 |
Febrero 3rd, 2009 by
Carlos González Martínez

Continúo profundizando acerca de lo que son y lo que deben ser la historia y el oficio del historiador. El primer artículo dedicado a esta cuestión nacía como consecuencia de una discusión de sobremesa. Este segundo tiene como origen el post escrito por Citoyen en su blog de Lorem-ipsum. En el fondo no es más que un comentario a lo que él ha dicho –sigo hasta su propio esquema-, por tanto, es recomendable leerle primero. A Demócrito, cuya aportación también se agradece, le contesté en forma de comentario en el primero de mis artículos. Tanto su réplica como mi contrarréplica podrían considerarse entradas en sí mismas más que simples comentarios. Sin embargo, esa posibilidad no se me ocurrió en el momento. En fin, espero que continuemos intercambiando ideas, porque yo no descarto escribir un “De la historia III”.
La historia como industria.
En su artículo Citoyen presenta una interesante analogía entre la historia y la producción industrial. Como analogía -en parte igual y en parte distinto- es muy útil para exponer un punto de vista, aunque sin tomarlo al pie de la letra. No estando totalmente de acuerdo con la comparación –lo que no implica un total desacuerdo- voy a aceptar la terminología económica de mi compañero, puesto que así se ha planteado el debate. La historia –dice Citoyen- ha de tener una utilidad social; yo no me opongo, es más, en mi primer artículo, indico cual es a mi entender esa utilidad social. Por esa razón, pienso que los historiadores no hemos de tener ningún reparo en someternos al juicio de eficiencia del sistema económico. Estoy de acuerdo con ese afán, lógico por otra parte, de evitar la aparición de parásitos en la sociedad. Cada cual ha de realizar su trabajo de la mejor manera posible, siempre que esa labor sirva a la sociedad. Si no fuera así no quedaría más remedio que eliminar esa profesión. Quizás me expliqué mal, o tal vez fui poco preciso en De la historia, pero nunca tuve la intención de poner en duda eso.
La producción de la historia, pone al descubierto mi alergia hacia el concepto de utilidad entendido como consecuencialismo. Resulta bastante sencillo comprender muchos de mis planteamiento sobre la historia si se descubre la diferencia entre valor y utilidad. El segundo paso es reconocer la primacía del primero de estos dos conceptos. A este respecto, me parece fundamental aplicar esto a las personas, que han de ser respetadas porlo que son, no por sus méritos (el mérito, no obstante, añade valor al ser). El trabajo del historiador puede ser útil, pero sobre todo es valioso. A una sociedad o cultura determinada no le es útil conocer aspectos de su pasado, pero pobre de ella si pierde su identidad. Por esa razón, pienso que los recursos dedicados a la investigación histórica no caen en saco roto. Están plenamente justificados, ya que las aportaciones de los distintos historiadores permiten formar ese stock de conocimiento del que habla Citoyen. Este no ha de ser entendido sólo como cúmulo de datos, reglas y tendencias, sino como interpretación personal y aportación intelectual del propio historiador.
Desacuerdos sobre el método.
La historia pertenece al campo de las ciencias sociales, por tanto, tratar de aplicarle el método de las ciencias naturales es un error. Los historiadores, y en ocasiones personas ajenas a la historia, han tratado de llevar a cabo esa equiparación en numerosas ocasiones. Los resultados, en general, han sido bastante frustrantes. Quizás el objeto de investigación sea la causa de esos sucesivos fracasos. La libertad humana, que nos permite actuar de forma irracional e, incluso, contranatura, convierte a la persona en un fenómeno imprevisible. Dentro de las ciencias sociales, tampoco tiene mucho sentido equiparar el método histórico al sociológico. Son ciencias complementarias que se apoyan mutuamente, y, en ocasiones, con muy buenos resultados. Sin embargo, no se puede aplicar a la historia el paradigma de la sociología, entre otras cosas, porque es anterior en el tiempo. Afirmar que la historia utiliza el método sociológico equivaldría a renegar de medio siglo de historial científico.
Los dos desacuerdos enunciados en el párrafo anterior me parecen comprensibles, en tanto que han formado parte del debate historiográfico a lo largo de todo el siglo XX. Sin embargo, afirmar que la historia, y las ciencias sociales en su conjunto, son una rama de la economía, me parece infantil. Me recuerda al clásico debate ciencias versus letras del instituto, que no es más que la prolongación del “mi papá tiene un coche más grande que el tuyo”, propio de la primaria. Con la perspectiva que me da el estudiar y leer sobre cuestiones históricas, tomaré la afirmación de Citoyen como una consecuencia de la crisis económica en la que estamos inmersos. Porque a nadie se le escapa que, de pronto, se ha extendido la fiebre entre todo el mundo –me incluyo- por aprender economía. La historia nos enseña que esto es pasajero, y si no lo fuera nos llevaría al desastre, porque una sociedad no puede subsistir únicamente con economistas.
La historia tiene pretensiones científicas propias. Posee un método, pero no el de la sociología, la economía o la física. El historiador analiza una realidad pretérita a partir de las fuentes con las que cuenta. El profesional de la historia realiza sus hipótesis, las confirma y establece, no sólo modelos, sino un discurso histórico que puede incluir dentro de él reglas, tendencias y modelos. No obstante, como sabe de la complejidad de su objeto y de sus propias limitaciones como persona –no es omnisciente-, sus conclusiones están abiertas a revisiones constantes. Salvo en la rama de arqueología, los historiadores no tenemos laboratorios. No podemos aislar una realidad histórica para estudiarla en todas sus variantes. Eso que para los físicos y los economistas es tan sencillo, para nosotros es imposible. Incluso los sociólogos, con un objetos tan complejo como la sociedad, pueden utilizar la calle como laboratorio. Nosotros no, porque nuestro objeto, además de ser impredecible, ya no existe: es pasado.
Por tanto, no somos chamanes. Tenemos nuestras reglas a la hora de investigar. Sin embargo, no se nos puede pedir objetividad. Podemos ser coherentes, honrados, pero nunca objetivos, ya que eso requiere un conocimiento muy detallado de la realidad estudiada. Nos comprometemos a utilizar el mayor número de fuentes posibles para ampliar nuestro juicio, pero nunca serán suficientes. Me atrevería a decir que un historiador no cuenta con más de un diez por ciento de la información sobre una cuestión a la hora de analizarla. Con eso se pueden hacer maravillas, pero no llegar a la ansiada objetividad. Utilizaré como ejemplo algo que Citoyen mencionaba en su artículo: las teorías de la evolución. Hoy día parece evidente que se ha producido una evolución en la conformación del ser humano. No obstante, existen un sinfín de árboles filogenéticos, casi uno por escuela. Si a eso le añadimos que cada descubrimiento arqueológico provoca un terremoto dentro de todos ellos… En fin, sobre esa base tan inestable trabajamos los historiadores. No es oro todo lo que reluce ¿verdad? Sin embargo, eso no nos ha de llevar a despreciar el trabajo de esos profesionales: poco a poco, a base de descartar hipótesis, se va avanzando. Además, cada aportación no sólo es una realidad historiográfica más, sino lo que una persona, como ser intelectual, ofrece a la sociedad de la que forma parte.
Con los pies en el suelo y cada uno en su rama.
Me ha parecido oportuno finalizar este artículo-comentario con un apartado que, en el fondo, no es más que un cajón de sastre. Anteriormente he abordado dos cuestiones bien diferenciadas –la utilidad y el método-, ahora voy a escribir sobre una serie de asuntos que no guardan apenas relación entre sí. Sin embargo, según avance en mi exposición se entenderá mejor el título del epígrafe.
En su artículo, Citoyen muestra su confianza en el potencial de la razón y el progreso humano. Sin negarlo, ya que estoy a favor de ambas cosas, si quiero matizar un poco su optimismo. En nuestro afán por conocer y controlar las diversas realidades del mundo, hemos de aspirar a lo máximo, pero sin olvidar que somos limitados, que no podemos abarcarlo todo. Ahora no hablo sólo de la historia, sino también de las demás ciencias. Creer que nosotros, con las mil y una limitaciones que se hacen patentes todos los días, podemos llegar a un conocimiento ilimitado es, precisamente, dar una patada a la razón. No creo que mi compañero se refiera a eso en su artículo, pero es lo que creí entrever en su último párrafo. En definitiva, pienso que lo racional es confiar en el ser humano, pero sin caer en la ceguera. A esto me refería cuando escribía ese “con los pies en el suelo”.
“Cada uno en su rama”: esta es la segunda idea. La producción de la historia, carece de referencias a teóricos del conocimiento histórico. En el artículo de Citoyen se citan teorías de diversos intelectuales. Eso es fantástico, y yo debería empezar a hacerlo con más frecuencia. No obstante, todos ellos pertenecen a campos ajenos al que nos ocupa. Me parece absurdo pedirle una formación sobre teoría de la historia que no tienen porque tener. Yo también carezco de esa formación en muchos campos donde él es experto. Sin embargo, todos estamos de acuerdo en que sería una tontería tratar de analizar la economía, la sociología o la física con las teorías de hombres como Ranke, Toynbee, Spengler, Pirenne, Bloch o Braudel. Sin que sirva de alegato contra la colaboración interdisciplinar, que valoro mucho, he de insistir en que las aportaciones teóricas están bien, pero en su rama.
