Hace casi un siglo José Ortega y Gasset advertía los hechos que, a su juicio, debían conducir de forma casi inexorable a la creación de una nación europea:
a) Los pueblos europeos han convivido siempre juntos en la medida en que existe un grado elevado de interdependencia
b) Esta interdependencia produce, inexorablemente, la existencia de un poder público europeo, esto es, la necesidad de concertar las decisiones: hablar de “soberanías nacionales” carece de sentido.
En esta línea, Ortega preconizaba la creación de un ente que encarnara ese poder público europeo: los Estados unidos de Europa. La lógica de la interdependencia ha sido en realidad el motor del pensamiento europeísta desde hace casi un siglo. Los grandes europeístas han observado sistemáticamente la mutua dependencia entre los estados europeos y han creído que potenciando esta fuerza se puede avanzar hacia un mayor grado de cooperación. Ésta era la estrategia de Jean Monnet y de la declaración Schumann; crear solidaridades de hecho para hacer avanzar la integración. Ésta teoría encuentra su reflejo en el ámbito académico en el pensamiento funcionalista: David Mitrany en el periodo de entreguerras y Ernst Haas en la posguerra sentarán las bases de cómo se construyen entidades supranacionales a partir de solidaridades de hecho.
No obstante, para horror de los partidarios del progreso, desde hace aproximadamente veinte años, vienen registrándose críticas hacia la legitimidad de las decisiones a nivel europeo; se critica el hecho de que exista un llamado “déficit democrático”, un problema de representatividad del poder público representado por las instituciones de Bruselas.
Aunque los hechos sobre los que se asientan estas afirmaciones de falta de democracia son altamente contestables, existe un hecho objetivo: el ciudadano europeo no siente un “ownership” del proceso de decisión que se lleva a cabo en Bruselas y Estrasburgo. Existe una asimetría en la percepción de la legitimidad de las instituciones nacionales y las europeas: la opinión pública parece circunscrita a un ámbito puramente nacional, mientras que nadie sería capaz de identificar una “opinión pública europea”. No existe un verdadero debate a nivel europeo, sino una pluralidad de debates a nivel nacional.
La consecuencia natural de este hecho es la naturaleza intergubernamental de la Unión. El sistema por el que el poder público europeo toma decisiones, no es a través de un debate único entre europeos que transmite sus resultados a un gobierno europeo, sino un conjunto de 27 debates, que transmiten sus preferencias a los distintos gobiernos y representantes lo cuáles a su vez intentan conciliarlas a nivel europeo mediante la negociación intergubernamental. Pero, a diferencia de las negociaciones que se pueden llevar a nivel nacional en un parlamento entre grupos políticos, las negociaciones europeas no son vigiladas por la opinión pública y por lo tanto carecen de la legitimidad necesaria debido a que los ciudadanos no se sienten representados. A diferencia del nacional, donde la clave es la búsqueda del interés general, el contexto intergubernamental es percibido como un juego de suma cero donde los gobiernos luchan por sus propias preferencias.
Contrariamente a lo que profetizaba Ortega, no existe un genuino poder público europeo, ni un interés público europeo. La cuestión es, ¿por qué?
La tésis “nacionalista” Europa no es un Estado-nación
Desde el grito de Valmy, “vive la nation!”, la nación ha sido el corazón del Estado. La nación no es otra cosa que el soporte sobre el que se asienta cualquier Estado; es percibida como un ente orgánico unido por las fuerzas de la historia en un destino común. Para los contractualistas franceses (Rousseau, Sieyes, etc…) el gobierno debe ser la expresión de la voluntad general. La nación, entendida como un ente dotado de vida propia, emite sus deseos que los gobernantes deben esforzarse por cumplir. La forma en que se expresan estos deseos es mediante la representación política, la deliberación racional, y el debate.
Esta perspectiva suele tomar la existencia de naciones como una creación natural que simplemente se toma como dada. De alguna forma, ésta es una forma determinista de ver la nacionalidad: los individuos pertenecen, por su nacimiento, a una comunidad nacional y no pueden pertenecer a otra. Las naciones no se crean, mutan ni desaparecen, simplemente están ahí y es sobre ellas que debemos construir cualquier proyecto político. Las naciones se han formado a lo largo de siglos de historia, han modulado una lengua, una cultura, un imaginario político común cuyo peso es excesivo para ser borrado de un plumazo. Lo que mantiene unido a las naciones son unas señas de identidad comunes que crean la existencia de una “conciencia nacional”, un “We the people”, un sentimiento de pertenencia.
