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Archive for the ‘Sin categoría’ Category

Estabilización en España y en Europa

Lunes, Mayo 24th, 2010

1.-Salarios, empleo, crédito y política monetaria en el último ciclo de la economía española

La esencia del sindicalismo es la negación de la ley de la oferta y la demanda en el mercado laboral. Al fin y al cabo, cuando se acepta la ley de la oferta y la demanda, los sindicatos solo pueden afectar los salarios mediante la creación deliberada de desempleo involuntario.  

Sin embargo el mercado laboral no es una excepción a las leyes de la economía, y la evolución de los salarios y el empleo en el último ciclo de la economía española es un ejemplo de manual de que la ley de la oferta y la demanda funciona. Desde 1996, la precarización de las condiciones laborales en España pemitió al mercado absorber las tasas de desempleo de dos dígitos de finales de los ochenta y principios de los noventa. En el periodo 1996-1999, la economía española convirtió a gran velocidad parados en mileuristas. Después, una vez absorbido el desempleo, debería haber empezado el aumento de los salarios. Pero nunca ocurrió. Por una parte, una vez  reducido drásticamente el desempleo español, empezamos absorber el de Ecuador y Marruecos, sin que los sindicatos, siempre preocupados por los salarios, tuviesen nada que decir sobre el aumento la oferta de trabajo (¡!). Curiosamente la misma izquierda que criticaba el modelo de crecimiento español  (que respondía racionalmente al hecho no tiene sentido esforzarse en aumentar la productividad cuando el país podía disponer de una cantidad ilimitada de factores fácilmente importables) apoyaba sin fisuras seguir extendiéndolo mediante la importación masiva de la mano de obra barata en la que se basaba.

Por otra parte, a pesar del estancamiento de los salarios reales, la demanda (=consumo + inversión) creció con el recurso al crédito barato, resultado de una política del BCE que respondía a las necesidades económicas de Francia y Alemania, y que finalmente se ha demostrado catastrófica para los países periféricos del área del euro. Ese crédito barato y la ausencia de un mercado del alquiler, provocaron la peor burbuja inmobiliaria desde la de Japón. De forma que el crecimiento económico en España desde 2002 consistió en que la no muy boyante clase media española tomaba prestados fondos de Alemania para importar bienes de equipo (normalmente también alemanes), combinarlos con el trabajo de albañiles rumanos[b1] , ecuatorianos y marroquíes y  producir casas artificialmente caras, en parte por la inflación de costes y activos que el crédito barato había provocado, y en parte porque sin mercado del alquiler el precio de la vivienda es básicamente arbitrario. Todo esto, sin que los salarios reales aumentasen, ya que sufrían una permanente presión a la baja derivada del enorme flujo migratorio, y del efecto inflacionista de las entradas de dinero alemán. Una triple “burbuja”, inmobiliaria, de deuda y migratoria.

No obstante, aunque los salarios reales no aumentaron en el ciclo alcista, los salarios nominales han aumentado muchísimo. Mil euros, nuestro paradigmático salario basura, es mucho dinero en el contexto de la economía global, y a la vez que los enormes flujos financieros del resto del área del euro entraban en España, generando un fuerte diferencial de inflación, la economía española mantenía un crecimiento moderado de las exportaciones, y  brutal de las importaciones. España lleva muchos años perdiendo competitividad, y solo hay dos caminos para recuperarla: aumentar la productividad (lo que siempre es un proceso lento, en el que ninguna política de corto plazo puede incidir) y/o rebajar los salarios.

El primer (aunque insuficiente paso) ya se ha dado con los salarios públicos; ahora toca dar los pasos correspondientes en el ámbito de los salarios privados; ya sea mediante una reforma laboral liberalizadora (y muy liberalizadora: aquí no valen medias tintas) o mediante una firma generalizada a la baja (y mucho) de los convenios colectivos. Lo ocurrido en España era un proceso conocido, la llamada crisis Blanchard. Y la única solución a esa situación dentro del área del euro pasa por pasar muchos años con una inflación negativa respecto del área del euro (mientras amortizamos parte de  la deuda exterior) para recuperar parte del diferencial de inflación que ganamos en los años “buenos” del ciclo. Si el esfuerzo se realiza de forma rápida y coordinada (como propone Blanchard) nos ahorraremos repetir en España la década perdida de Portugal. Si no, solo queda dirimir si vamos hacia un larguísimo y terrible estancamiento económico con tasas de paro permanentemente superiores al 15%, o hacia una catástrofe financiera.

2.-¿Qué Exigir al Gobierno?

Hace ya casi dos semanas, que, obligados por los mercados, y por los millones de “especuladores” entre los que usted se encuentra si no ha comprado Deuda Pública en los últimos meses, el Gobierno acometió un plan de estabilización necesario, aunque claramente insuficiente.  El recorte a los funcionarios ha sido escaso, y sobre todo desigual. Si algo caracteriza a la función pública es que mientras los puestos administrativos están pagados significativamente por encima de los salarios de mercado (es mejor ser secretaria o conserje en el sector público que en el privado), los altos cargos reciben salarios en general bastante peores que los que tienen cargos similares en el sector privado. Una reducción lineal de los salarios públicos del 10% hubiese sido mucho mejor, aunque en este país de demagogos (lógicamente gobernado por un demagogo) parece que es imposible tomar una medida correcta sin añadir alguna concesión a la gilipollez reinante.

Una vez hemos tocado los salarios de los funcionarios, es importante que las 17 Taifas no “compensen” con el dinero y el crédito de todos, a sus propios trabajadores. Y lo que vale para las Taifas, vale también para los pequeños cacicatos municipales, que no olvidemos que son las administraciones más corruptas e insaciables de un Estado particularmente corrupto e insaciable.   No puede ser que la administración central acabe siendo la única pagana de esta crisis.

Por otra parte parece que los pensionistas son las vacas sagradas del Régimen demagógico, así que no importa lo cerca que estemos del abismo, o los enormes costes que ya ha provocado la crisis, para ellos la congelación de sus rentas es un sacrificio intolerable en un año en que millones de trabajadores han perdido su empleo, miles de empresas han cerrado, todas han visto una caída brutal de sus beneficios, los funcionarios han perdido poder adquisitivo, los cobros de intereses se han desplomado, el Estado se aproxima a la quiebra y la inflación estructural es negativa por primera vez desde la II Guerra Mundial

En todo caso, ahora lo que importan son los recortes adicionales. Los presupuestos generales del Estado incluyen la asombrosa cifra de siete mil millones de euros (un 20% más que el recorte de los funcionarios) en políticas de “fomento del empleo” que no parecen fomentar gran cosa. Esos siete mil millones de euros acaban en el bolsillo de los sindicatos y la patronal en forma de cursos de formación y otros pesebres. Se pueden recortar o eliminar.

Llega el momento (y si no es en este recorte, será en el próximo, porque este no es el último) en que a la oposición se le va a pedir que se ponga de parte del Gobierno. El PP debe poner como condición (aparte de un control estricto de todos los inevitables intentos autonómicos por saltarse la austeridad nacional) que se recorten esos siete mil millones (en cinco mil como mínimo).  Esa única exigencia desenmascararía a este Gobierno como un títere del sindicalismo de opereta, o sellaría definitivamente su compromiso por abandonar (más vale tarde que nunca, y ojalá pagándolo en votos) las mentiras y la demagogia de los últimos dos años.

Lo que no puede ser es que un partido presuntamente de derechas, que debe representar la ortodoxia y la racionalidad económica intente pasar a este Gobierno por la izquierda, aliándose con las fuerzas sindicales contra un plan de estabilización caracterizado precisamente por su tibieza. Al enfrentarse a estos recortes incondicionalmente y ponerse implícitamente de parte de los sindicatos, el PP se convierte en un partido in-elegible y traidor, y deja la cordura a este Gobierno de locos. De lo que se trata, precisamente es de lo contrario: de exigir al Gobierno que rompa con los aliados y el discurso que desde hace dos años solo ha contribuido a empeorarlo todo.

3.-¿Cómo salvar al Euro?

Hasta aquí lo que se puede hacer desde España. Pero no basta.

En 2004 ya hacíamos notar en este blog que todos los éxitos coyunturales del euro solo ocultaban un enorme fracaso estructural. Seis años después ha quedado claro que necesitamos una política fiscal común en la UEM. Sin esa política común, cuanto antes se rompa el euro, mejor, porque se romperá de todas formas, y encima después de hacer indecibles sacrificios para salvarlo. Esta crisis solo se puede resolver con dos recetas: más ortodoxia económica, y más Europa. Mejor aún: una Europa de la ortodoxia económica.

Ya ha quedado claro que la gestión nacional del déficit público con una moneda común y 13 soberanías es insostenible. La clase de competencia por el endeudamiento que describí hace unos años ya está aquí. En última instancia, lo fiscal y lo monetario están demasiado íntimamente unidos en un régimen de moneda fiduciaria para permitir la quiebra de ningún soberano en la UEM. Por ello,  es necesario crear una política fiscal común creíble, o convertiremos al Euro en una nueva lira turca. Las limitaciones de Maastrich (un máximo incondicional del 3% de déficit para todos los países de la UEM, con independencia del punto del ciclo en el que se encuentren) son absurdas fuera de las condiciones macroeconómicas de la “La Gran Moderación” en las que se firmaron. Para España, por ejemplo, un déficit del 1% en 2006 era criminalmente expansivo, y ahora mismo, solo un enorme esfuerzo de austeridad podría llevarnos a un déficit del 6% el año que viene (por debajo de eso, tendríamos una catástrofe social sin paliativos).

No nos vale Maastrich, y no nos valen las emisiones nacionales de deuda pública. Y no valen parches,  ni planes ad-hoc, y sobre todo no vale arreglar esto con confusos pactos multilaterales. Necesitamos que las emisiones de deuda de la UEM sean comunes en forma de Eurobonos, que se prohíban las emisiones nacionales (y sub-nacionales) de deuda pública, y que una agencia europea tenga control ejecutivo directo y capacidad de auditoría sobre la situación financiera de los miembros del área del euro.

Y la misma agencia que audite las cuentas y emita los Eurobonos debe establecer los programas de amortización/endeudamiento de los Estados miembros mediante un procedimiento automático (una fórmula) que sea sensible al stock de deuda del país, y a su crecimiento corriente y potencial, en vistas de lograr una convergencia entre países a un nivel de deuda pública que debería estar para todos entre el 40 y el 70% del PIB y para el conjunto del área cerca del 50%, de una forma compatible con la evolución cíclica de los distintos países. Una política así es especialmente necesaria cuando varias economías distintas comparten una sola política monetaria, y por tanto están obligadas a utilizar herramientas fiscales para gestionar sus desacoplamientos cíclicos.

Esto no significa que los presupuestos (ingresos y gastos) de los Estados se sustraigan del control parlamentario y democrático. Solo significa que los déficit/superávits (=Ingresos-Gastos), no solo deben quedar lejos de los Parlamentos, sino también lejos del poder del cartel de gobiernos europeos (ECOFIN). Necesitamos una agencia europea de la financiación pública tan independiente como el propio Banco Central, y con un mandato igualmente técnico y claro.

Espero (aunque no creo) que esto sea políticamente viable, pero si no lo es, el euro se romperá, o merecerá hacerlo.

Energía Potemkin

Sábado, Abril 25th, 2009

1.-Trabajos verdes

Nada me aterra más profundamente que ver a los políticos mentir descaradamente. Por descaradamente no me refiero a hacer promesas imposibles, o a negar responsabilidades políticas evidentes, o a decir “no hay guerra en Laos” sino a usar datos falsos o a emplear argumentos ampliamente desacreditados, que una mínima indagación con Google o una consulta a un profesional podrían resolver fácilmente y sin controversia. Y me asusta porque si mienten en estas cosas es porque funciona, y solo puede funcionar porque el periodismo está podrido o vendido. Probablemente esta podrido, y lo está por la perversión postmoderna del principio de objetividad. Para la postmodernidad, la objetividad consiste en exponer las dos versiones de lo ocurrido; para la modernidad, ser objetivo consiste en indagar lo que ocurrió.

Bien, en los últimos meses el Presidente de los Estados Unidos nos ha querido convencer de que una medida para salir de la crisis es producir la misma electricidad a un precio superior. Parece que gastar más horas-hombre en producir los mismos kilowatios-hora de electricidad es una medida para luchar contra el paro, y recuperar una senda de crecimiento. La verdad es que reducir la productividad, en cualquier sector es una de las medidas más fáciles de implementar. Basta alargar los cafés, llegar tarde al curro, y en general, estarse quieto, o si uno tiene una irrefrenable necesidad de trabajar, producir los bienes y luego destruirlos. Aunque si se trata de producir empleos, lo realmente bueno es contratar gente para mover papeles; menos molinillos y más subsecretarías.

Evidentemente, los trabajos de más para producir los mismos kilowatios deben pagarse, y los tienen que pagar los usuarios de electricidad, o mejor, como en España, se dejan a deber, que ya lo pagará el siguiente Gobierno. El aumento de la presión impositiva (presente o futura) o el de los precios de la electricidad incrementarán los costes de las demás empresas y de las familias, lo que puede repercutir en una reducción de los beneficios, y por tanto al final en un recorte del empleo, o en una caída de los salarios.

Desde una perspectiva coyuntural, puede ser una buena idea “crear empleo”, para abordar las crisis o las reestructuraciones sectoriales con suavidad. Pero a medio y largo plazo, de lo que se trata es de producir más con menos horas de trabajo: a eso se le llama crecimiento. Las políticas energéticas son estructurales, y solo se deben plantear a largo plazo, y a largo plazo una política industrial centrada en crear empleo en un sector es una política diseñada para extraer rentas, y por tanto destruir empleo en todos los demás sectores: los sectores que generan bienes no comerciables internacionalmente van a ver un ascenso de sus costes, que antes o después acabarán en el consumidor, y los sectores que producen bienes comerciables sufrirán una pérdida de competitividad, que tendrá que repercutir en un descenso general de los salarios, o en un aumento del desempleo.