Tags: Bloch, Braudel, Economía, Física, Historia, Método, Pirenne, Ranke, Sociología, Spengler, Toynbee Posted in
Historiografía |
8 Comments »
Enero 27th, 2009 by
Carlos González Martínez

La idea de escribir este artículo surgió el sábado durante la larga e interesante sobremesa que compartí con otros miembros de Lorem-ipsum. El motivo de la reunión fue la conferencia de Rafael Rodrigo en El Escorial. Mis felicitaciones a todos, y especialmente al ponente; podemos afirmar que el evento fue un éxito. Por esa razón, como tributo al autor del blog “De la guerra”, me ha parecido oportuno emular el título cambiando el sustantivo. Pido disculpas de antemano por el contenido del artículo, ya que no es muy ortodoxo y, muchas de sus ideas, merecerían un repaso o profundización. Dejo esto para el debate, si lo hubiera, o para posteriores artículos. De momento me conformo con estas pinceladas.
Primer acto: la historia liberada.
Desde mi punto de vista, el historiador es un privilegiado, pues tiene por objeto de estudio el elemento más complejo e interesante de cuantos existen: la persona. El ser humano, con toda la dignidad que le otorgan los textos legales nacionales e internacionales, las creencias religiosas, escuelas filosóficas e ideologías de la más diversa índole, es único e irrepetible. No obstante, también es imprevisible y limitado. La primera de estas características entra en contradicción con los propósitos de todo aquel que, desde el campo de las ciencias sociales, busca en su manera de actuar argumentos racionales perfectamente explicables y, por tanto, predecibles cual objeto de ciencias naturales. El segundo, afecta al estudioso, que ha de ser siempre consciente de que no es omnisciente [1].
Los historiadores nos percatamos hace unas décadas de nuestra incapacidad tanto para narrar “lo que realmente ocurrió” como para “predecir lo que sucederá en unas circunstancias concretas”. Eso es en cierto modo lo que llamamos “la crisis de la historia”. Sin embargo, lo realmente sorprendente es que hayamos tardado dos siglos en caer en la cuenta. Esto puede llevarnos a cerrar el quiosco y poner el cartel de “cerrado por no tener nada que ofrecer”, pero yo no lo haría. Mi opinión es que, detrás de la supuesta crisis, se esconde algo que purga la conciencia de los historiadores de los mitos positivistas y materialistas. Se trata de la vuelta del historiador, del autor que deja de ser cronista o adivino para ofrecer a la sociedad en la que vive una narración imperfecta en cuanto a los hechos –no puede abarcar todo [1]-, pero llena de vitalidad en tanto que es una creación intelectual. Perdemos quizás la pretensión de totalidad –por otro lado imposible de alcanzar-, pero ganamos el juicio de una persona que, tras estudiar las fuentes pone a nuestra disposición su visión de los acontecimientos. No es omnisciente, verdad; pero en tanto que creación humana, sujeta a unas reglas historiográficas y a la honradez del historiador, posee un gran valor [1].
Segundo acto: toda la historia es contemporánea.
O dicho de otro modo -para que no se me enfaden los colegas de Antigua, Medieval y Moderna-, la historia se escribe desde el presente. El historiador no es sólo deudor de una herencia histórica e historiográfica; no es un ser que se traslada a una época lejana y analiza los hechos desde la mentalidad de un determinado pasado. El profesional de la historia es hijo de su tiempo, de sus prejuicios, logros, miedos, creencias… En un libro de historia no sólo encontramos una narración de hechos pretéritos, sino también el reflejo del presente en que se escribió.
No hemos de olvidar que el autor es una persona, y como tal no puede ser transplantada de manera antinatural a una realidad que no es la suya. Como mucho puede tratar de entender la mentalidad de la época que estudia, pero no librarse de la propia. Es más, esto le da al trabajo del historiador un valor añadido en tanto que lo que escribe es más personal. El caballo del que nos hemos caído en las últimas décadas es el de pensar que los autores de los libros e investigaciones históricas son autómatas objetivos que trasladan unos hechos al papel. Desde esa mentalidad se considera negativa la aportación personal de los historiadores, pues esta viene a ensuciar un supuesto legado que recibimos del pasado. Siento decir que de nuestros antecesores no nos llega nada más que un cúmulo de fuentes diversas que los profesionales de la historia tienen que recomponer para conformar un discurso coherente. Por tanto, no son meros papagayos que repiten un legado, sino más bien creadores que, a partir de esas fuentes y de las obras de historia escritas anteriormente, ofrecen a la sociedad un trabajo intelectual original [2].
Tercer acto: para que sirve la historia.
No se recomienda la lectura de este último epígrafe del artículo a los adoradores de la diosa Utilidad. Lo siento tanto por ellos como por los que sostienen que la historia es útil o “sirve para algo”, pero no comparto su visión. Ahora bien, a nadie medianamente inteligente se le escapa el hecho de que existen “fuerzas” aparentemente inútiles que mueven montañas. Determinadas doctrinas morales, ideológicas o religiosas pueden llevar a una sociedad al envejecimiento demográfico o a la superpoblación. Por tanto, eso que era inútil, al calar en la mentalidad de los grupos humanos puede generar problemas políticos, económicos, sociológicos… Eso por no hablar de la recurrente crisis de Occidente, que en ocasiones nos lleva a ceder, en el seno de nuestras propias sociedades democráticas, ante movimientos intolerantes de carácter fundamentalista. Es problema de ellos por ser lo que son, o nuestro por no creer en nuestros valores. Si no creemos en ellos tal vez sea porque un día nos planteamos que no servían para nada. Las repercusiones de esas “fuerzas” son difíciles de medir, pero es mejor no tomárselas a la ligera.
A través del trabajo de los historiadores los grupos humanos conocen los orígenes de su cultura, su identidad. Esto les permite abandonar una peligrosa orfandad, así como legitimar su forma de vida, que no las estructuras de las que hablaban los marxistas. Además, la historia nos proporciona ejemplos que, sin ser idénticos a las circunstancias presentes, se pueden aplicar de alguna forma o utilizar como bandera de los más diversos movimientos. De ahí que las modas y la perspectiva en la historia varíen, puesto que ese recurso a las figuras del pasado es algo muy humano. Desde hace siglos, los distintos grupos humanos han buscado diversos modelos, personales y sociales, en función de sus circunstancias. En resumen, cada generación tiene la obligación de reescribir, basándose en la historiografía anterior, la historia de su cultura.
Bibliografía:
[1] El conocimiento histórico, Henri-Irénée Marrou - Barcelona - Idea Books - 1999.
[2] La sociedad internacional en el cambio de siglo (1885-1919), Paloma García Picazo - Madrid - UNED - 2003.
Tags: Historia, Historiador, Historiografía, Materialismo Histórico, Positivismo Posted in
Historiografía |
11 Comments »
Enero 9th, 2009 by
Carlos González Martínez

Continuo con el repaso sobre el concepto de “imperialismo”. Este es ya el tercer artículo que dedico a la cuestión , y posee un esquema similar a los anteriores: ideas sueltas expuestas con más o menos acierto. Pido disculpas porque el contenido es quizás algo caótico; estos artículos cambiarían mucho si se les sometiera a un repaso intenso antes de publicarse. Lo siento mucho, pero la falta de tiempo me impide hacer algo mejor. Por el momento, ahí quedan esas ideas sueltas que, quizás, en algún momento aproveche para escribir algo más completo y coherente sobre un fenómeno que cada vez me parece más crucial para entender la época contemporánea.
Las características de la guerra Anglo-Bóer (1899-1902) determinan la primera inflexión crítica hacia una nueva percepción del imperialismo: Imperialism – A Study (1902) de John Hobson. “Este teórico, desplazado al escenario de la contienda, observa los efectos de la política imperialista sobre el terreno y esboza sus primeras reflexiones. En su búsqueda de los fundamentos que expliquen el imperialismo, adopta una perspectiva que asocia elementos ideológicos –nacionalismo expansionista y patriotero, teorías de la superioridad civilizatoria, mesianismo religioso y humanitario- con otros de índole económica” [7]. Ese conjunto de ideas cristaliza en la denominada “teoría económica del imperialismo”, regida por la idea de que el desarrollo del capitalismo alcanzará, más tarde o más temprano, una especie de barrera natural insuperable. Para Hobson la empresa del imperialismo, con sus connotaciones de prestigio nacional y militar a ultranza, es económicamente ruinosa y políticamente peligrosa.
La adquisición de territorios está cargada de simbolismo, en tanto que expresa el deseo de pasar de ser “sólo” una potencia europea a constituirse en gran “potencia mundial”. “No se busca tanto el rendimiento de las colonias –ventajas económicas en una concurrencia mundial por mercados y recursos, como la obtención de posiciones estratégicas. La potencia imperialista proyecta sobre sí misma una adaptación espuria del darwinismo (survival of the fittest dentro de la struggle for life). Adquiere resonancias filosóficas en la obra de Rudyard Kipling, autor de la visión que considera que el imperialismo es la pesada, heroica y gloriosa “carga del hombre blanco”. También se deja notar esa filosofía en la visión de Friedrich Nietzsche, que considera a algunos individuos –y pueblos- como “naturalmente” esclavos o señores. Esta teoría alcanza su elaboración más sistemática y radical en la obra de H. S. Chamberlain” [7]. Los escritos, discursos y panfletos de la época se impregnan de este espíritu que todo el mundo considera inocuo y legítimo (Jacob Burckhardt, Max Weber, Friedrich Naumann, Jules Ferry…). Este clima general presente en buena parte del pensamiento político europeo suscita fuertes tendencias hacia el irracionalismo, el biologismo y el autoritarismo.
