no siempre pueden procesar toda la información necesaria para saber qué es mejor o qué quieren sus súbditos. Esto, no hace falta decirlo, tampoco debe sentarle muy bien a los sujetos (de las decisiones).

Históricamente, el descontento que produjo esta serie de fallos en el sistema dio lugar a revueltas de los sujetos de las decisiones que derrocaron al déspota o lo mataron normalmente para reemplazarlo por otro. Pero en algún momento de la historia a alguien se le ocurrió que era mejor poner remedios a estos problemas y para eso se inventaron las instituciones; una serie de mecanismos para asegurar que los flujos de información son los correctos y que los que toman las decisiones tienen los incentivos correctos.

Las instituciones consisten normalmente en un conjunto de reglas, órganos y mecanismos de control que limitan y encuadran el poder de decisión y se aseguran de que las decisiones no se toman de forma arbitraria. Ejemplos de esto es el Estado de derecho, el control democrático, la protección de derechos individuales, el principio de legalidad, los mecanismos de consulta,…

Las instituciones son, en efecto, sutilezas. No obstante son sutilezas con varias virtudes. Una muy importante es que permiten llegar a la decisión correcta con más facilidad que cuando existe un déspota. Pero un punto importante, crucial, es que generan legitimidad.

La legitimidad es algo difícil de aprehender porque no se puede medir pero es sin embargo algo esencial. La legitimidad tiene que ver con el apoyo que tiene el individuo que toma la decisión de parte del resto de individuos de la comunidad. La legitimidad importa porque da estabilidad al gobernante y por lo tanto aumenta su margen de maniobra ya que la oposición se reduce.

Existen sin embargo dos tipos de legitimidad. En principio, la legitimidad la obtiene el gobierno que toma decisiones correctas. Pensemos en el déspota de antes: cuando el déspota hace las cosas bien, la economía va bien, no hay pobreza, hay igualdad, y la gente está contenta con él, es poco probable que decidan tomar las horcas e ir a ajustarle la cuenta al palacio. Este tipo de legitimidad se llama “legitimidad output” porque depende del resultado (el output) generado por el gobernante.

El problema es sin embargo que las cosas pueden ir mal. Si las cosas van mal, entonces la legitimidad output desaparece y el déspota deja de ser líder. Pero las cosas pueden ir mal por factores que no estén exclusivamente ligados a la mala voluntad o a la incompetencia del déspota, como que ocurre una catástrofe natural o simplemente que la anticipación que es necesaria para tomar cualquier decisión falle. Para esto sirven las instituciones: las instituciones tiene la virtud de legitimar los fallos, por dos razones.

  1. Permiten distinguir los fallos que son culpa del gobernante de los que no son su culpa: para eso tenemos procesos de decisión transparentes, medios de información, una sociedad civil independiente que critica y un proceso democrático.
  2. Generan confianza. El sujeto sabe que el gobernante ha pasado por una serie de fases, de consultas y de recopilación de información sujeto a unos límites sabiéndose vigilado y limitado y por lo tanto es menos probable que haya intentado tomar una decisión mala así que, a priori, confía en el gobernante.

De esta forma, las decisiones que son tomadas dentro de un marco institucional rígido tienen muchas más posibilidades de ser legítimas que las que son tomadas en un marco institucional mas flexible y menos transparente y por lo tanto favorecen que el gobernante/líder siga siendo líder

Quiero notar que mi defensa de las instituciones no es una defensa finalista: no creo que las instituciones deban ser fines en sí mismos, sino sólo que ayudan a tomar decisiones correctas.

Ahora vamos a pensar en el entorno internacional y nos damos cuenta de que la situación no es demasiado diferente porque solo hay que sustituir déspota por hegemon/imperio y gobernante por SII. Es cierto que en el mundo internacional las instituciones no funcionan igual que en el ámbito interno, pero el papel que cumplen es idéntico: ayudar a que se tome la decisión correcta, aportar checks and balances y generar legitimidad, siendo esta última función probablemente la más importante.

