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Domingo, Enero 10th, 2010
A pesar de nuestras diferencias metodológicas, Juan Ramón Rallo es uno de los economistas con los que me siento más afín. Esto se debe a varios puntos de acuerdo fundamentales: estamos de acuerdo en que la actividad de la banca de reserva fraccionaria no crea dinero, sospechamos de que hay una fuerte relación entre la transformación de plazos y el lado financiero del ciclo económico, tenemos un enorme interés por la relación entre riqueza y renta (y por su representación contable) y estamos de acuerdo en que no son las rigideces nominales en los precios, sino la naturaleza no fungible del capital lo que hace posible el ciclo económico.
No obstante, aparte de las diferencias metodológicas, tenemos algunas más materiales sobre la interpretación de algunos conceptos económicos. La primera es que mientras Juan Ramón considera que la transformación de plazos hace inevitable el ciclo económico, yo creo que existe un nivel en el descuadre en plazos de los balances bancarios que es compatible con la estabilidad económica. Este es un tema muy difícil que no voy a discutir aquí (¡ni en los comentarios!).
La otra diferencia fundamental es que su Teoría del Capital es ortodoxamente austríaca, y la teoría del capital de Hayek es tan escandalosamente errónea, antinatural e ininteligible que probablemente se cargó a la Teoría Austríaca en los años treinta, y sigue siendo con gran diferencia lo que más ha contribuido a desprestigiar a la Escuela Austriaca hasta hoy. “Precios y Producción” es un libro abrumador sobre el ciclo económico, que propone un programa de investigación sólido y enormemente avanzado para su época (basado en el efecto Cantillon), pero los capítulos, y sobre todo los diagramas dedicados a la Teoría del capital generan la sensación de que lo que se entiende es abismalmente erróneo, y lo que puede ser cierto no se entiende.
¿Por qué falla la Teoria de Hayek? Una explicación de la Teoría Austríaca del Capital se encuentra en el libro de Jesus Huerta de Soto, “Dinero, Crédito Bancario y Ciclos Económicos”, capítulo V, página 218.
Dice Huerta de Soto:
“Podemos denominar bienes de capital a las etapas intermedias de cada proceso de acción, subjetivamente consideradas como tales por el actor. O, si se prefiere, bien de capital será cada una de las etapas intermedias, subjetivamente considerada como tal, en las que se plasma o materializa todo proceso productivo emprendido por el actor”
“La condición sine qua non para producir bienes de capital es el ahorro, entendido como la renuncia al consumo inmediato. En efecto, el actor sólo podrá alcanzar sucesivas etapas intermedias de un proceso de acción cada vez más alejadas en el tiempo si es que, con carácter previo, ha renunciado a emprender acciones con un resultado temporal más próximo, es decir, si ha renunciado a la consecución de fines que satisfacen inmediatamente necesidades humanas y que temporalmente son inmediatos”
En la página 233, Huerta de Soto describe la estructura productiva de la misma forma que Hayek, y realiza diagramas análogos. El punto fundamental es que según la Teoría Austríaca del capital, los bienes de avanzan a través de la estructura productiva hasta “madurar en el consumo”. Hayek llama capital a todos los bienes que están “madurando” hacia el consumo, y entiende que los aumentos del ahorro permiten que los bienes puedan madurar durante más tiempo, obteniéndose un consumo “superior” al precio de obtenerlo “más tarde”.
La idea de que los bienes deben madurar hacia el consumo no es necesariamente errónea: es cierto en el caso del vino, exactamente tal y como lo describe Hayek. Es cierto también que en la agricultura hay procesos, como la maduración del fruto en el árbol donde en efecto, un bien madura en el tiempo hacia el consumo. Pero del mismo modo que la intuición de “madurar hacia el consumo” tiene un significado evidente y sólido en el caso del fruto, ¿qué quiere decir en el caso del árbol del que cuelga el fruto? ¿Madura un árbol hacia el consumo cuando da frutos? Más bien, una vez instalado, el árbol genera consumo sin poderse hablar de “maduración”.
El capital fijo no madura hacia el consumo en ningún sentido sensato de la expresión. Su misión no es transformarse en consumo, sino aumentar la capacidad para convertir bienes intermedios en bienes finales, o por decirlo en términos más austríacos, el capital fijo limita la cantidad de bienes intermedios que pueden madurar hacia el consumo en cada momento. Si uno mira el proceso productivo como un flujo de bienes intermedios que avanzan desde el estadio de factores originales (trabajo y tierra) hacia el estadio de bienes finales, el capital es simplemente el calibre de la tubería por la que circulan los bienes.
Capital fijo y capacidad son conceptos que deben estar siempre unidos en la mente del economista. Precisamente la misión del capital fijo es canalizar la transformación de los bienes intermedios en bienes finales, y la cantidad de capital fijo limita la capacidad para realizar ese proceso de transformación. Por eso, el error central de la Teoria Austriaca del Capital es meter en el mismo saco a los bienes intermedios y al capital fijo, que en el proceso productivo real juegan papeles distintos.
Las consecuencias del la mala representación del capital son significativas, pero en modo alguno letales para la Teoría Austríaca del Ciclo. En su nota sobre Capital y Ciclo, dice Rallo:
“Según Mises y Hayek, el crecimiento vivido durante el boom es inducido por un sistema bancario al expandir masivamente el crédito, por lo que en su mayor parte ni es real ni es sostenible; al manipular a la baja los tipos de interés, las industrias más alejadas del consumo comienzan a hiperdesarrollarse a costa de las industrias más cercanas al consumo, arrojando una estructura productiva que dura más tiempo del que están dispuestos a esperar los consumidores para adquirir sus frutos (tal y como manifiestan en el volumen de ahorro real).”
Pero la cuestión es ¿lejanas del consumo en que sentido? ¿en kilómetros? ¿En pasos de transformación del proceso de los bienes intermedios (tal como expresa la inversa de Leontief)? La respuesta austríaca en general ha sido esta última, entendiéndose por “lejanas del consumo” en primer lugar a la agricultura y la minería, y a las industrias productoras de bienes intermedios menos elaborados. No obstante, desde el punto de vista del proceso productivo real, dado el capital fijo, el tiempo (o el número de pasos) que tardan los bienes intermedios en convertirse en bienes finales (ya sean de consumo o de inversión) es despreciable. Por eso el término “lejanía del consumo” es engañoso y extravagante. En mi opinión la industria del petróleo, o de la producción de barras de acero no está especialmente “alejada del consumo”.
Otra cosa bien distinta es la lejanía de los proyectos empresariales o de los bienes hasta la amortización. Quien compra un proyecto empresarial con rentabilidades muy lejanas, acciones que representan cash-flows muy alejados del presente, o incluso quien adquiere una vivienda que se tiene que pagar en el momento pero que ofrece sus utilidades durante periodos muy largos de tiempo, puede verse en una situación muy incomoda, al haber inmovilizado su riqueza muy por encima de lo que era sostenible para su nivel de renta o ahorro. Una característica típica de los auges insostenibles es que los bienes de capital empiezan a cotizar a PERs absurdos, como ocurrió (y ocurre) en el caso de las casas en España, y precisamente devolver el PER de los activos hasta niveles compatibles con el crecimiento potencial y la preferencia temporal de los agentes es el primer paso para empezar la verdadera recuperación económica.
Una vez eliminadas las mistificaciones hayekianas sobre la estructura del capital, la Teoría austríaca resulta bastante más inteligible y verosímil, aunque me temo que en vez de decir que las crisis reestablecen la “soberanía del consumidor”, deberíamos decir que lo que hacen es reestablecer la soberanía del ahorrador y del inversor, que son quienes durante el auge renuncian al consumo, y que son quienes cuando las pérdidas impactan sobre sus libros de balance, comienzan la liquidación de inversiones fallidas. Otra consecuencia de eliminar las mistificaciones sobre el alargamiento de la estructura productiva es que las distorsiones sectoriales que deja el auge ya no se interpretarían como que “la estructura productiva no genera los bienes que exige el consumidor”, sino que no genera los flujos de caja que exigen los ahorradores y los capitalistas.
Para aquellos interesados en las controversias sobre la Teoría del Capital os dejo este enlace a un corto resumen de la llamada “Controversia de Cambridge“.
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Lunes, Diciembre 28th, 2009
1.-Los bienes intelectuales como bienes públicos
Decidí escribir este artículo sobre la Popiedad Intelectual, después de leer este post en Marginal Revolution sobre bienes públicos, donde Cowen seguía una larga tradición de exponer ejemplos penosos de bienes públicos (¡la defensa contra los meteoritos!) e ignorar el caso más importante e ilustrativo: las creaciones intelectuales copiables.
Los bienes públicos se llaman así por ser “no excluibles y no rivales”, es decir, como el faro que se pone en un arrecife, son bienes económicos (el faro evita naufragios, con los costes humanos y materiales que conllevan, y tiene un coste de operación e instalación), pero el servicio que da dicho faro es “no excluible”, porque no puedes evitar que un barco que no pague por el faro lo vea, y por tanto disfrute del servicio, y es “no rival” porque la utilización del faro por un barco no consume el bien en ningún sentido.
A pesar del nombre, muchos de los bienes y servicios que provee el Estado no son en absoluto bienes públicos: la sanidad es fácilmente excluible (puedes cobrar por ella sin especiales dificultades) y perfectamente rival: las horas que un médico dedica a un paciente no se las puede dedicar simultáneamente a otro, y las aspirinas que yo me tomo no curan el dolor de cabeza de mi vecino. A estos bienes privados provistos por el Estado se les debe llamar bienes socializados.
Los bienes públicos por excelencia son los contenidos intelectuales con un formato lineal-copiable. Las teorías científicas, los diseños tecnológicos y las obras literarias, cinematográficas o musicales son reproducibles y transmitibles, ahora mismo a coste cero. En ausencia de propiedad intelectual, un libro puede ser fácilmente escaneado y colocado en un repositorio de Internet, donde todos podemos disfrutar de él, sin pagar por su producción, y sin congestionar el consumo de terceros. Por eso, en última instancia, la teoria de los bienes públicos y la de la propiedad intelectual son básicamente la misma, y si el lector es profesor de economía, le recomiendo que tenga en cuenta que una buena clase sobre bienes públicos es una buena clase sobre propiedad intelectual y viceversa.
Para evitar confusiones, es importante que quede claro que la copiabilidad de las creaciones intelectuales no es uniforme: el software, en nuestra época puede ser almacenado y utilizado desde servidores remotos. Ya no es necesario que un programa este íntegramente cargado en la máquina del usuario, de forma que a día de hoy se puede interaccionar con un programa sin poder copiarlo. Por tanto el software sigue siendo no rival, pero la tecnología permite que sea excluible. El “World of Warcraft”, o los programas de oficina de Google demuestran que a día de hoy las razones para ofrecer una protección a la propiedad intelectual del software son mucho menos fuertes que en la etapa épica en que Bill Gates comenzó a vender su sistema operativo en discos. El secreto empresarial es también una forma de proteger la propiedad intelectual en el caso de muchos avances técnicos para los cuales la ingeniería inversa es complicada.
No obstante, muchas creaciones técnicas enormemente valiosas y útiles son de difícil producción y fácil copiado. En el caso de la industria del medicamento, las obligaciones regulatorias también dificultan el mantenimiento del secreto. La aproximación del secreto empresarial (es decir, de hacer que la creación intelectual no sea un bien público) es irregular y limitada, pero en mi opinión se subestiman sus posibilidades.
Las obras intelectuales lineales sin embargo no tienen posibilidad alguna de evitar la copia: un libro, una película o un disco que se pueden ver, se pueden copiar. Es trivial que si yo puedo escuchar una canción, un micrófono ambiental puede copiarla, y si puedo leer un libro, las páginas pueden ser fotografiadas. No hay soluciones tecnológicas para la copiabilidad del cine, la música o los libros. Son por tanto irremediablemente bienes públicos.
De entre todas las creaciones intelectuales, las más importantes no tienen protección legal alguna: cuando Ramoncín os pregunte con que derecho copiamos (¿alguien lo hace?) sus CDs sin pagarle, preguntadle cuanto paga la Facultad de Física a los herederos de Einstein por enseñar Relatividad. A pesar de su enorme valor añadido, las teorías científicas no devengan rentas. No obstante, contra las previsiones del neoclasicismo ingenuo, la producción científica no es cero. Esto se debe a varias circunstancias: en primer lugar, desde hace tres siglos se ha descubierto que hay fuertes sinergias entre el sector de la educación superior y la investigación. Mucho antes de que el sector público entrase en las universidades, estas instituciones han sufragado las investigaciones científicas a cargo de las rentas que pagaban los estudiantes universitarios. En el último siglo, algunas grandes empresas, dentro de sus laboratorios tecnológicos, han permitido y alentado la investigación científica pura, al entender que un ambiente propicio a la innovación exigía la presencia de investigadores teóricos. También los últimos cincuenta años han visto dispararse la colaboración universidad-empresa, donde esta última ha servido a la primera como consultora de alto nivel, recibiendo no solo contraprestaciones económicas, sino retos intelectuales que han contribuido al avance científico “teórico”.
Finalmente, siendo el conocimiento científico un bien público, y en este caso uno no protegido por ninguna medida de propiedad intelectual, el Estado ha pagado por la investigación teórica, con resultados menos espectaculares de los que esperaría un socialista, pero mejores de los que hubiese vaticinado un libertario. El hecho de que la intervención estatal en el sector de la producción científica haya sido infinitamente más eficaz que sus patéticas incursiones en el sector de la producción estética se debe a que es mucho más fácil crear medidas objetivas de valor en el campo de la ciencia que en el del arte. La comunidad científica dispone del método científico como medida razonablemente objetiva de validez, y las citaciones científicas son una medida (imperfecta) de la importancia de un resultado investigador o de las capacidades de un científico. Como comunidad descentralizada e internacional, la comunidad científica (como los tribunales de la Ley Común o los mercados) permite en su seno procesos hayeckianos de auto-organización que junto al método científico crean una dinámica (imperfecta) de convergencia a la verdad.
Aunque con toda seguridad el dinero público y la perversa competencia por él han dañado la integridad del proceso de validación científica, esos mismos recursos públicos han contribuido decisivamente a acelerar el proceso científico, con un resultado que casi con toda seguridad ha sido netamente positivo.