Concluida la Primera Guerra Mundial, surge la obra del austríaco Joseph A. Schumpeter, que emprende una sociología del imperialismo desvinculando por primera vez a este del capitalismo. “En el imperialismo encontramos impulsos que no se corresponden con el espíritu de cálculo racional propio del capitalismo; subyacen en él componentes tan atávicos como el deseo de dominio, el afán de victoria, el instinto bélico…” [7] Sostiene que las fuerzas motoras del imperialismo corren a la par con los valores e intereses de la sociedad que lo sustenta. Define así el imperialismo: “propensión, sin objetivo, por parte de un Estado, a la expansión violenta ilimitada”.
Bibliografía:
[1] Historia Universal Contemporánea; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.
[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.
[3] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Jutd– Madrid – Taurus – 2006.
[4] Historia del mundo actual; VVAA – Valladolid - Universidad – 2000.
[5] Los orígenes del totalitarismo; Hannah Arendt – Madrid – Alianza -2006.
[6] Historia de las relaciones internacionales; Charler Zorgbibe I – Madrid - Alianza Universidad - 1994.
[7] Teoría breve de las relaciones internacionales; Paloma García Picazo – Madrid - Tecnos – 2004.
Tags: 1899, 1902, Autoritarismo, Biologismo, Capitalismo, Chamberlain, Darwin, Estado, Expansionismo, Friedrich Naumann, Friedrich Nietzsche, Guerra Anglo-Bóer, Imperialismo, Irracionalismo, Jacob Burckhardt, John Hobson, Joseph Schumpeter, Jules Ferry, Max Weber, Potencia Mundial, Primera Guerra Mundial, Rudyard Kipling Posted in
Imperialismo |
1 Comment »
Enero 3rd, 2009 by
Carlos González Martínez

Un breve estudio del contexto histórico de la aparición del término “imperialismo” puede ayudarnos a la hora de comprender este fenómeno. “Durante el siglo XIX, las nuevas dimensiones adquiridas por el tradicional concepto de “imperio” se vieron notablemente ampliadas. Su primera asociación terminológica se dio en Francia con los partidarios del “bonapartismo”; un régimen imperial que se reanudó con el Segundo Imperio de Napoleón III. A su vez, estas connotaciones se extendieron a los defensores del viejo imperio alemán” [7].
Sin embargo, la versión más precisa se produjo en Gran Bretaña, hacia 1850, donde el término “imperialismo” era utilizado para designar al régimen de Luis Napoleón, fundado en la gloria nacional y el prestigio militar. Pasados veinte años empezó a aplicarse para señalar los lazos de los británicos con el imperio del que eran titulares. “Este debate se centró en torno a los postulados de Gladstone que, desde el liberalismo, se oponía a la política colonial de Disraeli, a la que crítica con el descalificativo de “imperialista”. El significado del término evolucionó entre los propios liberales británicos, donde hay que destacar a Salisbury y Chamberlain” [7]. Fue adquiriendo así connotaciones más complejas, entendiendo que el imperio era un marco de difusión de valores superiores ligados a un humanismo genérico que lo convertía en un fenómeno admirable.
También los marxistas fueron desarrollando una teoría sobre el imperialismo. De esta forma, en sus primeros planteamientos, “se entendía este fenómeno como una consecuencia directa del funcionamiento y la evolución del capitalismo. Por tanto, sus estudios se dirigieron a analizar el capitalismo como proceso que, en su desarrollo, engendraba sus propias contradicciones” [7]. Una parte de los enfoques marxistas se centró en estudiar las causas del imperialismo, mientras que otra se fijó más en sus consecuencias, si bien ambas se entendían como complementarias.
Como queda dicho, los contemporáneos de este fenómeno fueron plenamente conscientes de que se encontraban ante algo distinto al clásico colonialismo. Ese movimiento, desarrollado desde el siglo XVI de manera discontinua, comenzó en América y en los establecimientos, costeros en su mayoría, de África y Asia. No obstante, la situación general del siglo XIX presentaba un panorama claramente distinto: “un mundo sometido a un proceso de aceleración insólita hasta entonces. Una clave de este fenómeno fue el ingente crecimiento demográfico que se produjo en la población europea entre 1850 y 1900, con una tasa del 50%. Esto vino acompañado de una sensación de optimismo y omnipotencia generalizados en las poblaciones nacionales, que consideraban estas empresas como una especie de expresión de la innata superioridad propia” [7].
Bibliografía:
[1] Historia Universal Contemporánea; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.
[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.
[3] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Jutd– Madrid – Taurus – 2006.
[4] Historia del mundo actual; VVAA – Valladolid - Universidad – 2000.
[5] Los orígenes del totalitarismo; Hannah Arendt – Madrid – Alianza -2006.
[6] Historia de las relaciones internacionales; Charler Zorgbibe I – Madrid - Alianza Universidad - 1994.
[7] Teoría breve de las relaciones internacionales; Paloma García Picazo – Madrid - Tecnos – 2004.
Tags: 1850, 1900, Alemania, América, Bonapartismo, Capitalismo, Chamberlain, Colonialismo, Crecimiento demográfico, Disraeli, Francia, Gladstone, Gran Bretaña, Imperialismo, Marxismo, Napoleón III, Natalidad, Salisbury, Siglo XIX, Siglo XVI Posted in
Imperialismo |
2 Comments »
Diciembre 24th, 2008 by
Carlos González Martínez

Con el inicio de las fiestas navideñas –mis mejores deseos para todos- me voy a permitir el lujo de establecer una analogía entre las jugueterías y la Historia Política. Mis disculpas a todos, porque esto no deja de ser más que una extravagancia literaria. No obstante, puedo asegurar que no es consecuencia del excesivo consumo de cava.
El imperialismo sería en la gran juguetería de la Historia uno de los productos estrella. Deseado y comprado en numerosas ocasiones por los “niños” de los más diversos orígenes: historiadores, políticos, periodistas, demagogos, solidarios, antisistema… El término “imperialismo”, ya sea en su sentido positivo o con tintes peyorativos, es de uso frecuente entre todos ellos (entre todos nosotros, porque yo también me incluyo). Sin embargo, sabemos realmente lo que significa ¿Somos niños caprichosos que utilizan sus juguetes únicamente el días después de Navidad o de Reyes? ¿Somos de esos que se divierten con el regalo un día y luego lo mandan al baúl de lo que “ya no nos gusta”? Cada uno de nosotros ha de plantearse qué entiende por imperialismo, que concepción tiene de este fenómeno. Porque, si lo tenemos claro, seremos como esos niños que, después de leer el manual de instrucciones, son capaces de disfrutar de su nuevo juguete durante años.
Todos aquellos que hayan sido capaces de aguantar mi infantilidad de los dos primeros párrafos descubrirán a partir de ahora a qué me he venido refiriendo. Los que se hayan quedado en el camino están justificados: en estas fechas hay cosas más importantes que hacer que leer semejantes tonterías. Sea como fuere, mi escritura se torna seria de aquí en adelante. Sin embargo, no hemos de olvidar el punto de partida: el uso de la palabra “imperialismo” sin apenas conocer su significado.
Este será el primero de los artículos que dedique a la cuestión. Mi objetivo: debatir sobre este fenómeno tan importante en el desarrollo de nuestra Historia. Un compañero de viaje que, desde el siglo XIX, nos ha llevado a los europeos, entre otras cosas, a conquistar el mundo y a dos guerras fratricidas, y que actualmente sigue tejiendo, con sutileza, sus hilos en nuestro mundo globalizado… El contenido de lo que sigue no es más que la consecuencia de numerosas lecturas, pero de una en particular: Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt.
Corrientes de análisis sobre el fenómeno imperialista.
En futuros artículos intentaré profundizar más en esta cuestión. De momento, permítanme citar, tan sólo, los cuatro aspectos en los que se agrupan las corrientes de análisis sobre el imperialismo: el primero sitúa el énfasis en los aspectos económicos del imperialismo y comprende tanto la posición liberal como la marxista; el segundo conecta el imperialismo con un complejo ideológico que vincula lo que supone que son actitudes básicas del ser humano, es decir, el afán de dominio y la lucha por la supervivencia sustentados por teorías sobre biología, superioridad racial, valores éticos y normas estéticas; el tercero se asienta en consideraciones militares y estratégicas ligadas al conjunto de teorías y prácticas comprendidas bajo la noción de “geopolítica”; y el cuarto es puramente ideológico y cultural, y posee connotaciones de tipo mesiánico fundadas en creencias como el providencialismo político, la superioridad de una determinada civilización, la conversión religiosa…[7]
Algunas aproximaciones al concepto de “imperialismo”.