Aunque a mi no se me ocurren muchos, puede haber algún argumento a favor de las renovables, pero yo no estoy criticando en general los molinillos y otras formas de energía Potemkin; lo que hay que criticar es que el Presidente de los Estados Unidos utilice la creación de empleo como un argumento a favor de estas energías, cuando esa clase de análisis fue perfectamente refutado hace más de un siglo, algo recogido en cualquier manual decente de Economía Pública.

Bueno, la Universidad Rey Juan Carlos, ha hecho un esfuerzo para poner números a la broma de las renovables en España (con enorme repercusión): la gracia cuesta (mirar capítulo 3) en términos agregados 28.671 millones de euros, lo que significa que las subvenciones (solo las subvenciones) por puesto de trabajo en el sector son el doble del stock de capital de un puesto de trabajo medio en el resto de la economía (mirar capítulo 4). Así cualquiera crea “empleo”.

2.-Quemando el futuro: plantas de gas natural

Mientras tanto, en el mundo real, ha caído en mis manos esta nota del Boletín de Científicos Atómicos (hat tip a Crisis Energética), que deja bastante claro que las baterías para automóvil (no digamos para camión) están distantes de nuestra tecnología actual, un poco como la fusión nuclear, varias décadas en el futuro desde hace varias décadas.

Las tensiones en el mercado del petróleo solo se han moderado, y volverán con nosotros cuando la economía vuelva a mejorar, porque aunque el pico de producción probablemente se encuentre en algún punto de la década de los veinte, la demanda se intensificará, o al menos yo espero que lo haga, (porque los chinos y los indios tienen derecho a enriquecerse, y utilizar coches y otras bendiciones industriales) durante la década de los diez. Esto quiere decir dos cosas: necesitamos aumentar la electrificación de la economía (el peso de la electricidad en el mix energético secundario, formado fundamentalmente de energía eléctrica, gas y sobre todo refinados del petróleo) y generar la electricidad con carbón (si crees que la mitigación del cambio climático es innecesaria) o nuclear (si crees que debemos reducir emisiones). Pero hagamos lo que hagamos en el campo de la electricidad, no debemos olvidar que la parte del león del problema es que sin baterías eléctricas grandes seguimos atados al motor de combustión interna. Y cuando el tema del petróleo se ponga tieso de verdad, aparte de extraer de pozos más marginales, y de arenas asfálticas canadienses, antes o después utilizaremos el otro recurso fósil para el trasporte: el gas natural (evidentemente también se puede sintetizar combustible liquido del carbón, pero eso sería una fase posterior).

Bueno, pues gracias a Enron, y a las renovables, estamos cometiendo el peor crimen contra la próxima generación: quemar el gas natural para producir electricidad, que se puede producir con nuclear y carbón. En buena parte el aumento de la capacidad instalada en ciclos combinados de gas natural es la imagen en el espejo de los molinillos y la plaquitas solares. Esos cacharros producen electricidad cuando ellos quieren, y la electricidad no se almacena, y tú, querido lector, enciendes el ordena cuando te da la gana. Así que cuando el molinillo se echa a dormir, una incansable central de ciclo combinado entra en el pool de generación eléctrica. Ese gas natural que esa central quema hoy ya es caro, y mañana, cuando sustituya al petróleo en múltiples aplicaciones lo será mucho más.

[1] Si al lector le sorprende el título del post, quizá quiera leer esto.

Hayek, Friedman & Keynes: La Gran Depresión

Lunes, Diciembre 15th, 2008

1.-Ortodoxia micro; heterodoxia macro.

Probablemente mi característica principal como economista es un fuerte agnosticismo macroeconómico, una aceptación (crítica y matizada) de las finanzas modernas y una radical defensa de la microeconomía neoclásica basada en la Teoría de Juegos. Este es por tanto mi mapa intelectual, y es un mapa que describe certidumbres e incertidumbres: por eso este blog oscila desde una ortodoxia que al lector le puede parecer un tanto excesiva, hasta una heterodoxia que muchos ortodoxos pueden considerar inaceptable.

Aunque superficialmente la macroeconomía keynesiana se presenta como una generalización y ampliación de la microeconomía, la relación entre una y otra es muy conflictiva: las curvas de oferta y demanda de un bien son objetos más o menos bien definidos (al menos tanto como lo esté el propio bien). Conforme construimos curvas de más agregadas el realismo microeconómico se va difuminando, y en el límite las funciones keynesianas de oferta y demanda agregada son objetos que oscilan entre el esoterismo y el fraude. No obstante, me temo que en ciencia la función crea el órgano, y una vez se construyó toda una burocracia y unas técnicas estadísticas para medir agregados macroeconómicos, era inevitable que la teoría acabase tratando de aquello de lo que tenemos datos, signifiquen estos lo que signifiquen. Por eso, ahora todos somos keynesianos: porque nuestros datos lo son. O al menos lo eran, ya que cada día tenemos más datos a nivel individual, y más técnicas de agregación: pero old habits die hard, y seguimos sumando peras con manzanas, multiplicándolas por precios relativos, que a veces lo significan todo y otras, bastante poco.

No obstante, nuestro instrumental microeconómico y financiero da respuestas macroeconómicas, y por eso en este blog se escribe sobre macro, aunque al contrario que otros, que dicen tener todas las respuestas, aquí reconocemos lo que no sabemos, y por tanto estimamos incertidumbres; por eso  las propuestas que salen de “Equilibrio social” siempre están llenas de “opcionalidad”. Decidir bajo incertidumbre es principalmente mantener las opciones abiertas, y reaccionar a los datos.

Hoy vamos a hacer un pequeño tour por el debate económico más importante del siglo XX: el que se refiere a las causas de la Gran Depresión y a las políticas subsiguientes de mitigación.

 

2.-Hayek, Ramsey y la recesión de 1929

La esencia de la demagogia económica es la rebelión contra la escasez. Y de entre las formas de rebelión contra la escasez, la más importante es la rebelión contra la escasez de capital, es decir, contra el interés y el beneficio. Marx se refería al capital como “trabajo muerto” y estando muerto no veía razón para remunerarlo; siendo así, es posible que los ahorradores y los empresarios tampoco van razones para acumularlo.

 El tipo de interés real es un precio real; y como tal no se puede fijar sin alterar cantidades. Esto no es un resultado místico debido a alguna iluminación praxeológica, sino el resultado del modelo más sencillo de formación de los precios del capital (interés): el modelo de Ramsey. Este nos dice que el tipo de interés real (en ausencia de cambios en la población) es la suma de la tasa de preferencia temporal, y el producto de la aversión al riesgo de los agentes por el crecimiento de la economía:

                                    r=ρ+θg

El lector mira con cuidado la fórmula anterior, y busca en vano alguna variable que el Estado pueda modificar a voluntad. Entonces, se pregunta ¿cómo puede fijar Trichet los tipos de interés? Invito al lector a no buscar en vano: no puede. En el modelo de Ramsey solo hay bienes reales: unidades de consumo, y no dinero; adicionalmente solo hay un producto financiero: un contrato de renta fija indiciada al consumo. El tipo de interés del modelo, por tanto no es un tipo de interés monetario, sino real: en el mundo descrito por Ramsey la gente firma contratos denominados en cestas de consumo representativas y por tanto no hay inflación: si hoy te dejo dinero para comprar una barra de pan, el año que viene me tienes que dar dinero para comprar una 1.05 de barra de pan.

Trichet, claro está, es capaz de alterar el tipo de interés nominal, pero el tipo de interés real no. ¿Qué consecuencias tiene la manipulación política de los tipos de interés nominales cuando existe un tipo de interés real natural? La respuesta a esta pregunta es la esencia de la Teoría Austríaca del Ciclo Económico, y del Monetarismo. Quienes no se preguntan esto (normalmente porque no creen que el tipo de interés real es natural) son inflacionistas. Aunque los anti-inflacionistas nos echamos los trastos a la cabeza, tenemos en común el tipo natural, y comparado con esto, todo lo demás es comentario.

La respuesta a la pregunta central de la Macroeconomía anti-inflacionista es, no obstante, variada.

Volviendo a Ramsey, la primera repuesta es que al fijar la el tipo de interés a corto plazo (supongamos por debajo de su nivel natural) el Estado simplemente redistribuye renta desde los poseedores de renta fija (depositantes y tenedores de bonos) a los poseedores de capital (accionistas). Esta redistribución parece tener dos consecuencias inmediatas: en primer lugar favorece la actividad económica (la parte del empresario y sus socios en la renta del capital se amplía a costa de lo pagado a los prestatarios de fondos), y en segundo lugar es claramente regresiva en términos de renta, ya que los tenedores del capital suelen ser más ricos que los tenedores de instrumentos de renta fija. Adicionalmente la reducción artificial del interés aumenta (si los agentes no descuentan la inflación futura) la inversión, y el consumo y reduce el volumen de ahorro (en instrumentos de renta fija). En su lugar el Estado crea instrumentos de financiación, favoreciendo el consumo y la inversión.

¡Imposible! ¿Pintar billetes y aumentar el producto? Más bien pintar billetes y aumentar la inflación. El problema es que la realidad no se impone inmediatamente: cuando el Estado aumenta el volumen de dinero, el dinero inmediatamente estimula la compra de bienes de consumo y del capital (y la reducción de tipos, la disminución del ahorro: de ahí viene el consumo). Pero la inflación tarda un tiempo en aparecer. Y no siempre aparece donde estamos mirando, o mejor dicho, siempre lo hace, pero a veces tarda un tiempo.

La técnica de los bancos centrales en los últimos años ha sido pintar dinero (bajar tipos) hasta que la inflación sube por encima de su objetivo. Es una solución sensata, porque si la inflación está más o menos fija, los agentes no entran en ciclos de inversión insostenible asociados a la manipulación del tipo de interés (ya descuentan los efectos de segunda ronda de sus decisiones).

El problema es ¿que inflación?. Desde el punto de vista del  bienestar del consumidor la única que importa es la que miran los bancos centrales (en los bienes de consumo), pero desde el punto de vista de la inversión, es más bien la inflación de costes, y a veces de activos.  Si la inflación de costes y de consumo aparecen con retardos entre sí, la manipulación de los tipos impacta sobre las hojas de balance, y sobre las decisiones de inversión: el resultado es que aparecen inversiones fallidas, incluso antes de que empiecen a subir los precios de los bienes de consumo.

En conjunto la manipulación política del tipo de interés genera todo tipo de efectos (con diferentes velocidades) sobre los precios y las rentabilidades, que hacen más complicado colocar los recursos productivos, y contribuyen decisivamente al ciclo macroeconómico y en el peor de los casos a la desestabilización financiera. 

Durante el periodo 1920-1929 el Sistema de la Reserva Federal se implicó en una notable manipulación del tipo de interés, que dio lugar a una expansión monetaria y crediticia, y los intentos de la Reserva para evitar un alza de precios y una inflación de activos en 1928 empezaron lo que iba a ser una fuerte recesión.

El diagnóstico de Hayek (a pesar de sus mistificaciones sobre el alargamiento de la estructura del capital y sobre la deformación de la estructura productiva) era esencialmente correcto, y tanto él como Mises, lo vieron venir, cosa que por cierto no se puede decir de Fisher y Keynes.

A continuación vamos a ver porque pese a dar un diagnóstico correcto, Hayek propuso la peor de las curas, y porqué pese a tener un diagnóstico equivocado, Keynes propuso el tratamiento correcto.  El resultado de ambos hechos es que al acertar con el tratamiento, la profesión económica otorgó también la victoria teórica a la parte equivocada, con consecuencias que hemos arrastrado durante más de medio siglo.

 

3.-Explicar la Depresión: Friedman y el crack financiero

Si, la recesión de 1929 (y quizá unas cuantas después de esa) fue culpa de la Reserva, por sus prácticas inflacionistas entre 1920 y 1929. Pero la Gran Depresión de 1929 fue culpa de la Reserva por sus teorías liquidacionistas: justo lo contrario.

En varias oleadas entre 1929 y 1933, varios miles de instituciones de crédito quebraron. Cada vez que una entidad de crédito quebraba ocurrían tres cosas: en primer lugar, sus deudas con otras entidades de crédito (y las operaciones interbancarias siempre han sido muy dominantes en las hojas de balance de los bancos) se volvían incobrables. Esto impactaba inmediatamente sobre el activo del resto de entidades. En segundo lugar los ahorradores dudaban de la solvencia del sistema financiero, y empezaban a retirar sus fondos del pasivo de la entidad. Menos activos liquidables y más liquidaciones en el pasivo implicaban más quiebras: el efecto se volvía autocatalítico. Adicionalmente, el volumen de dinero bancario caía en cada quiebra y en un ambiente de extrema preferencia por la liquidez, los precios de los activos se desplomaban, conforme un dólar en mano hoy valía cada vez  más que los ciento volando que te prometían las acciones, bonos o el capital productivo.

Así fue como una fuerte recesión, que hubiese ido a engrosar la lista del NBER como tantas otras de las que el lector no ha oído hablar salvo que sea un experto en historia económica, se convirtió en la peor catástrofe económica de la Historia Moderna y probablemente en la causa del mayor conflicto bélico de la Historia.

¿Por qué se permitió? ¿Por qué se dejó quebrar todo sin que el Estado hiciese algo, lo que fuese?  En primer lugar porque nadie había visto nunca nada semejante, y porque los aprendices de brujo de la Reserva se asustaron de sus escobas mágicas, y cuando el tema se puso difícil hicieron lo que siempre hacen los banqueros: pedirte el paraguas porque está lloviendo, y claro, lo necesitan ellos.

Así que cuando las entidades fueron a la ventanilla de la Reserva, descubrieron que su prestamista de último recurso, sentado sobre el mayor becerro de oro que han visto los tiempos (porque la Reserva y el Tesoro eran entonces los mayores tenedores de oro de la Historia) no les dejaba el dinero, por temor a que el ternerito adelgazase un poco. Así, un banco tras otro. Y con cada banco sus depositantes: empresas y particulares. Todo en nombre del dólar, del patrón oro y del balance de la Fed.

No voy a extenderme más: el lector puede leer el libro de Friedman y Schwartz (o esta nota, que describe magistralmente los hechos y las teorías sobre la Depresión); no es historia de buenos y malos, ni siquiera de incompetencia. Es una historia de errores razonables magnificados por el multiplicador monetario.