Desde este punto de vista, el veredicto sobre Europa y la ausencia de una genuina opinión pública es simple: Europa no es una nación y por lo tanto cualquier producto político será un producto bastardo e infectado de ilegitimidad. Europa si por algo se caracteriza es por una historia de guerras comunes, por la plurinacionalidad, por la diversidad cultural y lingüística y por lo tanto no hay lugar para un proyecto nacional común.
El futuro de la construcción nacional de Europa es además profundamente pesimista ya que esta tesis ve la construcción nacional como algo exógeno ya que es la “historia” y no los hombres los que construyen las naciones. No hay por lo tanto ninguna posibilidad de influir o de pretender crear una nación común.
Ortega criticaba esta visión nacionalista e historicista. Según la cosmovisión raciovitalista, el ser humano es fundamentalmente vital y la vida, tanto privada como pública, es sobre todo una proyección hacia delante. El pasado no debe jugar un rol determinista.
El problema de la tesis nacionalista es, como apuntaba Ortega, que tiene a la historia en su contra. Normalmente los Estados preceden a la existencia de “naciones” en sentido nacionalista. La historia, lengua y cultura común vienen a posteriori de la creación de una entidad estatal y no la preceden. Ortega observaba que de haberse apoyado en el pasado, Francia, Alemania e Inglaterra habrían quedado non natas.
Desde un punto de vista metodológico, la tesis nacionalista adolece de insuficiencias explicativas. No da ninguna receta sobre como nacen y mueren las naciones, ni explica el proceso de construcción nacional. En este sentido, no es una “explicación” sino más bien una “antiexplicación”: no hay explicación posible. La historia sin embargo muestra que las naciones nacen y mueren en situaciones concretas que en general son más o menos sistematizables.
Por otro lado, el mundo contemporáneo presenta una paradoja. Mientras que la conciencia nacional desparece en todos los lugares del mundo y a menudo se fragmenta, los Estados modernos continúan ejerciendo el poder como el primer día. Esto sugiere que existen fuerzas distintas de la conciencia nacional que mantienen unidos a los Estados.
El institucionalismo histórico: las naciones son equilibrios estables sostenidos por incentivos alineados
Ortega defendía que lo fundamental para una nación era la voluntad de hacer algo juntos. “No lo que fuimos en el pasado, sino lo que vamos a hacer mañana juntos, nos reúne en Estado”. Es el proyecto sugestivo de vida en común, el programa nacional el que debe tener sentido.
Ésta es también la perspectiva de la ciencia política moderna para la que los Estados no son entidades espirituales de carácter psicohistórico, sino mecanismos centralizados de provisión de bienes públicos y de organización de la vida en común. Bajo el peso del individualismo metodológico, la nación no es una entidad espiritual con vida propia, sino solo un conjunto de individuos con intereses personales y privados.
La construcción mítica de la nación rousseauniana se hunde: la democracia no es una forma trascendente de vida en común, sino una forma de agregar preferencias potencialmente en conflicto, una máquina de generar aditividad no nula.
La forma en que las naciones nacen y desaparecen es también explicable. Las naciones son actores colectivos. La razón por la que nacen es, en terminología económica, la existencia de un equilibrio de Nash autoreforzado a lo largo de la historia por la fuerza de los rendimientos crecientes que crea un efecto de “path dependence”. Las naciones se forman por accidentes históricos y una vez formadas tienden a consolidarse en un equilibrio de intereses.
Pero, estos accidentes históricos no son naturales, sino el producto de acciones de individuos que como todos los demás maximizadores de utilidad, responden a incentivos. Lo que caracteriza a un equilibrio de Nash es la posibilidad de que existan muchos ya que su existencia se debe solamente a que las estrategias de los individuos coinciden los unos con los otros. Esta es la tesis del creador del institucionalismo histórico, D. North, que explicaba las instituciones como mecanismo de cooperación que, una vez creados, podían perpetuarse a lo largo de la historia a pesar de ser sub-óptimos en su forma. Pero a su vez, North explicaba que un cambio en los precios relativos puede producir un cambio en las instituciones. Cuando el coste de progresar hacia un nuevo equilibrio es menor que el de mantenerse en el actual, se produce un cambio institucional.