Esto es exactamente lo que explica Fukuyama (el libro de antes, pg 193) citando a Pierre Hassner: “In their domestic institutions Americans relieve in checks and balances because they distrust concentrated power even if well intentioned and democratically legitimated. But in the unipolar post Cold War world the have uncritically promoted U.S hegemony and said to the rest of the world, “Trust me”. If unchecked power is corrupting in a domestic context, why would it not also be bad for the power holder internationally?”

Fukuyama explica que hay un trade-off entre legitimidad y efectividad. Las instituciones más legítimas son menos efectivas porque tienden a ser más lentas y a bloquearse, pero las instituciones menos transparentes y ágiles suelen tener un déficit de legitimidad.

Con esto he argumentado que las instituciones son necesarias, sin embargo Iracundo podría argumentar que no existe nada que impida conservar las instituciones como herramienta de poder unilateral o incluso que precisamente lo que mantiene las instituciones en orden es el poder del hegemon. Si EUA no actúa para hacer cumplir las reglas del juego, nadie las cumplirá, y para ello EUA necesita sustraerse a las reglas del juego.

Esto nos lleva a hablar sobre qué se sostienen las instituciones. Las instituciones, tal como pensó en ellas North, son equilibrios de Nash autorreforzado por la fuerza de los rendimientos crecientes. La idea es fácil: las instituciones se sostienen porque la gente cree en ellas y las respeta, y la gente cree y las respeta porque tienen el convencimiento de que son legítimas y, sobre todo, que desviarse no es óptimo ya que todo el mundo se rige por estas reglas y hay mecanismos de sanción. Por supuesto, si nadie las respetara, sería absurdo autoimponerse una carcasa inútil; esto sólo tiene sentido cuando respetar las instituciones es la estrategia mas ventajosa.

Ésto es lo que pensaban los teóricos de la teorías de Regímenes como Kehoane, Krasner o Stein. Estos autores intentaron explicar porque la cooperación internacional seguían existiendo en la década de los 70 cuando el poder del hegemon americano había sido seriamente cuestionado y ya no se veía como creíble (crísis del petróleo,…). Si los Estados no temían la represión del hegemon ¿por qué cooperaban? La respuesta es que no es necesario que exista una potencia hegemónica para crear un régimen internacional, es suficiente con que haya

a) un óptimo colectivo inaccesible individualmente

b) Un mecanismo que facilite la cooperación.

El mecanismo que facilite la cooperación puede ser, por supuesto, una potencia hegemónica, pero también puede tratarse de un orden espontáneo regido por el sistema de “tit-for-tat” que pensó Axelrod: yo colaboro si tú colaboras. Si EUA o la potencia hegemónica no cumple con las reglas del juego que ella misma fija, su legitimidad se ve considerablemente reducida.

Iracundo dirá que, según este argumento, se puede argumentar el anarquismo para el orden interno. Sin embargo, esto no es cierto porque la situación no es comparable. El orden internacional es un grupo de Estados relativamente pequeño (menos de doscientos en todo el mundo) donde ver quién cumple las normas y quién no las cumple es relativamente sencillo y por lo tanto también lo es castigar a quién no las cumple. Esto no ocurre en el orden interno donde, efectivamente, vigilar que todo el mundo cumple sus obligaciones es mucho más costoso. La analogía correcta sería con una casa habitada por varios compañeros de piso para organizar las labores de la casa. En este ámbito, aunque hay un bien público (limpiar la cocina) nadie propone que uno de los compañeros se encargue de forzar a los demás para que limpien la casa. Lo que puede ocurrir perfectamente es que, de forma más o menos espontánea, todos se encarguen de hacer las labores. No tiene por qué ocurrir, pero es perfectamente posible.

c) Por qué las sutilezas del SII funcionarán siempre mejor que el unilateralismo americano.

Llegamos por lo tanto a la última parte, qué es la del razonamiento concreto: ¿es el SSI eficiente? ¿Debe EUA actuar unilateralmente en sustitución de la ONU? La respuesta que yo doy a esta pregunta es un NO gigantesco.