Pero el lector no debe engañarse: la Historia no se ha repetido y los bancos no han quebrado; la convertibilidad entre el oro y dólar sigue suspendida setenta años después. Yo no simpatizo con la manipulación política del tipo de interés, pero el dinero de papel tiene una ventaja definitiva: se puede pintar si de verdad hace falta.

 

4.-Mitigación: Roosvelt, Keynes y las políticas de estabilización

Los bancos quebraron, y vino la Depresión. Entre 1929 y 1933 el PIB americano cayó un 30% y el empleo más de un 20%. Lo cierto es que fue una liquidación salvaje y totalmente desordenada. Las empresas y los consumidores se arruinaron simultaneamente, el dinero bancario se redujo en más de un 35%, y solo en Nunca Jamás y otros reinos fantásticos se siguen creyendo que las empresas que quebraron eran las  más ineficientes, o las que menos respondían a las necesidades de los consumidores. Quebraron las que tenían el banco equivocado, las que estaban en el lugar equivocado, o las que tenían menos reservas de efectivo. Fue una catástrofe indiscriminada, y la opinión pública tuvo el buen sentido de no escuchar a la administración, que repetía alucinadamente su credo calvinista de pecado y castigo, mientras ponía en marcha tres medidas científicamente diseñadas para rematar lo poco que quedase en pie: endurecer los aranceles, aumentar los impuestos y equilibrar el presupuesto, supongo que como sacrificio colectivo a Moloch (a Dios le suponemos amigo de la frugalidad, no del suicidio).

Hayek y von Mises se unieron al aquelarre liquidacionista, para desgracia propia y colectiva. En 1933, Franklin Roosvelt se convertía en el trigésimo-segundo presidente de los Estados Unidos, y empezó una política de mitigación, primitiva, en ocasiones demagógica, y al no levantar los aranceles, ni bajar los impuestos, en buena parte cómplice de los errores anteriores; pero un orden de magnitud mejor que nada.

En primer lugar los Estados Unidos abandonó el patrón oro, con lo cual las presiones deflacionistas que había soportado durante el periodo 29-33 se mitigaron. Nada iba a hacer volver los volúmenes de dinero bancario anteriores, y quedaba mucho para que el sistema financiero y la confianza volviesen pero la ruptura con el oro aumentó la facilidad de las empresas, particulares y sobre todo el Estado para obtener crédito: sobre esto la evidencia econométrica es bastante incontestable. En segundo lugar, Roosvelt estableció un estado de bienestar modesto, porque era bueno para recuperarse de la recesión, y porque mientras uno se recupera hay que hacer algo por la gente. El gasto en subsidios de desempleo, que en general es una lacra, fue en este momento de emergencia y sobrecapacidad una medida muy positiva desde el punto de vista del bienestar y positiva desde el punto de vista de la recuperación; y quizá salvo a la República de caer en la revolución o el fascismo. En tercer lugar Roosvelt hizo una vigorosa política de inversión pública que en una época de recursos ociosos (no había ni proyectos de inversión, ni expectativas de consumo) no se hizo a costa del sector privado ni del crecimiento.

Hasta aquí los aciertos. Pero no debemos dejar pasar sus tres errores esenciales: el primero, flirtear con el socialismo, y asustar al capital: nunca sabremos cuanto costaron estos flirteos, pero pudo ser mucho. El segundo, apoyar a los sindicatos, intentando mantener el nivel salarial, a costa de la actividad (justo lo contrario de una política real de estimulación, que fomenta la actividad con el gasto,  dejando que los salarios ajusten). En tercer lugar, Roosvelt no hizo una política suficientemente keynesiana: si, es cierto que aumentó el gasto, pero también los impuestos. Y el estimulo agregado es igual al volumen de endeudamiento del Estado: una política de estimulación reduce los impuestos en la crisis, y los aumenta después. El fetiche del equilibrio presupuestario prevaleció, y en efecto, el Estado debe guardar ese equilibrio, sobre el ciclo. El keynesianismo consiste en mover la inversión pública hacia los momentos de recesión y ahorrar en los de bonanza. Roosvelt no hizo eso: gastó mucho, y recaudó mucho. En una etapa de sobrecapacidad en parte esto es estímulo (el gasto y la inversión privados estaban moribundos), pero no debemos olvidar que moribundos no es lo mismo que muertos, y los impuestos contribuyeron a retardar la recuperación del sector privado.

En 1936, Keynes publicó su Teoría General. A pesar de que en su momento se trató como una obra mesiánica que pronto ocuparía un lugar parecido a los Principia de Newton, la Teoría General no explicaba ni remotamente la Gran Depresión; pero describía (con algún acierto) las medidas de recuperación que se deben aplicar en una economía como la que prevalecía en aquel momento. Desgraciadamente el libro, con toda su imprecisión se convirtió en el fetiche académico de la época y fue re- y mal- interpretado durante los siguientes 30 años. La Teoría General no explicaba el porqué de la Depresión, y su peor consecuencia fue que cerró en falso el debate teórico de las causas de la misma, hasta que Friedman lo reabrió en los años sesenta, en la antesala de otro gran ciclo recesivo, este si, hijo natural del keynesianismo.

 

5.-¿Todos somos keynesianos?

Mucho más de lo que deberíamos, si. También va por Friedman: es cierto que era un keynesiano anti-inflacionista (es decir, que creía en el tipo natural), pero keynesiano al fin.

Las magnitudes agregadas son lo que más interesa a la hora de diseñar políticas; pero muchos de los stocks  agregados (los factores capital y trabajo) distan mucho de ser objetos homogéneos, y su diversidad tiene consecuencias a nivel macroeconómico. Es cierto que el IPC, el PIB o el desempleo tienen relaciones lógicas entre si, pero no es menos cierto que la evolución de los precios relativos, o los impactos de diferentes variables financieras sobre las hojas de balances de empresas y particulares tienen también consecuencias.

El ahorro y la inversión, que en los modelos agregados son idénticos, en el mundo real están mediados por un sector financiero, cuyo comportamiento acaba siendo probablemente el mayor determinante del ciclo económico, y que la macro moderna, con su insistencia en modelos de agente representativo, y su utilización de datos agregados  no puede captar. La economía computacional, la microsimulación y los avances en teoría bancaria nos permiten ir más allá del análisis de las magnitudes agregadas o de los meros razonamientos económicos, para obtener, dentro de la tradición del reduccionismo social (individualismo metodológico) una mejor comprensión del ciclo económico, y una regulación del sistema financiero que nos ofrezca más estabilidad.

En todo caso el debate sobre la Gran Depresión arroja, casi ochenta años después de aquella catástrofe tres lecciones fundamentales: en primer lugar, podemos revindicar la explicación hayeckiana de los orígenes del desastre; en segundo lugar, al trabajo de Friedman le debemos una descripción definitiva de cómo una mera recesión macroeconómica se escaló hacia una gigantesca Depresión a través del canal bancario y monetario. Finalmente, el keynesianismo, en un ambiente de destrucción del sector financiero ofreció una vía para mitigar y probablemente acortar la Depresión.

Liquidación de inversiones

Sábado, Octubre 18th, 2008

1.-Reestructuración del sector financiero

Hace ya más de un año que me refería a la gestión ortodoxa de las crisis financieras, bajo el principio fundamental de que los bancos no pueden quebrar. No obstante, en ocasiones los bancos están quebrados: ya sea porque el volumen de sus deudas supera al de sus activos (insolvencia) o porque no tienen dinero para afrontar sus obligaciones (iliquidez).

Para los casos en los cuales un banco se encuentra con que tiene un déficit transitorio de liquidez, basta que el Banco Central ofrezca al banco un crédito contra un colateral de calidad. ¿Qué hacer cuando un banco es insolvente, o fuertemente ilíquido (es decir, la maduración de sus inversiones está lejos y los mercados no proveen refinanciación)?

La respuesta desde 1929 siempre ha sido clara: cuando el Banco Central se encuentra ante una institución insolvente o fuertemente ilíquida,  la interviene, y los accionistas pierden integramente el valor de sus acciones, los poseedores de deuda mantienen el valor de la misma (salvo quizá un pequeño descuento) y los depositantes mantienen sus depósitos integros.  Después, el Gobierno intenta vender la entidad a otro banco, y si ninguno lo quiere, lo recapitaliza y vuelve a intentarlo. Si después de repetir el proceso hasta niveles de  recapitalización razonables el banco sigue sin comprador, el Estado mantiene sus operaciones y trata de liquidar la entidad  en un tiempo razonable (años como mínimo), manteniendo la posibilidad de venderlo si hay algún comprador.

Las cosas se estaban haciendo así hasta que Ben Bernanke (que quizá no ha leído todos sus papers sobre la Gran Depresión), decidió permitir la quiebra de Lehman Brothers, ya que se suponía que no tendría implicaciones “sistémicas”. La primera quiebra de un banco de inversión generó inmediatamente dos efectos: por un lado, un fuerte daño a la cadena de pagos, ya que muchos bancos tenían posiciones con Lehman que no pudieron liquidar, y que ahora están perdidas en un limbo jurídico por varios años. En segundo lugar, un puro y duro “bank run” institucional: los bancos han visto pérdidas millonarias y retrasos en sus cobros, y han ido inmediatamente a las ventanillas de sus deudores. A continuación de la quiebra de Lehman, permitida para demostrar que la Reserva “no lo rescataba todo”, la Reserva tuvo que rescatarlo todo.

Evidentemente si en algún país (de Europa, o en USA) se permite la quiebra de un solo banco, en el actual estado de nervios, veremos un “bank run” de depositantes individuales: y eso si sería como la crisis de 1929.  Por tanto si alguna entidad está en una situación difícil, el Banco Central debe intervenirla, pero en ningún caso debe permitir que quiebre. Dejar que una entidad bancaria quiebre es como dejar que una central eléctrica deje de funcionar porque la empresa propietaria está en bancarrota: nadie en su sano juicio defendería dejar a una ciudad sin luz por los problemas financieros de una eléctrica, y lo mismo vale para un banco.

Los bancos pueden morir, pero no deben quebrar: un banco siempre debe ser deglutido por otro en un proceso de fusión; los accionistas de los bancos mal gestionados deben perder su inversión, los directivos y parte de los empleados su trabajo, pero la institución nunca debe detener abruptamente sus operaciones.

2.-Liquidación de inversiones reales

La tentación opuesta a la de dejar quebrar los bancos es la de extender el crédito. Esta es una receta para un desastre no tan inmediato, pero no menos profundo.

Prestar dinero a una inmobiliaria para acabar una promoción muy avanzada tiene sentido: prestárselo para iniciar una nueva es absurdo: no importa cuantos parados haya en el sector, construir casas, cuando las casas sobran no es un trabajo. Es mejor pagar el paro a esos trabajadores que darles un empleo falso.

Ahora se dice en múltiples que el sector financiero está hipertrofiado, y que debemos volver a una economía “real”.  Pero el sector financiero solo ha tomado el ahorro de los trabajadores y empresarios asiáticos (los ganadores netos de la globalización, que aún no han ajustado su nivel de consumo a sus nuevas rentas) y se lo ha prestado a los consumidores occidentales (los perdededores netos de la globalización que todavía no han ajustado [a la baja] su gasto a su renta).

En una economía capitalista, al final el nivel de consumo y el nivel de producción (para un individuo o país) tienen que igualarse. Y eso significa que nuestra estructura productiva, que todavía no se ha ajustado a la nueva realidad de la Globalización (con su igualación global de rentas) debe ajustarse. Millones de chinos e indios tienen dinero para abandonar sus bicicletas y pasarse a la moto o al ricksaw motorizado. En sentido contrario, muchos deben dejar su 4×4 y pasarse a un Seat Leon; otros deberán dejar su Leon y pasarse a un Dacia. La liberalización no es un juego de suma cero, pero tiene ganadores (ellos) y perdedores (nosotros) aunque el neto es muy positivo. Todos los intentos de evitar esta igualación mundial de rentas mediante el proteccionismo solo pueden empeorarlo todo, porque nuestras estructuras productivas ya están irreversiblemente interrelacionadas.

En un mundo donde el consumidor representativo ya no es un inglés que gana 20.000 libras anuales, y quiere gastar en turismo, en ropa de marca y en tonos para el movil, sino un hindú con tres hijos que quiere mandarles a estudiar, que les tiene que dar de comer y que quiere un coche, la economía tiene que cambiar para satisfacer esas nuevas preferencias. Y tiene que ser una economía más de ingenieros que de publicistas.

Pero el lector no debe creer que hay futuro en la “reindustrialización” forzada y antieconómica. No se trata de ir hacia atrás hacia estructuras de producción más sencillas, y hacia sectores en los que no podemos tener valor añadido. Se trata de diseñar, adaptar y producir bienes de equipo, de invertir en tecnologías agrícolas, de producir menos vehículos para las clases medias altas occidentales y más pequeños automóviles en la línea del Dacia. De vender menos ordenadores Apple de más de 1.000 euros, donde la marca es la estrella, y más portátiles de 150 dólares en masa y baratos. Producir más cosas básicas con procedimientos que utilicen al máximo la tecnología.

También necesitamos más eficiencia energética en un mundo de recursos limitados: consumimos demasiado petróleo, y estamos hasta el cuello con el engaño de las renovables: el futuro es una sustitución de parte del petróleo por gas, carbón y nuclear. También debemos ir hacia una logística del ferrocarril (de alta velocidad para sustituir en buena parte al avión, y más líneas regionales para sustituir el transporte de mercancías por carretera).

En un mundo más rico, el capitalismo ofrece cada vez mas sensaciones subjetivas, mas servicios y más manipulación de las preferencias, porque las necesidades están cubiertas. La llegada a la prosperidad de casi dos mil millones de personas implica que el consumidor representativo es menos rico, así que mientras dura la convergencia las necesidades de estas clases medias nacientes van a dirigir en buena parte la economía global hacia necesidades más acuciantes.