2.- La solución Coasiana: Propiedad Intelectual
La solución más clásica para la provisión de un bien público es precisamente su provisión pública. Esta solución tiene los problemas asociados a la producción burocrática de bienes y servicios, los asociados a los incentivos perversos del gobernante (Teoría de la Elección Pública) y los derivados de la naturaleza subjetiva del valor y la complejidad del proceso económico que podemos llamar el “Problema del calculo económico bajo el socialismo“. En particular, en el campo de la creación cultural, la dependencia del poder político genera una cultura servil, de la que el lector español esta perfectamente informado. Además, la producción intelectual (e incluso la técnica) es la parte de la economía de más difícil valoración por medios estadísticos y burocráticos. Si el Estado tuviese que valorar las películas y las patentes y pagar por ellas, el resultado sería casi con seguridad soviéticamente catastrófico. La comunidad científica no puede hacer una valoración empresarial (orientada al consumidor) del conocimiento científico, y ningún comité de “sabios” es mejor que mi propia opinión a la hora de valorar una película.
Después de la provisión pública, la siguiente opción clásica es la distribución coasiana de derechos de propiedad. No obstante, el Teorema de Coase nos advierte sobre sus propias limitaciones: los costes de transacción pueden comerse perfectamente las ganancias de establecer derechos de propiedad. En el caso de los bienes intelectuales, la radical imposibilidad de decidir que parte de las ganancias derivadas de la Teoria de la Relatividad debería pagar Einstein a los herederos de Newton y Maxwell (o a Lorenzt), aparte de la imposibilidad de decidir cuanto valor añadido ha aportado la Relatividad y cuanto la Mecánica Cuantica a la construcción del microchip han contribuido decisivamente a mantener la Ciencia como propiedad común. El ejemplo anterior ya indica lo difícil que es trazar vallas en el campo de las ideas, y las ideas tecnológicas no son mucho más fáciles de dividir en parcelas que la ciencia pura. La existencia de toda una industria de las patentes defensivas añade evidencia a lo evidente.
Adicionalmente, en el caso de los bienes intelectuales técnicos (patentes) la propiedad se confunde con el monopolio. Y la cosa no tiene arreglo: si mi vecino construye un molino y cobra precios abusivos por él, yo puedo construir otro y rebajar los precios hacia los costes. Pero en el caso de que tenga la patente sobre el concepto de molino, yo ya no tengo derecho a construir un molino, así que si el consumidor no tiene pan, solo le queda comer pasteles.
Si solo tiene una patente sobre el molino con piedra pomez, los demás tendremos que hacer un molino de granito; el de piedra pomez ya no podemos reinventarlo. Una cuestión importante es que en este mundo de propiedades etéreas, uno nunca sabe si al inventar el molino ya soy propietario de la idea de molino, o solo del diseño concreto del molino original, o de los molinos que “se parecen” al original. Si la gente se peleaba por los lindes de piedra, imagine el lector las puñaladas asociadas a la propiedad intelectual.
La forma más natural de competencia es la imitación de los modelos exitosos, y eso es justamente lo que la propiedad intelectual impide. También impide (al contrario que el secreto empresarial), que otros empresarios repliquen el proceso de invención original.
En el caso de los bienes intelectuales artísticos, donde todas las obras son suficientemente únicas como para que no haya efecto bloqueo (es decir, al escribir y registrar una novela, no impido a otro escribir otra parecida), el hecho es que aparece el efecto opuesto: si nos tomamos en serio la propiedad intelectual ¿cómo es posible que Elvis no cobrase por la inspiración que les dió a los Beatles? Adicionalmentem los esquemas de cobro por los bienes intelectuales en una época con tecnologías de copia casi perfectas exige echar por la borda una pila de derechos y principios jurídicos: ¿Cómo es posible controlar lo que se intercambia por correo electrónico, o por sistemas de compartido de ficheros (P2P) sin leer el correo o mirar los archivos? ¿Cuánto es necesario relajar la protección de la intimidad y la libertad de expresión para defender la propiedad intelectual? Hoy en día, casi totalmente.
En nuestra sociedad de la copiabilidad y la transferibilidad, las vallas que defienden la propiedad intelectual son cada vez más difíciles de defender, y tienen costes sociales crecientes y quienes desean esa protección en general nos la exigen a expensas de la libertad y la propiedad de los demás.
No obstante aquellos que rechazan el “monopolio intelectual” deben considerar antes de darse por vencedores en este debate envenenado que el monopolio no es el peor régimen posible de mercado; el peor régimen de mercado es el “nulopolio”, es decir, que no exista el producto; especialmente dejo al lector reflexionar sobre el caso de las patentes farmaceúticas. También debemos reflexionar quienes tenemos muchas esperanzas en el secreto empresarial, que mantener dicho secreto tiene sus propios costes de transacción. En conjunto, añadir “al fuego de la creación el combustible del interés” es crítico al menos en el campo de las obras técnicas y artísticas cuyos costes de producción son realmente elevados: los músicos pueden vivir de sus conciertos, y los escritores rara vez han vivido de sus libros, y sin embargo los han seguido escribiendo. Pero “Avatar” necesita vender copias, al menos en los cines, y sin propiedad intelectual los propietarios de estos cines no pagarían por un bien público.
En todo caso, Hollywood esta sobreviviendo solo con las salas de exhibición y las ediciones de lujo, lo que nos indica que criminalizar la copia y el intercambio privados es innecesario, al menos desde el punto de vista que importa: el del consumidor. Y siendo la propiedad intelectual una forma irregular de propiedad que se confunde con el monopolio, y que por tanto no solo defiende derechos, sino que también los lesiona, su justificación no puede ser otra que el bienestar del consumidor. Con este objetivo en mente, la protección de la propiedad intelectual es en muchos ámbitos (bienes culturales) excesiva, en otros redundante (software) y en todos los demás probablemente necesita una reforma que en general debería ir en dirección a relajarla.
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Martes, Diciembre 8th, 2009
1.-Macroeconomía Keynesiana
Aunque mis lectores saben que los bancos no deben quebrar (aunque pueden ser liquidados) mi opinión sobre los estímulos fiscales es mucho menos positiva, y siendo justos, la de la profesión económica tampoco es entusiasta.
Por una parte, los impuestos progresivos y los programas sociales forman los llamados “estabilidadores automáticos”, que hacen que de forma inmediata toda reducción de la demanda se traduzca en una reducción de la presión fiscal, y en un aumento del gasto social, de forma que el Estado tiende a aumentar su contribución a la demanda cuando los agentes privados reducen la suya. Esto, claro está es positivo, y no merece más comentario.
No obstante, la tradición keynesiana afirma que el Estado puede y debe ir más allá, aumentando de forma “discrecional” el gasto público en tiempo de crisis: por ejemplo, estableciendo programas de construcción de infraestructuras, o aumentando la oferta de empleo público para sustituir a la anémica demanda de trabajo del sector privado.
Ya manifesté mi moderada simpatía por los programas de gasto de la administración Roosvelt durante los años treinta, cuando la Depresión ya era un hecho y no existía un sistema financiero que permitiese convertir ahorro en inversión: al aumentar el poder de los sindicatos y evitar el ajuste a la baja de los salarios, Roosvelt pudo un efecto netamente negativo sobre la economía, pero en mi opinión acertó con los estímulos fiscales. En Alemania, Hitler logro una recuperación más rápida al combinar una fuerte estimulación de la demanda con una reducción drástica del salario real, lo que debería hacer reflexionar tanto a la izquierda que pretende mantener los salarios para evitar la caída del consumo, como a la derecha que rechaza de plano la estimulación de la economía.
No obstante esta vez los bancos no han quebrado, y por tanto la inversión privada puede reaparecer, y de hecho, según los últimos datos está volviendo en varios países. Para entender la lógica del keynesianismo, lo primero que el lector debe preguntarse es ¿si funciona en las crisis, porque no hacerlo siempre? Es decir, si un aumento de la inversión pública estimula la economía en las crisis ¿no la estimularía igual en la fase alcista? La respuesta empírica es que dentro de los países desarrollados los países con inversión pública por encima de la media no crecen más que los demás, así que algo falla en el argumento.
Y fallan varias cosas: en la fase alcista del ciclo, la inversión pública expulsa a la privada, al competir por recursos y financiación con ella. Pero sobre todo, la estimulación keynesiana genera un stock de deuda pública, que se traduce antes o después en más impuestos. Los déficit públicos generan un flujo corriente de estimulación económica, si, pero dejan tras de sí un stock de deuda que deprime la economía. Ese stock de deuda no es algo que afecta solo al futuro: afecta ya hoy a las expectativas de los agentes, y en particular a las expectativas de los inversores, que saben que el efecto estimulador del déficit público es un depresor de la actividad y los beneficios futuros.
Es decir, la estimulación keynesiana de la demanda presente es desestimulación de la inversión, y el lector ya sabe que el ciclo es siempre culpa de la ausencia de inversiones, y solo secundariamente de la caída del consumo. Así que no debemos equivocarnos sobre esto: tirar el dinero en proyectos inútiles no estimula la economía: genera un stock de deuda pública que no está respaldado con un aumento de la productividad. Si el dinero público se gasta en algo totalmente inútil podemos estar totalmente seguros de que el efecto sobre el efecto neto sobre el bienestar económico será negativo. Ahora bien, el gasto público, no es necesariamente inútil.
2.-Hacienda pública samuelsoniana
Aunque mis amigos libertarios suelen olvidarse de ellos con frecuencia, los bienes públicos existen. Y aunque muchas veces, por múltiples vías el mercado los provee, en la medida en que un bien se acerque más a ser un verdadero bien público, el mercado lo proveerá cada vez peor.
Así pues, hay inversiones públicas que merece la pena abordar; Samuelson , por ejemplo, derivó una condición clásica para que merezca la pena (desde el punto de vista del bienestar) realizar una inversión pública, teniendo en cuenta el efecto distorsionador de los impuestos.
Si el stock de bienes públicos se deja decaer, dado que entran en la función de producción, la producción se resiente. Y los inversores detestan los impuestos, si, pero no los bienes públicos, y cuanto más entran esos bienes públicos en la función de producción, más importancia le dan los inversores. No hay inversores anarquistas.
El Estado, al contrario que los agentes privados internaliza las ganancias de productividad que generan los bienes públicos en rentas fiscales más altas, y es por ello el único agente que se capitaliza generando bienes públicos, es decir, bienes cuyo efecto positivo sobre la economía es disperso. El famoso faro de Adam Smith no genera beneficios suficientemente altos a ningún ciudadano particular como para que le merezca la pena construirlo, pero para la Oficina de Aduanas puede ser un activo rentable en términos estrictamente contables.
Así pues, cuando el dinero se tira en molinillos, los inversores saben que la condición de Samuelson no se cumple, mientras que cuando mejoramos la red de ferrocarriles de mercancías, los inversores saben que si, y piensan inmediatamente en poner vagones sobre los ferrocarriles construidos por el Estado. Como cualquier otro agente económico, el Estado puede utilizar el incremento de sus pasivos para generar activos valiosos, o para nada, en cuyo caso, al final solo quedan las deudas.
Bien, ahora llega el punto importante: ningún argumento keynesiano (macroeconómico) puede afectar al nivel real deseable de bienes públicos. El stock deseable de bienes públicos, es como el tipo de interés, y el nivel de desempleo: una variable real. Y Friedman y Phelps ya nos advirtieron que ninguna manipulación monetaria cambia la realidad.
Así pues, el stock deseable de bienes públicos no cambia con las crisis; los proyectos económicos públicos rentables se determinan “corregidos del ciclo”. Pero si el stock objetivo de bienes públicos no depende del ciclo, lo que si depende del ciclo, y precisamente en esto consiste el keynesianismo (rectamente entendido) es la velocidad de instalación.
3.-Keynes y Samuelson
La suma de lo que hemos aprendido tiene una consecuencia sencilla, que en el fondo resume lo que el Keynesianismo debería haber sido: el Estado debe tener siempre sobre la mesa un stock de proyectos de inversión rentables, y debe ejecutarlos lentamente en la fase alcista del ciclo y muy rápido en las etapas de crisis. Junto con los estabilizadores automáticos, eso es todo. Más allá de ese punto, el gasto público es dispararse en el pie.
Cuando el inversor ve al gobierno aumentar el gasto público con fuerza en la crisis, no debe pensar que la línea de AVE que se está construyendo con esa inversión adicional va a aumentar la deuda: debe pensar que la inversión se ha adelantado como consecuencia de la crisis. Si el inversor ve el aumento de la inversión pública corriente como un simple adelantamiento de proyectos rentables (sobre el ciclo), la actividad del Estado no afecta a sus expectativas de beneficio, mientras que la estimulación corriente de la demanda contribuye a la supervivencia de los proyectos de inversión, y nos ahorra subsidios de desempleo y gasto social. Ahí está el “almuerzo gratuito” keynesiano.
Así pues, si de todas formas íbamos a gastarnos una pila de millones en levantar aceras, este es el momento correcto. Pero si por el contrario estamos levantando aceras para “generar trabajo”, no solo estamos tirando el dinero, sino también alargando la crisis. En todo caso, muy probablemente en 2009 ya hemos hecho toda la inversión pública municipal de la próxima década. Así que basta ya.
