El último día
Roger SenserrichEl martes 20 de enero por la mañana, George W. Bush despertará siendo aún el hombre más poderoso de la tierra. Lo ha sido durante los últimos ocho años; ocho años de decisiones difíciles y arriesgadas, que han cambiado las vidas de millones de personas en todo el planeta.
El martes 20 de enero a media mañana, Barack H. Obama, un ciudadano americano de 47 años, jurará solemnemente sobre la Biblia que perteneciera a Abraham Lincoln que ejercera el cargo de Presidente de los Estados Unidos y que protegerá la Constitución.
Al caer la noche del 20 de enero del 2009, George W. Bush, ahora un ciudadano más en el país más poderoso de la tierra, llegará a su nueva casa en Dallas, Texas. Mientras tanto, en Washington, Barack Hussein Obama, el cuadragesimo cuarto presidente de Estados Unidos será el que deba tomar decisiones difíciles y arriesgadas.
Se hablará mucho de jornada histórica mañana. Los americanos, desde ese día de noviembre en que escogieron a su nuevo presidente, han hablado mucho de ello. En una democracia tan antigua como lo es los Estados Unidos, un nuevo presidente es un evento histórico a menudo relativo; pocos de los cuarenta y tres hombres que han ostentado el cargo han dejado una huella demasiado profunda. Un nuevo presidente es una hoja en blanco; el potencial de grandes cambios y grandeza, o un eslabón más en la historia del país. La inaguración es la posibilidad de algo nuevo; la primera página de un libro y nada más en años normales.
Este 20 de enero del 2009, sin embargo, la inaguración no es tan sólo un principio. Barack Obama, sólo por su aspecto, por su raza, es algo más que potencial, es una promesa cumplida. Todo lo que Estados Unidos dice ser, esa idea soñada que los americanos siempre han tenido demuestra por una vez ser cierta. Y por primera vez en mucho, mucho tiempo, los americanos pueden mirar a su país y estar orgullosos sin tener que pedir disculpas por ello.
El cambio de mañana no es sólo algo racial. George W. Bush es un político de otro tiempo; hijo de una dinastía política de Connecticut, orgullosamente ruralista, es una criatura de la generación de baby boomers nacidos después de la segunda guerra mundial que han monopolizado la cultura y política del país durante las últimas tres décadas. Barack Obama es la perfecta antítesis del presidente saliente: joven, hijo de un inmigrante y una mujer de Kansas, orgullosamente urbano y multicultural.
Haga lo que haga, Barack ya está en los libros de historia; es el primer presidente de color de la historia de Estados Unidos. La situación del país, sin embargo, hace que el ser el primero sea de hecho algo secundario; Obama está obligado a ser mucho más eso. Se dice a menudo que la verdadera grandeza sólo nace en tiempos de grandes dificultades; el nuevo presidente hereda un país en graves problemas.
El sistema financiero está roto. La economía está en caída libre. El país está luchando dos guerras difíciles e impopulares que difícilmente podrá ganar de forma decisiva. Las desigualdades sociales son cada vez mayores, mientras la igualdad de oportunidades es cada vez más ficticia. El gobierno está endeudado, rodeado de problemas, con un sistema político que ha sido espectacularmente ineficaz durante los últimos ocho años. El nuevo presidente tiene probablemente la peor herencia política desde 1932.
El día 21 de enero del 2009 Barack Obama empezará a trabajar. Estados Unidos debe tomar un nuevo rumbo. El nuevo presidente no es sólo la posibilidad de algo nuevo; esta vez, el cambio es necesario. Haga lo que haga, suceda lo que suceda, el país no será el mismo; no puede serlo ya. Si no se pasan reformas, aprueban leyes, introducen cambios fiscales, lanzan nuevas estratégicas, reformulan nuevas aproximaciones, estructuras, sistemas de salud, el país no saldrá de esta crisis; el nuevo presidente está obligado a hacer algo, y no puede esconderse.
Obama no puede ser un presidente que retoca detalles y se sienta a verlas venir; no es un gestor de tiempos de paz y tranquilidad. Los problemas ya están aquí, son imposibles de evitar, y necesitan soluciones urgentes; las reformas tienen que ser considerables o no servirán para nada. La clase de cambios que pondrían a cualquier presidente en los libros de historia, no importa su color de piel. Obama ha sido durante los dos años la promesa del cambio. Se han acabado las promesas; ahora debe llevarlo a la práctica.