El término “imperialismo” se presta a usos ambiguos y equívocos, en tanto que “se emplea a veces como calificativo de actitudes y actuaciones reales que muestran el espíritu de dominio que una determinada comunidad política ejerce sobre otra a la que a menudo ni siquiera reconoce como tal” [7]. Así, Edgard Said en Cultura e imperialismo lo definía como “la práctica, la teoría y las actitudes de un centro metropolitano dominante que rige un territorio distante”. Por su parte, Michael Doyle en Empires afirmaba que “el imperialismo es, sencillamente, el proceso o política de establecer o mantener un imperio”.
“El hecho de trascender la frontera nacionales originarias y el de imponerse a poblaciones que no aceptan voluntariamente tal soberanía son típicos de cualquier política imperialista. Una consecuencia de todo ello es la necesidad del uso de la fuerza por parte de la potencia imperialista, lo que da lugar a comprensibles resistencias y condenas morales. Sin embargo, el dominio no sólo se asegura con medios militares, políticos económicos y sociales, sino también con procedimientos ideológicos y culturales” [7]. A este y otros aspectos dedicaremos los próximos artículos.
Bibliografía:
[1] Historia Universal Contemporánea; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.
[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.
[3] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Jutd– Madrid – Taurus – 2006.
[4] Historia del mundo actual; VVAA – Valladolid - Universidad – 2000.
[5] Los orígenes del totalitarismo; Hannah Arendt – Madrid – Alianza -2006.
[6] Historia de las relaciones internacionales; Charler Zorgbibe – Madrid - Alianza Universidad - 1994.
[7] Teoría breve de las relaciones internacionales; Paloma García Picazo – Madrid - Tecnos – 2004.
Tags: Edgard Said, Geopolítica, Hannah Arendt, Imperialismo, Michael Doyle, Mundo Globalizado, Providencialismo Político, Siglo XIX, Totalitarismo Posted in
Imperialismo |
2 Comments »
Diciembre 10th, 2008 by
Carlos González Martínez

En el año 1988, Francis Fukuyama publicaba en la revista The Nacional Interest un artículo titulado The End of History? En él afirmaba que la Historia había llegado a su fin. No es mi propósito debatir acerca de los planteamientos de este autor, y tampoco tengo intención de hacer un repaso exhaustivo de los mismos. Mi objetivo es más modesto: enunciar las principales claves expuestas por Fukuyama para que, a través de ellas, cada uno extraiga sus propias conclusiones. Tampoco me voy a detener en explicar el contexto histórico que acompaña, de modo inevitable, a la publicación de este artículo. Tan sólo recordar que a finales de esa década comenzó a desmoronarse el sistema socialista-soviético, principal alternativa al modelo liberal-capitalita.
He distinguido cinco claves en el artículo de Francis Fukuyama:
1. La consagración del sistema liberal –identificado con la democracia y el mercado-, fruto más de su victoria sobre el modelo socialista que de la convergencia de los sistemas políticos y económicos, es la responsable del final de la Historia.
2. El final evolutivo de las formas de gobierno se debe tanto a la perfección alcanzada por el modelo de democracia liberal como a la ausencia de alternativas viables.
3. Como consecuencia del triunfo del sistema democrático-liberal, los hombres, despreocupados en lo que respecta al sistema político, se dedicarán de manera casi exclusiva a las actividades económicas.
4. En este contexto, el nacionalismo y el fundamentalismo se erigen como los únicos peligros ideológicos para sistema.
5. En este planteamiento el Tercer Mundo queda al margen de la Historia, condenado a una situación de subdesarrollo y reducido a escenario de conflictos internacionales.
Bibliografía:
[1] The End of History?, Francis Fukuyama – The Nacional Interest – 1988.
[2] Teoría breve de las relaciones internacionales, Paloma García Picazo – Madrid - Tecnos – 2004.
Tags: Democrático-liberal, Economía, Francis Fukuyama, Fundamentalismo, Historia, Liberal-capitalista, Nacionalismo, Política, Sistema liberal, Socialista-soviético, Subdesarrollo, Tercer Mundo, The End of History?, The National Interest Posted in
Teoría Política |
6 Comments »
Noviembre 24th, 2008 by
Carlos González Martínez

En la mayor parte de los estudios sobre los procesos democratizadores se distinguen, al menos, dos fases: transición y consolidación. La primera de ellas se caracteriza por el paso de un régimen autoritario a otro de carácter democrático. Por tanto, toda definición de la transición política española debe hacer referencia, en primer lugar, a la sustitución de la Dictadura del General Franco por un régimen democrático de monarquía parlamentaria; con la universalización de la participación, la desaparición de la represión y la división de poderes que ello conlleva [2]. Esto nos conduce al segundo de los puntos fundamentales del concepto de transición: la sustitución de la legalidad franquista por la democrática. Proceso que alcanza su culmen en la aprobación de la Constitución de 1978.
Existe un acuerdo global a la hora de situar la transición política española dentro de la “tercera ola” democratizadora enunciada por Samuel P. Huntington [5]. Asimismo, también se observa un amplio consenso en torno a la labor realizada: “desmantelar el viejo régimen, dar voz institucional a la oposición democrática que ya no podía ser silenciada en las calles, reconocer a los partidos políticos que habían sido la bête noir del régimen, reconocer los derechos políticos de los sindicatos y los derechos nacionales de los catalanes y de los vascos a ser culturalmente diferentes y políticamente autónomos, todo esto sin provocar una reacción autoritaria por parte del ejército y del búnker franquista, sin desatar los viejos demonios históricos de la primera y de la segunda República española y de todas las guerras civiles de la España contemporánea” [1]. Sin embargo, las discrepancias historiográficas surgen a la hora de determinar si se trató de un proceso de carácter reformista o rupturista.
El debate reforma-ruptura nos remite a la situación política del país a la muerte del General Franco. En ese contexto distinguimos tres grandes proyectos: continuismo, reforma y ruptura. Desde el primer momento se hizo evidente que los ciudadanos deseaban, de forma mayoritaria, la democratización del país, pero sin sacrificar la paz y el orden [12]. Esto sólo dejaba una posibilidad, la reforma, que fue el camino a seguir por el proceso de transición hasta la aprobación, el 15 de diciembre de 1976, de la Ley para la Reforma Política. En ese periodo de casi trece meses, los españoles fueron testigos de como, tanto el búnker como la oposición al régimen, fracasaban en sus respectivos proyectos.
No obstante, una vez llevada a cabo la reforma legal desde arriba, los reformistas del régimen no podían continuar la transición a un orden democrático sin la ayuda de la oposición [1]. Necesitaban atraerse a los sectores más moderados de entre las filas rupturistas, lo que supuso aceptar buena parte de sus postulados. De esta manera, el cambio político pudo llevarse a cabo porque ambos proyectos, reformista y rupturista, cedieron en determinados aspectos con el fin de constituir un régimen democrático. De hecho, la democratización del país era la meta común de los dos grupos, que tan sólo diferían en la manera de llevarlo a cabo. A este respecto, podemos decir que en un principio, por la lógica del momento ya enunciada anteriormente, se impuso la vía reformista; sin embargo, más adelante comenzaron a integrarse también algunos rasgos del proyecto rupturista.
La fase de consolidación es el desarrollo mediante el cual el régimen democrático va generando su propia estructura institucional distinta a la dictatorial. En opinión de Adam Przeworski, la implantación de un régimen democrático, y por tanto el inicio de la consolidación, finaliza en el momento en que se han producido los siguientes fenómenos: desvinculación con el régimen anterior, reforma económica, aprobación de una constitución, y control del ejército por parte del poder civil. Por su parte, a la hora de dar por concluida la fase de transición, Juan J. Linz y Alfred Stepan hacen especial hincapié en la existencia de un gobierno surgido de unas elecciones democráticas libres, así como en su capacidad para generar nuevas políticas dentro del marco constitucional vigente.
En lo que respecta al caso español, surge el problema de determinar la difusa frontera entre las dos etapas a las que nos hemos venido refiriendo. Raimond Carr y Juan Pablo Fusi dan por terminada la transición con la celebración de las elecciones generales de 1977, opinión que comparte Victoria Prego. Sin embargo, Javier Tusell y Álvaro Soto sostienen que el proceso no finaliza hasta la incorporación de España a las Comunidades Europeas en el año 1986. Entre ambas fechas se sitúan el resto de posturas. Así, Charles Powell y Salvador Sánchez-Terán [13] opinan que la transición termina con la aprobación de la Constitución; si bien el primero de ellos abre las puertas a prolongar esta fecha hasta los primeros estatutos de autonomía. Otros autores se inclinan por la toma de posesión del presidente Leopoldo Calvo Sotelo en febrero de 1981, el golpe de Estado del 23-F, e incluso el triunfo electoral del PSOE en octubre de 1982.