Epílogo: la II Guerra Mundial como puzzle económico
Recuerdo en mi (¿no tan?) lejana juventud de matemático filo-libertario pero con escasos conocimientos de economía, que al leer “Libertad para Elegir”, la afirmación de Friedman de que el New Deal no había servido para relanzar a la economía americana, sino que la recuperación estuvo asociada a la II Guerra Mundial me llené de perplejidad. ¿Funcionaba acaso mejor el comunismo de guerra que la mera socialdemocracia? La reciente caida del Muro indicaba que no…
El puzzle me acompaño durante años, pero con el tiempo la respuesta me resultó evidente: a pesar de su inmenso coste, la II Guerra Mundial dejó a Estados Unidos en una posición económica infinitamente superior a la que tenía antes de la Guerra. En 1945, después de la destrucción de Europa, Estados Unidos realizaba más de la mitad de la producción industrial del mundo. Sus términos de intercambio eran por tanto mucho mejores que en 1939: los bienes industriales que exportaba eran relativamente más caros que antes de la guerra, y los inputs que importaba eran más baratos. Aunque Estados Unidos habia enterrado montañas de equipo en las islas del Pacífico y en Europa, el gasto público de la guerra habia ido en buena parte a la expansión de un capital fijo que era fácilmente convertible para la producción civil. Disfrutaba adicionalmente, como consecuencia de Normandia y de la necesidad de la presencia de tropas americanas, de un acceso seguro a los recursos humanos y materiales de Europa, que pronto empezarían a actuar como complementos a su propia economía. El mundo entero tenía deudas enormes con Estados Unidos, que con toda seguridad iban a pagarse. En consecuencia, la calamidad europea, que América no había creado, y que había luchado por mitigar, dejo a Estados Unidos en una posición económicamente insuperable.
Como siempre, también en este caso se cumplía la ley fundamental del keynesianismo: el éxito macroeconómico de un programa de estimulación depende por encima de todo de su éxito microeconómico.
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Domingo, Septiembre 13th, 2009
En esta segunda entrega del ensayo en cuatro partes sobre el mercado laboral voy a comentar las diversas alternativas más corrientes para modelizarlo y entenderlo. Como hace notar José en este post, hay muchos posibles modelos basados en un procedimiento de subasta para el mercado laboral. Esto no debería preocuparnos, porque también hay muchos segmentos en ese mercado, y múltiples problemas abiertos en economía laboral. La misión de este post es, en primer lugar, dejar claro que el modelo de competencia perfecta no es “menos avanzado” que muchas de sus alternativas. Que en general, cuanto más bajamos hacia segmentos más precarios del mercado laboral, las hipótesis del modelo de competencia perfecta se vuelven más verosímiles, y que casi todos los modelos que vamos a tratar a continuación tienen un mensaje unánime: las rigideces del mercado laboral dañan a los trabajadores. Me temo que este post tiene que ser más largo, y bastante menos elegante que el anterior y que los siguientes, y sospecho que el lector (y quizá el autor) pueden encontrarlo un poco árido. Para una referencia teórica sobre estos temas, se puede consultar el capítulo 9 (”Desempleo”) de “Advanced Macroeconomics” de David Romer.
1.-Subastas asimétricas
En su anotación sobre el mercado laboral José Rodríguez citaba cuatro alternativas al modelo “neoclásico”: el modelo del empleador monopsonista, el modelo de salarios de eficiencia (Shapiro-Stiglitz) y el modelo de inversión en capital humano.
No obstante, al menos el modelo monopsonista y el de salarios de eficiencia son tan neoclásicos como el que José llama “neoclásico”, y que en realidad es el de modelo neoclásico de competencia perfecta. Los tres están basados en una oferta y una demanda de trabajo homogénea, y un salario determinado por una condición de vaciado del mercado [1]. Todos estos modelos neoclásicos tienen una subasta subyacente, con algunas diferencias en la descripción de los agentes y su comportamiento, pero no tanto en la lógica de una curva de oferta y otra de demanda que se cruzan en un salario.”We are all walrasians now”. La subasta se supone continua (es decir en todo momento todos los empresarios y los trabajadores están dispuestos a cambiar de empleo o empleado), la información es completa, no hay costes de búsqueda, y la incorporación a la actividad laboral es inmediata y perfecta.
Si creemos que no se cumplen estas condiciones de una forma relevante para algún problema que estemos abordando, no debemos intentar movernos a otro modelo neoclásico que tiene exactamente el mismo defecto, sino que es necesario abrir la caja negra de la subasta walrasiana y tratar de entender los procedimientos de subasta real en el mercado laboral.
Esto se ha hecho, y en su forma más perfecta tenemos este libro de Christiano Pissarides titulado “Teoria del desempleo en equilibrio“. Esto si es un modelo “más avanzado” del mercado laboral.
En todo caso, aun reconociendo que el mercado laboral dista mucho de ser perfecto o simétrico, quiero dejar claro que muchas de las “asimetrías” que listan José o Citoyen me parecen bastante menos asimétricas que a ellos.
“Un trabajador no conoce todos las ofertas de trabajo que hay en el mercado”
Esta es mi favorita, porque tengo una respuesta letal: en una búsqueda bilateral el hecho de que A no pueda encontrar a B es perfectamente simétrico de el hecho de que B no pueda encontrar a A. Si una pareja trabajador-empresario estarían mejor juntos que con sus respectivos empresario y trabajador, el hecho de que no se encuentren es un problema para los dos. Los costes asociados a las imperfecciones en el mecanismo de búsqueda son costes para trabajadores y empresarios (ninguno gana), porque se buscan unos a otros.
” el inicio de una nueva relación contractual tendrá “costes fijos” en términos de aprendizaje, legales, etc”
Este es un problema para ambas partes, y siempre me ha sorprendido que se quiera utilizar como una presunta asimetría del mercado laboral. Los empleados necesitan formación específica asociada al puesto, y tienen curvas de aprendizaje. De hecho, una alta rotación laboral en algunos sectores no afecta en nada a la productividad, y en otros la mata completamente, y es evidente que el coste de la rotación laboral presiona el salario al alza en el caso (al menos) de los trabajadores cualificados. Los contratos de alta duración existen espontaneamente en muchos segmentos del mercado laboral en países con despido libre porque son un interés común del trabajador y la empresa.
“dejar su trabajo y ponerse a buscar otro implica una cantidad considerable de incertidumbree y si el trabajador es averso al riesgo preferirá no hacerlo”
Aunque es verdad que muchas contrataciones se hacen desde el paro, no es menos cierto que el trabajador no tiene porqué dejar la empresa para buscar trabajo.
“Hay variables ocultas en el trabajo. Por ejemplo, la jornada laboral puede estar pactada pero siempre “hay que trabajar un poquito más” para terminar la faena, la jornada real es algo superior a la que se paga ya que se “rasca” algunas horas a la semana a la hora de la salida. Otra variable es el ambiente de trabajo”
“Carga real de trabajo. Otra variable oculta que él no conoce cuando intenta acceder a un trabajo es la verdadera carga de trabajo”
Ambas objeciones implican una cierta incertidumbre, pero si el trabajador está cambiando de trabajo se informará sin dificultades demasiado grandes (la gente comenta como funciona una empresa, y en que consisten los distintos puestos). Adicionalmente el trabajador también es una incógnita para la empresa, y no veo porqué debe ser mayor o menor que en sentido opuesto. Recomiendo al lector que lea el argumento de José, a ver si le convence más que a mí.
No obstante, reconozco que la situación del vendedor en casi cualquier mercado es peor que la del comprador. El trabajo es un bien heterogéneo, que solo tiene valor combinado con otros bienes y que tiene para cada puesto y cada trabajador muchísimos elementos idiosincrásicos: es por tanto un bien ilíquido. El dinero (del salario) es, por el contrario, el bien más líquido en cualquier economía. Estar en el lado de la iliquidez en una transacción implica una posición difícil, ya que todo el mundo quiere dinero, y no todo el mundo quiere tu trabajo. Por tanto estoy dispuesto a creer (por razones en absoluto neoclásicas) que la posición del empleado es más precaria que la del empresario, como la del pescadero es también mas comprometida (con su género siempre al borde de depreciarse totalmente) que la del consumidor. No obstante, si por la mañana en la empresa el trabajador está en una situación de inferioridad respecto del empresario, por la tarde en el supermercado esas posiciones se invierten: el consumidor tiene el dinero, y elige a su empresario favorito, y ¡ay del que no sea capaz de convencerle!. Los mismos argumentos que sirven para pedir trabajo digno y estable se pueden utilizar para rechazar la preocupante precariedad empresarial. Son igual de equivocados en ambos casos.
En este momento del ciclo, no solo los trabajadores son despedidos: también las empresas quiebran, y sufren en sus cuentas de resultados una volatilidad mucho más acusada que la de los salarios: difícil es que un trabajador cobre cero, y hay empresas que sufren pérdidas. De hecho los beneficios son mucho más volátiles (más cíclicos) a nivel agregado que las rentas laborales. El empresario, en cualquier economía asegura al trabajador: es decir, percibe un flujo de rentas mucho más volátil y arriesga su capital mientras el trabajador no se juega sus ahorros.
2.-Tres modelos neoclásicos
2.1.-Competencia perfecta
Uno de los problemas de los críticos de los modelos de competencia perfecta en los mercados es que asocian competencia perfecta a precio justo. No obstante en un mercado de competencia perfecta los trabajadores no reciben el “fruto de su trabajo”, sino su productividad marginal. Las empresas cuando comprueban que pueden ganar dinero incorporando un trabajador más, siguen contratando hasta el punto en que no les compensa. Ahora bien, el empresario recibe la productividad del primer trabajador contratado, que dedicándose a la actividad más productiva de la empresa puede ser muy superior a la del último (que presumiblemente se dedica a la actividad menos productiva). La diferencia entre la productividad de cualquier trabajador y la del trabajador marginal se la embolsa el empleador (compensa su inversión). Incluso en un mundo con competencia perfecta, el salario mínimo o la negociación colectiva pueden tener sentido, ya que si la curva de ganancias cae muy rápido, un desempleo pequeño puede generar fuertes aumentos salariales para todos los empleados. En principio es posible que aceptar un cierto desempleo estructural debido a un salario cartelizado (o al salario mínimo) en un sector aumente el volumen total de rentas laborales.
Ahora bien, aunque la productividad media puede superar fuertemente a la productividad marginal creando rentas capturables por un cartel laboral, el lector no debe olvidar que la productividad marginal es la medida correcta (y la única correcta) de la abundancia relativa de profesionales en un sector. Si es posible en una profesión contratar por salarios especialmente bajos es básicamente porque hay demasiada gente que puede hacer el trabajo, y por tanto con ese bajo nivel salarial el mercado nos envía la señal de que los trabajadores de ese sector deberían intentar dejarlo, y de que otros potenciales trabajadores no deberían entrar en él ni acumular la clase de capital humano que ese sector exige.
El salario de mercado envía al estudiante universitario una señal clara para que elija derecho antes que historia o periodismo, y medicina, ingeniería o empresariales, antes que química o geología. Para aquellos que no desean estudiar también hay grandes diferencias salariales, resultado de la abundancia relativa de distintas habilidades laborales: los fontaneros, electricistas y cocineros saben que no solo van a recibir salarios superiores a los de los camareros, dependientes o teleoperadores, sino en general a los de muchos universitarios. Si un empleado cree que en su profesión la diferencia entre la productividad media y la productividad marginal es muy alta, probablemente debe plantearse cambiar de profesión. Si un entrante al mercado laboral elige una formación tradicionalmente poco lucrativa, no tiene sentido que luego proteste del sueldo.
En definitiva, un mercado laboral de competencia perfecta no es Jauja: el trabajador recibe su productividad marginal, mientras el empresario se embolsa por cada trabajador la diferencia entre la productividad media y la marginal. No obstante esos diferenciales mueven al trabajo y al capital hacia las actividades realmente demandadas por los consumidores. Un mercado laboral de competencia perfecta es compatible con notables desigualdades, pero como voy a argumentar en el próximo post (sobre política de rentas) el mercado laboral no es el lugar para corregirlas.
2.2.-Monopsonio en un mercado estrecho y la crítica de Lucas
¡Pero es que no es de competencia perfecta! -dicen los intervencionistas laborales- y por tanto hay un problema de eficiencia que resolver en el propio mercado laboral.
Y así llegamos a las teorías clásica y moderna del oligopsonio laboral. Ambos modelos son realistas, es decir, describen la realidad cuando se cumplen sus hipótesis. La teoría clásica del monopolio supone que la demanda de trabajo esta suficientemente concentrada en una minoría de empresarios (idealmente uno solo en el caso del monoposonio, o solo unos pocos en el caso del oligopsonio) como para que estos empresarios consideren el efecto de su demanda sobre el salario de mercado. En los países con sanidad y educación públicas, el Estado seguramente considera los efectos de segunda ronda sobre el salario de sus decisiones de contratación, y restringe la oferta de trabajo para presionar el precio a la baja. Claramente los bajos salarios políticamente inducidos contribuyen decisivamente a que nuestro sistema universitario sea una catástrofe nacional [1], aunque no me atrevo a decir lo mismo respecto a la sanidad. Antes de que el lector objete que en la educación o la sanidad privada pagan menos, es importante que considere que la actividad de un empleador oligopsonista rebaja los salarios en todo el sector. También hay, claro está, oligopsonios en el sector privado: los bancos españoles tienen un mercado cautivo de profesionales financieros, lo que explica que nunca se hallan lanzado a una política de bonus escandalosos. En algunas profesiones como los pilotos, maquinistas o controladores aéreos los sueldos se fijan por el detestable procedimiento de una negociación entre carteles, una situación singularmente cómoda para todos, salvo para los consumidores.
Pero precisamente la mano de obra menos especializada está claramente libre de esta situación, porque es la que tiene un máximo número de empleadores potenciales. En Madrid hay miles de obras, y muchas decenas (¿centenares?) de constructoras; miles de restaurantes y bares, y una cantidad innumerable de oferentes de empleos para administrativos, teleoperadores, dependientes y en general trabajadores poco cualificados del sector servicios. Adicionalmente muchos de estos empleos son relativamente poco especializados y es fácil pasar de un sector a otro más o menos adyacente.El monopsonio clásico no existe en los segmentos más precarios del mercado laboral.
En cuanto a la moderna teoría del oligopsonio laboral de Manning, recomiendo al lector interesado que revise el apartado donde se desarrolla el modelo. Se trata de un modelo geográfico donde los trabajadores eligen a los empleadores según dos parámetros: cercanía y salario. El mercado laboral se modeliza (correctamente) como “estrecho”, es decir, el número de vacantes es mucho menor que el total de trabajos, ya que tanto empresarios como trabajadores no quieren perder las ganancias de productividad de una actividad continuada, y prefieren modificar sus condiciones que romper la relación[2], generando una rotación laboral relativamente baja. Solo unos pocos empleos están en el mercado en cada momento.