Si somos capaces de entender qué incentivos deben coincidir o estar alineados para que surja este equilibrio, podemos crear y hacer desaparecer naciones. Es cierto que los costes de moverse de un equilibrio nacional (el status quo) a otro pueden ser costosos, pero no es en ningún caso imposible.
¿Cuál es la razón que hace a la unión tener una legitimidad débil? El hecho de que los ciudadanos no participan -no sólo en términos de voto, sino también de vigilancia a través de los medios de comunicación, de debate público, etc.- en el proceso político y por esa razón lo perciben de forma ilegítima. Pero, ¿cuál es la razón de la escasa participación? Bajo un marco individualista no es “el sentimiento de pertenencia” sino la lógica de la satisfacción de preferencias: a nivel individual, dadas unas preferencias y unos recursos, es racional no participar.
En primer término, por la falta de intereses comunes a nivel europeo. La unión europea trata temas fundamentalmente apolíticos tales como regulación, política comercial donde el consenso es más o menos amplio. El presupuesto europeo es relativamente pequeño y por lo tanto la UE tiene una capacidad redistributiva muy débil. Esto hace que participar a nivel europeo tenga unos réditos muy débiles.
Un segundo motivo es que los costes de participación son altos. En la medida en que la cultura política (entendida como la existencia de una lengua común, unos ejes de confrontación, etc…) es algo que reduce los costes de la participación, y que la cultura política europea es distinta de la que los ciudadanos conocen (la nacional) participar es complicado. El ciudadano europeo está acostumbrado a sus temas de debate nacionales a su a sus instituciones nacionales, a unas claves para entender la política. Esta cultura política se forma a través de los medios de comunicación y el sistema educativo. En la medida en que el esquema institucional europeo es muy distinto del nacional, que los temas de debate difieren, que no existe una lengua común ni unos medios de comunicación comunes, participar es individualmente costoso para el ciudadano europeo.
En tercer lugar, los recursos de legitimación de la unión son débiles en los espacios públicos nacionales. Los políticos nacionales vienen usando la Unión como chivo expiatorio desde hace treinta años para justificar sus propios fracasos políticos. Sin embargo, dado que las instituciones no pueden justificarse (haciendo declaraciones, esgrimiendo una legitimidad democrática) esto reduce la capacidad de legitimación de la Unión.
Si los réditos son débiles y los costes son altos, el resultado es previsible: la participación será baja y la legitimidad también. Sin embargo, bajo la óptica institucionalista, ninguno de estos factores (los costes y los beneficios de la participación) son una fatalidad. Ya que somos capaces de explicar su origen, podemos pensar las condiciones bajo las cuáles serían distintos: reduciendo los costes de participación, aumentando lo réditos e incrementando los recursos de legitimación de la unión.
1. Aumentar los beneficios de la participación:
La primera forma de progresar hacia la construcción de los Estados Unidos de Europa es aumentar las competencias de la unión. Parafraseando a Kennedy, si el ciudadano europeo entiende que la unión puede hacer más cosas por él, es probable que piense que él puede hacer más cosas por la unión. Cuando los ciudadanos empiecen a entender que sus empleos, su nivel de renta y su bienestar dependen en buena medida de las instituciones europeas, comenzarán a interesarse por el debate a nivel europeo. Esto aumentará la participación que a su vez aumentará la legitimidad de la unión progresando hacia un nuevo equilibrio.
Ejemplos de políticas sensibles que la unión podría llevar a cabo correctamente son la política exterior o mecanismos de Estado del bienestar, fundamentales para ajustarse bajo el régimen del euro cuando hay un choque asimétrico.
2. Reducir los costes de la participación:
Aumentar los réditos de la participación para el ciudadano no sirve de nada si no se le dota de capacidades para entender el proceso político europeo lo cuál podría agravar el déficit de legitimidad si un aumento de competencias no va acompañado de un aumento de la legitimidad.
Una primera medida sería simplificar el barroco funcionamiento de las instituciones europeas: las instituciones, se dice, son complicadas y oscuras en su funcionamiento. No obstante, no lo son más que las instituciones federales americanas o belgas, de modo que el argumento no es decisivo aunque sí relevante.
Lo que sí es en cambio distinto es la ausencia de una cultura cívica común: la cultura política se crea a través del sistema educativo, los medios de comunicación, y demás mecanismos de transmisión entre los centros de decisión y los ciudadanos. Así, una segunda medida sería el fomento de una cultura política europea. Una forma de fomentar esto sería reformar la educación de forma que se enseñe el funcionamiento de las instituciones, legislar para que los espacios de debate nacionales traten temas europeos (obligar a la prensa y a los parlamentos nacionales a debatir las comunicaciones europeas, por ejemplo).