Sea como fuere, tanto la definición de consolidación democrática que hemos aceptado anteriormente, como las teorías de Adam Pzeworski, Juan J. Linz y Alfred Stepan, nos llevan a las concluir que la transición toca a su fin en el periodo que va del 6 de diciembre de 1978 al 5 de abril de 1979. El desarrollo de una estructura institucional propia precisa de la existencia de un texto constitucional. Por tanto, la consolidación no podría iniciarse antes de la aprobación por referéndum de la Constitución, cuya existencia es uno de los requisitos básicos expuestos por Pzeworski. Pero, además, la necesidad de un gobierno elegido democráticamente que genere nuevas políticas dentro de ese marco legal, tal como exigían Linz y Stepan, nos remite a la formación del cuarto gobierno de Adolfo Suárez en la primavera de 1979.
Bibliografía:
[1] Las enseñanzas de la transición democrática en España, José Casanova en Manuel Redero San Román, La transición a la democracia en España, revista Ayer nº 15-1994.
[2] De las Cortes orgánicas a las Cortes democráticas, Álvaro Soto Carmona en Manuel Redero San Román, La transición a la democracia en España, revista Ayer nº 15-1994.
[3] La transición a la democracia en España como fenómeno de Historia política, Javier Tusell en Manuel Redero San Román, La transición a la democracia en España, revista Ayer nº 15-1994.
[4] Transición política y consolidación de la democracia, José María Maravall y Julián Santamaría en José Félix Tezanos, Ramón Cotarelo y Andrés de Blas, La transición democrática española.
[5] La Tercera Ola. La democratización a finales del siglo XX, Samuel P. Huntington.
[6] Games of Transition, Adam Przeworski.
[7] Problems of democratic transition and consolidation: Southern Europe, South America and post-communist Europe, Juan J. Linz y Alfred Stepan.
[8] La Transición política, Raúl Morodo.
[9] España de la dictadura a la democracia, Raimond Carr y Juan Pablo Fusi.
[10] Así se hizo la Transición, Victoria Prego.
[11] Historia de la transición 1975-1986, Javier Tusell y Álvaro Soto.
[12] España en democracia, 1975-2000, Charles Powell.
[13] La Transición. Síntesis y claves, Salvador Sánchez-Terán.
Tags: 1975, 1978, Carr, Franco, Huntington, Linz, Powell, Przeworski, Stepan, Suárez, Transición, Tusell Posted in
España |
4 Comments »
Agosto 8th, 2008 by
Carlos González Martínez

En los años inmediatamente posteriores a la II Guerra Mundial se desarrollo el proceso que conocemos como descolonización. En un corto periodo de tiempo, las potencias que a finales del siglo XIX protagonizaron la era del imperialismo perdieron sus antiguas colonias. Se trató, pues, de un fenómeno rápido iniciado en el sudeste asiático, de donde pasó al mundo árabe y, de allí, al África negra. Cabe destacar que, entre la formación de esos imperios y su disolución, tal como indica el manual de Historia del Mundo Actual de la Universidad de Valladolid, apenas transcurrieron cinco décadas.
Distinguimos tres factores predominantes en el desarrollo de este proceso. En primer lugar estaría el auge de los movimientos nacionalistas, favorecido desde el final de la Gran Guerra (1914-1918) por los postulados de políticos como el presidente norteamericano W. Wilson o el revolucionario ruso Lenin. Las dos guerras mundiales y sus consecuencias permitieron el desarrollo de la mentalidad emancipadora de las colonias, que empezaron a buscar desde la década de los años veinte raíces históricas y elementos étnico-religiosos que justificaran su postura y aglutinaran al conjunto de la población en torno a un ideal nacional.
En segundo término, hemos de destacar como factor importante la pérdida de la hegemonía mundial por parte de Europa. Ese predominio del Viejo Continente había permitido la expansión imperialista de finales del XIX; sin embargo, el hundimiento económico e ideológico de los europeos tras la II Guerra Mundial (1939-1945), así como el apoyo de las nuevas superpotencias –los EE.UU. y la URSS- a los movimientos emancipadores, contribuyeron al fin de los antiguos imperios. A este respecto, es recomendable la lectura de Geografía política en un mundo dividido del profesor Cohen. Por último, hemos de destacar el carácter internacional que tomo el proceso descolonizador, tanto en el apoyo de la ONU a la práctica del Derecho de Autodeterminación de los pueblos como en las presiones ejercidas por los países No Alineados a partir de la Conferencia de Bandung (1955).
La descolonización de Asia.
Como comentamos en el epígrafe anterior, uno de los rasgos fundamentales de la descolonización asiática fue su carácter pionero. Podemos rastrear el origen de los nacionalismos orientales desde los años inmediatamente posteriores a la Gran Guerra (1914-1918), e incluso antes si consideramos como manifestación de esto las reivindicaciones a favor de la expulsión de los extranjeros. Detrás de todo esto hemos de ver esa clásica preocupación de toda cultura por salvar del peligro exterior una supuesta identidad nacional. Esto no impidió que, especialmente en el caso del Asia suroriental, estos movimientos aparecieran en ocasiones de la mano de las tendencias socialistas revolucionarias
En el caso concreto de China hemos de señalar que, ya desde mediados del siglo XIX, existía un rechazo total a los extranjeros y su influencia. Los sucesivos gobiernos chinos, especialmente tras la llamada guerra del opio, fueron obligados por las potencias occidentales –Gran Bretaña, Francia, EE.UU., Rusia…- a abrir sus fronteras al comercio exterior. Sin embargo, a diferencia de otros territorios asiáticos, esta penetración económica nunca llegó al estatus de control territorial. Quizás el momento más humillante de este proceso fue la derrota ante Japón y la posterior intromisión de los vecinos insulares en la política china. Sin duda, esto pesó notablemente en la revuelta de los boxers, de marcado carácter antiextranjero. Sólo la decidida intervención de las naciones imperialistas logró salvar sus intereses comerciales en el país durante e cambio de siglo. En los primeros años del siglo XX China vivió entre los intentos modernizadores y la sucesión de enfrentamientos internos. El inmovilismo mostrado por la dinastía Manchú llevó a su sustitución por el movimiento republicano de Sun Yat Sen, que en pocos años cedió ante el poder del amplio movimiento del Kuomintang. Sin embargo, la diversidad existente dentro de este grupo –nacionalistas, demócratas y comunistas- acabó por sumir al gigante asiático en el caos. Los “señores de la guerra” asolaron el país con sus huestes militares, mientras por Manchuria comenzó a penetrar el ejército japonés en el año 1931. Esta situación se prolongó hasta el final de la II Guerra Mundial (1939-1945), tras la que comenzó el conflicto civil entre los comunistas de Mao Tse-Tung y los nacionalistas de Chang Kai-Shek. La victoria de los primeros condujo a la aparición de dos naciones: la China continental o comunista, y Taiwán o China nacionalista. Tanto el proceso de secesión chino como sus consecuencias a lo largo de la segunda mitad del siglo XX lo encontramos más desarrollado en el citado manual de la Universidad de Valladolid. De la India hemos de destacar, en primer lugar, el importante papel que jugaba, tanto en el ámbito comercial como de prestigio, dentro del Imperio Británico. Además de su peso demográfico, era fuente de materias primas y mercado para las manufacturas de la metrópoli. Los primeros movimientos independentistas fueron protagonizados por dos estructuras políticas bien definidas: el partido del Congreso hindú y Liga Musulmana. Existía un claro antagonismo religioso entre ambas, pero supieron dejar de lado esas diferencias para enfrentarse al enemigo común. Estos grupos, cuyos líderes más representativos fueron Gandhi y Nehru, recibieron fundamentalmente el apoyo de las clases medias urbanas.
Distinguimos tres fases en el proceso de emancipación de la India: las protestas surgidas en las primeras décadas del siglo XX, las presiones ejercidas sobre la metrópoli durante la II Guerra Mundial, y la consecución de la independencia entre 1945 y 1947. Tras librarse del yugo británico los habitantes de la antigua colonia se sumergieron en una sucesión de conflictos de carácter étnico religioso. La división del territorio en India y Pakistán, de donde posteriormente se desgajó Bangladesh, así como la rivalidad por el control de Cachemira, son buena muestra de ello. En la actualidad la India vive bajo un estado constitucional y democrática, mientras que Pakistán es una dictadura militar. Indochina, antiguo territorio colonial francés, vivió los años de la II Guerra Mundial (1939-1945) bajo la ocupación japonesa. Al término de esta el retorno al redil de la antigua metrópoli resultaba casi imposible. En 1945 Ho Chi Minh proclamó la República de Vietnam, mientras Francia, dando por descontado su incapacidad para mantener el territorio, intentó unificar Indochina bajo otro hombre Bao-Dai. Ho Chi Minh, que previamente habían tildado de imperialista la opción francesa de gobierno en la zona, lograron alcanzar en los acuerdos de Ginebra el reconocimiento de dos estados vietnamitas divididos por el paralelo 17. El norte quedó bajo su dirección. No obstante, la posterior invasión del sur por parte del Vietcong llevó a los norteamericanos a enviar miles de soldados al país. Finalmente, los EE.UU. alcanzaron un acuerdo con los comunistas en 1968 que les permitió retirar las tropas de manera honrosa. Más tarde Vietnam del norte no respetó lo pactado, convirtiéndose además en la rampa de lanzamiento para el triunfo del comunismo en Camboya.
La descolonización del mundo árabe.