Por una parte el “nuevo modelo monopsonístico” no tiene gran cosa de nuevo: Manning necesita condiciones oligopsonio tradicional: el número de empleadores a una distancia razonable del trabajador debe ser pequeño para que haya poder de mercado. Por otra parte, el poder de mercado de esos empleadores se incrementa conforme el mercado es más y más estrecho. Textualmente (pag 8):
“Nótese que los mercados son ‘estrechos’ porque hay monopolio en el sentido clásico de que hay pocos empleadores a una razonable distancia del trabajador (a es alta) y en el sentido moderno de que las oportunidades para cambiar de empleo son escasas (λ es pequeño)”
Es decir, que para que haya oligopsonio moderno es necesario un cierto grado de oligopsonio clásico, agravado por el hecho que la rotación laboral sea baja (¡!). Entonces, precisamente cuanta mas abundancia de empleadores potenciales y mas rotación (=menos estabilidad en el empleo≈más precariedad) el poder de mercado de los empleadores es mas BAJO. Y precisamente los trabajadores menos cualificados son aquellos que disponen de un máximo de empleadores potenciales y tienen un mercado laboral de máxima rotación. Es decir, el poder de mercado de sus empleadores es el mínimo de toda la economía y sus bajos salarios (y sus malas condiciones laborales) son (en mayor medida que los de cualquier otro segmento de mercado) consecuencia de la baja productividad marginal de sus empleos.
Una consecuencia adicional del modelo de Manning es que si las regulaciones que pretenden proteger a los trabajadores del poder de mercado de sus empleadores aumentan las rigideces laborales, entonces, incluso si están bien diseñadas pueden ser contraproducentes. Supongamos una medida legal que dado un nivel exógeno de rigidez en el mercado laboral mejora el bienestar del trabajador. Pues bien, si la medida incrementa la propia rigidez de ese mercado puede ser que el efecto negativo para los trabajadores de “más rigidez” domine sobre el efecto de “más bienestar dado un nivel fijo de rigidez”. Ese tipo de situación es la de la famosa “Crítica de Lucas“.
En fin, después de tantas vueltas me he quedado donde estaba: las rigideces del mercado laboral convienen a los sindicatos y los empresarios. Perjudican significativamente a los consumidores y muy fuertemente a los parados. En conjunto perjudican a los trabajadores, aunque convienen a los trabajadores de sectores muy capitalizados y machacan a todos los demás.
2.3.-Salario mínimo natural: el modelo de Shapiro-Stiglizt
Al contrario que el modelo de oligopsonio, que como hemos visto no puede describir la situación en los segmentos no cualificados del mercado laboral, el modelo de “salarios de eficiencia” de Shapiro-Stiglizt si juega un papel en la formación de salarios en algunos sectores no cualificados (aparte de sectores cualificados). En el modelo clásico de salarios de eficiencia se supone que el empleador no puede controlar perfectamente la calidad del trabajo, y por tanto para incentivar al trabajador le paga un salario superior al que resultaría del procedimiento de vaciado de mercado. La forma más clásica de salario de eficiencia es el “salario de subsistencia”. Un empleado recibe un salario de subsistencia cuando el empresario le paga por encima del salario de vaciado de mercado para asegurarse de que el trabajador esté sano y bien alimentado y por tanto sea productivo. En economías desarrolladas los salarios de eficiencia sirven como incentivo (es decir, unas buenas condiciones laborales podrían aumentar per se la productividad) y sobre todo para generar tasas de retención superiores (=menor rotación en la plantilla) y temor por parte del empleado a perder el puesto de trabajo que desempeña cobrando por encima del precio de mercado. Esto último es lo más importante: si un trabajador cobra un 20% por encima del precio de mercado, sabe que un 20% de su renta depende de no perder el puesto de trabajo concreto que desempeña, y por tanto lo cuidará más que quien recibe un salario que puede obtener fácilmente fuera de la empresa. Los salarios de eficiencia generan dispersión salarial ya que trabajadores esencialmente idénticos cobran salarios distintos, según su puesto de trabajo exija o no un salario de eficiencia.
Los salarios de eficiencia (y muy especialmente el caso particular de subsistencia) forman un salario mínimo natural, y en el modelo, este también genera desempleo (véase “Advanced Macroeconomics” secciones 9.2 a 9.4).
3.- Políticas en el mercado laboral y evidencia empírica
Después de revisar la teoría, las conclusiones son casi directas: las rigideces en el mercado laboral dañan a los consumidores y aumentan el poder monopsonístico de los empresarios. El caso español, país singularmente gremializado y con unas relaciones laborales hoscas, una baja productividad y un alto desempleo es especialmente ejemplar.
Las negociaciones salariales entre cárteles laborales y empresariales (negociación colectiva) y las dificultades para el despido generan estrechez en los mercados, lo que agrava el posible poder de mercado de los empresarios, aparte de crear desempleo. Solo algunos trabajadores capaces de secuestrar grandes cantidades de capital obtienen un beneficio de la cartelización de la mano de obra, en buena parte a costa del consumidor, más que del empresario.
Por tanto me opongo ferozmente a los cárteles laborales (sindicatos), a la cartelización del mercado laboral (negociación colectiva), y a los costes de despido, ya sean por la judicialización del prodecimiento de despido (muy en contra), o por las indemnizaciones (en contra, pero menos). En general, creo en un mercado laboral como el de Estados Unidos, pero sin discriminación positiva. En el post siguiente, sin embargo defenderé que precisamente un mercado laboral como el aquí propuesto necesita un Estado del Bienestar.
También creo que el salario mínimo siempre genera desempleo, pero si es suficientemente bajo, no mucho: a estas alturas el paper de Card y Krueger de 1995, donde en un experimento natural se encontró que un aumento del salario mínimo creaba empleo (¡!) está perfectamente rebatido, y en una revisión del año 2000, Krueger reconocía que a lo más la evidencia demostraba que un aumento del salario mínimo no aumentaba paro. Si esta es la postura de Krueger, sospecho que probablemente, en efecto, el salario mínimo genera desempleo. Para más información recomiendo estos posts de Mankiw, Esplugas y Citoyen. Que el lector elija por si mismo.
No obstante, no me opongo necesariamente a una gestión del salario mínimo como la siguiente: el Estado establece un objetivo de porcentaje de la población cobrando en el entorno del salario mínimo. Por ejemplo:
Objetivo: el 5% de los trabajadores debe cobrar entre el salario mínimo y un 20% más del salario mínimo.
Entonces, cuando el número de trabajadores en ese entorno del salario mínimo baja por debajo del 4%, el Estado aumenta el salario mínimo, y cuando sube por encima del 7% lo deja caer en términos reales. Con esta forma de gestionar el salario mínimo [3], nos aseguramos de que sea una medida que afecte solo a un segmento muy corto del mercado, sin pretender utilizar un instrumento así de burdo con objetivos ambiciosos.
En cuanto a las dos políticas de limitación de la oferta de trabajo, es decir, la jornada laboral de 40 horas semanales y los cupos migratorios, las apoyo sin reservas. Evidentemente restringir la oferta laboral presiona al alza los salarios, sin especiales distorsiones.
[1] La docencia es más o menos pasable (al menos en ciencias), pero la investigación es catastrófica.
[2] No obstante, dice Romer en “Advanced Macroeconomics” sección 9.9: “Los mercados laborales se caracterizan por su alta rotación. En el sector manufacturero en Estados Unidos más del 3% de los trabajadores cambian mensualmente de trabajo”.
[3] Esto no sería exactamente así de sencillo, sino que exigiría un refinamiento de las medidas estadísticas utilizadas por ejemplo para tener en cuenta el ciclo económico.
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Domingo, Agosto 30th, 2009
En las próximas semanas tengo la intención de escribir cuatro pequeños ensayos sobre el mercado laboral. No es un tema que conozca con una especial profundidad, y en los últimos meses he pensado en escribir sobre él, pero la pereza de tener que revisar una literatura que siempre he considerado divisiva, trivialmente empirista e ideologizada me ha disuadido. No obstante en las últimas semanas, y al hilo de mi post anterior sobre la Teoría Laboral del valor y los que ha escrito Citoyen sobre monopsonios laborales me he desperezado. Mi plan original es dedicar el primer post al modelo neoclásico, el segundo a sus alternativas y a la evidencia empírica, el tercero a las políticas de rentas, y un último, bastante filo-austríaco, a la aplicación del “teorema de la imposibilidad del cálculo económico bajo el socialismo” en el mercado laboral.
En todo caso, dado que es un tema que no me entusiasma, voy a ayudarme de varios documentos: el más importante es esta larga y bien redactada anotación de José Rodriguez donde se exponen y se defienden con claridad todos los errores de curso común sobre el mercado laboral. No es habitual encontrar un texto tan sólido y completo defendiendo ideas tan equivocadas. Dado que como os comentaba antes, mi conocimiento de la literatura moderna sobre el mercado laboral es limitado, un guión completo de lo que pretendo rebatir me ha sido de una enorme utilidad. Credit where credit is due. Adicionalmente quiero agradecer a Citoyen (desde el lado socialdemocrata) y a Albert Esplugas (desde el lado liberal), aparte de al propio José Rodriguez, la ayuda que han prestado para la redacción de esta pequeña nota, que dada mi aversión hacía la economía laboral, ha exigido bastante incentivación intelectual y debate.
1.-Desempleo estructural y desempleo cíclico
Empieza diciendo José en su post:
“El dogma liberal (y no tan liberal) viene a decir que si se genera desempleo, y más en épocas de crisis, es a causa de la existencia de influencias negativas en el mercado”
En realidad el dogma liberal es que el desempleo estructural se debe a las influencias negativas sobre el mercado. Los incrementos del desempleo en tiempos de crisis son el resultado del ciclo económico, y el propio ciclo es un tema controvertido (I, II , III y sobre todo IV). Lo que no es controvertido es que el desempleo estructural tiene consecuencias sociales aún más dañinas que las que las del desempleo cíclico, por mucho que las clases medias solo se acuerden del paro cuando las crisis económicas les amenazan a ellos, mientras el resto del tiempo tienden a defender los privilegios laborales sin acordarse de quienes están excluidos simplemente porque no tienen trabajo.
Es verdad que los partidarios (como yo mismo) de la flexibilización del mercado laboral suelen aprovechar los temores de las clases medias educadas en épocas de crisis para pedir medidas liberalizadoras, pero esto es pura propaganda. Estrictamente, había más motivos hace cinco años para avanzar hacia la liberalización que ahora. De hecho, nuestro sistema de negociación colectiva cartelizada, que es en buena parte el responsable de nuestros niveles de desempleo estructural, es en tiempos de crisis un elemento potencialmente útil de estabilización. Si en este momento de evidente emergencia nacional los sindicatos negociaran reducciones salariales significativas (alrededor de un 10%), incluso con nuestro enfermizo mercado laboral las empresas recuperarían parte de la competitividad que han perdido en los últimos cinco o seis años. En todo caso, debe quedar claro que los argumentos neoclásicos son mucho más convincentes y empíricamente sólidos en cuestiones estructurales que cuando se discute el ciclo económico.
A continuación José, refiriéndose a la década dorada de la economía española, dice:
“El reparto entre beneficios/salario ha ido cada vez más a favor de los directivos, los inversores y secundariamente de los trabajadores. En este período de vacas gordas se han beneficiado no los trabajadores sino los beneficios empresariales puros y duros”
Y añade:
“el crecimiento económico no se repartió de igual forma que otras décadas anteriores. Se han creado empleos submileuristas durante este período, pero estos podrían haber sido de salarios superiores, simplemente el reparto de riqueza se ha hecho a espaldas de quienes las generábamos”
En realidad eso ya lo intentamos en los ochenta, y el resultado fue que en efecto teníamos salarios altos, empleos dignos, trabajadores concienciados y tasas de paro record. La característica esencial de la época de Aznar en economía fue convertir parados en mileuristas. En eso, y solo en eso consistió el milagro español: en dejar a los mercados ajustar los salarios (sobre todo las condiciones laborales) a la baja hasta vaciarse. En mi opinión fue heroico, al menos considerando las alternativas. La de José es esta:
“Parte de los problemas de esta crisis que es más profunda en España por tener menos trabajo de valor añadido está en mejorar la productividad y hacer nuestros productos y servicios más competitivos”
Pero en un país como España, donde la ideología de la desconfianza ante la actividad empresarial es mayoritaria, y la iniciativa empresarial está estrangulada por un evidente corsé de acero de dificultades legales y laborales y otro mucho menos evidente y bastante más letal de hostilidad social, no hay más alternativas que la que existe entre el paro por una parte, y la precariedad y los bajos salarios por otra.
Mientras el empleo público sea bien pagado, seguro y cómodo, y la actividad empresarial sea arriesgada y poco reconocida no hay programa de I+D que pueda mejorar nuestra productividad, ya que la gente realmente capaz acabará haciendo una oposición. La productividad, por otra parte, no es el resultado de aplicar la tecnología a la producción sino de mejorar los procedimientos productivos para obtener más producto con el empleo de menos factores (por ejemplo, lo contrario de la “energía verde“), en un proceso de descubrimiento empresarial donde la tecnología es juzgada por su utilidad, y no por su elegancia. El inventor de la medida estándar de productividad la calificó como “una medida de nuestra ignorancia“, y en efecto, lo es en más de un sentido: quien la invoca a menudo, presidentes incluidos, normalmente no tiene ni idea de economía.
Finalmente, José diagnostica el porqué de las crisis económicas (¡!):
“Por último el gran problema de la crisis no es que no haya ahorro (hoy en día los niveles de ahorro han crecido en España y en el resto de países de la OCDE) sino que no hay expectativas en la demanda. Lo que ha caído es la demanda de bienes y servicios, sobretodo de las clases trabajadoras que no se atreven a invertir en la compra de un vehículo, de un piso, que gastan menos en viajes o que han cortado sus gastos porqué se anticipan a una situación de recortes salariales o de despido, o directamente tienen un parado en la familia que antes trabajaba y sus ingresos se han recortado”
Desgraciadamente para él, su descripción es estrictamente falsa [1]: la inversión es tres veces más volátil que el consumo, y de las fluctuaciones del PIB, el consumo solo explica alrededor de un 60% de la volatilidad (representando más del 80% del PIB), mientras que la inversión (que es alrededor de un 20% del PIB) explica cerca de un 40% de la volatilidad económica. Casi con toda seguridad la caída del consumo refleja pasivamente la de las rentas, mientras que es la inversión la que se desploma en ocasiones hasta casi desaparecer. Adicionalmente la caída del consumo es mucho más acusada en bienes duraderos que en bienes no duraderos, precisamente en la medida en que los bienes duraderos son las inversiones del consumidor.