Una de las razones por las que EUA fue el líder del campo occidental durante la guerra fría no fue por razones espurias sino por su capacidad para forjarse una legitimidad. Dentro de esta legitimidad se encontraba el actuar de concierto con los demás miembros de su campo y con la legalidad internacional. Si EUA hubiera actuado persiguiendo sus intereses sin forjarse esa legitimidad no habría sido nunca líder. Cuando De Gaulle se dedicó a contestar la hegemonía americana, no tuvo éxito y no lo tuvo por una razón: los EUA eran vistos con buenos ojos por el resto del mundo.

¿Es la ONU un sistema ineficiente? Desde luego, si yo tuviera que diseñar un sistema no lo diseñaría así. No obstante, tiene la virtud de producir resultados legítimos o en cualquier caso comparativamente más legítimos que los de los unilateralismo. Su composición asegura que las decisiones son tomadas con el acuerdo de las grandes superpotencias, el esquema de negociación ayuda a construir consensos, a coordinar las operaciones etc… La ONU permite también organizar un foro donde todas las potencias tienen voz y recopilar la información necesaria. Por último permite resolver los conflictos internacionales reflejando los patrones de poder de forma más o menos realista.

La ONU no es desde luego el único sistema posible. Fukuyama argumenta que deben existir más organizaciones y no solo una para que cuando una no funcione las otras lo hagan. Es discutible, ahí ya no me meto, pero lo que sí tengo claro es que el multilateralismo es mejor que el imperalismo que propone Iracundo.

Me gustaría concluir este artículo tan largo con una cita del libro de Fukuyama que llevo citando todo el artículo que resume bastante bien mi posición. Mi posición no es desde luego antiamericana, personalmente me gustaría que lo que dice Iracundo fuera viable: que promover el desarrollo y la prosperidad fuera posible a punta de pistola y que los Estados unidos actuaran como un hegemon benevolente. No obstante admito que no es posible, cosa que él no hace.

Ahí va la cita: “The United states should promote both political and economic development, and it should care about what happen d inside states around the world. We should do this by focusing primarily on good governance, political accountability, democracy and strong institutions. But the primary instruments by which we do this are mostly within the realm of soft power: our ability to set an example, to train and educate, to support with advice and often money. The secret to development, whether economic of political, is that outsiders are almost never the ones who drive the process forward. It is always people within societies who must create a demand for reform and for institutions and who must exercise ultimate ownership over the results.”[negritas mía]

El carácter utopista del imperialismo

Sábado, Abril 5th, 2008

Desde hace casi una década vivimos bajo la tiranía intelectual del Realpolitik. El eje de confrontación, sobre todo en política internacional, está dominado por dos fuerzas; a la izquierda, los que se oponen a a la ilusión un nuevo imperialismo norteamericano de carácter neoliberal y ultracapitalista que amenaza el mundo con toda clase de horrores y a la derecha un grupo de individuos que dicen hablar en nombre del pragmatismo y que consideran la invasión de países (como Iraq), la guerra, y el nuevo imperalismo como un aspecto inevitable de la vida internacional. Ambas fuerzas coluden en el debate público para mantener el debate en términos horriblemente simplistas (américa sí, américa no, Israel sí, Israel no…).

Isidoro, blogger de Red Liberal (al menos hasta hace poco) y del magnífico proyecto Siracusa ha publicado un largo y mesiánico post defendiendo un orden internacional basado en el imperio (norteamericano). El artículo en cuestión es una enumeración de todas las miserias que ocurren en el mundo (desde el hambre, los Estados fallidos, el terrorismo,…) que son atribuidas al modelo de Estados soberanos sobre el que está montado el orden internacional y que, según él, no existirían si el sistema fuera un sistema imperial.