Las orgias de consumo y el inflado de burbujas de activos son fenómenos necesariamente transitorios: el capitalismo iguala rentas y establece la soberanía del consumidor. Así es como se genera riqueza, y quienes no quieran creerlo lo pagarán siendo pobres. Por eso, dado que en Occidente llevamos un tiempo viviendo a crédito ahora nos toca ser humildes, ahorrar y no intentar seguir extendiendo conductas insostenibles. A menos que sean los propios asiáticos los que continúen tirando su dinero en nuestros bolsillos con políticas mercantilistas, cosa que mis lectores saben que es el primer motor de esta crisis, en cuyo caso perderemos todos.

La crisis financiera: planteando el debate

Lunes, Octubre 6th, 2008

1.-Una crisis anunciada

Al mirar examinar lo ocurrido en los últimos dos meses de pánico financiero, la primera sensación es de perplejidad, no por lo ocurrido, sino por la reacción desorientada de los presuntos líderes políticos y de opinión.

De repente, los inversores (desde el depositante anónimo de una sucursal bancaria, a los presidentes de los bancos de inversión) han sido expuestos a una realidad pública, pero voluntariamente ignorada: que el dinero no está en los bancos, sino invertido en actividades empresariales y en financiar el consumo, y que en consecuencia la liquidación simultánea de todas las posiciones de deuda en una economía solo puede conducir a la bancarrota de todas las instituciones financieras; y que para evitar esto, desde los años 30 se han constituido una serie de cortafuegos (que abarcan desde los fondos de Garantía de Depósitos a los Bancos Centrales) para responder a una situación, que como es posible, y es potencialmente devastadora debe estar contemplada.

Nada de lo ocurrido ha sido un imprevisto estructural: siempre hemos sabido que podría ocurrir “porque sí”, y en los últimos años ha habido razones para creer que ocurriría pronto. Tampoco los ejemplos de bancarrotas bancarias acaban en los años 30: como veremos a continuación, el colapso del sistema financiero, y el rescate de las instituciones es relativamente habitual en la historia reciente: en el caso de los Estados Unidos ocurrió en una escala semejante a la actual entre 1982 y 1995.

Por otro lado, una generación de economistas y traders, que han hecho sus carreras en un entorno de alta estabilidad macroeconómica y escasos sobresaltos en el campo de la estabilidad financiera, y cuya formación económica era escasa, y totalmente divorciada de la Historia, han reaccionado a un suceso inhabitual pero previsto de forma totalmente histérica; y no con menos histeria ha reaccionado la opinión pública, cuyos clichés sobre el sistema financiero y la ignorancia de quienes deberían informales han creado un pánico adicional.

Durante las próximas líneas no solo voy a exponer lo ocurrido, sino que voy a dar cuenta a mis lectores de las advertencias de Kenneth Rogoff, Robert Shiller, Hyung Shon Shin, Eckhard Platen, el Banco Internacional de Pagos (BIS ) y el semanario The Economist, que llevan desde 2002 advirtiendo de los excesos de liquidez, los excesivos déficits y superavit por cuenta corriente, las distorsiones en los mercados cambiarios globales, los precios excesivos de la vivienda, los bajos tipos de interés y los severos fallos de una regulación bancaria.

También vamos a intentar entender los incentivos políticos y económicos que han hecho que los participantes en los mercados, y las autoridades reguladoras y monetarias hayan hecho caso omiso de estas advertencias.

Y finalmente vamos a evaluar la gravedad de la situación actual, que en mi opinión es comparable a la crisis de los años 70, pero en ningún sentido parecida a la gran catástrofe de 1929, entre otras cosas, porque hoy es imposible que se deje quebrar a las instituciones de crédito.

2.-La tensión por el lado real

Antes de analizar lo ocurrido en el lado financiero de la economía (el lugar donde se producen las decisiones de ahorro e inversión) vamos a hablar del sector real (el lugar donde se producen las decisiones de producción y consumo). El motivo para empezar por ahí es que nuestra teoría sobre la economía real es mucho más sólida, y menos dependiente de las expectativas. Tres procesos han caracterizado la última década, que han recibido colectivamente el nombre de “globalización”. Estos procesos no tienen entre si una relación causal, en el que uno de ellos da lugar a otro, y este al tercero, ni corren paralelos, sino que se realimentan mutuamente.

En primer lugar, se ha producido una acusada reducción de la desigualdad económica entre países, y por la ley del precio único, un empobrecimiento relativo de las clases medias (fundamentalmente asalariadas) en Occidente. Comparados con los gigantes asiáticos, las economías occidentales han perdido cuota en los mercados internacionales y se han descapitalizado (muy fuertemente en el sector industrial). Sin embargo, la capacidad adquisitiva de los individuos ha aumentado, ya que las condiciones crediticias y la innovación financiera han permitido a los consumidores compensar su falta de productividad con un acceso al crédito masivo y barato. El consumidor occidental no ha querido reconocer que es un perdedor en el proceso de globalización y ha contado con mecanismos financieros para extender una ficción riqueza. (véase, para una descripción del proceso, mi post “Globalización y Rentas”).

¿Y como ha podido “no reconocerlo”? Principalmente porque (al menos en el caso de Estados Unidos) se han producido enormes flujos de capital, que han servido para alimentar una burbuja inmobiliaria, y un nivel de consumo muy alto. Estos flujos han tenido un solo origen (Asía) pero dos causas: por un lado, los ahorradores asiáticos que no confiaban en la solidez de sus sistemas bancarios han hecho compras importantes de instrumentos financieros (principalmente de renta fija) en Estados Unidos. A una escala aún mayor, después de la crisis asiática de 1998, los bancos centrales asiáticos han hecho enormes compras de dólares para respaldar sus monedas. Estas compras (al menos en el caso de China) han estado directamente relacionadas con una política de control de los flujos financieros y fijación del tipo de cambio por razones mercantilistas. Esto lo expliqué más ampliamente en estos dos posts (I, II), el primero de los cuales se publicó en 2004. El resultado ha sido un sistemático y creciente déficit americano (del sector privado en mayor medida que del público) y un aumento de la posición deudora neta de los Estados Unidos. Kenneth Rogoff ya advertía en 2004 sobre esta sobre-valoración del dólar, y sobre el peligroso déficit por cuenta corriente americano.

Por otro lado el crecimiento económico mundial ha puesto una clara tensión sobre el factor tierra, que se ha traducido en un aumento sostenido de los precios de las materias primas y la energía. La solución para la escasez del factor tierra debería haber sido una superior capitalización, pero en todo caso, las demoras en la instalación de capital en el sector energética son largas, y además es un sector fuertemente estatalizado, donde la reacción de la producción a los precios se demora mucho más que en el resto de la economía.

3.-La expansión crediticia, y el triunfo póstumo del monetarismo y la Escuela Austriaca

En el lado financiero, lo ocurrido en el lado real de la economía se ha reflejado principalmente en una significativa relajación monetaria y una expansión del crédito en Estados Unidos. Las instituciones financieras americanas han prestado enormes cantidades de dinero de los ahorradores (principalmente asiáticos) a los consumidores americanos, que han invertido ese dinero en el sector inmobiliario, y en consumir. Este proceso representa quizá la mayor colocación errónea de inversiones en la historia y su origen se puede seguir sin dificultad hasta los tipos de cambio mercantilistas establecidos por los países asiáticos. Las inversiones realizadas ya eran absurdas incluso si se fuesen a repagar: el Estado chino ha comprado deuda pública estadounidense en cantidades inmensas con tipos de interés peores que la inflación actual; y en mayor o menor medida los inversores privados han seguido a sus Bancos Centrales. Antes de condenar al consumidor americano por aceptar una barra libre de inversión barata, el lector debería considerar el comportamiento suicida de los agentes asiáticos comprando ávidamente cualquier cosa denominada en dólares sin preguntar que era.

Por el lado norteamericano, la Reserva Federal aceptó el regalo, estableciendo unos tipos de interés que en otras condiciones hubiesen frenado la inversión exterior, pero que como tenían un origen mercantilista, no se iban a detener con independencia de las acciones de la propia Fed.

Y así entramos en el enésimo ciclo de dinero barato, inversiones erróneas, y necesaria liquidación de activos: el ciclo austríaco. La primera consecuencia del dinero barato fue una mejora de la posición de las empresas y una fuerte extensión de los mercados de renta fija; el BIS describe la evolución de los stocks mundiales de bonos emitidos (véase Gráfico 4). En estas condiciones de fácil refinanciación y con los precios de los activos creciendo a muy buen ritmo, los agentes empezaron a infra-estimar masivamente los riesgos de crédito (Gráfico 4.12) y a extender la duración de los préstamos. En 2004 Keeneth Rogoff describía esta situación en un artículo, y el economista financiero Ekhard Platen, encontraba estos bajos precios del riesgo en el periodo anterior a 1929, y antes de otras crisis.

¿Por qué los bancos y los consumidores entraron en la orgía de relajación de los estándares de crédito y aumento del endeudamiento? Bien, en mi opinión hubo varios factores: en primer lugar las expectativas se forman bayesianamente, y cada mes en que las tasas de morosidad caían y los precios de la vivienda aumentaban convencían más a los agentes de que la situación era sólida (en lugar de indicarles la creciente cercanía del precipicio). Todos los que llevamos cinco años diciendo que la vivienda iba a desplomarse (como Robert Shiller o The Economist) hemos pasado ese periodo pareciendo unos idiotas. Por otra parte, la mayor parte de los participantes en el mercado son inversores institucionales, con enormes problemas de agencia, y una cultura de “coje el dinero y corre” establecida en la “década milagrosa”. Además, la selección darwiniana lleva varios años eliminando la prudencia de los mercados: las instituciones más conservadoras han perdido cuota de mercado y los operadores más prudentes han cambiado su estrategia o han cambiado de trabajo.

Por otro lado, los economistas monetarios ortodoxos necesitan (necesitamos) hacer una notable autocrítica. Durante estos años, muchos hemos sentido una profunda preocupación por los tipos de interés reales negativos.

No obstante, aunque sabíamos que esa situación no era sostenible, no acertamos a entender que cuando el tipo de interés es negativo, no estamos ante una situación insostenible hacia el futuro, sino ante una situación grave en el momento presente: cuando un tipo de interés es negativo en un sistema bancario de reserva fraccionaria, el prestatario marginal está realizando inversiones con una tasa real de retorno negativa. En esas condiciones, la presunta inversión es más bien una forma de destruir capital productivo. Y al contrario que en el caso del patrón oro, con nuestro sistema monetario el ahorrador no puede resistirse.

Haciendo balance, la etapa Greenspan fue una reacción contra el monetarismo: aunque hoy asociamos a Friedman con la teoría de las expectativas racionales, y con el modelo de Kyndland y Prescott sobre la imposibilidad de utilizar la inflación para estimular sistemáticamente la economía, el corazón del monetarismo fue la idea de que el nivel de precios debía controlarse mediante la masa monetaria, que tenía que crecer a una velocidad fija y conocida por los agentes. Durante los años 90, la receta friedmaniana fue sustituida por el “inflation targeting”, que pretendía obtener un nivel dado de inflación sin considerar el crecimiento de la masa monetaria. El propio Friedman aceptó que el control directo del nivel precios (sin mirar la masa monetaria) podría ser un sustituto del control de la cantidad de dinero (el Friedman empirista siempre fue mucho menos sólido que el teórico).

Aparte de ello, las expansiones y contracciones monetarias son en buena parte (Hyun Shong Shin) procesos auto-catalíticos, y precisamente por ello el banco central debe cuidar el volumen de la masa monetaria generada en el sistema financiero y no esperar a que los problemas se reflejen en la solvencia del sistema o la tasa de inflación. También es esencial que la regulación bancaria sea contra-cíclica, y ahora es justamente todo lo contrario (salvo precisamente en el caso de España).

Finalmente los fantasmas gemelos de Friedman y Von Mises han venido a visitarnos: la extensión del crédito (o de la cantidad de dinero) y la caída del tipo de interés real por debajo de su nivel de equilibrio (incluso por debajo de cero en términos reales), tenía que generar inflación, o una cascada de inversiones fallidas, y aquí están.

5.-Nada nuevo bajo el Sol: el volumen de la crisis y su comparación con lo ocurrido en 1929 y 1985

El panorama descrito puede hacer creer al lector de que estamos ante una crisis sin precedentes, y en la antesala del fin de la Globalización y de la Hegemonía Americana.

Mi opinión es que no hay motivos para creer que la situación sea peor que en la década de los setenta.

Durante los años 70 (y después del acostumbrado periodo de bajos tipos de interés, aumento del crédito y euforia económica, con su añadido de recetas keynesianas inflacionistas), los Estados Unidos entraron en una etapa de bajo crecimiento, y alta inflación, que se complicó con un fuerte aumento del precio de las materias primas.

Hacia mediados de los años 70 la inflación y el desempleo (que las teorías económicas vigentes consideraban incompatibles en una economía desarrollada), se habían vuelto endémicos. Como respuesta, en 1979 Paul Volcker, nuevo Chairman de la Reserva Federal y destacado monetarista estableció una política de fijación del crecimiento de la masa monetaria, que elevó los tipos de interés en más de un 10%: el desempleo se disparó por un corto periodo de tiempo, pero la inflación quedó bajo control. La nueva etapa de altos tipos de interés descuadró todos los balances bancarios de Estados Unidos: los bancos tenían que pagar los depósitos a tipos superiores al 10%, y cobraban rentas de una cartera de hipotecas, y de deuda soberana de países extranjeros a un interés del 3%. Estos descuadres bancarios se arrastraron durante más de una década.

Por el lado de la deuda soberana, el endurecimiento de los créditos (que eran a corto plazo), provocó en 1982 la llamada “crisis de la deuda”: los países deudores no pudieron refinanciar, ni saldar sus deudas, y varios países, principalmente de América Latina amenazaron con no pagar a los bancos estadounidenses (muchos de los cuales hubiesen quebrado). Con diversas renegociaciones en el llamado “club de Paris”, estos descuadres se arrastraron hasta bien entrados los años 90, cuando la administración Clinton garantizó estas deudas (a través del Plan Brady) y con tipos de interés asequibles los países deudores pudieron saldarlas en su mayor parte.