La descolonización en el mundo árabe estuvo dominada por dos tendencias: el panislamismo, proyecto político que busca aunar a todos los fieles del Islam en una misma comunidad estatal (Umma); y el panarabismo, con idénticos objetivos pero limitándose a la población de etnia árabe, sean o no musulmanes. Hemos de buscar las primeras manifestaciones de estos fenómenos en los años de la Gran Guerra (1914-1918), momento en el que tanto británicos como franceses buscaron reavivar el nacionalismo árabe con el fin de debilitar al enemigo turco. Con la desaparición del Imperio Otomano, la Sociedad de Naciones resolvió que la mejor solución para la región era establecer protectorados que, con el tiempo, dieran lugar a nuevos estados. Esta situación provocó una enorme frustración dentro del mundo islámico, que aprovechó la debilidad europea al finalizar la II Guerra Mundial (1939.1945) para iniciar el proceso emancipador. Este estuvo marcado por la proliferación del fenómeno de revoluciones populares –Nasser en Egipto, el Ayyatolah Jomeini en Irán, y el partido del Baaz en Iraq-; y por el conflicto árabe-israelí, que ha generado desde entonces hasta hoy cinco conflictos bélicos y una enorme inestabilidad en la zona.
En el marco de la descolonización islámica, aunque fuera del marco árabe, nos encontramos con el caso de Argelia, Túnez y Marruecos. Los dos últimos alcanzaron su independencia en 1956, si bien la cuestión del Sahara Occidental no parece del todo solucionada a pesar de la evacuación española de 1975. El caso argelino es más complejo. Tras la Gran Guerra (1914-1918) fueron surgiendo, tímidamente, los primeros movimientos nacionalistas. Sin embargo, no consiguieron ninguna cesión por parte de Francia hasta después de la II Guerra Mundial (1939-1945): en 1947 París reconocía un estatuto especia para Argelia. Más tarde, la derrota francesa en Indochina y las presiones internas y del exterior acerca de la cuestión norteafricana, obligaron al gobierno De Gaulle a ceder. En 1962 se convocó un referéndum en el que los partidarios de la emancipación alcanzaron sus objetivos. De manera rápida, pero controlada, el personal francés comenzó a abandonar su antigua colonia.
El África negra.
La independencia de las colonias inglesas en el África negra se inició en 1957 con la constitución de Ghana como estado. En la década de los sesenta su ejemplo fue seguido por otras colonias británicas como Sierra Leona, Uganda, Tanzania, Zambia, Malawi, Nigeria y Kenya. En el caso de estas dos últimas hemos de señalar la situación de constante inestabilidad que vivieron a lo largo de sus primeros años de existencia. También la República Sudafricana alcanzó la independencia con respecto a Gran Bretaña; si bien en su caso la situación de “apartheid” –mantenida hasta la llegada al poder de Nelson Madela- ensombreció un tanto el proceso. La emancipación de las colonias francesas se llevó a cabo sin violencia gracias a la política de repliegue llevada a cabo por De Gaulle a partir de 1958. Ejemplos claros de esto fueron Camerún, Togo, Malí y Madagascar. Otras colonias africanas que se independizaron en esa época fueron el Congo belga, que pasó a denominarse Zaire; y las colonias portuguesas de Guinea Bassau, Angola y Mozambique. Dos rasgos fundamentales caracterizan la descolonización del África negra. El primero de ellos se refiere a lo protagonistas de estos procesos, una minoría intelectual que supo formar y extender el conjunto de los movimientos nacionalistas del continente. Dentro de ese grupo encontramos a los panafricanistas Du Bois y B. Diagnes, al súbdito francés Leopold Sénar, y a los organizadores de los sucesivos congresos proemancipadores. La segunda característica se refiere a las dificultades de la aventura independentista; tanto en aspectos concernientes al desarrollo cultural y material, como a la ausencia de identidades nacionales y estructuras estatales. Además, dentro de este último aspecto, hemos de destacar la excesiva dependencia de África con respecto a Occidente y el peso que el socialismo tuvo en algunos países del continente a lo largo de la Guerra Fría.
El Tercer Mundo y el problema del desarrollo.El concepto de Tercer Mundo surgió en la Conferencia de Bandung (1955) con el fin de identificar a los países No Alineados; se entendía que el primer y segundo mundo eran los dos bloques enfrentados. Además, este término comparaba a estas naciones con el Tercer Estado de la revolución francesa, expuesto por Sieyes en su célebre discurso. Los protagonistas del movimiento de no-alineación fueron la Yugoslavia de Tito, el Egipto de Nasser, la Indonesia de Sukarno, y la India de Nehru. De entre sus planteamientos destacaremos lo siguiente: la existencia real de estados ajenos a ambos bloques, el repudio de la guerra, y la condena del colonialismo. En lo que se refiere al subdesarrollo, nos dejaremos llevar por Ives Lacoste, que resume así sus principales características: insuficiencia alimentaria, recursos naturales infrautilizados, gran número de agricultores y baja productividad, industrialización rígida e incompleta, parasitismo del sector terciario, situaciones de subordinación económica, violentas desigualdades sociales, estructuras tradicionales dislocadas por el colonialismo, amplitud del desempleo y trabajo infantil, escasa integración nacional, analfabetismo y escaso desarrollo médico-sanitario, y no asimilación del crecimiento demográfico. A este respecto, también es recomendable la lectura de El nuevo orden mundial (y el viejo) de Noam Chomsky.
Problemas derivados de la descolonización.
A continuación trataremos de explicar de forma breve las principales consecuencias negativas derivadas del proceso descolonizador. En primer lugar, destacan los sucesivos enfrentamientos bélicos y diplomáticos entre los grupos religiosos, a la sazón musulmanes e hindúes, de la antigua India británica: India, Pakistán y Bangladesh. También hemos de mencionar, en relación con otra antigua colonia de Gran Bretaña, el régimen del “apartheid” vigente en Sudáfrica hasta la década de 1990. En el apartado de los conflictos ideológicos, nos encontramos con la expansión del comunismo –tanto de tipo soviético como maoísta- por el sudeste asiático. Países como Birmania, Camboya o Vietnam vivieron entre los años sesenta y ochenta en una situación bélica permanente, y a veces sometidos a regímenes políticos pseudototalitarios. El ámbito religioso estaría marcado, además de por el ya citado conflicto indio, por el fundamentalismo islámico; predominante en Oriente Próximo y orientado a las actividades terroristas en las últimas décadas. El caso africano es el menos conocido de todos, pero seguramente el más alarmante. Desde los años sesenta se vienen desarrollando en los territorios de la África negra numerosos enfrentamientos entre las etnias de los distintos países o entre los propios estados. Problemas como los de Ruanda, Burundi o Somalia han alarmado a la opinión pública internacional desde la década de 1990.
Bibliografía:
[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.
[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Jutd– Madrid – Taurus – 2006.
[3] Historia del mundo actual; VVAA – Valladolid - Universidad – 2000.
Tags: Bao Dai, Chang Kai-Shek, China, De Gaulle, Descolonización, Diagnes, Du Bois, Gandhi, India, Lacoste, Mandela, Mao, Nasser, Nehru Posted in
Descolonización |
No Comments »
Julio 23rd, 2008 by
Carlos González Martínez

Orígenes y bases del proyecto europeísta
En la presente exposición explicaremos de forma resumida el origen, desarrollo y presente de la integración europea. Tal como reflejan los epígrafes de este texto, trataremos de alcanzar ese objetivo siguiendo dos vías bien diferenciadas: por un lado abordaremos la cuestión relativa al proceso histórico –de la Declaración Schuman al Tratado de Lisboa-, donde incluimos tanto los acuerdos entre estados como las sucesivas incorporaciones de los veintisiete miembros; y por otro, el desarrollo institucional del mismo en sus aspectos intergubernamentales, supranacionales, judiciales, representativos, y de carácter económico.
Antes de comenzar con el anunciado repaso histórico, conviene recordar cuáles fueron, en sus inicios, las tres ideas fuerza del movimiento europeísta: la paz perpetua, el buen gobierno y el bienestar de los pueblos. Estos ideales, que alcanzaron plena actualidad en los años posteriores a las dos guerras mundiales, hunden sus raíces en la tradición cultural continental de los siglos anteriores; en el pensamiento de personajes como Kant, Rousseau, Montesquieu, Comte, Voltaire, Goethe, Jovellanos… En ellos se basaron los europeístas de principios de siglo XX a la hora de fundar un movimiento que tardó varias décadas en producir sus primeros frutos. Paneuropa, de Coudenhove-Kalergi, y los esfuerzos políticos de Aristide Briand fueron los primeros intentos de establecer una solidaridad europea. Sin embargo, la crisis económica de los años treinta y la Guerra Mundial que la siguió impidieron que los proyectos de estos “abuelos” de Europa llegaran a buen puerto. Europa tuvo que encontrarse a sí misma entre la miseria de la posguerra para darse cuenta de que la colaboración entre las naciones del Viejo Continente era beneficiosa para todas ellas.
La generación de posguerra y la integración europea.
