La encrucijada belga: ¿un espejo de la UE?
Eliezer GarridoSe suele decir que, para bien o para mal, Bélgica encarna como ningún otro país europeo el espíritu de la UE. Como país federal sin una lengua común a todos sus habitantes y cuyo sistema político obliga a pactar el Gobierno entre las minorías valona y flamenca, Bélgica parecía mostrar el camino a seguir para la construcción europea. Sin embargo, hoy son los euroescépticos y los nacionalistas independentistas quienes, al calor de la crisis belga, reivindican esta equivalencia con la UE.
No es ninguna novedad que tras unas elecciones, los políticos belgas sean incapaces de formar gobierno en un largo plazo de tiempo. La constitución belga establece que el Ejecutivo debe formarse con los dos principales partidos de las minorías valona y flamenca, lo cual dificulta la formación de un Gobierno. Sin embargo, las circunstancias de esta crisis, que supera ya los cinco meses, hacen pensar que puede marcar un punto de no retorno para la escisión de Bélgica.
El factor nacionalista
Las sucesivas reformas constitucionales no han aplacado las aspiraciones secesionistas de la parte flamenca. A pesar de la amplia autonomía adquirida y de que Bélgica es desde 1993 un país federal, los flamencos se sienten infrarrepresentados a nivel estatal, dado que su población supone un 60% del total y por ley solo pueden ostentar la mitad de los ministerios. Además, se da la circunstancia de que el norte es mucho más dado al liberalismo que el sur, con lo que muchos flamencos tienen la sensación de estar pagando los subsidios a los improductivos socialistas del sur.
Al igual que en Cataluña o Escocia, el secesionismo también tiene un importante componente cultural e histórico acentuado por el hecho de que no existe una lengua común a todo el país y cierto ánimo histórico de revanchismo. Los flamencos se sitúan en la órbita de la cultura holandesa y reivindican una particularidad cultural que durante siglos fue condenada al ostracismo por los dirigentes valones, de cultura francesa. También la minoría de habla alemana, a pesar de que solo cuenta con 80.000 habitantes, ha adquirido un estatus especial dentro del Estado y ya hay quienes plantean que, ante una división de Bélgica en dos países diferentes, ellos deberían aspirar a incorporarse a Luxemburgo.
¿Una metáfora de Europa?
Estamos, por lo tanto, ante un choque cultural, político y económico que se ha vivido durante casi 180 años, pero que muestra más agudizado que nunca en la actual anarquía gubernamental. Sin embargo, para muchos euroescépticos, esta crisis demuestra algo más importante que el fracaso de Bélgica: la imposibilidad de Europa tal y como se plantea.
Y es que si un pequeño país, en el corazón de Europa, ha fracasado a la hora de crear un marco político estable para sus minorías, ¿cómo no va a hacerlo la Unión Europea si tiene que conjugar cientos de �sensibilidades� políticas?
Los euroescépticos fuerzan una comparación que quizá sea improcedente, dada la naturaleza política de la UE. Sin embargo, parece obvio que la arquitectura de Europa es similar a la belga y, si bien la inexistencia de partidos políticos o movimientos transnacionales (que vayan más allá de las asociaciones socialista y liberal) parece disculpable, no lo es tanto el comportamiento tribal de los Estados.
En España (y creo que no es un caso único), es una regla no escrita que el Gobierno de turno siempre apoya la candidatura de un español, por muchas diferencias políticas que pueda tener con él. Lejos de ser una muestra de heterodoxia, esta práctica evidencia que Europa todavía se piensa en clave nacional. Como si la UE fuese un permanente juego de equilibrios entre países, los Gobiernos fuerzan una simetría de nacionalidades que se antoja absurda ante la permanente expansión a nuevos miembros.
Este comportamiento parece natural, y puede que incluso sea deseable, en un momento aún embrionario de lo que muchos vaticinan que ha de ser la UE. Sin embargo, si Europa pretende convertirse en un ente político capaz de hablar con una sola voz, en algún momento ha de dar el paso que nunca han dado flamencos y valones en Bélgica. Empezar a plantear una lengua común y fomentar cierta transnacionalización de los partidos podría ser un buen punto para el debate en los próximos años.