Por el lado de las hipotecas, los descuadres quedaron principalmente en los balances de las pequeñas entidades de crédito locales llamadas “Saving & Loans” (S&L). El Congreso, para salvarlas de una posible insolvencia, las autorizó a abandonar su nicho de mercado en el sector hipotecario, y en situación de quiebra técnica, se lanzaron a hacer operaciones arriesgadas. A finales de los años 80, la situación era aún peor que a principios de la década y empezó una cadena de quiebras que llevó al Fondo de Garantia de Depósitos a la insolvencia. El Congreso autorizó a una entidad Federal, la Resolution Trust Corporation (RTC) a tomar el control de las entidades y liquidarlas.

El proceso de liquidación no acabó hasta el año 2000; al final de sus actividades, la RTC había comprado con dinero del Tesoro activos por valor de 500.000 millones de dólares, y había absorbido pérdidas de 130.000 millones. El lector debe considerar, como comparación que el Plan Paulson exige la compra de 800.000 millones de dólares, que corregidos de inflación son una cantidad comparable.

En total, los cálculos de Kenneth Roggoff son que el Estado tendrá que tomar una deuda de 1.000.000 millones. Dado que la calidad de algunas de los activos es relativamente alta, es de esperar que al final de las liquidaciones las pérdidas sobre activos sean cercanas al 20%: esto dejaría el asunto en unos 200.000 millones de dólares de pérdidas, entre todo (si el nivel de fallidos es como durante la crisis de las S&L).

6.-La posición dominante de Estados Unidos se mantiene: la intensa dolarización, el privilegio exorbitante, la innovación financiera, y la indexación del crédito limitan los daños.

Probablemente la primera razón de la magnitud de esta crisis es la extensión de la dolarización, que ha alcanzado niveles altísimos en la última década: después de la crisis de 1998 los bancos centrales asiáticos aumentaron sus reservas en dólares, y otros países empezaron a utilizar el dólar como base de su propio sistema monetario; aparte de ello la tendencia ha sido fijar tipos de cambio y acumular reservas en dólares. Además una buena parte del comercio internacional está denominado en dólares.

Los Estados Unidos emiten, por tanto, la moneda global. Y en consecuencia, el acceso del sistema bancario estadounidense a la Reserva Federal lo ha convertido en el gran corazón que bombea buena parte de los flujos mundiales de capital.

Una de las consecuencias de la intensa dolarización se refiere al hecho de que en el momento presente, cuando Estados Unidos tienen una deuda con el resto del mundo igual al 25% de su PIB, los residentes de Estados Unidos RECIBEN RENTAS por la inversión en el exterior. Digamos que es como si a usted el banco le pagase por su hipoteca. Por otra parte, toda la deuda de los Estados Unidos (y la de buena parte del mundo) está denominada en su moneda nacional. Pueden por tanto licuarla mediante la inflación, y lo han hecho desde el 2000, confiando en que el Banco Popular de China y otros bancos centrales tendrían que comprar cualquier cosa que Estados Unidos emitiese para mantener sus absurdas políticas mercantilistas.

Si el lector cree que los extranjeros pueden huir del dólar y generar una hiperinflación, no debe olvidar que la única forma en que los extranjeros pueden “huir del dólar” es llevando sus dólares a Estados Unidos y cambiándolos por bienes y servicios, generando un formidable superavit comercial. Es difícil imaginar esa situación, y es fácil imaginar que aparte de sus obvios efectos negativos, también tendría otros positivos. Aparte de ello, los balances de los bancos centrales del mundo contienen enormes cantidades de dólares, y una degradación de la moneda estadounidense impactaría sobre la emitida por estos bancos centrales.

Finalmente, dos elementos protegen adicionalmente el sistema bancario de Estados Unidos. En primer lugar, buena parte del crédito tanto en Estados Unidos, como en el resto del mundo está indexado según tipos de interés del mercado monetario, de forma que los descuadres bancarios de los años ochenta son imposibles: si un individuo paga un crédito a tipo de interés variable, el balance del banco es inmune a las variaciones de este.

En esta crisis, el riesgo de tipo de interés esta en su mayor parte en manos de los hogares y empresas, de forma que todos los descuadres se deben a la morosidad (y aunque está puede ser alta, tiende a disminuir conforme el crédito envejece y la deuda va quedando por debajo del valor del colateral). Por otra parte, la innovación financiera ha dispersado los riesgos de la economía americana por el resto del mundo, de forma que también buena parte del riesgo de crédito está en manos de los prestamistas extranjeros. Cuando la situación se normalice, esto facilitará enormemente la liquidación ordenada de las inversiones. De hecho, la magnitud del impacto sobre los bancos de inversión (que son la conexión principal entre los sistemas financieros de los distintos países) parece indicar que, en efecto, buena parte de los riesgos están en manos de no residentes.

Recapitulando, el sistema financiero de Estados Unidos está totalmente inmunizado contra el riesgo de tipo de cambio, muy fuertemente inmunizado contra el riesgo de tipo de interés, y del riesgo de default, una parte importante se ha securitizado y puesto en manos de extranjeros. Por tanto, mi previsión es que en un ambiente de temor por la estabilidad financiera, va a continuar el proceso de reestructuración del sector bancario en Estados Unidos, con la adquisición de los bancos más frágiles por los más sólidos y con desembolsos del contribuyente para la recapitalización de algunas entidades (y mediante la compra por parte del Estado de activos dudosos, un método más rápido pero en mi opinión, muy dañino en el largo plazo). Todo ello se producirá en un ambiente muy volátil y moderadamente recesivo.

Por otra parte, la situación económica de China se va a volver bastante difícil antes del final de 2009, cuando la crisis del subprime y la caída en el consumo en Estados Unidos enfríen la demanda a la vez que los efectos de la inflación empiecen a pasar factura. Antes o después, los ahorradores asiáticos descubrirán quien financió las hipotecas americanas; y esto sin hablar aún del sector bancario alemán, tan duramente regulado que ha ido a tomar sus riesgos a tierras más propicias.

El debate sobre la crisis solo está empezando. Por ello, el lector debe tomar esta nota no solo como un análisis preliminar de la situación, sino sobre todo como una lista de lecturas esenciales.

PD.-Espero con impaciencia los comentarios, y ruego al lector que si tardo en responder tenga en cuenta que no tendré acceso regular a Internet durante esta semana. Por otra parte, este es un artículo sobre Genética de Poblaciones que escribí durante el verano.

Especulación en Petróleo

Domingo, Julio 27th, 2008

Todos tenemos nuestros héroes; el héroe es aquel de quien admiramos la obra, y envidiamos la vida. Por eso, aunque Newton y Arquímedes encabezarían mi lista de gigantes intelectuales, mi lista de héroes personales la encabeza David Ricardo.

Y la encabeza no solo por su obra, que es monumental, ni por su vida, en la que se mezclan gloriosamente el banquero y el economista, sino también porque fue Ricardo, más que nadie, aquel a quien debemos la rehabilitación de esa figura vilipendiada y perseguida por todas las fuerzas reaccionarias, y depositaria de un inmenso potencial revolucionario: el especulador.

Una economía capitalista funciona más o menos como una economía bien planificada; supongamos un planificador central que tiene que regular el consumo y producción de trigo; el trigo se produce en una determinada época del año, pero se consume en todas. En consecuencia es necesario almacenarlo y aumentar o disminuir su stock en respuesta a las variaciones estacionales e interanuales de la producción y el consumo. El planificador central, toma en cuenta todos estos datos y regula las raciones que se permiten al consumidor y a las fábricas, de forma que maximice el bienestar agregado. “Todos estos datos” son todos los posibles usos alternativos del trigo, todas las funciones de bienestar de los consumidores (no solo su demanda de pan, sino también la demanda de cerveza Wiessbier, y la demanda de grano para el forraje de los animales, que es a su vez es función de la demanda de carne, etc). En definitiva, una tarea agotadora si eres Dios (y tienes la subjetividad humana como dato), e imposible si eres cualquier otro.

En una economía capitalista, ese trabajo agotador e inviable lo hace el especulador en trigo: el especulador acapara el bien cuando es barato, y trata de liquidar el stock cuando es caro. Es decir, lleva el trigo desde el momento del tiempo en que es relativamente abundante, al momento del tiempo en que es relativamente escaso, y por tanto suaviza la escasez inter-temporal. Esto ocurre de forma policéntrica: si el especulador se equivoca, es decir, si compra caro y liquida barato, pierde dinero, y si pierde dinero sistemáticamente acaba saliendo del mercado. El especulador solo gana dinero cuando mejora el bienestar social, y no puede aguantar mucho perdiendo dinero.

Bien, esto es la ortodoxia económica desde hace 200 años, pero parece que hay que repetirlo cada semana.

1.-La Pequeña Especulación

No obstante, el lector no debe dejarse llevar por el entusiasmo; a veces los especuladores se equivocan y pierden dinero; y si, se salen del mercado, pero demasiado tarde. Estas cosas pasan; pasan con los pisos, con el oro, y con las acciones, pero no con el trigo, los tomates o el petróleo.

Llamamos burbujas financieras a los procesos en que los incrementos de precio en un bien generan acumulación del mismo, y la acumulación genera nuevos incrementos del precio, en un bucle de realimentación; antes o después la acumulación adicional se vuelve imposible, el precio empieza a bajar y mucha gente se pilla los dedos.

Para que esta clase de procesos puedan ocurrir y sostenerse hasta producir daños significativos, el bien debe ser duradero, de forma que su valor presente dependa principalmente de las expectativas sobre su valor futuro. En particular, ayuda mucho que el bien no sea consumible (como el oro) o que su consumo exija largos intervalos de tiempo (como la vivienda), o que se trate de flujos de rentas a un horizonte indefinido (como las acciones).

Un criterio para que un bien sea candidato a generar una larga burbuja especulativa es simplemente que el stock del bien sobre su producción corriente sea muy alto. El oro, las acciones o la vivienda cumplen esta condición.

En el caso del petróleo, los inventarios del bien (en países de la OCDE), según el Departamento de Energía de los Estados Unidos representan cerca de cincuenta días de producción, y ni siquiera han aumentado en los últimos meses:

Si el lector sospecha del mercado de futuros le invito simplemente a sumar y restar conmigo. Los contratos de futuro generan dos posiciones: una de las partes se obliga a proveer un barril en un instante del futuro, pero la otra aumenta su disponibilidad futura de petróleo en un barril (el que le ofrece el tomador en ese instante). Estas posiciones en el mercado de futuros son neutrales: aumentan tanto la oferta y como la demanda de petróleo en un barril. El mercado de futuros no afecta, claro está ni al consumo ni a la producción. Es verdad que las posiciones en futuros, aún siendo neutrales podrían implicar un cambio en los inventarios de los agentes, pero ya hemos visto que estos inventarios no han aumentado sustancialmente en los últimos meses.

En definitiva,

Oferta = Producción + Reducción de inventarios pasados

Demanda = Consumo + Aumento de inventarios pasados

El precio es regulado por la oferta y la demanda; y la oferta y la demanda dependen solo del consumo y la producción y de las variaciones netas de los inventarios. Por tanto, dado que los inventarios no están aumentando sostenidamente, la actual situación de altos precios en el mercado del petróleo no está asociada a la “especulación”. Está asociada a un fuerte aumento del consumo, resultado de un proceso real (el aumento de la renta mundial en los últimos cinco-diez años) y de otro monetario (muchos dólares en circulación); y a una producción que contra las profecías de los peak oilers (ver gráfico siguiente), no está en retirada, pero contra las de los economistas cornucopianos demuestra una limitada elasticidad de corto plazo al precio.

Las operaciones en futuros y la acumulación de inventarios determinan los precios del petróleo a corto plazo; si uno mira una serie de precios del barril de petróleo, las decisiones de refinerías, bancos y fondos de inversión en commodities determinan los movimientos de alta frecuencia (los saltos del paseo aleatorio; las tendencias en un horizonte de semanas). Pero estas operaciones especulativas solo pueden influir los movimientos del barril en un horizonte temporal parecido al de los inventarios totales (es decir, a cuarenta o cincuenta días vista). En la descomposición de Fourier de la serie temporal del precio del barril, las operaciones de especulación en petróleo determinan lo que ocurre en las frecuencias de días, mientras las frecuencias más largas, asociadas a ciclos de meses o años, o la tendencia de largo plazo dependen de las decisiones de instalación de capital (tanto en la industria del petróleo, como en las industrias que lo demandan o en el capital que usan los particulares y consume petróleo), y del agotamiento físico del recurso.

En la medida en que el propio mercado de futuros permite a los agentes cubrirse contra los movimientos de alta frecuencia en el precio del barril spot, las decisiones de compra, venta y almacenamiento de petróleo, y las tomas de posiciones en el mercado de futuros son lo que yo llamo la “pequeña especulación”; las consecuencias de todas estas actividades son irrelevantes a mas de tres meses vista, y es posible cubrirse contra ellas en horizontes más cortos.

2.- La Gran Especulación

A medio y largo plazo el precio depende del consumo y la producción del bien. A medio plazo (es decir, pongamos entre tres meses y 2 años), esto implica:

Las decisiones (principalmente de Arabia Saudi, aunque también de Rusia) de utilizar o no su sobrecapacidad, las decisiones cartelizadas de la OPEC, y los accidentes físicos o sobre todo geopolíticos que afectan la capacidad productiva.

La demanda destruida por el aumento del precio: principalmente, una reducción en el consumo de los agentes con menos capacidad adquisitiva, o de las actividades económicas más marginales (menos rentables o más intensivas en energía).

A más de dos años vista, empieza a funcionar el efecto de la acumulación y depreciación del capital. Los precios altos del petróleo inducen en primer lugar efectos sobre la propia industria del petróleo; más exploración, y más explotación: tanto en yacimientos nuevos, como de yacimientos conocidos y considerados sub-marginales a precios más bajos: por ejemplo, en los últimos meses hemos tenido varias noticias en esta dirección: se esta poniendo en marcha la explotación de yacimientos de aguas profundas, de arenas asfálticas y de un nuevo gran yacimiento en la península arábiga.

En segundo lugar, la industria del refino se ajusta a las nuevas circunstancias: en los años 70 las refinerías eran específicas para cada clase de petróleo, pero los fuertes diferenciales de precio entre diversos tipos de petróleo indujeron a las refinerías a una mayor flexibilidad: del mismo modo, actualmente existe una abundancia de fuel que probablemente inducirá a las refinerías a invertir para utilizar más eficientemente petróleo más pesado.