 Los que me leen saben que me gusta defender el status quo, tal vez porque no hay nada tan políticamente incorrecto como defender el status quo. Criticar la realidad es fácil, lo que es difícil es proponer una alternativa que, respetando la ley de la gravedad, funcione. Eso es precisamente lo que no hace Isidoro. Ya mantuve con él en el pasado un debate sobre el asunto, así que en este post intentaré poner en claro y sistematizar los argumentos que ya desarrollé en aquélla ocasión.

1. Gobierno imperial vs. gobierno democrático 

Vamos a volver al principio. En el principio, solo era el realismo, que en su versión moderna ha sido sistematizado por Kenneth Waltz. El paradigma realista ve el mundo internacional basándose en tres supuestos:

a)El papel central del Estado (estatocentrismo) en comparación con otros actores

b) La existencia de intereses mas o menos permanentes en los Estados (la preeminencia de la geopolítica) de los que el más importante es la supervivencia

c)El carácter hobbesiano del mundo internacional (la guerra es el estado natural, la paz solo existe como tregua) y las relaciones internacionales como un mundo de suma 0. 

Así, Kenneth Waltz cree que un sistema internacional se caracteriza por la distribución material de las capacidades para lograr su supervivencia, lo mismo que ocurre en un mercado de caracter oligopolístico donde la estructura de costes explica el output total.

Para Waltz, sin embargo, un sistema internacional ordenado depende de la existencia de un equilibrio bipolar. Este equilibrio tiene dos ventajas: permite que exista una hegemonía en cada campo (una potencia superior a las demás que las disciplina y ordena su comportamiento) y al mismo tiempo la competencia entre hegemones disciplina el comportamiento de los mismos. Es decir, la amenaza común mantiene la unidad del campo (occidental o soviético) y por lo tanto el orden, pero la hegemonía se ejerce de forma debido a que cada potencia debe conseguir que los de su campo no se pasen al otro campo.

Aunque yo no soy Realista, lo que me interesa es dar cuenta de que alguien tan poco “ingenuo” como Waltz no apoya, per se, la hegemonía unipolar. Waltz es sensible al hecho de que debe existir algo que discipline el comportamiento de los hegemones. En el caso de un mercado de competencia oligopolística (a la bertrand, o a la cournot) existe un líder que marca la agenda, y en el caso de un sistema internacional también es así, pero existe también la amenaza de otros actores que disciplina el comportamiento del líder.

Esto me lleva a cuestionar de forma mas fundamental el concepto de imperio defendido por Isidoro. Isidoro nos dice lo mal que funciona el status quo, pero no nos dice como podría funcionar un imperio. Un imperio sería, si mal no lo entiendo, un sistema internacional donde un líder (la metrópoli) gobierna el resto (las “colonias”) y esto sin el apoyo de estas colonias. El problema de este punto de vista es uno conocido: los individuos responden a incentivos, y las metrópolis también.

Cuando asumimos un mundo sin contrapesos, sin checks and balances, los individuos tienden a abusar de su poder. Esto es algo viejo, por lo menos desde el Esprit des Lois de Montesquieu. Los Americanos, de hecho, fueron los que idearon el lema “No taxes without representation”. La idea es sencilla: los políticos tienden a responder a incentivos, es decir, a servir a su electorado. Esa es la grandeza de la democracia: las decisiones se toman teniendo en cuenta los intereses de todo el mundo. El problema de un sistema imperial, sin embargo, es que el electorado es solo el de la metrópoli y por lo tanto, las decisiones serán tomadas pensando, únicamente, en la metrópoli.

Isidoro no nos dice en ningún lugar cuál es el esquema de incentivos que hará que los EUA actúen como un hegemon benevolente y como su esquema imperial los proveerá. En realidad, es probable que su punto de vista se base en el excepcionalismo americano: la creencia de que el gobierno de los EUA está guiado por alguna suerte de fuerza del destino que le lleva a actuar como un déspota benevolente. Sin embargo, esta asunción no es ni realista (en el sentido de que viola el prespuesto del autointerés) ni tampoco compatible con nuestro sentido común.