Los proyectos europeístas comenzaron a tener repercusiones prácticas tras la II Guerra Mundial. Las consecuencias del conflicto –destrucción de las infraestructuras, reducción de la actividad industrial, caída de la renta, escasez de alimentos, abatimiento moral…- favorecieron de manera considerable el afán de los europeos por colaborar entre ellos. Distinguimos cinco hitos en la prehistoria del proceso de integración europea:
1. El discurso de Churchill en Zürich sobre los “Estados Unidos de Europa”. El antiguo premier británico defendió durante esa alocución de 1946 la necesidad de construir un entidad que agrupase a las naciones europeas. Afirmaba que, sólo así, el Viejo Continente podría llevar a cabo una reconstrucción duradera, basada en la colaboración de los antiguos enemigos, Francia y Alemania. Además, veía en la unidad europea un instrumento eficaz para evitar la expansión del socialismo soviético. No obstante, Churchill no creía en la integración británica dentro de estos “Estados Unidos de Europa”; para el mundo anglosajón tenía otros planes: una mayor colaboración con el gigante norteamericano.
2. El Programa de Recuperación Económica de Europa o Plan Marshall (1947). Siguiendo la línea de pensamiento esbozada por Churchill en su famoso discurso de Fulton (Missouri), la administración Truman comenzó a desarrollar una intensa actividad con el fin de evitar la expansión del comunismo. En lo que se refiere a Europa, la medida más importante fue este plan de ayuda económica, que no sólo sacó a los europeos de la miseria, sino que les obligó a colaborar en la distribución de la ayuda. Cabe destacar en este ámbito el papel jugado por Jean Monet, que pocos años después se convirtió en uno de los padres de la unidad europea.
3. El congreso europeísta de La Haya (1948). Fue convocado por el Comité de Coordinación de movimientos europeístas, y en el se debatió fundamentalmente la cuestión de cómo se debía construir la Paneuropa esbozada por los europeístas del periodo de entreguerras.
4. La Conferencia de José Ortega y Gasset en la Universidad Libre de Berlín, donde animaba a Europa a levantarse de entre los escombros.
5. La Declaración Schuman del 9 de mayo de 1950, donde se invitaba a las naciones europeas a establecer un mercado único en relación al carbón y al acero. Este proyecto francés dio lugar un año después a la primera Comunidad Europea, la CECA.
Tal como indicábamos en el epígrafe anterior, a raíz del llamamiento del ministro de exteriores francés Robert Schuman, se constituyó el 18 de abril de 1951 la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA). El objetivo de esta era crear un mercado común limitado al carbón y al acero, aunque con vistas a futuras ampliaciones. En ella se integraron seis naciones: Francia, la República Federal Alemana, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo. Además, para su mejor funcionamiento, se doto a la nueva estructura supranacional de instituciones propias: Alta Autoridad, Consejo de Ministros, Asamblea Común y Tribunal de Justicia. Más tarde, en 1954, Francia intentó poner en marcha la segunda de las Comunidades Europeas, la de Defensa (CED). Sin embargo, la oposición de la propia Asamblea Francesa dio al traste con el proyecto de colaboración en materia de seguridad.
El 25 de mayo de 1957 se firmaron en Roma los tratados por los cuales vieron la luz dos nuevas Comunidades Europeas: la Comunidad Económica Europea (CEE) y la Comunidad Europea de la Energía Atómica (EURATOM). Las principales consecuencias de ellas fueron: eliminación de barreras; fijación de una tarifa exterior común; libre circulación de mercancías; políticas comunes en agricultura, transporte, comercio y energía; homogeneización en los mecanismo de intervención económica; y colaboración en lo relativo a la cuestión atómica. Sin embargo, unos años más tarde el proceso de integración se vio sacudido por otra nueva crisis; su protagonista era, una vez más, el nacionalismo francés. La llamada “crisis de la silla vacía” –la denominación hace referencia a la ausencia de la representación francesa- se solucionó con el Acuerdo de Luxemburgo (1966). A partir de ese momento la Comisión quedó sometida al Consejo, y las decisiones dejaron de tomarse por mayoría.
El Tratado del Acta Única Europea (AUE) fue firmado por los estados miembros en 1986, y tenía como fin perfeccionar el mercado único creado con los Tratados de Roma. Se trataba, en definitiva, de establecer medidas que evitaran los obstáculos a la libre circulación. No obstante, el nuevo acuerdo también introdujo nuevas políticas en materia de medioambiente, investigación y desarrollo, y cohesión económica y social. Además, se ampliaron también las funciones del Parlamento Europeo. El Acta Única Europea fue negociada por diez países -los seis fundadores, los tres de la incorporación de 1973 (Reino Unido, Irlanda y Dinamarca), y Grecia, integrada en 1981- y firmada por estos más España y Portugal, que se incorporaron ese mismo año.
El siguiente paso en el proceso de construcción europeo fue el Tratado de la Unión Europea (1992), conocido también como Tratado de Maastricht. Este acuerdo sentó las bases de la moneda única, que no entró en circulación hasta 2001. Con este fin se impusieron los criterios de convergencia y se fundó el Banco Central Europeo. También se reconoció la ciudadanía europea –superpuesta y fundamentada en la del estado miembro-, cuyas principales ventajas son las siguientes: derecho de circulación y residencia en el territorio comunitario, derecho al sufragio en las elecciones europeas y municipales, derecho de petición ante el Parlamento Europeo, y derecho a gozar de la representación diplomática de la Unión Europea. En lo que se refiere a las reformas institucionales establecidas en Maastricht, cabe destacar las siguientes: ampliación de las competencias del Parlamento –investidura de la Comisión y poder de codecisión-, aplicación de los supuestos para la aplicación de la mayoría en el Consejo de Ministros, y creación de nuevas instituciones tales como el Comité de Regiones, el Defensor del Pueblo, y el Tribunal de Primera Instancia. Por último, se procedió a reformar la cooperación en política exterior mediante la creación de una Política Exterior de Seguridad Común (PESC) y la Cooperación Judicial en Asuntos de Interior.
Tras la incorporación a la Unión Europea de Austria, Suecia y Finlandia en 1995, se firmaron dos tratados más, el de Ámsterdam (1997) y el de Niza (2000). Ambos ratificaron lo acordado en Maastrich, a lo que añadieron escasas medidas institucionales. No obstante, hay que destacar dos aspectos de ambos tratados: el protagonismo en ellos del reparto de poder entre los estados miembros, y la preparación de la próxima apertura de la Unión Europea a los países de la Europa central y oriental. Este último fenómeno se produjo en dos etapas: en mayo de 2004 se integraron diez nuevos estados –Estonia, Letonia, Lituania, Eslovenia, Malta, Chipre, Polonia, la República Checa, Eslovaquia y Hungría-, y en enero de 2007 dos más –Bulgaria y Rumania-. Con estas últimas incorporaciones, a falta de lo que suceda con Croacia, Macedonia y Turquía, finaliza a día de hoy el proceso de ampliación territorial de la Unión Europea. El que se refiere a los acuerdos y tratados se completaría con el malogrado Proceso de Laeken, también conocido como Tratado Constitucional Europeo, y el Tratado de Lisboa, firmado en 2007.
Las sucesivas ampliaciones de las Comunidades Europeas.
A lo largo del epígrafe anterior, al tiempo que explicábamos el contenido y repercusiones de los tratados comunitarios, hemos procurado indicar también cómo se fue produciendo el proceso de ampliación de las Comunidades Europeas a nuevos países. No obstante, con el fin de aportar una visión más amplia en los relativo a ese punto, vamos a proceder a repasar, de forma clara y esquemática, el proceso de ampliación de la Unión desde 1951 hasta 2007.
Desde sus inicios, en 1951, la CECA contó con seis miembros: Francia, República Federal Alemana, Italia, Holanda, Bélgica y Luxemburgo. A estos pretendió unirse el Reino Unido en la década de los sesenta. Sin embargo, el veto francés evitó durante varios años que los británicos se unieran al proceso de integración. Hubo que esperar a 1973 para que las Comunidades Europeas pasaran de los seis a los nueve miembros. Ese mismo año entraron a formar parte de las mismas el Reino Unido, Irlanda y Dinamarca. Noruega, cuya solicitud también había sido aceptada, rechazó su integración a causa del rechazo que esta provocaba entre la población del país.
La Europa de los nuevo pasó a ser de los doce con la ampliación al sur. Esta se llevó a cabo en dos etapas: en 1981 se incorporó Grecia, y en 1986 lo hicieron España y Portugal. Sobre las integraciones de la década de los ochenta habría que destacar dos aspectos: su importancia de cara a la consolidación democrática en estos tres países –recién salidos de regímenes dictatoriales-, y la oposición de Francia a la entrada de España antes de la negociación del Acta Única Europea (1986) por cuestiones relacionadas con la Política Agraria Común.
El 3 de octubre de 1990, como consecuencia de la reunificación germana, se integraron en las Comunidades Europeas los territorios de la antigua República Democrática Alemana. Sin embargo, no se incorporó ningún nuevo estado en esta ampliación; los länder orientales pasaron a formar parte del proyecto europeo dentro de un único estado alemán. Esta no sería la única consecuencia de la desintegración del mundo soviético. Sin embargo, antes de que se produjera la entrada en la Unión de los antiguos países de la Europa central y oriental, se llevó a cabo una nueva ampliación. En 1995, tras la llegada de Austria, Finlandia y Suecia al seno de la Unión, surgió la Europa de los quince.