Otra medida sería fomentar una lengua común, que en el caso de Europa, debería tratarse indudablemente del inglés. Esto permitiría a los europeos llevar a cabo un proceso de decisión político único a nivel europeo, con unos medios de comunicación comunes y un parlamento común.
3 Aumentar los recursos de legitimación de las instituciones europeas:
Las instituciones europeas deben ser capaces de legitimar su acción. Permitir a los miembros de las instituciones, por ejemplo, comparecer ante los parlamentos nacionales, les permitiría justificarse a nivel nacional. Obligar a debatir las decisiones europeas en el entorno nacional reduciría la indefensión de la Unión ante las oligarquías políticas nacionales ya que les otorgaría una capacidad de defensa. En este sentido, sería deseable incrementar los vínculos entre los parlamentarios nacionales y los parlamentarios europeos.
Una palabra de prudencia es necesaria. Lo que caracteriza a un equilibrio de Nash, como lo es un equilibrio institucional, es el hecho de que está sostenido por las expectativas de la acción de los individuos. Las instituciones se adaptan las unas a las otras y se autorrefuerzan. Una de las razones por las que la Unión ha fracasado en su intento de aumentar su legitimidad es que sólo ha intentado hacerlo mediante la reducción de los costes de la participación. Se ha aumentado la transparencia y simplificado el proceso de decisión a nivel europeo y sin embargo, para sorpresa de muchos autores, la Unión sigue siendo cada vez más impopular, y la participación no ha aumentado. La razón de este fracaso es, no sólo lo modesto de las reformas en este campo (aún siendo más transparentes, el proceso de decisión sigue siendo rebuscado y las culturas políticas, divergentes) sino también que se han descuidado las otras dos direcciones: aumentar los recursos de legitimación de las instituciones e incrementar el beneficio de participar. Sólo combinando las sinergias de estos tres aspectos es posible continuar construyendo Europa como genuino proyecto nacional.
El institucionalismo histórico nos da también algunas pistas para la forma y el ritmo en que debe hacerse este proceso. En la medida en que el equilibrio institucional nacionalista todavía subsiste (los pueblos europeos tienen no se sienten europeos sino de su país concreto) el progreso hacia un nuevo equilibrio debe ser lento y acompasado. Mientras que aumentar las competencias de la unión o reforzar los recursos de legitimación de las autoridades europeas es solo una cuestión legislativa, empezar a adaptar nuestro sistema educativo a la forja de una cultura política europea, enseñar una lengua común, una historia y un conjunto de tópicos políticos comunes hasta que esto se transforme en una único cultura europea, es un proceso lento y relativamente largo.
El hecho queda, sin embargo, que las medidas necesarias para progresar en esta dirección no se están tomando. Una primera medida de transformación sería, como se ha sugerido más arriba, combinar un aumento modesto de competencias en política exterior con una legislación que obligue a la prensa y parlamentos nacionales a discutir sobre el asunto. Si el debate se llevara a cabo en el parlamento europeo, y esto fuera retransmitido por los medios europeos, esto llevaría a un verdadero proceso de decisión europeo.
Las lecciones para el futuro que podemos aprender del institucionalismo histórico son varias. La primera es que las naciones son sólo alineaciones de incentivos bajo la forma de equilibrios de Nash. Esto significa que no hay una entidad metafísica subyacente que sea necesaria e inevitable para la existencia de un Estado nación. Es suficiente, al contrario, con que haya incentivos suficientes para que esto surja.
La segunda lección es la que concierne al rol de los hombres en la construcción de Europa. Somos los ciudadanos europeos los que construimos Europa. La construcción nacional depende de nosotros, las naciones se asientan sobre la voluntad común y no sobre el pasado. Los mecanismos de ingeniería institucional pueden y deben modificar la situación. El advenimiento o fracaso de los Estados Unidos de Europa no es por tanto una cuestión de fatalidad histórica, no es una cuestión predeterminada: corresponde a los europeos, con nuestra responsabilidad moral, hacerlo posible o no. Más concretamente, somos los federalistas los que debemos esforzarnos por militar a favor de los Estados Unidos de Europa, como ya hicieran los federalistas americanos, explicando sus ventajas y señalando los mecanismos de su posibilidad.