En tercer lugar está la sustitución del petróleo en el sector industrial: primero, los precios altos del petróleo inducen a un consumo de otras formas de energía más relativamente baratas. Esta sustitución no se produce de un día para otro: pero cada vez que es necesario reemplazar capital, se elige el capital que utiliza la forma de energía más barata. Por ejemplo, los países con una factura eléctrica mas barata tienden a estar más electrificados; estos suelen ser precisamente los países que producen su electricidad con carbón o centrales nucleares.

Por otra parte, un alto precio del petróleo no solo induce a la economía a utilizar otras formas de energía, sino también a utilizar menos energía por unidad de PIB; por ejemplo, mediante una liberalización del sector del ferrocarril que permita una mayor utilización del tren de mercancías en sustitución de los camiones. También mediante la renovación del parque movil, con automóviles mas eficientes, con híbridos, o con vehículos de Gas Natural.

Como ya dijimos hace más de dos años, la escasez de energía no va a acabar con la globalización, pero es el gran cuello de botella de cómo mínimo la próxima década.

Un cuello de botella estrecho para el crecimiento, es (dualmente) una gran oportunidad de negocio. Ahora bien, la oportunidad de negocio no es comprar barriles de petróleo, ni reales, ni virtuales. Comprar y vender barriles de petróleo, cuando no eres un consumidor, es básicamente un juego de suma cero, y solo merece la pena jugar cuando eres mucho mejor que la media; el lector no es mucho mejor que la media de los traders que se dedican 12 horas al día a ese mercado, así que no debería jugar con futuros, opciones ni fondos en commodities.

El verdadero negocio es elegir una cesta de empresas bien posicionadas ante la realidad de la escasez en el factor tierra. Por ejemplo, debería ponerse largo en Westinghouse y Sassol (es decir, en la economía del uranio-carbón); en empresas ferroviarias (si queda alguna privada), minas de carbón, o claro está, en petroleras, o empresas gasísticas. En definitiva, el inversor no debe comprar productos energéticos, sino yacimientos y capital extractivo (combinados en empresas). Eso es una forma de inversión que no es de suma cero, sino de suma muy positiva, y es de esperar que incluso el inversor no profesional gane un buen rendimiento.

Del mismo que la especulación tiende a igualar el precio de los productos a lo largo del tiempo (mejorando el bienestar social), los altos beneficios de las empresas petroleras, y de otras empresas bien posicionadas ante los altos costes de la energía les permiten invertir y les dan una posición financiera en la que el acceso al crédito les resulta fácil. En definitiva, estas empresas atraen recursos, y así, en un régimen de mercado, la gran especulación tiende a superar los cuellos de botella del crecimiento. El inversor paciente, que pretende ampliar su patrimonio a un ritmo seguro, y tiene un horizonte temporal largo, no debe considerar movimientos de corto plazo en precios altamente volátiles, sino que debe identificar tendencias económicas de largo plazo, y apostar en los mercados por ellas.

El Eterno Retorno de Malthus

Miércoles, Julio 9th, 2008

 

 

Cuando miras a un abismo, el abismo te devuelve la mirada”

 

F. Nieztsche

 

Malthus y Darwin

 

Cuando una teoría es básicamente correcta, no hay evidencia empírica que pueda con ella.

 

 

El maltusianismo es con gran diferencia el modelo económico más explicativo de la historia. De los más de 3.000 millones de años que lleva existiendo la vida en la Tierra, el modelo de población limitada por los recursos ha funcionado en todos los lugares y para todas las especies, hasta (paradójicamente) el momento en que se formuló, para la especie que lo descubrió.

 

 

Si alguno de mis lectores más liberales tiene dudas sobre su valor, le recomiendo que lea a Von Mises, a quien debemos una justa apreciación de su importancia [1]: el modelo de Malthus, según Von Mises, era, junto al principio ricardiano de ventaja comparativa, la mayor aportación de la ciencia económica al conocimiento humano.

 

 

El modelo de población limitada por los recursos es la base estática que dinámicamente da lugar a la evolución biológica; y la lectura del “Ensayo sobre la Población” inspiró el descubrimiento de la ley de la Selección Natural por parte de Darwin y Wallace.  Quien no tenga una idea muy clara de la importancia del modelo maltusiano y su relación con la evolución biológica, puede leer esta breve nota, publicada originalmente en Kiliedro (o profundizar en la genética evolutiva de poblaciones):

 

Malthus empezaba demostrando que una población humana en que el número medio de nacimientos por mujer excediese consistentemente los dos, crecería geométricamente. En consecuencia, dado que los recursos a lo largo de la historia nunca habían aumentado a ese ritmo, la población debía regularse con una mortalidad compensatoria. Este modelo estático de población regulada por la escasez económica sugería que en ausencia de control de los nacimientos, una cantidad significativa de los nacidos debían morir sin descendencia. Si, como observó el propio Darwin, la habilidad para alcanzar la edad adulta y reproducirse estaba asociada a algunas características heredables, estas debían extenderse al conjunto de la población en varias iteraciones del proceso. El modelo demográfico estático de Malthus y la herencia genética daban lugar inmediatamente al modelo dinámico de la selección natural.

 

Aunque el modelo demográfico maltusiano precedió a la Teoría de Evolución por Selección Natural, en un sentido lógico el modelo de Malthus es consecuencia de la selección natural. Los organismos que se reproducen hasta el límite de la subsistencia suelen dejar más descendencia que sus primos hedonistas, concentrados en llevar una vida digna [1]. Varias iteraciones del proceso después, todos los miembros de la especie están haciendo lo que les corresponde: maximizar su presencia en el pool genético, en vez de maximizar su bienestar subjetivo. O mejor aún: derivar bienestar subjetivo de las actividades que maximizan la presencia en el pool genético; un juego singularmente de suma cero, al menos cuando la población supera la fase demográfica de colonización.

 

 

Evidentemente no todos los organismos se reproducen masivamente: los individuos buscan maximizar su presencia en el pool genético de la generación siguiente, y eso implica en muchos casos limitar la reproducción, y cuidar la calidad de la prole, pero ese límite auto-impuesto nunca es inferior, ni igual, a la tasa de reemplazamiento, y por tanto la mortalidad compensatoria (los individuos que mueren sin descendencia) nunca falta. En general, los procesos de replicación y competencia siempre tienen perdedores, porque todos quieren ser mejores que la media, como lo fueron (en media) sus progenitores…

 

 

Maravillosa Teoría, periodo equivocado

 

 

Aunque el modelo maltusiano es ciencia (y ciencia dura), en los últimos cuarenta años, los economistas que se han declarado (neo)maltusianos se han dedicado al lucrativo negocio de la astrología, y del cultivo de las subvenciones internacionales.

 

 

Los neomalthusianos entraron en escena a partir de la década de los sesenta, en la era dorada de la economía occidental, y como Savonarola, nos prometieron el infierno como castigo de nuestros placeres. Los hedonistas florentinos son especialmente sensibles a la predicación del infierno.

 

 

En 1968 Paul Ehrlich escribió “The Population Bomb”[2], prediciendo hambrunas en Estados Unidos, y al poco, despreciando la sabiduría económica anterior (también basada en la Teoría de los Sistemas Dinámicos [I y II]), D & D Meadows publicaron el famoso estudio del MIT sobre los “Límites del Crecimiento”, donde pronosticaban un agotamiento general de los recursos mineros y energéticos, y una violenta corrección de la población mundial.

 

 

En un cierto sentido fundamental, el enfoque neo-maltusiano (especialmente en la versión  de Georgescu-Roegen) era interesante, y merecía tomarse en consideración. La economía mundial es un sistema sometido a escasez termodinámica, y durante miles de años, solo ha podido moverse con energía solar, captada a través del proceso de fotosíntesis. Si la economía volviese a depender de procesos igualmente poco intensivos energéticamente, la escasez energética, y la corrección poblacional serian inevitables.

 

 

El petróleo y el gas natural, son efectivamente escasos, y si fuesen los únicos combustibles a nuestro alcance las profecías alarmistas estarían cerca de cumplirse (hacia 2025). Pero el mundo dispone de importantes reservas de carbón y de una cantidad inmensa de uranio.

 

 

En conjunto, una economía capaz de metabolizar carbón, uranio y torio está en condiciones de mantener una población de 9.000 millones de habitantes durante un periodo indefinido (mediante una transición del petróleo y el gas al carbón y de ahí al uranio y a los breeders); y con las actuales reservas de carbón y petróleo la transición puede ser incomoda, pero ni siquiera esta cerca de ser imposible. Véanse estos [I y II] posts.

 

 

Desde luego, aparte de la energía, es razonable creer que nos vamos a enfrentar a otros cuellos de botella asociados al factor tierra. No obstante, la ciencia moderna, y una economía global desarrollada, siempre que haya energía suficiente (que la hay)  son capaces de enfrentarse a ellos. Para quien lo dude, el libro de Lomborg, sigue siendo el documento esencial, y es definitivo para todo salvo el cambio climático [3] (que trata de forma superficial) y la escasez energética, a la que ya me he referido.

 

 

Además, el mundo se dirige hacia un invierno demográfico, y la productividad sigue aumentando, también en términos energéticos y de contaminación (menos gasto y menos contaminación por unidad de producto). Hacia 2.050 es razonable esperar que la carga ecológica asociada a la economía global sea menos pesada que en el momento presente. En conjunto, durante el s.XXI los problemas de supervivencia que afronta la especie siguen sin ser ecológicos: los desastres capaces de dar lugar a un nivel de vida peor en 2100 que en 2009 son, o una guerra nuclear, o el desplome general de los Estados, debido a su incompatibilidad con la tecnología militar del futuro (véase [I y II]).

 

 

Maltusianismo memético, sociobiologia y ¿el retorno del patriarcado?

 

No obstante, ningún estado coyuntural de cosas puede contra un principio abstracto. Las teorías correctas sobreviven a la evidencia que las refuta.

 

 

Antes o después, las características genéticas y meméticas asociadas a la una tasa fertilidad superior al reemplamiento tienen que volver a prevalecer. Mientras escribo estas líneas, la evolución sigue su curso: y esta eligiendo a los grupos, ideas y personas que se preocupan de imponerse en el pool genético y memético: es decir quienes se centran en la reproducción y el proselitismo. Los bajos niveles de IQ, la propensión al machismo o una fuerte susceptibilidad a la religión son características genéticas claramente adaptativas en el momento actual y es esperar que si las condiciones sociales se mantienen, su abundancia en el pool genético aumente (revertiendo las tendencias eugenésicas [4] que se han producido desde la Edad Media).

 

 

No obstante, la evolución genética es lenta, y no es de esperar que ninguna tendencia disgenésica sea de importancia en el próximo siglo. Pero la evolución memética es mucho más rápida. Las estructuras sociales tribales y patriarcales tienen una clara ventaja, y conforme la fractura identitaria y la atomización social asociada a las nuevas formas de conectividad y producción se consolidan, un nuevo comunitarismo patriarcal y tribal puede imponerse.

 

 

Si el secularismo y la igualdad sexual están asociados a una natalidad por debajo del reemplazamiento, es una certidumbre matemática que acabarán desapareciendo. Y por otra parte, las características (genéticas o meméticas) asociada a una natalidad por encima del reemplazamiento, nos devuelve al ciclo de la vida, es decir, a la escasez, a la competencia biológica y a la mortalidad compensatoria.

 

 

No conocemos todavía la sociobiologia de una sociedad industrial bajo un régimen demográfico maltusiano; dado que la sociedad industrial (nuclear) tiene acceso a cantidades enormes de energía, sus cuellos de botella no pueden ser convencionalmente termodinámicos. Pero las curvas solo aumentan hasta el infinito en matemáticas.

 

 

Dado que las sociedades industriales son complejas, y están basadas en la división del trabajo, no es de esperar que solo generen una competencia entre individuos: quizá habrá varios planos de competencia diferentes: a nivel personal, a nivel de grupo, etc.  Pero el algún punto, a nivel individual o a nivel grupal, o de forma mixta, tiene que haber algo que limite la reproducción, y esa restricción implica competencia, y dolor: si la competencia es grupal y geopolítica tendremos guerras, genocidios, conflictos interétnicos, etc. Si es individual, habrá pobreza severa, y desesperación: Auschwitz o Calcuta. La Biblia nos prometió que siempre habría pobres entre nosotros, y en el fondo, siempre habrá gente viviendo en las vías del tren o junto a los cubos de basura, porque la pobreza es un nicho ecológico y la vida detesta el vacío.

 

 

Las sociedades industriales tienen menos de dos siglos de historia y en ese periodo han generado riqueza a una velocidad superior a la de la expansión de la población. Además, ahora se acerca un invierno demográfico. Pero todo esto son fenómenos transitorios: solo Malthus es para siempre.

 

 

[1]The fundamental error implied in the iron law of wages was precisely the fact that it looked upon men–or at least upon the wage earners–as beings exclusively driven by animal impulses” (Von Mises, Human Action). No obstante si la gente que ordena racionalmente su reproducción obtiene un rendimiento genético inferior a la media, desaparecerán del pool genético; si por el contrario obtienen un rendimiento genético superior a la media, contribuirán a llevar la población al borde maltusiano. Si la razón evita la sobre-población, como dice Von Mises, entonces la razón es incompatible con la vida.

 

 

[2] Ehrlich defendia medidas de planificación familiar; pero la experiencia indica que esto solo hace que los grupos (genéticos o meméticos) mas susceptibles a aceptar el control de natalidad tiendan a  generar un hueco demográfico que ocupan los migrantes de sociedades aversas a estas políticas. Curiosamente los despoblacionistas más histéricos han sido los primeros en apoyar la “migración de reemplazamiento“. Todo esto es consistente con la visión Darwinista del maltusianismo.

 

 

[3] Por otro lado el informe del IPCC deja claro que los efectos del calentamiento global pueden ser significativos, e incluso moderadamente preocupantes, pero no entran en la categoría de “amenaza existencial”.

 

 

[4] Evidentemente, si uno define como “eugenésico” lo que da ventaja reproductiva, la evolución siempre va en una dirección eugenésica. Sin embargo, si uno tiene opiniones normativas sobre la evolución (por ejemplo, considera la expansión de la consciencia y el bienestar subjetivo como “mejores”), entonces la evolución puede tener una dirección “disgenésica”.