En los primeros años del siglo XXI, tal como anunciábamos en el párrafo anterior, entraron a formar parte de la Unión Europea los antiguos países de la Europa central y oriental. La ampliación al este se produjo en dos etapas: en 2004 lo hicieron Estonia, Letonia, Lituania, Eslovenia, Malta, Chipre, Polonia, la República Checa, Eslovaquia y Hungría; y en 2007 Bulgaria y Rumania. Esta ha sido la mayor ampliación de la historia europea y, en cierto modo, ha venido a saldar la deuda que la Europa occidental adquirió con sus hermanos orientales tras los sucesos de Yalta y Potsdam.
Bibliografía:
[1] La idea de Europa, 1920-1970, H. Brugman .
[2] La Unión Europea: guiones para su enseñanza, A. Calonge, (dir).
[3] Paneuropa. Dedicado a la juventud de Europa, R. Coudenhove-Kalergi.
[4] La idea de Europa: historia, cultura, política, P. García Picazo.
[5] Postguerra: una historia de Europa desde 1945, T. Judt.
[6] Robert Schuman. Padre de Europa (1886-1963), R. Lejeune.
[7] Historia de la integración europea, R. Martín de la Guardia y G. Pérez.
[8] La Unión Europea: procesos, actores y políticas, F. Morata.
[9] Meditación de Europa, J. Ortega y Gasset.
[10] Historia de la Unión Europea, R. Pérez Bustamante.
Tags: Adenauer, Briand, Churchill, De Gaulle, Europa, Historia, Kalergi, Kant, Monet, Schuman, Siglo XX Posted in
Unión Europea |
No Comments »
Julio 16th, 2008 by
Carlos González Martínez

Al iniciar el proyecto de “Historia en Presente”, tenía claro que una de las cuestiones centrales del mismo iba a ser Oriente Próximo, y en concreto el Estado de Israel. Por diversas razones he tardado mucho en iniciar el repaso a la problemática de Palestina; otros temas como Kosovo, Serbia o Turquía han copado la mayor parte de mis esfuerzos. Sin embargo, con casi varios meses de retraso sobre la fecha del sexagésimo aniversario de la fundación de Israel, presento el primer artículo dedicado al mismo. Se trata de un repaso histórico de la emigración judía a Palestina.
Los emigrantes rusos y la primera aliá
La emigración al territorio palestino se inició a finales del siglo XIX; sus protagonistas fueron los judíos de la Europa oriental y balcánica. En el ambiente opresivo que se respiraba dentro de los confines de la inmensa Rusia se fue formando, poco a poco, un modesto y desorganizado movimiento migratorio. Por medio de este, entre 1882 y 1891, llegaron a los casi despoblados distritos otomanos de Palestina algo más de 25.000 jóvenes obreros y estudiantes judíos. Su objetivo principal era redimir a su pueblo de las consecuencias negativas de la ya milenaria diáspora. Pretendían construir en su antigua patria, condenada a una situación de pobreza y atraso, un nuevo estado sobre la base del trabajo agrícola. Además, entre sus tareas prioritarias se encontraba la recuperación de la lengua hebrea.
Esta primera aliá de época contemporánea, nombre con el que se conoce a las sucesivas emigraciones judías a Palestina, tuvo escasas repercusiones en su momento. Empezó a adquirir importancia a raíz de los movimientos sionistas que se desarrollaron poco después de la misma. Sin los hechos posteriores, la epopeya que conocemos hoy día, esta migración de judíos orientales, no hubiera pasado de mera anécdota en el gran libro de la Historia.
El surgimiento del problema judío y la segunda aliá
Las consecuencias del affaire Dreyfus convencieron a los judíos occidentales de que la ansiada asimilación era un objetivo demasiado arduo como para seguir persiguiéndolo. Se demostró que el antisemitismo, mito que ellos mismos también habían ayudado a forjar a lo largo de varios siglos, no era tan sólo un fenómeno propio de las sociedades poco desarrolladas –la Rusia de los zares era el ejemplo más característico hasta la fecha-, sino que también se daba en la Europa occidental. Cuando el fenómeno estalló con toda su virulencia en la Francia de la Revolución y de los Derechos del Hombre, cuando al calor del affaire Dreyfus las muchedumbres gritaban “¡muerte a los judíos!” por las calles de París, algunos intelectuales judíos que hasta la fecha se sentían despreocupadamente asimilados empezaron a sospechar que la emancipación de los hebreos de Europa era una quimera. Así, en el caso del “problema judío”, la crisis de la solución liberal allanó el camino a la solución nacional. En esas fechas tomó cuerpo el movimiento sionista, cuyo líder más representativo fue Theodor Herzl.
Pocos años después, tras la muerte prematura de Theodor Herzl en el verano de 1904 y el rechazo de una oferta territorial de Londres en el África Oriental Británica (el llamado “proyecto Uganda”, aunque en realidad se trataba de una porción de Kenya), el movimiento sionista se vio inmerso, durante la década inmediatamente anterior a la Gran Guerra (1914-1918), en una ardua travesía del desierto. En medio del parón diplomático, otros 40.000 jóvenes judíos de la Europa Oriental emprendieron el camino hacia Palestina, resueltos a levantar desde abajo, poco a poco, lo que Herzl el visionario había concebido desde arriba en una curiosa novela de anticipación, Antigua y nueva tierra (Altneuland), publicada en 1902. La historiografía ha etiquetado a ese contingente de inmigrantes como “la segunda aliá“.
La Declacración Balfour y las emigraciones de entreguerras
En noviembre de 1917, en medio de la enorme convulsión geopolítica de la Gran Guerra, el sionismo obtuvo el primer compromiso internacional relevante a favor de sus aspiraciones: la Declaración Balfour, a través de la cual el gobierno británico hacía suya y garantizaba su apoyo a la idea de crear en Palestina “un hogar nacional para el pueblo judío”, sin perjuicio de “los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías” en aquel territorio. Es, desde luego, un compromiso ambiguo, contradictorio con las promesas hechas casi simultáneamente a los árabes para espolear su rebelión antiturca, y concebido por Londres más que nada para asegurar su futuro control sobre Palestina, frustrando toda aspiración francesa sobre el territorio.
Hitler y la quinta aliá
El sionismo, hijo de la fobia antijudía de Europa, recibió de la crisis política, social y moral europea de las décadas de 1930 y 1940 un impulso decisivo hacia la obtención de sus objetivos fundacionales. En los ocho años comprendidos entre 1932 -en que el Partido Nacionalsocialista Alemán (NSDAP) obtuvo el 37,4% de los votos y se convirtió en la primera fuerza política del Reich alemán- y 1939 -en que Hitler desencadena por fin la Segunda Guerra Mundial (1939-1945)-, la amenaza directa del nazismo empujó hacia Palestina a 200.000 judíos centroeuropeos (alemanes, austríacos, checos…) que, sin ese peligro y sin las restricciones crecientes a la emigración hacia América, jamás habrían ido a establecerse allá abajo. Fueron ellos quienes transformaron la precedente comunidad pionera judeopalestina en una sociedad de perfil completamente occidental, con sus clases medias, sus profesionales cualificados e incluso su incipiente burguesía; fueron ellos quienes convirtieron dicha sociedad (de unos 450.000 miembros en 1939, el 29 por ciento de la población total) en el embrión de un Estado. ¿Y cuál fue el motor de esa quinta aliá? Hitler. No es una coincidencia que sólo en 1935 -el año de promulgación de las Leyes Raciales de Nüremberg- arribasen a las costas palestinas 62.000 fugitivos de Europa.
Como era inevitable, la espectacular consolidación demográfica y económica del proyecto sionista desencadenó el miedo y la hostilidad de la comunidad árabe palestina, y nutrió una escalada de disturbios y violencias intercomunitarias que iba a culminar con la gran revuelta árabe de 1936 para convertirse en algo crónico. La potencia mandataria, la Gran Bretaña, intentó, por medio de comisiones, planes y conferencias, propiciar una conciliación imposible y luego, cada vez más inquieta ante la cólera creciente de un mundo árabe cuyo apoyo frente a Hitler no le convenía enajenarse, decidió dar un vuelco a su política en Palestina. El Libro Blanco británico de mayo de 1939 cerraba las puertas del territorio a nuevos inmigrantes judíos, cuatro meses antes de que el Führer nazi convirtiese el continente europeo en una ratonera mortal para sus 8,5 millones de habitantes hebreos.
Bibliografía:
[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.
[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.
[3] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Jutd– Madrid – Taurus – 2006.
[4] Europa en la era global; Anthony Giddens – Barcelona - Paidós. Estado y sociedad – 2007.
[5] Los orígenes del totalitarismo; Hannah Arendt – Madrid – Alianza -2006.
[6] Oriente Medio. Crisis y desafíos; Alain Duret – Barcelona – Salvat -1995.
[7] En defensa de Israel; VVAA – Barcelona – Libros Certeza – 2004.
Tags: Aliá, Antisemitismo, Asimilación, Balfour, Dreyfus, Emigración, Herzl, Historia, Hitler, Israel, Palestina Posted in
Israel |
No Comments »
|
|
|