2.-Subasta bilateral en el modelo neoclásico de fijación de los salarios
Es fácil entender el modelo neoclásico de fijación de los salarios como una subasta bilateral (semejante aunque no igual al caso del mercado matrimonial). En esta subasta hay empresarios que compran trabajo y trabajadores que lo venden. Digamos que cada empresario tiene una fila de trabajadores candidatos al empleo, pero a la vez cada trabajador está en tantas filas como trabajos que podría desempeñar (para simplificar supongamos que el todos los trabajadores de una cola son igualmente productivos). La puja comienza con un salario que el empresario considera que es el máximo para que le merezca la pena contratar, y si después de anunciar el salario queda más de un trabajador en la fila, el empresario intenta rebajar el salario hasta que solo queda uno, que recibe el último salario, es decir, el más bajo de la puja. Como los trabajadores están en varias filas a la vez, en cuanto se quedan solos en una de ellas y son contratados, desaparecen de todas las demás. Por eso el empresario ve como la fila de candidatos se va achicando conforme rebaja el salario: muchos de los empleados se han ido yendo al quedarse solos en otras filas donde reciben salarios superiores a la última puja del empresario considerado.
Es importante tener claro el procedimiento de subasta antes de razonar sobre el modelo de fijación de salarios neoclásico, porque en general el modelo se representa con la curva de demanda de un bien homogéneo (trabajo) que se cruza (mágicamente) con una la de oferta. Mágicamente también, el trabajador recibe un salario igual a lo que se llama “productividad marginal”, es decir el salario se iguala a lo que aporta el último trabajador contratado a la empresa (mientras el capital se embolsa la diferencia entre la productividad de los trabajadores anteriores y la productividad “marginal” de este último).
Bastan pequeñas restricciones de capacidad para que esto no sea así. Por ejemplo, si yo solo tengo trabajo para diez personas, y en la cola hay cincuenta, el hecho de que sus salarios hayan caído por debajo de la productividad marginal no me impide seguir pujando a la baja, hasta que en la cola quede uno solo. Es verdad que si esa situación es general, y hay muchos negocios donde los trabajadores están empleados por debajo de su productividad marginal, la tendencia de la economía es crear más empleo, pero mientras la puja que hemos descrito ocurre aquí y ahora, la tendencia de la economía a seguir creando empleo hasta que el último trabajador recibe un salario igual a su productividad marginal es una tendencia que funciona a más largo plazo. Obviamente, esto que dice José es estrictamente cierto:
“conlleva a que el salario real de todo (o casi todo) trabajador esté por debajo del de su productividad marginal”
De hecho si un empresario descubre que tiene un empleado cuya productividad marginal está por debajo de su salario (es decir le hace perder dinero) no solo tiene que despedirlo a él, sino también al contable de la empresa. El algoritmo que lleva el salario hacia la productividad marginal, mediante el aumento de la demanda laboral es convergente por debajo.
Y esto me lleva a este otro comentario, donde de nuevo detecto una cierta incomprensión del mecanismo que iguala el salario a la productividad marginal:
“Hoy en día la negociación entre un trabajador (sea este de un nivel de muy baja cualificación a un cargo intermedio o técnicos superiores con formación universitaria) y el empleador es una relación asimétrica, controla más información de la productividad real del trabajador el empleador que el propio trabajador”
En la subasta descrita al trabajador no le sirve de nada conocer su productividad marginal. Si en la cola de un empleo hay trabajadores cuando la puja ha quedado por debajo de su productividad marginal, el empresario los contratará y el trabajador que conoce la productividad marginal aceptará cobrar menos en ese empleo o irá al paro. Es importante que esto quede claro: en un sistema de mercado liberalizado al trabajador no le sirve de nada conocer su productividad marginal; la única información relevante para el trabajador son las condiciones laborales en todos los empleos alternativos que puede obtener. Es el empresario el que cuando comprueba que puede emplear a más trabajadores por un salario inferior a su productividad marginal, seguirá ampliando su demanda de trabajo, si no está afectado de otras restricciones de capacidad [2].
Continúa José diciendo:
“además la pérdida del trabajo, incluso para una persona en cargos de responsabilidad intermedia o con formación superior, es un drama mayor que el del empleador perder al trabajador.”
De nuevo razona en términos de negociación en vez de en términos de subasta. Evidentemente cuando un (1) empresario negocia con un (1) trabajador, la situación del trabajador es, no de mera inferioridad, sino de absoluta indefensión. Este hecho evidente es la madre de toda la demagogia laboral.
Y lo es porque en un sentido económicamente relevante, el empresario no compite con el trabajador, sino con los demás empresarios. En realidad cuando trabajador y empresario parecen negociar, no es eso lo que realmente hacen: lo que hacen es ejecutar una re-subasta, es decir reajustan las condiciones laborales para mantenerse respectivamente competitivos. Tanto el trabajador como el empresario, mientras se miran frente a frente, están mirando de reojo respectivamente a todos los demás empresarios y trabajadores del mercado; el empresario compara al trabajador no con su productividad marginal, sino con el coste de todos los trabajadores alternativos del mercado, y el trabajador compara su salario con el de otros trabajadores semejantes. La negociación no ocurre en un vacío, sino dentro de un proceso de mercado más general.
Esto, siempre, claro está, que las rigideces laborales no sean de tal calibre que el proceso sea realmente de negociación, en cuyo caso, por mucho sindicalismo que haya, el empresario siempre tiene las de ganar, porque su capacidad de resistencia, y su menor necesidad del trabajador (normalmente tiene muchos, y él solo es uno) le dan una ventaja insuperable, que se manifestará o en bajos en salarios o en altos niveles de desempleo y fuertes márgenes de precios que afectan las rentas laborales en el momento del consumo.
Que el detestable ambiente laboral español se de en un país especialmente adicto a la regulación gremial del trabajo debe ser una sorpresa enorme para los intervencionistas laborales. Y solo para ellos.
[1] Véase “Advanced Macroeconomics”, de David Romer, Capítulo 4, sección 1 “Some facts about economic fluctuations”.
[2] Obviamente, para un cartel laboral (sindicato) que negocia con un cartel empresarial en el sistema de negociación colectiva esa información si es enormemente útil.
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Miércoles, Agosto 12th, 2009
Ya he hablado antes de Marx: le he dedicado algunas líneas a su impresionante obra literaria, y a sus intuiciones históricas. No me atrevo a juzgar detalladamente su obra económica, que conozco por referencias y lecturas dispersas. No obstante estas lecturas son suficientes para descartar a Marx del panteón de los grandes economistas.
En este post voy a comparar la utilización que hacen Ricardo y Marx de la teoría laboral del valor (que básicamente dice que el valor de un bien es igual al trabajo directa e indirectamente necesario para producirlo) y espero dejar claros tres puntos: en primer lugar, que el valor es subjetivo; en segundo lugar que la teoría laboral del valor es una excelente herramienta de análisis, siempre que se entiendan sus hipótesis hundidas, y finalmente que (por suerte o intuición) los economistas clásicos utilizaron la teoría laboral de forma correcta, mientras que Marx la llevó a sus últimas y grotescas consecuencias, lo que no le hizo reformularla, sino proclamar estas consecuencias, por grotescas que fueran, como “científicas”.
1.-Subjetividad del valor
En cuanto a la subjetividad del valor, la cosa no da para mucho: el valor es subjetivo por lo mismo por lo que la longitud es extensa o la masa es inercial: es un hecho esencial de la realidad.
Es un grave error comparar la “Teoria laboral del valor” con la “Teoria del valor subjetivo”; no se trata de dos teorías alternativas del mismo fenómeno. Que el valor ES subjetivo es simplemente un hecho, y la teoría se tiene que adaptar a él. Toda teoría objetiva del valor, ya sea termodinámica o laboral es errónea precisamente porque el valor es subjetivo.
Los diversos individuos valoran diversos bienes de distintas formas, y ese valor se refleja en su acción, y especialmente en la acción del intercambio: si yo tengo 40.000 euros en el bolsillo y me ofrecen dos coches, y yo elijo uno sobre otro, para mí vale más el elegido que él no elegido, y no importa si se ha utilizado más neg-entropía o más horas de trabajo en producir el coche descartado. Si la mayoría de los consumidores que van a gastarse 40.000 euros en un coche prefiere el coche A al coche B, y los dos se venden a 40.000 euros, es evidente que el coche que va a venderse más será el A, y si los que lo producen gastan más neg-entropia u horas-hombre en producirlo, eso solo quiere decir que además de menos mercado, tienen más gastos.
Solo en el mundo infame de la política se presume de gastar más, supongo que a falta de otros criterios de “éxito”: el detestable espectáculo de ver a los políticos presumir de tirar más millones en educación mientras avanza (a grandes pasos) el analfabetismo funcional está necesariamente unido al circo democrático: los contables descartaron ese argumento mucho antes de que existiera la economía.
2.-Valor y trabajo en el proceso de mercado
Y sin embargo, la teoría laboral del valor, que es errónea como teoría del valor, es una excelente aproximación al precio de los bienes y servicios, dentro del contexto del proceso de mercado. Ricardo siempre entendió esa teoría en su contexto; Marx intentó descontextualizarla.
Aunque la comida (por pura necesidad biológica, que se traduce vía dolor físico, en preferencia subjetiva) es el bien económico más deseado, una hogaza de pan vale bastante menos que un Mercedes. El lector podría decir que las hogazas “son” más abundantes que los Mercedes, y eso explica la diferencia de precios, pero la abundancia de los bienes producidos (al contrario que el ejemplo mengeriano del agua y los diamantes) depende de la acción humana. El número de Mercedes y barras de pan comprados y vendidos depende de cuanto están dispuestos a producir los dueños de Mercedes y los panaderos (a un determinado precio) y de cuantos Mercedes y barras están dispuestos los consumidores a comprar (a un determinado precio).
En conjunto, un Mercedes vale 40.000 euros porque producirlo exige comprar y transformar los factores de producción en el producto: cada Mercedes exige remunerar a todos los obreros que montan el automóvil, y a los que producen las piezas, (que en general son el resultado de montar piezas más primarias); estas piezas a su vez son el resultado de la transformación de materiales secundarios (barras de hierro o electricidad, por ejemplo) que a su vez son el resultado de transformar productos naturales primarios (mineral de hierro, gas natural…). En ese proceso se pagan muchas horas de trabajo, que incluyen las de los profesionales que diseñan y dirigen los procesos descritos. Pero no solo hay que remunerar horas de trabajo corrientes empleadas en la producción del bien, sino también las empleadas en producir los instrumentos que manejan los productores de todos los bienes utilizados en el proceso productivo: si el mineral hierro va a la siderurgia en una vía, para que la vía esté ahí fue necesario pagar a los trabajadores que la montaron; la siderurgia que operan unos trabajadores fue construida por otros trabajadores; la fábrica de Mercedes y el concesionario donde se vende el automóvil tuvieron que ser construidos y acondicionados (con máquinas) a sus funciones. La coordinación de estos procesos (tanto los procesos de producción corriente que generan un Mercedes, como aquellos que generan las máquinas e infraestructuras que intervienen en el proceso corriente, y que llamamos inversión) se realiza mediante acuerdos voluntarios en un marco de propiedad privada (aunque el tren mencionado es una excepción en casi todo el mundo).
Al final, si los agentes que tienen una renta alta (saciados de barras de pan) deciden gastar en automóviles de lujo, su valoración subjetiva se convierte en demanda (tantos miles de personas al año están dispuestas a pagar 40.000 euros por un coche de lujo) y los empresarios intentan cubrir esa demanda comprando en el mercado los productos semi-elaborados y las horas de trabajo necesarias para generar el automóvil. La demanda de productos semi-elaborados de estos empresarios, a su vez es cubierta por otros empresarios comprando de nuevo horas de trabajo y productos semi-elaborados, en un proceso recursivo, que siempre acaba en una mina o en la agricultura. Finalmente en un sentido amplio todos los bienes son el resultado de la movilización presente y pasada de productos primarios de la tierra y trabajo. Es por ello que en un sistema de mercado los deseos subjetivos de los agentes (ponderados por su capacidad adquisitiva) acaban atrayendo a los factores objetivos de producción. La teoría del valor laboral por tanto respondía a una evidente realidad empírica: que en un mercado más o menos competitivo el precio se parece al coste de producción, y ese coste es el de los factores primarios escasos, que son principalmente el trabajo y en menor medida (en una sociedad industrial), la tierra.
3.-Trabajo vivo y trabajo muerto
¿Y el capital, se pregunta el lector? ¿No es escaso? Obviamente lo es, ya que en última instancia es “trabajo acumulado”. Para aumentar la producción de Mercedes, no basta comprar horas de trabajo y piezas: es necesario tener capital fijo que utilizan los trabajadores para montar las piezas.
Mientras el proceso corriente de producción (dado el capital fijo) es básicamente auto-sostenido (los beneficios del output permiten comprar inputs, aparte de generar una renta adicional llamada “excedente bruto de explotación”), la instalación del capital fijo implica realizar una inversión original. Producir la planta y las máquinas para fabricar los coches exige que alguien adelante a los trabajadores que la construyen y a los que producen las máquinas sus salarios corrientes. Quienes adelantan ese dinero (empresarios, si obtienen a cambio la propiedad de la planta, o prestamistas si obtienen el derecho a percibir una renta nominal fija) esperan una remuneración para sus inversiones, mientras que quienes produjeron el bien ya han recibido sus salarios (si estos trabajadores se pusiesen de acuerdo para producir las plantas sin cobrar sus sueldos, nada les impediría obtener directamente la propiedad de la fábrica).
El empresario y el ahorrador elijen las inversiones que creen más rentables y más seguras, y pagan por las horas de trabajo que crean el capital, y disfrutan de las rentas que genera el bien creado por los trabajadores, que por cierto, también ahorran, y a veces invierten, y obtienen rentas de esas actividades.