 

 

James Buchanan: el Estado al descubierto

Lunes, Julio 7th, 2008

1.-La representación del Estado en la ciencia económica

 

No sin razón, Von Mises acusaba a los economistas liberales del s.XIX de haber sido los creadores del mito del Estado benevolente y omnipotente en que se ha basado el socialismo del s.XX.

 

Adam Smith había conjeturado, y los marginalistas habían demostrado [1] que un mercado de competencia perfecta, con información perfecta lograba una colocación tan eficiente de los recursos como era posible, y que por tanto un déspota benevolente y omnisciente, sometido a unas limitaciones físicas y tecnológicas dadas, solo lograría igualar los resultados del mercado. 

 

Aunque la tesis de este teorema (conjetura durante la mayor parte del s.XX), era netamente liberal, la fatalidad lo convirtió en una máquina para crear argumentos intervencionistas: bastaba negar las hipótesis de competencia o información perfecta para que el teorema señalase la existencia de “fallos del mercado”, es decir situaciones en que un déspota benevolente y omnisciente era capaz de mejorar la colocación de recursos que el mercado producía. Durante muchos años, y a decir verdad, ahora mismo también [2], bastaba señalar un fallo del mercado, para que inmediatamente se alzasen voces que exigían la intervención del Estado para resolver el problema.

 

En esas condiciones el economista se veía obligado a aceptar los argumentos intervencionistas, o a refutarlos en base a consideraciones particulares, a la intuición, o al enorme stock de evidencia empírica contra el socialismo. En conjunto, desde luego, era evidente que si bien el mercado tenía fallos, el Estado tampoco era un déspota benevolente, ni claro está, omnisciente. Pero si bien  existía un arsenal lógico y matemático para describir al mercado, la conducta  del Estado, no siendo el resultado de un proceso descentralizado, parecía desafiar la formalización y el análisis marginalista. Era necesario crear una teoría económica sobre el poder político, y ese trabajo esencial en el plano de la economía teórica y del activismo liberal le correspondió a James Buchanan.

 

2.-La democracia en déficit

 

James Buchanan nació en 1919, en Tenessee, de una familia de ascendencia escocesa, y tradición populista-libertaria. Su abuelo había sido gobernador de Tennesse con un partido populista-agrarista a finales del s.XIX, y su padre era policía local, mientras su madre era una maestra de escuela, voraz lectora autodidacta. Vivió por tanto una infancia y adolescencia de clase media, en un Estado del Sur, en una América que nos resulta familiar, porque es la que describió Tocqeville en “Democracia en América”: una América moderadamente cristiana, claramente asamblearia y desconfiada del poder en general y del poder político en particular. El mismo confiesa que sus ideas políticas juveniles eran radicales: como tantos sudistas, suponía las peores intenciones del Gobierno federal, al cual se suponía en colusión permanente con los intereses de la gran industria monopolista. El lector no debe olvidar que el Sur hizo la Guerra Civil por la esclavitud, pero también por el libre comercio y el gobierno limitado.

 

Buchanan estudió en Chicago, en los tiempos dorados de Frank Knigth, y aunque su desconfianza hacia el poder no decayó, su visión de la gran industria y el proceso de mercado mejoraron, como él mismo cuenta, debido a la comprensión de la teoría de la formación de los precios, es decir, la microeconomía. 

 

Después de Chicago, y con una formación básica en economía inmejorable, Buchanan viajó a Italia, donde se especializó en política fiscal, y leyó a Knut Wicksell y los fiscalistas italianos, cuya visión del proceso político, muy lejana al modelo del Estado benevolente, le inspiraron  el gran proyecto intelectual al que dedicó el resto de su vida: la aplicación del individualismo metodológico a la comprensión del proceso político.

 

Para aplicar el arsenal del individualismo metodológico a la conducta estatal, Buchanan abordó primero el caso más cercano al proceso de mercado que pudo encontrar: la política fiscal de una democracia. El caso era sencillo por dos razones: en primer lugar, la política fiscal es una rama conocida de la economía, donde abundan los datos numéricos y los modelos matemáticos. En segundo lugar, el caso democrático es el más sencillo, porque al contrario que las autocracias, o las oligarquías, donde el proceso político es opaco y muy complicado de modelizar, la democracia nos ofrece tres propiedades sencillas: las decisiones son públicas,  el poder de los oficiales electos es limitado, y su continuidad depende de un proceso de agregación social: las elecciones.

 

En una serie de artículos y libros a lo largo de los años cincuenta y sesenta, Buchanan sustituyó en los modelos fiscales clásicos, la conducta del Estado, que antes era la de un planificador benevolente, por la del político preocupado por maximizar su probabilidad de reelección, y así reescribió la Teoría Fiscal. La grotesca política resultante del proceso democrático incluía ciclos electorales de inversión pública, distribuciones regionales del gasto público dependientes de coaliciones electorales y de puras arbitrariedades legales, y sobre todo un déficit crónico. De repente, existía un marco conceptual fuerte que permitía comparar los fallos de mercado, con los que resultan de la acción pública.

 

3.-La Escuela de la Elección Pública

 

Buchanan, en su nota autobiográfica, sin embargo, reconoce que no le interesaba demasiado la economía. Sus libros de fiscalidad evitan cuidadosamente las polémicas macroeconómicas de la época y en su obra posterior se revela cada vez más como un filósofo social, y un politólogo. Sin embargo, la perspectiva del individualismo metodológico permanece siempre, y también (implícita o explícitamente) el empleo de las herramientas de la economía neoclásica y la Teoría de Juegos. 

 

En 1962 escribe con Gordon Tullock “El cálculo del Consenso”, donde aparte de los problemas fiscales mencionados,  explora el constucionalismo americano, y aborda el mismo problema que Hayek: la cuestión de construir un sistema institucional estable capaz de limitar el poder del Estado. El libro utiliza la métrica normativa del velo de ignorancia rawlsiana, para describir reglas constitucionales. Entre sus sugerencias más conocidas,  esta la inclusión de una enmienda constitucional que limite el gasto público. En una línea más general escribe “Entre la anarquía y Leviatán”, donde defiende de una forma compatible con la ciencia social moderna, los argumentos hobbesianos contra la anarquía y continúa analizando la cuestión de la limitación institucional del poder del Estado.

 

En conjunto, alrededor de Buchanan, y en la Universidad George Mason, en Virginia, se desarrolló la “Escuela de la Elección Pública”, es decir un grupo dedicado aplicar el programa del individualismo metodológico a todas las facetas de la acción del Estado, bajo todos los regimenes políticos  posibles.  La teoría de la Elección Pública es hoy una rama de la Teoría Económica totalmente legítima, cuya principal publicación es la revista “Public Choice”. Buchanan recibió el Premio Nobel de Economía en 1986.

 

El trabajo de James Buchanan, por su elegancia, por su importancia política  y por su aparición en los años sesenta jugó un papel pionero en el proceso de unificación de la Ciencia Social. Para los liberales, sin duda, su obra es aún más importante al contribuir más que ningún otro teórico a esa gran labor científica y moral que es la desmitificación del Estado.

 

[1] Aunque Adam Smith se refiere en “La riqueza de las Naciones” a la mano invisible y a la existencia de precios de equilibrio, la formulación de las ecuaciones del equilibrio económico se debe a Leon Walras a finales del s.XIX, y su metodología se ha utilizado durante todo el s.XX; no obstante, la demostración (bajo condiciones generales) de la existencia de equilibrio económico y sus propiedades normativas (Primer y Segundo Teorema del Bienestar) se deben a los trabajos de Arrow y Debreu, en los años sesenta.

 

[2] Véase “Hacer trabajar la Globalización” de Stiglitz, donde se exige siempre la intervención pública para corregir todos los fallos del mercado, sin analizar la propia eficacia de la acción pública en esos terrenos.

 

 

 

El Caso contra la Economía

Miércoles, Junio 18th, 2008

 

Eduardo Robredo, dedica un interesante post al artículo de presentación de “Equilibrio Social”. Siendo uno de los bloggers más interesantes y más influyentes del país (al menos influye bastante en mi), voy a escribir una nota sobre sus comentarios, ya que están bien escritos, son claros y resumen sintéticamente el caso contra la economía por parte de los científicos naturales.

 

En primer lugar, para una descripción cuidadosa del marco epistemológico moderno en economía, la referencia es esencial es este paper del premio Nobel Roger Myerson, donde, además, se refiere explícitamente a la cuestión de la consiliencia.

 

En segundo lugar, debo hacer una consideración genérica: casi todos los argumentos de Eduardo son correctos e irrebatibles; del mismo modo que los austríacos, sus críticas serían justas si correspondiesen a la realidad.

 

La primera crítica se refiere a la presunta ingenuidad epistemológica de la profesión:

 

En segundo lugar, porque como reconocía Hodgson, no es habitual que los economistas profesionales reflexionen sobre sus propias asunciones filosóficas”

 

Es con diferencia la más justa en lo que se refiere a la comunidad económica en su conjunto, y la más injusta en los que se refiere a los economistas influyentes, que con la posible excepción de los físicos cuánticos, son los científicos que sufren los peores problemas epistemológicos,  y que los han afrontado con más dedicación y con más éxito. A Lucas le debemos su famosa crítica, que es una versión asombrosa del problema sujeto-objeto (emparentada con el principio de incertidumbre). A Hayek le debemos la meta-racionalidad, y si el lector conoce “Acción humana”, no creo que queden dudas de que si los periodistas del papel salmón no son muy reflexivos, la culpa no la tiene la disciplina, sino ellos.

 

Después de esto, Eduardo hace tres acusaciones concretas, clásicas, y en absoluto falsas, pero que deben ser matizadas:

 

Por contra, el racionalismo clásico, reflejado en el desarrollo de la teoría económica durante buena parte del siglo XX, asumiría las tres tesis criticadas en su momento por Steven Pinker:

 

  

 1) La tabla rasa, al independizar o aislar la economía humana de la economía de la naturaleza,

 

Desde luego, no siempre fue así. Mi texto económico favorito es el capítulo II de los “Principios de Economía Política y tasación” en el que Ricardo describe las razones por las que existe la renta de la tierra y esboza una metodología sencilla y marginalista para valorar los recursos naturales. Esta metodología la recupera Harold Hotelling en su artículo de 1937, mezclándola con la Teoria del Control Óptimo y creando el campo de la economía de los recursos naturales. El modelo de Hotelling, como toda la economía de los recursos es matemáticamente maravilloso, y profundamente naturalista. Diré más: ninguna rama de la economía es más accesible a la economía neoclásica que la economía de los recursos, y la economía ambiental (por eso pretendo doctorarme en ello). No obstante, del mismo que el modelo de crecimiento de Ramsey predice un estancamiento económico una vez se han movilizado el trabajo y el ahorro, el modelo de Hotelling predice un aumento paulatino de los precios de las materias primas que no se ha materializado.

 

Y no se ha materializado porque simplemente la productividad creciente de los procesos de extracción y del uso de la energía se ha comido el efecto del agotamiento físico.

 

Durante este siglo la economía humana se ha separado cada vez más del entorno ecológico: baste decir que  nuestra economía metaboliza principalmente combustibles fósiles, un recurso que ningún otro ser vivo utiliza. Por otro lado, buena parte de los miedos de los ecologistas están exagerados: en conjunto, desde 1850 la economía no ha parado de depender cada vez menos del factor tierra, y del entorno ecológico. Es cierto que nosotros si influimos en los ecosistemas  (de hecho, más que nunca) pero el acceso a fuentes de energía y sistemas de producción complejos hace que hasta el momento hayamos podido aislarnos de los efectos de segunda ronda de nuestra intervención en la naturaleza: por eso cuando se produce una catástrofe natural en el mundo desarrollado el numero de fallecidos es insignificante respecto a sucesos mucho menores en sociedades menos capitalizadas

 

Una critica colateral a esta (y mucho mas inquietante) es que los economistas llevamos desde Adam Smith suponiendo una total homogeneidad biológica en las habilidades e inclinaciones humanas, y dando por supuesto (en la peor tradición del modelo estándar de la ciencia social) que toda estructura salarial, o de clase era un constructo social, sin considerar la posibilidad de que la biodiversidad humana (individual o grupal) sea un determinante fuerte en economía.  Ese si es un anti-naturalismo inquietante, pero naturalistas tan conocidos como Gould han hecho ímprobos esfuerzos por emputecer el debate, y callar a quienes lo han iniciado.

 

2) El buen salvaje, al asumir un “individualismo metodológico” sistemáticamente insensible al contexto y las instituciones (”En el principio fué Robinson Crusoe”),

 

Esta crítica, que era un error peligroso en el siglo XIX, hoy se puede rebajar a malentendido. En primer lugar, si algo caracteriza a los economistas es utilizar el comodín institucional para explicar lo que no entienden. Por ello, cada vez que alguien dice “instituciones”, yo siempre traduzco que estamos ante otra “medida de nuestra ignorancia”. Y normalmente “instituciones” es el último residuo después de controlar por todas las demás “medidas de nuestra ignorancia”.

 

La actitud ante las instituciones del individualismo metodológico es sencilla, y en el fondo está implícita en el post de presentación de “equilibrio social”.

 

Dado un marco institucional, se analizan los incentivos de los agentes, y se describe como maximizan su utilidad en ese marco institucional. Es decir, en general el economista toma el marco institucional como dado, del mismo modo que hace con las preferencias. Esto es así, porque en los problemas tradicionales de producción e intercambio que han sido el tema principal de la economía durante el 90% de su historia, lo importante era que existiesen derechos de propiedad (y esto era el marco institucional relevante, junto a la cuestión impositiva), y las preferencias solían ser relativamente sencillas (maximizar y suavizar el consumo, maximizar el beneficio, etc).

 

Ahora bien, el agnosticismo hacia las preferencias es consustancial al individualismo metodológico,  pero ahora mismo, el agnosticismo hacia las instituciones no; para hacer institucionalismo individualista, solo hay que describir el sistema institucional, las preferencias de los agentes y analizar si la estructura institucional es compatible con los incentivos. Este es el enfoque de la Teoría de la Elección Pública (y del diseño de mecanismos), y es, desde luego, totalmente kosher para un teórico de juegos aplicado, es decir, para un economista.

