Identidad, pertenencia y nueva barbarie
1. Identidad y ética
La identidad, entendida como el conjunto de rasgos individuales que nos agrupan dentro de un colectivo o nos separan de él concediéndonos nuestra unicidad, es un aspecto que importa. No existen individuos sin identidad ya que cualquier rasgo permite dividir dicotómicamente en dos parte al conjunto de la humanidad (positiva o negativamente). La identidad no es por tanto algo de lo que se pueda escapar, es inevitable y carece de sentido declararse “a-identitario”. Lo que diferencia a comunitaristas y universalistas no es el reconocimiento de la existencia de esa identidad, sino de sus consecuencias normativas en la vida comunitaria.
Los comunitaristas defienden que la visión ius naturalista de que la identidad es fuente de derechos y obligaciones. Puesto que la identidad es constitutiva del “yo”, carece de sentido que se cuestione la pertenencia a tal o cuál grupo porque ello supondría ponerse en cuestión a uno mismo. Realidades tales como la ética, el derecho, o los usos y costumbres tienen sentido solamente en el ámbito comunitario y en un contexto cultural dado y eso hace que en el orden axiológico la comunidad precede al individuo.
Los universalistas no niegan (negamos) el carácter comunitario de estos aspectos de la identidad, pero reivindicamos, en cambio, la capacidad del individuo para reflexionar sobre la coherencia y la validez de estos aspectos. Para el universalista, la identidad es un aspecto social-relacional de la personalidad, probablemente influenciado por factores externos culturales, económicos e incluso genéticos, pero en última instancia la identidad en sentido positivo (como pertenencia a un grupo y sentir la pertenencia al mismo)es una elección y no una fatalidad y solo la pertenencia voluntarista puede ser fuente de derechos y obligaciones. Esto por supuesto no es aplicable la identidad “negativa” entendida como caracteres que no son elegidos (el sexo, la raza, el origen social etc…) donde su cuestionamiento es secundario. Esta distinción entre identidades elegidas y no elegidas carece de sentido sin embargo en la cosmovisión comunitarista donde, a menudo, se consideran que son los factores negativos (la cultura, la raza, el origen social) los que tienen mayor relevancia ética.
En función de la aceptación de una u otra cosmovisión, esto lleva aparejada una serie de consecuencias ético-personales-políticas. Mientras que para el comunitarista rasgos como la nacionalidad, la cultura, la raza o la etnia son susceptibles de justificar discriminaciones legítimas, estos aspectos carecen de validez para el universalista para el que solo los factores elegidos (endógenos) tienen relevancia en el juicio de valor. Esto no existe solo a nivel del espacio público, sino que encuentra su reflejo mas leal en la vida privada.
Por ejemplo uno pued elegir pertenecer al grupo de admiradores de Federico JImenez Losantos y eso es algo que yo como universalista puedo considerar como digno de ser considerado negativamente. No obstante, no es relevante que yo condene a alguien por el hecho de pertenecer a la familia de FJL cuando él puede tener opiniones de lo más razonables. Esto es sin embargo algo que sí tiene cabida en una visión comunitarista. En este sentido, las identidades solo tienen peso moral cuando resultan de una elección individual.
2. Atenuaciones: realismo Bayesiano y multiculturalismo liberal
El razonamiento del primer punto tiene una consecuencia: cuando se admite el individualismo moral y el universalismo ético, cualquier discriminación en función de factores exógenos es normativamente despreciable en el plano normativo puro.No obstante, cuando uno se entrega al plano de las aplicaciones prácticas, ya sea en la vida cotidiana o en el de las políticas públicas, las cosas cambian.
En primer lugar, cuando vivimos en un contexto de de información asimétrica, es decir, donde identificar las desventajas y las situaciones reales solo es posible mediante indicios y apariencias, uno puede tomar en cuenta aspectos de la identidad como válidos a la hora de hacer un juicio de valor. Aunque por razones empíricas soy escéptico respecto a este tipo de medidas, entiendo que no es incompatible con una ética universalista el racismo bayesiano o la inmigración selectiva. Si existe una relación de causalidad fuerte entre un rasgo exógeno (la condición de inmigrante o de marroquí) y un fenómeno endógeno (la delincuencia, la conflictividad social) no existe en principio nada que permite oponerse a la discriminación en función de este tipo de rasgos. Aunque no comparto el entusiasmo de Kantor en este aspecto, admito que no existe ninguna razón, a priori, para oponerse a ello.