La remuneración del capital también es en última instancia remuneración del trabajo: los inversores adelantan el dinero de las horas de trabajo que crean el capital, y obtienen rentas que deben compensar el riesgo empresarial y el hecho de que el ahorrador ha diferido el consumo.
4.-Rentas de privilegio
Aunque las rentas del capital derivan evidentemente del trabajo, y de los contratos voluntarios, no todas las rentas son así. El propio Ricardo identifica en la renta por la posesión de los recursos naturales (excluido el capital extractivo) una renta de privilegio: los jeques saudies extraen petróleo a cerca de un dólar por barril, debido simplemente que sus pozos son muy superficiales, tienen presión natural y su petróleo es especialmente ligero, mientras otros productores afrontan costes de producción muy por encima de los treinta dólares, con petróleos más pesados y bolsas más pequeñas.
La posesión de yacimientos minerales de alta calidad es un regalo de la naturaleza. Leon Walras, el creador de la economía neoclásica, proponía que los gastos del Estado se sufragasen con la expropiación y arrendamiento de la tierra, ya que tasar el trabajo (ya fuese en forma corriente, o de capital) le parecía un robo. La experiencia con la nacionalización del petróleo no ha sido positiva, porque es muy difícil separar que parte de la producción agrícola y minera es renta ricardiana y cual corresponde a la inversión, y por tanto al capital. Pero mientras en la oposición marxista a la renta del capital solo podemos identificar sinrazón y resentimiento, en la propuesta de Walras encontramos un socialismo quizá utópico, pero filosóficamente compatible con la teoría laboral del valor rectamente entendida.
Más allá de la renta de la tierra, la economía industrial ha identificado algunos monopolios naturales como rentas de privilegio, ya que una vez alcanzada una posición de dominio, resulta muy difícil para un entrante evitar la hegemonía del primer colonizador. Para tratar en un régimen de semi-mercado este problema basta que las redes de provisión del servicio sean públicas y el Estado cobre un canon para su mantenimiento y expansión a las compañías privadas que ofrecen servicios sobre esas redes: este principio funciona en la red eléctrica, y yo espero que cuanto antes lo veamos aplicado al sector ferroviario de mercancías.
No obstante, la renta ricardiana de la tierra y la rentas de los monopolios naturales son dos pequeñas gotas de agua en el gran océano de las rentas de privilegio creadas por la actividad del Estado: subvenciones escandalosas como las de la energía eólica y solar (gas disfrazado), o las de la Política Agraria Común, proteccionismo comercial, farmacias, taxis y notarios, y las economías de escala asociadas a cumplir con regulaciones, y a saltárselas en connivencia con la política, representan la verdadera parte del león de las rentas de privilegio.
Al negar al capital su parte en el producto, el marxismo ha jugado un papel principal en legitimar a los diversos parásitos que si que viven de explotar no solo a los trabajadores sino al consumidor en general, incluyendo entre estos parásitos a los sindicatos, que como el lector sabe son cárteles laborales, que ofrecen a maquinistas, controladores aéreos y pilotos la posibilidad de vivir a cuenta de los trabajadores del sector servicios, y sobre todo de los parados.
El programa político verdaderamente asociado a la teoría laboral del valor no puede ser la lucha contra la remuneración del capital, sino la lucha contra las rentas de privilegio, y entre ellas, sobre todo a las asociadas a la política y a los cárteles, incluyendo destacadamente a los del trabajo.
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Sábado, Abril 25th, 2009
1.-Trabajos verdes
Nada me aterra más profundamente que ver a los políticos mentir descaradamente. Por descaradamente no me refiero a hacer promesas imposibles, o a negar responsabilidades políticas evidentes, o a decir “no hay guerra en Laos” sino a usar datos falsos o a emplear argumentos ampliamente desacreditados, que una mínima indagación con Google o una consulta a un profesional podrían resolver fácilmente y sin controversia. Y me asusta porque si mienten en estas cosas es porque funciona, y solo puede funcionar porque el periodismo está podrido o vendido. Probablemente esta podrido, y lo está por la perversión postmoderna del principio de objetividad. Para la postmodernidad, la objetividad consiste en exponer las dos versiones de lo ocurrido; para la modernidad, ser objetivo consiste en indagar lo que ocurrió.
Bien, en los últimos meses el Presidente de los Estados Unidos nos ha querido convencer de que una medida para salir de la crisis es producir la misma electricidad a un precio superior. Parece que gastar más horas-hombre en producir los mismos kilowatios-hora de electricidad es una medida para luchar contra el paro, y recuperar una senda de crecimiento. La verdad es que reducir la productividad, en cualquier sector es una de las medidas más fáciles de implementar. Basta alargar los cafés, llegar tarde al curro, y en general, estarse quieto, o si uno tiene una irrefrenable necesidad de trabajar, producir los bienes y luego destruirlos. Aunque si se trata de producir empleos, lo realmente bueno es contratar gente para mover papeles; menos molinillos y más subsecretarías.
Evidentemente, los trabajos de más para producir los mismos kilowatios deben pagarse, y los tienen que pagar los usuarios de electricidad, o mejor, como en España, se dejan a deber, que ya lo pagará el siguiente Gobierno. El aumento de la presión impositiva (presente o futura) o el de los precios de la electricidad incrementarán los costes de las demás empresas y de las familias, lo que puede repercutir en una reducción de los beneficios, y por tanto al final en un recorte del empleo, o en una caída de los salarios.
Desde una perspectiva coyuntural, puede ser una buena idea “crear empleo”, para abordar las crisis o las reestructuraciones sectoriales con suavidad. Pero a medio y largo plazo, de lo que se trata es de producir más con menos horas de trabajo: a eso se le llama crecimiento. Las políticas energéticas son estructurales, y solo se deben plantear a largo plazo, y a largo plazo una política industrial centrada en crear empleo en un sector es una política diseñada para extraer rentas, y por tanto destruir empleo en todos los demás sectores: los sectores que generan bienes no comerciables internacionalmente van a ver un ascenso de sus costes, que antes o después acabarán en el consumidor, y los sectores que producen bienes comerciables sufrirán una pérdida de competitividad, que tendrá que repercutir en un descenso general de los salarios, o en un aumento del desempleo.
Aunque a mi no se me ocurren muchos, puede haber algún argumento a favor de las renovables, pero yo no estoy criticando en general los molinillos y otras formas de energía Potemkin; lo que hay que criticar es que el Presidente de los Estados Unidos utilice la creación de empleo como un argumento a favor de estas energías, cuando esa clase de análisis fue perfectamente refutado hace más de un siglo, algo recogido en cualquier manual decente de Economía Pública.
Bueno, la Universidad Rey Juan Carlos, ha hecho un esfuerzo para poner números a la broma de las renovables en España (con enorme repercusión): la gracia cuesta (mirar capítulo 3) en términos agregados 28.671 millones de euros, lo que significa que las subvenciones (solo las subvenciones) por puesto de trabajo en el sector son el doble del stock de capital de un puesto de trabajo medio en el resto de la economía (mirar capítulo 4). Así cualquiera crea “empleo”.
2.-Quemando el futuro: plantas de gas natural
Mientras tanto, en el mundo real, ha caído en mis manos esta nota del Boletín de Científicos Atómicos (hat tip a Crisis Energética), que deja bastante claro que las baterías para automóvil (no digamos para camión) están distantes de nuestra tecnología actual, un poco como la fusión nuclear, varias décadas en el futuro desde hace varias décadas.
Las tensiones en el mercado del petróleo solo se han moderado, y volverán con nosotros cuando la economía vuelva a mejorar, porque aunque el pico de producción probablemente se encuentre en algún punto de la década de los veinte, la demanda se intensificará, o al menos yo espero que lo haga, (porque los chinos y los indios tienen derecho a enriquecerse, y utilizar coches y otras bendiciones industriales) durante la década de los diez. Esto quiere decir dos cosas: necesitamos aumentar la electrificación de la economía (el peso de la electricidad en el mix energético secundario, formado fundamentalmente de energía eléctrica, gas y sobre todo refinados del petróleo) y generar la electricidad con carbón (si crees que la mitigación del cambio climático es innecesaria) o nuclear (si crees que debemos reducir emisiones). Pero hagamos lo que hagamos en el campo de la electricidad, no debemos olvidar que la parte del león del problema es que sin baterías eléctricas grandes seguimos atados al motor de combustión interna. Y cuando el tema del petróleo se ponga tieso de verdad, aparte de extraer de pozos más marginales, y de arenas asfálticas canadienses, antes o después utilizaremos el otro recurso fósil para el trasporte: el gas natural (evidentemente también se puede sintetizar combustible liquido del carbón, pero eso sería una fase posterior).
Bueno, pues gracias a Enron, y a las renovables, estamos cometiendo el peor crimen contra la próxima generación: quemar el gas natural para producir electricidad, que se puede producir con nuclear y carbón. En buena parte el aumento de la capacidad instalada en ciclos combinados de gas natural es la imagen en el espejo de los molinillos y la plaquitas solares. Esos cacharros producen electricidad cuando ellos quieren, y la electricidad no se almacena, y tú, querido lector, enciendes el ordena cuando te da la gana. Así que cuando el molinillo se echa a dormir, una incansable central de ciclo combinado entra en el pool de generación eléctrica. Ese gas natural que esa central quema hoy ya es caro, y mañana, cuando sustituya al petróleo en múltiples aplicaciones lo será mucho más.
[1] Si al lector le sorprende el título del post, quizá quiera leer esto.
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Jueves, Febrero 19th, 2009
1.-Ciclo y Bienestar
En su libro clásico sobre crecimiento económico, Robert Barro decía (a la dudosa luz de la serie temporal del PIB americano) que cuando el economista empieza a pensar en el crecimiento, “es difícil pensar en nada más”. Sospecho, no obstante, que millones de trabajadores en todo el mundo, mientras escribo estas líneas, no están pensando en el crecimiento, sino más bien en conservar su trabajo.
Miremos también nosotros la serie del PIB americano en la misma escala secular que Barro: las oscilaciones del agregado alrededor de su tendencia de largo plazo parecen pequeñas; es decir, si la volatilidad de la renta agregada se distribuyese uniformemente a lo largo de toda la economía, el ciclo económico sería un fenómeno insignificante. Al menos en principio esto podría ser así: las rentas del capital y los salarios podrían disminuir equitativamente, y la variación cíclica del PIB sería una picadura de insecto en el Gran Mamut del crecimiento.
No obstante, el reparto de variación del PIB en el ciclo dista mucho de ser uniforme: el agregado oculta una fuerte heterogeneidad: las rentas del capital sufren más que las del trabajo (lo que está bien, ya que son rentas concentradas en los deciles más altos de la distribución, aunque también son rentas recibidas por las clases pasivas), pero desgraciadamente las rentas del trabajo no disminuyen uniformemente [1]. La reducción de las rentas del trabajo en la fase descendente del ciclo casi nunca corresponde a una disminución de los salarios reales, ni a una reducción de las horas trabajadas por los empleados: la caída de las rentas del trabajo en la fase de ajuste corresponde casi en su totalidad al aumento del desempleo involuntario. Si el lector quiere encontrar un defecto esencial y no resuelto al capitalismo, este es el más grave: que el ciclo económico se resuelve en forma de desempleo.
Por tanto desde la perspectiva de la economía del Bienestar, hablar del ciclo es básicamente hablar de dos cosas: en el corto y medio plazo, del desempleo; en el largo plazo, del retorno a una senda de crecimiento.
Tomemos por tanto tres casos paradigmáticos: Estados Unidos, y la Alemania nazi durante la Gran Depresión, y Japón en los últimos quince años, para hablar del ciclo desde la única perspectiva políticamente interesante: la de la economía del Bienestar.
Aunque los adictos a las gráficas de PIB pueden pensar que el manejo político de la crisis japonesa fue desastroso, el punto de vista de los japoneses es bastante más positivo, y tiendo a estar de acuerdo con ellos. Desde 1990 la economía japonesa no ha parado de perder competitividad a nivel global, y todas las ganancias de productividad han sido compensadas por la reducción del volumen de la mano de obra (conforme la población envejecía). En estas condiciones, la economía cartelizada de Japón, hay sido dirigida por el Estado, los keiretsus y los sindicatos para evitar el desempleo a costa de todo lo demás. Las empresas y los trabajadores se han repartido las caídas de la renta nacional, según el principio de que las empresas y bancos no debían quebrar, y no debía haber despidos, y a cambio los trabajadores aceptarían reducir sus horas de trabajo y sus salarios por hora. Durante este periodo el desempleo se ha mantenido en tasas reducidas, pero los factores de producción siguen colocados en actividades subóptimas, y si la economía japonesa ha cambiado su estructura de producción, lo ha hecho a la velocidad de la renovación de la mano de obra. Ha sido una crisis larga y plácida, pero el lector no debe pensar que es una opción para el resto del mundo: Japón tiene unos niveles de capital social elevadísimos, y una estructura productiva cartelizada. Si intentamos aplicar el modelo corporativista japonés en Europa o USA, nuestras economías se hundirían en una corrupción abismal; no obstante si se puede aprender una lección importante de lo ocurrido en Japón: incluso la economía más eficientemente intervenida del mundo está sometida a la inevitabilidad de la aritmética: la suavidad (desde el punto de vista del Bienestar) de la crisis en Japón no se puede entender sin una enorme flexibilidad salarial, que compensó la rigidez del resto de la economía: si los sindicatos hubiesen intentado mantener los salarios, a medio plazo los keirtsus hubiesen tenido que despedir, o hubiesen quebrado.
La experiencia española demuestra esto con una definitiva claridad: los atroces niveles de paro de los años ochenta fueron el resultado de forzar unas fuertes subidas salariales en un ambiente de escaso crecimiento y rigidez laboral: finalmente la reducción de la renta del trabajo se produjo de la peor forma posible: no mediante reducciones salariales, ni siquiera con despidos individuales, sino a través de quiebras empresariales y despidos colectivos.