Por tanto, cuando se nos acusa de ser poco pragmáticos por creer en un sistema internacional organizado por el sistema de Estados soberanos y ordenado por el derecho internacional, se está defendiendo una alternativa que es, por lo menos, igual de inviable.

2. El coste del imperio

En primer lugar, el conflicto tiene tiene que ver con los costes de la transición. La transición a un estadio imperial no es algo barato ni parece que se admita que es así. No existe, en ningún lugar, un análisis coste-beneficio del proceso de transición ni tampoco de como podría llevarse a cabo. ¿Debería EUA empezar a usar armas nucleares de forma sistemática? ¿Cómo doblegaremos a Rusia? ¿Y a China? ¿Cuantos muertos habrá en el proceso? ¿Lo aceptarán los demás países?

El problema es que en el mundo real, no diseñamos sistemas a partir de un folio blanco sino que tomamos decisiones que son marginalmente más beneficiosas. Sin embargo, este análisis no aparece por ningún lado.

Tampoco se explica cómo podría sostenerse dicho imperio ni a qué coste. Éste debería ser financiado, en principio, por los contribuyentes norteamericanos. Sin embargo, ni la opinión pública norteamericana parece en modo estar dispuesta a financiarlo (en parte por razones históricas, el 4 de julio es el día de la independencia), ni parece viable desde el punto de vista presupuestario financiar un imperio de estar naturaleza.

En realidad, la sostenibilidad del imperio es algo que está seriamente cuestionado por la historia, ya que es una constante que los imperios caen. Caen por su insostenibilidad económica, militar o simplemente en términos de legitimidad.

3. La hipercompetencia hegemónica

El texto de Isidoro enfatiza las ventajas del imperio respecto al status quo. Sin embargo, si no nos explica por qué procedimiento mágico la estructura de incentivos sería modificada, tampoco nos dice por qué un imperio sería más capaz de llevar a cabo esta tarea.

Como neoprog, soy escéptico respecto a la omnipotencia del Estado: hay cosas que el Estado puede hacer, y otras que no puede hacer. Una de las que creo que no puede hacer es modernizar sociedades a punta de pistola. El debate sobre la ayuda al desarrollo es un ejemplo de esto: después de casi 50 años de ayuda al desarrollo, la historia con final feliz son muy pocas. Por otro lado, el monumental fracaso de la guerra de Iraq es un ejemplo vivo de que la ingeniería social tiene sus límites.

Por otro lado, los beneficios de formar parte de un único Estado mundial son hoy, por lo menos, limitados. Hay una literatura bastante extensa sobre el tamaño óptimo del Estado y en general, se pone el acento sobre el hecho de que los Estados pequeños son mas eficientes, especialmente en el contexto de la globalización donde la apertura al comercio internacional ha aumentado la viabilidad de estos Estados.

En general, me gustaría señalar la asimetría en la concepción que tienen los neocon en el ámbito interno (donde son muy restrictivos con las atribuciones del Estado y el Estado del bienestar) y el ámbito internacional (donde otorgan una capacidad casi ilimitado a la potencia Estadounidense para imponer la democracia a punta de pistola).

Conclusiones

MI problema con los argumentos de Isidoro y en general con el Realpolitik es el pragmatismo selectivo. Se supone que son realista, que no defienden más que lo que es viable. No obstante, este realismo solo concierne a algunos ámbitos, es selectivo.  Me cuesta imaginar cosas más ingenuas que la viabilidad de cualquier forma de imperialismo. Es algo, en última instancia, tan realista como la nueva edad media defendida por los Ancap que pueblan redliberal  y que tanto gusta de criticar Isidoro.

En general, el desarrollo político y económico llevará, algún día, a alguna suerte de Estado mundial. La interdependencia señalada por el neofuncionalismo y los spillover derivados de un mayor grado de cooperación llevarán a que la forma más eficiente y justa de Estado sea una organización que agrupe a la totalidad de la humanidad. No obstante, creer que esto ocurrirá de la noche a la mañana o por voluntad de un Estado concreto, no digamos ya bajo la garra del dominio militar, no es sólo es utópico, también es peligroso.