En segundo lugar, no existe ninguna contradicción, de nuevo en principio para que exista discriminación positiva en función de determinados rasgos que, objetivamente, ponen al individuo en una situación de desventaja. Es decir, el multiculturalismo como medida de integración y de coordinación de las minorías en desventaja no es en ningún caso incompatible con el universalismo. Se trata únicamente de aceptar que, dado que pertenecer (de forma elegida o no) a un grupo cultural o social (sexo, clase, grupo nacional o lingüistica, etc…) es algo que produce economías de escala (cuanta más gente pertenece a la identidad, más beneficio individual aporta pertenecer a él) gracias a los efectos de red, es legítimo poner en marcha medidas que integren o protejan a la minoría frente a la mayoría y para esto, es inevitable discriminar en función de rasgos exógenos.
Por ejemplo, carece de sentido que alguien de nacionalidad Española tenga derecho a un intérprete en España, sin embargo esto tiene mucho sentido cuando se trata de un inmigrante que no habla la lengua. La pertenencia a una minoría lingüistica (elegida o no) justifica una medida de discriminación. Lo mismo ocurre con las cuestiones de género, si la evidencia empírica sobre la que se apoya la discriminación positiva fuera cierta y realmente existiera una forma de discriminación debido a un efecto de path dependence sociocultural, en principio no existe ninguna oposición entre una ética universalista y la defensa de las discriminaciones en función del sexo.
Con esto, no debe entender el lector un apoyo incondicional a las políticas de la identidad, tema respecto al que soy también muy escéptico, sino solamente señalar que su compatibilidad con una ética universalista bajo ciertas condiciones.
3. En síntesis: los límites de la discriminación
Existen por lo tanto dos fuerzas contradictorias: por un lado las convicciones éticas universalistas nos llevan a rechazar cualquier discriminación en función de un rasgo de caracter exógeno, pero en segundo lugar las necesidades de la realidad social nos llevan a depender de estos rasgos para aplicar cualquier política pública o para relacionarnos con nuestros semejantes.
Es evidente que los prejuicios son un elemento esencial de nuestra forma de razonar y de percibir la realidad externa (a mi profesor posmoderno de derecho comparado, fan de Gadamer y Derrida le encantaría esto) y nadie en su sano juicio puede pretender extirparlos del esquema de razonamiento. Sin embargo, so pena de abandonar la ética universalista e individualista y dado el caracter arbitrario y a menudo irracional de los mismos, es imprescindible que estos prejuicios estén sujetos a revisión tanto cuando hablamos del ámbito público como del privado.Lo contrario supone adherirse de forma más o menos implícita a alguna forma de determinismo identitario y por lo tanto, a alguna forma de comunitarismo antirracionalista.
No es el objeto de este post discutir la coherencia y la legitimidad del comunitarismo, pero me interesa observar que determinadas posiciones solo pueden sostenerse desde posiciones ancladas en el primitivismo o el tribalismo más reaccionario y antimoderno. La adhesión a una ética individualista (donde el individuo es el único sujeto moral) y universalista (donde existen un conjunto de valores universalmente válidos), (ambos por cierto valores intrínsecamente cristianos) implica ser prudente e incluso, escéptico en las discriminaciones y juicios en función de rasgos identitarios exógenos, ya que estos solo son admisibles en tanto que medios o indicios aproximativos para otros rasgos de la individualidad que sí son relevantes por depender del sujeto y sus elecciones.
4. Caso práctico: La nueva xenofobia contemporánea
La idea de escribir este post me vino después de haber tenido una serie de conversaciones con compañeros de estudios. El nuevo bárbaro-especialista del que nos hablaba Ortega surge aquí y allá sin distinción de origen social, nacionalidad o nivel educativo. Un ambiente internacional como en el que vivo no es un lugar donde, como podría esperarse los parecidos superan a las diferencias, sino que es muy propicio al ejercicio de antropología/sociología/etnografía espontánea. El nivel de credibilidad que gente perteneciente a minorías educadas le da a tópicos como “los alemanes son ordenados y aburridos mientras que los mediterráneos somos joviales y espontaneos” (por no hablar del número de gente que se ha quedado pasmada al saber que como español no he dormido nunca la siesta).