La lección de la flexibilidad de los precios de los factores se puede ver con mayor claridad si cabe comparando el New Deal americano con la política económica nazi. Ambos programas fueron similares en todo, salvo en un punto: donde la administración Roosvelt intentó evitar la caída de los salarios y favoreció la cartelización de la mano de obra (sindicalismo), los nazis forzaron una caída general de los salarios. La consecuencia de esto fue una fuerte y rápida recuperación económica que legitimó definitivamente a Hitler cuando su posición política aún era frágil.
2.-Ramsey, Kaldor y Keynes: Renta, consumo e inversión
Aunque en algún artículo anterior he sido notablemente crítico con las teorías ortodoxas (neo-keynesianas) del ciclo económico, debemos reconocer que la mera aplicación de la microeconomía a los agregados macroeconómicos nos dice mucho sobre las consecuencias y distribución sectorial de la volatilidad del PIB. Empecemos por lo más sencillo: haciendo abstracción de momento del sector exterior, el PIB básicamente se descompone en consumo e inversión.
PIB=Consumo + Inversión
La observación empírica nos dice que la volatilidad de la inversión triplica a la del consumo. Esto viene a significar que el efecto directo de la volatilidad de la inversión da cuenta de la mitad de la del PIB. Esto es un hecho empírico, pero es mucho más significativo a la luz de la Teoría del Control Óptimo, es decir de los fundamentos matemáticos de la colocación intertemporal de los recursos. Los agentes intentan disfrutar un flujo de consumo lo más suave posible; esto quiere decir que intentan consumir en todos los periodos en proporción a sus rentas presentes y esperadas (en proporción a su “renta permanente”). Por su parte, en el marco de la Teoría Financiera moderna (CCAPM), las empresas también tienen incentivos a generar flujos de renta estables o incluso contracíclicos, pero eso no significa que haya ninguna fuerza que tienda a generar directamente un flujo estable de inversión. Al contrario: en momentos de crisis las empresas tienden a compensar las pérdidas patrimoniales de los accionistas mediante el reparto de dividendos y la formación de stocks de liquidez: es decir, a costa de la inversión. Resumiendo, los consumidores tienen fuertes incentivos a suavizar su parte de la demanda agregada, pero los inversores no. Cuando Keynes afirmaba que la volatilidad de la inversión era el resultado de los “animal spirits” no podía estar teóricamente más equivocado: la inversión es volátil porque no hay razones para que no lo sea. No obstante a nivel intuitivo decir que la inversión está dominada por “animal spiritis” es bastante exacto.
Así pues la inversión es volátil; cuando cae fuertemente respecto de su nivel tendencial, el PIB y la renta disponible caen con ella (y ya sabemos que ese ajuste es a través del desempleo involuntario). El consumo responde a la caída de la renta nacional de dos formas: directamente los parados reducen su nivel de consumo drásticamente, y el resto de trabajadores aumentan su ahorro de precaución. Pero esa reducción del consumo solo es un efecto de segunda ronda. Es importante entender que existen las crisis de subdemanda (keynesiana), pero esta demanda no cae por culpa del consumo, que siempre responde pasivamente a la renta. No hay nada más erróneo, por tanto, que hablar de “crisis de subconsumo”. Y por tanto es un error intentar “reflotar el consumo”, que es la parte del PIB que se reflota sola.
Toda la volatilidad del PIB es volatilidad de la inversión, directa o indirectamente, y recuperar el PIB tendencial es recuperar la inversión. Desde luego, sostener el consumo ayuda a que la inversión no se desplome, pero el lector debe preguntarse ¿el dinero mejor gastado para sostener la inversión es el que pasa por el consumo? El lector sospecha que en general no; por eso las rebajas electoralistas de impuestos apenas tienen efectos sobre la actividad económica.
3.-Abaratamiento y recolocación de los factores y la naturaleza del capital empresarial
En principio para que merezca la pena invertir hacen falta buenas expectativas de beneficios; expectativas que deben cumplirse, porque sino las inversiones son fallidas, y vuelta a la casilla de salida. Simultaneamente, los activos que representan “inversiones fallidas” (pisos o acciones de constructoras, por ejemplo) deben reducir su valor hasta el nivel que es compatible con los flujos de caja/utilidades futuros que representan. En el caso de los pisos no hay más que añadir: son demasiado caros, y deben valer menos; los agentes que los hayan acumulado deben liquidarlos a su valor real; quien se haya metido en ese lio, que salga de él. Si un piso se ha comprado por 100 y ahora vale 50, alguien ha perdido dinero, pero la sociedad no gana ni pierde: algún otro disfrutará del activo a mitad de precio. Enhorabuena a todos los premiados.
Pero si esto vale sin mayor comentario para los pisos, no es igual para las empresas: un piso que vale la mitad es el mismo piso. Pero las constructoras que tienen que pasar los próximos años sin demanda no pueden esperar a “caer de precio”. Y los trabajadores de la construcción son un factor que necesita tiempo para ser absorbido por nuevos proyectos empresariales en otros sectores. De todas formas a habrá que pagar subsidios de desempleo a muchos de los que sean despedidos, ¿no querido lector? El Estado debe suavizar la caída de la demanda por debajo de su nivel tendencial en algunos sectores, porque la liquidación desordenada de negocios viables en el medio y largo plazo no consiste en su venta a precios de saldo, sino en su destrucción económica. Y eso no contribuye a la recuperación, sino que la retrasa; una riqueza real positiva desaparece por una caída súbita de la inversión/demanda, y por un ahorro que llega cuando ya no queda mucho que rescatar.
Por tanto nuestra postura está a medio camino entre un liquidacionismo irreflexivo que considera cualquier caída un “ajuste” y la visión anti-liquidacionista que pretende superar el bache forzando subidas del salario mínimo, o tirando dinero en los bolsillos de un consumidor que ni inició la crisis, ni puede evitarla. Por eso la propuesta política es sencilla: como ya hemos dicho lo peor se ha evitado (de momento), y los bancos no han quebrado: con un sector financiero y un volumen de dinero de bancario que no han colapsado, estamos ante una recesión cíclica que va a ser muy dura; en un escenario como el de 1973. Ahora se trata de rescatar la actividad y la inversión: esto exige dos cosas: facilitar la caída de salarios reales y de los precios de los activos, y hacer una política de estimulación pública de la actividad.
4.-Estimulación keynesiana
La estimulación keynesiana es una ayuda, pero antes de referirnos a ella, es importante entender que no es la política más importante de reactivación; por este orden, lo primero es salvar los bancos, lo segundo es dejar que los factores y activos reajusten su valor, y solo lo tercero es la estimulación pública de la demanda, que es primero estimulación de la inversión, y solo en segundo lugar del consumo.
Los Estados del Bienestar modernos, que aumentan el desempleo estructural, sin embargo también tienen un efecto estabilizador del ciclo económico tanto a través de los ingresos como de los gastos: la imposición progresiva reacciona a las caídas de la renta nacional con una reducción más que proporcional de la presión fiscal; y en sentido opuesto, el Estado del Bienestar aumenta sus gastos asistenciales cuando la economía se enfría. Eso aumenta la demanda agregada, y lo hace justo cuando esta está cayendo, y cuando al Estado le resulta más fácil y barato obtener recursos en los mercados financieros. En este sentido, no hay más que añadir: : la soga welfarista es autoajustable y el keynesianismo automático no está sometido ni a los caprichos de la política (Teoría de la Elección Pública) ni a los problemas de medición estadística que tantas veces dejan en nada los mejores diseños económicos.
Más allá de los estabilizadores automáticos, nos esperan Buchanan y Von Mises.
Normalmente, en las recesiones cortas de los últimos cincuenta años, los programas de estímulo económico han llegado cuando la recuperación ya había empezado, y el Estado ha acabado por competir con la inversión privada por los recursos. No seremos ahora tan afortunados: esta recesión va a ser larga, y aunque el estímulo llegará mucho mas tarde de lo que sería deseable (y tendrá que pasar por el reparto de despojos de la política parlamentaria), esta vez será “a tiempo”, porque el “tiempo” será largo.
Otra cosa que el lector debe entender es que en economía, el largo plazo afecta al corto plazo: por eso cuando decimos que se debe mantener el equilibrio presupuestario sobre el ciclo, decimos que este compromiso no es una idea para el futuro: debe empezar con el primer euro de déficit público. El Estado debe comprometerse a esto, para que la inversión privada sepa que no va a tener que competir por los recursos con el Estado. En consecuencia todos los programas de estimulación de la demanda deben ser REVERSIBLES. Por tanto, contratar funcionarios (y en esta venerable casa de putas que es España, la tentación es enorme), no es un programa de estimulación, sino un programa para machacar la economía adicionalmente. El empleo público directo es pura desestimulación, y además es caro.
Licitar obra pública es otra cosa que saben todos los que no saben nada más. Pero es un error creer que esta fracción necesariamente pequeña de la economía puede rescatar al total. El sector de la construcción ha sido el más golpeado de la economía (es esencialmente inversión, y siempre es muy cíclico), y si, ahí tiene que ir bastante dinero. Pero detrás de la vivienda han ido otros sectores y otras formas de inversión pública también deben acudir al rescate. La Teoría Keynesiana parte de la realidad de que en el lado decreciente del ciclo económico existen recursos vacantes por falta de demanda, y que el Estado debe ofrecer esa demanda adicional, o mejor colocar su propia demanda contracíclicamente. Es superficialmente una teoría macroeconómica, pero tiene una dimensión sectorial: si podemos identificar los sectores donde hay realmente más recursos ociosos, es ahí donde la inversión pública debe concentrarse, y por supuesto el Estado debe aprovechar para comprar a descuento. Además no se trata de gastar por gastar: la inversión pública no debe ser una creación ad hoc. Debe ser verdadera inversión, en términos samuelsonianos.
La estimulación keynesiana es por tanto un arte complicado: exige identificar proyectos de inversión socialmente rentables en sectores especialmente afectados por el ciclo, y que sus plazos de ejecución sean más cortos que la fase declinante de la economía (licitar por tramos autocontenidos ayuda a que el Estado se salga cuando los costes corrientes y financieros empiecen a indicar que los recursos no están ociosos).
¿Quiere el lector proponer su propia lista? La mía incluye solo dos puntos. En primer lugar la escasez energética no se ha acabado: va a ser un cuello de botella del crecimiento durante una o dos décadas. Por tanto, aparte de abandonar las renovables, y dejar de quemar dinero en ese pozo sin fondo, para beneficio de cuatro forraos, es necesario hacer algo real en el campo del ahorro energético. Y ese algo es sencillo: deshacernos de parte del transporte de mercancías por carretera y aumentar el peso del tren. Eso implica más gasto público en vías y centros logísticos y una fuerte liberalización de lo que circula sobre esas vías. El modelo en esto es USA. El segundo proyecto público es la Administración Electrónica. El modelo es Estonia.
Por otra parte, lo mejor para ayudar a la inversión es ayudar a la inversión: rebajar el impuesto de sociedades (¿quizá hacerlo explícitamente contracíclico?) y rebajar los costes laborales que dependen del Gobierno (¿quizá las cotizaciones a la Seguridad Social durante un periodo de un par de años?).
Una última cosa: mucha gente se ha ido al paro y va a seguir gastando ahora con el subsidio sin entender que ahora no va a ser fácil volver a encontrar trabajo. Propongo por tanto una medida paternalista, pero a todas luces positiva: reducir todos los subsidios de desempleo en un 25%, y aumentar su extensión en un tercio. Muchos no saben lo que se les viene encima, y cuando el subsidio se agote van a recibir una brutal hostia de realidad: mejor que la hostia empiece antes y sea menos fuerte. Diré que un subsidio de desempleo decreciente y más largo en duración siempre me ha parecido una buena idea, tanto psicológica como económicamente, pero quizá es muy complicado o inaceptable para el público. Bien, ellos lo pagan, así que supongo que ellos deciden.
[1] Para todas las afirmaciones sobre el ciclo económico, véase “Advanced Macroeconomics”, de David Romer, Capítulo 4, sección 1 “Some facts about economic fluctuations”.
PS.-Por cierto, tenemos mapa temático! Un saludo a Juan Antolín.
PS2.-Me hace notar Citoyen que la frase que yo leí en el libro de Barro era original de Lucas.
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Lunes, Enero 12th, 2009
Es quizá ahora, antes del fin de la ofensiva de diciembre 2008-enero de 2009 un momento relativamente bueno para revisar la estrategia israelí respecto de los palestinos. El conflicto entre Israel y Palestina es solo uno de los cuatro conflictos que rodean a Israel en círculos concéntricos: el círculo más interior del se refiere a la tensión política y social entre los ciudadanos israelíes judíos y árabes, que de momento no está asociada a ninguna actividad militar, aunque la convivencia entre es tensa, como es siempre la convivencia con las minorías musulmanas. Por encima de este conflicto larvado se encuentra la lucha abierta entre palestinos e israelíes en los territorios ocupados en 1967, un conflicto militar (en su modalidad terrorista), y el frente del terrorismo internacional palestino, cerrado desde mediados de los noventa, aunque subsumido en la Jihad Global de Bin Laden.
Dos capas más de hostilidad permanecen por encima de esta: el conflicto árabe israelí (dividido entre la hostilidad abierta del régimen sirio y la larvada de Egipto y Jordania) y el conflicto israelí-musulman, protagonizado hoy en día por la amenaza nuclear iraní. Hoy solo me voy a referir a algunos hechos estilizados del conflicto entre palestinos de los territorios ocupados e israelíes, con especial atención a la Franja de Gaza.

Palestinos celebrando el final de la tregua
La dinámica de las cifras de bajas: el fin del Proceso de Oslo, los años terribles y la operación “Defense Shield” y la batalla de Jenin.
Aunque la prensa euro-lemming habla de “desproporción” y en efecto, hay una enorme desproporción entre las fuerzas israelíes y las palestinas, no se puede decir que esta se refleje en el número de bajas. Desde el año 2000, el conflicto se ha cobrado (según la ONU) la cifra de 1.024 israelíes y 4.228 palestinos (hasta agosto de 2007). Los datos hasta 31 de diciembre de 2009 aumentan las bajas palestinas hasta más allá de 4.800 y las israelíes hasta cerca de 1.200 (no pongo link por cansancio, y porque las fuentes de israelies y palestinos no son comparables). Este es el famoso genocidio, y la famosa indefensión palestina.
