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El Coliseo

Reciclando bien

Fernando A. Ramírez Martínez

Sucesos como la Guerra del Gas que está teniendo lugar entre Rusia y Ukrania ponen de manifiesto la importancia que tiene el suministro energético en los países industrializados, y como por tanto es capital trabajar en la eficiencia energética tanto de industria, viviendas y medios de transporte.

En otro ámbito, el reciclaje de los residuos está cobrando cada vez más importancia en las conciencias de ciudadanos y políticos. En el ayuntamiento de Madrid, los inspectores que hasta hace poco se encargaban de mirar en la basura de los vecinos simplemente para recopilar información, ahora parece que van a empezar a multar a aquellos que no separen su basura adecuadamente. En mis contenedores amarillos -de cuyo vaciado se encarga el ayuntamiento de Alcobendas- han aparecido hace pocos días pegatinas rojas en las que se puede leer en texto blanco: “Yo prometo no tirar al [contenedor] amarillo ni ropa, ni vidrio, ni cartón.”

Doctrina de la separación

Parece pues que el reciclaje se ha convertido en un imperativo moral en vez de algo que tiene un sentido y beneficio tanto económico como medioambiental. Desafortunadamente reciclar de esta manera no es precisamente barato en términos energéticos.

Los procesos industriales que modifican la materia desde que sale de la tierra hasta que llega a nuestras casas son sólo físicos y químicos. De manera menos rebuscada: el problema de la producción industrial es eminentemente energético. Debido a las cesiones de electrones para la combinación de elementos y al movimiento de maquinaria, el coste de las manufacturas -sobre todo en una industria tan mecanizada como la actual- es mayoritariamente energético.
Este es el motivo por el cual el reciclaje es una idea tan atractiva: si se reutilizan materiales desechados durante su última fase (lo que el usuario final tira a la basura) se puede continuar produciendo eliminando las primeras fases ahorrando así energía y, desde luego, materia y mano de obra.

Esto es la teoría, la cual siempre funciona muy bien; pero a la hora de poner en práctica el reciclaje, aparecen los problemas. Del tipo de la disipación de la materia o de la existencia de mecanismos que ya reciclan de manera más eficiente que el hombre.
El primer tipo de problemas es el concerniente a que los productos industriales amalgaman distintos componentes que se deben reciclar por separado. Esto es: lo que tiramos en la basura no es reciclable directamente, se tiene que separar en función de su composición para ser reciclado usando distintos procedimientos.
El segundo tipo se puede ejemplificar fácilmente con la manía de muchos por reciclar el papel. Lo cual quizás fuese inteligente si una hoja nueva sólo se reciclase una única vez, pero que resulta poco sensato si se pretende hacer de manera permanente. Las fibras de celulosa se vuelven más cortas con cada reciclado, con lo que se necesitan más ligantes; y las tintas oscurecen el papel cada vez más, con lo que son necesarios más y más blanquantes para conseguir un color aceptable para su uso como material de escritura. Todo esto, cuando se podría trabajar por conseguir tintas biodegradables y aditivos para la fabricación del papel también biodegradables, y sencillamente compostar el papel y cultivar nuevos árboles para poder contar así con fibras vegetales nuevas y largas; por ejemplo.

Estos dos problemas se solucionarían sin excesivos inconvenientes si se tratase el reciclaje de manera holística. Esto quiere decir que si queremos reciclar nuestros desechos y obtener todos los beneficios que ésto potencialmente conlleva, no se puede reducir el asunto a coger los desechos de los productos tal y como se diseñan ahora mismo y reciclarlos esperando que el proceso resulte energéticamente rentable. Es preciso que el diseño de los productos, y su manufactura desde las primeras fases, se lleve a cabo teniendo en mente que éste va a reciclarse al final de su vida útil.
Las botellas de vidrio de múltiples tonalidades de color, los envases de cartón, el papel y el cartón de embalaje impresos con tintas en múltiples colores,… todos ellos son productos cuyo diseño precede al reciclaje tan extendido hacia el que nos dirigimos, por lo que no tiene en cuenta que sea necesario devolverlo al ciclo industrial. Estos materiales no son tan nobles como metales y plásticos y no se reciclan con tanta facilidad por lo que un especial cuidado en su diseño es imprescindible.

Por esto, si el gobierno quiere crear incentivos al reciclaje, debería trabajar en esta dirección. Normativas que acicateen la creación de productos fácilmente reciclables o compostables; y que estimulen el comercio de los desechos reciclables entre individuos y empresas de manera que el reciclar sea una proceso autosostenible que se lleve a cabo por los beneficios que devuelve y no por la imposición del estado.
Y si además nuestros actuales políticos son tan poco tolerantes con la energía nuclear, y se muestran tan favorables a las fuentes energéticas caras y poco controlables; se debería poner especial énfasis en minimizar los costes asociados a la energía necesaria en los procesos de reciclado.

Publicado originalmente en el blog Sobre la línea.

One Response to “Reciclando bien”

  1. José Says:

    Es cierto que el reciclado puede ser bueno, malo o medio-pensionista, dependiendo de la naturaleza del residuo que se recicle y de cómo se haga.

    Hay ejemplos en que el reciclado sólo tiene ventajas: por ejemplo, el reciclado del aceite vegetal usado.

    Hasta ahora, el aceite de cocinar se ha estado sistemáticamente yendo por los sumideros de las casas, contaminando los acuíferos, y ocasionando elevados costes de depuración.

    Sin embargo, un sencillo gesto de recogida (y la existencia de contenedores cercanos al ciudadano donde pueda depositarse), permite eludir esos problemas, y devolver el aceite al proceso productivo, para fabricar con él biograsas de diversos tipos. Esta es una actividad económicamente rentable, que merece la pena y crea empleo.

    ¿Por qué no se hace?

    Pues porque los costes de implantación son elevados, y las administraciones públicas (salvo excepciones: Murcia o Salamanca) no han hecho nada de momento para implantar el sistema.

    Mientras tanto, un hogar español medio sigue tirando del orden de 20 o 30 litros de aceite vegetal usado al año.

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