No quiero dejaros pensar que no otorgo ninguna validez a este tipo de explicaciones basadas en la cultura, en la geografía o en el clima. Lo que sí me parece rechazable es el nivel de rigurosidad que pretende darse a este tipo de psicología social de mesa de starbucks en el discurso habitual que suele ir hasta considerarlo como definitivo y que suele echar un tufillo racista/historicista totalmente falto de cualquier clase de rigor.
Algo semejante ocurre con el feminismo perfeccionista y su contraparte natural que es el neomachismo, especialmente en su versión “pop”, que pretende explicar y legitimar la irracionalidad y todas las diferencias de género en términos fisiológico-sexistas tales como “las mujeres somos así, no puedes entenderlo” o “a los hombres no nos interesan ese tipo de cosas”.
Pero el hecho del que quiero hablar hoy es de la forma en que percibimos las relaciones internacionales. En nuestros espacio político nacional, los individuos solemos dar un valor, opinablemente desmesurado, a las diferencias ideológicas. Así, esto nos lleva a acuñar términos ultraprecisos como “independentismo” que es distinto del “nacionalismo” y ambos aunque relacionados son distintos del “catalanismo”. Tanto a izquierdas como a derechas, creemos necesario hacer toda clase de distinciones entre “conservadurismo”, “liberalismo”, “patriotismo” o “socialista” “socialdemócrata”, “progresista”, “social-liberal,”… En el espacio político nacional, todos creemos necesario hacer juicios en función de elementos precisos basados en posiciones y criterios éticos
No obstante, es asombrosa la vuelta de tuerca que se opera cuando opinamos en el contexto internacional. Siguiendo el consenso realista derivado de la guerra fría, la mayoría de la gente, y aquí es cierto que en ocasiones me incluyo, opina en términos nacionalistas y culturalistas dejando a un lado el enjuiciamiento ético.
Esto es patente por ejemplo en el caso de Estados Unidos donde de forma alegre todos nos identificamos como proamericanos o antiamericanos. Nadie por supuesto cree necesario matizar las diferencias entre la americanidad de John Rawls, Kennedy y Barak Obama y la de Ronald Reagan, James Buchanan y Georges Bush. No, en absoluto: todos americanos, así que todos idénticos porque todos comparten la misma cultura política. No hace falta que os diga que me parece un forma de ver las cosas horriblemente provinciana
Es también algo asombroso en el caso de Oriente próximo. El nivel de simplicidad con el que se enjuician sociedades enteras sin ninguna necesidad de matizar entre tendencias políticas es simplemente asombroso. En el debate Europeo nadie cree necesario diferenciar entre judíos (será por tradición) o entre árabes admitiendo que todos comparte idénticas convicciones. La diferencia entre la política del partido laborista Israelí representada por gente como Shlomo Ben Ami y Ariel Sharon es mucho menos que trivial y lo mismo ocurre a la hora de diferenciar entre, por ejemplo, Fatah y Hamas. El peso que se otorga a la pertenencia a uno u otro bando es simplemente desproporcionado.
El colmo de este conjunto de principios de carácter xenófobo se alcanza cuando se unen consideraciones ideológicas. Se sobre-entiende que ser proamericano o porisraelí es algo propio de la derecha y que ser pro-árabe y antiamericano es algo propio de la izquierda y nadie lo cuestiona. La asimetría con la que se percibe el Espacio internacional respecto al nacional revela el carácter primitivo de esta forma de razonar, o mejor dicho, de no razonar.
Yo, por supuesto, estoy de acuerdo en reivindicar un trato justo para Israel pero en general creo que sería necesario reivindicar un trato justo para todos los Estados del mundo con divergencias ideológicas en su interior y terminar, de una vez por todas, con esta especie de determinismo cultural primitivo y a veces solo veladamente xenófobo.
PD: Ahora sí, me despido que para el viaje de estudios






Octubre 14th, 2008 at 14:00
[...] decir, aquéllo del soft power y otros inventos [...]
Diciembre 28th, 2008 at 12:50
[...] tragedias humanitarias y geoestratégicas como la guerra de Irak o los partidarios de formas modernas de tribalismo -de todos los partidos- no opinan igual. Para éstos, es razonable apoyar a Hamas o a la extrema [...]
Diciembre 29th, 2008 at 4:52
[...] tragedias humanitarias y geoestratégicas como la guerra de Irak o los partidarios de formas modernas de tribalismo -de todos los partidos- no opinan igual. Para éstos, es razonable apoyar a Hamas o a la extrema [...]