El informe de la ONU, que recomiendo encarecidamente, muestra un pico de mortalidad para las dos series en 2002, y una fuerte bajada desde entonces. La caída en el volumen de bajas de ambos contendientes está asociada a la operación “Defense Shield”, a la reocupación total de Cisjordania y a la construcción del Muro Defensivo.
El corazón de la operación “Defense Shield” fue un ataque del Ejército de Israel contra el barrio de Jenin que se sigue llamando “campo de refugiados”, pese a que lleva ahí cuarenta años. Durante dicho ataque, Arafat habló de masacre, y la prensa internacional aparte de enseñar fotografías totalmente fuera de contexto de la destrucción física realizada, “estimó” centenares de bajas. El informe final de la ONU (punto 57) demostró que las bajas palestinas fueron de 52, de los cuales 38 eran combatientes. La despreciable tomadura de pelo, tuvo una inmediata consecuencia en mi visión del conflicto: no me creo las cifras reportadas por los palestinos, ni las circunstancias de las muertes sin una investigación oficial: los corresponsales apestan y obedecen sin dudarlo a las dictaduras que admiten su presencia sobre el terreno, y a la lógica del máximo sensacionalismo. En todo caso, las matanzas de civiles deben dar lugar a las correspondientes investigaciones y procesos judiciales, pero nunca son una razón para detener una ofensiva militar.
Volviendo a 2002 la ocupación del barrio “campo de refugiados” de Jenin fue parte de una operación general de desmantelamiento militar de la Autoridad Palestina, que dio acceso al Ejercito israelí a todo el territorio de Cisjordania, reduciéndose las bajas fuertemente como indica el gráfico mencionado del informe de la ONU sobre moralidad del conflicto entre 2000 y 2007.
Desde entonces el Ejercito no se ha vuelto a retirar de Cisjordania, y como consecuencia la violencia desde allí se ha reducido hasta un nivel todavía alto, pero tolerable y compatible con cierta normalidad para las dos sociedades. Las tendencias desde 2002 vienen a confirmar que Israel está ganando la guerra contra el terrorismo palestino: es decir, con un número decreciente de bajas palestinas, Israel ha hecho decrecer mucho más que desproporcionadamente el número de bajas propias. En particular la creciente desproporción entre las bajas de ambos contendientes es resultado principalmente de que los palestinos cada vez son capaces de matar cada vez a menos judíos. Es cierto que no sabemos si los que claman contra la desproporción están exigiendo menos bajas palestinas o más bajas judías.
Gaza como problema geopolítico: los bombardeos del Sur de Israel y la importación de misiles iraníes.
La gran lección estadística del proceso de Oslo es que las retiradas israelíes son un orden de magnitud más sangrientas para todos que la ocupación, y que los esfuerzos por resolver el conflicto no solo no tienen éxito, sino que agravan sus consecuencias. En esta web israelí se listan las bajas israelíes en ataques terroristas desde 1968 a 1998. Todas las concesiones políticas que los palestinos han obtenido hasta el momento presente se han convertido inmediatamente en bajas israelíes. En particular, tanto en los años noventa en Cisjordania como después de la desconexión de Gaza, la imposibilidad del Ejercito israelí para operar en territorio palestino ha tenido dos consecuencias: un aumento de la violencia desde el territorio liberado, y un aumento de las bajas civiles producidas por las ofensivas israelíes, que no disponiendo de procedimientos policiales para enfrentar al terrorismo palestino, se ven reducidos a hacer redadas con misiles.
En la última fase, esta dinámica parecía bastante más controlable: Gaza está separada por un muro del territorio de Israel, y por tanto la infiltración terrorista es casi imposible. No obstante aunque la desconexión ha sido un acierto, al separar netamente la población israelí y palestina, cerrando la posibilidad de un Estado binacional, a nivel táctico la victoria de Hamas en las elecciones y su golpe de Estado en la Franja, han convertido el pequeño territorio en una base militar iraní en construcción.
Los misiles Kassam y Katyusha (de los que ha habido miles de lanzamientos) y los misiles iraníes Grad han hecho que algunas localidades de la zona se hayan convertido en ciudades fantasmas, con días en los que las sirenas sonaban cinco y seis veces. La mortalidad de estos misiles es baja porque la Defensa Civil israelí es formidable, del mismo modo que la mortalidad entre los civiles de Gaza está en buena parte asociada a la decisión política declarada de Hamas de maximizar sus bajas civiles como estrategia militar. Finalmente la llegada de más misiles Grad a Gaza pondría todo el Sur de Israel a tiro, y cuando Hamas decidió romper la tregua, Israel no tuvo otra opción que lanzar una operación militar de envergadura.
Reocupación y plan de autonomía para Gaza:el Ejercito israelí debe mantener su acceso terrestre al territorio, y Fatah debe administrarlo.
Aunque la sociedad israelí, como una de las pocas democracias militares del mundo es la más sana y madura de Occidente, su sistema político muestra una de las formas más avanzadas de degradación corporativa. Solo la relación íntima del Ejercito y los mandos políticos garantizan una cierta continuidad y coherencia estratégica en las decisiones del país. La única opción viable de supervivencia de Israel como un Estado judío y una democracia es mantener la ocupación militar y crear una nítida mayoría judía en un territorio conexo, que coincida en su mayoría con las líneas de armisticio de 1967 (la vuelta plena a esas líneas es imposible política y militarmente), opción que integramente ningún partido israelí defiende.
El primer peligro que afronta Israel es que las poblaciones árabe y judía no estén netamente divididas sobre el terreno, de forma que en algún punto de la próxima década los palestinos exijan un estado binacional, que de producirse acabaría siendo un agujero invivible como Líbano. En este sentido, la continuidad territorial de los asentamientos y la existencia del Muro divisor en Cisjordania y Gaza parecen ser capaces de evitar este final libanés: un Israel con continuidad territorial y mayoría judía siempre puede defender la Partición de Palestina y por tanto su propia independencia, exigiendo a los Palestinos que si desean derechos democráticos formen un Estado no hostil sobre en su propio territorio (o sus territorios sean transferidos a Jordania y Egipto). La inviabilidad del Estado palestino es un peligro mortal para Israel, y por eso todos los grupos palestinos llevan sesenta años saboteando su propio Estado.
En segundo lugar, es posible que la lucha palestina consiga hacer de Israel un lugar económicamente inviable o despoblado, de forma que finalmente sea vencido por sus vecinos. Por último es posible un Holocausto nuclear regional. De este último escenario no voy a decir nada ahora.
Para evitar los otros dos escenarios hay una política sencilla y fácil de implementar: separación y ocupación militar, con una máxima autonomía política en los Territorios, supervisada por Tel Aviv. La extensión de los asentamientos amenaza a Israel, que corre el peligro de ser forzado a formar un Estado binacional, pero a la vez la desconexión es militarmente inviable. Por tanto la operación israelí debe consistir en la reocupación de Gaza, su entrega a Fatah (o nombrar un gobernador militar), y crear unas condiciones donde la población de la Franja no sufra el control directo israelí, pero el Ejercito pueda operar sobre el territorio con la misma libertad que en Cisjordania.
Temo, como decía al principio de este epígrafe que Kadima (el actual partido gobernante en Israel) haya visto esta operación como una simple razzia de castigo, con lo cual en breve la base iraní volverá a estar en construcción, y todas las muertes habrán sido para nada. Solo espero, que cuando Likud gane las elecciones, y vuelva a invadir Gaza tengan el buen sentido de no irse, y de no crear asentamientos.

Resaca
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Jueves, Enero 1st, 2009
Ya sabeis que no soy muy fan de la blogesfera, y menos aún de la blogesfera de habla española, así que en general no respondo a ningún post. Pero el último de Citoyen (del que si soy un poco fan) me parece una respuesta muy interesante a “Leyes de Guerra“, y su argumento, que es irreprochable, me parece que seguido hasta sus últimas consecuencias ilustra mejor que nada lo que yo comentaba en “Leyes de Guerra”. Así que escribiré una nota corta, y levemente resacosa de respuesta.
“Es decir, SI tiene sentido criticar a Israel, en la medida en que eso hace que, a la hora de decidir sus acciones, tengan en cuenta el efecto que eso tiene sobre el prestigio internacional. Israel sabe que necesita a las potencias occidentales y por eso sabe que no puede pasarse en las cosas que hace”
Esto es irrevocablemente cierto: Israel se preocupa por su imagen internacional por motivos geoestratégicos, y porque siendo una democracia es un factor apreciado por su opinión pública. Adicionalmente, por su historia, y de nuevo por ser una democracia, tiene una aversión real (y probablemente record en términos de la historia de los conflictos bélicos) hacia las bajas civiles, aunque es cierto que creo que no tiene ninguna aversión hacia las bajas identificadas como no civiles en el bando enemigo.
Así que, en efecto, la comunidad internacional y la opinión pública mundial cargan un coste político a cada baja israelí que influye en su proceso de decisión. Si la baja se identifica como civil, el coste es muy superior, y si es especialmente civil (niños y mujeres) este coste es aún más alto. Por tanto podemos decir que la comunidad internacional impone un sobrecoste en las bajas civiles (desgraciadamente también militares) que hace el Ejercito israelí, y eso tiene un efecto directo a la hora de que el lado israelí trate de reducirlas.
El problema es que el otro bando también lo sabe, así que la base de la estrategia de Hamas consiste en gestionar esta aversión israelí a las bajas civiles para obtener sus objetivos político-militares. Hamas coloca sus depósitos de armas, rampas de lanzamiento y otros objetivos netamente militares protegidos por la población civil, y cuando se produce un ataque israelí utiliza a la población civil permanentemente como rehen (la población civil que les vota, por cierto). Como decía en los comentarios del post anterior, una vez descubres que el enemigo es muy averso a disparar a un lanzador de cohetes instalado en el patio de un colegio, todos los lanzadores de cohetes se instalan en el patio de los colegios.
Total, Hamas no tiene aversión a las bajas en su campo civil, e Israel tiene una fuerte aversión a todas las bajas civiles (más alta hacia las propias, claro). Finalmente, en estas condiciones, para obtener sus objetivos militares, Israel acaba teniendo que atacar las lanzaderas ocultas entre la población civil, y acaba incurriendo en un número alto de bajas civiles, que solo ocurren precisamente por la propia aversión (directa e inducida) del propio Israel a las bajas civiles. Sin esa aversión, Hamas no tendría incentivos a esconder los objetivos militares tras la población civil.
El problema claro está no es la aversión a las bajas civiles, sino la ignorancia, por parte de la opinión pública internacional de los principios racionales sobre los que se fundamentan las Leyes de Guerra. Y uno de esos principios es que la población civil solo se debe respetar en la medida en que se aparte del conflicto. Si Israel da aviso anticipado de que va a atacar una zona urbana determinada, y la población sigue ahí cuando llega el ataque israelí, una opinión pública informada debería cargar las bajas ocurridas sobre la propia población civil, si esta no se aparta, o sobre quien le impida desalojar el campo de batalla. Si un piloto israelí vuela la proverbial lanzadera del patio de un colegio, una opinión pública inteligente tiene derecho a considerar que se ha producido un crimen de guerra: que la lanzadera esté donde no debe.
En esta época de la Democracia Corporativa, este sencillo principio sobre el que se basaban las Leyes de Guerra de los s.XVIII-XIX es demasiado complicado, así que la opnión pública global se limita al conteo de cadáveres y a carroñear morbosamente las fotos de los niños muertos, que han muerto precisamente para que los líderes islamo-nazis puedan exhibir esas fotos, y obtener sobre la sangre inocente un margen de maniobra política que usan para poder derramar sangre igual de inocente del bando contrario.
Este análisis es suficientemente díafano para que se pueda expresar incluso en forma matemática. Además, yo, que leo todos los días prensa israelí puedo decir que es exactamente lo que percibo día a día en la dinámica del conflicto y en su relación infinitamente perversa con la opinión pública global. Empecé a detestar este sistema (la Democracia Corporativa) precisamente comparando lo que leo en la prensa global, con lo que leía en la prensa israelí, durante años Haaretz, ahora, JPost. Entrar en el debate de porque la cobertura de los medios de comunicación es tan lamentable daría para un post aparte, y quizá para una tesis (también con gráficas y curvas). En parte es pura ideología, manipulación y la infinita estupidez de nuestra despreciable casta periodística. Pero en una parte aún mayor es una cuestión de la propia dinámica de los medios de comunicación: las sirenas diarias de Sderot no son una noticia, pero un bombardeo israelí, por su magnitud, sí que lo es. La CNN es el campo de batalla favorito de Hamas, y los incentivos de los periodistas, incluso si no odiasen a Israel, están del lado de sacar fotos lo más morbosas que sea posible y de excitar las pasiones más encendidas. Preguntarse por la estructura de incentivos en un conflicto armado es incompatible con vender periódicos.
Hay algunas cosas más en el post de Citoyen que merece la pena considerar: por ejemplo, como de Hamas no espera nada, todo su análisis se centra en el lado que considera “civilizado” y afectable por la opinión pública mundial. Así que como a los palestinos, y a sus dirigentes se les da por perdidos, al final todo el coste moral de sus irresponsabilidades se le atribuye al lado al que si se le supone la mayoría de edad moral.
Adicionalmente a esto, no comparto algunos de sus supuestos normativos: para mí los palestinos y los israelíes no cuentan igual, por las mismas que para los sirios o los egipcios, que no se sienten tampoco obligados a la imparcialidad. Como dije antes tengo bando, y tengo preferencias políticas en el conflicto. Adicionalmente a mi parcialidad política, a nivel moral, el sufrimiento de los culpables no vale igual que el de los inocentes. Pero esto es un tema de filosofía moral, que se escapa de los márgenes de este post. El ultilitarismo es el marco moral desde el que razono, pero el lector debe entender que Citoyen es mucho más un utilitarista-universalista que yo.
Finalmente Citoyen ironiza sobre las tendencias “eurábicas” del Economist. No, no me parece que la cobertura del “Economist” sea especialmente eurábica. Lo que es eurábico hasta la naúsea, es su apoyo a la entrada de Turquía en la UE.
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