 

Emparentada con la crítica institucionalista, está la crítica historicista; quienes la hacen, afirman que los modelos abstractos en economía son irreales, poco descriptivos e inaplicables, y que solo una aproximación accidentalista a la realidad ofrece resultados fiables. Esto es probablemente falso en general (incluso en la política, tantas veces asociada a la arbitrariedad de un solo hombre), pero lo es especialmente en los campos tradicionales de la producción y el intercambio, donde la acción acumulativa de millones de decisiones nos permite utilizar la Ley de los Grandes Números.

 

Más en general, quienes critican la irrelevancia histórica de la teoría económica, en el fondo están deslegitimando los modelos matemáticos en ecología o genética de poblaciones [1]. Naturalistas como Dawkins o Jay Gould, o sobre todo Wilson han creado aproximaciones abstractas a la ciencia biológica; en general un texto de Teoría Evolutiva moderna  se parece mucho a uno de Microeconomía; incluso a nivel profundo, utilizan matemáticas fuertemente emparentadas (Teoría de Juegos y Teoría Evolutiva de Juegos); y a la hora de saltar de la teoría abstracta a la historia natural o económica, tienen los mismos problemas de adaptación.

 

3) el fantasma en la máquina, al asumir una separación cartesiana entre las ciencias de la naturaleza y las ciencias de la cultura.

 

No tengo que claro que el enfoque cartesiano separe sociedad y naturaleza. Solo separa “sujeto y mundo”, que obviamente están separados. Es verdad que el economista (que es un ser consciente) utiliza su conocimiento y perspectiva como ser consciente para abordar partes de la naturaleza que también resultan ser conscientes. En todo caso, este tema está más extensamente tratado aquí.

 

Otra ventaja del enfoque centrado en la consciencia, es que facilita hacer economía normativa, ya que lo normativo siempre debe estar asociado a la subjetividad. Hacer afirmaciones normativas con una teoría económica que no trata con la naturaleza subjetiva del valor, es imposible.

 

“El problema con el equilibrio es que hay demasiados desequilibrios que necesitan ser explicados. Las asunciones son demasiado exigentes: la competición (tanto interna como externa) no es perfecta, las personas no poseen información completa y no hemos evolucionado para tomar decisiones siempre “racionales””

 

Este párrafo tiene dos partes; una mete el dedo en la llaga realmente dolorosa; el otro me parece un malentendido (típicamente austro-económico).

 

Empezando por el malentendido, la Teoría de Juegos se puede aplicar para casos sin información completa (modelos de Stiglizt), y sin competencia perfecta (por ejemplo, el de competencia monopolística). El marco de la Teoría de Juegos es enormemente flexible, y la economía, por tanto, también.

 

En cuanto a la presunta irracionalidad, se divide en dos partes:

 

1) Sobre la formación de expectativas: estoy de acuerdo, la hipótesis de racionalidad en la formación de expectativas es demasiado fuerte; no obstante quienes la denuncian deben exponer sus propios mecanismos de formación de expectativas, alternativos, o describir con precisión los sesgos que el economista debe considerar. En ciencia, desde Kuhn hay una cosa clara: las teorías no se refutan; compiten unas con otras.

 

2) Existencia de “animal spirits”, “instintos”, “actividades compulsivas”, “comportamientos fijados neuronalmente”, etc… Me parece que este tipo de comportamientos son menos habituales de lo que se cree, pero si se describen con cuidado los sesgos que generan, se pueden incorporar a cualquier modelo o análisis económico. En los campos tradicionales de la economía (producción e intercambio), no parecen jugar un papel esencial, pero conforme el programa del individualismo metodológico avanza hacia otros campos de la acción humana, este tipo de críticas deberán tomarse más en cuenta. Ahora bien, la irracionalidad, si existe, debe modelizarse con el mismo cuidado que la racionalidad, y después debe entrar en los mecanismos de agregación social como hasta ahora.

 

Los expertos en psicología evolutiva muchas veces se quejan de que no se toma en consideración su perspectiva en ciencia social; el principal motivo es que los científicos sociales no están realmente interesados en entender las preferencias: solo desean describirlas. No nos importan las razones por la cuales los agentes tienden a tener una preferencia temporal alta en la juventud: nos basta constatar que la tienen. No nos interesa por que las mujeres prefieren a hombres con brazos fuertes; nos interesa que los prefieren y sus consecuencias.

 

Ahora lo que duele: el desequilibrio.

 

El formidable edificio del equilibrio general describe una economía de trueque, donde todas las transacciones se efectúan a través de un subastador central, que mediante un mecanismo no explicitado genera unos precios relativos (ratios de intercambio) tales que la cantidad demandada de cualquier producto iguala a la cantidad producida. El proceso de subasta, incluso para una economía dinámica, ocurre de forma estrictamente estática (fuera del tiempo): el estudiante de economía ve unas ecuaciones, donde los precios son únicos y las relaciones marginales de sustitución son iguales para todo par de bienes, pero jamás se le muestra al arbitrista que crea esos precios únicos. Es una hipótesis hundida del modelo, y la radical incapacidad de la mayor parte de los economistas para detectar hipótesis hundidas es el mejor argumento contra la economía matemática.

 

Bien, el modelo Walrasiano (y los modelos de teoría de juegos) dependen de mecanismos de subasta hundidos, y no explicitados por el modelo. En una economía Walrasiana es Dios quien empareja la oferta con la demanda.  En el mundo real es una industria imperfecta de arbitristas, intermediarios, comerciantes… que forman estructuras complejas, donde, aunque la tendencia al equilibrio arrastra inevitablemenete al sistema en condiciones normales, otras dinámicas granulares pueden jugar un papel desconocido: el sistema esta lleno de bucles de realimentación estabilizadores, pero en algunos procesos económicos y sociales (crisis financieras, revoluciones, etc), yo percibo procesos de criticalidad autoorganizada. De entre todos los economistas que pueden amenazar a la economía en su formulación actual, los más peligrosos son los matemáticos Benoit Mandelbrot y Rene Thom.

 

Las objeciones de Eduardo, aunque muy razonables en principio, tienen importancia significativa, pero no crítica, en el campo tradicional de la economía, aunque son de un peso mucho mayor a la hora de emplear las herramientas del individualismo metodológico en otras cuestiones sociales, o en la comprensión de los procesos históricos o en la antropología. Todas ellas han sido (largamente) consideradas, y si no se les ha dado más importancia es más bien por razones empíricas que por falta de flexibilidad de la metodológica.

 

En resumen: el marco metodológico y matemático del individualismo metodológico (=reduccionismo social) y la Teoria de Juegos es sólido, consiliente, y universal; precisamente por ello, se puede utilizar, y se esta utilizando para considerar los problemas que señalan los críticos naturalistas. Desde la perspectiva privilegiada de quien es economista y  semi-científico natural, tiendo a pensar que ignoran más los científicos naturales de economía que los economistas (al menos, los importantes [I y II]) de ciencias naturales.

 

 

[1] Sin embargo, la comparación entre Biología y Economía, no es del todo exacta: la Biología no solo estudia las relaciones entre organismos sino también su constitución íntima; por ejemplo, el biólogo describe las mitocondrias, mientras la descripción de los motores de combustión interna no se entiende que sea parte de la economía (aunque el economista debería conocerla). La comparación más exacta es la que emparenta Economía y Ecología o Genética de Poblaciones, que si estudian temas análogos, y son análogamente intensivas en matemáticas y en controversias.

Equilibrio Social

Lunes, Junio 16th, 2008

  

Primer/ultimo post

 

Hace tres años y medio y más de cien entradas que empecé a escribir este blog, por dos motivos principales: en primer lugar, ya entonces se me acumulaban notas y temas sobre los que escribir (aunque ahora tengo muchos más), y me faltaba un incentivo para hacerlo. La gratificación inmediata de publicar lo que se escribe me pareció la única forma de autodisciplina a mi alcance. También me gustaba la idea de que en mi habitación anónima de un barrio anónimo de Madrid pudiese tener una audiencia global. Ese público anónimo, del que ni siquiera conozco su número, pero que me consta que incluye (por ejemplo) españoles, latinoamericanos e israelíes no ha parado de fascinarme cada vez más (¿quienes son? ¿por qué me leen?). Por otro lado, en una sociedad progresivamente más asfixiada por la ideología de la democracia corporativista, por el debate de intereses frente al debate de ideas, y sobre todo, por una radical insinceridad sobre los intereses, la oportunidad de protestar (principalmente contra las falacias) me parecía una necesaria terapia de desintoxicación.

 

Hoy este blog se muda. Este es el último post que se publicará en “Kantor”, y es el primer post de “Equilibrio Social”, incluido en Lorem Ipsum . Las razones de este cambio son sencillas: la versión en inglés de Kantor (“Social Equilibrium”) me exige unos cuidados que no puedo darle, y que en Lorem Ipsum puede recibir. La versión en castellano, por su parte, se incluye en lo que es su lugar natural en la blog-esfera: Lorem Ipsum, una red dedicada a la excelencia sin considerar ideologías y que aspira a ser una referencia en el mundo para-académico en lengua española, y un puente con el debate global, que naturalmente, se hace en inglés.

Kantor (ahora “Equilibrio Social”) seguirá incluido en sus agregadores tradicionales: Red Liberal y Siracusa 2.0, y los artículos seguirán re-publicándose en Debate 21. Como siempre toda re-publicación o cita que enlace o referencie la fuente es más que bienvenida.

 

Equilibrio Social
 

En su libro de texto clásico, Samuelson definía la economía como “la ciencia social que estudia la producción distribución y consumo de bienes y servicios”. Definido de esta forma, su campo de estudio parece útil e importante, pero también estrecho y aburrido. Afortunadamente, esta definición esta superada.

 

Fue Ludwig Von Mises en su libro clásico “Acción Humana” (1949) el primer científico social que defendió el individualismo metodológico como una teoría de unificación de la ciencia social. La “praxeologia” como la definió Von Mises era la teoría de la acción de un ser volitivo y racional sometido a escasez. Lo que tradicionalmente se había llamado “economía” era por tanto un sub-campo de esa ciencia de la acción racional y de sus consecuencias, aplicada al campo de la producción y el intercambio (“cataláctica”). Su aproximación personal a la praxeología era fieramente anti-matemática, pero para los matemáticos, la definición sonaba como una sub-disciplina de la teoría de la optimización.

 

Poco después, en los años cincuenta, John Nash y John Von Newman crearon la Teoría de la Decisión y la Teoría de Juegos. El “Equilibrio de Nash” era una construcción matemática que describía la acción de un conjunto de individuos racionales que maximizaban sus objetivos de forma no-cooperativa. El marco conceptual de Nash demostró ser capaz de incluir todos los modelos de la economía neoclásica. Los modelos de competencia oligopolística de Stackelberg y Carnot, el modelo de consumo óptimo inter-temporal de Ramsey, y por supuesto, la joya de la corona-el modelo Walrasiano de Equilibrio General- eran, todos ellos, “equilibrios de Nash”. El individualismo metodológico podía ser descrito con precisión y universalidad y no estaba restringido al comercio y la producción; todo el campo de la elección racional era permeable al marginalismo y al individualismo.

 

Después de Nash y Von Mises tenía que proponerse una nueva definición de “Economía”. Dejaremos la más técnica a los técnicos. Para los filósofos, os voy a proponer una:

 
Desde el Gran Cisma de la Modernidad, que asociamos a Descartes y Newton, dividimos la realidad en dos partes: el sujeto pensante (“res cogitans” en Latin) y la realidad física (“res extensa”). Tenemos algunas ciencias para describir la “res cogitans”: Lógica, Matemáticas, Teoría de la Decisión, Semántica y la filosofía de Descartes & Wittgenstein .También la Psicología y el Arte contribuyen a esa exploración del “yo”.

 

La existencia de la realidad externa no se puede “probar”, pero en general la aceptamos. Las ciencias naturales (la Física y sus hijas) la describen.

 

Pero el hecho de no ser los únicos seres pensantes crea un plano de realidad adicional: la intersubjetividad: el lugar donde ocurre la interacción social y la moralidad.
 
Vamos pues a nuestra definición: La Teoría de la Decisión es el Álgebra que describe como la razón y el deseo se convierten en la acción. La Economía es la geometría de la inter-subjetividad.

 

Equilibrio Social Aplicado 

   

La Teoría de Juegos fue el comienzo de una revolución silenciosa. James Buchanan aplicó el individualismo metodológico a la ciencia política, creando la Teoría de la Elección Pública; Gary Becker extendió la economía hacia campos clásicos de la sociología (género, crimen, raza, y clase social) demostraron ser permeables al análisis económico, es decir a la Teoría de Juegos aplicada. En su libro “Nonzero”, Robert Wrigth intenta describir la Historia Universal como una sucesión Pareto creciente de tecnologías sociales. En mi opinión el empeño falló parcialmente, pero abre el camino de los futuros “historiadores teóricos”. El uso del individualismo metodológico en otras ciencias sociales recibe el nombre de “imperialismo económico” y el imperio parece ser el conjunto de la ciencia social.

 
Este blog se dedica principalmente a la ciencia social: quiero decir ciencia social positiva. Pero desde luego, también tengo un punto de vista normativo: la acción política es el producto de combinar razón positiva y deseo normativo.

 

Me resulta más difícil dar cuenta de mis puntos de vista normativos. En principio son un convencido consecuencialista, y marginalista ético, y utilizo las herramientas normativas construidas alrededor del utilitarismo. Pero buena parte de lo que pasa por utilitarismo, es simple cortoplacismo. Utilitarismo corregido por consistencia temporal y meta racionalidad hayekiana es quizá la mejor descripción de mi normatividad política. A nivel más ¿emocional? supongo que soy un liberal hobbesiano: puedo aceptar el poder con resignación, pero nunca con entusiasmo.
 
Finalmente, para todos aquellos que no me conozcais, en la Gran Lucha de nuestro tiempo estoy de parte de la Globalización, la Hegemonía Americana e Israel contra el nacionalismo, la anarquía internacional y el fascismo islamista.